Camaradas, todos vosotros sabéis que la mayoría de los obreros, soldados y campesinos, tanto de la Gran Rusia como de las otras naciones que formaban Rusia —antes por la fuerza, y ahora como partes de la libre República Rusa—, han reconocido el poder de los Soviets. Y nos queda solo una pequeña lucha contra los miserables restos de las tropas contrarrevolucionarias de Kaledin, que en su tierra del Don, según parece, se ve obligado a huir de los cosacos revolucionarios.

Y ahora, cuando cae el último bastión de la contrarrevolución, podemos decir con seguridad que el poder de los Soviets se fortalece. Y se fortalecerá. Esto es completamente comprensible para todos, pues la experiencia palpable ha demostrado que solo este poder, los propios obreros, soldados y campesinos en sus Soviets, pueden sacar a Rusia al camino de la libre convivencia de todos los trabajadores.

Tenemos ante nosotros dos enemigos poderosos: el primero es el capital internacional. Se alza frente a nosotros, observando con furia el fortalecimiento del poder de los Soviets, que tanto odia. No hay duda de que estos multimillonarios no pueden dejar de guerrear por la posesión de algún pedazo de más, arrebatado a otro. Tampoco hay duda de que aún son más fuertes que la república de los Soviets.

Pero ha resultado que los capitalistas, aunque son más fuertes que nosotros, ya envían a sus representantes a nuestros comisarios y, quizá, incluso reconocerán el poder de los Soviets, e incluso la anulación de los empréstitos —ese golpe terrible y el más doloroso a sus bolsillos repletos—. Y estos discursos de los representantes de la oligarquía financiera internacional demuestran que los capitalistas internacionales han llegado a un callejón sin salida. Estarían encantados de salir de la guerra y caer con todas sus fuerzas sobre la odiada república de los Soviets, que ha encendido un incendio en toda Europa y América, pero no pueden.

Nuestra revolución ha sido engendrada por la guerra; si no hubiera guerra, observaríamos la unión de los capitalistas de todo el mundo: la cohesión sobre la base de la lucha contra nosotros. Tienen un solo pensamiento: que las chispas de nuestro incendio no caigan sobre sus tejados. Pero no se puede aislar a Rusia con una muralla china. No hay una sola organización obrera en el mundo donde no se reciban con entusiasmo nuestros decretos sobre la tierra, sobre la nacionalización de los bancos, etc.

Quizá en el futuro tengamos que sostener una lucha tenaz, pero sabed firmemente, camaradas, que en la mayoría de los países los obreros, oprimidos por sus capitalistas, ya están despertando, y por mucho que se enfurezcan los kaledinistas de todos los países, e incluso si consiguieran asestar temporalmente un golpe a Rusia, su posición no se consolidaría por ello. Nuestra posición es completamente firme, porque detrás de nosotros están todos los obreros de todos los países. (Aplausos.)

Nuestro otro enemigo es la desorganización económica. Y tanto más necesario es luchar contra la desorganización cuanto más se ha consolidado la posición de los Soviets. Vosotros, camaradas, sois quienes debéis desarrollar esa lucha. Vuestro viaje, el viaje de los agitadores de los dos partidos gobernantes que hoy encabezan el poder soviético, adquiere una gran importancia. Y me parece que en la remota provincia os espera un trabajo tenaz pero gratificante para fortalecer el poder de los Soviets, llevar las ideas revolucionarias al campo, eliminar la desorganización y liberar al campesinado trabajador de los kulaks rurales.

Nos espera un trabajo pesado y tenaz: la cura de los golpes causados por la guerra. La burguesía de otros países europeos se ha preparado más que la nuestra. Allí existía una distribución adecuada de los productos, por lo que ahora les es más fácil, existía un relevo de soldados en el frente correctamente organizado. Nada de esto nos lo dio ni el poder zarista, ni el poder de Kérenski, vacilante y conciliador burgués.

He aquí por qué Rusia se encuentra ahora en una situación especialmente difícil. Le aguardan tareas de organización, tareas de lucha contra los elementos cansados y simplemente gamberros que, para su propio provecho, intensifican la desorganización, a fin de construir sobre las ruinas los cimientos de la sociedad socialista.

A vosotros, camaradas, os espera un trabajo difícil, pero gratificante, como ya he dicho: organizar la economía en el campo y fortalecer el poder de los Soviets. Pero tenéis ayudantes, pues sabemos que a cada obrero y campesino que vive de su propio trabajo, la conciencia le dicta que fuera del poder de los Soviets no hay salvación del hambre y de la perdición. Y nosotros podemos salvar a Rusia. Todos los datos dicen que en Rusia hay trigo, y lo habría si hubiera sido oportunamente contabilizado y distribuido con justicia. Si dirigís la mirada a la inmensa Rusia y a la desorganización ferroviaria, os convenceréis de que nos es necesario un control reforzado y una distribución del trigo existente, pues el hambre nos perderá a nosotros y a vosotros. Y esto solo se puede afrontar bajo una condición: que cada obrero, cada campesino, cada ciudadano comprenda que él mismo, y solo él mismo, puede ayudarse. Nadie os ayudará, camaradas. Toda la burguesía, los funcionarios, los saboteadores van contra vosotros, porque saben que si el pueblo se reparte entre sí este patrimonio nacional que hasta ahora ha estado en manos de los capitalistas y los kulaks, entonces limpiará Rusia de zánganos y cizaña. Y por eso han reunido todas sus fuerzas contra los trabajadores, desde Kaledin y Dútov hasta el sabotaje, el soborno de los elementos vagabundos y de aquellos que simplemente están cansados y no pueden resistir, por la vieja costumbre, la costumbre explotadora de la burguesía. Hoy sobornan a soldados inconscientes e ignorantes para organizar pogromos del vino. Mañana, a empleados de los ferrocarriles para retrasar las cargas con destino a la capital; luego, a armadores para detener las barcazas con cargamentos de trigo, etc. Pero cuando el pueblo comprenda que solo la organización le dará la posibilidad de unirse y de crear una disciplina de camaradas, entonces ninguna artimaña de la burguesía será peligrosa para él.

He aquí vuestra tarea, he ahí adonde debéis llevar la unificación, la organización y la implantación del poder de los Soviets. Allí, en el campo, encontraréis a los campesinos "burgueses", a los kulaks, que intentarán sabotear el poder de los Soviets. Os será fácil luchar contra ellos, pues la masa estará con vosotros. Verá que desde el centro no van al campo expediciones punitivas, sino agitadores que llevan la luz al campo para unir en cada aldea a los que trabajan por sí mismos, a los que no han vivido a costa ajena.

Tomemos la cuestión de la tierra: la tierra ha sido declarada patrimonio del pueblo, y todas las formas de propiedad quedan abolidas. Con esto se ha dado un gran paso hacia la abolición de la explotación.

Aquí se desencadenará la lucha entre los ricachones y los campesinos trabajadores, y hay que ayudar a los pobres no con un librito, sino con la experiencia, con su propia lucha. No hemos quitado la tierra a los terratenientes para que vaya a parar a los ricachones y a los kulaks, sino a los pobres. Esto despertará simpatía y solidaridad hacia vosotros por parte del campesinado pobre.

Es necesario preocuparse también de que los aperos y máquinas agrícolas no estén en manos de los kulaks y los ricachones. Deben pertenecer al poder de los Soviets y ser entregados temporalmente para su uso a las masas trabajadoras, a través de los comités de volost. Y ellas mismas deben vigilar que esas máquinas no sirvan de medio de enriquecimiento para los kulaks, sino que se utilicen solo para trabajar su tierra.

Cualquier campesino os ayudará en vuestra difícil labor. Explicad al campo que es necesario cortar las alas a los kulaks y a los parásitos. Es necesaria una distribución correcta y uniforme de los productos, para que de los productos del trabajo del pueblo se beneficie el pueblo trabajador. Y contra un solo ricachón que extienda su garra codiciosa hacia el bien del pueblo, hay que oponer diez trabajadores.

Los ingresos de los Soviets ascienden a 8 mil millones, y los gastos a 28 mil millones. Por supuesto, en semejante estado de cosas, nosotros nos hundiremos con vosotros si no conseguimos sacar este carro estatal que el poder zarista ha metido en el pantano.

La guerra exterior ha terminado o está terminando. Es un hecho decidido. Ahora comienza la guerra interior. La burguesía, después de esconder lo robado en los cofres, piensa tranquilamente: "No pasa nada, resistiremos en nuestro escondite". El pueblo debe sacar a ese "acaparador" y obligarlo a devolver lo robado. Vosotros debéis llevarlo a cabo sobre el terreno. No dejar que se escondan, para que no nos pierda la quiebra total. No debe obligarles la policía —la policía está muerta y enterrada—, debe hacerlo el propio pueblo, y no hay otro medio de luchar contra ellos.

Tenía razón el viejo bolchevique que explicó al cosaco en qué consiste el bolchevismo. A la pregunta del cosaco: "¿Es verdad que vosotros, los bolcheviques, robáis?", el viejo respondió: "Sí, robamos lo robado"{125}.

Nos ahogaremos en este mar si no sacamos de esas huchas todo lo escondido, todo lo robado durante todos los años de explotación desvergonzada y criminal.

Pronto aprobaremos en el Comité Ejecutivo Central una ley sobre un nuevo impuesto a los pudientes, pero vosotros debéis aplicarlo vosotros mismos en las localidades, para que a cada centenar acumulado durante la guerra se le ponga la mano del trabajador. No debéis hacerlo con las armas en la mano: la guerra con armas ya ha terminado, y esta otra guerra comienza.

Nuestra revolución no será derribada por la fuerza de los explotadores si ahora emprendemos la tarea de manera organizada, porque detrás de nosotros y con nosotros está todo el proletariado mundial.

«Pravda» nº 18, 6 de febrero (24 de enero) de 1918.  
Se imprime según el texto del periódico «Pravda»