¡Camaradas! Un bolchevique ruso que participó en la revolución de 1905 y luego pasó muchos años en su país, me propuso encargarme de hacer llegar mi carta a ustedes{27}. Acepté su propuesta con tanto mayor placer cuanto que los proletarios revolucionarios americanos están llamados precisamente ahora a desempeñar un papel particularmente importante, como enemigos irreconciliables del imperialismo americano, el más fresco, el más fuerte, el último en participar en la matanza mundial de pueblos por el reparto de las ganancias de los capitalistas. Precisamente ahora los multimillonarios americanos, esos modernos esclavistas, han abierto una página particularmente trágica en la sangrienta historia del sangriento imperialismo, al dar su consentimiento —directo o indirecto, abierto o hipócritamente encubierto, da igual— a la campaña armada de las bestias anglo-japonesas con el objetivo de estrangular a la primera república socialista.

La historia de la América moderna, civilizada, se abre con una de esas grandes, verdaderamente liberadoras, verdaderamente revolucionarias guerras, de las que hubo tan pocas entre la inmensa masa de guerras de rapiña provocadas, como la actual guerra imperialista, por la riña entre reyes, terratenientes, capitalistas por el reparto de tierras conquistadas o ganancias robadas. Fue la guerra del pueblo americano contra los bandidos ingleses que oprimían y mantenían en esclavitud colonial a América, como aún hoy oprimen y mantienen en esclavitud colonial estos «civilizados» sanguinarios a cientos de millones de personas en la India, en Egipto y en todos los confines del mundo.

Desde entonces han pasado unos 150 años. La civilización burguesa ha dado todos sus frutos suntuosos. América ocupó el primer lugar entre los países libres y cultos por el nivel de desarrollo de las fuerzas productivas del trabajo humano asociado, por la aplicación de las máquinas y de todas las maravillas de la técnica moderna. América se convirtió al mismo tiempo en uno de los primeros países por la profundidad del abismo entre un puñado de multimillonarios insolentes, ahogados en el lodo y el lujo, por un lado, y millones de trabajadores que viven siempre al borde de la miseria, por el otro. El pueblo americano, que dio al mundo un ejemplo de guerra revolucionaria contra la esclavitud feudal, se encontró en la moderna esclavitud asalariada capitalista bajo un puñado de multimillonarios, resultó desempeñando el papel de verdugo a sueldo que, para complacer a la rica canalla, en 1898 estrangulaba a Filipinas so pretexto de «liberarlas»{28}, y en 1918 estrangula a la República Socialista Rusa, so pretexto de «defenderla» de los alemanes.

Pero cuatro años de matanza imperialista de pueblos no pasaron en vano. El engaño al pueblo por parte de los canallas de ambos grupos de bandidos, el inglés y el alemán, está desenmascarado hasta el final por hechos indiscutibles y evidentes. Cuatro años de guerra mostraron en sus resultados la ley general del capitalismo, aplicada a la guerra entre bandidos por el reparto de su botín: quien era más rico y más fuerte, ese se enriqueció y robó más; quien era más débil, a ese lo robaron, torturaron, aplastaron, estrangularon hasta el final.

Los bandidos del imperialismo inglés eran los más fuertes por la cantidad de sus «esclavos coloniales». Los capitalistas ingleses no perdieron ni un palmo de tierra «suya» (es decir, robada por ellos durante siglos), sino que se apoderaron de todas las colonias alemanas en África, se apoderaron de Mesopotamia y Palestina, estrangularon a Grecia y comenzaron a saquear Rusia.

Los bandidos del imperialismo alemán eran los más fuertes por la organización y disciplina de «sus» tropas, pero más débiles en colonias. Perdieron todas las colonias, pero saquearon media Europa, estrangularon el mayor número de pequeños países y pueblos débiles. ¡Qué gran guerra «liberadora» por ambos lados! ¡Qué bien «defendieron la patria» los bandidos de ambos grupos, los capitalistas anglo-franceses y alemanes, junto con sus lacayos, los socialchovinistas, es decir, los socialistas que se pasaron al lado de «su» burguesía!

Los multimillonarios americanos eran quizás los más ricos de todos y se encontraban en la situación geográfica más segura. Se enriquecieron más que nadie. Hicieron tributarios suyos a todos, incluso a los países más ricos. Robaron cientos de miles de millones de dólares. Y en cada dólar se ven huellas de suciedad: de los sucios tratados secretos entre Inglaterra y sus «aliados», entre Alemania y sus vasallos, tratados sobre el reparto del botín robado, tratados de «ayuda» mutua en la opresión de los obreros y la persecución de los socialistas internacionalistas. En cada dólar, un terrón de suciedad de los «lucrativos» suministros de guerra, que enriquecieron en cada país a los ricos y arruinaron a los pobres. En cada dólar, huellas de sangre —de ese mar de sangre que derramaron 10 millones de muertos y 20 millones de mutilados en la gran, noble, liberadora, sagrada lucha por saber si al bandido inglés o al alemán le tocaría más botín, si los verdugos ingleses o alemanes resultarían los primeros entre los estranguladores de los pueblos débiles del mundo entero.

Si los bandidos alemanes batieron el récord de ferocidad en sus matanzas militares, los ingleses batieron el récord no solo por la cantidad de colonias robadas, sino también por la sutileza de su repugnante hipocresía. Precisamente ahora la prensa burguesa anglo-francesa y americana difunde en millones y millones de ejemplares mentiras y calumnias contra Rusia, justificando hipócritamente su campaña rapaz contra ella con el afán de «defender» supuestamente a Rusia de los alemanes.

Para refutar esta vil y ruin mentira no hacen falta muchas palabras: basta señalar un hecho de sobra conocido. Cuando en octubre de 1917 los obreros de Rusia derrocaron a su gobierno imperialista, el poder soviético, el poder de los obreros y campesinos revolucionarios, ofreció abiertamente una paz justa, sin anexiones ni indemnizaciones, una paz con pleno respeto a la igualdad de derechos para todas las naciones, —ofreció esa paz a todos los países beligerantes.

Cuarta página del manuscrito de V. I. Lenin «Carta a los trabajadores americanos». — 20 de agosto de 1918. (Reducido)

Precisamente la burguesía anglo-francesa y americana no aceptó nuestra oferta, precisamente ella se negó incluso a hablar con nosotros sobre una paz general. ¡Precisamente ella actuó traicioneramente respecto a los intereses de todos los pueblos, precisamente ella prolongó la matanza imperialista!

Precisamente ella, especulando con la posibilidad de volver a meter a Rusia en la guerra imperialista, se apartó de las negociaciones de paz y así dejó las manos libres a los capitalistas igualmente bandoleros de Alemania, ¡que impusieron a Rusia la paz anexionista y violenta de Brest!

Es difícil imaginar una hipocresía más repugnante que aquella con la que la burguesía anglo-francesa y americana echa la «culpa» de la paz de Brest sobre nosotros. ¡Precisamente los capitalistas de aquellos países de los que dependía convertir Brest en negociaciones generales sobre una paz general son los mismos que aparecen como «acusadores» nuestros! Los buitres del imperialismo anglo-francés, que se enriquecieron con el saqueo de las colonias y la matanza de pueblos, prolongaron la guerra ya casi un año entero después de Brest, y ellos mismos nos «acusan» a nosotros, los bolcheviques, que ofrecimos una paz justa a todos los países, —a nosotros, que rompimos, publicamos, sometimos a la vergüenza universal los tratados criminales secretos entre el antiguo zar y los capitalistas anglo-franceses.

Los obreros del mundo entero, en cualquier país que vivan, nos saludan, simpatizan con nosotros, nos aplauden por haber roto los anillos de hierro de las ligaduras imperialistas, de los sucios tratados imperialistas, de las cadenas imperialistas, —por habernos lanzado a la libertad, haciendo para ello los más grandes sacrificios, —porque nosotros, como república socialista, aunque sea desgarrada, saqueada por los imperialistas, nos mantuvimos al margen de la guerra imperialista y levantamos ante el mundo entero la bandera de la paz, la bandera del socialismo.

No es extraño que la banda de imperialistas internacionales nos odie por esto, que nos «acusen», que todos los lacayos de los imperialistas, incluidos nuestros eseristas de derecha y mencheviques, también nos «acusen». En el odio hacia los bolcheviques de estos perros guardianes del imperialismo, como en la simpatía de los obreros conscientes de todos los países, encontramos una nueva seguridad en la justeza de nuestra causa.

No es socialista quien no comprende que, por la victoria sobre la burguesía, por la transmisión del poder a los obreros, por el inicio de la revolución proletaria internacional, se puede y se debe no detenerse ante ningún sacrificio, incluido el sacrificio de una parte del territorio, el sacrificio de graves derrotas frente al imperialismo. No es socialista quien no ha demostrado con hechos su disposición a los mayores sacrificios por parte de «su» patria, con tal de que la causa de la revolución socialista sea efectivamente impulsada hacia adelante.

Por «su» causa, es decir, por la conquista del dominio mundial, los imperialistas de Inglaterra y Alemania no se detuvieron ante la ruina total y el estrangulamiento de toda una serie de países, desde Bélgica y Serbia, pasando por Palestina y Mesopotamia. Y por «su» causa, por la liberación de los trabajadores del mundo entero del yugo del capital, por la conquista de una paz general y duradera, ¿los socialistas deben esperar a que se encuentre un camino sin sacrificios, deben temer comenzar la lucha hasta que se les «garantice» un éxito fácil, deben poner por encima de los intereses de la revolución socialista mundial la seguridad e integridad de «su» patria, creada por la burguesía? Tres veces merecen el desprecio esos groseros del socialismo internacional, esos lacayos de la moral burguesa, que piensan así.

Las bestias rapaces del imperialismo anglo-francés y americano nos «acusan» de «acuerdo» con el imperialismo alemán. ¡Oh, hipócritas! ¡Oh, canallas que calumnian al gobierno obrero, temblando de miedo ante la simpatía que los obreros de «sus» propios países nos profesan! Pero su hipocresía será desenmascarada. Fingen no comprender la diferencia entre el acuerdo de «socialistas» con la burguesía (propia y ajena) contra los obreros, contra los trabajadores, y el acuerdo para proteger a los obreros que han vencido a su burguesía, con la burguesía de un color contra la burguesía de otro color nacional, para que el proletariado utilice la contradicción entre los diferentes grupos de la burguesía.

En realidad, todo europeo conoce perfectamente esta diferencia, y el pueblo americano, como voy a mostrar ahora, la ha «vivido» de manera particularmente evidente en su propia historia. Hay acuerdos y acuerdos, hay fagots et fagots[1], como dicen los franceses.

Cuando los depredadores del imperialismo alemán en febrero de 1918 dirigieron sus tropas contra la Rusia inerme, que había desmovilizado su ejército, confiada en la solidaridad internacional del proletariado antes de que madurara plenamente la revolución internacional, entonces no dudé ni un instante en entrar en cierto «acuerdo» con los monárquicos franceses. El capitán francés Sadoul, que de palabra simpatizaba con los bolcheviques, pero de hecho servía fielmente al imperialismo francés, me trajo al oficial francés de Lubersac. «Soy monárquico, mi único objetivo es la derrota de Alemania», me declaró de Lubersac. Eso es obvio, respondí yo (cela va sans dire). Esto no me impidió en absoluto «acordar» con de Lubersac los servicios que deseaban prestarnos los especialistas en demoliciones, oficiales franceses, para volar las vías férreas con el fin de obstaculizar la invasión alemana. Esto fue un ejemplo de «acuerdo» que aprobará todo obrero consciente, un acuerdo en interés del socialismo. Nos dimos la mano con el monárquico francés, sabiendo que cada uno de nosotros colgaría gustoso a su «socio». Pero nuestros intereses coincidieron temporalmente. Contra los depredadores alemanes que avanzaban, utilizamos en interés de la revolución socialista rusa e internacional los intereses contrapuestos igualmente depredadores de otros imperialistas. Servimos así a los intereses de la clase obrera de Rusia y de otros países, fortalecemos al proletariado y debilitamos a la burguesía de todo el mundo, empleamos la maniobra, el vaivén, el repliegue más legítimos y obligatorios en toda guerra, a la espera del momento en que madure la revolución proletaria que rápidamente está madurando en varios países adelantados.

Y por mucho que aúllen de rabia los tiburones del imperialismo anglo-francés y americano, por mucho que nos calumnien, por muchos millones que gasten en sobornar a los periódicos socialpatriotas de los eseristas de derecha, mencheviques y demás, no vacilaré ni un segundo en concluir el mismo «acuerdo» con los depredadores del imperialismo alemán si la ofensiva contra Rusia de las tropas anglo-francesas lo exige. Y sé perfectamente que mi táctica será aprobada por el proletariado consciente de Rusia, Alemania, Francia, Inglaterra, América, en una palabra, de todo el mundo civilizado. Esta táctica facilitará la causa de la revolución socialista, acelerará su advenimiento, debilitará a la burguesía internacional, fortalecerá las posiciones de la clase obrera que la está venciendo.

El pueblo americano aplicó hace tiempo, y con provecho para la revolución, esta táctica. Cuando libraba su gran guerra de liberación contra los opresores ingleses, contra él estaban también los opresores franceses y españoles, a quienes pertenecía una parte de los actuales Estados Unidos de Norteamérica. En su difícil guerra de liberación, el pueblo americano también concluyó «acuerdos» con unos opresores contra otros, en interés del debilitamiento de los opresores y del fortalecimiento de quienes luchan revolucionariamente contra la opresión, en interés de la masa de los oprimidos. El pueblo americano utilizó la discordia entre franceses, españoles e ingleses, luchó a veces incluso junto con las tropas de los opresores franceses y españoles contra los opresores ingleses, venció primero a los ingleses y luego se liberó (en parte mediante rescate) de franceses y españoles.

«La actividad histórica no es el paseo de la Avenida Nevski», decía el gran revolucionario ruso Chernyshevski{29}. Quien «admite» la revolución del proletariado solo «a condición» de que transcurra fácil y suavemente, de que haya inmediatamente una acción combinada de los proletarios de diferentes países, de que se dé de antemano una garantía contra las derrotas, de que el camino de la revolución sea ancho, libre, recto, de que no haya que soportar temporalmente, yendo hacia la victoria, los más duros sacrificios, «mantenerse en una fortaleza sitiada» o abrirse paso por las sendas más estrechas, intransitables, sinuosas y peligrosas de montaña, ese no es un revolucionario, ese no se ha liberado del pedantismo de la intelectualidad burguesa, ese en la práctica resultará constantemente cayendo en el campo de la burguesía contrarrevolucionaria, como nuestros eseristas de derecha, mencheviques e incluso (aunque más raramente) eseristas de izquierda.

Tras la burguesía, estos señores gustan de acusarnos del «caos» de la revolución, de la «destrucción» de la industria, del paro forzoso y la falta de pan. ¡Qué hipócritas son estas acusaciones por parte de quienes saludaron y apoyaron la guerra imperialista o «acordaron» con Kerenski, que continuaba esa guerra! La guerra imperialista tiene la culpa de todos estos desastres. La revolución, engendrada por la guerra, no puede menos de pasar por increíbles dificultades y sufrimientos, herencia de la multianual, devastadora y reaccionaria matanza de pueblos. Acusarnos de la «destrucción» de la industria o del «terror» significa ser hipócrita o descubrir un pedantismo obtuso, incapaz de comprender las condiciones fundamentales de esa lucha de clases furiosa, llevada al extremo, que se llama revolución.

En esencia, los «acusadores» de este tipo, si «reconocen» la lucha de clases, se limitan a un reconocimiento verbal, pero en la práctica caen constantemente en la utopía pequeñoburguesa del «acuerdo» y la «colaboración» de clases. Porque en la época de la revolución, la lucha de clases inevitable e ineludiblemente ha adoptado siempre y en todos los países la forma de guerra civil, y la guerra civil es inconcebible sin destrucciones del tipo más grave, sin terror, sin restricción de la democracia formal en interés de la guerra. Solo los curas empalagosos —sean cristianos o «laicos» en la persona de los socialistas de salón y parlamentarios— pueden no ver, no comprender, no palpar esta necesidad. Solo los muertos «hombres dentro de un estuche» son capaces de apartarse por eso de la revolución, en lugar de arrojarse con toda pasión y decisión a la lucha cuando la historia exige que los problemas más grandes de la humanidad se resuelvan por la lucha y la guerra.

En el pueblo americano hay una tradición revolucionaria, que han asimilado los mejores representantes del proletariado americano, que han expresado repetidamente su total simpatía hacia nosotros, los bolcheviques. Esta tradición es la guerra de liberación contra los ingleses en el siglo XVIII, y luego la guerra civil en el siglo XIX. En 1870, América en algunos aspectos, si se toma solo la «destrucción» de algunas ramas de la industria y la economía nacional, estaba por detrás de 1860. ¡Pero qué pedante, qué idiota sería quien, sobre esa base, negara el grandioso significado histórico-mundial, progresista y revolucionario de la guerra civil de 1863-1865 en América!

Los representantes de la burguesía comprenden que el derrocamiento de la esclavitud de los negros, el derrocamiento del poder de los esclavistas, valió la pena de que todo el país pasara por largos años de guerra civil, abismos de ruina, destrucciones, terror, vinculados a toda guerra. Pero ahora, cuando se trata de una tarea inconmensurablemente más grande, el derrocamiento de la esclavitud asalariada, capitalista, el derrocamiento del poder de la burguesía, —ahora los representantes y defensores de la burguesía, así como los socialistas reformistas, asustados por la burguesía, que rehúyen la revolución, no pueden ni quieren comprender la necesidad y legitimidad de la guerra civil.

Los obreros americanos no seguirán a la burguesía. Estarán con nosotros, por la guerra civil contra la burguesía. Me fortalece en esta convicción toda la historia del movimiento obrero mundial y americano. Recuerdo también las palabras de uno de los dirigentes más queridos del proletariado americano, Eugenio Debs, que escribió en el «Appeal to Reason»{30} —creo que a finales de 1915— en un artículo titulado «What shall I fight for» («¿Por qué lucharé?») (yo cité este artículo a principios de 1916 en una reunión pública obrera en Berna, en Suiza[2]), —que él, Debs, se dejaría fusilar antes que votar créditos para la presente guerra criminal y reaccionaria; que él, Debs, conoce solo una guerra sagrada, legítima desde el punto de vista de los proletarios, a saber: la guerra contra los capitalistas, la guerra por la liberación de la humanidad de la esclavitud asalariada.

No me sorprende que Wilson, jefe de los multimillonarios americanos, servidor de los tiburones capitalistas, haya encarcelado a Debs. ¡Qué la burguesía desate su bestialidad contra los verdaderos internacionalistas, contra los verdaderos representantes del proletariado revolucionario! Cuanto mayor sea el ensañamiento y la bestialidad de su parte, más cercano estará el día de la revolución proletaria victoriosa.

Nos acusan de las destrucciones creadas por nuestra revolución… ¿Y quiénes son los acusadores? Los lacayos de la burguesía, —de esa misma burguesía que durante cuatro años de guerra imperialista, destruyendo casi toda la cultura europea, ha llevado a Europa a la barbarie, al embrutecimiento, al hambre. Esa burguesía exige ahora de nosotros que hagamos la revolución no sobre el terreno de esas destrucciones, no entre los escombros de la cultura, los fragmentos y ruinas creados por la guerra, no con gentes embrutecidas por la guerra. ¡Oh, qué humana y justa es esa burguesía!

Sus servidores nos acusan del terror… Los burgueses ingleses han olvidado su 1649, los franceses su 1793. El terror fue justo y legítimo cuando lo aplicó la burguesía en su provecho contra los feudales. ¡El terror se volvió monstruoso y criminal cuando se atrevieron a aplicarlo los obreros y los campesinos más pobres contra la burguesía! ¡El terror fue justo y legítimo cuando se aplicó en interés de sustituir a una minoría explotadora por otra minoría explotadora! ¡El terror se volvió monstruoso y criminal cuando empezó a aplicarse en interés de derrocar a toda minoría explotadora, en interés de la inmensa mayoría real, en interés del proletariado y el semiproletariado, de la clase obrera y el campesinado más pobre!

La burguesía del imperialismo internacional ha matado a 10 millones de personas, ha mutilado a 20 millones en «su» guerra, en la guerra por saber si los depredadores ingleses o alemanes dominarán el mundo entero.

Si nuestra guerra, la guerra de los oprimidos y explotados contra los opresores y explotadores, cuesta medio millón o un millón de víctimas en todos los países, —la burguesía dirá que las primeras víctimas son legítimas y las segundas criminales.

El proletariado dirá algo muy distinto.

El proletariado asimila ahora, en medio de los horrores de la guerra imperialista, plena y evidentemente, esa gran verdad que enseñan todas las revoluciones, esa verdad que legaron a los obreros sus mejores maestros, los fundadores del socialismo moderno. Esta verdad es que no puede haber revolución exitosa sin la represión de la resistencia de los explotadores. Nuestro deber era, cuando nosotros, los obreros y los campesinos trabajadores, nos apoderamos del poder estatal, reprimir la resistencia de los explotadores. Estamos orgullosos de haberlo hecho y de hacerlo. Lamentamos no hacerlo con suficiente firmeza y decisión.

Sabemos que en todos los países la resistencia furiosa de la burguesía contra la revolución socialista es inevitable y que crecerá a medida que crezca esa revolución. El proletariado quebrantará esa resistencia, madurará definitivamente para la victoria y el poder en el curso de la lucha contra la burguesía que resiste.

Que grite al mundo entero la prensa burguesa vendida sobre cada error que comete nuestra revolución. No tememos nuestros errores. Porque ha comenzado una revolución, los hombres no se han vuelto santos. Las clases trabajadoras, que durante siglos fueron oprimidas, acosadas, violentamente apretadas en el tornillo de la miseria, la ignorancia, el embrutecimiento, no pueden hacer una revolución sin errores. Y el cadáver de la sociedad burguesa, como ya he tenido ocasión de señalar una vez, no se puede encerrar en un ataúd y enterrar[3]. El capitalismo muerto se pudre, se descompone entre nosotros, infectando el aire con miasmas, envenenando nuestra vida, atrapando lo nuevo, lo fresco, lo joven, lo vivo con miles de hilos y vínculos de lo viejo, lo podrido, lo muerto.

Por cada cien de nuestros errores, de los que la burguesía y sus lacayos (nuestros mencheviques y eseristas de derecha incluidos) gritan al mundo entero, hay 10 000 actos grandes y heroicos —tanto más grandes y heroicos cuanto que son sencillos, no saltan a la vista, están ocultos en la vida cotidiana del barrio obrero o del pueblo apartado, realizados por personas no acostumbradas (y que no tienen posibilidad) a gritar al mundo entero sobre cada éxito suyo.

Pero aunque sucediera lo contrario —aunque sé que esa suposición no es cierta—, aunque por cada 100 de nuestros actos correctos hubiera 10 000 errores, aun así nuestra revolución sería, y será ante la historia mundial, grande e invencible, porque por primera vez no una minoría, no solo los ricos, no solo los instruidos, sino la masa real, la inmensa mayoría de los trabajadores, construyen ellos mismos la vida nueva, resuelven con su propia experiencia los problemas más difíciles de la organización socialista.

Cada error en ese trabajo, en esa labor honestísima y sincerísima de decenas de millones de simples obreros y campesinos por reorganizar toda su vida, —cada uno de esos errores vale miles y millones de «impecables» éxitos de la minoría explotadora, éxitos en el arte de engañar y embaucar a los trabajadores. Porque solo a través de tales errores aprenderán los obreros y campesinos a construir la vida nueva, a aprender a prescindir de los capitalistas; solo así se abrirán camino —a través de miles de obstáculos— hacia el socialismo victorioso.

Cometen errores, al realizar su obra revolucionaria, nuestros campesinos, que de un golpe, en una noche, del 25 al 26 de octubre (calendario antiguo) de 1917, abolieron toda propiedad privada sobre la tierra y ahora, mes tras mes, superando dificultades inmensas, corrigiéndose a sí mismos, resuelven prácticamente la dificilísima tarea de organizar las nuevas condiciones de la vida económica, la lucha contra los kulaks, el aseguramiento de la tierra para los trabajadores (y no para los ricos), el tránsito a la gran agricultura comunista.

Cometen errores, al realizar su obra revolucionaria, nuestros obreros, que han nacionalizado ahora, en pocos meses, casi todas las fábricas y plantas más grandes y aprenden con el duro trabajo cotidiano el nuevo oficio de dirigir ramas enteras de la industria, ponen en marcha las empresas nacionalizadas, venciendo la gigantesca resistencia de la inercia, el espíritu pequeñoburgués, el egoísmo, colocan piedra sobre piedra el fundamento del nuevo vínculo social, de la nueva disciplina laboral, del nuevo poder de los sindicatos obreros sobre sus miembros.

Cometen errores, al realizar su obra revolucionaria, nuestros Soviets, creados ya en 1905 por el poderoso auge de las masas. Los Soviets de obreros y campesinos son un nuevo tipo de Estado, un nuevo tipo superior de democracia, la forma de la dictadura del proletariado, el modo de gobernar el Estado sin la burguesía y contra la burguesía. Por primera vez la democracia sirve aquí para las masas, para los trabajadores, dejando de ser democracia para los ricos, como sigue siendo la democracia en todas las repúblicas burguesas, incluso las más democráticas. Por primera vez las masas populares resuelven, en una escala de cientos de millones de personas, la tarea de realizar la dictadura de los proletarios y semiproletarios, —tarea sin cuya solución no puede hablarse de socialismo.

Que los pedantes o las personas incurablemente atiborradas de prejuicios democrático-burgueses o parlamentarios muevan la cabeza con perplejidad ante nuestros Sovdepos, deteniéndose, por ejemplo, en la ausencia de elecciones directas. Estas personas no han olvidado nada ni han aprendido nada durante los grandes trastornos de 1914-1918. La combinación de la dictadura del proletariado con la nueva democracia para los trabajadores, —la guerra civil con la más amplia participación de las masas en la política—, esa combinación no se da inmediatamente ni encaja en las formas trilladas del democratismo parlamentario rutinario. El mundo nuevo, el mundo del socialismo, —eso es lo que se levanta ante nosotros en su contorno, como república soviética. Y no es extraño que este mundo no nazca hecho, no salga de inmediato como Minerva de la cabeza de Júpiter.

Cuando las viejas constituciones democrático-burguesas prescribían, por ejemplo, la igualdad formal y el derecho de reunión, —nuestra constitución soviética, proletaria y campesina, arroja lejos la hipocresía de la igualdad formal. Cuando los republicanos burgueses derrocaban los tronos, entonces no se preocupaban de la igualdad formal de monárquicos y republicanos. Cuando se trata de derrocar a la burguesía, solo los traidores o los idiotas pueden exigir igualdad formal de derechos para la burguesía. Vale un comino la «libertad de reunión» para los obreros y campesinos si todos los mejores edificios están acaparados por la burguesía. Nuestros Soviets quitaron todos los buenos edificios, tanto en las ciudades como en los campos, a los ricos, entregando todos esos edificios a los obreros y campesinos para sus sindicatos y reuniones. ¡Esa es nuestra libertad de reunión — — — para los trabajadores! ¡Ese es el sentido y el contenido de nuestra

Constitución soviética, de nuestra Constitución socialista!

Y he aquí por qué todos nosotros estamos tan profundamente convencidos de que, cualesquiera que sean las desgracias que aún caigan sobre nuestra república de los Soviets, ella es invencible.

Es invencible, porque cada golpe del imperialismo furioso, cada derrota que nos inflige la burguesía internacional, levanta a la lucha a capas nuevas y nuevas de obreros y campesinos, los instruye a costa de los mayores sacrificios, los templa, engendra un nuevo heroísmo de masas.

Sabemos que la ayuda de ustedes, camaradas trabajadores americanos, llegará todavía, quizás, no pronto, porque el desarrollo de la revolución en los diferentes países marcha en formas diferentes, con ritmo diferente (y no puede marchar de otra manera). Sabemos que la revolución proletaria europea puede no estallar aún en las próximas semanas, por muy rápidamente que esté madurando últimamente. Apostamos por la inevitabilidad de la revolución internacional, pero eso no significa en absoluto que nosotros, como necios, apostemos a que la revolución sea inevitable en un corto plazo determinado. Hemos visto dos grandes revoluciones, la de 1905 y la de 1917, en nuestro país y sabemos que las revoluciones no se hacen ni por encargo ni por acuerdo. Sabemos que las circunstancias han puesto a nuestro destacamento ruso del proletariado socialista en primera fila, no en virtud de nuestros méritos, sino por el atraso particular de Rusia, y que hasta la explosión de la revolución internacional son posibles una serie de derrotas de revoluciones particulares.

A pesar de ello, sabemos firmemente que somos invencibles, porque la humanidad no se quebrantará por la matanza imperialista, sino que la dominará. Y el primer país que rompió la cadena de presidio de la guerra imperialista fue nuestro país. Hemos hecho los más duros sacrificios en la lucha por destruir esa cadena, pero la hemos roto. Estamos al margen de las dependencias imperialistas, hemos levantado ante el mundo entero la bandera de la lucha por el derrocamiento completo del imperialismo.

Nos encontramos como en una fortaleza sitiada, mientras no lleguen en nuestra ayuda otros destacamentos de la revolución socialista internacional. Pero esos destacamentos existen, son más numerosos que los nuestros, maduran, crecen, se fortalecen a medida que se prolongan las bestialidades del imperialismo. Los obreros rompen con sus socialtraidores, los Gompers, los Hendersons, los Renaudels, los Scheidemanns, los Renners. Los obreros avanzan lentamente, pero sin pausa, hacia la táctica comunista, bolchevique, hacia la revolución proletaria, única capaz de salvar a la cultura que perece y a la humanidad que perece.

En una palabra, somos invencibles, porque es invencible la revolución proletaria mundial.

20 de agosto de 1918.

«Pravda» № 178, 22 de agosto de 1918.

Se publica según el texto del periódico «Pravda», cotejado con el manuscrito.