## La situación internacional de la República Soviética de Rusia y las tareas fundamentales de la revolución socialista

Escrito entre el 13 y el 26 de abril de 1918.

Publicado el 28 de abril de 1918 en el periódico «Pravda» n.º 83 y en el Suplemento al periódico «Izvestia del VTsIK» n.º 85. Firma: N. Lenin

Se imprime según el texto del folleto: N. Lenin, «Las tareas inmediatas del poder soviético», 2.ª ed., Moscú, 1918, cotejado con el manuscrito.

Gracias a la paz alcanzada –a pesar de toda su onerosidad y toda su precariedad–, la República Soviética de Rusia obtiene la posibilidad, durante cierto tiempo, de concentrar sus fuerzas en el aspecto más importante y más difícil de la revolución socialista, a saber: en la tarea organizativa.

Esta tarea está planteada de manera clara y precisa ante todas las masas trabajadoras y explotadas en el cuarto párrafo (cuarta parte) de la resolución aprobada el 15 de marzo de 1918 en el Congreso Extraordinario de los Soviets de Moscú, en el mismo párrafo (o en la misma parte) de la resolución donde se habla de la autodisciplina de los trabajadores y de la lucha implacable contra el caos y la desorganización[21].

La precariedad de la paz alcanzada por la República Soviética de Rusia se debe, naturalmente, no a que ahora piense en reanudar las operaciones militares –excepto los contrarrevolucionarios burgueses y sus correligionarios (mencheviques, etc.), ningún político sensato piensa en ello–. La precariedad de la paz se debe a que en los Estados imperialistas que limitan con Rusia por el oeste y por el este, poseedores de una enorme fuerza militar, puede triunfar de un momento a otro el partido militar, seducido por la debilidad momentánea de Rusia y empujado por los capitalistas que odian el socialismo y están ávidos de rapiña.

En tal situación, la única garantía real, no de papel, de paz para nosotros es exclusivamente la desavenencia entre las potencias imperialistas, que ha alcanzado su máximo grado y se manifiesta, por una parte, en la reanudación de la matanza imperialista de pueblos en Occidente y, por otra parte, en la competencia imperialista extremadamente agudizada entre Japón y América por el dominio sobre el Gran Océano y sus costas.

Es comprensible que, protegida por una guardia tan precaria, nuestra República Socialista Soviética se encuentre en una situación internacional extraordinariamente inestable y absolutamente crítica. Es necesario el máximo esfuerzo de todas nuestras fuerzas para aprovechar la tregua que nos ha proporcionado la coyuntura de las circunstancias, para curar las más graves heridas infligidas a todo el organismo social de Rusia por la guerra y para el despegue económico del país; sin esto no puede hablarse de un aumento serio de la capacidad defensiva.

También es comprensible que prestaremos una ayuda seria a la revolución socialista, retrasada en Occidente por una serie de razones, solo en la medida en que logremos resolver la tarea organizativa que tenemos planteada.

La condición fundamental para la resolución exitosa de la tarea organizativa que tenemos en primer plano es la completa asimilación por parte de los dirigentes políticos del pueblo, es decir, de los miembros del Partido Comunista de Rusia (bolcheviques), y luego por todos los representantes conscientes de las masas trabajadoras, de la diferencia radical entre las anteriores revoluciones burguesas y la presente revolución socialista en el aspecto considerado.

En las revoluciones burguesas, la tarea principal de las masas trabajadoras consistía en realizar el trabajo negativo o destructivo de aniquilación del feudalismo, la monarquía, la Edad Media. El trabajo positivo o creador de organización de la nueva sociedad lo realizaba la minoría poseedora, burguesa, de la población. Y ella realizaba esta tarea, a pesar de la resistencia de los obreros y de los campesinos más pobres, con relativa facilidad, no solo porque la resistencia de las masas explotadas por el capital era entonces, debido a su dispersión y falta de desarrollo, extremadamente débil, sino también porque la fuerza organizadora fundamental de la sociedad capitalista, construida anárquicamente, es el mercado que crece espontáneamente en extensión y profundidad, nacional e internacional.

[Primera página del manuscrito de V. I. Lenin «Tesis sobre las tareas del poder soviético en el momento actual». Abril de 1918 (Reducida)].

Por el contrario, la tarea principal del proletariado y del campesinado más pobre dirigido por él en toda revolución socialista –y, por consiguiente, en la revolución socialista iniciada por nosotros el 25 de octubre de 1917 en Rusia– es el trabajo positivo o creador de establecer la red extraordinariamente compleja y sutil de nuevas relaciones organizativas que abarquen la producción y distribución planificadas de los productos necesarios para la existencia de decenas de millones de personas. Semejante revolución solo puede llevarse a cabo con éxito mediante la creación histórica independiente de la mayoría de la población, ante todo de la mayoría de los trabajadores. Solo en el caso de que el proletariado y el campesinado más pobre logren encontrar en sí mismos suficiente conciencia, espíritu de principios, abnegación y perseverancia, estará asegurada la victoria de la revolución socialista. Al crear el nuevo tipo de Estado, el soviético, que abre la posibilidad a las masas trabajadoras y explotadas de participar activamente en la construcción independiente de la nueva sociedad, hemos resuelto solo una pequeña parte de la difícil tarea. La dificultad principal reside en el terreno económico: llevar a cabo el más riguroso y universal control y registro de la producción y distribución de los productos, elevar la productividad del trabajo, socializar la producción en la práctica.

El desarrollo del partido bolchevique, que hoy es el partido gobernante en Rusia, muestra con particular evidencia en qué consiste el viraje histórico que estamos atravesando y que constituye la peculiaridad del momento político actual, que exige una nueva orientación del poder soviético, es decir, un nuevo planteamiento de nuevas tareas.

La primera tarea de todo partido del futuro es convencer a la mayoría del pueblo de la justeza de su programa y de su táctica. Esta tarea estuvo en primer plano tanto bajo el zarismo como en el período de contemporización de los Chernov y Tsereteli con los Kerenski y Kishkin. Ahora esta tarea, que, por supuesto, dista mucho de estar concluida (y que nunca puede agotarse completamente), está resuelta en lo fundamental, pues la mayoría de los obreros y campesinos de Rusia, como lo demostró indudablemente el último Congreso de los Soviets en Moscú, está decididamente del lado de los bolcheviques.

La segunda tarea de nuestro partido fue la conquista del poder político y la represión de la resistencia de los explotadores. Esta tarea está lejos de agotarse y no puede ignorarse, pues los monárquicos y kadetes, por una parte, y sus correligionarios y secuaces, los mencheviques y eseristas de derecha, por otra, continúan los intentos de unirse para derrocar el poder soviético. Pero, en lo fundamental, la tarea de reprimir la resistencia de los explotadores ya ha sido resuelta en el período comprendido entre el 25 de octubre de 1917 y (aproximadamente) febrero de 1918 o la rendición de Bogáievski.

Ahora pasa a primer plano, como tarea inmediata y que constituye la peculiaridad del momento que atravesamos, la tercera tarea: organizar la administración de Rusia. Por supuesto, esta tarea fue planteada y resuelta por nosotros al día siguiente mismo del 25 de octubre de 1917, pero hasta ahora, mientras la resistencia de los explotadores adoptaba aún la forma de guerra civil abierta, la tarea de la administración no podía convertirse en la principal, central.

Ahora se ha convertido en tal. Hemos convencido a Rusia, nosotros, el partido bolchevique. Hemos conquistado a Rusia –de los ricos para los pobres, de los explotadores para los trabajadores–. Ahora debemos administrar Rusia. Y toda la peculiaridad del momento que atravesamos, toda la dificultad consiste en comprender las particularidades de la transición de la tarea principal de convencer al pueblo y de la represión militar de los explotadores a la tarea principal de la administración.

Por primera vez en la historia mundial, un partido socialista ha logrado completar, en líneas generales, la tarea de conquistar el poder y reprimir a los explotadores, ha logrado acercarse plenamente a la tarea de la administración. Debemos ser dignos ejecutores de esta tarea dificilísima (y gratísima) de la revolución socialista. Hay que reflexionar que para una administración exitosa, además de la capacidad de convencer, además de la capacidad de vencer en la guerra civil, se necesita la capacidad de organizar prácticamente. Esta es la tarea más difícil, porque se trata de organizar de nuevo las bases más profundas, económicas, de la vida de decenas y decenas de millones de personas. Y es la tarea más gratificante, porque solo después de su solución (en sus rasgos principales y fundamentales) se podrá decir que Rusia se ha convertido no solo en una república soviética, sino también socialista.

## Consigna general del momento

La situación objetiva esbozada más arriba, creada por una paz extremadamente dura e inestable, por la más dolorosa ruina, el desempleo y el hambre que nos han legado como herencia la guerra y el dominio de la burguesía (en la persona de Kerenski y los mencheviques que lo apoyaban, junto con los socialrevolucionarios de derecha), todo esto ha generado inevitablemente un cansancio extremo e incluso un agotamiento de las fuerzas de la amplia masa de trabajadores. Ella exige imperiosamente —y no puede dejar de exigir— un cierto descanso. Pasan a primer plano: la restauración de las fuerzas productivas destruidas por la guerra y la administración de la burguesía; la curación de las heridas infligidas por la guerra, la derrota en la guerra, la especulación y los intentos de la burguesía de restaurar el poder derrocado de los explotadores; el auge económico del país; la protección firme del orden elemental. Puede parecer una paradoja, pero en realidad, debido a las condiciones objetivas señaladas, es completamente indudable que el Poder Soviético en este momento solo puede consolidar la transición de Rusia al socialismo si resuelve prácticamente, a pesar de la oposición de la burguesía, los mencheviques y los socialrevolucionarios de derecha, precisamente estas tareas más elementales y elementarísimas de conservación de la sociedad. La solución práctica de estas tareas elementarísimas y la superación de las dificultades organizativas de los primeros pasos hacia el socialismo constituyen ahora, debido a las particularidades concretas de la situación dada y a la existencia del Poder Soviético con sus leyes sobre la socialización de la tierra, el control obrero, etc., dos caras de una misma moneda.

Llevar una cuenta del dinero cuidadosa y honrada, administrar con economía, no holgazanear, no robar, observar la más estricta disciplina en el trabajo: precisamente estas consignas, justamente ridiculizadas por los proletarios revolucionarios cuando la burguesía encubría con tales discursos su dominio como clase de explotadores, se convierten ahora, después del derrocamiento de la burguesía, en las consignas del momento, corrientes y principales. Y la puesta en práctica de estas consignas por la masa de trabajadores es, por un lado, la única condición para salvar al país, medio muerto por la guerra imperialista y los depredadores imperialistas (con Kerenski a la cabeza); y, por otro lado, la puesta en práctica de estas consignas por el Poder Soviético, con sus métodos, sobre la base de sus leyes, es necesaria y suficiente para la victoria definitiva del socialismo. Esto es precisamente lo que no logran entender quienes desdeñosamente se desentienden de colocar en primer plano consignas tan "trilladas" y "triviales". En un país de pequeños campesinos, que apenas hace un año derrocó al zarismo y hace menos de medio año se liberó de los Kerenski, ha quedado, naturalmente, bastante anarquismo espontáneo, incrementado por el embrutecimiento y la barbarie que acompañan a toda guerra larga y reaccionaria, y se han creado no pocos estados de ánimo de desesperación y de resentimiento sin objeto; si a esto se añade la política provocadora de los lacayos de la burguesía (mencheviques, socialrevolucionarios de derecha, etc.), se hará completamente comprensible qué esfuerzos prolongados y tenaces de los mejores y más conscientes obreros y campesinos son necesarios para un cambio completo de los estados de ánimo de la masa y su transición a un trabajo correcto, firme y disciplinado. Solo esa transición, realizada por la masa de los pobres (proletarios y semiproletarios), es capaz de culminar la victoria sobre la burguesía y, en particular, sobre la burguesía campesina más tenaz y numerosa.

## Nueva fase de la lucha contra la burguesía

La burguesía ha sido vencida entre nosotros, pero aún no ha sido arrancada de raíz, no está aniquilada ni siquiera quebrantada del todo. Por eso pasa a primer plano una nueva forma, superior, de lucha contra la burguesía: la transición de la tarea más simple de continuar expropiando a los capitalistas a una tarea mucho más compleja y difícil de crear condiciones tales que la burguesía no pueda existir ni surgir de nuevo. Está claro que esta es una tarea inmensamente superior y que sin resolverla no hay todavía socialismo.

Si tomamos la escala de las revoluciones de Europa occidental, nos encontramos ahora aproximadamente al nivel alcanzado en 1793 y en 1871. Tenemos pleno derecho a estar orgullosos de habernos elevado a ese nivel y, en un aspecto, haber ido indudablemente un poco más lejos, a saber: hemos decretado e implantado en toda Rusia el tipo más elevado de Estado, el Poder Soviético. Pero no podemos en modo alguno contentarnos con lo alcanzado, porque solo hemos iniciado la transición al socialismo, pero aún no hemos realizado lo decisivo en este sentido.

Lo decisivo es la organización del control y la contabilidad más estrictos y universales sobre la producción y la distribución de los productos. Sin embargo, en aquellas empresas, ramas y aspectos de la economía que hemos arrebatado a la burguesía, la contabilidad y el control aún no los hemos alcanzado, y sin esto no se puede ni hablar de la segunda condición material, igualmente sustancial, para la implantación del socialismo, a saber: el aumento, a escala nacional, de la productividad del trabajo.

Por eso no se podría definir la tarea del momento presente con una fórmula simple: continuar la ofensiva contra el capital. A pesar de que el capital no ha sido rematado por nosotros, sin duda, y de que es absolutamente necesario continuar la ofensiva contra este enemigo de los trabajadores, tal definición sería inexacta, no concreta, no tomaría en cuenta la peculiaridad del momento dado, cuando, en interés del éxito de la ofensiva ulterior, es necesario "detener" ahora la ofensiva.

Esto se puede aclarar comparando nuestra situación en la guerra contra el capital con la situación de un ejército victorioso que ha arrebatado, digamos, la mitad o dos tercios del territorio al enemigo y se ve obligado a detener la ofensiva para reunir fuerzas, aumentar las reservas de medios de combate, reparar y reforzar la línea de comunicaciones, construir nuevos almacenes, acumular nuevas reservas, etc. La detención de la ofensiva de un ejército victorioso en tales condiciones es necesaria precisamente en interés de arrebatar al enemigo el resto del territorio, es decir, en interés de la victoria completa. Quien no ha comprendido que precisamente así es la "detención" de la ofensiva contra el capital que nos impone la situación objetiva en el momento actual, no ha comprendido nada de la coyuntura política que vivimos.

Por supuesto, de "detención" de la ofensiva contra el capital solo se puede hablar entre comillas, es decir, solo metafóricamente. En una guerra ordinaria se puede dar una orden general de detener la ofensiva, se puede detener de hecho el avance. En la guerra contra el capital, no se puede detener el avance, y no puede hablarse de que renunciemos a la expropiación ulterior del capital. Se trata de cambiar el centro de gravedad de nuestro trabajo económico y político. Hasta ahora, en primer plano estaban las medidas de expropiación directa de los expropiadores. Ahora, en primer plano se sitúa la organización de la contabilidad y el control en aquellas economías donde ya han sido expropiados los capitalistas, y en todas las demás economías.

Si quisiéramos ahora continuar expropiando el capital al ritmo anterior, probablemente sufriríamos una derrota, porque nuestro trabajo de organización de la contabilidad y el control proletarios está claramente, como es evidente para toda persona pensante, rezagado respecto al trabajo de "expropiación de los expropiadores" directa. Si ahora nos aplicamos con todas nuestras fuerzas al trabajo de organización de la contabilidad y el control, podremos resolver esta tarea, recuperaremos lo perdido, ganaremos toda nuestra "campaña" contra el capital.

Pero admitir que hay que recuperar el tiempo perdido, ¿no equivale a reconocer algún error cometido? – En absoluto. Recurramos de nuevo a la comparación militar. Si se puede derrotar y rechazar al enemigo solo con destacamentos de caballería ligera, hay que hacerlo. Y si esto solo puede hacerse con éxito hasta cierto límite, es perfectamente concebible que, más allá de ese límite, surja la necesidad de llevar artillería pesada. Al reconocer que ahora debemos recuperar el tiempo perdido en el suministro de artillería pesada, no estamos reconociendo en absoluto como un error el exitoso ataque de caballería.

Los lacayos de la burguesía nos han reprochado a menudo que dirigimos un ataque "de la Guardia Roja" contra el capital. Reproche absurdo, digno precisamente de los lacayos del saco de dinero. Porque el ataque "de la Guardia Roja" contra el capital en su momento fue dictado absolutamente por las circunstancias: en primer lugar, porque entonces el capital resistía militarmente, en la persona de Kérenski y Krasnov, Savinkov y Gotz (Gueguéchkori aún hoy resiste así), Dútov y Bogáievski. La resistencia militar no puede quebrarse si no es por medios militares, y los guardias rojos llevaban a cabo la nobilísima y grandísima obra histórica de liberar a los trabajadores y explotados del yugo de los explotadores.

En segundo lugar, no habríamos podido entonces poner en primer plano los métodos de administración en lugar de los métodos de represión, también porque el arte de la administración no es innato en los hombres, sino que se adquiere con la experiencia. Entonces no teníamos esa experiencia. Ahora la tenemos. En tercer lugar, entonces no podíamos disponer de especialistas de las diversas ramas del saber y la técnica, porque, o bien combatían en las filas de los Bogáievski, o bien todavía tenían la posibilidad de oponer una resistencia pasiva sistemática y tenaz mediante el sabotaje. Ahora hemos quebrado el sabotaje. El ataque "de la Guardia Roja" contra el capital fue exitoso, fue victorioso, porque vencimos tanto la resistencia militar del capital como la resistencia sabotadora del capital.

¿Significa esto que el ataque "de la Guardia Roja" contra el capital es siempre oportuno, en todas las circunstancias oportuno, y que no tenemos otros medios de lucha contra el capital? Pensar así sería una puerilidad. Vencimos con la caballería ligera, pero también tenemos artillería pesada. Vencimos con métodos de represión; sabremos vencer también con métodos de administración. Hay que saber cambiar los métodos de lucha contra el enemigo cuando cambian las circunstancias. No renunciaremos ni un minuto a la represión "de la Guardia Roja" contra los señores Savinkov y Gueguéchkori, ni contra ningún otro terrateniente o contrarrevolucionario burgués. Pero no seremos tan necios como para poner en primer plano los métodos "de la Guardia Roja" en un momento en que la época de necesidad de los ataques de la Guardia Roja ha concluido en lo fundamental (y ha concluido victoriosamente) y cuando llama a la puerta la época de la utilización por el poder estatal proletario de los especialistas burgueses para una labor de arado tan profunda de la tierra, que en ella no pueda crecer ya absolutamente ninguna burguesía.

Esta es una época peculiar, o más bien, una franja de desarrollo, y para vencer al capital hasta el final, hay que saber adaptar las formas de nuestra lucha a las condiciones peculiares de esa franja.

Sin la dirección de especialistas de las diversas ramas del saber, la técnica y la experiencia, la transición al socialismo es imposible, porque el socialismo exige un movimiento consciente y masivo hacia una productividad del trabajo más elevada en comparación con el capitalismo y sobre la base de lo alcanzado por el capitalismo. El socialismo debe realizar este movimiento hacia adelante a su manera, con sus propios métodos —dijéramos más concretamente, con métodos soviéticos—. Y los especialistas, en su masa, son inevitablemente burgueses, debido a todo el ambiente de la vida social que los ha hecho especialistas. Si nuestro proletariado, al apoderarse del poder, hubiera resuelto rápidamente la tarea de la contabilidad, el control y la organización a escala nacional —esto era irrealizable debido a la guerra y al atraso de Rusia—, entonces, tras quebrar el sabotaje, habríamos sometido completamente, mediante la contabilidad y el control generales, también a los especialistas burgueses. Debido al considerable "retraso" en la contabilidad y el control en general, aunque logramos vencer el sabotaje, aún no hemos creado la situación que ponga a los especialistas burgueses a nuestra disposición; la masa de los saboteadores "entra al servicio", pero los mejores organizadores y los especialistas más destacados pueden ser utilizados por el Estado, o bien a la vieja usanza, de manera burguesa (es decir, mediante un salario elevado), o bien de manera nueva, proletaria (es decir, creando la situación de contabilidad y control generales desde abajo, que inevitablemente y por sí misma sometería y atraería a los especialistas).

Ahora hemos tenido que recurrir al viejo medio burgués y aceptar una remuneración muy elevada por los "servicios" de los más destacados entre los especialistas burgueses. Todos los conocedores del asunto lo ven, pero no todos reflexionan sobre el significado de una medida semejante por parte del Estado proletario. Está claro que tal medida es un compromiso, una desviación de los principios de la Comuna de París y de todo poder proletario, que exigen reducir los salarios al nivel del pago de un obrero medio, que exigen combatir con hechos, y no con palabras, el arribismo.

Más aún. Está claro que tal medida no solo es una detención —en cierta esfera y en cierto grado— de la ofensiva contra el capital (pues el capital no es una suma de dinero, sino una determinada relación social), sino también un paso atrás de nuestro poder estatal socialista, soviético, que desde el comienzo mismo proclamó y llevó a cabo la política de reducción de los altos salarios al nivel del jornal de un obrero medio.

Por supuesto, los lacayos de la burguesía, especialmente de la ínfima ralea, como los mencheviques, los novozhiznentsy, los eseristas de derecha, se reirán de que reconozcamos que damos un paso atrás. Pero no debemos prestar atención a las risitas. Debemos estudiar las peculiaridades del camino hacia el socialismo, sumamente difícil y nuevo, sin ocultar nuestros errores y debilidades, sino tratando de terminar a tiempo lo que quedó inconcluso. Ocultar a las masas que la atracción de especialistas burgueses mediante salarios extraordinariamente altos es una desviación de los principios de la Comuna equivaldría a rebajarse al nivel de politicastros burgueses y engañar a las masas. Explicar abiertamente cómo y por qué dimos un paso atrás, y luego discutir públicamente qué medios hay para recuperar el tiempo perdido, eso significa educar a las masas y aprender de la experiencia, aprender junto con ellas la construcción del socialismo. Difícilmente ha habido una sola campaña militar victoriosa en la historia en la que el vencedor no haya cometido algún error, sufrido derrotas parciales, retirándose temporalmente en algo y en alguna parte. Y la "campaña" emprendida por nosotros contra el capitalismo es un millón de veces más difícil que la más difícil campaña militar, y caer en el desánimo por una retirada parcial y localizada sería estúpido y vergonzoso.

Abordemos la cuestión desde el punto de vista práctico. Supongamos que la República Soviética de Rusia necesita 1000 científicos y especialistas de primer orden en diversas ramas del saber, la técnica y la experiencia práctica, para dirigir el trabajo del pueblo con el fin de lograr el más rápido desarrollo económico del país. Supongamos que a estas "estrellas de primera magnitud" hay que pagarles —la mayoría de ellas, por supuesto, están tanto más corrompidas por las costumbres burguesas cuanto más gustan de gritar sobre la corrupción de los obreros— 25 000 rublos al año. Supongamos que esta suma (25 millones de rublos) hay que duplicarla (suponiendo la concesión de primas por la realización especialmente exitosa y rápida de las tareas organizativo-técnicas más importantes) o incluso cuadruplicarla (suponiendo la atracción de varios cientos de especialistas extranjeros más exigentes). Cabe preguntarse: ¿se puede considerar excesivo o insoportable para la República Soviética un gasto de cincuenta o cien millones de rublos al año para reorganizar el trabajo del pueblo según el último grito de la ciencia y la técnica? Por supuesto que no. La inmensa mayoría de los obreros y campesinos conscientes aprobará semejante gasto, sabiendo por la vida práctica que nuestro atraso nos obliga a perder miles de millones, y que aún no hemos alcanzado ese grado de organización, contabilidad y control que pueda suscitar la participación universal y voluntaria de las "estrellas" de la intelectualidad burguesa en nuestra obra.

Por supuesto, la cuestión tiene también otra cara. La influencia corruptora de los altos salarios es indiscutible — tanto sobre el poder soviético (tanto más cuanto que, dada la rapidez del vuelco, no pudo dejar de adherirse a este poder cierta cantidad de aventureros y pillos que, junto con los comisarios ineptos o deshonestos, no son reacios a convertirse en "estrellas"... de la malversación) como sobre la masa obrera. Pero todos los que tienen pensamiento y son honestos entre los obreros y los campesinos más pobres estarán de acuerdo con nosotros, reconocerán que no estamos en condiciones de deshacernos de inmediato de la mala herencia del capitalismo, que podemos liberar a la república soviética del "tributo" de 50 o 100 millones de rublos (tributo por nuestro propio atraso en la organización del control y la contabilidad populares desde abajo) solo organizándonos, reforzando la disciplina entre nosotros mismos, limpiando nuestro entorno de todos los "conservadores de la herencia del capitalismo", de los "que mantienen las tradiciones del capitalismo", es decir, de los holgazanes, parásitos y malversadores (ahora toda la tierra, todas las fábricas, todos los ferrocarriles son "erario" de la república soviética). Si los obreros y campesinos más pobres conscientes y avanzados logran, con la ayuda de las instituciones soviéticas, organizarse, disciplinarse, reanimarse y crear una poderosa disciplina laboral en un año, entonces dentro de un año nos quitaremos de encima este "tributo", que incluso se puede reducir antes... exactamente en la medida de los éxitos de nuestra disciplina laboral y organización obrera y campesina. Cuanto más rápido aprendamos nosotros mismos, los obreros y campesinos, una mejor disciplina laboral y una técnica de trabajo más elevada, utilizando para este aprendizaje a los especialistas burgueses, más rápido nos libraremos de todo "tributo" a estos especialistas.

Nuestro trabajo de organización, bajo la dirección del proletariado, de la contabilidad y el control populares sobre la producción y la distribución de los productos se ha quedado muy atrás respecto a nuestro trabajo de expropiación directa de los expropiadores. Esta situación es fundamental para comprender las peculiaridades del momento actual y las tareas del poder soviético que de ella se derivan. El centro de gravedad de la lucha contra la burguesía se desplaza hacia la organización de dicha contabilidad y control. Solo partiendo de esto se pueden determinar correctamente las tareas inmediatas de la política económica y financiera en el ámbito de la nacionalización de los bancos, la monopolización del comercio exterior, el control estatal sobre la circulación monetaria, la introducción de un impuesto sobre la propiedad y sobre la renta satisfactorio desde el punto de vista proletario, y la introducción del servicio laboral obligatorio.

Con las transformaciones socialistas en estos ámbitos estamos extremadamente atrasados (y son ámbitos muy, muy importantes), y estamos atrasados precisamente porque la contabilidad y el control no están suficientemente organizados en general. Por supuesto, esta tarea es de las más difíciles y, con la devastación causada por la guerra, solo admite una solución a largo plazo, pero no se puede olvidar que precisamente aquí la burguesía — en especial la numerosa pequeña burguesía y la burguesía campesina — nos ofrece una lucha muy seria, socavando el control que se está instaurando, socavando, por ejemplo, el monopolio del grano, reconquistando posiciones para la especulación y el comercio especulativo. Lo que ya hemos decretado está lejos de haber sido llevado suficientemente a la práctica, y la tarea principal del momento consiste precisamente en concentrar todos los esfuerzos en la realización práctica y efectiva de los fundamentos de aquellas transformaciones que ya se han convertido en ley (pero aún no se han convertido en realidad).

Para continuar con la nacionalización de los bancos y avanzar firmemente hacia la transformación de los bancos en centros nodales de la contabilidad pública bajo el socialismo, primero y ante todo hay que lograr éxitos reales en el aumento del número de sucursales del Banco Popular, en la captación de depósitos, en la facilitación para el público de las operaciones de ingreso y retiro de dinero, en la eliminación de las "colas", en la captura y fusilamiento de sobornadores y pillos, etc. Primero llevar a la práctica lo más simple, organizar bien lo existente, y luego preparar lo más complejo.

Fortalecer y ordenar aquellos monopolios estatales (sobre el grano, el cuero, etc.) que ya se han introducido, y con ello preparar la monopolización del comercio exterior por el Estado; sin esa monopolización no podremos "librarnos" del capital extranjero pagando un "tributo". Y toda la posibilidad de la construcción socialista depende de si logramos, durante un cierto período de transición, proteger nuestra independencia económica interna pagando un cierto tributo al capital extranjero.

En la recaudación de impuestos en general, y del impuesto sobre la propiedad y sobre la renta en particular, también estamos extraordinariamente atrasados. La imposición de contribuciones a la burguesía — una medida, en principio, absolutamente aceptable y digna de la aprobación proletaria — muestra que en este aspecto aún estamos más cerca de los métodos de reconquista (de Rusia para los pobres frente a los ricos) que de los métodos de administración. Pero para hacernos más fuertes y ponernos más firmemente en pie, debemos pasar a estos últimos métodos, debemos sustituir la contribución de la burguesía por un impuesto constante y correctamente recaudado sobre la propiedad y la renta, que dará más al Estado proletario y que nos exige precisamente una mayor organización, una mejor instauración de la contabilidad y el control.

Nuestro retraso en la introducción del servicio laboral obligatorio muestra una vez más que lo que se pone en el orden del día es precisamente el trabajo preparatorio-organizativo, que, por un lado, debe consolidar definitivamente lo reconquistado y, por otro lado, es necesario para preparar la operación que "cercará" al capital y lo obligará a "rendirse". Deberíamos haber comenzado la introducción del servicio laboral obligatorio de inmediato, pero introducirlo con gran gradualidad y cautela, comprobando cada paso con la experiencia práctica y, por supuesto, dando como primer paso la introducción del servicio laboral obligatorio para los ricos. La introducción de la libreta de trabajo y de presupuesto de consumo para todo burgués, incluido el campesino, sería un paso serio hacia el completo "cerco" del enemigo y hacia la creación de una contabilidad y un control verdaderamente populares sobre la producción y la distribución de los productos.

## La importancia de la lucha por la contabilidad y el control populares

El Estado, que durante siglos fue un órgano de opresión y saqueo del pueblo, nos ha legado un odio y una desconfianza enormes de las masas hacia todo lo estatal. Superar esto es una tarea muy difícil, solo accesible al poder soviético, pero que también exige de él un tiempo prolongado y una enorme perseverancia. En la cuestión de la contabilidad y el control — cuestión fundamental para la revolución socialista al día siguiente del derrocamiento de la burguesía — esta "herencia" se manifiesta con especial agudeza. Pasará inevitablemente un cierto tiempo hasta que las masas, que por primera vez se han sentido libres tras el derrocamiento de los terratenientes y la burguesía, comprendan — no a través de los libros, sino de su propia experiencia soviética — comprendan y sientan que sin una contabilidad y un control estatales exhaustivos sobre la producción y la distribución de los productos, el poder de los trabajadores, la libertad de los trabajadores, no puede mantenerse, y el retorno al yugo del capitalismo es inevitable.

Todos los hábitos y tradiciones de la burguesía en general y de la pequeña burguesía en particular también van en contra del control estatal, a favor de la inviolabilidad de la "sagrada propiedad privada", de la "sagrada" empresa privada. Ahora vemos con especial claridad hasta qué punto es correcta la tesis marxista de que el anarquismo y el anarcosindicalismo son corrientes burguesas, en qué contradicción irreconciliable se hallan con el socialismo, con la dictadura del proletariado, con el comunismo. La lucha por inculcar en las masas la idea del control y la contabilidad soviéticos — estatales, por llevar esta idea a la práctica, por romper con el maldito pasado que enseñó a considerar la obtención de pan y ropa como un asunto "privado", la compra y venta como un trato que "solo me concierne a mí" — esta lucha es la más grande, de importancia histórica mundial, la lucha de la conciencia socialista contra la espontaneidad burguesa-anárquica.

El control obrero se ha introducido entre nosotros como ley, pero apenas comienza a penetrar en la vida e incluso en la conciencia de amplias masas del proletariado. De que la falta de rendición de cuentas, la falta de control en la producción y distribución de los productos es la ruina de los gérmenes del socialismo, es un desfalco (pues toda la propiedad pertenece al erario, y el erario es el poder soviético, el poder de la mayoría de los trabajadores), de que la negligencia en el registro y control es una ayuda directa a los Kornilov alemanes y rusos, que solo pueden derrocar el poder de los trabajadores si no logramos resolver las tareas de registro y control, y que, con la ayuda de toda la burguesía campesina, con la ayuda de los kadetes, mencheviques y eseristas de derecha, nos «acechan», esperando el momento —de esto no hablamos lo suficiente en nuestra agitación, de esto no piensan ni hablan lo suficiente los trabajadores y campesinos avanzados. Y mientras el control obrero no se haya convertido en un hecho, mientras los obreros avanzados no hayan organizado y llevado a cabo una campaña victoriosa y despiadada contra los infractores de este control o los negligentes respecto al control, hasta entonces no se podrá dar el segundo paso hacia el socialismo desde el primer paso (desde el control obrero), es decir, pasar a la regulación obrera de la producción.

El Estado socialista solo puede surgir como una red de comunas de productores y consumidores que registren concienzudamente su producción y consumo, ahorren trabajo, eleven constantemente su productividad y logren así la posibilidad de reducir la jornada laboral a siete, a seis horas diarias e incluso menos. Sin establecer un registro y control nacional estrictísimo y omnicomprensivo del pan y de la obtención de pan (y luego de todos los demás productos necesarios), no se puede salir del paso. El capitalismo nos ha legado como herencia organizaciones de masas capaces de facilitar la transición al registro y control masivo de la distribución de los productos: las sociedades de consumo. En Rusia están menos desarrolladas que en los países avanzados, pero aun así abarcan a más de diez millones de miembros. El decreto sobre las sociedades de consumo{67} publicado hace unos días es un fenómeno sumamente significativo, que muestra claramente la singularidad de la situación y de las tareas de la República Socialista Soviética en el momento actual.

El decreto es un acuerdo con las cooperativas burguesas y con las cooperativas obreras que permanecen en el punto de vista burgués. El acuerdo o compromiso consiste, en primer lugar, en que los representantes de dichas instituciones no solo participaron en la discusión del decreto, sino que también obtuvieron de hecho el derecho a voto decisivo, pues las partes del decreto que encontraron una oposición decidida de estas instituciones fueron eliminadas. En segundo lugar, en esencia, el compromiso consiste en la renuncia del poder soviético al principio de ingreso gratuito en la cooperativa (el único principio consecuentemente proletario), así como a la unificación de toda la población de una localidad determinada en una sola cooperativa. Como excepción a este principio, el único socialista, que responde a la tarea de abolir las clases, se otorgó el derecho de seguir existiendo a las «cooperativas obreras de clase» (que en este caso se llaman «de clase» solo porque se someten a los intereses de clase de la burguesía). Finalmente, la propuesta del poder soviético de excluir completamente a la burguesía de los consejos de administración de las cooperativas también se debilitó considerablemente, y la prohibición de ingresar en los consejos de administración se extendió solo a los propietarios de empresas comerciales e industriales de carácter privado-capitalista.

Si el proletariado, actuando a través del poder soviético, hubiera logrado establecer el registro y control a escala nacional, o al menos las bases de dicho control, no habría habido necesidad de tales compromisos. A través de los departamentos de abastecimiento de los Soviets, a través de los órganos de suministro dependientes de los Soviets, habríamos unido a la población en una única cooperativa dirigida proletariamente, sin la ayuda de las cooperativas burguesas, sin concesiones a ese principio puramente burgués que impulsa a la cooperativa obrera a seguir siendo obrera junto a la burguesa, en lugar de subordinar completamente a esta cooperativa burguesa, fusionando ambas, tomando para sí todo el consejo de administración, tomando en sus manos la supervisión del consumo de los ricos.

Al concluir tal acuerdo con las cooperativas burguesas, el poder soviético definió concretamente sus tareas tácticas y los métodos de acción singulares para esta etapa de desarrollo, a saber: dirigiendo los elementos burgueses, utilizándolos, haciéndoles ciertas concesiones particulares, creamos las condiciones para un avance que será más lento de lo que inicialmente suponíamos, pero al mismo tiempo más sólido, con una base y una línea de comunicación aseguradas más firmemente, con un mejor fortalecimiento de las posiciones conquistadas. Los Soviets pueden (y deben) medir ahora sus éxitos en la construcción socialista, entre otras cosas, con una medida sumamente clara, simple y práctica: en qué número exacto de comunidades (comunas o aldeas, barrios, etc.) y en qué medida se acerca el desarrollo de las cooperativas a abarcar a toda la población.

## Elevación de la productividad del trabajo

En toda revolución socialista, una vez resuelta la tarea de la conquista del poder por el proletariado y a medida que se va resolviendo en lo fundamental y principal la tarea de expropiar a los expropiadores y reprimir su resistencia, se coloca necesariamente en primer plano la tarea fundamental de crear un orden social superior al capitalismo, a saber: la elevación de la productividad del trabajo y, en relación con ello (y para ello), su organización más elevada. Nuestro poder soviético se encuentra precisamente en tal situación que, gracias a las victorias sobre los explotadores, desde Kerenski hasta Kornilov, ha obtenido la posibilidad de aproximarse directamente a esta tarea, de abordarla de lleno. Y aquí se hace evidente de inmediato que, si bien se puede tomar el poder estatal central en unos días, si bien se puede reprimir la resistencia militar (y sabotajista) de los explotadores incluso en diferentes rincones de un gran país en unas semanas, la solución firme de la tarea de elevar la productividad del trabajo requiere, en cualquier caso (especialmente después de una guerra sumamente penosa y devastadora), varios años. El carácter prolongado del trabajo está prescrito aquí incondicionalmente por las circunstancias objetivas.

El incremento de la productividad del trabajo exige, ante todo, asegurar la base material de la gran industria: el desarrollo de la producción de combustible, hierro, maquinaria, industria química. La República Socialista Soviética de Rusia se encuentra en condiciones ventajosas en la medida en que dispone —incluso después de la Paz de Brest— de gigantescas reservas de mineral (en los Urales), de combustible en Siberia Occidental (carbón), en el Cáucaso y en el sureste (petróleo), en el centro (turba), de gigantescas riquezas forestales, de fuerzas hidráulicas, de materias primas para la industria química (Karabugaz), etc. La explotación de estas riquezas naturales con los métodos de la técnica más moderna dará la base para un progreso sin precedentes de las fuerzas productivas.

Otra condición para la elevación de la productividad del trabajo es, en primer lugar, el auge educativo y cultural de la masa de la población. Este auge avanza ahora con una rapidez enorme, cosa que no ven las personas cegadas por la rutina burguesa, incapaces de comprender cuánto impulso hacia la luz y cuánta iniciativa se despliega ahora en las «capas bajas» del pueblo gracias a la organización soviética. En segundo lugar, condición para el auge económico es también la elevación de la disciplina de los trabajadores, la habilidad para trabajar, la destreza, la intensidad del trabajo, su mejor organización.

Desde este punto de vista, las cosas están particularmente mal entre nosotros, e incluso desesperadamente, si se cree a las personas que se han dejado asustar por la burguesía o que la sirven interesadamente. Estas personas no comprenden que no ha habido ni puede haber revolución en la que los partidarios de lo viejo no griten sobre la descomposición, la anarquía, etc. Es natural que en las masas que acaban de sacudirse un yugo increíblemente salvaje se produzca una efervescencia y agitación profundas y amplias, que la elaboración por las masas de nuevos fundamentos de la disciplina laboral sea un proceso muy prolongado, que hasta la victoria completa sobre el terrateniente y la burguesía tal elaboración ni siquiera podía comenzar.

Pero, sin ceder en absoluto a esa desesperación, a menudo fingida, que difunden los burgueses y los intelectuales burgueses (desesperados por defender sus viejos privilegios), no debemos de ningún modo encubrir el mal evidente. Al contrario, lo revelaremos y reforzaremos los métodos soviéticos de lucha contra él, pues el éxito del socialismo es impensable sin la victoria de la disciplina consciente proletaria sobre la anarquía espontánea pequeñoburguesa, verdadera garantía de una posible restauración del kerenshchina y del kornilovshchina.

La vanguardia más consciente del proletariado ruso ya se ha planteado la tarea de elevar la disciplina laboral. Por ejemplo, tanto en el Comité Central del Sindicato de Metalúrgicos como en el Consejo Central de Sindicatos se ha comenzado a elaborar las medidas correspondientes y proyectos de decretos{68}. Es necesario apoyar este trabajo e impulsarlo con todas las fuerzas. Hay que poner en el orden del día, aplicar prácticamente y ensayar el salario a destajo{69}, la aplicación de todo lo científico y progresivo que hay en el sistema Taylor, la proporción del salario con los resultados globales de la producción del producto o con los resultados de explotación del transporte ferroviario y fluvial, etc., etc.

El ruso es un mal trabajador en comparación con las naciones más avanzadas. Y no podía ser de otro modo bajo el régimen zarista y la persistencia de los vestigios de la servidumbre. Aprender a trabajar: esta es la tarea que el Poder Soviético debe plantear ante el pueblo en toda su dimensión. La última palabra del capitalismo en este aspecto, el sistema Taylor, —como todos los progresos del capitalismo—, combina la refinada ferocidad de la explotación burguesa y una serie de riquísimas conquistas científicas en el análisis de los movimientos mecánicos en el trabajo, la eliminación de movimientos superfluos y torpes, la elaboración de los métodos de trabajo más correctos, la introducción de los mejores sistemas de contabilidad y control, etc. La República Soviética debe, a toda costa, adoptar todo lo valioso de las conquistas de la ciencia y la técnica en este campo. La viabilidad del socialismo se determinará precisamente por nuestros éxitos al combinar el Poder Soviético y la organización soviética de la dirección con el progreso más moderno del capitalismo. Hay que crear en Rusia el estudio y la enseñanza del sistema Taylor, su ensayo y adaptación sistemáticos. Hay que, al mismo tiempo, al avanzar hacia el aumento de la productividad del trabajo, tener en cuenta las peculiaridades del período de transición del capitalismo al socialismo, que exigen, por un lado, que se sienten las bases de la organización socialista de la competencia y, por otro lado, la aplicación de la coacción, de modo que la consigna de la dictadura del proletariado no sea envilecida por la práctica de un estado gelatinoso del poder proletario.

## Organización de la competencia

Entre los absurdos que la burguesía difunde con gusto sobre el socialismo, está el de que los socialistas niegan la importancia de la competencia. Pero en realidad solo el socialismo, al suprimir las clases y, por consiguiente, la esclavización de las masas, abre por primera vez el camino para la competencia en una escala verdaderamente masiva. Y precisamente la organización soviética, al pasar del democratismo formal de la república burguesa a la participación real de las masas trabajadoras en la dirección, plantea por primera vez ampliamente la competencia. En el terreno político esto es mucho más fácil de plantear que en el económico, pero para el éxito del socialismo es importante precisamente esto último.

Tomemos un medio de organizar la competencia como la publicidad. La república burguesa la garantiza solo formalmente, en la práctica somete la prensa al capital, entretiene a la “plebe” con picantes bagatelas políticas, oculta lo que ocurre en los talleres, en las transacciones comerciales, en los suministros, etc., bajo el velo del “secreto comercial”, que protege la “propiedad sagrada”. El Poder Soviético abolió el secreto comercial{70}, emprendió un nuevo camino, pero para utilizar la publicidad con fines de competencia económica aún no hemos hecho casi nada. Hay que abordar sistemáticamente la tarea de que, junto a la represión implacable de la prensa burguesa, completamente mentirosa y descaradamente calumniadora, se lleve a cabo la labor de crear una prensa que no entretenga ni embobee a las masas con picantes políticas y bagatelas, sino que someta precisamente las cuestiones de la economía cotidiana al juicio de las masas, ayudándoles a estudiarlas seriamente. Cada fábrica, cada aldea es una comuna productora-consumidora que tiene el derecho y la obligación de aplicar a su manera las leyes soviéticas generales (“a su manera” no en el sentido de violarlas, sino en el sentido de la diversidad de formas de ponerlas en práctica), de resolver a su manera el problema de la contabilidad de la producción y la distribución de los productos. Bajo el capitalismo esto era un “asunto privado” del capitalista, terrateniente o kulak individuales. Bajo el Poder Soviético esto no es un asunto privado, sino el asunto estatal más importante.

Y aún casi no hemos comenzado la enorme, difícil pero también agradecida labor de organizar la competencia de las comunas, introducir la rendición de cuentas y la publicidad en el proceso de producción del pan, la ropa, etc., transformar los informes secos, muertos y burocráticos en ejemplos vivos – tanto repulsivos como atractivos. Bajo el modo capitalista de producción, la importancia del ejemplo individual, digamos, de una comuna productiva cualquiera, estaba inevitablemente limitada hasta el último extremo, y solo una ilusión pequeñoburguesa podía soñar con “corregir” el capitalismo mediante la influencia de ejemplos de instituciones virtuosas. Después de la transferencia del poder político a manos del proletariado, después de la expropiación de los expropiadores, la cosa cambia radicalmente y, —según lo indicado repetidamente por los más destacados socialistas—, la fuerza del ejemplo obtiene por primera vez la posibilidad de ejercer su acción masiva. Las comunas ejemplares deben servir y servirán como educadoras, maestras, impulsoras de las comunas atrasadas. La prensa debe servir como instrumento de la construcción socialista, informando en todos los detalles sobre los éxitos de las comunas ejemplares, estudiando las causas de su éxito, sus métodos de gestión, colocando, por otro lado, “en el tablero negro” a aquellas comunas que conservan obstinadamente las “tradiciones del capitalismo”, es decir, la anarquía, la holgazanería, el desorden, la especulación. La estadística era en la sociedad capitalista objeto exclusivo de los “funcionarios públicos” o de especialistas estrechos; —debemos llevarla a las masas, popularizarla, para que los trabajadores aprendan gradualmente por sí mismos a entender y ver cómo y cuánto hay que trabajar, cómo y cuánto se puede descansar,— para que la comparación de los resultados prácticos de la gestión de las distintas comunas se convierta en objeto de interés y estudio general, para que las comunas destacadas sean recompensadas de inmediato (con reducción de la jornada laboral por un período determinado, aumento del salario, concesión de una mayor cantidad de bienes y valores culturales o estéticos, etc.).

Cuando una nueva clase emerge en la escena histórica como líder y guía de la sociedad, esto nunca ocurre sin un período de fortísimo “balanceo”, conmociones, lucha y tempestades, por un lado, y, por otro lado, sin un período de pasos inseguros, experimentos, vacilaciones, titubeos en cuanto a la elección de nuevos métodos que respondan a la nueva situación objetiva. La nobleza feudal moribunda se vengaba de la burguesía vencedora y desplazadora no solo con conspiraciones, intentos de insurrección y restauración, sino también con torrentes de burlas sobre la torpeza, la ineptitud, los errores de los “advenedizos”, “insolentes”, que se atrevían a tomar en sus manos el “sagrado timón” del Estado sin la preparación secular de los príncipes, barones, nobles, aristócratas para ello, —exactamente igual que ahora se vengan de la clase obrera en Rusia por su “insolente” intento de tomar el poder los Kornílov y los Kerenski, los Gots y los Mártov, toda esa caterva de héroes del negocio burgués o del escepticismo burgués.

Se necesitan, por supuesto, no semanas, sino largos meses y años, para que una nueva clase social, y además una clase antes oprimida, aplastada por la necesidad y la oscuridad, pueda asimilarse la nueva situación, orientarse, organizar su trabajo, promover a sus organizadores. Es comprensible que el partido que dirige al proletariado revolucionario no haya podido acumular experiencia y habilidad en grandes empresas organizativas calculadas para millones y decenas de millones de ciudadanos, y que la remodelación de las viejas habilidades, casi exclusivamente de agitador, sea un asunto muy prolongado. Pero no hay nada imposible aquí, y si tenemos una conciencia clara de la necesidad del cambio, una firme decisión de realizarlo, constancia en la persecución de la gran y difícil meta, lo lograremos. Hay una masa de talentos organizativos en el "pueblo", es decir, entre los obreros y los campesinos que no explotan el trabajo ajeno; el capital los ha reprimido, arruinado y expulsado por millares, y nosotros todavía no sabemos encontrarlos, animarlos, ponerlos en pie y promoverlos. Pero aprenderemos esto si nos ponemos —con todo el entusiasmo revolucionario, sin el cual no hay revoluciones victoriosas— a aprenderlo.

Ningún movimiento popular profundo y poderoso en la historia ha estado exento de espuma sucia —sin aventureros y estafadores, fanfarrones y gritones que se adhieren a los innovadores inexpertos; sin un tumulto absurdo, desorden, ajetreo sin sentido; sin intentos de "caudillos" individuales de emprender veinte asuntos y no llevar ninguno hasta el final. Que los perritos falderos de la sociedad burguesa, desde Belorussov hasta Mártov, chillen y ladren por cada astilla sobrante al talar el gran bosque viejo. Para eso son perritos falderos, para ladrar al elefante proletario. Que ladren. Nosotros seguiremos nuestro camino, procurando con la máxima cautela y paciencia probar y reconocer a los verdaderos organizadores, a las personas de mente serena y olfato práctico, a las personas que combinan la lealtad al socialismo con la capacidad de organizar, sin ruido (y pese al tumulto y al ruido), un trabajo colectivo sólido y armonioso de un gran número de personas en el marco de la organización soviética. Solo a tales personas, después de haberlas probado diez veces, moviéndolas de las tareas más simples a las más difíciles, hay que ascender a los puestos responsables de dirigentes del trabajo popular, de dirigentes de la administración. Todavía no hemos aprendido esto. Aprenderemos.

## "Organización armónica" y dictadura

La resolución del último congreso (de Moscú) de los Soviets plantea, como tarea primordial del momento, la creación de una "organización armónica" y la elevación de la disciplina[22]. Ahora todos votan y firman gustosamente resoluciones de este tipo, pero normalmente no reflexionan sobre el hecho de que su puesta en práctica requiere coerción —y coerción precisamente en forma de dictadura. Entretanto, sería la mayor estupidez y la utopía más absurda suponer que la transición del capitalismo al socialismo es posible sin coerción y sin dictadura. La teoría de Marx se pronunció contra esta necedad pequeño-burguesa, democrática y anárquica hace mucho tiempo y con total claridad. Y la Rusia de 1917-1918 confirma la teoría de Marx en este aspecto con tal evidencia, tangibilidad e imponencia, que solo las personas desesperadamente obtusas o decididas obstinadamente a dar la espalda a la verdad pueden seguir engañándose a este respecto. O la dictadura de Kornílov (si lo tomamos como el tipo ruso de Cavaignac burgués) o la dictadura del proletariado —no puede hablarse de otra salida para un país que atraviesa un desarrollo extraordinariamente rápido con giros extraordinariamente bruscos, en medio de una desesperada ruina creada por la más dolorosa de las guerras. Todas las soluciones intermedias —o son un engaño al pueblo por parte de la burguesía, que no puede decir la verdad, que no puede decir que necesita a Kornílov, o son la estupidez de los demócratas pequeño-burgueses, los Chernov, Tsereteli y Mártov, con su charlatanería sobre la unidad de la democracia, la dictadura de la democracia, el frente democrático general y otras tonterías por el estilo. A quien ni siquiera el curso de la revolución rusa de 1917-1918 haya enseñado que las soluciones intermedias son imposibles, a ese hay que renunciar.

Por otra parte, no es difícil convencerse de que en toda transición del capitalismo al socialismo la dictadura es necesaria por dos razones principales o en dos direcciones principales. En primer lugar, no se puede vencer y exterminar el capitalismo sin la represión despiadada de la resistencia de los explotadores, a quienes no se puede privar de inmediato de su riqueza, de sus ventajas de organización y conocimiento y, por consiguiente, durante un período bastante largo intentarán inevitablemente derrocar el odiado poder de los pobres. En segundo lugar, toda gran revolución, y la socialista en particular, aunque no hubiera guerra exterior, es inconcebible sin guerra interior, es decir, sin guerra civil, que significa una destrucción aún mayor que la guerra exterior —que significa miles y millones de casos de vacilación y de pasarse de un lado a otro—, que significa un estado de la más grande incertidumbre, desequilibrio y caos. Y, por supuesto, todos los elementos de descomposición de la vieja sociedad, inevitablemente muy numerosos, vinculados principalmente a la pequeña burguesía (pues la guerra y toda crisis arruinan y destruyen a esta ante todo), no pueden dejar de "mostrarse" en una transformación tan profunda. Y los elementos de descomposición no pueden "mostrarse" de otra manera que aumentando los crímenes, el vandalismo, el soborno, la especulación y toda clase de desmanes. Para arreglárselas con esto se necesita tiempo y una mano de hierro.

No ha habido una sola gran revolución en la historia en la que el pueblo no haya sentido instintivamente esto y no haya manifestado una firmeza salvadora, fusilando a los ladrones en el lugar del delito. La desgracia de las revoluciones anteriores consistió en que el entusiasmo revolucionario de las masas, que mantenía su estado de tensión y les daba la fuerza para aplicar la represión despiadada de los elementos de descomposición, no duraba mucho tiempo. La causa social, es decir, de clase, de esa poca solidez del entusiasmo revolucionario de las masas fue la debilidad del proletariado, que solo él está en condiciones (si es suficientemente numeroso, consciente, disciplinado) de atraer a la mayoría de los trabajadores y explotados (la mayoría de los pobres, para decirlo más simple y popular) y retener el poder durante un tiempo suficientemente largo para la represión completa tanto de todos los explotadores como de todos los elementos de descomposición.

Esta experiencia histórica de todas las revoluciones, esta lección universal-histórica —económica y política— fue resumida por Marx, dando una fórmula breve, tajante, precisa y brillante: dictadura del proletariado. Y que la revolución rusa se acercó correctamente a la realización de esta tarea universal-histórica lo demostró la marcha triunfante de la organización soviética por todos los pueblos y lenguas de Rusia. Pues el poder soviético no es otra cosa que la forma organizativa de la dictadura del proletariado, la dictadura de la clase avanzada que eleva a decenas y decenas de millones de trabajadores y explotados hacia una nueva democracia, hacia la participación independiente en la administración del Estado, quienes aprenden por propia experiencia a ver en la vanguardia disciplinada y consciente del proletariado a su conductor más seguro.

Pero dictadura es una gran palabra. Y las grandes palabras no deben arrojarse al viento. Dictadura es poder de hierro, audaz y rápido revolucionariamente, despiadado en la represión tanto de los explotadores como de los vándalos. Y nuestro poder es inmoderadamente blando, muchas veces se parece más a una gelatina que al hierro. No hay que olvidar ni un minuto que el elemento burgués y pequeño-burgués lucha contra el poder soviético de dos maneras: por un lado, actuando desde fuera, con los métodos de Savinkov, Gotz, Gueguechkori, Kornílov, con conspiraciones y sublevaciones, su reflejo "ideológico" sucio, torrentes de mentiras y calumnias en la prensa de los kadetes, eseristas de derecha y mencheviques; por otro lado, este elemento actúa desde dentro, utilizando todo elemento de descomposición, toda debilidad para el soborno, para el aumento de la indisciplina, el libertinaje, el caos. Cuanto más nos acercamos a la represión militar completa de la burguesía, más peligroso se vuelve para nosotros el elemento de la anarquía pequeño-burguesa. Y la lucha contra este elemento no puede llevarse a cabo solo con propaganda y agitación, solo con la organización de la emulación, solo con la selección de organizadores: la lucha debe llevarse a cabo también con la coerción.

A medida que la tarea fundamental del poder deja de ser la represión militar y pasa a ser la gestión, la manifestación típica de la represión y la coerción dejará de ser el fusilamiento in situ para convertirse en el tribunal. Y en este aspecto, las masas revolucionarias, después del 25 de octubre de 1917, tomaron el camino correcto y demostraron la vitalidad de la revolución al comenzar a organizar sus propios tribunales, obreros y campesinos, incluso antes de cualquier decreto sobre la disolución del aparato judicial burgués-burocrático. Pero nuestros tribunales revolucionarios y populares son desmesuradamente, increíblemente débiles. Se nota que aún no se ha roto definitivamente la visión popular del tribunal, heredada del yugo de los terratenientes y la burguesía, como algo oficial y ajeno. No hay suficiente conciencia de que el tribunal es un órgano para atraer precisamente a los pobres, masivamente, a la administración estatal (pues la actividad judicial es una de las funciones de la administración estatal); de que el tribunal es un órgano de poder del proletariado y del campesinado más pobre; de que el tribunal es un instrumento de educación para la disciplina. No hay suficiente conciencia del hecho simple y evidente de que, si las principales calamidades de Rusia son el hambre y el desempleo, no se pueden vencer con ningún arrebato, sino solo con una organización y disciplina integrales, omnicomprensivas y de todo el pueblo, para aumentar la producción de pan para las personas y de pan (combustible) para la industria, transportarlo a tiempo y distribuirlo correctamente; y de que, por lo tanto, es culpable de los sufrimientos del hambre y el desempleo todo aquel que viole la disciplina laboral en cualquier fábrica, en cualquier explotación, en cualquier asunto; de que a los culpables de esto hay que saber encontrarlos, llevarlos ante el tribunal y castigarlos sin piedad. El elemento pequeñoburgués, contra el cual ahora debemos librar la lucha más tenaz, se manifiesta precisamente en que hay una débil conciencia de la conexión económica y política nacional del hambre y el desempleo con la relajación de todos y cada uno en asuntos de organización y disciplina; en que se mantiene firmemente la visión del pequeño propietario: "yo arrancar lo máximo, y después que el mundo se hunda".

En el sector ferroviario, que quizás personifica de manera más evidente los vínculos económicos del organismo creado por el gran capitalismo, esta lucha entre el elemento pequeñoburgués de la relajación y la organización proletaria se manifiesta de manera particularmente destacada. El elemento "administrativo" aporta saboteadores y sobornadores en abundancia; el elemento proletario, en su mejor parte, lucha por la disciplina; pero entre ambos elementos hay, por supuesto, muchos vacilantes, "débiles", incapaces de resistir la "tentación" de la especulación, el soborno, el beneficio personal, comprado a costa del deterioro de todo el aparato, de cuyo correcto funcionamiento depende la victoria sobre el hambre y el desempleo.

Es característica la lucha que se desarrolló en este terreno en torno al último decreto sobre la administración de los ferrocarriles, el decreto que otorga poderes dictatoriales (o poderes "ilimitados") a dirigentes individuales{71}. Los representantes conscientes (y probablemente, en su mayoría, inconscientes) de la relajación pequeñoburguesa querían ver una desviación del principio de colegialidad, del democratismo y de los principios del poder soviético en la concesión de poderes "ilimitados" (es decir, dictatoriales) a individuos particulares. Entre los socialrevolucionarios de izquierda, en algunos lugares se desarrolló una agitación directamente gamberra, es decir, que apelaba a los instintos bajos y al afán pequeñopropietario de "arrancar", contra el decreto sobre la dictadura. La cuestión planteada tenía un significado realmente enorme: en primer lugar, una cuestión de principio: ¿es en general compatible el nombramiento de individuos particulares investidos de poderes dictatoriales ilimitados con los principios fundamentales del poder soviético?; en segundo lugar, ¿en qué relación se encuentra este caso —este precedente, si se quiere— con las tareas especiales del poder en el momento concreto dado? Hay que detenerse muy atentamente en ambas cuestiones.

Que la dictadura de individuos particulares fue muy a menudo en la historia de los movimientos revolucionarios la expresadora, portadora y conductora de la dictadura de las clases revolucionarias, lo demuestra la incuestionable experiencia de la historia. Con el democratismo burgués, la dictadura de individuos particulares fue sin duda compatible. Pero en este punto, los detractores burgueses del poder soviético, así como sus corifeos pequeñoburgueses, muestran siempre un juego de manos hábil: por un lado, declaran el poder soviético simplemente como algo absurdo, anárquico y salvaje, evitando cuidadosamente todas nuestras analogías históricas y pruebas teóricas de que los Soviets son la forma superior de democratismo, e incluso más: el inicio de la forma socialista de democratismo; por otro lado, nos exigen un democratismo más elevado que el burgués y dicen: con vuestro democratismo bolchevique (es decir, no burgués, sino socialista), soviético, la dictadura personal es absolutamente incompatible.

Razonamientos pésimos. Si no somos anarquistas, debemos aceptar la necesidad del Estado, es decir, de la coerción para la transición del capitalismo al socialismo. La forma de coerción está determinada por el grado de desarrollo de la clase revolucionaria dada, luego por circunstancias especiales como, por ejemplo, el legado de una guerra larga y reaccionaria, y luego por las formas de resistencia de la burguesía y la pequeña burguesía. Por lo tanto, no existe absolutamente ninguna contradicción de principio entre el democratismo soviético (es decir, socialista) y la aplicación del poder dictatorial de individuos particulares. La diferencia entre la dictadura del proletariado y la dictadura burguesa consiste en que la primera dirige sus golpes contra la minoría explotadora en interés de la mayoría explotada, y además en que la primera es ejercida —también a través de individuos particulares— no solo por las masas trabajadoras y explotadas, sino también por organizaciones construidas de tal manera que precisamente despierten a esas masas, las eleven a la creación histórica (las organizaciones soviéticas pertenecen a este tipo de organizaciones).

Sobre la segunda cuestión, acerca del significado precisamente del poder dictatorial unipersonal desde el punto de vista de las tareas específicas del momento dado, hay que decir que toda gran industria maquinizada —es decir, precisamente la fuente y el fundamento material y productivo del socialismo— exige una unidad de voluntad absoluta y estrictísima que dirija el trabajo conjunto de cientos, miles y decenas de miles de personas. Tanto técnica, económica como históricamente, esta necesidad es evidente, y siempre fue reconocida por todos los que pensaron en el socialismo como una condición del mismo. Pero, ¿cómo puede garantizarse la unidad de voluntad más estricta? —Sometiendo la voluntad de miles a la voluntad de uno.

Este sometimiento puede, con una conciencia y disciplina ideales de los participantes del trabajo común, parecerse más a la suave dirección de un director de orquesta. Puede adoptar formas severas de dictadura, si no hay disciplina y conciencia ideales. Pero, de un modo u otro, la sumisión incondicional a una sola voluntad para el éxito de los procesos de trabajo organizados según el tipo de la gran industria maquinizada es absolutamente necesaria. Para los ferrocarriles lo es doble y triplemente. Y he aquí que esta transición de una tarea política a otra, en apariencia completamente diferente, constituye toda la originalidad del momento que vivimos. La revolución acaba de romper las cadenas más viejas, más sólidas, más pesadas, a las que las masas se sometían bajo el látigo. Eso fue ayer. Pero hoy, la misma revolución, y precisamente en interés de su desarrollo y fortalecimiento, precisamente en interés del socialismo, exige la obediencia incondicional de las masas a la voluntad única de los dirigentes del proceso laboral. Es comprensible que tal transición sea impensable de inmediato. Es comprensible que solo sea realizable al precio de los mayores choques, conmociones, retornos a lo viejo, del más enorme esfuerzo de energía de la vanguardia proletaria que conduce al pueblo hacia lo nuevo. No reflexionan sobre esto quienes caen en la histeria filistea de "Nueva Vida" o de "Adelante"{72}, de "Causa del Pueblo" o de "Nuestro Siglo"{73}.

Tomemos la psicología del representante medio, corriente, de la masa trabajadora y explotada, comparemos esta psicología con las condiciones objetivas y materiales de su vida social. Antes de la Revolución de Octubre, nunca había visto en la práctica que las clases poseedoras y explotadoras sacrificaran o cedieran realmente algo serio en su favor. Nunca había visto que le dieran la tierra y la libertad tantas veces prometidas, que le dieran la paz, que sacrificaran los intereses de la «gran potencia» y de los tratados secretos de las grandes potencias, que sacrificaran el capital y las ganancias. Lo vio solamente después del 25 de octubre de 1917, cuando él mismo lo tomó por la fuerza y, también por la fuerza, tuvo que defender lo tomado frente a los Kerensky, Gots, Gueguetchkori, Dútov, Kornílov. Es comprensible que durante cierto tiempo toda su atención, todos sus pensamientos, todas las fuerzas de su alma se dirijan únicamente a respirar, enderezarse, desenvolverse, tomar los bienes de vida más inmediatos que se pueden tomar y que los explotadores derrocados no le daban. Es comprensible que se necesite cierto tiempo para que el representante corriente de la masa no solo vea por sí mismo, no solo se convenza, sino que también sienta que no se puede simplemente «tomar», arrebatar, hurtar, que esto lleva al aumento de la desorganización, a la ruina, al retorno de los Kornílov. El correspondiente viraje en las condiciones de vida (y, por consiguiente, también en la psicología) de la masa trabajadora corriente apenas comienza. Y toda nuestra tarea, la tarea del Partido Comunista (bolchevique), que es el exponente consciente de la aspiración de los explotados a la liberación, es comprender este viraje, entender su necesidad, colocarse a la cabeza de la masa extenuada y que busca fatigada una salida, conducirla por el camino correcto, por el camino de la disciplina laboral, por el camino de conciliar las tareas del asambleísmo sobre las condiciones de trabajo con las tareas de la obediencia incondicional a la voluntad del dirigente soviético, del dictador, durante el trabajo.

Del «asambleísmo» se ríen, y aún más a menudo por ello silban con saña los burgueses, mencheviques, novozhiznentsy, que solo ven caos, desorden, explosiones del egoísmo pequeño-propietario. Pero sin el asambleísmo la masa de los oprimidos jamás habría podido pasar de la disciplina impuesta por los explotadores a la disciplina consciente y voluntaria. El asambleísmo es precisamente el verdadero democratismo de los trabajadores, su enderezamiento, su despertar a una vida nueva, sus primeros pasos en el campo que ellos mismos limpiaron de sabandijas (explotadores, imperialistas, terratenientes, capitalistas) y que ellos mismos quieren aprender a organizar a su manera, para sí, sobre la base de su propio poder, el Soviético, y no de un poder ajeno, ni señorial, ni burgués. Fue precisamente necesaria la victoria de Octubre de los trabajadores sobre los explotadores, fue necesario todo un período histórico de discusión inicial por los propios trabajadores de las nuevas condiciones de vida y las nuevas tareas, para que fuera posible un tránsito firme hacia formas superiores de disciplina laboral, hacia la asimilación consciente de la idea de la necesidad de la dictadura del proletariado, hacia la obediencia incondicional a las disposiciones individuales de los representantes del poder soviético durante el trabajo.

Este tránsito ha comenzado ahora.

Hemos resuelto con éxito la primera tarea de la revolución, hemos visto cómo las masas trabajadoras elaboraron en sí mismas la condición fundamental de su éxito: la unificación de esfuerzos contra los explotadores para derrocarlos. Etapas como octubre de 1905, febrero y octubre de 1917 tienen un significado histórico mundial.

Hemos resuelto con éxito la segunda tarea de la revolución: despertar y levantar precisamente aquellos «estratos bajos» sociales que los explotadores habían empujado hacia abajo y que solo después del 25 de octubre de 1917 recibieron toda la libertad para derrocarlos y comenzar a mirar a su alrededor y organizarse a su manera. El asambleísmo de la masa más oprimida y aplastada, la menos preparada de los trabajadores, su paso al lado de los bolcheviques, la realización por ella en todas partes de su propia organización soviética: he aquí la segunda gran etapa de la revolución.

Comienza la tercera. Hay que consolidar lo que nosotros mismos hemos conquistado, lo que nosotros mismos hemos decretado, legalizado, discutido, esbozado: consolidarlo en formas firmes de la disciplina laboral cotidiana. Esta es la tarea más difícil, pero también la más agradecida, pues solo su solución nos dará el orden socialista. Hay que aprender a unir el democratismo asambleísta de las masas trabajadoras, impetuoso, que golpea como un torrente primaveral, que se desborda de todos los cauces, con la disciplina de hierro durante el trabajo, con la obediencia incondicional a la voluntad de una sola persona, del dirigente soviético, durante el trabajo.

Todavía no lo hemos aprendido.

Lo aprenderemos.

La restauración de la explotación burguesa nos amenazó ayer en la persona de los Kornílov, Gots, Dútov, Gueguetchkori, Bogáievski. Los vencimos. Esta restauración, la misma restauración, nos amenaza hoy de otra forma, en forma del elemento de la relajación y el anarquismo pequeñoburgueses, del pequeño-propietario: «mi casa es mi castillo», en forma de los ataques cotidianos, pequeños pero numerosos, de este elemento contra la disciplina proletaria. Debemos vencer este elemento de la anarquía pequeñoburguesa, y lo venceremos.

## Desarrollo de la organización soviética

El carácter socialista del democratismo soviético, es decir, proletario, en su aplicación concreta y dada, consiste, en primer lugar, en que los electores son las masas trabajadoras y explotadas, quedando excluida la burguesía; en segundo lugar, en que desaparecen todas las formalidades burocráticas y restricciones de las elecciones, siendo las propias masas quienes determinan el orden y los plazos de las elecciones, con plena libertad de revocación de los elegidos; en tercer lugar, en que se crea la mejor organización de masas de la vanguardia de los trabajadores, el proletariado industrial de gran escala, que le permite dirigir a las masas más amplias de explotados, incorporarlas a la vida política independiente, educarlas políticamente sobre su propia experiencia, de modo que por primera vez se emprende el paso para que realmente toda la población aprenda a gobernar y comience a gobernar.

Estos son los principales rasgos distintivos del democratismo que se ha aplicado en Rusia, que constituye un tipo superior de democratismo, una ruptura con su deformación burguesa, un tránsito hacia el democratismo socialista y hacia las condiciones que permiten que el Estado comience a extinguirse.

Naturalmente, el elemento de la desorganización pequeñoburguesa (que en toda revolución proletaria se manifestará inevitablemente en mayor o menor medida, y en nuestra revolución, debido al carácter pequeñoburgués del país, su atraso y las consecuencias de la guerra reaccionaria, se manifiesta con especial fuerza) no puede dejar de imprimir su sello también sobre los Soviets.

Hay que trabajar sin cesar en el desarrollo de la organización de los Soviets y del poder soviético. Existe una tendencia pequeñoburguesa a convertir a los miembros de los Soviets en "parlamentarios" o, por otra parte, en burócratas. Hay que combatir esto atrayendo a todos los miembros de los Soviets a la participación práctica en la administración. En muchos lugares, los departamentos de los Soviets se convierten en órganos que se fusionan gradualmente con los comisariados. Nuestro objetivo es la participación masiva de los pobres en la administración práctica, y todos los pasos hacia su realización – cuanto más diversos, mejor – deben ser cuidadosamente registrados, estudiados, sistematizados, verificados por una experiencia más amplia y legalizados. Nuestro objetivo es que cada trabajador cumpla con las obligaciones estatales de forma gratuita, después de cumplir la "lección" de 8 horas de trabajo productivo: la transición a esto es particularmente difícil, pero solo en esta transición reside la garantía del afianzamiento definitivo del socialismo. La novedad y la dificultad del cambio provocan, naturalmente, una abundancia de pasos dados, por así decirlo, a tientas, una abundancia de errores, vacilaciones; sin esto no puede haber ningún avance brusco hacia adelante. Toda la originalidad de la situación que atravesamos, desde el punto de vista de muchos que desean ser considerados socialistas, consiste en que la gente está acostumbrada a contraponer abstractamente el capitalismo al socialismo, y entre ambos colocaban profundamente la palabra: "salto" (algunos, recordando fragmentos de lo leído en Engels, añadían aún más profundamente: "salto del reino de la necesidad al reino de la libertad"{74}). El hecho de que los maestros del socialismo llamaran "salto" al viraje desde el ángulo de los giros de la historia mundial y que saltos de este tipo abarcan períodos de 10 años o incluso más, esto no logran pensarlo la mayoría de los llamados socialistas, que han "leído en un libro" sobre el socialismo, pero nunca han profundizado seriamente en el asunto. Es natural que la famosa "intelectualidad" proporcione en tales tiempos una cantidad infinita de plañideras por el difunto: una llora por la Asamblea Constituyente, otra por la disciplina burguesa, una tercera por el orden capitalista, una cuarta por el terrateniente culto, una quinta por la gran potencia imperialista, y así sucesivamente.

El verdadero interés de la época de los grandes saltos consiste en que la abundancia de escombros de lo viejo, acumulados a veces más rápido que la cantidad de gérmenes de lo nuevo (no siempre visibles de inmediato), exige la capacidad de destacar lo más esencial en la línea o en la cadena del desarrollo. Hay momentos históricos en los que, para el éxito de la revolución, lo más importante es acumular la mayor cantidad de escombros, es decir, volar la mayor cantidad de instituciones viejas; hay momentos en los que se ha volado lo suficiente y pasa a primer plano el trabajo "prosaico" (para el revolucionario pequeñoburgués "aburrido") de limpiar el terreno de escombros; hay momentos en los que lo más importante es el cuidado atento de los gérmenes de lo nuevo, que crecen entre los escombros en un terreno aún mal limpiado de cascajo.

No basta con ser revolucionario y partidario del socialismo o comunista en general. Hay que saber encontrar en cada momento particular ese eslabón particular de la cadena del que hay que agarrarse con todas las fuerzas para mantener toda la cadena y preparar sólidamente la transición al siguiente eslabón, siendo el orden de los eslabones, su forma, su engranaje, su diferencia entre sí en la cadena histórica de acontecimientos no tan simples ni tan tontos como en una cadena ordinaria hecha por un herrero.

La lucha contra la deformación burocrática de la organización soviética está asegurada por la solidez del vínculo de los Soviets con el "pueblo", en el sentido de trabajadores y explotados, y por la flexibilidad y elasticidad de este vínculo. Los parlamentos burgueses, incluso de la mejor república capitalista del mundo en cuanto a democracia, los pobres nunca los han considerado instituciones "propias". En cambio, los Soviets son "propios", no ajenos, para la masa de obreros y campesinos. A los "socialdemócratas" modernos, del matiz de Scheidemann o, lo que es casi lo mismo, de Mártov, los Soviets les repugnan tanto como les atrae el decoroso parlamento burgués o la Asamblea Constituyente, así como a Turguénev, hace 60 años, le atraía la moderada constitución monárquica y nobiliaria y le repugnaba el democratismo campesino de Dobroliúbov y Chernyshevski{75}.

Precisamente la cercanía de los Soviets al "pueblo" trabajador crea formas especiales de revocación y otro control desde abajo, que ahora deben ser desarrolladas con especial ahínco. Por ejemplo, los Soviets de Instrucción Pública, como conferencias periódicas de los electores soviéticos y sus delegados para discutir y controlar la actividad de las autoridades soviéticas en ese ámbito, merecen la más completa simpatía y apoyo. No hay nada más estúpido que convertir a los Soviets en algo rígido y autosuficiente. Cuanto más resueltamente debamos defender ahora un poder implacablemente firme, la dictadura de personas individuales para determinados procesos de trabajo, en determinados momentos de funciones puramente ejecutivas, tanto más diversas deben ser las formas y los modos de control desde abajo, para paralizar cualquier sombra de posibilidad de deformación del poder soviético, para arrancar repetida e incansablemente la mala hierba del burocratismo.

## Conclusión

Una situación internacional extraordinariamente pesada, difícil y peligrosa; la necesidad de maniobrar y retroceder; un período de espera de nuevas explosiones de la revolución, que madura dolorosamente lenta en Occidente; en el interior del país, un período de lenta construcción y de "apriete" implacable, de lucha prolongada y tenaz de la severa disciplina proletaria contra la amenazadora espontaneidad del relajamiento y la anarquía pequeñoburgueses; tales son, en resumen, los rasgos distintivos de la franja particular que atravesamos en la revolución socialista. Ese es el eslabón de la cadena histórica de acontecimientos del que ahora tenemos que agarrarnos con todas nuestras fuerzas para estar a la altura de la tarea hasta la transición al siguiente eslabón, que atrae por su particular brillo, el brillo de las victorias de la revolución proletaria internacional.

Intentad confrontar con el concepto común y corriente de "revolucionario" las consignas que se derivan de las particularidades de la franja que atravesamos: maniobrar, retroceder, esperar, construir lentamente, apretar implacablemente, disciplinar severamente, aplastar el relajamiento... ¿Es de extrañar que algunos "revolucionarios", al oír esto, se sientan presa de una noble indignación y comiencen a "aplastarnos" por el olvido de las tradiciones de la Revolución de Octubre, por el contemporizador con los especialistas burgueses, por los compromisos con la burguesía, por el espíritu pequeñoburgués, por el reformismo, etcétera?

La desgracia de estos seudorrevolucionarios consiste en que, incluso aquellos de ellos que se guían por las mejores intenciones del mundo y se distinguen por una devoción absoluta a la causa del socialismo, carecen de comprensión de ese estado particular y particularmente "desagradable" por el que inevitablemente debía pasar un país atrasado, desgarrado por una guerra reaccionaria e infortunada, que inició la revolución socialista mucho antes que los países más avanzados; les falta firmeza en los momentos difíciles de una transición difícil. Es natural que la "oposición oficial" de este tipo a nuestro partido la haga el partido de los socialrevolucionarios de izquierda. Las excepciones personales a los tipos grupales y de clase, por supuesto, existen y siempre existirán. Pero los tipos sociales permanecen. En un país con una abrumadora preponderancia de la población pequeñopropietaria sobre la puramente proletaria, se manifestará inevitablemente – y de vez en cuando de manera extremadamente aguda – la diferencia entre el revolucionario proletario y el pequeñoburgués. Este último vacila y titubea en cada giro de los acontecimientos, pasa de la furiosa revolucionaridad en marzo de 1917 a la alabanza de la "coalición" en mayo, al odio contra los bolcheviques (o al lamento por su "aventurerismo") en julio, a la evasiva cautelosa de ellos a finales de octubre, al apoyo a ellos en diciembre, – finalmente, en marzo y abril de 1918, tales tipos fruncen con mayor frecuencia el nariz con desdén y dicen: "Yo no soy de los que cantan himnos al trabajo 'orgánico', al practicismo y al gradualismo".

La fuente social de este tipo de personas es el pequeño propietario, que se ha vuelto loco por los horrores de la guerra, por la ruina repentina, por los sufrimientos inauditos del hambre y la devastación, que se agita histéricamente buscando una salida y una salvación, vacilando entre la confianza en el proletariado y su apoyo, por un lado, y los arrebatos de desesperación, por el otro. Es necesario comprender claramente y asimilar firmemente que sobre una base social así no se puede construir ningún socialismo. Solo puede dirigir a las masas trabajadoras y explotadas la clase que avanza por su camino sin vacilaciones, que no se desanima ni cae en la desesperación en las transiciones más difíciles, duras y peligrosas. No necesamos arrebatos histéricos. Necesitamos el paso mesurado de los batallones de hierro del proletariado.