Otoño de 1918

El Comité Central del Partido Comunista Ruso constata una ralentización, casi una completa paralización de los éxitos militares en el Frente Oriental y, al mismo tiempo, una serie de fracasos en el Frente Meridional, en particular en la zona de acción de los ejércitos IX y VIII.

Los éxitos militares de septiembre en el Frente Oriental fueron causados, en primer lugar, por el enérgico, resuelto y abnegado trabajo que realizaron los miembros del partido en el Frente Oriental en calidad de comisarios, comandantes y soldados rasos del Ejército Rojo. El auge de septiembre se alimentaba de la convicción general, completamente correcta, de que sin éxitos contra los checoslovacos, la República Soviética sería liquidada en un plazo más o menos breve. Se puede admitir que el evidente debilitamiento de la energía de los trabajadores del partido en la zona del frente se debe a cierta tranquilidad después de los éxitos alcanzados y a un cálculo completamente falso de que la revolución que se despliega en Occidente nos da derecho a limitarnos a una defensa pasiva.

En todas las resoluciones y declaraciones anteriores del partido sobre esta cuestión, el punto de vista del partido quedó plenamente definido: nunca el peligro para la existencia misma de la república soviética fue tan amenazador e inminente como en el momento presente. Precisamente en las próximas semanas, nuestro ejército está obligado a desplegar la máxima energía de ofensiva en todos los frentes, ante todo en el Meridional. Esta energía ofensiva no puede alcanzarse sin un trabajo concentrado y abnegado correspondiente de todos los miembros del partido en el Frente Meridional.

Ante el hecho de que las unidades del Ejército Rojo del Frente Meridional, en particular del Frente de Vorónezh, continúan siendo completamente inestables, abandonan impunemente las posiciones, y los comandantes no cumplen las órdenes de combate, el Comité Central prescribe categóricamente a todos los miembros del partido: comisarios, comandantes, soldados del Ejército Rojo, que mediante esfuerzos enérgicos comunes provoquen el necesario y rápido viraje en el estado de ánimo y la conducta de las unidades.

Es necesario obligar con mano de hierro al estado mayor de mando, superior e inferior, a cumplir las órdenes de combate a cualquier precio. No hay que detenerse ante ningún sacrificio para alcanzar las altas tareas que ahora recaen sobre el Ejército Rojo, en particular en el Frente Meridional.

El terror rojo es ahora más obligatorio que en ningún otro lugar y que en ningún otro momento en el Frente Meridional: no solo contra los traidores directos y los saboteadores, sino también contra todos los cobardes, los egoístas, los cómplices y los encubridores. Ningún crimen contra la disciplina y el espíritu militar revolucionario debe quedar impune.

Todas las unidades del Ejército Rojo deben comprender que se trata de vida o muerte para la clase obrera, y por ello no habrá concesiones de ningún tipo. El estado mayor de mando debe ser colocado ante la única alternativa: victoria o muerte.

El Comité Central impone a todos los miembros del partido la obligación de instaurar en el frente una auténtica dictadura revolucionaria, que corresponda a la magnitud del peligro que amenaza a la patria socialista.