¡Camaradas! El choque entre el poder soviético y la Asamblea Constituyente ha sido preparado por toda la historia de la revolución rusa, a la que se plantearon las inauditas tareas de la reorganización socialista de la sociedad. Después de los acontecimientos de 1905 no cabía duda alguna de que el zarismo vivía sus últimos días, y solo gracias al atraso y la ignorancia del campo logró salir del abismo. La revolución de 1917 estuvo acompañada por el fenómeno de que, por un lado, el partido imperialista burgués se transformó, por la fuerza de los acontecimientos, en partido republicano, y por otro lado, surgieron organizaciones democráticas: los Soviets, creados ya en 1905, pues ya entonces los socialistas comprendieron que con la organización de estos Soviets se crea algo grande, nuevo e inédito en la historia de la revolución mundial. Los Soviets, que el pueblo supo crear de manera completamente independiente, son una forma de democracia que no tiene igual en ningún país.

La revolución hizo surgir dos fuerzas: la unión de las masas con el objetivo de derrocar al zarismo y la organización del pueblo trabajador. Cuando oigo de los adversarios de la Revolución de Octubre gritos sobre la irrealizabilidad y el carácter utópico de las ideas del socialismo, suelo hacerles en esos casos una pregunta simple y clara: ¿qué fenómeno son los Soviets? ¿De qué es resultado el surgimiento de estas organizaciones populares, jamás vistas antes en la historia del desarrollo de la revolución mundial? Y a esta pregunta no he recibido ni he podido recibir una respuesta definida de nadie. Debido a su defensa intransigente del régimen burgués, van contra estas poderosas organizaciones, cuyo surgimiento no se ha observado aún en ninguna de las revoluciones del mundo. Quien lucha contra los terratenientes, va a los Soviets de diputados campesinos. Los Soviets abarcan a todos y cada uno de los que, no queriendo permanecer inactivos, emprenden el camino del trabajo creador. Cubrieron con una red todo el país, y cuanto más densa sea esta red de Soviets populares, tanto menos posible será la explotación de los representantes del pueblo trabajador, pues la existencia de los Soviets es incompatible con el florecimiento del régimen burgués; en esto radica la fuente de todas estas contradicciones de los representantes de la burguesía, que libran su lucha contra nuestros Soviets exclusivamente en nombre de sus intereses.

El tránsito del capitalismo al régimen socialista va acompañado de una lucha larga y tenaz. La revolución rusa, habiendo derrocado al zarismo, debía marchar invariablemente adelante, sin limitarse al triunfo de la revolución burguesa, pues la guerra y las inauditas calamidades que creó para los pueblos extenuados prepararon el terreno para el estallido de la revolución social. Y por eso, no hay nada más ridículo que cuando se dice que el desarrollo ulterior de la revolución, la ulterior indignación de las masas fue provocada por un partido cualquiera, una personalidad aislada o, como gritan, la voluntad de un «dictador». El incendio de la revolución se inflamó exclusivamente gracias a los increíbles sufrimientos de Rusia y a todas las condiciones creadas por la guerra, que colocó al pueblo trabajador de manera abrupta y decisiva ante el dilema: o bien un paso audaz, desesperado e intrépido, o perecer, morir de hambre.

Y el fuego revolucionario se manifestó en que los Soviets —ese sostén de la revolución trabajadora— fueron creados. El pueblo ruso dio un salto gigantesco, un brinco del zarismo a los Soviets. Es un hecho irrefutable y sin precedentes en ninguna parte. Y mientras que los parlamentos burgueses de todos los países y Estados, atados por los marcos del capitalismo y la propiedad, jamás y en ningún lugar prestaron apoyo alguno al movimiento revolucionario, los Soviets, avivando el incendio de la revolución, dictan imperiosamente al pueblo: lucha, toma todo en tus manos y organízate. No hay duda de que en el proceso de desarrollo de la revolución, provocado por la fuerza de los Soviets, se encontrarán toda una serie de errores y fallos posibles, pero no es un secreto para nadie que todo movimiento revolucionario va acompañado invariablemente de una manifestación temporal de caos, desbarajuste y desórdenes. La sociedad burguesa es la misma guerra, la misma carnicería, y este fenómeno ha provocado y agravado el conflicto entre la Asamblea Constituyente y los Soviets, y todos aquellos que nos señalan que nosotros, que en otro tiempo defendíamos la Asamblea Constituyente, ahora la «disolvemos», en sus pensamientos no hay ni una pizca de sensatez, sino solo frases pomposas y vacías. Porque en otro tiempo, en comparación con el zarismo y la república de Kérenski, la Asamblea Constituyente era para nosotros mejor que sus supuestos órganos de poder, pero, a medida que surgían los Soviets, estos últimos, por supuesto, como organizaciones revolucionarias de todo el pueblo, se volvieron incomparablemente superiores a todos los parlamentos del mundo, y este fenómeno lo subrayé ya en el mes de abril. Los Soviets, al realizar una demolición radical de la propiedad burguesa y terrateniente, contribuyendo al viraje definitivo que barre todas las huellas del régimen burgués, nos empujaron al camino que llevó al pueblo a construir su propia vida. Ya hemos emprendido esta gran construcción y hemos hecho muy bien en emprenderla. No hay duda de que la revolución socialista no puede ser presentada inmediatamente al pueblo en una forma pulcra, pulida e impecable, no puede no ir acompañada de guerra civil y de manifestaciones de sabotaje y resistencia. Y quienes os demuestran lo contrario, o son mentirosos o son hombres en una campana de cristal. *(Tormentosos aplausos.)* Los acontecimientos del 20 de abril, cuando el pueblo, de manera independiente, sin indicación alguna por parte de los «dictadores» o los partidos, se alzó solo contra el gobierno conciliador, este fenómeno mostró ya entonces toda la debilidad y la falta de base de los fundamentos de la burguesía. Las masas presintieron su fuerza, y para complacerlas comenzó aquel famoso salto ministerial con el objetivo de engañar al pueblo, el cual, sin embargo, pronto recobró la vista, en particular después de que Kérenski, con los bolsillos llenos de tratados secretos de rapiña con los imperialistas, lanzara las tropas a la ofensiva. Toda la actividad de los conciliadores fue gradualmente comprendida por el pueblo engañado, cuya paciencia comenzaba a agotarse, y el resultado de todo esto fue la Revolución de Octubre. El pueblo aprendió por experiencia, pasando por torturas, ejecuciones a muerte y fusilamientos en masa, y en vano sus verdugos afirman que de la insurrección de los trabajadores son culpables los bolcheviques o cualesquiera «dictadores». Esto lo demuestra la escisión en el seno de las masas populares, en los congresos, reuniones, conferencias, etc. La asimilación por el pueblo de la Revolución de Octubre no ha terminado hasta la fecha. Esta revolución ha mostrado en la práctica cómo el pueblo debe proceder a tomar en sus manos las tierras y las riquezas naturales y los medios de transporte y producción, en manos del Estado obrero y campesino. Todo el poder a los Soviets, dijimos, y por ello luchamos. El pueblo quería convocar la Asamblea Constituyente, y nosotros la convocamos. Pero en seguida sintió lo que representa esta susodicha Asamblea Constituyente. Y ahora hemos cumplido la voluntad del pueblo, la voluntad que reza: todo el poder a los Soviets. Y a los saboteadores los doblegaremos. Cuando pasé del Smolny, hirviente y lleno de vida, al Palacio de Táuride, me sentí como si estuviera entre cadáveres y momias sin vida. Habiendo tomado todos los medios disponibles para la lucha contra el socialismo, empleando la fuerza, el sabotaje, convirtieron incluso el gran orgullo de la humanidad —el conocimiento— en un instrumento de explotación del pueblo trabajador, y aunque con esto socavaron un tanto los pasos hacia la revolución socialista, no consiguieron hacerla fracasar y nunca lo conseguirán. Pues es demasiado fuerte el poder de los Soviets, que comenzaron a romper los viejos y caducos fundamentos del régimen burgués no a lo señorial, sino a lo proletario, a lo campesino.

Y la transferencia de todo el poder a la Asamblea Constituyente es el mismo conciliacionismo con la burguesía maligna. Los Soviets rusos colocan los intereses de las masas trabajadoras mucho más alto que los intereses del conciliacionismo traidor, disfrazado con un traje nuevo. A rancio, antiguo, mohoso vetusto sonaban los discursos de Chernov y Tsereteli, esos actores caducos que, como antes, continúan con su fastidioso lloriqueo sobre la cesación de la guerra civil. Pero mientras exista Kaledin, y bajo la consigna «todo el poder a la Asamblea Constituyente» se oculte la consigna «abajo el poder soviético», no evitaremos la guerra civil, ¡pues por nada del mundo entregaremos el poder soviético! *(Tormentosos aplausos.)* Y cuando la Asamblea Constituyente manifestó de nuevo su disposición a aplazar todas las cuestiones candentes y urgentes planteadas por los Soviets, nosotros les respondimos que no puede haber ni un solo minuto de aplazamiento. Y por voluntad del poder soviético, la Asamblea Constituyente, que no ha reconocido el poder del pueblo, queda disuelta. La apuesta de los Riábushinski está batida, y la resistencia de estos últimos solo agravará y provocará un nuevo estallido de la guerra civil.

La Asamblea Constituyente queda disuelta, y la república revolucionaria soviética triunfará cueste lo que cueste. *(Tormentosos aplausos que se convierten en una prolongada ovación que no cesa.)*

«Pravda» nº 6, 22 (9) de enero de 1918.

Se publica según el texto del periódico «Pravda».