(La aparición del camarada Lenin fue recibida con una tormenta de aplausos.) Camaradas, permítanme antes que nada saludar al congreso de los soviets de la economía nacional en nombre del Consejo de Comisarios del Pueblo. (Aplausos.)

Camaradas, sobre el Consejo Superior de la Economía Nacional ha recaído ahora una de las tareas más difíciles y una de las más gratificantes. No hay duda alguna de que cuanto más avancen las conquistas de la Revolución de Octubre, cuanto más profundamente vaya esta transformación que ella ha iniciado, cuanto más sólidamente se echen los cimientos de las conquistas de la revolución socialista y se consolide el régimen socialista, tanto mayor, tanto más alta será la función de los soviets de la economía nacional, a los cuales, únicos entre todas las instituciones estatales, les está destinado conservar un lugar firme, que será tanto más sólido cuanto más cerca estemos del establecimiento del orden socialista, cuanto menor sea la necesidad de un aparato puramente administrativo, de un aparato que se ocupe propiamente solo de la gestión. A este aparato, una vez que sea quebrantada definitivamente la resistencia de los explotadores, una vez que los trabajadores hayan aprendido a organizar la producción socialista, a este aparato de gestión en el sentido propio, estricto y limitado de la palabra, al aparato del viejo Estado, le está destinado morir, mientras que al aparato del tipo del Consejo Superior de la Economía Nacional le está destinado crecer, desarrollarse y fortalecerse, llenando con su actividad toda la principal actividad de la sociedad organizada.

Por eso, camaradas, cuando miro la experiencia de nuestro Consejo Superior de la Economía Nacional y de los soviets locales, con cuya actividad está estrecha e indisolublemente vinculado, a pesar de mucho de inacabado, inconcluso, desorganizado, creo que no tenemos ni la más mínima sombra de motivo para conclusiones pesimistas de ningún género. Pues la tarea que se propone el Consejo Superior de la Economía Nacional, y la tarea que se proponen todos los soviets regionales y todos los soviets locales, es una tarea tan gigantesca, tan global, que no hay absolutamente nada que pueda infundir temor en todo lo que observamos. Muy a menudo, —y desde nuestro punto de vista, quizá, incluso con demasiada frecuencia— no se ha aplicado el proverbio «mide siete veces y corta una». Tan sencillamente como ocurre según ese proverbio, desgraciadamente, no ocurre la organización de la economía sobre bases socialistas.

Con el traspaso de todo el poder —esta vez no solo del político y, principalmente, ni siquiera del político, sino del económico, es decir, el que afecta a las bases más profundas de la vida humana cotidiana— a una nueva clase, y además a una que lleva tras de sí, por primera vez en la historia de la humanidad, a la inmensa mayoría de la población, a toda la masa de los trabajadores y explotados, nuestras tareas se complican. Es evidente que aquí, dada la máxima importancia y la máxima dificultad de las tareas organizativas, cuando tenemos que organizar de un modo completamente nuevo las bases más profundas de la vida humana de cientos de millones de personas, es completamente comprensible que no sea posible arreglar las cosas tan sencillamente como se podía según el proverbio «mide siete veces y corta una». En verdad, no podemos realizar numerosos ensayos previos y luego cortar y consolidar lo que ha sido definitivamente medido y ajustado. Necesitamos, en el propio curso del trabajo, probando tales o cuales instituciones, observándolas en la experiencia, verificándolas con la experiencia colectiva común de los trabajadores y, sobre todo, con la experiencia de los resultados del trabajo, necesitamos, allí mismo, en el propio curso del trabajo, y además en un estado de lucha desesperada y de resistencia furiosa de los explotadores, que se vuelven tanto más furiosos cuanto más cerca estamos de arrancar definitivamente los últimos dientes podridos de la explotación capitalista, construir nuestro edificio económico. Es comprensible que en tales condiciones no haya ni la más mínima sombra de motivo para el pesimismo, aunque, ciertamente, esto es un gran motivo para las salidas maliciosas de la burguesía y de los señores explotadores ofendidos en sus mejores sentimientos, si nosotros, incluso en poco tiempo, tenemos que reelaborar a veces varias veces los tipos, los estatutos, los órganos de dirección de las distintas ramas de la economía nacional. Por supuesto, aquel que participa demasiado de cerca y demasiado directamente en este trabajo, a veces en la triple reelaboración de estatutos, normas, leyes de dirección, digamos, por ejemplo, aunque sea el Glavvod, ciertamente, a veces se siente poco alegre, y los placeres de este tipo de trabajo no pueden ser grandes. Pero si uno se abstrae un poco de la molestia inmediata de la reelaboración excesivamente frecuente de decretos y mira un poco más profundo y más lejos la gigantesca obra histórico-mundial que al proletariado ruso le toca realizar, por ahora aún con sus propias fuerzas insuficientes, entonces resultará de inmediato comprensible que incluso reelaboraciones muchísimo más múltiples, la prueba en la experiencia de diversos sistemas de dirección, de diversas normas de establecimiento de la disciplina, son inevitables, que en una obra tan gigantesca nunca podríamos pretender, y ningún socialista sensato que escribió sobre las perspectivas del futuro tuvo jamás en mente, que pudiéramos, según alguna indicación previa dada, montar de inmediato y componer de un golpe las formas de organización de la nueva sociedad.

Todo lo que sabíamos, lo que nos indicaron con precisión los mejores conocedores de la sociedad capitalista, las mentes más eminentes que preveían su desarrollo, es que la transformación debe ocurrir históricamente de manera inevitable según tal o cual línea general, que la propiedad privada de los medios de producción está condenada por la historia, que estallará, que los explotadores serán inevitablemente expropiados. Esto fue establecido con precisión científica. Y esto lo sabíamos cuando tomamos en nuestras manos la bandera del socialismo, cuando nos declaramos socialistas, cuando fundábamos partidos socialistas, cuando transformábamos la sociedad. Esto lo sabíamos cuando tomamos el poder para comenzar la reorganización socialista, pero ni las formas de la transformación, ni el ritmo de la velocidad de desarrollo de la reorganización concreta podíamos saberlas. Solo la experiencia colectiva, solo la experiencia de millones puede dar en este sentido indicaciones decisivas, precisamente porque para nuestra causa, para la causa de la construcción del socialismo, no basta la experiencia de cientos y cientos de miles de aquellos estratos superiores que hicieron la historia hasta ahora, tanto en la sociedad terrateniente como en la sociedad capitalista. No podemos hacerlo así precisamente porque contamos con la experiencia conjunta, con la experiencia de millones de trabajadores.

Por lo tanto, sabemos que la labor organizativa, que constituye la tarea principal, radical y fundamental de los Soviets, inevitablemente nos trae una masa de experiencias, una masa de pasos, una masa de reelaboraciones, una masa de dificultades, especialmente en cuanto a cómo colocar a cada persona en su lugar, porque aquí no hay experiencia, aquí cada uno de esos pasos debemos elaborarlos nosotros mismos, y cuanto más pesados sean los errores en ese camino, más firmemente crece la confianza de que con cada nuevo incremento del número de miembros de los sindicatos, con cada nuevo millar, con cada nuevo cien mil personas que pasan del campo de los trabajadores, explotados, que hasta ahora vivían según tradiciones, por costumbre, al campo de los constructores de las organizaciones soviéticas, crece el número de personas que deben satisfacer las necesidades y encauzar la cuestión por los rieles correctos.

Tomemos una de las tareas secundarias con la que el Consejo de Economía Nacional, el Consejo Superior de Economía Nacional, tropieza con particular frecuencia: la tarea de utilizar a los especialistas burgueses. Todos sabemos, al menos aquellos que se sitúan sobre el terreno de la ciencia y el socialismo, que esta tarea solo puede realizarse cuando, y en la medida en que, el capitalismo internacional haya desarrollado las premisas materiales y técnicas del trabajo, realizado a escala gigantesca, basado en los datos de la ciencia y, por consiguiente, en la formación de un enorme cuadro de especialistas con formación científica. Sabemos que sin esto, el socialismo es imposible. Si releemos las obras de aquellos socialistas que durante el último medio siglo observaron el desarrollo del capitalismo y llegaron una y otra vez a la conclusión de que el socialismo es inevitable, todos ellos, sin excepción, señalaban que solo el socialismo liberará a la ciencia de sus ataduras burguesas, de su esclavización al capital, de su servidumbre ante los intereses de la sórdida codicia capitalista. Solo el socialismo brindará la posibilidad de extender ampliamente y subordinar verdaderamente la producción social y la distribución de los productos según consideraciones científicas, acerca de cómo hacer la vida de todos los trabajadores lo más fácil posible, proporcionándoles la posibilidad del bienestar. Solo el socialismo puede realizar esto. Y sabemos que debe realizarlo, y en la comprensión de esta verdad reside toda la dificultad del marxismo y toda su fuerza.

Debemos realizar esto apoyándonos en elementos que le son hostiles, pues el capital, cuanto más grande se vuelve, más desarrolla la opresión de la burguesía y la represión de los obreros. Cuando el poder ha caído en manos del proletariado y del campesinado más pobre, cuando el poder se plantea tareas con el apoyo de estas masas, nos vemos obligados a llevar a cabo estas transformaciones socialistas con la ayuda de los especialistas burgueses, aquellos especialistas que se educaron en la sociedad burguesa, que no han visto otro entorno, que no pueden imaginar otro entorno social, y por eso, incluso en aquellos casos en que estas personas son completamente sinceras y están entregadas a su causa, incluso en esos casos, están llenas de miles de prejuicios burgueses, ligadas por miles de hilos, imperceptibles para ellas, a la sociedad burguesa moribunda, en descomposición y que, por ello, ofrece una resistencia furiosa.

Estas dificultades de la tarea y de su logro no pueden ocultársenos. De todos los socialistas que escribieron sobre esto, no puedo recordar ni una sola obra socialista conocida por mí, ni una sola opinión de socialistas eminentes sobre la futura sociedad socialista, donde se señalara esa dificultad práctica concreta que surgirá ante la clase obrera que ha tomado el poder, cuando se proponga la tarea de transformar toda la suma de la riquísima cultura, conocimientos y técnica acumulados por el capitalismo, históricamente inevitable y necesaria para nosotros, – transformar todo esto de instrumento del capitalismo en instrumento del socialismo. Esto es fácil en una fórmula general, en una contraposición abstracta, pero en la lucha contra el capitalismo, que no muere de inmediato y que, cuanto más cerca está de la muerte, más furiosamente resiste, esto es una tarea de un trabajo enorme. Si en este ámbito se producen experimentos, si hacemos repetidas correcciones de errores parciales, esto es inevitable cuando no se logra de inmediato, en tal o cual rama de la economía nacional, transformar a los especialistas de servidores del capitalismo en servidores de las masas trabajadoras, en sus consejeros. Si esto no lo logramos de inmediato, no puede provocar ni una gota de pesimismo, porque la tarea que nos proponemos es una tarea de dificultad y significado histórico-mundiales. No cerramos los ojos ante el hecho de que nosotros solos – la revolución socialista en un solo país, aunque este fuera mucho menos atrasado que Rusia, aunque viviéramos en condiciones más fáciles que después de cuatro años de una guerra inaudita, atroz, dura y devastadora – no podemos cumplir íntegramente por nuestras propias fuerzas la revolución socialista en un solo país. Quien se aparta de la revolución socialista que tiene lugar en Rusia, señalando la evidente desproporción de fuerzas, se parece a un hombre estancado, encerrado en un estuche, que no ve más allá de sus narices, que olvida que no hay ningún trastorno histórico, por mínimo que sea, que no haya presentado toda una serie de casos de desproporción de fuerzas. Las fuerzas crecen en el proceso de la lucha, con el crecimiento de la revolución. Cuando un país ha entrado en el camino de las más grandes transformaciones, entonces el mérito de ese país y del partido de la clase obrera que ha triunfado en él es que nos hemos aproximado prácticamente, de manera directa, a las tareas que antes se planteaban de modo abstracto y teórico. Esta experiencia no se olvidará. Esta experiencia de los obreros, que ahora están unidos en sindicatos y organizaciones locales y se ocupan prácticamente del arreglo nacional de toda la producción, esta experiencia, pase lo que pase, por duras que sean las peripecias de la revolución rusa y de la revolución socialista internacional, esta experiencia no se puede arrebatar. Ha pasado a la historia como una conquista del socialismo, y sobre esta experiencia la futura revolución internacional construirá su edificio socialista.

Permítanme señalar otra tarea, quizá la más difícil, que el Consejo Superior de Economía Nacional tiene que resolver prácticamente. Es la tarea de la disciplina laboral. Hablando con propiedad, cuando señalamos esta tarea, debemos reconocer y subrayar con satisfacción que precisamente los sindicatos, sus organizaciones más grandes – el Comité Central del Sindicato de Metalúrgicos, el Consejo Panruso de Sindicatos – las organizaciones sindicales superiores, que unen a millones de trabajadores, que fueron ellos quienes, por propia iniciativa, se encargaron primero de resolver esta tarea, y esta tarea tiene un significado histórico mundial. Para comprenderla, hay que abstraerse de esos pequeños fracasos particulares, de las dificultades inmensas que, si se toman por separado, parecen insuperables. Hay que elevarse por encima y observar el cambio histórico de los regímenes de la economía social. Solo desde este punto de vista se hará claro qué gigantesca tarea hemos asumido y qué gigantesca importancia tiene el hecho de que, esta vez, el representante más avanzado de la sociedad, las masas trabajadoras y explotadas, asuman por propia iniciativa la tarea que, hasta ahora, en la Rusia sierva anterior a 1861, resolvía enteramente un puñado de terratenientes, que la consideraban su asunto. Entonces era su asunto la creación de un vínculo y una disciplina para todo el Estado.

Sabemos cómo los terratenientes feudalesserviles crearon esta disciplina. Fue opresión, vejación y sufrimientos de trabajos forzados inauditos para la mayoría del pueblo. Recuerden toda esta transición de la servidumbre a la economía burguesa. Lo que ustedes observaron, aunque la mayoría de ustedes no pudo observarlo, y lo que saben por las generaciones mayores – esta transición después de 1861 hacia la nueva economía burguesa, la transición de la vieja disciplina servil del garrote, de la disciplina de la más absurda, descarada y grosera vejación y violencia contra el hombre, a la disciplina burguesa, a la disciplina del hambre, del llamado trabajo libre asalariado, que en realidad era la disciplina de la esclavitud capitalista – esta transición históricamente parecía fácil, porque la humanidad pasaba de un explotador a otro explotador, porque una minoría de ladrones y explotadores del trabajo popular cedía su lugar a otra minoría, también de ladrones y explotadores del trabajo popular, porque los terratenientes cedieron su lugar a los capitalistas – una minoría a otra minoría, bajo el aplastamiento de las amplias masas de las clases trabajadoras y explotadas. E incluso este cambio de una disciplina explotadora por otra disciplina costó años, si no décadas, de esfuerzos, costó años, si no décadas, de tiempo de transición, cuando los viejos terratenientes feudales creían con toda sinceridad que todo se perdía, que no se podía administrar sin servidumbre, cuando el nuevo amo capitalista encontraba dificultades prácticas a cada paso y se desentendía de su hacienda, cuando la señal material, una de las pruebas tangibles de la dificultad de esta transición, fue que Rusia entonces importaba máquinas del extranjero para trabajar con ellas, las mejores máquinas, y resultaba que no había personas que supieran manejarlas ni directores. Y en todos los confines de Rusia se observaba que las mejores máquinas estaban tiradas sin uso, tan difícil era pasar de la vieja disciplina servil a la nueva disciplina burguesa-capitalista.

Y así, si ustedes miran el asunto de esta manera, camaradas, no se dejarán confundir por aquellas personas, aquellas clases, aquella burguesía, aquellos secuaces de la burguesía, cuya única tarea consiste en sembrar pánico, sembrar desánimo, infundir total desaliento en todo el trabajo y presentarlo como desesperanzado, que señalan cada caso aislado de indisciplina y descomposición y por ese motivo se desentienden de la revolución, como si hubiera habido en el mundo, como si hubiera habido en la historia siquiera una gran revolución sin descomposición, sin pérdida de disciplina, sin pasos dolorosos de experiencia, cuando la masa elabora una nueva disciplina. No debemos olvidar que nos hemos acercado por primera vez a un punto preliminar de la historia, donde una nueva disciplina, la disciplina del trabajo, la disciplina del vínculo de camaradería, la disciplina soviética, es elaborada realmente por millones de trabajadores y explotados. No pretendemos ni contamos con éxitos rápidos en esto. Sabemos que este asunto tomará toda una época histórica. Hemos iniciado aquella época histórica en la que, en un país aún burgués, estamos rompiendo la disciplina de la sociedad capitalista, rompiéndola y enorgulleciéndonos de que todos los obreros conscientes, todo el campesinado trabajador sin excepción, ayudan en todo lo posible a su destrucción, y cuando en las masas, voluntariamente, por su propia iniciativa, crece la conciencia de que deben reemplazar esta disciplina basada en la explotación y esclavitud de los trabajadores, no por orden desde arriba, sino por indicación de su propia experiencia de vida, reemplazarla por una nueva disciplina del trabajo unido, la disciplina de los obreros organizados unidos y los campesinos trabajadores de toda Rusia, un país con decenas y centenares de millones de habitantes. Esta tarea es de gigantesca dificultad, pero también es una tarea agradecida, porque solo cuando la resolvamos en la práctica, solo entonces se clavará el último clavo en el ataúd de la sociedad capitalista que estamos enterrando. (Aplausos.)

Los reportes periodísticos fueron publicados: el 27 de mayo de 1918 en «Pravda de Petrogrado» n.º 108 (edición vespertina), el 28 de mayo en «Pravda» n.º 104 y en «Izvestia del VTsIK» n.º 106

Publicado completamente en 1918 en el libro «Obras del I Congreso Panruso de Soviets de la Economía Nacional. Informe estenográfico», Moscú

Se imprime según el texto del libro