El informe periodístico fue publicado el 6 y 7 de julio de 1918 en las «Izvestia del VTsIK» n.º 139 y 140.

Publicado íntegramente en 1918 en el libro «Quinto Congreso Panruso de los Soviets. Informe estenográfico», ed. del VTsIK.

Se imprime según el texto del libro, cotejado con la estenografía y con el texto de la revista «Vestnik Putéi Soobschénia» n.º 7–8, 1918.

1. Informe del Consejo de Comisarios del Pueblo, 5 de julio

Camaradas, permitidme que, a pesar de que el discurso del orador anterior fue en algunos pasajes extremadamente exaltado{180}, os presente mi informe en nombre del Consejo de Comisarios del Pueblo en el orden general, tocando las cuestiones fundamentales de principio como se merecen, y sin entrar en esa polémica que tanto desearía el orador anterior y de la que, por supuesto, no pienso renunciar por completo. Camaradas, sabéis que desde el último congreso, el factor principal que determinó nuestra situación, cambió nuestra política y definió nuestra táctica y nuestras relaciones con algunos otros partidos en Rusia fue el Tratado de Brest-Litovsk. Recordáis que en el congreso anterior se nos lanzaron tantos reproches, llovieron sobre nosotros tantas acusaciones y se alzaron tantas voces diciendo que la famosa tregua de Rusia no ayudaría, que la alianza del imperialismo internacional estaba igualmente sellada y que, en la práctica, la retirada a la que estamos conduciendo no podría conducir a nada. Este factor fundamental determinó toda la situación de los Estados capitalistas, y es natural que tengamos que detenernos en él. Creo, camaradas, que después de los tres meses y medio transcurridos, resulta indiscutible que, a pesar de los reproches y las acusaciones, teníamos razón. Podemos decir que el proletariado y los campesinos que no explotan a otros y no se lucran con el hambre del pueblo, todos ellos están incondicionalmente con nosotros y, en todo caso, contra aquellos insensatos que los arrastran a la guerra y desean romper el Tratado de Brest-Litovsk. (Ruido.)

Nueve décimas partes están con nosotros, y cuanto más clara se vuelve la situación, más indiscutible es que ahora, cuando los partidos imperialistas de Europa Occidental, los dos principales grupos imperialistas, están en una lucha a muerte entre sí, cuando cada mes, cada semana, cada día se empujan mutuamente más y más cerca del abismo cuyos contornos vemos claramente, en tal momento, para nosotros es especialmente clara la corrección de nuestra táctica; esto lo saben y lo sienten especialmente bien quienes han vivido la guerra, quienes han visto la guerra, quienes hablan de ella no en frases ligeras. Para nosotros es especialmente claro que, mientras cada uno de los grupos sea más fuerte que nosotros y mientras no llegue ese cambio fundamental que permita a los obreros y al pueblo trabajador de Rusia aprovechar los resultados de la revolución, recuperarse del golpe asestado y erguirse en toda su estatura, para crear un nuevo ejército organizado, disciplinado, construido sobre nuevas bases, para que podamos no de palabra sino de hecho… (ruidosos aplausos desde la izquierda, exclamación desde la derecha: «¡Kerensky!»), mientras ese cambio no haya llegado aún, debemos esperar. Por eso, cuanto más se descienda a las masas populares, cuanto más se acerque uno a los obreros de las fábricas y talleres y al campesinado trabajador, que no explota trabajo asalariado ni defiende los intereses especuladores del kulak, que esconde su grano y teme la dictadura alimentaria, con mayor certeza se puede decir que allí también encontraremos y encontramos, y ahora, con plena convicción, se puede decir que hemos encontrado plena simpatía y unanimidad. Sí, ahora el pueblo no quiere, no puede ni va a luchar contra estos enemigos –los imperialistas–, por mucho que la gente, por inconsciencia, arrastrada por frases, lo empuje a esta guerra, por muchas palabras con que se cubran. Sí, camaradas, quien ahora, directa o indirectamente, abierta o encubiertamente, habla de guerra, quien grita contra el lazo de Brest, no ve que el lazo al cuello de los obreros y campesinos de Rusia lo están echando los señores Kerensky y los terratenientes, los capitalistas y los kulaks… (Una voz: «¡Mirbach!». Ruido.) Por más que griten en cualquier reunión, su causa es desesperada entre el pueblo. (Aplausos. Ruido.)

No me sorprende en absoluto que, en la situación en que se encuentran estas gentes, solo les quede responder con gritos, histerias, insultos y salidas salvajes (aplausos), cuando no tienen otros argumentos… (Una voz: «¡Hay argumentos!». Ruido.)

El noventa y nueve por ciento de los soldados rusos sabe a costa de qué increíbles sufrimientos se logró vencer la guerra. Saben que para construir la guerra sobre una nueva base socialista y económica (gritos: «¡Mirbach no lo permitirá!») se necesitan esfuerzos increíbles, que hubo que vencer la guerra rapaz. Ellos, sabiendo que las furiosas fuerzas del imperialismo continúan luchando y que, durante los tres meses transcurridos desde el congreso anterior, se han acercado varios pasos más al abismo, no entrarán en esta guerra. Después de que cumplimos con nuestro deber ante todos los pueblos, comprendiendo el significado de la declaración de paz y haciendo llegar ese significado, a través de nuestra delegación de Brest, encabezada por el camarada Trotsky, al conocimiento de los obreros de todos los países, cuando ofrecimos abiertamente una paz democrática y honesta, esa oferta fue frustrada por la burguesía enfurecida de todos los países. Nuestra situación no puede ser otra que esperar, y el pueblo esperará a que esos furiosos grupos imperialistas, aún fuertes ahora, caigan en ese abismo hacia el que se aproximan –todos lo ven… (Aplausos.) Todos lo ven, quien no se cierra los ojos deliberadamente. Ese abismo, durante estos tres meses y medio, cuando el partido imperialista enloquecido insiste en prolongar la guerra, indudablemente se ha acercado más. Sabemos, sentimos y palpamos que aún no estamos preparados para la guerra; lo dicen los soldados, los guerreros que han experimentado la guerra en la práctica, y esos gritos que llaman a arrojar ahora el lazo de Brest vienen de los mencheviques, de los socialrevolucionarios de derecha y de los partidarios de Kerensky, de los kadetes. Sabéis dónde han quedado los partidarios de los terratenientes, de los capitalistas, dónde han quedado los lacayos de los socialrevolucionarios de derecha, de los kadetes. En ese campo, los discursos de los socialrevolucionarios de izquierda, que también se inclinan hacia la guerra, serán recibidos con estruendosos aplausos. Los socialrevolucionarios de izquierda, como señalaron los oradores anteriores, se han metido en una situación desagradable: iban a una habitación y dieron con otra. (Aplausos.)

Sabemos que la gran revolución surge de la propia masa popular desde su profundidad, que para ello se necesitan meses y años, y no nos sorprende que el partido de los socialrevolucionarios de izquierda haya experimentado vacilaciones increíbles durante la revolución. Aquí Trotsky ha hablado de esas vacilaciones, y a mí solo me queda añadir que el 26 de octubre, cuando invitamos a los camaradas socialrevolucionarios de izquierda a formar parte del gobierno, se negaron; y cuando Krasnov estaba a las puertas de Petrogrado, no estaban con nosotros; por consiguiente, resultó que ayudaban no a nosotros, sino a Krasnov. No nos sorprenden esas vacilaciones; sí, ese partido ha vivido mucho. Pero, camaradas, hay una medida para todo.

Sabemos que la revolución es algo que se estudia con la experiencia y la práctica, que solo entonces la revolución se convierte en revolución cuando decenas de millones de personas, en un arrebato unánime, se alzan como una sola. (Aplausos que ahogan la intervención de Lenin, gritos: «¡Vivan los Soviets!».) Esta lucha, que nos eleva hacia una vida nueva, ha sido iniciada por 115 millones de personas; hay que observar esta gran lucha con la más profunda seriedad. (Aplausos atronadores.) En octubre, cuando se instauró el poder soviético, el 26 de octubre de 1917, cuando… (ruido, gritos, aplausos) nuestro partido y sus representantes en el CEC propusieron al partido de los socialrevolucionarios de izquierda entrar en el gobierno, este se negó. En el momento en que los socialrevolucionarios de izquierda se negaron a entrar en nuestro gobierno, no estaban con nosotros, sino contra nosotros. (Ruido en los escaños de los socialrevolucionarios de izquierda.) Me resulta muy desagradable haber tenido que decir algo que no les ha gustado. (El ruido en la derecha se intensifica.) Pero, ¿qué hacer? Si el general cosaco Krasnov… (Ruido, gritos impiden continuar el discurso.) Cuando el 26 de octubre ustedes vacilaban, sin saber qué querían, y se negaban a marchar junto a nosotros… (Ruido que no cesa durante varios minutos.) ¡La verdad duele! Les recordaré que esas personas que vacilan, que no saben qué quieren, se niegan a marchar con nosotros, escuchan a otros que cuentan cuentos de hadas. Les he dicho, como un soldado que estuvo en la guerra… (Ruido, aplausos.) Cuando hablaba el orador anterior, la inmensa mayoría del congreso no le molestaba. Y es comprensible. Si hay personas que prefieren irse de un congreso de los Soviets, ¡allá ellas! (Ruido y agitación en las bancadas de la derecha. El presidente pide que cese el ruido.)

Así pues, camaradas, nuestra razón en el asunto de la firma de la Paz de Brest ha sido demostrada por todo el curso de los acontecimientos. Y aquellos que en el anterior congreso de los Soviets intentaron hacer bromas de mal gusto sobre la tregua, aprendieron y vieron que obtuvimos, aunque con un esfuerzo inaudito, un aplazamiento, y durante ese aplazamiento nuestros obreros y campesinos dieron un paso gigantesco hacia la construcción socialista, y, por el contrario, las potencias occidentales dieron un paso gigantesco hacia ese abismo en el que el imperialismo cae tanto más rápido cuanto más avanza cada semana de esta guerra.

Por ello, solo puedo explicarme por una completa desorientación la conducta de quienes, alegando lo gravoso de nuestra situación, atacan nuestra táctica. Repito que basta remitirse al último período de tres meses y medio. Recordaré a quienes estuvieron en aquel congreso las palabras que allí se dijeron, y propongo a quienes no estuvieron que lean el acta o los artículos periodísticos del congreso anterior, para convencerse de cómo los acontecimientos justificaron plenamente nuestra táctica. De las victorias de la Revolución de Octubre a las victorias de la revolución socialista internacional no puede haber frontera; las explosiones en otros países deben comenzar. Para acelerarlas, hicimos todo lo posible durante el período de Brest. Quien ha vivido las revoluciones de 1905 y 1917, quien ha reflexionado sobre ellas y las ha abordado de manera meditada y seria, sabe que en nuestro país esas revoluciones nacieron con un esfuerzo inaudito.

Dos meses antes de enero de 1905 y febrero de 1917, ningún revolucionario, por mucha experiencia y conocimiento que tuviera, ninguna persona que conociera la vida del pueblo, podía predecir que tal acontecimiento haría estallar Rusia. Captar gritos aislados y lanzar a las masas populares consignas que equivalen a romper la paz y arrojarnos a la guerra, es la política de gentes completamente desorientadas, que han perdido la cabeza. Y para aportar una prueba de esa desorientación, les pondré un ejemplo extraído de las palabras de una persona cuya sinceridad ni yo ni nadie pone en duda: las palabras de la camarada Spiridónova, de su discurso publicado en el periódico «La Voz del Campesinado Trabajador»{181} y que no ha sido desmentido. En ese discurso del 30 de junio, la camarada Spiridónova incluyó tres líneas, que no dicen nada, afirmando que los alemanes nos habían presentado un ultimátum: enviarles manufacturas por valor de dos mil millones.

Ese partido que lleva a sus representantes más sinceros a caer en tan horrible pantano de engaño y mentira, es un partido definitivamente perdido. Los obreros y campesinos no pueden ignorar qué increíbles esfuerzos, qué sufrimientos nos costó la firma del Tratado de Brest. ¿Acaso hacen falta aún cuentos y ficciones para encarecer lo gravoso de esa paz, a los que recurren incluso las personas más sinceras de ese partido? Pero nosotros sabemos dónde está la verdad del pueblo, y por ella nos guiamos, mientras ellos se agitan en gritos histéricos. Desde este punto de vista, una conducta así de completa desorientación es peor que cualquier provocación. Especialmente si comparamos el conjunto de todos los partidos en Rusia, y esto lo exige una aproximación científica a la revolución. Nunca hay que olvidar mirar en su conjunto las relaciones de todos los partidos juntos. Personas aisladas, grupos aislados pueden equivocarse, pueden no saber encontrar, no saber explicar su propia conducta, pero si tomamos el conjunto de todos los partidos de Rusia y observamos su correlación, no puede haber error. Miren lo que dicen ahora, escuchando los llamamientos de los socialrevolucionarios de izquierda, los socialrevolucionarios de derecha, Kérenski, Savinkov y demás… En este mismo momento aplauden como locos. Se alegran de arrastrar a Rusia a la guerra ahora, cuando lo necesita Miliukov. Y hablar ahora así del nudo corredizo de Brest es echar sobre el campesino ruso el nudo corredizo del terrateniente. Cuando aquí nos hablan de lucha contra los bolcheviques, como el anterior orador hablaba de la riña con los bolcheviques, yo respondo: no, camaradas, esto no es una riña, es una ruptura real, irrevocable, ruptura entre quienes soportan lo gravoso de la situación diciendo al pueblo la verdad, pero sin permitirse embriagar con gritos, y quienes se embriagan con esos gritos y cumplen involuntariamente el trabajo ajeno, el trabajo de los provocadores. (Aplausos.)

Termino la primera parte de mi informe. En tres meses y medio de guerra imperialista furiosa, los estados imperialistas se han acercado al abismo hacia el que empujan a los pueblos. En nuestro país, esa bestia desangrada ha arrancado multitud de pedazos del organismo vivo. Nuestros enemigos se acercan tan rápidamente a ese abismo que, aunque se les concedieran más de tres meses y medio, y aunque la matanza imperialista nos infligiera de nuevo pérdidas semejantes, perecerán ellos, no nosotros, porque la rapidez con que cae su resistencia los lleva rápidamente al abismo. Y en nuestro país, en estos tres meses y medio, a pesar de la gigantesca carga, de la que hablamos abiertamente ante todo el pueblo, a pesar de todo esto, hay brotes sanos de un organismo sano – tanto en la industria como en todas partes, la labor constructiva, quizás pequeña, no espectacular, no ruidosa, avanza. Ha dado sus resultados más fecundos, y teniendo aún tres meses, aún seis meses, aún una campaña invernal de ese trabajo, seguiremos adelante, mientras que la bestia imperialista de Europa Occidental, fatigada por la lucha, no resistirá esta competencia, porque dentro de ella maduran fuerzas que hasta ahora no creen en sí mismas, pero que llevarán al imperialismo a la perdición. Y lo que ya allí se ha iniciado, iniciado de raíz, no podrá ser modificado en tres meses y medio. De esa labor constructiva, pequeña, creadora, se habla demasiado poco, y creo que debemos detenernos más en ella. Por mi parte, no tengo posibilidad de ocultarlo, aunque solo sea por la circunstancia de que es necesario tener en cuenta los ataques del orador anterior. Me remito a la resolución del CEC del 29 de abril de 1918[50]. Hice entonces un informe donde me vi obligado a hablar de las tareas inmediatas del poder soviético[51], y subrayé que, junto a la inaudita dificultad de nuestra situación, la labor creadora dentro del país debe ocupar el primer lugar.

Y aquí, sin hacernos ilusiones, debemos decir que a esta labor, a pesar de toda su dificultad, debemos dedicar todas nuestras fuerzas. La experiencia que puedo compartir con vosotros muestra que en este aspecto hemos avanzado indudablemente mucho. Cierto, si nos limitamos a los resultados externos, como hace la burguesía, tomando ejemplos aislados de nuestros errores, difícilmente se puede hablar de éxito, pero nosotros lo vemos de una manera completamente distinta. La burguesía toma alguna dirección de la flota fluvial y señala cuántas veces hemos emprendido su reforma, se regocija y dice que el poder soviético no puede manejar el asunto. A esto responderé: sí, hemos reformado muchas veces nuestra dirección de la flota fluvial, así como la dirección de los ferrocarriles, y ahora estamos emprendiendo una reforma aún mayor del Consejo de Economía Nacional. En esto radica el significado de la revolución: que el socialismo ha pasado del ámbito del dogma, del que solo pueden hablar quienes no entienden absolutamente nada, del ámbito del libro, del programa, al ámbito del trabajo práctico. Ahora, con sus propias manos, los obreros y campesinos están haciendo el socialismo.

Han pasado para Rusia, estoy seguro, irrevocablemente, aquellos tiempos en que se discutía sobre programas socialistas según los libros. Hoy en día del socialismo solo se puede hablar según la experiencia. En eso radica también el significado de la revolución: que por primera vez ha desechado el viejo aparato del funcionariado burgués, del sistema burgués de administración, ha creado las condiciones para que los obreros y campesinos tomen ellos mismos la labor, increíblemente difícil, cuyas dificultades sería ridículo ocultarse a sí mismos, pues los capitalistas y terratenientes durante siglos persiguieron y acosaron a decenas de millones de personas solo por pensar en la administración de la tierra. Y ahora, en unas semanas, en unos meses, en medio de una desolación desesperada y furiosa, cuando la guerra ha herido todo el cuerpo de Rusia, de modo que el pueblo se asemeja a un hombre golpeado hasta quedar medio muerto – en un momento así, cuando los zares, terratenientes y capitalistas nos han dejado como herencia la mayor devastación, las nuevas clases, los obreros y aquellos campesinos que no explotan a obreros asalariados ni se enriquecen con el pan especulativo, deben emprender la nueva obra, la nueva construcción. Sí, es una labor increíblemente difícil e increíblemente gratificante. Cada mes de ese trabajo y de esa experiencia vale diez, si no veinte años de nuestra historia. Sí, no tememos en absoluto confesaros aquello que señala el conocimiento de nuestros decretos: que constantemente tenemos que reformarlos; todavía no hemos creado nada acabado; aún no conocemos un socialismo que pueda ser encajado en párrafos. Si ahora a este Congreso puede serle propuesta la Constitución soviética, es solo porque los Soviets han sido creados y probados en todos los rincones del país, porque vosotros la habéis creado, vosotros la habéis probado en todos los rincones del país; solo después de medio año de la Revolución de Octubre, casi un año después del Primer Congreso Panruso de los Soviets, pudimos escribir aquello que ya existe en la práctica{182}.

En el ámbito de la economía, allí donde el socialismo apenas se está construyendo, donde debe construirse una nueva disciplina, allí no tenemos esa experiencia, la adquirimos mediante reformas y reconstrucciones. Esta es nuestra tarea principal; decimos: todo nuevo orden social exige nuevas relaciones entre las personas, una nueva disciplina. Hubo un tiempo en que sin la disciplina del siervo no se podía dirigir la economía, cuando la única disciplina era el palo; hubo un tiempo de dominio de los capitalistas, cuando la fuerza de la disciplina era el hambre. Ahora, desde la revolución soviética, desde el inicio de la revolución socialista, la disciplina debe crearse sobre bases completamente nuevas: la disciplina de la confianza en la organización de los obreros y campesinos más pobres, una disciplina de camaradería, una disciplina de todo respeto, una disciplina de autonomía e iniciativa en la lucha. Cualquiera que recurra a los viejos métodos capitalistas, que en tiempos de necesidad y hambre razone a la vieja usanza capitalista: «si yo, por ejemplo, vendo el pan individualmente, ganaré más; si yo, por ejemplo, voy a buscar pan individualmente, lo conseguiré más fácilmente». Quien razona así elige el camino más fácil, pero no llegará al socialismo.

Es simple y fácil permanecer en la vieja senda de las relaciones capitalistas habituales, pero nosotros deseamos ir por un camino nuevo. Este exige de nosotros, exige de todo el pueblo una gran conciencia, una gran organización, exige más tiempo, provoca grandes errores. Pero nos decimos a nosotros mismos: no se equivoca quien no hace nada práctico.

Si el período del que les doy informe incluye, desde el punto de vista de la asamblea, experiencias en las que a menudo se encuentran enmiendas, correcciones, retornos a lo antiguo, entonces no es esa la tarea principal, el contenido principal, el valor principal del período vivido. El viejo aparato de gestión de funcionarios, al que bastaba ordenar aumentar el salario, ha desaparecido. Tenemos que enfrentarnos a organizaciones obreras que toman en sus manos la gestión de la economía. Nos enfrentamos al proletariado ferroviario, que estaba peor situado que otros, y tiene el derecho legítimo de exigir que se mejore su situación; mañana el proletariado fluvial presentará sus demandas, pasado mañana el campesino medio, del que hablaré detalladamente, que a menudo se siente peor que el obrero, a quien tratamos con la mayor atención, a cuyos intereses están dedicados todos los decretos, cosa que no entendió en absoluto el orador anterior, presentará sus demandas – todo esto provoca dificultades inmensas, pero son aquellas dificultades en las que los obreros y los campesinos más pobres, por primera vez después de siglos, organizan por sí mismos toda la economía nacional de Rusia con sus propias manos. Y entonces hay que buscar medios para satisfacer las demandas justas, rehacer decretos, reconstruir las direcciones. Junto a ejemplos y casos de fracaso y quiebra – casos que son recogidos por la prensa burguesa, que, por supuesto, son numerosos, alcanzamos éxitos, porque precisamente mediante fracasos y errores parciales aprendemos en la experiencia a construir el edificio socialista. Y cuando por todas partes vemos nuevas demandas, decimos: así debe ser, esto es el socialismo, cuando cada cual desea mejorar su situación, cuando todos quieren disfrutar de los bienes de la vida. Pero el país es pobre, el país es mísero – satisfacer todas las demandas es imposible por ahora, por eso es tan difícil construir un nuevo edificio en el proceso de la ruina. Pero se equivoca profundamente quien piensa que el socialismo puede construirse en una época pacífica y tranquila: en todas partes se construirá en una época de ruina, en una época de hambre, así debe ser, y cuando vemos a representantes de las ideas auténticas, entonces nos decimos a nosotros mismos: con miles, decenas de miles, cientos de miles de manos, los obreros y los campesinos trabajadores se han puesto a construir el nuevo edificio socialista. Ahora comienza una revolución profundísima en el campo, donde los kulaks agitadores tratan de impedir a los campesinos trabajadores que no explotan trabajo ajeno ni se enriquecen con la especulación de grano, y allí la tarea es distinta. En las ciudades hay que organizar las fábricas, la industria metalúrgica, y después de la ruina militar distribuir la producción, distribuir la materia prima, el material – la realización de esta tarea es muy difícil. Allí el obrero aprende este oficio y crea órganos de dirección central; allí tenemos que rehacer el Consejo Superior de Economía Nacional, porque las viejas leyes, dictadas a principios de año, ya han quedado anticuadas; el movimiento obrero avanza; el viejo control obrero ya ha quedado anticuado; y los sindicatos se convierten en gérmenes de órganos de dirección de toda la industria. (Aplausos.) En este terreno se ha hecho ya mucho, pero aun así no podemos jactarnos de un éxito brillante. Sabemos que en este terreno los elementos burgueses, los capitalistas, los terratenientes, los kulaks, tienen la posibilidad de seguir agitando durante mucho tiempo, diciendo que, como siempre, el decreto dictado no se ha llevado a la práctica; otro apenas se ha dictado, y a los tres meses lo corrigen; y la especulación, tal como era bajo el capitalismo, sigue igual. Sí, no conocemos la receta charlatana universal que pudiera matar de inmediato la especulación. Los hábitos del régimen capitalista son demasiado fuertes; reeducar a un pueblo educado durante siglos en esos hábitos es una tarea difícil que requiere mucho tiempo. Pero nosotros decimos: nuestro modo de lucha es la organización. Debemos organizarlo todo, tomarlo todo en nuestras manos, controlar a los kulaks y a los especuladores a cada paso, declararles una lucha implacable y no dejarles respirar, controlando cada paso. (Aplausos.)

Por la experiencia sabemos que la reelaboración de los decretos es necesaria, porque surgen nuevas dificultades, de las que la reelaboración extrae nuevas fuerzas. Y si en la cuestión del aprovisionamiento hemos llegado ahora a la organización del campesinado pobre, y si ahora nuestros antiguos camaradas – los socialrevolucionarios de izquierda – con toda la sinceridad, de la que no se puede dudar, dicen que nuestros caminos se han separado, entonces les respondemos firmemente: tanto peor para vosotros, pues eso significa que os habéis alejado del socialismo. (Aplausos.)

¡Camaradas! La cuestión del aprovisionamiento es la cuestión principal, es la cuestión a la que dedicamos la mayor atención en nuestra política. La masa de pequeñas medidas, que no se ven desde fuera, pero que han sido adoptadas por el Consejo de Comisarios del Pueblo: mejora del transporte fluvial y ferroviario, limpieza de los almacenes de intendencia, lucha contra la especulación, todo se dirigía a encauzar el asunto del aprovisionamiento. No solo nuestro país, sino también todos aquellos países más cultos que antes de la guerra no sabían qué era el hambre, ahora todos ellos se hallan en la situación más calamitosa creada por los imperialistas, luchando por el dominio de uno u otro grupo. Decenas de millones de personas en Occidente sufren los tormentos del hambre. Precisamente esto hace inevitable la revolución social, pues la revolución social no surge de los programas, sino de que decenas de millones de personas dicen: «no viviremos hambrientos, sino que moriremos mejor por la revolución». (Aplausos.)

La terrible calamidad – el hambre – se ha abatido sobre nosotros, y cuanto más difícil es nuestra situación, más aguda es la crisis de aprovisionamiento, más se intensifica la lucha de los capitalistas contra el poder soviético. Ustedes saben que la sublevación checoslovaca es una sublevación de hombres comprados por los imperialistas anglo-franceses. Constantemente se oye decir que aquí o allá se sublevan contra los Soviets. Las sublevaciones de los kulaks abarcan cada vez nuevas regiones. En el Don, Krasnov, a quien los obreros rusos generosamente dejaron libre en Petrogrado cuando se presentó y entregó su espada, pues los prejuicios de la intelectualidad son aún fuertes y la intelectualidad protestaba contra la pena de muerte, fue puesto en libertad debido a los prejuicios de la intelectualidad contra la pena de muerte. ¡Y ahora yo quisiera ver el tribunal popular, ese tribunal obrero, campesino, que no fusilara a Krasnov, como él fusila a obreros y campesinos! Nos dicen que cuando en la comisión de Dzerzhinski{183} fusilan – eso está bien, pero si abiertamente, ante todo el pueblo, el tribunal dice: es contrarrevolucionario y merece el fusilamiento, eso es malo. Las gentes que han llegado a tal hipocresía están políticamente muertas. (Aplausos.) No, un revolucionario que no quiera ser hipócrita no puede renunciar a la pena de muerte. No ha habido ninguna revolución ni época de guerra civil en las que no hubiera fusilamientos.

Nuestra situación de aprovisionamiento había llegado a una situación casi catastrófica. Hemos llegado a una fase que es el período más duro de nuestra revolución. Tenemos ante nosotros el período más difícil: no hubo aún un período más difícil en la Rusia obrera y campesina – precisamente el período que queda hasta la cosecha. A mí, que he visto de todo en divergencias de partido y disputas revolucionarias, no me sorprende que en un período tan difícil aumente el número de personas que caen en la histeria y gritan: ¡yo me salgo de los Soviets! Se remiten a los decretos que abolen la pena de muerte. Pero mal revolucionario es aquel que, en un momento de lucha aguda, se detiene ante la intangibilidad de la ley. Las leyes en el período de transición tienen un carácter temporal. Y si la ley obstaculiza el desarrollo de la revolución, es abolida o corregida. Camaradas, cuanto más se nos abate el hambre, más claro se vuelve que contra esta calamidad desesperada se necesitan también medidas desesperadas de lucha.

El socialismo, repito, ha dejado de ser un dogma, como quizás ha dejado también de ser un programa. En nuestro partido aún no se ha escrito un nuevo programa, y el antiguo no sirve para nada. (Aplausos.) Distribuir el pan de manera correcta y equitativa: he ahí la base del socialismo hoy. (Aplausos.) La guerra nos ha legado la devastación; con los esfuerzos de Kerenski y de los terratenientes-kuláks, que dicen: «después de nosotros, el diluvio», el país ha sido llevado a tal situación que se dice: «cuanto peor, mejor». La guerra nos ha dejado tales calamidades que ahora, en la cuestión del pan, vivimos la esencia misma de todo el orden socialista y debemos tomar esta cuestión en nuestras manos y resolverla prácticamente. Aquí nos decimos a nosotros mismos: ¿qué hacer con el pan, a la antigua usanza, a la manera capitalista, cuando los campesinos, aprovechando la ocasión, ganan miles de rublos con el pan, llamándose a sí mismos campesinos trabajadores, y a veces incluso eseristas de izquierda? (Aplausos, ruido.) Razonan así: si el pueblo pasa hambre, significa que los precios del pan suben; si hay hambre en las ciudades, significa que mi bolsa está llena; y si el hambre aumenta todavía más, significa que ganaré miles adicionales. Camaradas, sé muy bien que en este razonamiento no hay culpa de personas particulares. Todo el viejo y vil legado de la sociedad terrateniente y capitalista ha enseñado a la gente a pensar así, a pensar y vivir así, y transformar la vida de decenas de millones de personas es terriblemente difícil; para ello se necesita trabajar largo y tenazmente, y ese trabajo apenas lo hemos comenzado. Nunca hemos tenido la intención de culpar a aquellas personas que, individualmente, atormentadas por el hambre y sin ver la utilidad de la organización socialista de la distribución del pan, se lanzan a ayudarse a sí mismas por su cuenta, abandonándolo todo: a tales personas no se las puede culpar. Pero decimos: cuando hablan los representantes de los partidos, cuando vemos a personas que se han unido a un partido determinado, cuando vemos grandes grupos del pueblo, entonces les exigimos que miren este asunto no desde el punto de vista de una persona acosada, atormentada y hambrienta, contra quien nadie levantaría la mano, sino desde el punto de vista de la construcción de una nueva sociedad.

Repito, nunca se podrá construir el socialismo en una época en que todo es liso y tranquilo; nunca se podrá realizar el socialismo sin la resistencia furiosa de los terratenientes y capitalistas. Cuanto más difícil es la situación, con más alegría se frotan las manos; cuanto más se levantan en rebelión; cuanto más difícil es, cuantos más sabotadores tenemos, con más entusiasmo se lanzan a las aventuras checoslovacas y de Krasnov. Y decimos: esto hay que superarlo no a la antigua usanza, por muy difícil que sea arrastrar la carreta hacia adelante, cuesta arriba, y no dejarla rodar hacia atrás, cuesta abajo. Sabemos perfectamente que no pasaba una semana ni siquiera un día en que en el Consejo de Comisarios del Pueblo no estuviéramos ocupados con la cuestión del abastecimiento, en que no surgieran miles de propuestas, disposiciones, decretos de nuestra parte, y en que no nos planteáramos la cuestión de cómo luchar contra el hambre. Se dice: no hacen falta precios especiales, precios tasados, monopolios del pan. Comercien como les plazca. Los ricos ganarán aún más, y en cuanto a los pobres, si se mueren, pues siempre se han muerto de hambre. Pero un socialista no puede razonar así: en este momento, cuando la cuesta se ha vuelto la más empinada y la carreta hay que pasarla por las mayores pendientes, la cuestión del socialismo ha dejado de ser una cuestión de divergencias partidarias para convertirse en una cuestión de vida: ¿se mantendrán ustedes en la lucha contra los kuláks, en alianza con los campesinos que no especulan con el pan?, ¿se mantendrán ahora, cuando hay que luchar, cuando les espera el trabajo más duro? Se nos habló de los comités de pobres. Para aquellos que han visto en la práctica los tormentos del hambre, está claro que para quebrantar y reprimir sin piedad a los kuláks se necesitan las medidas más duras y despiadadas. Al comenzar a organizar las uniones de pobres, procedimos con plena conciencia de toda la gravedad y crueldad de esta medida, porque solo la unión de la ciudad y de los pobres del campo, y de aquellos que tienen reservas pero no especulan, de aquellos que quieren superar resueltamente las dificultades y lograr que los excedentes de pan vayan al Estado y se distribuyan entre los trabajadores, solo esa unión es el único medio de esa lucha. Y esta lucha debe llevarse a cabo no en programas y discursos; en esta lucha contra el hambre debe manifestarse quién va por el camino recto, a pesar de todas las pruebas, hacia el socialismo, y quién cede a las artimañas y engaños de los kuláks.

Y si se encuentran personas del partido de los eseristas de izquierda que digan, como el orador anterior, uno de los más sinceros y por eso a menudo entusiasta, a menudo cambiante de opinión, si dicen: no podemos trabajar con los bolcheviques, nos vamos, no lo lamentaremos ni un minuto. Aquellos socialistas que se van en un momento en que decenas y miles de personas perecen de hambre, mientras otros tienen tales excedentes de pan que no lo vendieron hasta agosto del año pasado, cuando duplicaron los precios fijos del pan, contra lo que se alzó toda la democracia; quien sabe que el pueblo sufre indecibles tormentos de hambre, pero no quiere vender el pan a los precios a que lo venden los campesinos medios, esos son enemigos del pueblo, arruinan la revolución y apoyan la violencia, ¡esos son amigos de los capitalistas! ¡Guerra a ellos y guerra implacable! (Aplausos de toda la sala, aplaude también una parte considerable de los eseristas de izquierda.) Mil veces se equivocará, mil veces se engañará quien se deje llevar ni un minuto por palabras ajenas y diga que esto es una lucha contra el campesinado, como dicen a veces los eseristas de izquierda imprudentes o poco reflexivos. No, esto es una lucha contra una minoría insignificante de kuláks del campo, esto es una lucha por salvar el socialismo y distribuir el pan en Rusia correctamente. (Voces: «¿Y las mercancías?») Lucharemos en alianza con la inmensa mayoría del campesinado. En esta lucha venceremos, y entonces cada obrero europeo verá en la práctica qué es el socialismo.

En esta lucha nos ayudará todo aquel que quizás no sepa científicamente qué es el socialismo, pero que ha trabajado toda su vida y sabe que el pan le costaba un duro esfuerzo: ese nos entenderá. Ese hombre estará con nosotros. A los kuláks, que tienen excedentes de pan y son capaces, en el momento de la mayor calamidad del pueblo, de ocultar el pan, en el momento en que todas las conquistas de la revolución están en juego, cuando los Skoropadski de todos los matices y de todos los confines, ocupados y no ocupados, estiran el cuello y esperan a ver si no se puede, mediante el hambre, derribar el poder de los campesinos y obreros y devolver a los terratenientes, en ese momento declarar una guerra implacable a esos kuláks es nuestro primer deber socialista. Quien en este momento dificilísimo de las mayores pruebas para el pueblo hambriento y de las mayores pruebas para la revolución socialista se lava las manos y repite los cuentos de la burguesía, ese es un mal socialista.

¡Es falso, y mil veces falso, que esto sea una lucha contra el campesinado! He leído cientos de veces en las páginas de los periódicos kadetes sobre esto, y no me sorprende que allí griten que los obreros se han dividido del campesinado, que allí escriban histéricamente: «Campesinos, despierten, recapaciten y abandonen a los bolcheviques». Cuando oigo y leo eso allí, no me sorprende. Allí es propio de ellos. Allí sirven al amo a quien están destinados a servir, ¡pero no quisiera estar en la piel de un socialista que ha caído hasta esos discursos! (Aplausos atronadores.) Camaradas, sabemos perfectamente lo inmensamente difícil que resulta resolver la cuestión del abastecimiento. Aquí hay prejuicios profundísimos. Aquí hay intereses muy arraigados, los intereses de los kuláks; aquí hay división, estancamiento, dispersión del campo, oscurantismo; en muchos casos todos se unen contra nosotros, y decimos: a pesar de estas dificultades, no se puede renunciar, con el hambre no se bromea, y las masas populares, si no se les ayuda en el hambre, son capaces, de hambre, de lanzarse incluso hacia Skoropadski. ¡No es verdad que esto sea una lucha contra los campesinos! Quien dice eso es el mayor criminal, y la mayor desgracia le ha ocurrido a aquel que, histéricamente, se ha dejado arrastrar hasta tales discursos. No, no luchamos solo contra los campesinos más pobres, sino tampoco contra los campesinos medios. Los campesinos medios tienen en toda Rusia excedentes de pan insignificantes. Los campesinos medios han vivido durante decenas de años antes de la revolución en condiciones peores que las del obrero. Antes de la revolución solo vieron necesidad y opresión. Con esos campesinos medios vamos por el camino del acuerdo.

La revolución socialista conlleva la igualdad para todas las masas trabajadoras; es injusto que cada obrero urbano reciba más que el campesino medio, que no explota el trabajo ajeno mediante la contratación o la especulación – el campesino vive y padece más necesidad y opresión que el obrero, y vive aún peor que él. No tienen organización ni sindicatos que se ocupen de mejorar su situación. Incluso con los sindicatos obreros tenemos que celebrar decenas de reuniones para igualar los salarios entre las profesiones. Y aun así no podemos establecerlo. Todo obrero sensato sabe que para eso se necesita un largo período. ¿Acaso encuentra pocas quejas en el Comisariado de Trabajo? Verá que cada profesión alza la cabeza: ¡no queremos vivir como antes, no queremos vivir como esclavos! Queremos, en un país pobre, un país menesteroso, curar las heridas que se le han infligido. Debemos esforzarnos por mantener como sea la economía, que se ha derrumbado casi por completo. Solo podemos hacerlo mediante la organización. Para organizar al campesinado, promulgamos un decreto sobre los comités de campesinos pobres. Contra este decreto solo pueden estar los enemigos del socialismo. Dijimos que consideramos justo bajar los precios de los productos manufacturados. Tomamos bajo control, nacionalizamos decididamente todo. (Aplausos.) Y esto nos da la posibilidad de regular la distribución de los productos de la industria.

Dijimos: bajen a los pobres los precios de los productos manufacturados a la mitad, al campesino medio bájenlos en un 25 por ciento. Quizás esta tarifa no sea correcta. No pretendemos haber resuelto el problema correctamente. No afirmamos eso. Para resolver el problema, vengan a resolverlo juntos. (Aplausos.) Si uno se sienta en la dirección general y lucha contra la especulación, atrapa a los estafadores que traman sus asuntos a escondidas, con eso no se resuelve el problema.

Solo cuando el Comisariado de Alimentación, junto con el Comisariado de Agricultura, haya nacionalizado todos los productos, haya fijado los precios, solo entonces nos acercamos de lleno al socialismo. A él se acercan solo los trabajadores de la ciudad y los campesinos pobres del campo, todos los que trabajan, no se apropian de lo ajeno, no explotan el trabajo ajeno ni en forma de contratación ni en forma de especulación, pues aquel que cobra cien rublos o más por el pan no es menos especulador que si contrata obreros asalariados; quizás sea peor, un especulador aún más amargo. Tras seis meses de desesperadamente difícil administración soviética, llegamos a la organización de los campesinos pobres, lástima que no en media semana – ¡esa es nuestra culpa! Si se nos reprochara que el decreto sobre la organización de los campesinos pobres y la dictadura alimentaria llegó con seis meses de retraso, nos alegraríamos de esa censura. Decimos: solo ahora, cuando hemos entrado en este camino, el socialismo ha dejado de ser una mera frase y se convierte en una causa viva. Quizás el decreto es desafortunado, quizás nuestras tarifas son incorrectas. ¿De dónde pudimos sacarlas? Solo de vuestra experiencia. ¿Cuántas veces hemos rehecho las tarifas de los ferroviarios, aunque tienen sindicatos, mientras que entre los pobres no los hay? Vamos a comprobar juntos si son correctas las tarifas fijadas en el decreto sobre los pobres: que a los más pobres se les rebaja la mitad del precio, a los medios se les rebaja una cuarta parte, y al rico se le quita todo – ¿son correctas estas tarifas o no?

Si hay combate, a ese combate iremos con decretos audaces y sin vacilar ni una gota. Será una verdadera lucha por el socialismo, no por un dogma, no por un programa, no por un partido, no por una fracción, sino por el socialismo vivo, por la distribución del pan entre los cientos de miles, millones de personas hambrientas en las regiones avanzadas de Rusia, para que, cuando haya pan, se lo tome y se distribuya más correctamente. Repito: aquí no tenemos ni sombra de duda de que el noventa y nueve por ciento de los campesinos, cuando conozcan la verdad, cuando reciban el decreto, lo comprueben, lo midan, cuando nos digan cómo hay que corregirlo, y nosotros lo corregiremos, reharemos esas tarifas, cuando ellos se pongan a esa labor, cuando aprecien su dificultad práctica, esos campesinos estarán con nosotros y dirán: manifestamos el instinto sano de todo trabajador, de que aquí y solo aquí se resuelve el verdadero problema, el problema fundamental, vital del socialismo. Estableceremos tarifas correctas para los productos, estableceremos el monopolio del pan, de los productos manufacturados, de todos los productos, y entonces el pueblo dirá: sí, la distribución del trabajo, la distribución del pan y de los productos que nos da el socialismo es mejor que antes, y el pueblo empieza a decirlo. Junto a una masa de dificultades, junto a una masa de errores, junto a casos que no ocultamos en absoluto, sino que sacamos a la luz, a la vergüenza – aquellos casos en que nuestros propios destacamentos caen en la especulación, en ese resbaladizo abismo hacia el que arrastran todas las costumbres, todas las prácticas de los capitalistas – sí, esos casos ocurren por doquier, sabemos que no se puede cambiar a las personas de golpe, que no se puede infundir de golpe la fe en el socialismo a decenas de millones de personas (¿de dónde sacarían esa fe? ¿De su cabeza? – De su experiencia) – junto a todo esto, empiezan a decir que se puede obtener pan no mediante la especulación, que solo se puede salvar del hambre mediante la unión de los obreros urbanos, fabriles e industriales con la unión de los campesinos pobres del campo, pues solo los campesinos pobres del campo no especulan con el pan. Sí, el campesino medio, en cuanto vea nuestros decretos, cuando los lea él mismo, cuando los compare con las frases y calumnias de los socialrevolucionarios de derecha y los defensores de los kulaks, dirá: si la gente establece una tarifa para los pobres, otra para los medios y toman el pan gratuitamente a los kulaks, actúan con justicia. Quizás no dirá que actúan como socialistas, quizás no conoce esa palabra, pero es nuestro aliado más fiel, porque no especula con el pan, comprenderá y estará de acuerdo en que especular con el pan en el momento de máximo peligro para la revolución socialista es el mayor crimen contra el pueblo.

El pan no puede distribuirse por decreto. Pero cuando tras un largo y tenaz trabajo de ajuste, corrección – de la unión de los obreros fabriles, urbanos y los campesinos pobres del campo, los campesinos trabajadores que no contratan a ningún obrero ni se dedican a la especulación – organicemos esto en la práctica, entonces ningún grito histérico contra nuestro partido romperá esa unión. (Aplausos.)

Cuando prometimos a los campesinos la socialización de la tierra, hicimos con ello una concesión, porque comprendíamos que no se podía introducir de inmediato la nacionalización. Sabemos que quizá fue un error haber incluido vuestra socialización de la tierra en nuestra ley del 26 de octubre[52]. Fue una concesión a los socialrevolucionarios de izquierda, que renunciaron al poder y dijeron que solo se quedarían si se aprobaba esa ley. Spiridónova se equivoca mil veces cuando les presenta hechos aislados, como que estuvo en mi casa, supuestamente humillándose y suplicando. Camaradas, muchos han estado en mi casa y saben que eso no puede ser, que no puede haber semejante trato hacia un camarada. Mal partido debe ser ese, si sus mejores representantes se rebajan a contar cuentos. (Alboroto.) Tengo una carta de la camarada Spiridónova —recurrió a mí muy a menudo por escrito—, mañana mismo la encontraré y la entregaré. Ella escribe: «¿Por qué no quieren dar dos millones para una comuna agrícola?». Y eso el mismo día en que el comisario del Pueblo de Agricultura, Seredá, cuya labor ella no comprende, presentó un informe sobre la asignación de 10 millones para las comunas agrícolas{184}. (Aplausos prolongados.) Han oído esto del discurso de la camarada Spiridónova, pero malo es el partido en el que incluso las personas más sinceras caen en sus agitaciones en cuentos. Repito: ¡qué mal partido es aquel cuyos mejores y más sinceros representantes llegan a tales cuentos sobre el poder soviético! ¡Tanto peor para ellos! Cada campesino que vaya al Comisariado de Agricultura leerá que se han asignado 10 millones para las comunas agrícolas, verá, creerá más a sus ojos y a sus oídos que a los discursos ajenos, comprenderá que estas personas han caído en cuentos, y dará la espalda a ese partido. (Aplausos.) Para concluir mi discurso, diré una sola cosa. Ante nosotros, hasta la nueva cosecha, hasta el transporte de esa cosecha a las zonas hambrientas, a Petrogrado y Moscú, se presenta un período difícil de la revolución rusa. Solo la alianza más estrecha de los obreros urbanos con el campesinado pobre, con la masa campesina trabajadora que no especula con el pan, es lo que salvará la revolución.

El congreso nos muestra que la alianza de todos los trabajadores, a pesar de todo, se fortalece, se amplía y crece no solo en Rusia, sino en todo el mundo. En el extranjero saben de nuestra revolución ridículamente poco, terriblemente poco. Allí hay una censura militar que no deja pasar nada. Los camaradas que vienen del extranjero lo cuentan. Pero, a pesar de todo, solo por instinto, los obreros europeos están del lado del gobierno bolchevique. Y cada vez son más las voces que muestran que la simpatía por la revolución socialista en Europa se fortalece en aquellos países donde continúa la guerra imperialista. De los socialistas alemanes y de otras personas cuyos nombres conoce todo obrero y campesino consciente, como Clara Zetkin y Franz Mehring, el gobierno bolchevique recibe expresiones de reconocimiento, simpatía y apoyo. En Italia, el antiguo secretario del partido, Lazzari, que en Zimmerwald desconfiaba de los bolcheviques, está ahora en prisión por expresar simpatía hacia nosotros.

La comprensión de la revolución crece. En Francia, aquellos camaradas y obreros que en la conferencia de Zimmerwald miraban a los bolcheviques con la mayor desconfianza, acaban de publicar un llamamiento en nombre del Comité de Enlaces Internacionales{185}, en el que se pronuncian ardientemente a favor del apoyo al gobierno bolchevique y en contra de las aventuras de cualquier partido.

Por eso, camaradas, por muy difícil y duro que sea el período que nos toca vivir, estamos obligados a decir toda la verdad y abrir los ojos sobre ello, porque solo el pueblo, con su iniciativa y su organización, planteando nuevas y nuevas condiciones y defendiendo la república socialista, nos ayudará. Y decimos: camaradas, no hay la menor sombra de duda de que si seguimos el camino que hemos elegido y que los acontecimientos han confirmado, si avanzamos firme e inquebrantablemente por ese camino, si no dejamos que ni las frases, ni las ilusiones, ni el engaño, ni la histeria nos desvíen del camino correcto, entonces tenemos las mayores posibilidades del mundo de mantenernos y contribuir firmemente a la victoria del socialismo en Rusia, y con ello contribuir a la victoria de la revolución socialista mundial. (Aplausos tormentosos y prolongados que se convierten en ovación.)

2. Palabras de cierre del informe, 5 de julio

Todas las objeciones de la oposición a mi informe comienzan con la cuestión del Tratado de Brest. Pero ese planteamiento de la cuestión podría llamarse práctico solo si condujera a resultados prácticos. Pero todos sus discursos sobre esto no tienen resultados ni pueden tenerlos. (Aplausos.)

Si ocurriera que el partido de los socialrevolucionarios de izquierda obtuviera la mayoría, no gritarían tanto sobre esta cuestión como lo hacen ahora. Hay que hablar de los logros reales de la república soviética en el camino hacia el socialismo, y podemos afirmar —y ninguno de los oradores lo ha negado— que en este aspecto, desde el congreso anterior, se ha logrado un gran éxito. Los representantes de la oposición no refutaron tampoco que todos los que abogan por la ruptura de la paz de Brest actúan en interés del restablecimiento del poder de los terratenientes y capitalistas, apoyados por el imperialismo anglo-francés. Cuando dije que los checoslovacos, por 10 o 15 millones, también buscan esa ruptura, nadie lo refutó. ¿Acaso se puede refutar que los checoslovacos, encubriéndose con la consigna de la Asamblea Constituyente, tienen por objetivo arrastrarnos a la guerra?

Los socialrevolucionarios de izquierda decían que no se puede crear un ejército en un plazo breve, pero la cuestión depende de la rapidez con que solucionemos el problema del combustible, de cómo se organicen los campesinos, de cómo marche la cosecha.

Sus llamamientos a crear destacamentos partisanos para luchar contra un ejército imperialista regular resultan ridículos a cualquier soldado.

Cuando nos obligan a volver a la cuestión de la paz de Brest, decimos: «¡Esa paz será violada si derrocáis el poder soviético, y eso no ocurrirá!». (Aplausos.) Solo entonces, sobre la base de la ruptura de la paz de Brest, podréis arrastrar a las masas trabajadoras a la guerra, para alegría de los terratenientes, capitalistas y guardias blancos, comprados con millones de los imperialistas anglo-franceses. La ruptura de la paz de Brest ahora se apoyaría, de hecho, en fuerzas hostiles a las clases trabajadoras. Todas las discrepancias sobre la paz de Brest no pueden considerarse prácticas. Esto es solo histeria de los socialrevolucionarios de izquierda.

Cuando aquí se dijo que los bolcheviques hacen concesiones y que en los informes no declararon nada práctico, recuerdo las palabras pronunciadas aquí por un socialrevolucionario, creo que maximalista, de que en el Consejo Superior de Economía Nacional se pasa del control a la dirección de la producción{186}. ¿Acaso no es una declaración práctica? ¿Qué hacen esos obreros que, por su propio esfuerzo, a través de los sindicatos, han empezado a aprender de los patronos el arte de dirigir las empresas? Ustedes dicen que aprender a dirigir no cuesta nada, mientras que nosotros, en el Consejo Superior de Economía Nacional, resolvemos a diario miles de conflictos y casos que demuestran que el obrero ha aprendido mucho, y al extraer conclusiones de ello, llegamos a que los obreros empiezan a aprender lentamente, es cierto, con errores, pero una cosa es decir una frase y otra ver mes tras mes cómo el obrero va entrando gradualmente en su papel, empieza a perder su timidez y comienza a sentirse gobernante. Puede que no sea correcto, pero él hace el trabajo como el campesino en la comuna agrícola. El tiempo demuestra que el obrero ha tenido que aprender a dirigir la industria, y todo lo demás es la frase más vacía, que no vale un céntimo. Si después de medio año de poder soviético hemos llegado a que ahora nos aproximamos a la obsolescencia del control, eso ya es un paso gigantesco hacia adelante.

Aquí gritaban que estamos dando vueltas en el mismo sitio y retrocediendo. Nada de eso. Pueden convencer de ello al kulak, pero no al obrero sencillo; él sabe, cuando decimos: dennos personas mejores que las que ustedes enviaron, oblíguenles a estudiar mejor de lo que ustedes mismos estudian. Por eso, cuando aquí se grita acerca de la concesión, permítanme entonces preguntar a cualquier obrero y campesino qué prefieren: ¿pagar la deuda que los alemanes nos impusieron mediante concesiones, o luchar? Cuando firmamos la paz de Brest, hablábamos de los imperialistas: mientras no los venza la revolución socialista internacional, no podemos defendernos de otro modo que retirándonos. Esto es desagradable, pero es un hecho, y es mejor cuando decimos esta frase al pueblo: mientras no hayamos construido un ejército, que puede crearse no en decenas de años, sino en años, si se establece una distribución correcta del pan, de modo que el ejército tenga reservas de grano recolectado y almacenado. ¿En qué distrito, en qué provincia hicieron esto los socialrevolucionarios de izquierda? ¡Nada de eso! Mientras no se haya hecho, decimos que todos sus gritos son la frase más vacía, y cuando damos pasos en la gestión obrera, damos un paso adelante. Aquí se citó incorrectamente mi frase. Dije que es malo el partido en el que personas sinceras se ven obligadas a rebajarse hasta tales frases.

¿Acaso el haber dado mil millones a nuestro Comisariado de Abastecimiento no es un paso adelante? Muchas cosas aún no están organizadas, y si ustedes lo desean, podrán organizarlo. Pero, ¿a través de quién? ¿Acaso a través de los viejos funcionarios? Nosotros, los obreros y campesinos de los Soviets, aprendemos este trabajo (aplausos) y por eso la compra de manufacturas y la asignación de fondos hacen su trabajo. Cientos de veces en el Consejo de Comisarios del Pueblo analizamos la cuestión: ¿a través de quién comprar las manufacturas, cómo realizar el control, cómo ayudar a su más rápida distribución? Y sabemos que semana tras semana elaboramos con éxito medidas para combatir la especulación, medidas para atrapar a los especuladores, y que los obreros en este asunto se vuelven cada mes más firmes, y nadie puede negar este éxito nuestro. Avanzamos, no nos estancamos. El 28 de junio realizamos la nacionalización{187}, quizás por varios cientos de millones, y ustedes aún objetan y repiten de nuevo las palabras de la intelectualidad burguesa. El socialismo es un trabajo que no se realiza en pocos meses. No nos estancamos, sino que seguimos avanzando hacia el socialismo, y después del Tratado de Brest nos hemos acercado más a él. Los obreros tienen experiencia a partir de una serie de errores, conciencia de la responsabilidad, de la dificultad de la lucha, y los campesinos tienen experiencia en el asunto de la socialización de la tierra, y, sin duda, los campesinos más experimentados y razonables dicen: en la primera primavera tomamos la tierra nosotros mismos, y en otoño tomaremos en nuestras manos todo el asunto, el asunto de la distribución de la tierra. Porque nosotros damos a los campesinos las manufacturas al 50 por ciento, es decir, a mitad de precio, ¿y quién daría manufacturas a los campesinos pobres a ese precio? Y avanzaremos hacia el socialismo a través del camino del pan, las manufacturas y los instrumentos, que no caigan en manos de los especuladores, sino que vayan en primer lugar a los pobres. Esto es socialismo. (Aplausos.) Después de medio año de revolución socialista, las personas que piensan según los libros no entienden nada. Hemos llegado a una situación en la que, a partir del paso concreto de la distribución del pan y del intercambio de manufacturas por pan, actuamos de modo que se beneficien los pobres, y no los especuladores ricos. No somos una república burguesa, porque para eso no harían falta los Soviets. De la distribución del pan y las manufacturas debe beneficiarse el pueblo pobre, y ninguna república en el mundo intentó hacer eso, y nosotros lo intentamos ahora. (Aplausos.) Hacemos una obra noble, tenemos experiencia, y hacemos todo lo posible para que los pobres se organicen. Los casos de saqueo y vandalismo casi desaparecen; por cada caso de esos hay diez en los que los campesinos pobres y medios dicen: ¡hay que liberarse del kulak y del terrateniente! Desde la paz de Brest hemos dado pasos enormes en el asunto de la enseñanza de los campesinos, y ahora no son novatos en la lucha por el socialismo.