La semana del 18 al 24 de febrero de 1918 pasará a la historia de la revolución rusa – e internacional – como uno de los mayores puntos de inflexión históricos.

El 27 de febrero de 1917, el proletariado ruso, junto con una parte del campesinado despertada por el curso de los acontecimientos bélicos y con la burguesía, derrocó la monarquía. El 21 de abril de 1917, derrocó el poder unipersonal de la burguesía imperialista, trasladó el poder a manos de los conciliadores pequeño-burgueses con la burguesía. El 3 de julio, el proletariado urbano, alzándose espontáneamente en una manifestación, sacudió al gobierno de los conciliadores. El 25 de octubre lo derrocó y estableció la dictadura de la clase obrera y del campesinado más pobre.

Hubo que defender esta victoria en la guerra civil. Esto tomó unos tres meses, comenzando con la victoria sobre Kerenski cerca de Gátchina, continuando con las victorias sobre la burguesía, los junkers, una parte del cosacado contrarrevolucionario en Moscú, Irkutsk, Oremburgo, Kiev, y terminando con la victoria sobre Kaledín, Kornílov y Alexéiev en Rostov del Don.

Finlandia estalló con el fuego de la insurrección proletaria. El fuego se extendió a Rumania.

Las victorias en el frente interno se lograron con relativa facilidad, porque el enemigo no poseía ninguna superioridad ni en técnica ni en organización, al no tener además bajo sus pies ninguna base económica, ningún apoyo en las masas de la población. La facilidad de las victorias no podía dejar de subirle los humos a muchos de los dirigentes. Surgió el estado de ánimo: «los derrotaremos a gorrazos».

Se hizo la vista gorda ante la gigantesca descomposición del ejército que se desmovilizaba rápidamente, que se retiraba del frente. Se embriagaban con la frase revolucionaria. Trasladaron esa frase a la lucha contra el imperialismo mundial. Tomaron la «libertad» temporal de Rusia de su embate como algo normal, cuando en realidad esa «libertad» se explicaba solo por el intervalo en la guerra del depredador alemán con el anglo-francés. Tomaron el inicio de las huelgas masivas en Austria y Alemania por la revolución, que supuestamente ya nos había librado del grave peligro del imperialismo alemán. En lugar de un trabajo serio, metódico y constante de apoyo a la revolución alemana, que nace por un camino especialmente difícil y penoso, aparecía un gesto desdeñoso: «¡Qué van a poder ellos, los imperialistas alemanes, – junto con Liebknecht los derribaremos de inmediato!».

La semana del 18 al 24 de febrero de 1918, desde la toma de Dvinsk hasta la toma (luego recuperada) de Pskov, semana de la ofensiva militar de la Alemania imperialista contra la República Socialista Soviética, resultó una lección amarga, ofensiva, dura, pero necesaria, útil y beneficiosa. ¡Cuán infinitamente edificante fue la comparación de dos grupos de telegramas y comunicaciones telefónicas que confluyeron durante esa semana en el centro del gobierno! Por un lado, el desenfreno desmedido de la frase revolucionaria «resolutiva» – la frase de Shteinberg, se podría decir, recordando la obra maestra en este estilo, el discurso del eserista «de izquierda» (ejem… ejem…) Shteinberg en la sesión del sábado del CEC. Por otro lado, las noticias dolorosamente vergonzosas sobre la negativa de los regimientos a mantener las posiciones, sobre la negativa a defender incluso la línea de Narva, sobre el incumplimiento de la orden de destruir todo al retirarse; sin mencionar ya la huida, el caos, la falta de dirección, la impotencia, el desorden.

¡Lección amarga, ofensiva, dura, – necesaria, útil, beneficiosa!

Tres conclusiones sacará el obrero consciente y pensante de esta lección histórica: sobre nuestra actitud hacia la defensa de la patria, hacia la capacidad defensiva del país, hacia la guerra revolucionaria, socialista; sobre las condiciones de nuestro enfrentamiento con el imperialismo mundial; sobre el planteamiento correcto de la cuestión de nuestras relaciones con el movimiento socialista internacional.

Ahora somos defensistas, desde el 25 de octubre de 1917, estamos por la defensa de la patria desde ese día. Pues hemos demostrado en la práctica nuestra ruptura con el imperialismo. Hemos anulado y publicado los sucios y sangrientos tratados-conspiraciones imperialistas. Hemos derrocado a nuestra burguesía. Hemos dado libertad a los pueblos que oprimíamos. Hemos dado la tierra al pueblo y el control obrero. Estamos por la defensa de la República Socialista Soviética de Rusia.

Pero precisamente porque estamos por la defensa de la patria, exigimos una actitud seria hacia la capacidad defensiva y la preparación militar del país. Declaramos una guerra implacable a la frase revolucionaria sobre la guerra revolucionaria. Hay que prepararse para ella larga y seriamente, comenzando por el levantamiento económico del país, por el restablecimiento de los ferrocarriles (pues sin ellos la guerra moderna es la frase más vacía), por la restauración en todas partes de la más estricta disciplina revolucionaria y autodisciplina.

Es un crimen, desde el punto de vista de la defensa de la patria, aceptar un enfrentamiento militar con un enemigo infinitamente más fuerte y preparado cuando es notorio que no se tiene ejército. Estamos obligados, desde el punto de vista de la defensa de la patria, a firmar la paz más dura, opresiva, bestial y vergonzosa – no para «capitular» ante el imperialismo, sino para aprender y prepararnos para luchar contra él de manera seria y práctica.

La semana vivida ha elevado la revolución rusa a un escalón inconmensurablemente más alto del desarrollo histórico mundial. La historia ha avanzado, en estos días, varios peldaños hacia arriba de golpe.

Hasta ahora, frente a nosotros teníamos enemigos miserables, despreciablemente mezquinos (desde el punto de vista del imperialismo mundial), un tal idiota Románov, el fanfarrón Kerenski, bandas de junkers y burguesuchos. Ahora se ha levantado contra nosotros un gigante del imperialismo mundial, culto, equipado técnicamente de primera clase, organizativamente magníficamente dispuesto. Hay que luchar contra él. Hay que saber luchar contra él. Un país campesino, llevado por una guerra de tres años a una ruina inaudita, que ha iniciado la revolución socialista, debe eludir el enfrentamiento militar – mientras sea posible, aunque sea al precio de los más gravosos sacrificios, eludirlo – precisamente para tener la posibilidad de hacer algo serio para el momento en que estalle «el último combate decisivo».

Ese combate estallará solo cuando estalle la revolución socialista en los países imperialistas avanzados. Tal revolución, sin duda, madura y se fortalece cada mes, cada semana. Hay que ayudar a esta fuerza en maduración. Hay que saber ayudarla. No la ayudarás, sino que la perjudicarás, si entregas a la destrucción la vecina República Socialista Soviética en un momento en que es notorio que no tiene ejército.

No hay que convertir en frase la gran consigna: «Apostamos a la victoria del socialismo en Europa». Esto es una verdad, si se tiene en cuenta el largo y difícil camino de la victoria del socialismo hasta el final. Es una verdad indiscutible, filosófico-histórica, si se toma toda la «era de la revolución socialista» en su conjunto. Pero toda verdad abstracta se convierte en frase si se aplica a cualquier situación concreta. Es indiscutible que «en cada huelga se oculta la hidra de la revolución social». Es absurdo pensar que desde cada huelga se pueda dar un paso inmediato a la revolución. Si «apostamos a la victoria del socialismo en Europa» en el sentido de que asumimos ante el pueblo la garantía, la garantía de que la revolución europea estallará y vencerá indefectiblemente en las próximas semanas, indefectiblemente antes de que los alemanes tengan tiempo de llegar a Petrogrado, a Moscú, a Kiev, tengan tiempo de «rematar» nuestro transporte ferroviario, entonces no actuamos como revolucionarios-internacionalistas serios, sino como aventureros.

Si Liebknecht vence a la burguesía en 2 o 3 semanas (no es imposible), nos sacará de todas las dificultades. Esto es indiscutible. Pero si determinamos nuestra táctica actual en la lucha contra el imperialismo actual con la esperanza de que Liebknecht deba vencer precisamente en las próximas semanas, entonces solo mereceremos burla. Convertiremos las más grandes consignas revolucionarias de la actualidad en una frase revolucionaria.

¡Aprended de las duras pero útiles lecciones de la revolución, compañeros obreros! ¡Preparaos seria, intensa e incansablemente para la defensa de la patria, para la defensa de la República Socialista Soviética!

«Pravda» n.º 35 (edición vespertina), 25 (12) de febrero de 1918. Firma: Lenin

Se imprime según el texto del periódico «Pravda»