Nuestros malhadados «izquierdistas», que ayer lanzaron su propio periódico «Kommunist»{160} (habría que añadir: comunista de la época premarxista), se escurren de la lección y de las lecciones de la historia, eluden su responsabilidad.

Inútiles evasivas. No lograrán escabullirse.

Los que se escurren se desviven, amontonan columnas de periódico sin cuento, sudan la gota gorda; no escatiman «ni siquiera» la tinta de imprenta para presentar la «teoría» de la «tregua» como una teoría inconsistente y mala.

¡Ay! Sus esfuerzos son impotentes para refutar el hecho. Los hechos son tozudos, como dice un proverbio inglés justo. El hecho es que desde el 3 de marzo, a la 1 de la tarde, cuando los alemanes cesaron las operaciones militares, hasta el 5 de marzo, a las 7 de la tarde, mientras escribo estas líneas, tenemos una tregua y ya nos hemos aprovechado de estos dos días para la defensa práctica (que se manifiesta no con frases, sino con hechos) de la patria socialista. Es un hecho que se hará cada vez más evidente para las masas. Es un hecho que en el momento en que el ejército del frente, incapaz de combatir, huye presa del pánico, abandonando los cañones y sin tiempo para volar los puentes, la defensa de la patria y el aumento de su capacidad defensiva no es la charlatanería sobre la guerra revolucionaria (charlatanería —con semejante huida pánica del ejército, del cual los partidarios de la guerra revolucionaria no han retenido ni un solo destacamento— directamente vergonzosa), sino la retirada en orden para salvar los restos del ejército, utilizando para ello cada día de tregua.

Los hechos son tozudos.

Nuestros malhadados «izquierdistas», escurriéndose de los hechos, de sus lecciones, de la cuestión de la responsabilidad, tratan de ocultar al lector el pasado reciente, completamente fresco, de importancia histórica, y embadurnarlo mediante referencias a un pasado remoto e insignificante. Ejemplo: K. Radek recuerda en su artículo cómo escribió en diciembre (¡en diciembre!) sobre la necesidad de ayudar al ejército a resistir, escribió en un «informe al Consejo de Comisarios del Pueblo». No he tenido oportunidad de leer ese informe, y me pregunto: ¿por qué no lo publica íntegro Karl Radek? ¿Por qué no explica con exactitud y franqueza qué entendía él entonces por «paz de compromiso»? ¿Por qué no recuerda un pasado más cercano, cuando escribió en la «Pravda» sobre su ilusión (la peor de todas) acerca de la posibilidad de concertar la paz con los imperialistas alemanes a condición de la devolución de Polonia?

¿Por qué?

Porque los malhadados «izquierdistas» se ven obligados a encubrir los hechos que revelan su responsabilidad, la de los «izquierdistas», por haber sembrado ilusiones que de hecho ayudaron a los imperialistas alemanes y estorbaron el crecimiento y desarrollo de la revolución en Alemania.

N. Bujarin intenta ahora incluso negar el hecho de que él y sus amigos afirmaban que el alemán no podría atacar. Sin embargo, muchísimas personas saben que es un hecho que Bujarin y sus amigos afirmaban esto, que al sembrar tal ilusión ayudaron al imperialismo alemán y estorbaron el crecimiento de la revolución alemana, la cual se ve ahora debilitada por el hecho de que a la República Soviética de la Gran Rusia le han arrebatado, en la huida pánica del ejército campesino, miles y miles de cañones, cientos y cientos de millones de riquezas. Esto lo predije clara y exactamente en las tesis del 7 de enero[48]. Si N. Bujarin se ve ahora obligado a «negar», peor para él. Todos los que recuerdan las palabras de Bujarin y sus amigos sobre la imposibilidad de la ofensiva alemana se encogerán de hombros ante el hecho de que N. Bujarin haya tenido que «negar» sus propias palabras.

Y para los que no las recuerdan, para los que no las han oído, nos remitimos a un documento un poco más valioso, interesante e instructivo ahora que los escritos de diciembre de K. Radek. Ese documento, desgraciadamente ocultado por los «izquierdistas» a sus lectores, son los resultados de las votaciones (1) del 21 de enero de 1918 en la reunión del Comité Central de nuestro partido con la actual oposición «izquierdista»; y (2) de la votación del Comité Central del 17 de febrero de 1918.

El 21 de enero de 1918, sobre la cuestión de si romper las negociaciones con los alemanes inmediatamente, votó a favor (entre los colaboradores del malhadado periódico «izquierdista» «Kommunist») solo Stukov. Todos los demás, en contra.

Sobre la cuestión de si es admisible aceptar firmar una paz anexionista en caso de que los alemanes rompieran las negociaciones o plantearan un ultimátum, votaron en contra solo Obolenski (¿cuándo se publicarán sus tesis? ¿por qué calla sobre ellas «Kommunist»?) y Stukov. Todos los demás votaron a favor.

Sobre la cuestión de si en ese caso hay que firmar la paz propuesta, votaron en contra solo Obolenski y Stukov; los demás «izquierdistas» se abstuvieron. ¡Hecho!

El 17 de febrero de 1918, sobre la cuestión de quién está a favor de la guerra revolucionaria, Bujarin y Lómov «en esa formulación se niegan a participar en la votación». Nadie vota a favor. ¡Hecho!

Sobre la cuestión de si hay que «esperar para reanudar las negociaciones de paz hasta que se manifieste en medida suficiente (¡textualmente!) la ofensiva alemana y hasta que se descubra su influencia sobre el movimiento obrero alemán», votan a favor Bujarin, Lómov y Uritski, de los actuales colaboradores del periódico «izquierdista».

Sobre la cuestión de si «firmamos la paz si tenemos, como hecho, la ofensiva alemana y no se produce un auge revolucionario en Alemania y Austria», se abstuvieron Lómov, Bujarin y Uritski.

Los hechos son tozudos. Y los hechos dicen que Bujarin negó la posibilidad de la ofensiva alemana, sembró ilusiones con las que de hecho, contra su voluntad, ayudó a los imperialistas alemanes, estorbó el crecimiento de la revolución alemana. En esto consiste la esencia de la frase revolucionaria. Iba a una habitación y fue a dar a otra.

N. Bujarin me reprocha que no analice concretamente las condiciones de la paz actual. Sin embargo, no es difícil comprender que para mi argumentación y en el fondo de la cuestión no hubo ni hay necesidad alguna de ello. Bastaba con demostrar que el dilema real, no imaginario, para nosotros es uno solo: o bien tales condiciones, que dejen aunque sea por unos días una tregua, o bien la situación de Bélgica y Serbia. Y esto Bujarin no lo ha refutado ni siquiera para Petrogrado. Su colega M. N. Pokrovski lo reconoció.

Y que las nuevas condiciones sean peores, más duras, más humillantes que las malas, duras y humillantes condiciones de Brest, de ello son culpables, respecto a la República Soviética de la Gran Rusia, nuestros malhadados «izquierdistas» Bujarin, Lómov, Uritski y Cía. Esto es un hecho histórico, demostrado por las votaciones arriba mencionadas. De este hecho no se esconderán con evasivas. Se les daban las condiciones de Brest, y ustedes respondieron con fanfarronería y jactancia, llevando a condiciones peores. Esto es un hecho. Y ustedes no se quitarán de encima la responsabilidad por ello.

En mis tesis del 7 de enero de 1918 se predijo con toda claridad que, debido al estado de nuestro ejército (que no podía cambiar por la fraseología «contra» de las masas campesinas cansadas), Rusia debería concertar una paz por separado peor, si no aceptaba la de Brest.

Los «izquierdistas» cayeron en la trampa de la burguesía rusa, que necesitaba arrastrarnos a una guerra lo más desventajosa posible para nosotros.

Que los «socialrevolucionarios de izquierda», pronunciándose por la guerra ahora, se han separado a sabiendas del campesinado, es un hecho. Y este hecho habla de la falta de seriedad de la política de los socialrevolucionarios de izquierda, tan poco seria como la política aparentemente «revolucionaria» de todos los socialrevolucionarios en el verano de 1907.

Que los obreros más conscientes y avanzados se están sacudiendo rápidamente el embriagamiento de la frase revolucionaria, lo muestra el ejemplo de Petrogrado y Moscú. En Petrogrado ya se han curado los mejores distritos obreros, el de Víborg y el de la Isla Vasílievski. El Soviet de Diputados Obreros de Petrogrado no está ahora a favor de la guerra, ha comprendido la necesidad de prepararla y la está preparando{161}. En Moscú, en la conferencia municipal de bolcheviques del 3 y 4 de marzo de 1918, ya vencieron los adversarios de la frase revolucionaria{162}.

Hasta qué monstruosas ilusiones han llegado los «izquierdistas» se ve por una frase en el artículo de Pokrovski, en el que se dice: «Si se ha de guerrear, hay que guerrear ahora» (cursiva de Pokrovski)… cuando —¡oigan! ¡oigan!— «cuando todavía no está desmovilizado el ejército ruso, incluso las unidades recién formadas».

Y el que no se aparta de los hechos sabe que el mayor obstáculo para oponer resistencia a los alemanes, tanto en la Gran Rusia como en Ucrania y en Finlandia en febrero de 1918, fue nuestro ejército no desmovilizado. Esto es un hecho. Porque no podía menos que huir presa del pánico, arrastrando consigo a los destacamentos del Ejército Rojo.

Quien quiera aprender de las lecciones de la historia, no esconderse de la responsabilidad por ellas, no apartarse de ellas, recuerde al menos las guerras de Napoleón I con Alemania.

Muchas veces Prusia y Alemania firmaron con el conquistador tratados de paz diez veces más duros y humillantes (que el nuestro), hasta el reconocimiento de la policía extranjera, hasta la obligación de entregar sus tropas para ayudar a las campañas conquistadoras de Napoleón I. En sus tratados con Prusia, Napoleón I oprimió y fraccionó a Alemania diez veces más fuertemente de lo que Hindenburg y Guillermo nos han aplastado ahora. Y sin embargo, en Prusia se encontraron hombres que no fanfarronearon, sino que firmaron tratados de paz archi-«vergonzosos», los firmaron por falta de ejército, firmaron condiciones diez veces más opresivas y humillantes, y luego, no obstante, se levantaron en insurrección y en guerra. Así ocurrió no una vez, sino muchas veces. La historia conoce varios tratados de paz y varias guerras semejantes. Varios casos de tregua. Varias nuevas declaraciones de guerra por el conquistador. Varios casos de alianza de la nación oprimida con la opresora, que era competidora del conquistador y también conquistadora (¡para información de los partidarios de la «guerra revolucionaria» sin tomar ayuda de los imperialistas!).

Así transcurrió la historia.

Así fue. Así será. Hemos entrado en la época de una serie de guerras. Vamos hacia una nueva guerra patriótica. Llegaremos a ella en las condiciones de la revolución socialista en maduración. Y en este camino difícil el proletariado ruso y la revolución rusa sabrán curarse de la fanfarronería, de la frase revolucionaria, sabrán aceptar incluso los tratados de paz archiduros, sabrán levantarse de nuevo.

Hemos firmado la paz de Tilsit. Llegaremos también a nuestra victoria, a nuestra liberación, como los alemanes después de la paz de Tilsit de 1807 llegaron a la liberación de Napoleón en 1813 y 1814. La distancia que separa nuestra paz de Tilsit de nuestra liberación será, probablemente, menor, porque la historia marcha más deprisa.

¡Abajo la fanfarronería! ¡A trabajar seriamente por la disciplina y la organización!

Escrito el 5 de marzo de 1918.

Publicado el 6 de marzo (21 de febrero) de 1918 en el periódico «Pravda» nº 42. Firma: N. Lenin

Se imprime según el manuscrito.