La respuesta de los alemanes, como ven los lectores, nos impone condiciones de paz aún más duras que en Brest-Litovsk. Y sin embargo, estoy absolutamente convencido de que sólo la embriaguez completa de frase revolucionaria puede empujar a algunos a negarse a firmar estas condiciones. Precisamente por eso empecé, con artículos en *Pravda* (firmados por Kárpov) sobre la «frase revolucionaria» y sobre la «sarna»[38], una lucha despiadada contra la frase revolucionaria, porque veía y sigo viendo en ella la mayor amenaza para nuestro partido (y por tanto, para la revolución). Los partidos revolucionarios, que aplican con rigor consignas revolucionarias, muchas veces en la historia han enfermado de frase revolucionaria y han perecido por ello.

Hasta ahora me he esforzado por inculcar al partido la lucha contra la frase revolucionaria. Ahora debo hacerlo abiertamente. Pues —¡ay!— mis peores suposiciones se han confirmado.

El 8 de enero de 1918, en una reunión de unas 60 personas, los más destacados militantes del partido de Petersburgo, leí mis «Tesis sobre la cuestión de la conclusión inmediata de una paz por separado y anexionista» (17 tesis, que mañana mismo serán publicadas). En esas tesis (§ 13) ya declaré la guerra a la frase revolucionaria, haciéndolo en la forma más suave y camaraderil (ahora condeno profundamente esa suavidad mía). Dije que la política de rechazar la paz propuesta «quizá respondería a la necesidad del hombre de aspirar a lo bello, lo efectista y lo llamativo, pero no tomaría en absoluto en cuenta la correlación objetiva de las fuerzas de clase y los factores materiales en el momento actual de la revolución socialista que ha comenzado»[39].

En la tesis 17 escribí que si nos negamos a firmar la paz propuesta, «las más duras derrotas obligarán a Rusia a concertar una paz por separado aún más desventajosa».

Resultó aún peor, pues nuestro ejército, en retirada y desmovilizándose, se niega por completo a combatir.

Sólo la frase desenfrenada puede empujar a Rusia, en estas condiciones, en el momento actual, a la guerra, y yo personalmente, por supuesto, no permanecería ni un segundo ni en el gobierno ni en el Comité Central de nuestro partido si la política de la frase se impusiera.

Ahora la amarga verdad se ha mostrado con una claridad tan espantosa que es imposible no verla. Toda la burguesía en Rusia se regocija y triunfa con la llegada de los alemanes. Sólo los ciegos o los embriagados por la frase pueden cerrar los ojos ante el hecho de que la política de guerra revolucionaria (sin ejército...) es agua para el molino de nuestra burguesía. En Dvinsk, los oficiales rusos ya llevan charreteras.

En Rezhitsa, los burgueses, regocijándose, recibieron a los alemanes. En Petersburgo, en la avenida Nevski, y en los periódicos burgueses (*Rech*, *Delo Naroda*, *Novy Luch* y otros) saborean su entusiasmo por el próximo derrocamiento del poder de los Soviets por los alemanes.

Que lo sepa todo el mundo: quien está en contra de una paz inmediata, aunque archipesada, arruina el poder de los Soviets.

Estamos obligados a pasar por una paz dura. No detendrá la revolución en Alemania y en Europa. Nos pondremos a preparar un ejército revolucionario no con frases y exclamaciones (como lo prepararon aquellos que desde el 7 de enero no hicieron nada ni siquiera para intentar detener a nuestras tropas en fuga), sino con trabajo organizativo, con hechos, con la creación de un ejército serio, de todo el pueblo, poderoso.

Escrito el 23 de febrero de 1918.
Publicado el 23 (10) de febrero de 1918 en la edición vespertina del periódico *Pravda* nº 34. Firmado: Lenin
Se publica según el texto del periódico.