Como ya he indicado, privar a la burguesía del derecho de sufragio no constituye un rasgo obligatorio ni necesario de la dictadura del proletariado. Y en Rusia los bolcheviques, que mucho antes de Octubre habían planteado la consigna de dicha dictadura, no hablaron de antemano de privar a los explotadores del derecho de sufragio. Este componente de la dictadura no vino a la luz «según el plan» de ningún partido, sino que surgió por sí mismo en el curso de la lucha. El historiador Kautsky, por supuesto, no lo advirtió. No comprendió que la burguesía, aún bajo el predominio de los mencheviques (conciliadores con la burguesía) en los Soviets, se separó ella misma de los Soviets, los boicoteó, se les opuso, intrigó contra ellos. Los Soviets surgieron sin constitución alguna y vivieron más de un año (desde la primavera de 1917 hasta el verano de 1918) sin constitución alguna. El encarnizamiento de la burguesía contra la organización independiente y omnipotente (pues abarcaba a todos) de los oprimidos, la lucha —y la más desvergonzada, interesada y sucia— de la burguesía contra los Soviets, y finalmente, la participación evidente de la burguesía (desde los kadetes hasta los eseristas de derecha, desde Miliukov hasta Kerenski) en la sublevación de Kornílov, todo esto preparó la exclusión formal de la burguesía de los Soviets.

Kautsky ha oído hablar de la sublevación de Kornílov, pero arroja con altivez sobre los hechos históricos y el curso, las formas de lucha que determinan las formas de la dictadura: ¿qué importan los hechos, en realidad, si se trata de la democracia «pura»? La «crítica» de Kautsky dirigida contra la supresión del derecho de sufragio de la burguesía se distingue, por ello, por una… candorosa ingenuidad que sería enternecedora si proviniera de un niño, y que causa repugnancia cuando proviene de una persona oficialmente no reconocida aún como débil mental.

«…Si los capitalistas, con el sufragio universal, resultaran una minoría insignificante, entonces se resignarían más fácilmente a su suerte» (33)… ¿No es verdad que es encantador? El inteligente Kautsky ha visto muchas veces en la historia y, en general, sabe perfectamente por la observación de la vida real, que hay terratenientes y capitalistas que tienen en cuenta la voluntad de la mayoría de los oprimidos. El inteligente Kautsky se mantiene firmemente en el punto de vista de la «oposición», es decir, en el punto de vista de la lucha intraparlamentaria. Así lo escribe literalmente: «oposición» (pág. 34 y muchas otras).

¡Oh, docto historiador y político! No os vendría mal saber que «oposición» es un concepto de lucha pacífica y únicamente parlamentaria, es decir, un concepto que corresponde a una situación no revolucionaria, un concepto que corresponde a la ausencia de revolución. En la revolución se trata de un enemigo implacable en la guerra civil —ninguna jeremiada reaccionaria del pequeño burgués que teme esa guerra, como la teme Kautsky, cambiará este hecho. Examinar desde el punto de vista de la «oposición» las cuestiones de la guerra civil implacable, cuando la burguesía comete todos los crímenes —el ejemplo de los versallescos y su trato con Bismarck dice algo para todo hombre que se relaciona con la historia no como el Petrushka de Gógol—, cuando la burguesía llama en su ayuda a Estados extranjeros e intriga con ellos contra la revolución, es una comedia. El proletariado revolucionario debe, como el «consejero de enredos» Kautsky, ponerse un gorro de dormir y examinar a la burguesía, que organiza las sublevaciones contrarrevolucionarias de Dutov, Krasnov y los checoslovacos, que paga millones a los saboteadores, examinarla como una «oposición» legal. ¡Oh, profundidad!

A Kautsky le interesa exclusivamente el aspecto formal-jurídico del asunto, de modo que, leyendo sus razonamientos sobre la Constitución soviética, uno recuerda involuntariamente las palabras de Bebel: los juristas son gentes profundamente reaccionarias. «En realidad —escribe Kautsky—, no se puede privar de derechos únicamente a los capitalistas. ¿Quién es capitalista en el sentido jurídico? ¿El poseedor de bienes? Incluso en un país tan avanzado en el camino del progreso económico como Alemania, cuyo proletariado es tan numeroso, la instauración de la república soviética privaría de derechos políticos a grandes masas. En 1907, en el Imperio alemán, el número de ocupados en el trabajo industrial y sus familias en los tres grandes grupos —agricultura, industria y comercio— era de unos 35 millones en el grupo de empleados y obreros asalariados, y en el grupo de independientes, 17 millones. Por consiguiente, un partido puede perfectamente ser mayoría entre los obreros asalariados, pero minoría en la población» (pág. 33).

He aquí una muestra de los razonamientos de Kautsky. Pues bien, ¿no es esto un lloro contrarrevolucionario de burgués? ¿Por qué incluye usted a todos los «independientes» entre los privados de derechos, señor Kautsky, cuando sabe perfectamente que la inmensa mayoría de los campesinos rusos no tienen obreros asalariados, por lo tanto, no son privados de derechos? ¿Acaso no es esto una falsificación?

¿Por qué usted, docto economista, no ha presentado los datos, bien conocidos por usted y que figuran en la misma estadística alemana de 1907, sobre el trabajo asalariado en la agricultura por grupos de explotaciones? ¿Por qué no mostró a los obreros alemanes, lectores de su folleto, estos datos, de los que se vería cuántos explotadores hay, qué pocos explotadores hay entre todos los «agricultores» según la estadística alemana?

Porque su renegadez le ha convertido en un simple sicofanta de la burguesía.

El capitalista, como ve, es un concepto jurídico indeterminado, y Kautsky, durante varias páginas, arremete contra la «arbitrariedad» de la Constitución soviética. A la burguesía inglesa este «serio científico» le permite elaborar y perfeccionar durante siglos una nueva (nueva para la Edad Media) constitución burguesa, mientras que a nosotros, obreros y campesinos de Rusia, este representante de la ciencia lacayuna no nos da ningún plazo. ¡Él nos exige una constitución elaborada hasta la última letra en unos pocos meses!…

…«¡Arbitrariedad!» ¡Pensad qué abismo del más sucio servilismo ante la burguesía, del más obtuso pedantería se revela en tal reproche! Cuando los juristas, totalmente burgueses y en su mayoría reaccionarios, de los países capitalistas, durante siglos o decenios, elaboraron reglas minuciosísimas, escribieron decenas y centenares de tomos de leyes y comentarios a las leyes que oprimen al obrero, atan de pies y manos al pobre, ponen miles de trabas y obstáculos a cualquier simple trabajador del pueblo, entonces los liberales burgueses y el señor Kautsky no ven ahí «arbitrariedad»! ¡Ahí hay «orden» y «legalidad»! ¡Ahí todo está pensado y escrito sobre cómo «apretar» al pobre! Ahí hay miles de abogados y funcionarios burgueses (sobre ellos Kautsky calla en general, probablemente precisamente porque Marx concedía una importancia enorme a la destrucción de la máquina burocrática…), abogados y funcionarios que saben interpretar las leyes de tal modo que el obrero y el campesino medio nunca puedan atravesar las alambradas de esas leyes. Esto no es «arbitrariedad» de la burguesía, esto no es dictadura de los explotadores codiciosos y sucios, que se han hartado de sangre popular, nada de eso. Esto es «democracia pura», que cada día se vuelve más pura.

Y cuando las clases trabajadoras y explotadas, por primera vez en la historia, aisladas por la guerra imperialista de sus hermanos del extranjero, formaron sus Soviets, llamaron a la construcción política a las masas que la burguesía oprimía, embrutecía y atontaba, y empezaron a construir ellas mismas el nuevo Estado proletario, empezaron, en el fragor de la lucha rabiosa, en el fuego de la guerra civil, a trazar los principios fundamentales sobre el Estado sin explotadores, entonces todos los canallas de la burguesía, toda la banda de chupasangres, con su corifeo Kautsky, gritaron sobre la «arbitrariedad»! ¡Pues dónde van a poder esos ignorantes, obreros y campesinos, esa «chusma», saber interpretar sus propias leyes? ¿Dónde van a tener sentido de la justicia ellos, simples trabajadores, que no gozan de los consejos de abogados instruidos, de escritores burgueses, de Kautsky y de sabios viejos funcionarios?

De mi discurso del 28. IV. 1918{128}, el señor Kautsky cita las palabras: «… Las masas mismas determinan el orden y los plazos de las elecciones…» Y el «demócrata puro» Kautsky deduce:

«…Por consiguiente, parece que las cosas están de modo que cada asamblea de electores determina a su arbitrio el orden de las elecciones. La arbitrariedad y la posibilidad de deshacerse de incómodos elementos opositores dentro del propio proletariado quedarían así llevadas al más alto grado» (pág. 37).

¿En qué se diferencia esto de los discursos de un plumífero a sueldo de los capitalistas, que clama contra la opresión de las masas durante una huelga de los obreros «deseosos de trabajar»? ¿Por qué la determinación burocrático-burguesa del orden de las elecciones en la democracia burguesa «pura» no es arbitrariedad? ¿Por qué el sentido de la justicia en las masas que se han levantado a luchar contra sus seculares explotadores, en las masas que se ilustran y se templan en esta lucha desesperada, ha de ser inferior al de los puñados de funcionarios, intelectuales y abogados educados en los prejuicios burgueses?

Kautsky es un verdadero socialista, ¡no os atreváis a poner en duda la sinceridad de este respetabilísimo padre de familia, de este honradísimo ciudadano! Es un partidario ardiente y convencido de la victoria de los obreros, de la revolución proletaria. Sólo quisiera que los melosos intelectuales pequeñoburgueses y filisteos con gorro de dormir, primero, antes del movimiento de las masas, antes de su lucha rabiosa contra los explotadores y necesariamente sin guerra civil, redactaran un estatuto moderado y exacto para el desarrollo de la revolución…

Con profunda indignación moral, nuestro sapientísimo Judas Golovliov cuenta a los obreros alemanes que el 14. VI. 1918 el Comité Ejecutivo Central Panruso de los Soviets acordó excluir de los Soviets a los representantes del partido de los eseristas de derecha y los mencheviques{129}. «Esta medida —escribe Judas Kautsky, ardiendo todo de noble indignación— no se dirige contra determinadas personas que hayan cometido determinados actos punibles… La Constitución de la república soviética no dice ni una palabra sobre la inviolabilidad de los diputados miembros de los Soviets. No son personas determinadas, sino partidos determinados los que se excluyen aquí de los Soviets» (pág. 37).

Sí, esto es realmente horrible, una desviación insoportable de la democracia pura, según cuyas reglas nuestro revolucionario Judas Kautsky haría la revolución. Nosotros, los bolcheviques rusos, debíamos primero prometer inviolabilidad a los Savinkov y compañía, a los Liberdan{130} con los Potresov («activistas»){131} y compañía, luego redactar un código penal que declarara «punible» la participación en la guerra contrarrevolucionaria checoslovaca o la alianza en Ucrania o en Georgia con los imperialistas alemanes contra los obreros del propio país, y sólo entonces, sobre la base de ese código penal, tendríamos derecho, según la «democracia pura», a excluir de los Soviets a «determinadas personas». Se sobreentiende que mientras tanto los checoslovacos, que reciben dinero de los capitalistas anglofranceses a través de los Savinkov, Potresov y Liberdan (o mediante su agitación), así como los Krasnov, que reciben municiones de los alemanes con ayuda de los mencheviques ucranianos y tiflisianos, se estarían quietos hasta que nosotros fabricáramos el correcto código penal y se limitarían, como los más puros demócratas, al papel de «oposición»…

No menos fuerte indignación moral provoca en Kautsky el que la Constitución soviética prive del derecho de sufragio a quienes «tienen obreros asalariados con el fin de obtener ganancias». «El trabajador a domicilio o el pequeño patroncillo —escribe Kautsky— con un solo oficial puede vivir y sentir enteramente de manera proletaria, y no tiene derecho de sufragio» (pág. 36).

¡Qué desviación de la «democracia pura»! ¡Qué injusticia! Hasta ahora, ciertamente, todos los marxistas creían y confirmaban con millares de hechos que los pequeños patroncillos son los explotadores más desvergonzados y tacaños de los obreros asalariados, pero Judas Kautsky toma, por supuesto, no la clase de los pequeños patroncillos (¿y quién inventó esa dañina teoría de la lucha de clases?), sino a individuos particulares, a esos explotadores que «viven y sienten enteramente de manera proletaria». La famosa «Agnés ahorradora», que se creía muerta hace tiempo, ha resucitado bajo la pluma de Kautsky. A esa Agnés ahorradora la inventó y puso en circulación en la literatura alemana, hace varias décadas, el «puro» demócrata, el burgués Eugen Richter. Él profetizaba males indescriptibles a causa de la dictadura del proletariado, de la confiscación del capital de los explotadores; preguntaba con aire inocente quién es capitalista en el sentido jurídico. Ponía el ejemplo de la pobre costurera ahorradora («Agnés ahorradora»), a quien los malvados «dictadores del proletariado» arrebatan sus últimos ahorros. Hubo un tiempo en que toda la socialdemocracia alemana se burlaba de esa «Agnés ahorradora» del puro demócrata Eugen Richter. Pero eso fue hace mucho, tanto tiempo que aún vivía Bebel, quien decía abierta y directamente la verdad de que en nuestro partido hay muchos nacionalliberales{132}; eso fue hace tanto tiempo, cuando Kautsky aún no era renegado.

Ahora la «Agnés ahorradora» ha resucitado en la persona del «pequeño patroncillo que vive y siente enteramente de manera proletaria, con un solo oficial». Los malvados bolcheviques le ofenden, le arrebatan el derecho de sufragio. Cierto, «toda asamblea electoral», como dice el mismo Kautsky, puede en la república soviética admitir a un pobre maestro vinculado, digamos, a una fábrica determinada, si, como excepción, no es explotador, si de hecho «vive y siente enteramente de manera proletaria». Pero ¿se puede confiar en el conocimiento de la vida, en el sentido de la justicia de una asamblea desordenada y que actúa (¡oh, horror!) sin estatuto de una simple fábrica de obreros? ¿Acaso no está claro que es mejor conceder el derecho de sufragio a todos los explotadores, a todos los que emplean obreros asalariados, que arriesgar la posibilidad de que los obreros ofendan a «Agnés ahorradora» y al «maestro que vive y siente de manera proletaria»?

Que los despreciables canallas de la renegadez, aclamados por la burguesía y los socialchovinistas[18], denigren nuestra Constitución soviética porque priva del derecho de sufragio a los explotadores. Esto es bueno, porque acelerará y profundizará la escisión de los obreros revolucionarios de Europa con los Scheidemann y los Kautsky, los Renaudel y los Longuet, los Henderson y los Ramsay MacDonald, con los viejos dirigentes y los viejos traidores del socialismo.

Las masas de las clases oprimidas, los dirigentes conscientes y honestos de entre los proletarios revolucionarios estarán de nuestra parte. Bastará con dar a conocer a esos proletarios y a esas masas nuestra Constitución soviética, y dirán enseguida: ¡ahí están los nuestros de verdad, ahí está el verdadero partido obrero, el verdadero gobierno obrero! Porque no engaña a los obreros con charlatanerías sobre reformas, como nos engañaban todos los dirigentes mencionados, sino que lucha en serio contra los explotadores, lleva a cabo en serio la revolución, lucha de hecho por la liberación completa de los obreros.

Si los explotadores han sido privados del derecho de sufragio por los Soviets después de un año de «práctica» de los Soviets, significa que esos Soviets son realmente organizaciones de las masas oprimidas, y no de los socialimperialistas y socialpacifistas vendidos a la burguesía. Si esos Soviets arrebataron el derecho de sufragio a los explotadores, significa que los Soviets no son órganos de la conciliación pequeñoburguesa con los capitalistas, no son órganos de la charlatanería parlamentaria (de los Kautsky, Longuet y MacDonald), sino órganos del proletariado realmente revolucionario que libra una lucha a muerte contra los explotadores.

«El librito de Kautsky es aquí casi desconocido», me escribe desde Berlín hace unos días (hoy, 30. X.) un camarada bien informado. Yo aconsejaría a nuestros embajadores en Alemania y en Suiza que no escatimen miles para comprar este libro y distribuirlo gratuitamente entre los obreros conscientes, para hundir en el fango a esa socialdemocracia «europea» (léase: imperialista y reformista) que hace tiempo se ha convertido en un «cadáver hediondo».

Al final de su libro, en las págs. 61 y 63, el señor Kautsky llora amargamente porque la «nueva teoría» (como él llama al bolchevismo, temiendo tocar el análisis de la Comuna de París por Marx y Engels) «encuentra partidarios incluso en viejas democracias, como, por ejemplo, Suiza». «Es incomprensible» para Kautsky, «si esta teoría es aceptada por socialdemócratas alemanes».

No, es completamente comprensible, porque las masas revolucionarias sienten repugnancia, tras las serias lecciones de la guerra, tanto por los Scheidemann como por los Kautsky.

«Nosotros» siempre estuvimos por la democracia —escribe Kautsky— y ¡de repente nosotros mismos renunciaremos a ella!

«Nosotros», los oportunistas de la socialdemocracia, siempre estuvimos contra la dictadura del proletariado, y los Kolb y compañía lo decían abiertamente hace tiempo. Kautsky lo sabe y en vano cree que ocultará a los lectores el hecho evidente de su «retorno al seno» de los Bernstein y los Kolb.

«Nosotros», los marxistas revolucionarios, nunca nos hicimos un ídolo de la democracia «pura» (burguesa). Plejánov en 1903 era, como se sabe, un marxista revolucionario (antes de su triste viraje que le llevó a la posición del Scheidemann ruso). Y Plejánov dijo entonces en el congreso del partido que aprobaba el programa{133}, que el proletariado en la revolución arrebataría, de ser necesario, el derecho de sufragio a los capitalistas, disolvería cualquier parlamento si resultara contrarrevolucionario. Que precisamente esa opinión es la única que corresponde al marxismo, lo verá cualquiera aunque sólo sea por las declaraciones de Marx y Engels que he citado más arriba. Esto se desprende evidentemente de todos los fundamentos del marxismo.

«Nosotros», los marxistas revolucionarios, no dijimos al pueblo aquellos discursos con los que gustaban presentarse los kautskianos de todas las naciones, sirviendo a la burguesía, amoldándose al parlamentarismo burgués, silenciando el carácter burgués de la democracia moderna y exigiendo sólo su ampliación, su perfeccionamiento hasta el final.

«Nosotros» decíamos a la burguesía: vosotros, explotadores e hipócritas, habláis de democracia, mientras a cada paso ponéis miles de trabas a la participación de las masas oprimidas en la política. Os cogemos la palabra y exigimos, en interés de esas masas, la ampliación de vuestra democracia burguesa, para preparar a las masas para la revolución destinada a derrocaros a vosotros, explotadores. Y si vosotros, explotadores, intentáis oponer resistencia a nuestra revolución proletaria, os aplastaremos sin piedad, os privaremos de derechos, y no sólo eso: no os daremos pan, porque en nuestra república proletaria los explotadores serán privados de derechos, privados de fuego y agua, porque nosotros somos socialistas en serio, y no a la manera de Scheidemann ni de Kautsky.

Así hablábamos y hablaremos «nosotros», los marxistas revolucionarios, y por eso las masas oprimidas estarán por nosotros y con nosotros, mientras que los Scheidemann y los Kautsky acabarán en el muladar de los renegados.