## Capítulo IV

…

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Ahora esta tarea – que, por supuesto, no está aún suficientemente terminada y nunca puede ser agotada por completo – no ocupa ya el primer lugar entre las tareas del Poder soviético. Los últimos congresos de los Soviets, y en particular el Congreso Panruso de Moscú, demostraron que la inmensa mayoría de las clases trabajadoras se ha pasado consciente y firmemente al lado del Poder soviético en general y del partido bolchevique en particular. Por supuesto, para cualquier gobierno que sea siquiera un poco democrático, la tarea de persuadir a las masas populares nunca puede ser relegada por completo; al contrario, siempre estará entre las tareas importantes de la administración. Pero semejante tarea pasa a primer plano solo para los partidos de oposición o para los partidos que luchan por la realización de los ideales del futuro. Después de que los bolcheviques, ya bajo el zarismo, por un lado, y bajo el gobierno de Kerenski, por el otro, lograron atraer a su lado a la mayoría de los elementos activos y conscientes de las masas trabajadoras, ante nuestro partido se planteó la tarea de conquistar el poder y de aplastar la resistencia de los explotadores. En lugar de persuadir, pasó a primer plano la tarea de conquistar Rusia. Desde finales de octubre de 1917 hasta aproximadamente febrero de 1918, esta tarea combativa o militar ocupó el primer plano, como naturalmente debía ser para todo partido político que alcanza la dominación en una situación de lucha aguda y encarnizada. Es de por sí evidente que para el partido del proletariado la tarea de aplastar la resistencia de los explotadores se plantea con especial agudeza, porque contra las masas trabajadoras, que se pasan al lado del proletariado, se alzan aquí, unidos entre sí, los representantes de las clases poseedoras, armados con la fuerza del capital, con la fuerza del saber y con el hábito y la destreza de gobernar, de muchos años, por no decir de siglos. Gracias a las condiciones especiales que se han formado históricamente en Rusia bajo la influencia de las lecciones aún no olvidadas de la revolución de 1905 y bajo la influencia de las lecciones mucho más duras y agudas de la guerra actual – gracias a estas condiciones, los bolcheviques lograron resolver la tarea de conquistar el poder con relativa extremada facilidad, tanto en la capital como en los principales centros industriales de Rusia. Pero en las provincias, en los lugares alejados del centro, y especialmente en aquellas regiones de Rusia donde se concentra la mayor parte de una cierta cantidad de población, relativamente atrasada y más firmemente aferrada a las tradiciones de la monarquía y del medievo – por ejemplo, en las regiones cosacas –, el Poder soviético tuvo que soportar una resistencia que adoptó formas militares, y solo ahora, después de más de cuatro meses desde la Revolución de Octubre, llega a su completo fin. En la actualidad, la tarea de vencer y aplastar la resistencia de los explotadores en Rusia está terminada en sus rasgos principales. Rusia ha sido conquistada por los bolcheviques, principalmente porque – como lo reconoció recientemente el más destacado dirigente de la contrarrevolución cosaca en el Don, Bogáyevski – la inmensa mayoría del pueblo, incluso entre los cosacos, se ha pasado consciente, firme y resueltamente al lado de los bolcheviques. Pero las condiciones especiales en que se hallan colocadas las clases poseedoras por su situación económica les dan la posibilidad natural de organizar no solo la resistencia pasiva (sabotaje), sino también de repetir el intento de resistencia militar al Poder soviético. Por eso, la tarea de aplastar la resistencia de los explotadores tampoco puede considerarse terminada por completo. Pero, en todo caso, ahora está resuelta ya en sus rasgos principales y pasa a segundo plano. El Poder soviético no se permitirá olvidar ni un minuto esta tarea y de ningún modo se dejará distraer de su cumplimiento por cualquier consigna o declamación política o pretendidamente socialista. Es preciso hacer esta salvedad porque los mencheviques y los socialrevolucionarios de derecha se comportan entre nosotros como los elementos más activos, a veces incluso los más insolentes, de la contrarrevolución, manteniendo una lucha contra el Poder soviético mucho más violenta de la que se permitían contra los gobiernos reaccionarios y terratenientes, y confiando en la protección de la etiqueta o el nombre de su partido. Es comprensible que el Poder soviético nunca se detenga en el cumplimiento de su tarea de aplastar la resistencia de los explotadores, bajo cualquier bandera de partido o bajo cualquier consigna popular y respetable que se encubra esa resistencia. Pero la tarea de aplastar la resistencia está ahora terminada en sus rasgos principales, y se plantea en el orden del día la tarea de administrar el Estado.

He aquí que este paso de la tarea, que ocupaba el primer lugar, de persuadir a las masas de la población y de la tarea de conquistar el poder y de aplastar militarmente a los explotadores que resisten – paso a la tarea de administrar el Estado que pasa a ocupar el primer lugar – constituye el rasgo principal del momento que atravesamos. La dificultad del Poder soviético consiste en gran medida en lograr que asimilen claramente las particularidades de este paso tanto los dirigentes políticos del pueblo como todos los elementos conscientes de las masas trabajadoras en general. Porque es de por sí evidente que el paso a las tareas pacíficas de administración de toda la población sin distinción de clases – es evidente que semejante paso, en una situación de guerra civil aún no terminada en algunos lugares, en una situación de enormes peligros militares que amenazan a la República soviética tanto por el oeste como por el este, y, finalmente, en una situación de desorganización inaudita creada por la guerra – semejante paso presenta enormes dificultades.

## Capítulo V

La tarea de administrar el Estado, que ahora se ha planteado en primer plano ante el Poder soviético, presenta además la particularidad de que se trata ahora – quizás por primera vez en la historia moderna de los pueblos civilizados – de una administración en la que adquiere importancia preponderante no la política, sino la economía. Por lo general, con la palabra «administración» se vincula precisamente y ante todo una actividad predominantemente, o incluso puramente, política. Mientras que las bases mismas, la esencia misma del Poder soviético, así como la esencia misma del paso de la sociedad capitalista a la sociedad socialista, consisten en que las tareas políticas ocupan un lugar subordinado con respecto a las tareas económicas. Y ahora, en particular después de la experiencia práctica de más de cuatro meses de existencia del Poder soviético en Rusia, debe sernos completamente claro que la tarea de administrar el Estado se reduce ahora ante todo y en primer lugar a la tarea puramente económica de curar al país de las heridas que le ha infligido la guerra, de restaurar las fuerzas productivas, de organizar el control y la contabilidad de la producción y la distribución de los productos, de elevar la productividad del trabajo – en una palabra, se reduce a la tarea de la reorganización económica.

Se puede decir que esta tarea se divide en dos rúbricas principales: 1) la contabilidad y el control de la producción y la distribución de los productos, en las formas más amplias, universales y omnicomprensivas de dicha contabilidad y control; y 2) la elevación de la productividad del trabajo. Estas tareas pueden ser resueltas por cualquier colectividad o cualquier Estado que pase al socialismo solo a condición de que las premisas económicas, sociales, culturales y políticas fundamentales para ello hayan sido creadas en grado suficiente por el capitalismo. Sin la gran producción maquinizada, sin una red más o menos desarrollada de ferrocarriles, de comunicaciones postales y telegráficas, sin una red más o menos desarrollada de instituciones de instrucción pública – ni una ni otra tarea, en forma sistemática y en escala nacional, podrían ser resueltas de modo absoluto. Rusia se halla en una situación tal que cuenta ya con una serie de premisas iniciales para semejante transición. Por otra parte, una serie de dichas premisas faltan en nuestro país, pero pueden ser tomadas de la experiencia práctica de los países vecinos, mucho más avanzados, hace tiempo colocados por la historia y las relaciones internacionales en estrecha conexión con Rusia.

## Capítulo VI

La tarea fundamental de toda sociedad que transita hacia una organización socialista consiste en la victoria de la clase dominante —o, más exactamente, de la clase que se está convirtiendo en dominante—, el proletariado, sobre la burguesía, conforme a lo expuesto anteriormente. Y esta tarea se nos presenta ahora en gran medida de una manera nueva, completamente distinta a como la planteó durante muchas y muchas décadas la experiencia mundial de la lucha del proletariado contra la burguesía. Por victoria sobre la burguesía, después de las conquistas de la Revolución de Octubre, después de los éxitos en la guerra civil, podemos y debemos entender ahora algo mucho más elevado, aunque en la forma más pacífico: precisamente, la victoria sobre la burguesía debe ser alcanzada ahora, después de que esta victoria se ha logrado políticamente y se ha consolidado militarmente; ahora esta victoria debe alcanzarse en el ámbito de la organización de la economía nacional, en el ámbito de la organización de la producción, en el ámbito de la contabilidad y el control de todo el pueblo. Las tareas de contabilidad y control de la producción las resolvía la burguesía con tanto mayor éxito cuanto más grande se hacía la producción, cuanto más densa se volvía la red de instituciones económicas estatales que abarcaban a decenas y centenares de millones de habitantes del moderno gran Estado. Esta tarea debemos resolverla ahora de una manera nueva, apoyándonos en la posición dominante del proletariado, en el apoyo que le brinda la mayoría de las masas trabajadoras y explotadas, utilizando los elementos de talento organizativo y conocimiento técnico acumulados por la sociedad anterior, los cuales en nueve décimas partes, y quizás incluso en noventa y nueve centésimas, pertenecen a la clase que se opone hostilmente a la revolución socialista.

Capítulo VII

El imperialismo alemán, que representa actualmente el mayor progreso no solo en poderío militar y técnica bélica, sino también en las grandes organizaciones industriales en el marco del capitalismo, ha señalado, entre otras cosas, su progresividad económica al haber implementado antes que otros Estados la transición al servicio laboral obligatorio. Es comprensible que en las condiciones de la sociedad capitalista en general, y especialmente en las condiciones de los Estados monárquicos que libraban una guerra imperialista, el servicio laboral obligatorio no sea otra cosa que una prisión militar de trabajos forzados para los obreros, un nuevo medio de esclavización de las masas trabajadoras y explotadas, un nuevo sistema de medidas para reprimir toda protesta de estas masas. Pero, no obstante, sigue siendo indudable que solo gracias a las premisas económicas creadas por el gran capitalismo pudo plantearse y realizarse una reforma así. Y ahora, en las condiciones creadas por la increíble devastación de posguerra, sin duda debemos situar una reforma similar entre las primeras prioridades. Pero es comprensible que el Poder Soviético, que transita de la organización capitalista de la sociedad a la socialista, deba comenzar la implementación del servicio laboral obligatorio por un extremo completamente diferente al por el que comenzó a implementarlo el imperialismo alemán. Para los capitalistas e imperialistas de Alemania, el servicio laboral obligatorio significaba la esclavización de los obreros. Para los obreros y los campesinos más pobres de Rusia, el servicio laboral obligatorio debe significar, ante todo y sobre todo, la incorporación de las clases ricas y poseedoras al cumplimiento de su servicio social. Debemos comenzar a implementar el servicio laboral obligatorio por los ricos.

La necesidad de esto se deriva, en términos generales, no solo del hecho de que la República Soviética sea una república socialista. La necesidad de esto se deriva también de que fueron precisamente las clases ricas y poseedoras, con su resistencia tanto militar como pasiva (el sabotaje), las que más dificultaron la curación de las heridas infligidas a Rusia por la guerra, la obra de saneamiento económico y de reactivación del país. Y por ello la contabilidad y el control, que deben situarse ahora en la base de toda la administración estatal, deben exigirse ante todo a los representantes de las clases ricas y poseedoras. Fueron precisamente los representantes de estas clases quienes se aprovecharon del tributo que recaudaron de los trabajadores en proporciones especialmente grandes durante la guerra; fueron precisamente ellos quienes se aprovecharon de ese tributo para eludir el cumplimiento de las tareas obligatorias para cada ciudadano de participar en la curación del país y en su renovación; fueron precisamente ellos quienes se aprovecharon del tributo saqueado para atrincherarse y parapetarse en un bastión inexpugnable y oponer toda clase de resistencia al triunfo del principio socialista de organización de la sociedad sobre el capitalista. Uno de los principales medios de esa lucha contra el Poder Soviético y contra el socialismo fue para las clases ricas y poseedoras la posesión de considerables reservas de signos monetarios. La riqueza de las clases poseedoras en la sociedad capitalista consistía ante todo en que poseían la tierra y otros medios de producción: fábricas, plantas industriales, etc. Al Poder Soviético no le fue difícil, gracias al apoyo de los obreros y de la inmensa mayoría de los campesinos, abolir el derecho de los terratenientes y la burguesía sobre esa forma fundamental de riqueza del país. No fue difícil decretar la abolición de la propiedad privada de la tierra. No fue difícil nacionalizar la mayor parte de las fábricas y plantas industriales. No hay duda de que la nacionalización de las restantes grandes empresas industriales y de los medios de transporte constituye una tarea que se realizará fácilmente en un futuro muy cercano.

Pero la sociedad capitalista creó otra forma de riqueza, con la que al Poder Soviético le resulta mucho menos fácil saldar cuentas. Esa forma de riqueza es el dinero, o más exactamente, los signos monetarios. Durante la guerra, la emisión de signos monetarios alcanzó proporciones especialmente grandes. Rusia quedó separada por un muro de operaciones militares del intercambio comercial con toda una serie de países que hasta entonces habían participado sobre todo en la importación y exportación desde Rusia. Y la acumulación de signos monetarios en manos de las clases ricas y poseedoras, que casi en su totalidad participaron, tanto directa como indirectamente, en la especulación con los altos precios de los suministros y contratos militares; esa acumulación de una gran cantidad de signos monetarios es uno de los principales medios de acumulación de riquezas y de acumulación del poder de las clases poseedoras sobre los trabajadores. En la actualidad, la situación económica de Rusia —como la de cualquier país capitalista que probablemente haya sufrido una guerra de tres años— se caracteriza por el hecho de que en manos de una minoría relativamente pequeña de la burguesía y las clases poseedoras se concentran y ocultan gigantescas reservas de signos monetarios, muy devaluados por la enorme emisión de papel moneda, pero que, no obstante, representan hasta hoy un certificado del derecho a cobrar tributo a la población trabajadora.

Al pasar de la sociedad capitalista a la socialista, prescindir de los signos monetarios o reemplazarlos en un corto plazo por otros nuevos parece algo completamente imposible. El poder soviético tiene ahora ante sí una tarea difícil que, sin embargo, debe ser resuelta a toda costa: la tarea de luchar contra la resistencia de los ricos, resistencia que adopta la forma de guardar y ocultar los certificados para cobrar tributo a los trabajadores. Tales certificados son los signos monetarios. Por supuesto, en la medida en que estos signos monetarios daban antes derecho a adquirir, a comprar medios de producción, por ejemplo tierra, fábricas, plantas industriales, etc., en esa medida el valor de estos signos monetarios cae e incluso se reduce completamente a cero. Pues la compra de tierra ya se ha vuelto imposible en Rusia después de la publicación de la ley sobre socialización de la tierra, y la compra de fábricas y plantas industriales, así como de grandes medios de producción y transporte similares, se ha vuelto casi imposible gracias al rápido proceso de nacionalización y confiscación de todas las grandes empresas de este tipo. Por lo tanto, adquirir sumas de dinero para comprar medios de producción se vuelve para los representantes de la burguesía y las clases poseedoras (incluyendo a la burguesía campesina) algo cada vez más difícil y casi imposible. Pero defendiendo sus viejos privilegios y tratando de retrasar y dificultar lo más posible la obra de transformación socialista del país, la burguesía guarda y oculta sus certificados sobre la parte de la riqueza social, sus certificados para cobrar tributo a los trabajadores, guarda y oculta los signos monetarios para asegurarse al menos algunas posibilidades de conservar su posición y de retornar a los viejos privilegios en caso de dificultades o crisis de carácter militar y comercial que puedan aún caer sobre Rusia.

En lo que respecta a los artículos de consumo, la posibilidad de adquirirlos con las sumas de signos monetarios acumulados por la especulación durante la guerra ha permanecido casi completamente para la burguesía y las clases poseedoras, porque la tarea de una correcta regulación, de una correcta distribución de estos artículos de consumo en un país como Rusia, con una enorme cantidad de pequeñas capas campesinas y de pequeños artesanos o artesanos domésticos, esta tarea presenta enormes dificultades, y en las condiciones de devastación creadas por la guerra, esta tarea hasta ahora sigue casi sin resolver. Y así, el poder soviético se ve obligado a comenzar el control y la contabilidad de la producción y distribución de productos con una lucha organizada contra las clases ricas y poseedoras, que ocultan a todo control estatal enormes sumas de signos monetarios.

Se puede considerar que en Rusia se han emitido actualmente alrededor de 30 mil millones de rublos en signos monetarios. De esta suma, probablemente no menos de 20 mil millones, y quizás considerablemente más, representan una reserva que es completamente innecesaria para el intercambio comercial y que es guardada, escondida, ocultada por los representantes de la burguesía y las clases poseedoras con fines egoístas, o egoístas de clase.

El poder soviético deberá combinar la introducción del servicio laboral con el registro, ante todo, de los representantes de la burguesía y las clases poseedoras, deberá exigir una declaración veraz (declaración) sobre la cantidad de signos monetarios que poseen, deberá tomar una serie de medidas para que esta exigencia no quede en el papel, deberá considerar medidas transitorias para concentrar todas las reservas de signos monetarios en el Banco del Estado o en sus sucursales. Sin este tipo de medidas, la contabilidad y el control sobre la producción y distribución de productos no pueden llevarse a cabo hasta el final.

Capítulo VIII

Pero la introducción del servicio laboral no puede limitarse a la contabilidad y el control sobre aquellas sumas de signos monetarios que están concentradas en manos de las clases poseedoras. El poder soviético tendrá que aplicar los principios del servicio laboral también con respecto a la actividad directa de la burguesía y las clases poseedoras en el ámbito de la gestión de empresas y el servicio de estas empresas con toda clase de trabajo auxiliar: contable, de oficina, de cálculo, técnico, administrativo, etc. En este aspecto, la tarea del poder soviético también se desplaza ahora del ámbito de la lucha directa contra el sabotaje al ámbito de la organización sistemática del trabajo en las nuevas condiciones, pues después de las victorias obtenidas por el poder soviético en la guerra civil, desde octubre hasta febrero, las formas pasivas de resistencia, precisamente: el sabotaje por parte de la burguesía y la intelectualidad burguesa, fueron en esencia quebrantadas. No es casualidad que en la actualidad observemos un giro enormemente amplio, se podría decir masivo, en el estado de ánimo y la conducta política en el campo de los antiguos saboteadores, es decir, los capitalistas y la intelectualidad burguesa. Ahora tenemos ante nosotros, en todos los ámbitos de la vida económica y política, la oferta de servicios por parte de un gran número de intelectuales burgueses y agentes de la economía capitalista: su oferta de servicios al poder soviético. Y la tarea del poder soviético consiste ahora en saber aprovechar estos servicios, que son absolutamente necesarios para la transición al socialismo, especialmente en un país campesino como Rusia, y que deben ser tomados con plena observancia de la supremacía, dirección y control del poder soviético sobre sus nuevos ayudantes y asistentes, que a menudo actuaban contra su voluntad y con la esperanza secreta de impugnar ese poder soviético.

Para mostrar cuán necesario es para el poder soviético aprovechar precisamente para la transición al socialismo los servicios de la intelectualidad burguesa, nos permitiremos usar una expresión que a primera vista parecerá una paradoja: hay que aprender socialismo en gran medida de los dirigentes de los trusts, hay que aprender socialismo de los más grandes organizadores del capitalismo. Que esto no es una paradoja, cualquiera puede convencerse fácilmente si reflexiona sobre que precisamente las grandes fábricas, precisamente la gran industria maquinizada, que desarrolló hasta límites inauditos la explotación de los trabajadores, son precisamente las grandes fábricas los centros de concentración de aquella clase que solo ella fue capaz de destruir el dominio del capital e iniciar la transición al socialismo. No es de extrañar, por lo tanto, que para resolver las tareas prácticas del socialismo, cuando su aspecto organizativo está en el orden del día, debamos necesariamente atraer a la colaboración con el poder soviético a un gran número de representantes de la intelectualidad burguesa, especialmente entre aquellos que estaban ocupados en el trabajo práctico de organización de la producción más grande dentro del marco capitalista, y por lo tanto, en primer lugar, la organización de sindicatos, cárteles y trusts. Para resolver esta tarea, el poder soviético requerirá, por supuesto, tensión de energía, iniciativa de las amplias masas de trabajadores en todos los ámbitos de la economía nacional, pues a los llamados líderes de la industria, a los antiguos jefes y explotadores, el poder soviético nunca les dará su antigua posición. Los antiguos líderes de la industria, los antiguos jefes y explotadores, deben ocupar el lugar de expertos técnicos, directores, consultores, consejeros. Debe resolverse la tarea difícil y nueva, pero sumamente agradecida, de combinar toda la experiencia y conocimiento que estos representantes de las clases explotadoras han acumulado, con la iniciativa propia, la energía, el trabajo de las amplias capas de las masas trabajadoras. Pues solo esta combinación puede crear el puente que conduce de la vieja sociedad capitalista a la nueva sociedad socialista.

Si la revolución socialista hubiera triunfado simultáneamente en todo el mundo o, al menos, en una serie de países avanzados, la tarea de atraer al proceso de nueva organización de la producción a los mejores especialistas técnicos entre los dirigentes del viejo capitalismo se habría visto extraordinariamente facilitada. A la atrasada Rusia no le habría correspondido entonces pensar por sí sola en la solución de esta tarea, pues los obreros avanzados de los países de Europa occidental habrían acudido en nuestra ayuda y nos habrían quitado gran parte de las dificultades en esa tarea más difícil de la transición al socialismo, que se denomina tarea organizativa. Ahora, en la situación real actual, cuando el avance de la revolución socialista en Occidente se ha ralentizado y retrasado, y Rusia se ve obligada a tomar medidas aceleradas para su reorganización –simplemente, aunque sea en interés de salvar a la población del hambre, y luego en interés de salvar a todo el país de una posible invasión militar–, ahora nos vemos obligados a tomar prestado de los países avanzados no la ayuda de la organización socialista y el apoyo de los obreros, sino la ayuda de la burguesía y la intelectualidad capitalista de allí.

Y las circunstancias se configuran de tal manera que podemos obtener esta ayuda organizando la colaboración de la intelectualidad burguesa en la resolución de los nuevos problemas organizativos del Poder Soviético. Se puede obtener esta colaboración mediante una remuneración elevada del trabajo de los mejores especialistas en cada rama del saber, tanto los pertenecientes a nuestro Estado como los tomados del extranjero. Por supuesto, desde el punto de vista de una sociedad socialista ya desarrollada, parece completamente injusto e incorrecto que los representantes de la intelectualidad burguesa reciban una remuneración por su trabajo inmensamente más alta que la remuneración del trabajo de las capas más destacadas de la clase obrera. Pero en las condiciones de la realidad práctica…[19] debemos resolver sin falta la tarea apremiante mediante esta remuneración (injusta) de los especialistas burgueses según normas mucho más altas. Si, por ejemplo, admitiéramos que Rusia, para organizar la producción sobre bases nuevas, para elevar la productividad del trabajo, para enseñar a nuestro pueblo el arte de trabajar en mejores condiciones –si admitiéramos que para ello tuviéramos que contratar, digamos, a dos mil de los más grandes especialistas de diversos campos del saber–, especialistas entre los rusos y aún más entre los extranjeros, digamos, americanos –, si tuviéramos que pagarles al año cincuenta o cien millones de rublos, entonces, desde el punto de vista de los intereses de la economía nacional, en general desde el punto de vista del paso de los métodos de producción anticuados a los más modernos y perfeccionados, tal gasto parecería completamente justificado. Por la enseñanza de los mejores métodos y procedimientos de producción, hay que dar esa suma, y vale la pena darla, y tendremos que darla porque la única otra posibilidad de obtener tal dirección la crearía exclusivamente el triunfo de la revolución socialista en otros países.

Por supuesto, la utilización del trabajo y las directrices de los representantes de la intelectualidad burguesa, combinada con el control necesario ejercido por las organizaciones democráticas de los trabajadores y los Soviets, creará toda una serie de nuevos problemas, pero estos problemas son completamente solubles. Y no podemos detenernos ante ninguna dificultad para resolver estos problemas, pues no tenemos otra salida hacia una organización superior de la producción en la situación actual de las cosas.

Iré más lejos. El gran capitalismo creó tales sistemas de organización del trabajo que, bajo la condición de la explotación de las masas de la población, fueron la forma más cruel de esclavización y de exprimir cantidad adicional de trabajo, fuerza, sangre y nervios por parte de la minoría de las clases poseedoras a los trabajadores, pero que al mismo tiempo son la última palabra de la organización científica de la producción, que deben ser adoptados por la república soviética socialista, que deben ser reelaborados por ella en interés de la realización de nuestra contabilidad y control sobre la producción, por un lado, y luego – para elevar la productividad del trabajo, por otro lado. Por ejemplo, el famoso sistema Taylor, que ha tenido gran difusión en América, es famoso precisamente porque representa la última palabra de la más desenfrenada explotación capitalista. Es comprensible, por lo tanto, que este sistema haya encontrado en las masas obreras tal cantidad de odio e indignación. Pero al mismo tiempo no podemos olvidar ni un momento que en el sistema Taylor reside un enorme progreso de la ciencia, que analiza sistemáticamente el proceso de producción y abre caminos para un enorme aumento de la productividad del trabajo humano. Las investigaciones científicas iniciadas en América en relación con la introducción del sistema Taylor, en particular el estudio de los movimientos, como dicen los americanos, han proporcionado un enorme material que permite enseñar a la población trabajadora métodos de trabajo en general y de organización del trabajo en particular inmensamente superiores.

Lo negativo del sistema Taylor era que se aplicaba en el ambiente de la esclavitud capitalista y servía como medio para exprimir de los obreros una cantidad doble o triple de trabajo con el mismo salario, sin tener en cuenta en absoluto la capacidad de los obreros asalariados de dar, sin perjuicio para el organismo humano, esa cantidad doble o triple de trabajo con el mismo número de horas de trabajo. A la república soviética socialista le corresponde la tarea que se puede formular brevemente así: debemos introducir el sistema Taylor y la elevación científica americana de la productividad del trabajo en toda Rusia, combinando este sistema con la reducción de la jornada laboral, con la utilización de nuevos procedimientos de producción y organización del trabajo sin ningún perjuicio para la fuerza de trabajo de la población trabajadora. Al contrario, correctamente dirigida por los propios trabajadores, si son lo suficientemente conscientes, la aplicación del sistema Taylor servirá como el medio más seguro para una ulterior y enorme reducción de la jornada laboral obligatoria para toda la población trabajadora, servirá como el medio más seguro para que, en un período de tiempo bastante breve, realicemos la tarea que se puede expresar aproximadamente así: seis horas de trabajo físico para cada ciudadano adulto diariamente y cuatro horas de trabajo en la administración del Estado.

El paso a un sistema de este tipo requerirá muchas nuevas habilidades y nuevas instituciones organizativas. No hay duda de que este tránsito nos causará no pocas dificultades y que el planteamiento de tal tarea provocará incluso perplejidad, y quizás resistencia, en algunas capas entre los propios trabajadores. Pero se puede estar seguro de que los elementos avanzados de la clase obrera comprenderán la necesidad de tal tránsito y que, dadas las condiciones de terrible desorganización de la economía nacional que ahora se están manifestando para las ciudades y los campos, cuando millones de personas, arrancadas de la economía y que ven por primera vez todo el grado de desorganización causada por la guerra, han regresado del frente, no hay duda de que el terreno para preparar la opinión pública de los trabajadores en esta dirección está creado, y que el tránsito que hemos esbozado aproximadamente más arriba será planteado como tarea práctica por todos los elementos conscientes y avanzados de las clases trabajadoras, que hoy se han situado del lado del Poder Soviético.

Capítulo IX

La transición económica de este carácter exige también de los representantes del poder soviético un cambio correspondiente en las funciones de los dirigentes. Es completamente natural que, en la situación en que se destacaba como tarea primordial la de convencer a la mayoría del pueblo o conquistar el poder y suprimir la resistencia de los explotadores, es completamente natural que también entre los dirigentes se destacaran en primer lugar, predominantemente, agitadores hacia las masas, con las que el poder soviético está más vinculado que ninguna otra forma de poder democrático anterior. Es completamente natural que para convencer a la mayoría de la población o para arrastrarla a la lucha militar, dura y difícil, contra los explotadores, se requerían especialmente capacidades de agitador. Por el contrario, las tareas que fueron esbozadas brevemente más arriba y que consisten en el control y la contabilidad de la producción y distribución de los productos, destacan ya en primer lugar a los dirigentes y organizadores prácticos. En correspondencia con esto debe realizarse una cierta revalorización de los dirigentes, un cierto reemplazo de los mismos, en la medida en que es imposible su adaptación a las nuevas condiciones y a la nueva tarea. Es natural que para el estado mayor de dirigentes de la época anterior, adaptado predominantemente a las tareas de agitador, sea muy difícil esta transición. Es natural que una serie entera de errores haya sido inevitable debido a esto. Y ahora hay que lograr, a toda costa, que tanto los dirigentes como las masas de electores soviéticos, es decir, las masas trabajadoras y explotadas, comprendan realmente la necesidad del cambio aquí indicado.

Entre las masas trabajadoras y explotadas hay muchos más talentos y capacidades de organizador que talentos y capacidades de agitador, porque todo el entorno de la vida laboral de estas clases exigía de ellas mucha más habilidad para organizar el trabajo conjunto, la contabilidad y el control de la producción y distribución de los productos. Por el contrario, las condiciones anteriores de vida promovían en mucha menor medida, desde las propias masas, a activistas con talento de agitador o propagandista. Quizá por eso observamos ahora tan a menudo que los agitadores y propagandistas de profesión o por vocación tienen que asumir tareas de organizador, tienen que convencerse a cada paso de su escasa adaptación para resolver estas tareas, tienen que experimentar decepción y descontento por parte de obreros y campesinos. No es raro encontrar por parte de las clases del país hostiles a la reorganización socialista de la sociedad, por parte de los representantes de los partidos burgueses o de aquellos que se llaman a sí mismos socialistas, pero que en realidad suelen servir diligentemente a la burguesía, como los mencheviques y los socialrevolucionarios de derecha, no es raro encontrar por su parte regocijo malicioso por estos errores y fracasos del poder soviético. En realidad, tan históricamente inevitables fueron estos errores, igualmente está claro que las deficiencias en este ámbito son solo la enfermedad del crecimiento de la nueva sociedad socialista. Reaprender para situar en el primer lugar que le corresponde al agitador práctico, es posible reaprender así, y sin duda que los representantes del poder soviético en todos los confines de Rusia sabrán hacerlo sin gran dificultad. Pero para ello se necesita tiempo, y solo la experiencia práctica de los errores cometidos puede engendrar una clara conciencia de la necesidad del cambio, puede promover toda una serie, o incluso todo un estrato, de personas aptas para resolver las nuevas tareas. Entre los obreros y campesinos hay sin duda más talentos organizativos de lo que imagina y supone la burguesía, pero la cuestión es que estos talentos no tienen ninguna posibilidad de destacarse, consolidarse, conquistarse una posición en las condiciones de la economía capitalista.

Y, por el contrario, si comprendemos claramente ahora la necesidad de atraer ampliamente nuevos talentos organizativos a la tarea de la administración del Estado, si nosotros, partiendo precisamente de los principios del poder soviético, impulsamos sistemáticamente hacia adelante a los activistas probados por la práctica en este ámbito, entonces lograremos en poco tiempo que, sobre la base de los principios desarrollados por el poder soviético, lanzados a las masas y realizados luego por estas bajo el control de los miembros de las instituciones soviéticas que representan a la masa, surja un nuevo estrato de organizadores prácticos de la producción, conquiste su posición, ocupe el lugar dirigente que le corresponde.

**Capítulo X**

Del trabajo obligatorio aplicado a los ricos, el poder soviético deberá pasar, o más bien, simultáneamente deberá plantear la tarea de aplicar los principios correspondientes a la mayoría de los trabajadores, obreros y campesinos. Aquí la tarea de introducir el trabajo obligatorio nos presenta otro aspecto. A esta tarea hay que abordarla de otro modo y poner en primer plano no lo que debe realizarse respecto a las clases ricas. Para nosotros no hay necesidad absoluta de registrar a todos los representantes del pueblo trabajador, de vigilar sus reservas de signos monetarios o su consumo, porque todas las condiciones de vida condenan a la inmensa mayoría de estas categorías de la población a la necesidad de trabajar y a la imposibilidad de acumular ninguna reserva, salvo las más escasas. Por lo tanto, la tarea de establecer el trabajo obligatorio en este ámbito se transforma en la tarea de establecer la disciplina laboral y la autodisciplina.

En la vieja sociedad capitalista, la disciplina sobre los trabajadores la ejercía el capital mediante la constante amenaza del hambre. Y como esta amenaza de hambre se combinaba con un trabajo inmensamente pesado y con la conciencia de los trabajadores de que trabajaban no para sí mismos, sino para el bien ajeno, el entorno del trabajo se convertía en una lucha constante de la inmensa mayoría de los trabajadores contra los dirigentes de la producción. Sobre esta base era inevitable la creación de una psicología tal que la opinión pública de los trabajadores no solo no perseguía el mal trabajo o el escaqueo del trabajo, sino que, por el contrario, veía en ello una protesta inevitable y legítima o un medio de resistencia a las exigencias desmedidas del explotador. Si ahora la prensa burguesa y sus correveidiles gritan tanto sobre la anarquía entre los obreros, sobre su relajación o sobre sus exigencias desmedidas, el carácter malicioso de esta crítica es demasiado evidente para que valga la pena detenerse en ello largamente. Es comprensible que en un país en el que la mayoría de la población ha pasado un hambre y un agotamiento tan inauditos como la población de Rusia en los últimos tres años, es comprensible que toda una serie de casos de completa decadencia del ánimo y de completa decadencia de toda organización fuera completamente inevitable. Exigir en este sentido una rápida transición o esperar que se puedan lograr cambios en este sentido con unos pocos decretos sería tan absurdo como si mediante exhortaciones se intentara infundir vigor de espíritu y capacidad de trabajo a un hombre que ha sido golpeado hasta quedar medio muerto. Solo el poder soviético, creado por los propios trabajadores y que cuenta con el crecimiento de la recuperación entre las masas trabajadoras, podrá realizar cambios radicales en este sentido.

Entre los representantes del poder soviético y entre sus partidarios, por ejemplo, entre los dirigentes avanzados de los sindicatos, ya ha madurado plenamente la necesidad de elaborar medidas sistemáticas para elevar la autodisciplina de los trabajadores. No hay duda de que en el entorno de la sociedad capitalista en general, y más aún en el entorno de esa especulación furiosa y desenfrenada creada por la guerra, ha penetrado en la clase obrera una desmoralización con la que no se puede dejar de luchar seriamente. Tanto más cuanto que, debido a la guerra, la composición de los destacamentos avanzados de la clase obrera ha cambiado no para mejor. Por lo tanto, la creación de la disciplina entre los trabajadores, la organización del control sobre la medida del trabajo, sobre la intensidad del trabajo, la introducción de tribunales industriales especiales para establecer la medida del trabajo, para responsabilizar a todo infractor doloso de esta medida, para influir sistemáticamente sobre la mayoría con el fin de elevar esta medida, todo esto se plantea ahora como la tarea más acuciante del poder soviético.

Hay que tener en cuenta, en la medida de lo posible, que en la sociedad burguesa uno de los principales instrumentos de educación social, a saber, la prensa, no cumplió en absoluto su cometido en el ámbito que examinamos. Hasta hoy, nuestra prensa soviética se encuentra aún en gran medida bajo la influencia de las viejas costumbres y las viejas tradiciones de la sociedad burguesa. Esto se manifiesta, entre otras cosas, en que nuestra prensa sigue dedicando, como la vieja prensa burguesa, un espacio y una atención desmedidos a esas pequeñeces de la política, a esas cuestiones personales de la dirección política con las que los capitalistas de todos los países trataban de desviar la atención de las masas populares de las cuestiones verdaderamente serias, profundas y fundamentales de su vida. Y en este aspecto nos queda aún por resolver casi de nuevo una tarea para cuya solución existen todos los presupuestos materiales, pero falta tan solo la conciencia de la necesidad de esta tarea y la disposición a resolverla. Esta tarea consiste, precisamente, en convertir la prensa de órgano dedicado principalmente a comunicar las noticias políticas del día en un órgano serio de educación económica de las masas de la población. Será necesario lograr, y lo lograremos, que la prensa al servicio de las masas soviétikas dedique menos espacio a las cuestiones relativas a la composición personal de la dirección política, o a las medidas políticas de noveno orden que constituyen la actividad cotidiana, el trabajo rutinario de todas las instituciones políticas. En primer lugar, la prensa deberá situar las cuestiones del trabajo en su planteamiento directamente práctico. La prensa debe convertirse en órgano de la comuna laboral en el sentido de dar publicidad precisamente a lo que los dirigentes de las empresas capitalistas trataban de ocultar a las masas. Para el capitalista, la organización interna de su empresa representaba algo protegido por el secreto comercial de las miradas del público ajeno, algo donde, según parecía, quería ser todopoderoso y único dueño, protegido no solo de la crítica, no solo de la injerencia ajena, sino también de la mirada ajena. Por el contrario, para el poder soviético, precisamente la organización del trabajo en las grandes empresas individuales y en las comunidades rurales individuales es la cuestión más importante, fundamental y acuciante de toda la vida social. Nuestro primer y principal medio para elevar la autodisciplina de los trabajadores y para pasar de los viejos métodos de trabajo, completamente inservibles, o de los métodos de holgazanería propios de la sociedad capitalista, debe ser la prensa, que ponga al descubierto las deficiencias de la vida económica de cada comuna laboral, estigmatice sin piedad esas deficiencias, revele abiertamente todas las llagas de nuestra vida económica y, de este modo, apele a la opinión pública de los trabajadores para la curación de esas llagas. Que tengamos diez veces menos material periodístico (quizás sería bueno que fuera cien veces menos) dedicado a la llamada actualidad del día, pero que tengamos una prensa difundida en cientos de miles y millones de ejemplares que familiarice a toda la población con la organización ejemplar del trabajo en las pocas comunas laborales del Estado que van adelantadas a las demás. Cada fábrica, cada artel y empresa agrícola, cada aldea que pasa a la nueva agricultura con la aplicación de la ley de socialización de la tierra, es ahora, en el sentido de las bases democráticas del poder soviético, una comuna independiente con una organización interna del trabajo. En cada una de estas comunas, el aumento de la autodisciplina de los trabajadores, su capacidad para trabajar en armonía con los dirigentes-especialistas, aunque sean de la intelectualidad burguesa, la consecución de resultados prácticos en el sentido del aumento de la productividad del trabajo, del ahorro de trabajo humano, de la conservación de los productos frente al espantoso despilfarro del que sufrimos desmesuradamente en la actualidad: he aquí lo que debe constituir el contenido de la mayor parte del material de nuestra prensa soviética. He aquí por qué camino podemos y debemos lograr que la fuerza del ejemplo se convierta ante todo en un modelo moral, y luego introducido coercitivamente, de organización del trabajo en la nueva Rusia soviética.

En la sociedad capitalista hubo repetidos ejemplos de organización de comunas laborales por parte de personas que esperaban convencer pacífica e indoloramente a la humanidad de la superioridad del socialismo y asegurar su implantación. Por parte de los marxistas revolucionarios, tal punto de vista y tales métodos de actividad provocan burlas completamente legítimas, porque en el entorno de la esclavitud capitalista lograr cambios radicales mediante ejemplos aislados habría sido, en efecto, un sueño completamente vano, que en la práctica conducía ya sea a empresas sin vida, ya sea a la transformación de esas empresas en uniones de pequeños capitalistas.

Esta costumbre de tratar con burla y desprecio la importancia del ejemplo en la economía popular masiva se manifiesta a veces hoy también en personas que no han reflexionado sobre el cambio radical ocurrido desde la conquista del poder político por el proletariado. Ahora, cuando la tierra ha dejado de ser propiedad privada, cuando las fábricas y los talleres han dejado casi de ser propiedad privada y, sin duda, dejarán de serlo en el futuro más inmediato (introducir los decretos correspondientes no representará para el poder soviético, en su situación actual, absolutamente ninguna dificultad), ahora la importancia del ejemplo de la comuna laboral, que resuelve las tareas organizativas mejor que cualquier otro método, ha adquirido una importancia gigantesca. Precisamente ahora debemos preocuparnos de que la masa de material extraordinariamente valioso que existe en forma de experiencia de la nueva organización de la producción en ciudades individuales, en empresas individuales, en comunidades rurales individuales, se convierta en propiedad de las masas.

Todavía nos encontramos bajo una considerable presión de la vieja opinión pública burguesa. Si observamos nuestros periódicos, es fácil convencerse de qué lugar desmesuradamente grande dedicamos aún a las cuestiones planteadas por la burguesía, a las cuestiones con las que ella quiere desviar la atención de los trabajadores de las tareas prácticas concretas de la reorganización socialista. Debemos convertir, y convertiremos, la prensa de órgano de sensaciones, de simple aparato para comunicar noticias políticas, de órgano de lucha contra la mentira burguesa, en instrumento de reeducación económica de las masas, en instrumento para familiarizar a las masas con cómo hay que organizar el trabajo de manera nueva. Las empresas o comunidades rurales que no se sometan a ningún llamamiento ni exigencia respecto al restablecimiento de la autodisciplina y al aumento de la productividad del trabajo serán señaladas en el tablón de anuncios por los partidos socialistas y serán o bien transferidas a la categoría de empresas enfermas, respecto a las cuales hay que tomar medidas para su saneamiento mediante adaptaciones especiales — pasos y legislaciones especiales —, o bien serán transferidas a la categoría de empresas multadas, que están sujetas a cierre y cuyos participantes deben ser entregados al tribunal popular. La introducción de la publicidad en este ámbito, por sí misma, será ya una reforma inmensa y servirá para atraer a las amplias masas populares a la participación independiente en la resolución de estas cuestiones, las que más afectan a las masas. Hasta ahora se ha logrado tan poco en este aspecto precisamente porque lo que se mantenía oculto en empresas individuales, en comunidades individuales, sigue siendo un secreto como antes, lo que era comprensible bajo el capitalismo y es completamente absurdo, sin sentido en una sociedad que quiere realizar el socialismo. La fuerza del ejemplo, que no podía manifestarse en la sociedad capitalista, adquirirá una importancia enorme en la sociedad que ha abolido la propiedad privada de la tierra y las fábricas, no solo porque aquí se podrá seguir el buen ejemplo, sino también porque el mejor ejemplo de organización de la producción irá acompañado del inevitable alivio del trabajo y del aumento de la suma de consumo para aquellos que llevaron a cabo esta mejor organización. Y aquí, en relación con la cuestión de la importancia de la prensa como órgano de reorganización económica y reeducación de las masas, debemos tocar también la cuestión de la importancia de la prensa en la organización de la competencia.

La organización de la emulación debe ocupar un lugar destacado entre las tareas del poder soviético en el ámbito económico. Los economistas burgueses no han dejado de presentar, en sus críticas al socialismo, la afirmación de que los socialistas niegan la importancia de la emulación o no le otorgan lugar en su sistema, o, como ellos decían, en su plan de organización social. Huelga decir lo absurdo de esta acusación, ya refutada repetidas veces en la prensa socialista. Los economistas burgueses confundían, como siempre, la cuestión de las peculiaridades de la sociedad capitalista con la cuestión de una forma distinta de organizar la emulación. Los ataques de los socialistas nunca se han dirigido contra la emulación como tal, sino únicamente contra la competencia. La competencia es una forma particular de emulación, propia de la sociedad capitalista, que consiste en la lucha de los productores individuales por un trozo de pan, por influencia, por un lugar en el mercado. La abolición de la competencia, en cuanto lucha vinculada únicamente al mercado de los productores, no significa en absoluto la abolición de la emulación; al contrario, precisamente la abolición de la producción mercantil y del capitalismo abrirá el camino a la posibilidad de organizar la emulación en sus formas no bestiales, sino humanas. Precisamente ahora, en Rusia, con las bases del poder político creadas por la República Soviética, con las propiedades económicas que caracterizan a Rusia, con sus inmensos espacios y la gigantesca diversidad de condiciones, precisamente ahora la organización de la emulación sobre principios socialistas debe constituir una de las tareas más importantes y más gratificantes de la reorganización de la sociedad.

Defendemos el centralismo democrático. Y es necesario entender claramente cuán lejos está el centralismo democrático, por un lado, del centralismo burocrático y, por otro, del anarquismo. Los adversarios del centralismo esgrimen constantemente la autonomía y la federación como medios para luchar contra las contingencias del centralismo. En realidad, el centralismo democrático no excluye en absoluto la autonomía, sino que, al contrario, presupone su necesidad. En realidad, incluso la federación, si se lleva a cabo dentro de límites razonables desde el punto de vista económico, si se basa en diferencias nacionales serias que susciten una necesidad real de cierta separación estatal, incluso la federación no contradice en absoluto al centralismo democrático. Con frecuencia, la federación, bajo un régimen verdaderamente democrático y más aún bajo la organización soviética del Estado, es solo un paso transitorio hacia el centralismo verdaderamente democrático. El ejemplo de la República Soviética de Rusia nos muestra con especial claridad precisamente que la federación que estamos introduciendo y que introduciremos servirá como el paso más seguro hacia la unificación más sólida de las diversas nacionalidades de Rusia en un único Estado soviético democrático centralizado.

Y así como el centralismo democrático no excluye en absoluto la autonomía y la federación, de la misma manera no excluye en absoluto, sino que, al contrario, presupone la más plena libertad de las distintas localidades e incluso de las distintas comunas del Estado para elaborar las formas más diversas de la vida estatal, social y económica. No hay nada más erróneo que confundir el centralismo democrático con el burocratismo y la estandarización. Nuestra tarea ahora es implantar precisamente el centralismo democrático en el ámbito de la economía, asegurar la absoluta coherencia y unidad en el funcionamiento de empresas económicas como los ferrocarriles, el correo, el telégrafo y demás medios de transporte, etc., y al mismo tiempo, el centralismo entendido en un sentido verdaderamente democrático presupone, por vez primera en la historia, la posibilidad creada de un desarrollo completo y sin trabas no solo de las peculiaridades locales, sino también de la iniciativa local, de la iniciativa local, de la diversidad de caminos, procedimientos y medios para avanzar hacia el objetivo común. Por lo tanto, la tarea de organizar la emulación consta de dos aspectos: por un lado, exige la aplicación del centralismo democrático tal como se ha esbozado arriba; por otro lado, significa la posibilidad de encontrar el camino más correcto y más económico hacia la reorganización del sistema económico de Rusia. En términos generales, ese camino es conocido. Consiste en la transición a una gran economía basada en la industria maquinizada, en la transición al socialismo. Pero las condiciones y formas concretas de esta transición son inevitablemente y deben ser diversas, según las condiciones en las que se inicia el movimiento dirigido a crear el socialismo. Las diferencias locales, las peculiaridades de la estructura económica, las formas de vida, el grado de preparación de la población, los intentos de llevar a cabo uno u otro plan, todo ello debe reflejarse en la singularidad del camino hacia el socialismo en una u otra comuna de trabajo del Estado. Cuanta más diversidad exista —siempre que no se convierta en un afán de originalidad—, más segura y más rápidamente se garantizará tanto la consecución del centralismo democrático como la realización de la economía socialista. Ahora solo nos queda organizar la emulación, es decir, asegurar la publicidad, que permita a todas las comunas del Estado conocer cómo se está desarrollando exactamente la economía en las distintas localidades; asegurar, en segundo lugar, la comparabilidad de los resultados del movimiento hacia el socialismo en una y otra comuna del Estado; asegurar, en tercer lugar, la posibilidad de que la experiencia realizada en una comuna sea repetida prácticamente por otras comunas; asegurar la posibilidad de intercambio de aquellas fuerzas materiales —y de fuerzas humanas— que se hayan manifestado del mejor modo en el correspondiente ámbito de la economía nacional o de la administración estatal. Oprimidos por el régimen capitalista, ni siquiera podemos imaginarnos con exactitud en la actualidad las ingentes fuerzas que se ocultan en la masa de los trabajadores, en la diversidad de las comunas de trabajo de un gran Estado, en las fuerzas intelectuales que hasta ahora han trabajado como ejecutores mudos y sin voz de los designios de los capitalistas, las fuerzas que se ocultan y pueden desarrollarse bajo la organización socialista de la sociedad. Nuestra tarea consiste únicamente en despejar el camino a todas esas fuerzas. Y si planteamos la organización de la emulación como nuestra tarea estatal, entonces, bajo la condición de aplicar los principios soviéticos del orden estatal, bajo la condición de la abolición de la propiedad privada sobre la tierra, las fábricas, los talleres, etc., los resultados se manifestarán inevitablemente y nos sugerirán las formas ulteriores de la construcción.

Capítulo XI

La resolución del Congreso Extraordinario de los Soviets, mencionada por mí al principio, habla, entre otras cosas, de la necesidad de crear una organización sólida y cohesionada[20]. En la actualidad, la organización tanto de las instituciones soviéticas como de las unidades económicas que actúan dentro de Rusia es extraordinariamente baja. Se puede decir que prevalece un estado de enorme desorganización.

Pero sería incorrecto evaluar este estado como un estado de desintegración, catástrofe y decadencia. Si la prensa burguesa hace tal valoración, es comprensible que los intereses de la clase de los capitalistas obliguen a las personas a mirar así o, más bien, las obliguen a aparentar que miran así. En realidad, toda persona capaz de observar las cosas con un mínimo sentido histórico no dudará ni un instante de que el estado actual de desorganización es un estado de transición –la transición de lo viejo a lo nuevo–, un estado de crecimiento de esto nuevo. La transición de lo viejo a lo nuevo, si se produce de manera tan abrupta como ocurre en Rusia desde febrero de 1917, presupone, por supuesto, una gigantesca destrucción de lo rancio y petrificado en la vida social. Y es comprensible que la búsqueda de lo nuevo no pueda brindar de inmediato aquellas formas definidas, consolidadas, casi estancadas e inmovilizadas que antes se forjaban durante siglos y se mantenían durante siglos. Las actuales instituciones soviéticas y aquellas organizaciones económicas que se caracterizan por el concepto de control obrero en la industria –estas organizaciones se encuentran aún en un período de efervescencia y total inestabilidad. En estas organizaciones predomina, naturalmente, el aspecto, por así decirlo, de discusión o el aspecto de asamblea sobre el aspecto práctico. No puede ser de otra manera, porque sin la incorporación de nuevos estratos del pueblo a la construcción social, sin despertar la actividad de las amplias masas hasta ahora dormidas, no puede hablarse de transformación revolucionaria alguna. Las interminables discusiones e interminables asambleas –de las que tanto y tan acerbamente habla la prensa burguesa– son la necesaria transición de masas completamente no preparadas aún para la construcción social –la transición del letargo histórico a una nueva creación histórica. No hay absolutamente nada terrible en que esta transición se prolongue en algún lugar, o en que la enseñanza del nuevo trabajo a las masas no avance con la rapidez que pueda anhelar una persona acostumbrada a trabajar en solitario y que no comprende lo que significa elevar a cientos, miles y millones a la vida política independiente. Pero, comprendiendo esto, debemos comprender también el punto de inflexión que se aproxima en este sentido. Mientras las instituciones soviéticas no se hayan extendido por toda Rusia, mientras la socialización de la tierra y la nacionalización de las fábricas sigan siendo la excepción a la regla general –mientras tanto, es natural que la gestión pública de la economía nacional no haya podido aún salir (si consideramos el asunto a escala nacional) de la etapa de preparación discursiva preliminar, de la etapa de discusión, de la etapa de interpretación. Ahora precisamente se avecina un punto de inflexión: las instituciones soviéticas se han extendido por toda Rusia. Desde la Gran Rusia se han trasladado a la inmensa mayoría de las demás nacionalidades de Rusia. La socialización de la tierra en el campo y el control obrero en las ciudades han dejado de ser excepciones; se han convertido, por el contrario, en la regla.

Por otra parte, la situación sumamente crítica e incluso desesperada del país en cuanto a garantizar siquiera la mera posibilidad de subsistencia para la mayoría de la población, en cuanto a protegerla del hambre –estas condiciones económicas exigen imperiosamente alcanzar resultados prácticos determinados. El campo podría alimentarse con su propio pan –esto es indudable–, pero solo podrá hacerlo si realmente se efectúa con absoluta rigurosidad el registro de todo el pan disponible y si se logra distribuirlo entre toda la población con la máxima economía y frugalidad. Y para una distribución correcta se necesita una correcta organización del transporte. Y el transporte es precisamente lo más destruido por la guerra. Y para restaurar el transporte en un país de distancias tan enormes como Rusia, se necesita ante todo una organización armoniosa y sólida, tal vez realmente millones de personas trabajando con la precisión de un mecanismo de relojería. Ahora ha llegado precisamente ese punto de inflexión en el que, sin detener en absoluto la preparación de las masas para su participación en la gestión estatal y económica de todos los asuntos de la sociedad, sin obstaculizar en absoluto su discusión más detallada de las nuevas tareas (al contrario, ayudándolas de todas las maneras a realizar esa discusión para que lleguen por sí mismas a las soluciones correctas), al mismo tiempo debemos comenzar a separar estrictamente dos categorías de funciones democráticas: por un lado, las discusiones, las asambleas; por el otro, el establecimiento de la más estricta responsabilidad por las funciones ejecutivas y la ejecución absolutamente laboriosa, disciplinada y voluntaria de las prescripciones y disposiciones necesarias para que el mecanismo económico funcione realmente como funciona un reloj. A esto no se podía pasar de inmediato; exigirlo habría sido pedantería o incluso provocación maliciosa hace unos meses. Esta transformación, en términos generales, no puede llevarse a cabo mediante ningún decreto, ninguna orden. Pero ha llegado el momento en que el punto central de toda nuestra actividad revolucionaria transformadora es la realización precisamente de esta transformación. Ahora está preparada, ahora las condiciones para ella han madurado y ya no se puede demorar ni esperar más. Recientemente, al discutir la cuestión de la reorganización y la correcta organización del transporte ferroviario, surgió la cuestión de hasta qué punto el poder unipersonal de mando (un poder que podría denominarse poder dictatorial) es compatible con las organizaciones democráticas en general, con el principio colegiado en la gestión en particular, y –con el principio organizativo soviético socialista– en especial. Sin duda, está muy extendida la opinión de que tal compatibilidad no puede siquiera plantearse –la opinión de que el poder unipersonal dictatorial es incompatible tanto con el democratismo, como con el tipo soviético de Estado, como con la colegialidad de la gestión. No hay nada más erróneo que esta opinión.

El principio democrático de organización —en la forma superior en que, al aplicar los Soviets las propuestas y exigencias de participación activa de las masas, no solo en la discusión de las reglas, decretos y leyes generales, no solo en el control de su cumplimiento, sino también directamente en su ejecución— significa que cada representante de la masa, cada ciudadano, debe ser puesto en condiciones tales que pueda participar tanto en la discusión de las leyes del Estado como en la elección de sus representantes y en la aplicación práctica de las leyes estatales. Pero de esto no se sigue en absoluto que se permita el menor caos o el menor desorden respecto a quién es responsable en cada caso concreto de ciertas funciones ejecutivas, de la puesta en práctica de determinadas disposiciones, de la dirección de un proceso concreto de trabajo común durante un período de tiempo determinado. La masa debe tener el derecho de elegir a sus dirigentes responsables. La masa debe tener el derecho de relevarlos, la masa debe tener el derecho de conocer y controlar cada paso, por mínimo que sea, de su actividad. La masa debe tener el derecho de promover a todos, sin excepción, a los miembros obreros de la masa para funciones directivas. Pero esto no significa en absoluto que el proceso del trabajo colectivo pueda quedar sin una dirección determinada, sin un establecimiento preciso de la responsabilidad del dirigente, sin el orden más riguroso, creado por la unidad de voluntad del dirigente. Ni los ferrocarriles, ni el transporte, ni las grandes máquinas y empresas en general pueden funcionar correctamente si no existe la unidad de voluntad que vincule a toda la masa de trabajadores en un solo órgano económico que funcione con la precisión de un mecanismo de relojería. El socialismo ha sido engendrado por la gran industria maquinizada. Y si las masas trabajadoras que instauran el socialismo no logran adaptar sus instituciones a la forma en que debe funcionar la gran industria maquinizada, entonces no puede hablarse de instauración del socialismo. He aquí por qué en el momento que vivimos, cuando el Poder Soviético y la dictadura del proletariado se han consolidado suficientemente, cuando las principales líneas del enemigo que resiste, es decir, de los explotadores que resisten, han sido suficientemente destruidas y neutralizadas, cuando la preparación de las masas de la población para la participación independiente en toda la vida social, mediante el funcionamiento de las instituciones soviéticas, se ha realizado suficientemente, en el momento actual pasan a primer plano las tareas de separar rigurosamente las discusiones y los mitines del cumplimiento incondicional de todas las instrucciones del dirigente. Esto significa separar la preparación necesaria, útil y plenamente reconocida por cualquier Soviet de las masas para la aplicación de una determinada medida y para el control de dicha aplicación —separarla de la propia aplicación. Las masas pueden ahora —los Soviets se lo garantizan— tomar todo el poder en sus manos y fortalecer ese poder. Pero para que no surja esa multiplicidad de poderes y esa irresponsabilidad de las que padecemos increíblemente en la actualidad, es necesario que, para cada función ejecutiva, sepamos con exactitud qué personas concretas, una vez elegidas para el cargo de dirigentes responsables, responden del funcionamiento de todo el organismo económico en su conjunto. Para ello es necesario que, con la mayor frecuencia posible, ante la menor posibilidad, se designen personas responsables elegidas para la dirección unipersonal de todo el organismo económico en su conjunto. Es necesaria la ejecución voluntaria de las instrucciones de ese dirigente unipersonal, es necesario el paso de esa forma mixta de discusiones, mítines, ejecución y, al mismo tiempo, crítica, control y corrección, al funcionamiento estrictamente correcto de la empresa maquinizada. A esta tarea se acercan y ya se han acercado la inmensa mayoría de las comunas laborales de Rusia, las masas obreras y campesinas. La tarea del Poder Soviético es asumir el papel de intérprete del viraje que ahora se inicia y de legitimador de su necesidad.

Capítulo XII

La consigna del practicismo y la eficacia gozó de escasa popularidad entre los revolucionarios. Se puede decir incluso que no hubo entre ellos una consigna menos popular. Es perfectamente comprensible que, mientras la tarea de los revolucionarios consistía en destruir la vieja sociedad capitalista, debían reaccionar ante tal consigna con negación y burla. Porque en la práctica, bajo esta consigna se escondía entonces, en una u otra forma, el afán de reconciliarse con el capitalismo, o de debilitar el embate del proletariado contra los fundamentos del capitalismo, de debilitar la lucha revolucionaria contra el capitalismo. Es perfectamente comprensible cómo la cosa debía cambiar radicalmente después de la conquista del poder por el proletariado, después de la consolidación de ese poder, después de comenzar la labor de creación en gran escala de las bases de la nueva sociedad, es decir, de la sociedad socialista. Tampoco ahora, como se señaló arriba, tenemos derecho a debilitar ni un ápice nuestra labor de persuasión de las masas de la población sobre la justeza de nuestras ideas, ni nuestra labor de destrucción de la resistencia de los explotadores. Pero lo principal en el cumplimiento de estas dos funciones ya lo hemos hecho. La consigna principal y actual es precisamente la del practicismo y precisamente la de la eficacia. De aquí se deduce que la atracción de la intelectualidad burguesa al trabajo es ahora una tarea actual, madura y necesaria del día. Sería ridículamente absurdo ver en esa atracción una vacilación del poder, una retirada de los principios del socialismo o un compromiso inadmisible con la burguesía. Sostener tal opinión significaría repetir sin sentido alguno las palabras referentes a un período completamente distinto de la actividad de los partidos revolucionarios del proletariado. Por el contrario, precisamente para el cumplimiento de nuestras tareas revolucionarias, precisamente en nombre de que esas tareas no sigan siendo una utopía o un deseo inocente, sino que se conviertan realmente en realidad —que se realicen inmediatamente—, precisamente en nombre de tal objetivo, debemos plantear ahora, como nuestra primera, actual y principalísima tarea, precisamente el practicismo y la eficacia del trabajo organizativo. Se trata ahora precisamente de que emprendamos por todos lados la construcción práctica de ese edificio cuyo plano hemos trazado hace tiempo, cuyo suelo hemos conquistado suficientemente con energía y suficientemente consolidado, cuyo material hemos recogido en cantidad suficiente, y que ahora hay que —rodeándolo de andamios auxiliares, vistiéndonos con ropa de trabajo, sin miedo a mancharla con toda clase de materiales auxiliares, cumpliendo estrictamente las instrucciones de las personas que dirigen el trabajo práctico— hay que construir ese edificio, construir y construir.

Hasta qué punto quedan a veces incomprendidos los cambios arriba indicados en el planteamiento de nuestras tareas se ve, entre otras cosas, en la reciente discusión sobre el papel de los sindicatos{62}. Se expresó un punto de vista (que fue apoyado por los mencheviques, naturalmente con fines claramente provocadores, es decir, con el fin de provocarnos a dar pasos ventajosos solo para la burguesía), se expresó el punto de vista de que los sindicatos, en interés de la conservación y el fortalecimiento de la independencia de clase del proletariado, no deben convertirse en organizaciones estatales. Este punto de vista se cubría con palabras plausibles y suficientemente habituales y suficientemente aprendidas sobre la lucha del trabajo contra el capital, sobre la necesidad de la independencia de clase del proletariado. En realidad, este punto de vista fue y sigue siendo, o una provocación burguesa del más burdo estilo, o una extrema falta de pensamiento, una repetición servil de consignas del día de ayer, como lo demuestra el análisis de las condiciones cambiadas del tramo actual de la historia. Ayer, la tarea principal de los sindicatos era la lucha contra el capital y la defensa de la independencia de clase del proletariado. Ayer, la consigna del día era la desconfianza hacia el Estado, porque era el Estado burgués. Hoy, el Estado se convierte y se ha convertido en proletario. La clase obrera se convierte y se ha convertido en la clase dominante en el Estado. Los sindicatos se convierten y deben convertirse en organizaciones estatales, sobre las que recae en primer lugar la responsabilidad de la reorganización de toda la vida económica sobre bases socialistas. Por lo tanto, aplicar a la época actual las consignas del viejo sindicalismo significaría renunciar a las tareas socialistas de la clase obrera.

Lo mismo hay que decir de las cooperativas. La cooperativa es una tiendecilla, y por muchos que sean los cambios, perfeccionamientos y reformas, no se conseguirá modificar este hecho. La época capitalista acostumbró a los socialistas a semejante criterio. Y no cabe duda de que esos criterios expresaban correctamente la esencia de las cooperativas mientras éstas seguían siendo un pequeño apéndice del mecanismo del régimen burgués. Pero la cuestión está en que la situación de las cooperativas cambia radical y fundamentalmente desde la conquista del poder del Estado por el proletariado, desde el momento en que el poder estatal proletario emprende la creación sistemática del orden socialista. Aquí la cantidad se transforma en cualidad. La cooperativa, como pequeña isla en la sociedad capitalista, es una tiendecilla. La cooperativa, si abarca a toda la sociedad en la que la tierra está socializada y las fábricas y los talleres nacionalizados, es socialismo. La tarea del Poder Soviético, después de que la burguesía ha sido expropiada política y económicamente, consiste, de manera evidente (principal), en extender las organizaciones cooperativas a toda la sociedad, en transformar a todos los ciudadanos del país sin excepción en miembros de una sola cooperativa nacional o, mejor dicho, estatal. Si de esta tarea nos desentendemos aduciendo el carácter clasista de las cooperativas obreras, resultaremos reaccionarios que retroceden desde la época que ha sobrevenido tras la conquista del poder político por el proletariado, a la época anterior a tal conquista. La clase obrera, bajo el capitalismo, manifestaba dos tendencias en su actividad política y económica. Por un lado, la tendencia a acomodarse de manera cómoda y tolerable en el capitalismo, cosa que solo era posible para una pequeña capa superior del proletariado. Por otro lado, la tendencia a ponerse al frente de todas las masas trabajadoras y explotadas para el derrocamiento revolucionario del dominio del capital en general. Es comprensible que, cuando esta segunda tendencia ha triunfado, cuando el capital ha sido derrocado y hay que comenzar a construir la cooperativa socialista de todo el pueblo, es comprensible que nuestro criterio sobre las tareas y condiciones del movimiento cooperativo cambie radicalmente. Debemos llegar a un acuerdo con las cooperativas burguesas, lo mismo que con las cooperativas proletarias. No podemos tener miedo. Sería ridículo por nuestra parte temer un acuerdo con las cooperativas burguesas, pues ahora somos el poder dominante. Necesitamos ese acuerdo para encontrar formas de transición, prácticamente realizables, cómodas y adecuadas para nosotros, desde las cooperativas parciales y fragmentadas hasta la cooperativa única de todo el pueblo. Como poder estatal, no podemos temer un acuerdo con las cooperativas burguesas, porque ese acuerdo significará inevitablemente su subordinación a nosotros. Al mismo tiempo, debemos comprender que nosotros representamos el nuevo poder estatal proletario, que la clase obrera se ha convertido ahora en la clase dominante en el Estado. Por eso, las cooperativas obreras deben ponerse al frente del movimiento que transforma las cooperativas particulares en una cooperativa única de todo el pueblo. La clase obrera no debe aislarse del resto de la población, sino, por el contrario, dirigir a todas las partes de la población, sin excepción, en la labor de llevarlas a la unificación total en una cooperativa única de todo el pueblo. Qué medidas prácticas, directamente realizables, de transición son necesarias para ello, es otra cuestión. Pero hay que tener clara conciencia y decidir incontrovertiblemente que todo el asunto ahora reside precisamente en esta transición práctica, que el poder estatal proletario debe emprenderla, comprobar todas las reformas mediante la experiencia y llevar a cabo esta transición a toda costa.

Capítulo XIII

Debe señalarse especialmente, al discutir la cuestión del restablecimiento de la disciplina y la autodisciplina de los trabajadores, el importante papel que corresponde ahora a los tribunales. En la sociedad capitalista, el tribunal era principalmente un aparato de opresión, un aparato de explotación burguesa. Por eso, el deber ineludible de la revolución proletaria no era reformar las instituciones judiciales (a esta tarea se limitaban los kadetes y sus correligionarios mencheviques y eseristas de derecha), sino destruir por completo, barrer hasta los cimientos todo el viejo tribunal y su aparato. Esta tarea necesaria la cumplió la Revolución de Octubre, y la cumplió con éxito. En lugar del viejo tribunal, comenzó a crear un tribunal nuevo, popular, o más exactamente, un tribunal soviético, construido sobre el principio de la participación de las clases trabajadoras y explotadas —y solo de estas clases— en la administración del Estado. El nuevo tribunal era necesario ante todo para luchar contra los explotadores que intentan restaurar su dominio o defender sus privilegios, o introducir a escondidas, obtener mediante engaño, alguna partícula de esos privilegios. Pero, además, sobre los tribunales, si están organizados realmente según el principio de las instituciones soviéticas, recae otra tarea, aún más importante. Es la tarea de asegurar la aplicación más rigurosa de la disciplina y la autodisciplina de los trabajadores. Seríamos ridículos utopistas si nos imagináramos que tal tarea es realizable al día siguiente de la caída del poder de la burguesía, es decir, en la primera etapa de la transición del capitalismo al socialismo, o sin coerción. Sin coerción, esa tarea es absolutamente irrealizable. Necesitamos el Estado, necesitamos la coerción. El órgano del Estado proletario que ejerza esa coerción deben ser los tribunales soviéticos. Y sobre ellos recae la enorme tarea de educar a la población en la disciplina del trabajo. Hemos hecho todavía increíblemente poco, o mejor dicho, casi nada para este fin. Y debemos lograr la organización de tribunales de este tipo en la escala más amplia, extendiendo su actividad a toda la vida laboral del país. Solo tales tribunales, con la condición de que participen en ellos las más amplias masas de la población trabajadora y explotada, sabrán conseguir, en formas democráticas y de acuerdo con los principios del Poder Soviético, que los deseos de disciplina y autodisciplina no queden en meros deseos. Solo tales tribunales sabrán lograr que tengamos un poder revolucionario, que todos reconocemos de palabra al hablar de la dictadura del proletariado, y en cuyo lugar vemos demasiado a menudo algo gelatinoso a nuestro alrededor. Sin embargo, sería más correcto comparar el estado social en que nos encontramos no con una gelatina, sino con la refundición del metal al obtener una aleación más resistente.

Dictado entre el 23 y el 28 de marzo de 1918.

Parte del capítulo XII se publicó por primera vez el 3 de julio de 1926 en el periódico «Pravda» n.º 150; los capítulos X (incompleto), XI, XII, XIII se publicaron por primera vez el 14 de abril de 1929 en el periódico «Pravda» n.º 86; los capítulos IV (final), V, VI, VII, VIII, IX y X (comienzo) se publican por primera vez.

Se publica según la transcripción taquigráfica.