(Tormenta de aplausos, ovación.) A nosotros, los bolcheviques, se nos acusa constantemente de apartarnos de las consignas de igualdad y fraternidad. Aclaremos esto francamente.

¿Qué poder sustituyó al zarista? – el de Guchkov-Miliukov, que comenzó a reunir en Rusia la Asamblea Constituyente. ¿Y qué se ocultaba realmente tras esta labor en favor del pueblo liberado del yugo milenario? Que tras Guchkov y demás defensores se reunió una banda de capitalistas que perseguían sus objetivos imperialistas. Y cuando se instauró el gobierno de Kerenski, Chernov y demás, ese gobierno, tambaleante y carente de base, solo se preocupaba por los intereses vitales de la burguesía que le era próxima. El poder pasó efectivamente a los kuláks, que nada daban a las masas trabajadoras. Lo mismo vemos en otros países. Tomemos a América, la más libre y civilizada. Allí hay una república democrática. ¿Y qué? Gobierna descaradamente un puñado no de millonarios, sino de multimillonarios, mientras todo el pueblo está en esclavitud y servidumbre. Si las fábricas, las plantas industriales, los bancos y todas las riquezas del país pertenecen a los capitalistas, y junto a la república democrática vemos la servidumbre feudal de millones de trabajadores y una miseria sin esperanza, pregunto: ¿dónde están su pregonada igualdad y fraternidad?

¡No! Donde gobiernan los "demócratas" impera el saqueo sin adornos, el auténtico. Conocemos la verdadera naturaleza de las llamadas democracias.

Los tratados secretos de la República Francesa, Inglaterra y demás democracias nos mostraron a las claras la esencia y el trasfondo de todo el asunto. Sus fines e intereses son tan criminalmente rapaces como los de Alemania. La guerra nos abrió los ojos, y vemos claramente cómo, desde los defensores de la patria, emerge un depredador descarado y un saqueador. A este embate del depredador hay que oponerle la acción revolucionaria, la creación revolucionaria. Cierto, es muy difícil en una época tan excepcional llevar a cabo la unificación, sobre todo de los elementos revolucionarios campesinos, pero creemos en la fuerza creadora y el ardor social de la vanguardia de la revolución: el proletariado fabril e industrial. Los obreros han comprendido perfectamente que mientras en las mentes subsistan las fantasías sobre la república democrática y la Asamblea Constituyente, seguirán gastándose 50 millones de rublos diarios en fines militares perjudiciales para ellos, y nunca verán una salida del yugo capitalista. Al comprender esto, los obreros crearon sus Soviets.

Del mismo modo, la vida real, auténtica, enseñó a los obreros a entender que mientras los terratenientes estuvieran magníficamente instalados en palacios y castillos encantados, la libertad de reunión sería una ficción y significaría la libertad de reunirse acaso en el otro mundo. Convengan en que prometer libertad a los obreros y al mismo tiempo dejar los palacios, la tierra, las fábricas y todas las riquezas en manos de los capitalistas y terratenientes no huele precisamente a libertad e igualdad. Nosotros tenemos solo una consigna, una divisa: todo el que trabaja tiene derecho a disfrutar de los bienes de la vida. Los holgazanes, los parásitos que chupan la sangre del pueblo trabajador deben ser privados de esos bienes. Y proclamamos: ¡todo para los obreros, todo para los trabajadores!

Sabemos lo difícil que es llevar esto a cabo, conocemos la feroz resistencia de la burguesía, pero creemos en la victoria final del proletariado, pues, una vez que ha podido salir de las monstruosas calamidades de la tormenta imperialista de guerra y erigir sobre las ruinas del edificio que destruyó el edificio de la revolución socialista, no puede dejar de vencer.

Y, en efecto, por todas partes se consolida la unión de fuerzas. Gracias a nuestra abolición de la propiedad privada de la tierra, se está produciendo ahora una viva unificación del proletariado de la ciudad y el campo. La clarificación de la conciencia de clase de los obreros se perfila cada vez más nítidamente también en Occidente. Los obreros de Inglaterra, Francia, Italia y otros países dirigen cada vez más proclamas y exigencias que testimonian el próximo triunfo de la causa de la revolución mundial. Y nuestra tarea del día es: despreciando todos los gritos hipócritas y descarados y los lamentos de la burguesía bandolera, realizar nuestra labor revolucionaria. Debemos echarlo todo al frente checoslovaco para aplastar a toda esa banda que se oculta tras las consignas de libertad e igualdad y fusila por centenares y millares a obreros y campesinos.

¡Solo tenemos una salida: la victoria o la muerte!

«Izvestia del VTsIK» n.º 188, 1 de septiembre de 1918.

Se imprime según el texto del periódico «Izvestia del VTsIK».