Prologo 
a la primera edicion 
(Agosto 1917)

La cuestión 
del Estado adquiere actualmente una importancia singular, 
tanto en el aspecto teórico como en el aspecto político 
práctico. La guerra imperialista ha acelerado y agudizado 
extraordinariamente el proceso de transformación del 
capitalismo monopolista en capitalismo monopolista de Estado. 
La opresión monstruosa de las masas trabajadoras por 
el Estado, que se va fundiendo cada vez más estrechamente 
con las asociaciones omnipotentes de los capitalistas, cobra 
proporciones cada vez mas monstruosas. Los países adelantados 
se convierten -- y al decir esto nos referimos a su "retaguardia" 
-- en presidios militares para los obreros. Los inauditos 
horrores y calamidades de esta guerra interminable hacen insoportable 
la situación de ías masas, aumentando su indignación. 
Va fermentando a todas luces la revolución proletaria 
internacional. La cuestión de la actitud de ésta 
hacia el Estado adquiere una importancia práctica.

Los elementos de oportunismo acumulados durante décadas 
de desarrollo relativamente pacífico crearon la corriente 
de socialchovinismo imperante en los partidos socialistas 
oficiales del mundo entero. Esta corriente (Plejánov, 
Pótresov, Breshkóvskaia, Rubanóvich y 
luego, bajo una forma levemente velada, los señores 
Tsereteli, Chernov y Cía., en Rusia; Scheidemann, Legien, 
David y otros en Alemania; Renaudel, Guesde, Vandervelde, 
en Francia y en Bélgica; Hyndman y los fabianos, en

Inglaterra, etc., etc.), socialismo de palabra y chovinismo 
de hecho, se distingue por la adaptación vil y lacayuna 
de los "jefes" del "socialismo", no sólo 
a los intereses de "su" burguesía nacional, 
sino, precisamente, a los intereses de "su" Estado, 
pues la mayoría de las llamadas grandes potencias hace 
ya largo tiempo que explotan y esclavizan a muchas nacionalidades 
pequeñas y débiles. Y la guerra imperialista 
es precisamente una guerra por la partición y el reparto 
de esta clase de botín. La lucha por arrancar a las 
masas trabajadoras de la influencia de la burguesía 
en general y de la burguesía imperialista en particular, 
es imposible sin una lucha contra los prejuicios oportunistas 
relativos al "Estado".

Comenzamos examinando la doctrina de Marx y Engels sobre el 
Estado, deteniéndonos de manera especialmente minuciosa 
en los aspectos de esta doctrina olvidados o tergiversados 
de un modo oportunista. Luego, analizaremos especialmente 
la posición del principal representante de estas tergiversaciones, 
Carlos Kautsky, el líder más conocido de la 
II Internacional (1889-1914), que tan lamentable bancarrota 
ha sufrido durante la guerra actual. Finalmente, haremos el 
balance fundamental de la experiencia de la revolución 
rusa de 1905 y, sobre todo, de la de 1917. Esta última 
cierra, evidentemente, en los momentos actuales (comienzos 
de agosto de 1917), la primera fase de su desarrollo; pero 
toda esta revolución, en términos generales, 
sólo puede comprenderse como uno de los eslabones de 
la cadena de las revoluciones proletarias socialistas suscitadas 
por la guerra imperialista. La cuestión de la actitud 
de la revolución socialista del proletariado ante el 
Estado adquiere, así, no solo una importancia política 
práctica, sino la importancia más candente como 
cuestión de explicar a las masas qué deberán 
hacer para liberarse, en un porvenir inmediato, del yugo del 
capital.

El Autor

Capitulo 
I - LA SOCIEDAD DE CLASES Y EL ESTADO

1. 
EL ESTADO, PRODUCTO DEL CARACTER IRRECONCILIABLE DE LAS CONTRADICCIONES 
DE CLASE

Ocurre hoy con la doctrina de Marx lo que ha solido ocurrir 
en la historia repetidas veces con las doctrinas de los pensadores 
revolucionarios y de los jefes de las clases oprimidas en 
su lucha por la liberación. En vida de los grandes 
revolucionarios, las clases opresoras les someten a constantes 
persecuciones, acogen sus doctrinas con la rabia más 
salvaje, con el odio más furioso, con la campaña 
más desenfrenada de mentiras y calumnias. Después 
de su muerte, se intenta convertirlos en iconos inofensivos, 
canonizarlos, por decirlo así, rodear sus nombres de 
una cierta aureola de gloria para "consolar" y engañar 
a las clases oprimidas, castrando el contenido de su doctrina 
revolucionaria, mellando su filo revolucionario, envileciéndola. 
En semejante "arreglo" del marxismo se dan la mano 
actualmente la burguesía y los portunistas

dentro del movimiento obrero. Olvidan, re legan a un segundo 
plano, tergiversan el aspecto revolucionario de esta doctrina, 
su espíritu revolucionario. Hacen pasar a primer plano, 
ensalzan lo que es o parece ser aceptable para la burguesía. 
Todos los socialchovinistas son hoy -- ¡bromas aparte! 
-- "marxistas". Y cada vez con mayor frecuencia 
los sabios burgueses alemanes, que ayer todavía eran 
especialistas en pulverizar el marxismo, hablan hoy ¡de 
un Marx "nacional-alemán" que, según 
ellos, educó estas asociaciones obreras tan magníficamente 
organizadas para llevar a cabo la guerra de rapiñal!

Ante esta situación, ante la inaudita difusión 
de las tergiversaciones del marxismo, nuestra misión 
consiste, ante todo, en restaurar la verdadera doctrina de 
Marx sobre el Estado. Para esto es necesario citar toda una 
serie de pasajes largos de las obras mismas de Marx y Engels. 
Naturalmente, las citas largas hacen la exposición 
pesada y en nada contribuyen a darle un carácter popular. 
Pero es de todo punto imposible prescindir de ellas. No hay 
más remedio que citar del modo más completo 
posible todos los pasajes, o, por lo menos, todos los pasajes 
decisivos, de las obras de Marx y Engels sobre la cuestión 
del Estado, para que el lector pueda formarse por su cuenta 
una noción del conjunto de las ideas de los fundadores 
del socialismo científico y del desarrollo de estas 
ideas, así como también para probar documentalmente 
y patentizar con toda claridad la tergiversación de 
estas ideas por el "kautskismo" hoy imperante.

Comencemos por la obra más conocida de F. Engels: "El 
origen de la familia, de la propiedad privada y del Estado", 
de la que ya en 1894 se publicó en Stuttgart la sexta

edición. Conviene traducir las citas de los originales 
alemanes, pues las traducciones rusas, con ser tan numerosas, 
son en gran parte incompletas o están hechas de un

modo muy defectuoso.

"El Estado -- dice Engels, resumiendo su análisis 
histórico -- no es, en modo alguno, un Poder impuesto 
desde fuera a la sociedad; ni es tampoco 'la realidad de la 
idea moral', 'la imagen y la realidad de la razón', 
como afirma Hegel. El Estado es, más bien, un producto 
de la sociedad al llegar a una determinada fase de desarrollo; 
es la confesión de que esta sociedad se ha enredado 
con sigo misma en una contradicción insoluble, se ha 
dividido en antagonismos irreconciliables, que ella es impotente 
para conjurar. Y para que estos antagonismos, estas clases 
con intereses económicos en pugna, no se devoren a 
sí mismas y no devoren a la sociedad en una lucha estéril, 
para eso hízose necesario un Poder situado, aparentemente, 
por encima de la sociedad y llamado a amortiguar el conflicto, 
a mantenerlo dentro de los límites del 'orden'. Y este 
Poder, que brota de la sociedad, pero que se coloca por encima 
de ella y que se divorcia cada vez más de ella, es 
el Estado" (págs. 177 y 178 de la sexta edición 
alemana).

Aquí aparece expresada con toda claridad la idea fundamental 
del marxismo en punto a la cuestión del papel histórico 
y de la significación del Estado. EI Estado es el producto 
y la manifestación del carácter irreconciliable 
de las contradicciones de clase.

El 
Estado surge en el sitio, en el momento y en el grado en que 
las contradicciones de clase no pueden, objetivamente, conciliarse. 
Y viceversa: la existencia del Estado

demuestra que las contradicciones de clase son irreconciliables.

En torno a este punto importantísimo y cardinal comienza 
precisamente la tergiversación del marxismo, tergiversación 
que sigue dos direcciones fundamentales.

De una parte, los ideólogos burgueses y especialmente 
los pequeñoburgueses, obligados por la presión 
de hechos históricos indiscutibles a reconocer que 
el Estado sólo existe allí donde existen las 
contradicciones de clase y la lucha de clases, "corrigen" 
a Marx de manera que el Estado resulta ser el órgano 
de la conciliación de clases. Según Marx, el 
Estado no podría ni surgir ni mantenerse si fuese posible 
la conciliación de las clases. Para los profesores 
y publicistas mezquinos y filisteos -- ¡que invocan 
a cada paso en actitud benévola a Marx! -- resulta 
que el Estado es precisamente el que concilia las clases. 
Según Marx, el Estado es un órgano de dominación 
de clase, un órgano de opresión de una clase 
por otra, es la creación del "orden" que 
legaliza y afianza esta opresión, amortiguando los 
choques entre las clases. En opinión de los políticos 
pequeñoburgueses, el orden es precisamente la conciliación 
de las clases y no la opresión de una clase por otra. 
Amortiguar los choques significa para ellos conciliar y no 
privar a las clases oprimidas de ciertos medios y procedimientos 
de lucha para el derrocamiento de los opresores.

Por ejemplo, en la revolución de 1917, cuando la cuestión 
de la significación y del papel del Estado se planteó 
precisamente en toda su magnitud, en el terreno práctico,

como una cuestión de acción inmediata, y además 
de acción de masas, todos los socialrevolucionarios 
y todos los mencheviques cayeron, de pronto y por entero, 
en la

teoría pequeñoburguesa de la "conciliación" 
de las clases "por el Estado". Hay innumerables 
resoluciones y artículos de los políticos de 
estos dos partidos saturados de esta teoría mezquina 
y filistea de la "conciliación". Que el Estado 
es el órgano de dominación de una determinada 
clase, la cual no puede conciliarse con su antípoda

(con la clase contrapuesta a ella), es algo que esta democracia 
pequeñoburguesa no podrá jamás comprender, 
La actitud ante el Estado es uno de los síntomas más 
patentes de que nuestros socialrevolucionarios y mencheviques 
no son en manera alguna socialistas (lo que nosotros, los 
bolcheviques, siempre hemos demostrado), sino demócratas 
pequeñoburgueses con una fraseología casi socialista.

De otra parte, la tergiversación "kautskiana" 
del marxismo es bastante más sutil.

"Teóricamente", no se niega ni que el Estado 
sea el órgano de dominación de clase, ni que 
las contradicciones de clase sean irreconciliables. Pero se 
pasa por alto u oculta lo siguiente: si el Estado es un producto 
del carácter irreconciliable de las contradicciones 
de 
clase, si es una fuerza que está por encima de la sociedad 
y que "se divorcia cada vez más de la sociedad", 
es evidente que la liberación de la clase oprimida 
es imposible, no sólo sin una revolución violenta, 
sino también sin la destrucción del aparato 
del Poder estatal que ha sido creado por la clase dominante 
y en el que toma cuerpo aquel "divorcio". Como veremos 
más abajo, Marx llegó a esta conclusión, 
teóricamente clara por si misma, con la precisión 
más completa, a base del análisis histórico 
concreto de las tareas de la revolución. Y esta conclusión 
es precisamente -- como expondremos con todo detalle en las 
páginas siguientes -- la que Kautsky . . . ha"olvidado" 
y falseado.

2. LOS DESTACAMENTOS ESPECIALES DE FUERZAS ARMADAS, LAS 
CARCELES, ETC.

"En comparación con las antiguas organizaciones 
gentilicias (de tribu o de clan) -- prosigue Engels --, el 
Estado se caracteriza, en primer lugar, por la agrupación 
de sus

súbditos según las divisiones territoriales". 
. . A nosotros, esta agrupación nos parece 'natural', 
pero ella exigió una larga lucha contra la antigua 
organización en 'gens' o en tribus.

"La segunda caracteristica es la instauración 
de un Poder público, que ya no coincide directamente 
con la población organizada espontáneamente 
como fuerza armada. Este Poder público especial hácese 
necesario porque desde la división de la sociedad en 
clases es ya imposible una organización armada espontánea 
de la población. . Este Poder público existe 
en todo Estado; no está formado solamente por hombres 
armados, sino también por aditamentos materiales, las 
cárceles y las instituciones coercitivas de todo género, 
que la sociedad gentilicia no conocía. . ."

Engels desarrolla la noción de esa "fuerza" 
a que se da el nombre de Estado, fuerza que brota de la sociedad, 
pero que se sitúa por encima de ella y que se divorcia 
cada vez más de ella. ¿En qué consiste, 
fundamentalmente, esta fuerza? En destacamentos especiales 
de hombres armados, que tienen a su disposición cárceles 
y otros elementos.

Tenemos derecho a hablar de destacamentos especiales de hombres 
armados, pues el Poder público propio de todo Estado 
"no coincide directamente" con la población

armada, con su "organización armada espontánea".

Como todos los grandes pensadores revolucionarios, Engels 
se esfuerza en dirigir la atención de los obreros conscientes 
precisamente hacia aquello que el filisteísmo

dominante considera como lo menos digno de atención, 
como lo más habitual, santificado por prejuicios no 
ya sólidos, sino podríamos decir que petrificados 
El ejército permanente y la policía son los 
instrumentos fundamentales de la fuerza del Poder del Estado. 
Pero ¿puede acaso ser de otro modo?

Desde el punto de vista de la inmensa mayoría de los 
europeos de fines del siglo XIX, a quienes se dirigía 
Engels y que no habían vivido ni visto de cerca ninguna 
gran

revolución, esto no podía ser de otro modo. 
Para ellos, era completamente incomprensible esto de una "organización 
armada espontánea de la población". A la 
pregunta de por qué ha surgido la necesidad de destacamentos 
especiales de hombres armados (policía y ejército 
permanente) situados por encima de la sociedad y divorciados 
de ella, el filisteo del Occidente de Europa y el filisteo 
ruso se inclinaban a contestar 
con un par de frases tomadas de prestado de Spencer o de Mijailovski,

remitiéndose a la complejidad de la vida social, a 
la diferenciación de funciones, etc.

Estas referencias parecen "científicas" y 
adormecen magníficamente al filisteo, velando lo principal 
y fundamental: la división de la sociedad en clases 
enemigas irreconciliables.

Si no existiese esa división, la "organización 
armada espontánea de la población" se diferenciaría 
por su complejidad, por su elevada técnica, etc., de 
la organización

primitiva de la manada de monos que manejan el palo, o de 
la del hombre prehistórico, o de la organización 
de los hombres agrupados en la sociedad del clan;

pero semejante organización sería posible.

Si es imposible, es porque la sociedad civilizada se halla 
dividida en clases enemigas, y además irreconciliablemente 
enemigas, cuyo armamento "espontáneo"

conduciría a la lucha armada entre ellas. Se forma 
el Estado, se crea una fuerza especial, destacamentos especiales 
de hombres armados, y cada revolución, al destruir

el aparato del Estado, nos indica bien visiblemente cómo 
la clase dominante se esfuerza por restaurar los destacamentos 
especiales de hombres armados a s u

servicio, cómo la clase oprimida se esfuerza en crear 
una nueva organización de este tipo, que sea capaz 
de servir no a los explotadores, sino a los explotados.

En el pasaje citado, Engels plantea teóricamente la 
misma cuestión que cada gran revolución plantea 
ante nosotros prácticamente de un modo palpable y, 
además, sobre un plano de acción de masas, a 
saber: la cuestión de las relaciones mutuas entre los 
destacamentos "especiales" de hombres armados y 
la "organización armada

espontánea de la población". Hemos de ver 
cómo ilustra de un modo concreto esta cuestión 
la experiencia de las revoluciones europeas y rusas.

Pero volvamos a la exposición de Engels.

Engels señala que, a veces, por ejemplo, en algunos 
sitios de Norteamérica, este Poder público es 
débil (se trata aquí de excepciones raras dentro 
de la socíedad capitalista y de aquellos sitios de 
Norteamérica en que imperaba, en el período 
preimperialista, el colono libre), pero que, en términos 
generales, se fortalece:". . . Este Poder público 
se fortalece a medida que los antagonismos de clase se agudizan 
dentro del Estado y a medida que se hacen más grandes 
y más poblados los Estados colindantes; basta fijarse 
en nuestra Europa actual, donde la lucha de clases y el pugilato 
de conquistas han encumbrado al Poder público a una 
altura en que amenaza con devorar a toda la sociedad y hasta 
al mismo Estado".

Esto fue escrito no más tarde que a comienzos de la 
década del 90 del siglo pasado.

El último prólogo de Engels lleva la fecha del 
16 de junio de 1891. Por aquel entonces, comenzaba apenas 
en Francia, y más tenuemente todavía en Norteamérica 
y en

Alemania, el viraje hacia el imperialismo, tanto en el sentido 
de la dominación completa de los trusts, como en el 
sentido de la omnipotencia de los grandes bancos,

en el sentido de una grandiosa política colonial, etc. 
Desde entonces, el "pugilato de conquistas" ha experimentado 
un avance gigantesco, tanto más cuanto que a

comienzos de la segunda década del siglo XX el planeta 
ha resultado estar definitivamente repartido entre estos "conquistadores 
en pugilato", es decir, entre las grandes potencias rapaces. 
Desde entonces, los armamentos terrestres y marítimos 
han 
crecido en proporciones increíbles, y la guerra de 
pillaje de 1914 a 1917 por la dominación de Inglaterra 
o Alemania sobre el mundo, por el reparto del botín, 
ha llevado al borde de una catástrofe completa la "absorción" 
de todas las fuerzas de la sociedad por un Poder estatal rapaz.

Ya en 1891, Engels supo señalar el "pugilato de 
conquistas" como uno de los más importantes rasgos 
distintivos de la política exterior de las grandes 
potencias. ¡Y los

canallas socialchovinistas de los años 1914-1917, en 
que precisamente este pugilato, agudizándose más 
y más, ha engendrado la guerra imperialista, encubren 
la defensa de los intereses rapaces de "su" burguesía 
con frases sobre la "defensa de la patria", sobre 
la "defensa de la república y de la revolución" 
y con otras frases por el estilo!

3. EL ESTADO, ARMA DE EXPLOTACION DE LA CLASE OPRIMIDA

Para mantener un Poder público aparte, situado por 
encima de la sociedad, son necesarios los impuestos y las 
deudas del Estado.

"Los funcionarios, pertrechados con el Poder público 
y con el derecho a cobrar impuestos, están situados 
-- dice Engels --, como órganos de la sociedad, por 
encima de la sociedad. A ellos ya no les basta, aun suponiendo 
que pudieran tenerlo, con el respeto libre y voluntario que 
se les tributa a los órganos del régimen gentilicio. 
. ." Se

dictan leyes de excepción sobre la santidad y la inviolabilidad 
de los funcionarios. "El más despreciable polizonte" 
tiene más "autoridad" que los representantes 
del clan;

pero incluso el jefe del poder militar de un Estado civilizado 
podría envidiar a un jefe de clan por "el respeto 
espontáneo" que le profesaba la sociedad.

Aquí se plantea la cuestión de la situación 
privilegiada de los funcionarios como órganos del Poder 
del Estado. Lo fundamental es saber: ¿qué los 
coloca por encima de

la sociedad? Veamos cómo esta cuestión teórica 
fue resuelta prácticamente por la Comuna de París 
en 1871 y cómo la esfumó reaccionariamente Kautsky 
en 1912:

"Como el Estado nació de la necesidad de tener 
a raya los antagonismos de clase, y como, al mismo tiempo, 
nació en medio del conflicto de estas clases, el Estado 
lo es, por regla general, de la clase más poderosa, 
de la clase económicamente dominante, que con ayuda 
de él se convierte también en la clase políticamente 
dominante,

adquiriendo así nuevos medios para la represión 
y explotación de la clase oprimida. . ."

No fueron sólo el Estado antiguo y el Estado feudal 
órganos de explotación de los esclavos y de 
los campesinos siervos y vasallos: también "el 
moderno Estado representativo es instrumento de explotación 
del trabajo asalariado por el capital. Sin embargo, excepcionalmente, 
hay períodos en que las clases en pugna se equilibran

hasta tal punto, que el Poder del Estado adquiere momentáneamente, 
como aparente mediador, una cierta independencia respecto 
a ambas". . . Tal aconteció con la monarquía 
absoluta de los siglos XVII y XVIII, con el bonapartismo del 
primero y del segundo Imperio en Francia, y con Bismarck en 
Alemania.

Y tal ha acontecido también -- agregamos nosotros -- 
con el gobierno de Kerenski, en la Rusia republicana, después 
del paso a las persecuciones del proletariado revolucionario, 
en un momento en que los Soviets, como consecuencia de hallar 
se dirigidos por demócratas pequeñoburgueses, 
son ya impotentes, y la burguesía no es

todavía lo bastante fuerte para disolverlos pura y 
simplemente.

En la 
república democrática -- prosigue Engels -- 
"la riqueza ejerce su poder indirectamente, pero de un 
modo tanto más seguro", y lo ejerce, en primer 
lugar, mediante la "corrupción directa de los 
funcionarios" (Norteamérica), y, en segundo lugar, 
mediante la "alianza del gobierno con la Bolsa" 
(Francia y Norteamérica).En la actualidad, el imperialismo 
y la dominación de los Bancos han "desarrollado", 
hasta convertirlos en un arte extraordinario, estos dos métodos 
adecuados paradefender y llevar a la práctica la omnipotencia 
de la riqueza en las repúblicas democráticas, 
sean cuales fueren. Si, por ejemplo, en los primeros meses 
de la república democrática rusa, en los meses 
que podemos llamar de la luna de miel de los "socialistas" 
-- socialrevolucionarios y mencheviques -- con la burguesía, 
en el gobierno de coalición, el señor Palchinski 
saboteó todas las medidas de restricción contra 
los capitalistas y sus latrocinios, contra sus actos de saqueo 
en detrimento del fisco mediante los suministros de guerra, 
y si, al salir del ministerio, el señor Palchinski 
(sustituido, naturalmente, por otro Palchinski exactamente 
igual) fue "recompensado" por los capitalistas con 
un puestecito de 120.000 rublos de sueldo al año, ¿qué 
significa esto? ¿Es un soborno directo o indirecto? 
¿Es una alianza del gobierno con los consorcios o son 
"solamente" lazos de amistad? ¿Qué 
papel desempeñan los Chernov y los Tsereteli, los Avkséntiev 
y los Skóbelev? ¿El de aliados "directos" 
o solamente indirectos de los millonarios malversadores de 
los fondos públicos?

La omnipotencia de la "riqueza" es más segura 
en las repúblicas democráticas, porque no depende 
de la mala envoltura política del capitalismo. La república 
democrática es la mejor envoltura política de 
que puede revestirse el capitalismo, y por lo tanto el capital, 
al dominar (a través de los Pakhinski, los Chernov, 
los Tsereteli y Cía.) esta envoltura, que es la mejor 
de todas, cimenta su Poder de un modo tan seguro, tan firme, 
que ningún cambio de personas, ni de instituciones, 
ni de partidos, dentro de la república democrática 
burguesa, hace vacilar este Poder.Hay que advertir, además, 
que Engels, con la mayor precisión, llama al sufragio 
universal arma de dominación de la burguesía. 
El sufragio universal, dice Engels, sacando evidentemente 
las enseñanzas de la larga experiencia de la socialdemocracia 
alemana, es "el índice que sirve para medir la 
madurez de la clase obrera. No puede ser más ni será 
nunca más, en el Estado actual".

Los demócratas pequeñoburgueses, por el estilo 
de nuestros socialrevolucionarios y mencheviques, y sus hermanos 
carnales, todos los socialchovinistas y oportunistas de la 
Europa occidental, esperan, en efecto, "más" 
del sufragio universal.

Comparten ellos mismos e inculcan al pueblo la falsa idea 
de que el sufragio universal es, "en el Estado actual 
", un medio capaz de expresar realmente la voluntad de 
la

mayoría de los trabajadores y de garantizar su efectividad 
práctica.

Aquí no podemos hacer más que señalar 
esta idea mentirosa, poner de manifiesto que esta afirmación 
de Engels completamente clara, precisa y concreta, se falsea 
a

cada paso en la propaganda y en la agitación de los 
partidos socialistas "oficiales" (es decir, oportunistas). 
Una explicación minuciosa de toda la falsedad de esta 
idea,

rechazada aquí por Engels, la encontraremos más 
adelante, en nuestra exposición de los puntos de vista 
de Marx y Engels sobre el Estado "actual ".

En 
la más popular de sus obras, Engels traza el resumen 
general de sus puntos de vista en los siguientes términos:

"Por tanto, el Estado no ha existido eternamente. Ha 
habido sociedades que se las arreglaron sin él, que 
no tuvieron la menor noción del Estado ni del Poder 
estatal. Al

llegar a una determinada fase del desarrollo económico, 
que estaba ligada necesariamente a la división de la 
sociedad en clases, esta división hizo que el Estado 
se convirtiese en una necesidad. Ahora nos acercamos con paso 
veloz a una fase de desarrollo de la producción en 
que la existencia de estas clases no sólo deja de ser 
una necesidad, sino que se convierte en un obstáculo 
directo para la producción. Las clases desaparecerán 
de un modo tan inevitable como surgieron en su día. 
Con la

desaparición de las clases, desaparecerá inevitablemente 
el Estado. La sociedad, reorganizando de un modo nuevo la 
producción sobre la base de una asociación libre 
e

igual de productores, enviará toda la máquina 
del Estado al lugar que entonces le ha de corresponder: al 
museo de antiguedades, junto a la rueca y al hacha de bronce".

No se encuentra con frecuencia esta cita en las obras de propaganda 
y agitación de la socialdemocracia contemporánea. 
Pero incluso cuando nos encontramos con ella es, casi siempre, 
como si se hiciesen reverencias ante un icono; es decir, para 
rendir un homenaje oficial a Engels, sin el menor intento 
de analizar qué amplitud y profundidad revolucionarias 
supone esto de "enviar toda la máquina del Estado 
al museo de antiguedades". No se ve, en la mayoría 
de los casos, ni siquiera la comprensión de lo que 
Engels llama la máquina del Estado.

### 4. LA "EXTINCION" DEL ESTADO Y LA REVOLUCION VIOLENTA

Las palabras de Engels sobre la "extinción" 
del Estado gozan de tanta celebridad y se citan con tanta 
frecuencia, muestran con tanto relieve dónde está 
el quid de la

adulteración corriente del marxismo por la cual éste 
es adaptado al oportunismo, que se hace necesario detenerse 
a examinarlas detalladamente. Citaremos todo el pasaje donde 
figuran estas palabras:

"El proletariado toma en sus manos el Poder del Estado 
y comienza por convertir los medios de producción en 
propiedad del Estado. Pero con este mismo acto se destruye 
a sí mismo como proletariado y destruye toda diferencia 
y todo antagonismo de clases, y, con ello mismo, el Estado 
como tal. La sociedad hasta el presente, movida entre los 
antagonismos de clase, ha necesitado del Estado, o sea de 
una organización de la correspondiente clase explotadora 
para mantener las condiciones exteriores de producción, 
y por tanto, particularmente para mantener por la fuerza a 
la clase explotada en las condiciones de opresión (la 
esclavitud, la servidumbre o el vasallaje y el trabajo asalariado), 
determinadas por el modo de producción existente. El 
Estado era el representante oficial de toda la sociedad, su 
síntesis en un cuerpo social visible; pero lo era sólo 
como Estado de la clase que en su época representaba 
a toda la sociedad: en la antigüedad era el Estado de 
los ciudadanos esclavistas; en la Edad Media el de la nobleza 
feudal; en nuestros tiempos es el de la burguesía. 
Cuando el Estado se convierta finalmente en representante 
efectivo de toda la sociedad, será por sí mismo 
superfluo. Cuando ya no exista ninguna clase social a la que 
haya que mantener en la opresión; cuando desaparezcan, 
junto con la dominación de clase, junto con la lucha 
por la existencia individual, engendrada por la actual anarquía 
de la producción, los choques y los excesos resultantes 
de esta lucha, no habra ya nada que reprimir ni hará 
falta, por tanto, esa fuerza especial de represión, 
el Estado. El primer acto en que el Estado se manifiesta efectivamente 
como representante de toda la sociedad: 
la toma de posesión de los medios de producción 
en nombre de la sociedad, es a la par su último acto 
independiente como Estado. La intervención de la autoridad 
del Estado en las relaciones sociales se hará superflua 
en un campo tras otro de la vida social y se adormecerá 
por sí misma. El gobierno sobre las personas es sustituido 
por la administración de las cosas y por la dirección 
de los procesos de producción. El Estado no será 
'abolido'; se extingue. Partiendo de esto es como hay que 
juzgar el valor de esa frase sobre el 'Estado popular libre' 
en lo que toca a su justificación provisional como 
consigna de agitación y en lo que se refiere a su falta 
absoluta de fundamento científico. Partiendo de esto 
es también como debe ser considerada la exigencia de 
los llamados anarquistas de que el Estado sea abolido de la 
noche a la mañana" ("Anti-Dühring " 
o "La subversión de la ciencia por el señor 
Eugenio Dühring", págs. 301-303 de la tercera 
edición alemana).

Sin temor a equivocarnos, podemos decir que de estos pensamientos 
sobremanera ricos, expuestos aquí por Engels, lo único 
que ha pasado a ser verdadero patrimonio

del pensamiento socialista, en los partidos socialistas actuales, 
es la tesis de que el Estado, según Marx, "se 
extingue", a diferencia de la doctrina anarquista de 
la

"abolición" del Estado. Truncar así 
el marxismo equivale a reducirlo al oportunismo, pues con 
esta "interpretación" no queda en pie más 
que una noción confusa de un

cambio lento, paulatino, gradual, sin saltos ni tormentas, 
sin revoluciones. Hablar de "extinción" del 
Estado, en un sentido corriente, generalizado, de masas, si 
cabe decirlo así, equivale indudablemente a esfumar, 
si no a negar, la revolución.

Además, semejante "interpretación" 
es la más tosca tergiversación del marxismo, 
tergiversación que sólo favorece a la burguesía 
y que descansa teóricamente en la

omisión de circunstancias y consideraciones importantísimas 
que se indican, por ejemplo, en el "resumen" contenido 
en el pasaje de Engels, citado aquí por nosotros en

su integridad.

En primer lugar, Engels dice en el comienzo mismo de este 
pasaje que, al tomar el Poder del Estado, el proletaria do 
"destruye, con ello mismo, el Estado como tal". 
"No es uso" pararse a pensar qué significa 
esto. Lo corriente es ignorarlo en absoluto o considerarlo 
algo así como una "debilidad hegeliana" de 
Engels. En realidad, en estas palabras se expresa concisamente 
la experiencia de una de las más grandes revoluciones 
proletarias, la experiencia de la Comuna de París de 
1871, de la cual

hablaremos detalladamente en su lugar. En realidad, Engels 
habla aquí de la "destrucción" del 
Estado de la burguesía por la revolución proletaria, 
mientras que las

palabras relativas a la extinción del Estado se refieren 
a los restos del Estado proletario después de la revolución 
socialista. El Estado burgués no se "extingue", 
según Engels, sino que "e s d e s t r u i d o 
" por el proletariado en la revolución. El que 
se extingue, después de esta revolución, es 
el Estado o semi-Estado proletario.

En segundo lugar, el Estado es una "fuerza especial de 
represión". Esta magnífica y profundísima 
definición de Engels es dada aquí por éste 
con la más completa claridad. 

Y de ella se deduce que la "fuerza especial de represión" 
del proletariado por la burguesía, de millones de trabajadores 
por un puñado de ricachos, debe sustituirse por

una "fuerza especial de represión" de la 
burguesía por el proletariado (dictadura del proletariado). 
En esto consiste precisamente la "destrucción 
del Estado como tal". En

esto consiste precisamente el "acto" de la toma 
de posesión de los medios de producción en nombre 
de la sociedad. Y es de suyo evidente que semejante sustitución

de una "fuerza especial" (la burguesa) por otra 
(la proletaria) ya no puede operarse, en modo alguno, bajo 
la forma de "extinción".

En 
tercer lugar, Engels, al hablar de la "extinción" 
y -- con frase todavía más plástica y 
colorida -- del "adormecimiento" del Estado, se 
refiere con absoluta claridad

y precisión a la época posterior a la "toma 
de posesión de los medios de producción por 
el Estado en nombre de toda la sociedad", es decir, posterior 
a a la revolución

socialista.

Todos nosotros sabemos que la forma política del "Estado", 
en esta época, es la democracia más completa. 
Pero a ninguno de los oportunistas que tergiversan

desvergonzadamente el marxismo se le viene a las mientes la 
idea de que, por consiguiente, Engels hable aquí del 
"adormecimiento" y de la "extinción" 
de la d e m o

c r a c i a. Esto parece, a primera vista, muy extraño. 
Pero esto sólo es "incomprensible" para quien 
no haya comprendido que la democracia t a m b i é n 
es

un Estado y que, consiguientemente, la democracia también 
desaparecerá cuando desaparezca el Estado. El Estado 
burgués sólo puede ser "destruido" 
por la revolución.

El Estado en general, es decir, la más completa democracia, 
sólo puede "extinguirse".

En cuarto lugar, al establecer su notable tesis de la "extinción 
del Estado", Engels declara a renglón seguido, 
de un modo concreto, que esta tesis se dirige tanto contra

los oportunistas, como contra los anarquistas. Además, 
Engels coloca en primer plano la conclusión que, derivada 
de su tesis sobre la "extinción del Estado", 
se dirige contra los oportunistas.

Podría apostarse que de diez mil hombres que hayan 
leído u oído hablar acerca de la "extinción" 
del Estado, nueve mil novecientos noventa no saben u olvidan 
en

absoluto que Engels no dirigió solamente contra los 
anarquistas sus conclusiones derivadas de esta tesis. Y de 
las diez personas restantes, lo más probable es que

nueve no sepan qué es el "Estado popular libre" 
y por qué el atacar esta consigna significa atacar 
a los oportunistas. ¡Así se escribe la Historia! 
Así se adapta de un modo imperceptible la gran doctrina 
revolucionaria al filisteísmo dominante. La conclusión 
contra los anarquistas se ha repetido miles de veces, se ha 
vulgarizado, se ha

inculcado en las cabezas del modo más simplificado, 
ha adquirido la solidez de un prejuicio. ¡Pero la conclusión 
contra los oportunistas la han esfumado y "olvidado"!

El "Estado popular libre" era una reivindicación 
programática y una consigna corriente de los socialdemócratas 
alemanes en la década del 70. En esta consigna no

hay el menor contenido político, fuera de una filistea 
y enfática descripción de la noción de 
democracia. Engels estaba dispuesto a "justificar", 
"por el momento", esta

consigna desde el punto de vista de la agitación, por 
cuanto con ella se insinuaba legalmente la república 
democrática. Pero esta consigna era oportunista, porque

expresaba no sólo el embellecimiento de la democracia 
burguesa, sino también la incomprensión de la 
crítica socialista de todo Estado en general. Nosotros 
somos

partidarios de la república democrática, como 
la mejor forma de Estado para el proletariado bajo el capitalismo, 
pero no tenemos ningún derecho a olvidar que la

esclavitud asalariada es el destino reservado al pueblo, incluso 
bajo la república burguesa más democrática. 
Más aún. Todo Estado es una "fuerza especial 
para la

represión" de la clase oprimida. Por eso, todo 
Estado ni es libre ni es popular. Marx y Engels explicaron 
esto reiteradamente a sus camaradas de partido en la década 
del 70.

En quinto lugar, en esta misma obra de Engels, de la que todos 
citan el pasaje sobre la extinción del Estado, se contiene 
un pasaje sobre la importancia de la

revolución violenta. El análisis histórico 
de su papel lo convierte Engels en un verdadero panegírko 
de la revolución violenta. Esto "nadie lo recuerda". 
Sobre la importancia de este pensamiento, no es uso hablar 
ni siquiera pensar en los partidos socialistas contemporáneos 
estos pensamientos no desempeñan ningún papel 
en la propaganda ni en la agitación cotidianas entre 
las masas. Y, sin embargo, se hallan indisolublemente unidos 
a la "extinción" del Estado y forman con 
ella un todo armónico.

He aquí el pasaje de Engels:

". . . De que la violencia desempeña en la historia 
otro papel [además del de agente del mal], un papel 
revolucionario; de que, según la expresión de 
Marx, es la partera de toda vieja sociedad que lleva en sus 
entrañas otra nueva; de que la violencia es el instrumento 
con la ayuda del cual el movimiento social se abre camino 
y rompe las

formas políticas muertas y fosilizadas, de todo eso 
no dice una palabra el señor Dühring. Sólo 
entre suspiros y gemidos admite la posibilidad de que para 
derrumbar el

sistema de explotación sea necesaria acaso la violencia, 
desgraciadamente, afirma, pues el empleo de la misma, según 
él, desmoraliza a quien hace uso de ella. ¡Y 
esto se dice, a pesar del gran avance moral e intelectual, 
resultante de toda revolución victoriosa! Y esto se 
dice en Alemania, donde la colisión violenta que puede 
ser

impuesta al pueblo tendría, cuando menos, la ventaja 
de destruir el espíritu de servilismo que ha penetrado 
en la conciencia nacional como consecuencia de la humillación 
de la Guerra de los Treinta años. ¿Y estos razonamientos 
turbios, anodinos, impotentes, propios de un párroco 
rural, se pretende imponer al partido más

revolucionario de la historia?" (Lugar citado, pág. 
193, tercera edición alemana, final del IV capítulo, 
II parte).

¿Cómo es posible conciliar en una sola doctrina 
este panegírico de la revolución violenta, presentado 
con insistencia por Engels a los socialdemócratas alemanes 
desde

1878 hasta 1894, es decir, hasta los últimos días 
de su vida, con la teoría de la "extinción" 
del Estado?

Generalmente se concilian ambos pasajes con ayuda del eclecticismo, 
desgajando a capricho (o para complacer a los detentadores 
del Poder), sin atenerse a los principios o de un modo sofístico, 
ora uno ora otro argumento y haciendo pasar a primer plano, 
en el noventa y nueve por ciento de los casos, si no en más, 
precisamente la tesis de la "extinción". 
Se suplanta la dialéctica por el eclecticismo: es la 
actitud más usual y más generalizada ante el 
marxismo en la literatura socialdemócrata oficial de 
nuestros días. Estas suplantaciones no tienen, ciertamente, 
nada de nuevo; pueden observarse incluso en la historia de 
la filosofía clásica griega. Con la suplantación 
del marxismo por el oportunismo, el eclecticismo presentado 
como dialéctica engaña más fácilmente 
a las masas, les da una aparente satisfacción, parece 
tener en cuenta todos los aspectos del proceso, todas las 
tendencias del desarrollo, todas las influencias contradictorias, 
etc., cuando en realidad no da ninguna noción completa 
y revolucionaria del proceso del desarrollo social.

Ya hemos dicho más arriba, y demostraremos con mayor 
detalle en nuestra ulterior exposición, que la doctrina 
de Marx y Engels sobre el carácter inevitable de la 
revolución violenta se refiere al Estado burgués. 
Este no puede sustituirse por el Estado proletario (por la 
dictadura del proletariado) mediante la "extinción", 
sino sólo,

por regla general, mediante la revolución violenta. 
El panegírico que dedica Engels a ésta, y que 
coincide plenamente con reiteradas manifestaciones de Marx 
(recordaremos el final de "Miseria de la Filosofía" 
y del "Manifiesto Comunista" con la declaración 
orgullosa y franca sobre el carácter inevitable de 
la revolución violenta;

recordaremos la crítica del Programa de Gotha, en 1875, 
cuando ya habían pasado casi treinta años, y 
en la que Marx fustiga implacablemente el oportunismo de este

programa), este panegírico no tiene nada de "apasionamiento", 
nada de declamatorio, nada de arranque polémico. La 
necesidad de educar sistemáticamente a las masas en 
esta, precisamente en esta idea sobre la revolución 
violenta, es algo básico en toda la doctrina de Marx 
y Engels. La traición cometida contra su doctrina por 
las corrientes socialchovinista y kautskiana hoy imperantes 
se manifiesta con singular relieve en el olvido por unos y 
otros de esta propaganda, de esta agitación.

La sustitución del Estado burgués por el Estado 
proletario es imposible sin una revolución violenta. 
La supresión del Estado proletario, es decir, la supresión 
de todo Estado, sólo es posible por medio de un proceso 
de "extinción".

Marx y Engels desarrollaron estas ideas de un modo minucioso 
y concreto, estudiando cada situación revolucionaria 
por separado, analizando las enseñanzas sacadas de 
la experiencia de cada revolución. Y esta parte de 
su doctrina, que es, incuestionablemente, la más importante, 
es la que pasamos a analizar.

Capitulo 
II - EL 
ESTADO Y LA REVOLUCION. LA EXPERIENCIA DE LOS AÑOS 
1848-1851

1. 
EN VISPERAS DE LA REVOLUCION

Las primeras obras del marxismo maduro, "Miseria de la 
Filosofía" y el "Manifiesto Comunista", 
datan precisamente de la víspera de la revolución 
de 1848. Esta circunstancia hace que en estas obras se contenga, 
hasta cierto punto, además de una exposición 
de los fundamentos generales del marxismo, el reflejo de la 
situación

revolucionaria concreta de aquella época; por eso será, 
quizás, más conveniente examinar lo que los 
autores de esas obras dicen acerca del Estado, inmediatamente

antes de examinar las conclusiones sacadas por ellos de la 
experiencia de los anos 1848-1851.

"En el transcurso del desarrollo, la clase obrera -- 
escribe Marx en 'Miseria de la Filosofía' -- sustituirá 
la antigua sociedad burguesa por una asociación que 
excluya a las clases y su antagonismo; y no existirá 
ya un Poder político propiamente dicho, pues el Poder 
político es precisamente la expresión oficial 
del antagonismo de clase dentro de la sociedad burguesa" 
(pág. 182 de la edición alemana de 1885).

Es interesante confrontar con esta exposición general 
de la idea de la desparición del Estado después 
de la supresión de las clases, la exposición 
que contiene el "Manifiesto Comunista", escrito 
por Marx y Engels algunos meses después, a saber, en 
noviembre de 1847:

"Al esbozar las fases más generales del desarrollo 
del proletariado, hemos seguido la guerra civil más 
o menos latente que existe en el seno de la sociedad vigente, 
hasta el momento en que se transforma en una revolución 
abierta y el proletariado, derrocando por la violencia a la 
burguesía, instaura su dominación. . ."

". . . Ya dejamos dicho que el primer paso de la revolución 
obrera será la transformación [literalmente: 
elevación] del proletariado en clase dominante, la 
conquista de la democracia".

"El proletariado se valdrá de su dominación 
política para ir arrancando gradualmente a la burguesía 
todo el capital, para centralizar todos los instrumentos de 
producción en manos del Estado, es decir, del proletariado 
organizado como clase dominante, y para aumentar con la mayor 
rapidez posible las fuerzas productivas" (págs. 
31 y 37 de la 7a edición alemana, de 1906).

Vemos aquí formulada una de las ideas más notables 
y más importantes del marxismo en la cuestión 
del Estado, a saber: la idea de la "dictadura del proletariado"

(como comenzaron a denominarla Marx y Engels después 
de la Comuna de París) y asimismo la definición 
del Estado, interesante en el más alto grado, que se 
cuenta

también entre las "palabras olvidadas" del 
marxismo: "El Estado, es decir, el proletariado organizado 
como clase dominante ".

Esta definición del Estado no sólo no se explicaba 
nunca en la literatura imperante de propaganda y agitación 
de los partidos socialdemócratas oficiales, sino que, 
además, se la ha entregado expresamente al olvido, 
pues es del todo inconciliable con el reformismo y se da de 
bofetadas con los prejuicios oportunistas corrientes y las

ilusiones filisteas con respecto al "desarrollo pacífico 
de la democracia".

El proletariado necesita el Estado, repiten todos los oportunistas, 
socialchovinistas y kautskianos asegurando que tal es la doctrina 
de Marx y "olvidándose " de añadir,

primero, que, según Marx, el proletariado sólo 
necesita un Estado que se extinga, es decir, organizado de 
tal modo, que comience a extinguirse inmediatamente y que 
no pueda por menos de extinguirse; y, segundo, que los trabajadores 
necesitan un "Estado", "es decir, el proletariado 
organizado como clase dominante".

El Estado es una organización especial de la fuerza, 
es una organización de la violencia para la represión 
de una clase cualquiera. ¿Qué clase es la que 
el proletariado

tiene que reprimir? Sólo es, naturalmente, la clase 
explotadora, es decir, la burguesía.

Los trabajadores sólo necesitan el Estado para aplastar 
la resistencia de los explotadores, y este aplastamiento sólo 
puede dirigirlo, sólo puede llevarlo a la práctica 
el proletariado, como la única clase consecuentemente 
revolucionaria, como la única clase capaz de unir a 
todos los trabajadores y explotados en la lucha contra la

burguesía, por la completa eliminación de ésta.

Las clases explotadoras necesitan la dominación política 
para mantener la explotación, es decir, en interés 
egoísta de una minoría insignificante contra 
la mayoría

inmensa del pueblo. Las clases explotadas necesitan la dominación 
política para destruir completamente toda explotación, 
es decir, en interés de la mayoría inmensa

del pueblo contra la minoría insignificante de los 
esclavistas modernos, es decir, los terratenientes y capitalistas.

Los demócratas pequeñoburgueses, estos seudosocialistas 
que han sustituido la lucha de clases por sueños sobre 
la armonía de las clases, se han imaginado la

transformación socialista también de un modo 
soñador, no como el derrocamiento de la dominación 
de la clase explotadora, sino como la sumisión pacífica 
de la minoría a la mayoría, que habrá 
adquirido conciencia de su misión. Esta utopía 
pequeñoburguesa, que va inseparablemente unida al reconocimiento 
de un Estado situado por encima de las clases, ha conducido 
en la práctica a la traición contra los intereses 
de las clases trabajadoras, como lo ha demostrado, por ejemplo, 
la historia de las revoluciones francesas de 1848 y 1871, 
y como lo ha demostrado la experiencia de la participación 
"socialista" en ministerios burgueses en Inglaterra, 
Francia, Italia y otros países a fines del siglo XIX 
y comienzos del XX.

Marx luchó durante toda su vida contra este socialismo 
pequeñoburgués, que hoy vuelve a renacer en 
Rusia en los partidos socialrevolucionario y menchevique. 
Marx

des arrolló consecuentemente la doctrina de la lucha 
de clases hasta llegar a establecer la doctrina sobre el Poder 
político, sobre el Estado.

El derrocamiento de la dominación de la burguesía 
sólo puede llevarlo a cabo el proletariado, como clase 
especial cuyas condiciones económicas de existencia 
le preparan para ese derrocamiento y le dan la posibilidad 
y la fuerza de efectuarlo.

Mientras la burguesía desune y dispersa a los campesinos 
y a todas las capas pequeñoburguesas, cohesiona, une 
y organiza al proletariado. Sólo el proletariado -- 
en virtud de su papel económico en la gran producción 
-- es capaz de ser el jefe de todas las masas trabajadoras 
y explotadas, a quienes con frecuencia la burguesía 

explota, esclaviza y oprime no menos, sino más que 
a los proletarios, pero que no son capaces de luchar por su 
cuenta para alcanzar su propia liberación.

La doctrina de la lucha de clases, aplicada por Marx a la 
cuestión del Estado y de la revolución socialista, 
conduce necesariamente al reconocimiento de la dominación

política del proletariado, de su dictadura, es decir, 
de un Poder no compartido con nadie y apoyado directamente 
en la fuerza armada de las masas. El derrocamiento de

la burguesía sólo puede realizarse mediante 
la transformación del proletariado en clase dominante, 
capaz de aplastar la resistencia inevitable y desesperada 
de la burguesía y de organizar para el nuevo régimen 
económico a todas las masas trabajadoras y explotadas. 
El proletariado necesita el Poder del Estado, organización 
centralizada de la fuerza, organización de la violencia, 
tanto para aplastar la resistencia de los explotadores como 
para dirigir a la enorme masa de la población, a los 
campesinos, a la pequeña burguesía, a los semiproletarios, 
en la obra de "poner en marcha" laeconomía 
socialista.

Educando al Partido obrero, el marxismo educa a la vanguardia 
del proletariado, vanguardia capaz de tomar el Poder y de 
conducir a todo el pueblo al socialismo, de

dirigir y organizar el nuevo régimen, de ser el maestro, 
el dirigente, el jefe de todos los trabajadores y explotados 
en la obra de construir su propia vida social sin burguesía 
y contra la burguesía. Por el contrario, el oportunismo 
hoy imperante educa en sus partidos obreros a los representantes 
de los obreros mejor pagados, que están apartados de 
las masas y se "arreglan" pasablemente bajo el capitalismo, 
vendiendo por un plato de lentejas su derecho de primogenitura, 
es decir, renunciando al papel de jefes revolucionarios del 
pueblo contra la burguesía.

"El Estado, es decir, el proletariado organizado como 
clase dominante": esta teoría de Marx se halla 
inseparablemente vinculada a toda su doctrina acerca de la 
misión

revolucionaria del proletariado en la historia. El coronamiento 
de esta su misión es la dictacdura proletaria, la dominación 
política del proletariacdo.

Pero si el proletariado necesita el Estado como organización 
especial de la violencia contra la burguesía, de aquí 
se desprende por sí misma la conclusión de si 
es

concebible que pueda crearse una organización semejante 
sin destruir previamente, sin aniquilar aquella máquina 
estatal creada para sí por la burguesía. A esta 
conclusión lleva directamente el "Manifiesto Comunista", 
y Marx habla de ella al hacer el balance de la experiencia 
de la revolución de 1848-1851.

2. 
EL BALANCE DE LA REVOLUCION

En el siguiente pasaje de su obra "El 18 Brumario de 
Luis Bonaparte", Marx hace el balance de la revolución 
de 1848-1851, respecto a la cuestión del Estado, que 
es el

que aquí nos interesa:

"Pero la revolución es radical. Está pasando 
todavía por el purgatorio. Cumple su tarea con método. 
Hasta el 2 de diciembre de 1851 [día del golpe de Estado 
de Luis

Bonaparte] había terminado la mitad de su labor preparatoria; 
ahora, termina la otra mitad. Lleva primero a la perfección 
el Poder parlamentario, para poder derrotarlo.

Ahora, conseguido ya esto, lleva a la perfección el 
Poder ejecutivo, lo reduce a su más pura expresión, 
lo aísla, se enfrenta con él, con el único 
objeto de concentrar contra él todas las fuerzas de 
destrucción [subrayado por nosotros]. Y cuando la revolución 
haya llevado a cabo esta segunda parte de su labor preliminar, 
Europa se levantará y gritará jubilosa: ¡bien 
has osado, viejo topo!

Este Poder ejecutivo, con su inmensa organización burocrática 
y militar, con su compleja y artificiosa maquinaria de Estado, 
un ejército de funcionarios que suma

medio millón de hombres, junto a un ejército 
de otro medio millón de hombres, este espantoso organismo 
parasitario que se ciñe como una red al cuerpo de la 
sociedad

francesa y la tapona todos los poros, surgió en la 
época de la monarquía absoluta, de la decadencia 
del régimen feudal, que dicho organismo contribuyó 
a acelerar". La

primera revolución francesa desarrolló la centralización, 
"pero al mismo tiempo amplió el volumen, las atribuciones 
y el número de servidores del Poder del gobierno.

Napoleón perfeccionó esta máquina del 
Estado". La monarquía legítima y la monarquía 
de julio "no añadieron nada más que una 
mayor división del trabajo. . ."

". . . Finalmente, la república parlamentaria, 
en su lucha contra la revolución, vióse obligada 
a fortalecer, junto con las medidas represivas, los medios 
y la centralización

del Poder del gobierno. Todas las revoluciones perfeccionaban 
esta máquina, en vez de destrozarla [subrayado por 
nosotros]. Los partidos que luchaban alternativamente por 
la dominación, consideraban la toma de posesión 
de este inmenso edificio del Estado como el botín principal 
del vencedor" ("El 18 Brumario de Luis Bonaparte", 
págs. 98-99, 4a ed., Hamburgo, 1907).

En este notable pasaje, el marxismo avanza un trecho enorme 
en comparación con el "Manifiesto Comunista". 
Allí, la cuestión del Estado planteábase 
todavía de un modo extremadamente abstracto, operando 
con las nociones y las expresiones más generales. Aquí, 
la cuestión se plantea ya de un modo concreto, y la 
conclusión a que se llega es extraordinariamente precisa, 
definida, prácticamente tangible: todas las revoluciones 
anteriores perfeccionaron la máquina del Estado, y 
lo que hace falta es romperla, destruirla.

Esta conclusión es lo principal, lo fundamental, en 
la doctrina del marxismo sobre el Estado Y precisamente esto, 
que es lo fundamental, es lo que no sólo ha sido olvidado 
completamente por los partidos socialdemócratas oficiales 
imperantes, sino lo que ha sido evidentemente tergiversado 
(como veremos más abajo) por el más destacado 
teórico de la II Internacional, C. Kautsky.

En el "Manifiesto Comunista" se resumen los resultados 
generales de la historia, que nos obligan a ver en el Estado 
un órgano de dominación de clase y nos llevan 
a la

conclusión necesaria de que el proletariado no puede 
derrocar a la burguesía si no empieza por conquistar 
el Poder político, si no logra la dominación 
política, si no

transforma el Estado en el "proletariado organizado como 
clase dominante", y de que este Estado proletario comienza 
a extinguirse inmediatamente después de su triunfo, 
pues en una sociedad sin contradicciones de clase el Estado 
es innecesario e imposible.

Pero aquí no se plantea la cuestión de cómo 
deberá realizarse -- desde el punto de vista del desarrollo 
histórico -- esta sustitución del Estado burgués 
por el Estado

proletario.

Esta cuestión es precisamente la que Marx plantea y 
resuelve en 1852. Fiel a su filosofía del materialismo 
dialéctico, Marx toma como base la experiencia histórica 
de

los grandes años de la revolución, de los años 
1848-1851. Aquí, como siempre, la doctrina de Marx 
es un resumen de la experiencia, iluminado por una profunda 
concepción filosófica del mundo y por un rico 
conocimiento de la historia.

La cuestión del Estado se plantea de un modo concreto: 
¿cómo ha surgido históricamente el Estado 
burgués, la máquina del Estado que necesita 
para su dominación la burguesía? ¿Cuáles 
han sido sus cambios, cuál su evolución en el 
transcurso de las revoluciones burguesas y ante las acciones 
independientes de las clases oprimidas? ¿Cuáles 
son las tareas del proletariado en lo tocante a esta máquina 
del Estado?

El Poder estatal centralizado, característico de la 
sociedad burguesa, surgió en la época de la 
caída del absolutismo. Dos son las instituciones más 
características de esta máquina del Estado: 
la burocracia y el ejército permanente. En las obras 
de Marx y Engels se habla reiteradas veces de los miles de 
hilos que vinculan a estas

instituciones precisamente con la burguesía. La experiencia 
de todo obrero revela estos vínculos de un modo extraordinariamente 
evidente y sugeridor. La clase obrera

aprende en su propia carne a comprender estos vínculos, 
por eso, capta tan fácilmente y se asimila tan bien 
la ciencia del carácter inevitable de estos vínculos, 
ciencia que los demócratas pequeñoburgueses 
niegan por ignorancia y por frivolidad, o reconocen, todavía 
de un modo más frívolo, "en términos 
generales", olvidándose de sacar las conclusiones 
prácticas correspondientes.

La burocracia y el ejército permanente son un "parásito" 
adherido al cuerpo de la sociedad burguesa, un parásito 
engendrado por las contradicciones internas que

dividen a esta sociedad, pero, precisamente, un parásito 
que "tapona" los poros vitales. El oportunismo kautskiano 
imperante hoy en la socialdemocracia oficial considera patrimonio 
especial y exclusivo del anarquismo la idea del Estado como 
un organismo parasitario. Se comprende que esta tergiversación 
del marxismo sea extraordinariamente ventajosa para esos filisteos 
que han llevado el socialismo a la ignominia inaudita de justificar 
y embellecer la guerra imperialista mediante la aplicación 
a ésta del concepto de la "defensa de la patria", 
pero es, a pesar de todo, una tergiversación indiscutible.

A través de todas las revoluciones burguesas vividas 
en gran número por Europa desde los tiempos de la caída 
del feudalismo, este aparato burocrático y militar 
va

desarrollándose, perfeccionándose y afianzándose. 
En particular, es precisamente la pequeña burguesía 
la que se pasa al lado de la gran burguesía y se somete 
a ella en una medida considerable por medio de este aparato, 
que suministra a las capas altas de los campesinos, pequeños 
artesanos, comerciantes, etc., puestecitos relativamente cómodos, 
tranquilos y honorables, que colocan a sus poseedores por 
encima del pueblo. Fijaos en lo ocurrido en Rusia en el medio 
año transcurrido desde el 27 de febrero de 1917: los 
cargos burocráticos, que antes se adjudicaban preferentemente 
a los miembros de las centurias negras, se han convertido 
en botín de kadetes, mencheviques y socialrevolucionarios. 
En el fondo, no se pensaba en ninguna reforma seria, esforzándose 
por aplazadas "hasta la Asamblea Constituyente", 
y aplazando poco a poco la Asamblea Constituyente ¡hasta 
el final de la guerra! ¡Pero para el reparto del botín, 
para la ocupación de los puestecitos de ministros, 
subsecretarios, gobernadores generales, etc., etc., no se 
dio largas ni se esperó a ninguna Asamblea Constituyente! 
El juego en torno a combinaciones para formar gobierno no 
era, en el fondo, más que la expresión de este 
reparto y reajuste del "botín", que se hacía 
arriba y abajo, por todo el país, en toda la administración, 
central y local. El balance, un balance objetivo, del medio 
año que va desde el 27 de febrero al 27 de agosto de 
1917 es indiscutible: las reformas se aplazaron, se efectuó 
el reparto de los puestecitos burocráticos, y los "errores" 
del reparto se corrigieron mediante algunos reajustes.

Pero cuanto más se procede a estos "reajustes" 
del aparato burocrático entre los distintos partidos 
burgueses y pequeñoburgueses (entre los kadetes, socialrevolucionarios 
y mencheviques, si nos atenemos al ejemplo ruso), con tanta 
mayor claridad ven las clases oprimidas, y a la cabeza de 
ellas el proletariado, su hostilidad irreconciliable contra 
toda la sociedad burguesa. De aquí la necesidad, para 
todos los partidos burgueses, incluyendo a los más 
democráticos y revolucionariodemocráticos", 
de reforzar la represión contra el proletariado revolucionario, 
de fortalecer el aparato de represión, es decir, la 
misma máquina del Estado. Esta marcha de los acontecimientos 
obliga a la revolución "a concentrar todas las 
fuerzas de destrucción " contra el Poder estatal, 
la obliga a proponerse como objetivo, no el perfeccionar la 
máquina del Estado, sino el destruirla, el aplastarla.

No fue la deducción lógica, sino el desarrollo 
real de los acontecimientos, la experiencia viva de los años 
1848-1851, lo que condujo a esta manera de plantear la

cuestión. Hasta qué punto se atiene Marx rigurosamente 
a la base efectiva de la experiencia histórica, se 
ve teniendo en cuenta que en 1852 Marx no plantea todavía 
el

problema concreto de saber con qué se va a sustituir 
esta máquina del Estado que ha de ser destruida. La 
experiencia no suministraba todavía entonces los materiales 
para esta cuestión, que la historia puso al orden del 
día más tarde, en 1871. En 1852, con la precisión 
del observador que investiga la historia natural, sólo 
podía registrarse una cosa: que la revolución 
proletaria había de abordar la tarea de "concentrar 
todas las fuerzas de destrucción" contra el Poder 
estatal, la tarea de "romper" la máquina 
del Estado.

Aquí puede surgir esta pregunta: ¿Es justo generalizar 
la experiencia, las observaciones y las conclusiones de Marx, 
aplicándolas a zonas más amplias que la historia 
de Francia en los tres años que van de 1848 a 1851? 
Para examinar esta pregunta, comenzaremos recordando una observación 
de Engels y pasaremos luego a los hechos.

"Francia -- escribía Engels en el prólogo 
a la tercera edición del '18 Brumario' -- es el país 
en el que las luchas históricas de clases se han llevado 
cada vez a su término

decisivo más que en ningún otro sitio y donde, 
por tanto, las formas políticas variables dentro de 
las que se han movido estas luchas cde clases y en las que 
han encontrado su expresión los resultados de las mismas, 
y en las que se condensan sus resultados, adquieren también 
los contornos más acusados. Centro del feudalismo en 
la Edad Media y país modelo de la monarquía 
unitaria corporativa desde el Renacimiento, Francia pulverizó 
el feudalismo en la gran revolución e instauró 
la dominación pura de la burguesía bajo una 
forma clásica como ningún otro país de 
Europa. También la lucha del proletariado que se alza 
contra la burguesía dominante reviste aquí una 
forma violenta, desconocida en otros países" (pág. 
4, ed. de 1907)

La última observación está anticuada, 
ya que a partir de 1871 se ha operado una interrupción 
en la lucha revolucionaria del proletariado francés, 
si bien esta interrupción, por mucho que dure, no excluye, 
en modo alguno, la posibilidad de que, en la próxima 
revolución proletaria, Francia se revele como el país 
clásico de la lucha de clases hasta su final decisivo.

Pero echemos una ojeada general a la historia de los países 
adelantados a fines del siglo XIX y comienzos del XX. Veremos 
que, de un modo más lento, más variado, y en 
un campo de acción mucho más extenso, se desarrolla 
el mismo proceso: de una parte, la formación del "Poder 
parlamentario", lo mismo en los países republicanos

(Francia, Norteamérica, Suiza) que en los monárquicos 
(Inglaterra, Alemania hasta cierto punto, Italia, los Países 
Escandinavos, etc.); de otra parte, la lucha por el Poder

entre los distintos partidos burgueses y pequeñoburgueses, 
que se reparten y se vuelven a repartir el "botín" 
de los puestos burocráticos, dejando intangibles las 
bases

del régimen burgués; y finalmente, el perfeccionamiento 
y fortalecimiento del "Poder ejecutivo", de su aparato 
burocrático y militar.

No cabe la menor duda de que éstos son los rasgos generales 
que caracterizan toda la evolución moderna de los Estados 
capitalistas en general. En el transcurso de tres años, 
de 1848 a 1851, Francia reveló, en una forma rápida, 
tajante, concentrada, los mismos procesos de desarrollo característicos 
de todo el mundo capitalista.

Y en particular el imperialismo, la época del capital 
bancario, la época de los gigantescos monopolios capitalistas, 
la época de transformación del capitalismo monopolista 
en capitalismo monopolista de Estado, revela un extraordinario 
fortalecimiento de la "máquina del Estado", 
un desarrollo inaudito de su aparato burocrático y 
militar, en relación con el aumento de la represión 
contra el proletariado, así en los países monárquicos 
como en los países republicanos más libres.

Indudablemente, en la actualidad, la historia del mundo conduce, 
en proporciones incomparablemente más amplias que en 
1852, a la "concentración de todas las fuerzas" 
de la revolución proletaria para la "destrucción" 
de la máquina del Estado.

¿Con qué ha de sustituir el proletariado esta 
máquina? La Comuna de París nos suministra los 
materiales más instructivos a este respecto.

3. 
COMO PLANTEABA MARX LA CUESTION EN 1852

En 1907, publicó Mehring en la revista "Neue Zeit" 
(XXV, 2, pág. 164) extractos de una carta de Marx a 
Weydemeyer, del 5 de marzo de 1852. Esta carta contiene, entre

otros, el siguiente notable pasaje:

"Por lo que a mí se refiere, no me caben ni el 
mérito de haber descubierto la existencia de las clases 
en la so ciedad moderna, ni el de haber descubierto la lucha 
entre ellas. Mucho antes que yo, algunos historiadores burgueses 
habían expuesto el desarrollo histórico de esta 
lucha de clases y algunos economistas burgueses la anatomía 
económica de las clases. Lo que yo aporté de 
nuevo fue demostrar: 1) que la existencia de las clases sólo 
va unida a determinadas fases históricas de desarrollo 
de la producción (historische Entwicklungsphasen der 
Produktion ); 2) que la lucha de clases conduce, necesariamente, 
a la dictadura del proletariado; 3) que esta misma dictadura 
no es de por sí más que el tránsito hacia 
la abolición de todas las clases y hacia una sociedad 
sin clases".

En estas palabras, Marx consiguió expresar de un modo 
asombrosamente claro dos cosas: primero, la diferencia fundamental 
y cardinal entre su doctrina y las doctrinas

de los pensadores avanzados y más profundos de la burguesía, 
y segundo, la esencia de su teoría del Estado.

Lo fundamental en la doctrina de Marx es la lucha de clases. 
Así se dice y se escribe con mucha frecuencia. Pero 
esto no es exacto. De esta inexactitud se deriva con gran 
frecuencia la tergiversación oportunista del marxismo, 
su falseamiento en un sentido aceptable para la burguesía. 
En efecto, la doctrina de la lucha de clases no fue creada 
por Marx, sino por la burguesía, antes de Marx, y es, 
en términos generales, aceptable para la burguesía. 
Quien reconoce solamente la lucha de clases no es aún 
marxista, puede mantenerse todavía dentro del marco 
del pensamiento burgués y de la política burguesa. 
Circunscribir el marxismo a la doctrina de la lucha de clases 
es limitar el marxismo, bastardearlo, reducirlo a algo que 
la burguesía puede aceptar. Marxista sólo es 
el que hace extensivo el reconocimiento de la lucha de clases 
al reconocimiento de la dictadura del proletariado. En esto 
es en lo que estriba la más profunda diferencia entre 
un marxista y un pequeño (o un gran) burgués 
adocenado. En esta piedra de toque es en la que hay que contrastar 
la comprensión y el reconocimiento real del marxismo. 
Y no tiene nada de sorprendente que cuando la historia de 
Europa ha colocado prácticamente a la clase obrera 
ante esta cuestión, no sólo todos los oportunistas 
y reformistas, sino también todos los "kautskianos" 
(gentes que vacilan entre el reformismo y el marxismo) hayan 
resultado ser miserables filisteos y demócratas pequeñoburgueses, 
que niegan la dictadura del proletariado. El folleto de Kautsky 
"La dictadura del proletariado", publicado en agosto 
de 1918, es decir, mucho después de aparecer la primera 
edición del presente libro, es un modelo de tergiversación 
filistea del marxismo, del que de hecho se reniega ignominiosamente, 
aunque se le acate hipócritamente de palabra. (Véase 
mi folleto "La revolución

proletaria y el renegado Kautsky", Petrogrado y Moscú, 
1918.)

El oportunismo de nuestros días, personificado por 
su principal representante, el exmarxista C. Kautsky, cae 
de lleno dentro de la característica de la posición 
burguesa

que traza Marx y que hemos citado, pues este oportunismo circunscribe 
el terreno del reconocimiento de la lucha de clases al terreno 
de las relaciones burguesas. (¡Y dentro de este terreno, 
dentro de este marco, ningún liberal culto se negaría 
a reconocer, "en principio", la lucha de clases!) 
El oportunismo no extiende el reconocimiento de la lucha de 
clases precisamente a lo más fundamental, al período 
de transición del capitalismo al comunismo, al período 
de derrocamiento de la burguesía y de completa destrucción 
de ésta. En realidad, este período es inevitablemente 
un período de lucha de clases de un encarnizamiento 
sin precedentes, en que ésta reviste formas agudas 
nunca vistas, y, por consiguiente, el Estado de este período 
debe ser inevitablemente un Estado democrático de una 
manera nueva (para los proletarios y los desposeídos 
en general) y dictatorial de una manera nueva (contra la burguesía).

Además, la esencia de la teoría de Marx sobre 
el Estado sólo la ha asimilado quien haya comprendido 
que la dictadura de una clase es necesaria, no sólo 
para toda

sociedad de clases en general, no sólo para el proletariado 
después de derrocar a la burguesía, sino también 
para todo el período histórico que separa al 
capitalismo de la "sociedad sin clases", del comunismo. 
Las formas de los Estados burgueses son extraordinariamente 
diversas, pero su esencia es la misma: todos esos Estados 
son, bajo una forma o bajo otra, pero, en último resultado, 
necesariamente, una dictadura de la burguesía. La transición 
del capitalismo al comunismo no puede, naturalmente, por menos 
de proporcionar una enorme abundancia y diversidad de formas 
políticas, pero la esencia de todas ellas será, 
necesariamente, una: la dictadura del proletariado.

Capitulo 
III - EL 
ESTADO Y LA REVOLUCION. LA EXPERIENCIA DE LA COMUNA 
DE PARIS DE 1871. EL ANALISIS DE MARX

1. 
¿EN QUE CONSISTE EL HEROISMO DE LA TENTATIVA DE LOS 
COMUNEROS?

Es sabido que algunos meses antes de la Comuna, en el otoño 
de 1870, Marx previno a los obreros de París; demostrándoles 
que la tentativa de derribar el gobierno sería un disparate 
dictado por la desesperación. Pero cuando en marzo 
de 1871 se impuso a los obreros el combate decisivo y ellos 
lo aceptaron, cuando la insurrección fue un hecho, 
Marx saludó la revolución proletaria con el 
más grande entusiasmo, a pesar de todos los malos augurios. 
Marx no se aferró a la condena pedantesca de un movimiento 
"extemporáneo", como el tristemente célebre 
renegado ruso del marxismoPlejánov, que en noviembre 
de 1905 había escrito alentando a la lucha a los obreros 
y campesinos y que después de diciembre de 1905 se 
puso a gritar como un liberal cualquiera: "¡No 
se debía haber empuñado las armas!"Marx, 
por el contrario, no se contentó con entusiasmarse 
ante el heroísmo de los comuneros, que, según 
sus palabras, "tomaban el cielo por asalto". Marx 
veía en aquelmovimiento revolucionario de masas, aunque 
éste no llegó a alcanzar sus objetivos, una 
experiencia histórica de grandiosa importancia, un 
cierto paso hacia adelante de larevolución proletaria 
mundial, un paso práctico más importante que 
cientos de programas y de raciocinios. Analizar esta experiencia, 
sacar de ella las enseñanzastácticas, revisar 
a la luz de ella su teoría: he aquí cómo 
concebía su misión Marx.

La única "corrección" que Marx consideró 
necesario introducir en el "Manifiesto Comunista" 
fue hecha por él a base de la experiencia revolucionaria 
de los comuneros de París.

El último prólogo a la nueva edición 
alemana del "Manifiesto Comunista", suscrito por 
sus dos autores, lleva la fecha de 24 de junio de 1872. En 
este prólogo, los autores, Carlos Marx y Federico Engels, 
dicen que el programa del "Manifiesto Comunista" 
está "ahora anticuado en ciertos puntos".

". . . La Comuna ha demostrado, sobre todo -- continúan 
--, que *la clase obrera no puede simplemente tomar posesión 
de la máquina estatal existente y ponerla en marcha 
para sus propios fines. . .* "

Las palabras puestas entre asteriscos, en esta cita, fueron 
tomadas por sus autores de la obra de Marx "La guerra 
civil en Francia".

Así, pues, Marx y Engels atribuían una importancia 
tan gigantesca a esta enseñanza fundamental y principal 
de la Comuna de Paris, que la introdujeron como corrección

esencial en el "Manifiesto Comunista".

Es sobremanera característico que precisamente esta 
corrección esencial haya sido tergiversada por los 
oportunistas y que su sentido sea, probablemente, desconocido 
de las nueve décimas partes, si no del noventa y nueve 
por ciento de los lectores del "Manifiesto Comunista". 
De esta tergiversación trataremos en detalle más 
abajo, en el capítulo 
consagrado especialmente a las tergiversaciones. Aquí, 
bastará señalar que la manera corriente, vulgar, 
de "entender" las notables palabras de Marx citadas 
por nosotros consiste en suponer que Marx subraya aquí 
la idea del desarrollo lento, por oposición a la toma 
del Poder por la violencia, y otras cosas por el estilo.

En realidad, es precisamente lo contrario. El pensamiento 
de Marx consiste en que la clase obrera debe destruir, romper 
la "máquina estatal existente" y no limitarse 
simplemente a apoderarse de ella.

El 12 de abril de 1871, es decir, justamente en plena Comuna, 
Marx escribió a Kugelmann:

"Si te fijas en el último capítulo de mi 
'18 Brumario', verás que expongo como próxima 
tentativa de la revolución francesa, no hacer pasar 
de unas manos a otras la máquina burocrático-militar, 
como se venia haciendo hasta ahora, sino r o m p e r l a [subrayado 
por Marx; en el original zerbrechen], y ésta es justamente 
la condición previa de toda verdadera revolución 
popular en el continente. En esto, precisamente, consiste 
la tentativa de nuestros heroicos camaradas de Paris" 
(pág. 709 de la revista "Neue Zeit", t. XX, 
I, año 1901-1902). (Las cartas de Marx a Kugelmann 
han sido publicadas en ruso no menos que en dos ediciones, 
una de ellas redactada por mi y con un prólogo mío.)

En estas palabras: "romper la máquina burocrático-militar 
del Estado", se encierra, concisamente expresada, la 
enseñanza fundamental del marxismo en punto a la cuestión 
de las tareas del proletariado en la revolución respecto 
al Estado. ¡Y esta enseñanza es precisamente 
la que no sólo olvida en absoluto, sino que tergiversa 
directamente la "interpretación" imperante, 
kautskiana, del marxismo! 

En cuanto a la referencia de Marx al "18 Brumario", 
más arriba hemos citado en su integridad el pasaje 
correspondiente.

Interesa señalar especialmente dos lugares en el mencionado 
pasaje de Marx. En primer término, Marx limita su conclusión 
al continente. Esto era lógico en 1871, cuando Inglaterra 
era todavía un modelo de país netamente capitalista, 
pero sin militarismo y, en una medida considerable, sin burocracia. 
Por eso, Marx excluía a Inglaterra, donde la revolución, 
e incluso una revolución popular, se consideraba y 
era entonces posible sin la condición previa de destruir 
"la máquina estatal existente". Hoy, en 1917, 
en la época de la primera gran guerra imperialista, 
esta limitación hecha por Marx no tiene razón 
de ser. Inglaterra y Norteamérica, los más grandes 
y los ultimos representantes -- en el mundo entero -- de la 
"libertad" anglosajona, en el sentido de ausencia 
de militarismo y de burocratismo, han ido rodando completamente

al inmundo y sangriento pantano, común a toda Europa, 
de las instituciones burocrático-militares, que todo 
lo someten y lo aplastan. Hoy, también en Inglaterra 
y en Norteamérica es "condición previa 
de toda revolución verdaderamente popular" el 
romper, el destruirla "máquina estatal existente" 
(y que allí ha alcanzado, en los años de 1914 
a 1917, la perfección "europea", la perfección 
común al imperialismo).

En segundo lugar, merece especial atención la observación 
extraordinariamente profunda de Marx de que la destrucción 
de la máquina burocrático-militar del Estado 
es"condición previa de toda revolución 
verdaderamente popular".

Este concepto de revolución "popular " parece 
extraño en boca de Marx, y los plejanovistas y mencheviques 
rusos, estos secuaces de Struve que quieren hacerse pasar 
por marxistas, podrían tal vez explicar esta expresión 
de Marx como un "lapsus". Han reducido el marxismo 
a una deformación liberal tan mezquina, que, para ellos, 
no

existe más que la antítesis entre revolución 
burguesa y proletaria, y hasta esta antítesis la comprenden 
de un modo increíblemente escolástico.

Si tomamos como ejemplos las revoluciones del siglo XX, tendremos 
que reconocer como burguesas, naturalmente, también 
las revoluciones portuguesa y turca. Pero ni

la una ni la otra son revoluciones "populares", 
pues ni en la una ni en la otra actúa perceptiblemente, 
de un modo activo, por propia iniciativa, con sus propias 
reivindicaciones económicas y políticas, la 
masa del pueblo, la inmensa mayoría de éste. 
En cambio, la revolución burguesa rusa de 1905 a 1907, 
aunque no registrase

éxitos tan "brillantes" como los que alcanzaron 
en ciertos momentos ías revoluciones portuguesa y turca, 
fue, sin duda, una revolución "verdaderamente 
popular", pues la

masa del pueblo, la mayoría de éste, las "más 
bajas capas" sociales, aplastadas por el yugo y la explotación, 
levantáronse por propia iniciativa, estamparon en todo 
el curso de la revolución el sello de sus reivindicaciones, 
de sus intentos de construir a su modo una nueva sociedad 
en lugar de la sociedad vieja que era destruida.

En la Europa de 1871, el proletariado no formaba la mayoría 
ni en un solo país del continente. Una revolución 
"popular", que arrastrase al movimiento verdaderamente 
a la mayoría, sólo podía serlo aquella 
que abarcase tanto al proletariado como a los campesinos. 
Ambas clases formaban en aquel entonces el "pueblo". 
Ambas clases están unidas por el hecho de que la "máquina 
burocrático-militar del Estado" las oprime, las 
esclaviza, las explota. Destruir, romper esta máquina: 
tal es el verdadero interés del "pueblo", 
de su mayoría, de los obreros y de la mayoría 
de los campesinos, tal es la "condición previa" 
para una alianza libre de los campesinos pobres con los proletarios, 
sin cuya alianza la democracia será precaria, y la 
transformación socialista, imposible.

Hacia esta alianza precisamente se abría camino, como 
es sabido, la Comuna de París, si bien no alcanzó 
su objetivo por una serie de causas de carácter interno 
y externo.

Consiguientemente, al hablar de una "revolución 
verdaderamente popular", Marx, sin olvidar para nada 
las características de la pequeña burguesía 
(de las cuales habló mucho y con frecuencia), tenía 
en cuenta con la mayor precisión la correlación 
efectiva de clases en la mayoría de los Estados continentales 
de Europa, en 1871. Y, de otra parte, constataba que la "destrucción" 
de la máquina estatal responde a los intereses de los 
obreros y campesinos, los une, plantea ante ellos la tarea 
común de suprimir al "parásito" y 
sustituirlo por algo nuevo.

¿Pero con qué sustituirlo concretamente?

2. ¿CON QUE SUSTITUIR LA MAQUINA DEL ESTADO UNA 
VEZ DESTRUIDA?

En 1847, en el "Manifiesto Comunista", Marx daba 
a esta pregunta una respuesta todavía completamente 
abstracta, o, más exactamente, una respuesta que señalaba 
las tareas, pero no los medios para resolverlas. Sustituir 
la máquina del Estado, una vez destruida, por la "organización 
del proletariado como clase dominante", "por la

conquista de la democracia": tal era la respuesta del 
"Manifiesto Comunista".

Sin perderse en utopías, Marx esperaba de la experiencia 
del movimiento de masas la respuesta a la cuestión 
de qué formas concretas habría de revestir esta 
organización del proletariado como clase dominante 
y de qué modo esta organización habría 
de coordinarse con la "conquista de la democracia" 
más completa y más consecuente.

En su "Guerra civil en Francia", Marx somete al 
análisis más atento la experiencia de la Comuna, 
por breve que esta experiencia haya sido. Citemos los pasajes 
más importantes de esta obra:

En el siglo XIX, se desarrolló, procedente de la Edad 
Media, "el poder centralizado del Estado, con sus órganos 
omnipresentes: el ejército permanente, la policía, 
la burocracia, el clero y la magistratura". Con el desarrollo 
del antagonismo de clase entre el capital y el trabajo, "el 
Poder del Estado fue adquiriendo cada vez más el carácter 
de un poder público para la opresión del trabajo, 
el carácter de una máquina de dominación 
de clase. Después de cada revolución, que marcaba 
un paso adelante en la lucha de clases, se acusaba con rasgos 
cada vez más salientes el carácter puramente 
opresor del Poder del Estado". Después de la revolución 
de 1848-1849, el Poder del Estado se convierte en un "arma 
nacional de guerra del capital contra el trabajo". El 
Segundo Imperio lo consolida.

"La antítesis directa del Imperio era la Comuna". 
"Era la forma definida" "de aquella república 
que no había de abolir tan sólo la forma monárquica 
de la dominación de clase, sino la dominación 
misma de clase. . ."

¿En qué había consistido, concretamente, 
esta forma "definida" de la república proletaria, 
socialista? ¿Cuál era el Estado que había 
comenzado a crear?

". . . El primer decreto de la Comuna fue . . . la supresión 
del ejército permanente para sustituirlo por el pueblo 
armado. . ."

Esta reivindicación figura hoy en los programas de 
todos los partidos que deseen llamarse socialistas. ¡Pero 
lo que valen sus programas nos lo dice mejor que nada la

conducta de nuestros socialrevolucionarios y mencheviques, 
que precisamente después de la revolución del 
27 de febrero han renunciado de hecho a poner en práctica 
esta reivindicación!

". . . La Comuna estaba formada por los consejeros municipales 
elegidos por sufragio universal en los diversos distritos 
de París. Eran responsables y podían ser revocados 
en todo momento. La mayoría de sus miembros eran, naturalmente, 
obreros o representantes reconocidos de la clase obrera. . 
. La policía, que hasta entonces había sido 
instrumento del gobierno central, fue despojada inmediatamente 
de todos sus atributos políticos y convertida en instrumento 
de la Comuna, responsable ante ésta y revocable en 
todo momento. . . Y lo mismo se hizo con los funcionarios 
de todas las demás ramas de la administración. 
. . Desde los miembros de la Comuna para abajo, todos los 
que desempeñaban cargos públicos lo hacían 
por el salario de un obrero. Todos los privilegios y los gastos 
de representación de los altos dignatarios del Estado 
desaparecieron junto con éstos. . . Una vez suprimidos 
el ejército permanente y la policía, instrumentos 
de la fuerza material del antiguo gobierno, ia Comuna se apresuró 
a destruir también la fuerza de opresión espiritual, 
el poder de los curas. .. Los funcionarios judiciales perdieron 
su aparente independencia.

. . En el futuro debían ser elegidos públicamente, 
ser responsables y revocables. . ."

Por tanto, la Comuna sustituye la máquina estatal destruida, 
aparentemente "sólo" por una democracia más 
completa: supresión del ejército permanente 
y completa elegibilidad y amovilidad de todos los funcionarios. 
Pero, en realidad, este "sólo" representa 
un cambio gigantesco de unas instituciones por otras de un 
tipo distinto por

principio. Aquí estamos precisamente ante uno de esos 
casos de "transformación de la cantidad en calidad": 
la democracia, llevada a la práctica del modo más 
completo y consecuente que puede concebirse, se convierte 
de democracia burguesa en democracia proletaria, de un Estado 
(fuerza especial para la represión de una determinada 
clase) en algo que ya no es un Estado propiamente dicho.

Todavía es necesario reprimir a la burguesía 
y vencer su resistencia. Esto era especialmente necesario 
para la Comuna, y una de las causas de su derrota está 
en no haber hecho esto con suficiente decisión. Pero 
aquí el órgano represor es ya la mayoría 
de la población y no una minoría, como había 
sido siempre, lo mismo bajo la esclavitud y la servidumbre 
que bajo la esclavitud asalariada. ¡Y, desde el momento 
en que es la mayoría del pueblo la que reprime por 
sí misma a sus opresores, no es ya necesaria una "fuerza 
especial" de represión! En este sentido, el Estado 
comienza a extinguirse.

En vez de instituciones especiales de una minoría privilegiada 
(la burocracia privilegiada, los jefes del ejército 
permanente), puede llevar a efecto esto directamente la mayoría, 
y cuanto más intervenga todo el pueblo en la ejecución 
de las funciones propias del Poder del Estado tanto menor 
es la necesidad de dicho Poder.

En este sentido, es singularmente notable una de las medidas 
decretadas por la Comuna, que Marx subraya: la abolición 
de todos los gastos de representación, de todos los 
privilegios pecuniarios de los funcionarios, la reducción 
de los sueldos de todos los funcionarios del Estado al nivel 
del "salario de un obrero ". Aquí es precisamente 
donde se expresa de un modo más evidente el viraje 
de la democracia burguesa a la democracia proletaria, de la 
democracia de la clase opresora a la

democracia de las clases oprimidas, del Estado como "fuerza 
especial " para la represión de una determinada 
clase a la represión de los opresores por la fuerza 
conjunta de la mayoría del pueblo, de los obreros y 
los campesinos. ¡Y es precisamente en este punto tan 
evidente -- tal vez el más importante, en lo que se 
refiere a la cuestión del Estado -- en el que las enseñanzas 
de Marx han sido más relegadas al olvido! En los comentarios 
de popularización -- cuya cantidad es innumerable -- 
no se habla de esto. "Es uso" guardar silencio acerca 
de esto, como si se tratase de una "ingenuidad" 
pasada de moda, algo así como cuando los cristianos, 
después de convertirse el cristianismo en religión 
del Estado, se "olvidaron" de las "ingenuidades" 
del cristianismo primitivo y de su espíritu democrático-revolucionario.

La reducción de los sueldos de los altos funcionarios 
del Estado parece "simplemente" la reivindicación 
de un democratismo ingenuo, primitivo. Uno de los "fundadores" 
del oportunismo moderno, el ex-socialdemócrata E. Bernstein, 
se ha dedicado más de una vez a repetir esas burlas 
burguesas triviales sobre el democratismo "primitivo". 
Como todos los oportunistas, como los actuales kautskianos, 
no comprendía en absoluto, en primer lugar, que el 
paso del capitalismo al socialismo es imposible sin un cierto 
"retorno" al democratismo "primitivo" 
(pues ¿cómo, si no, pasar a la ejecución 
de las funciones del Estado por la mayoría de la población, 
por toda la población en bloque?); y, en segundo lugar, 
que este "democratismo primitivo", basado en el 
capitalismo y en la cultura capitalista, no es el democratismo 
primitivo de los tiempos prehistóricos o de la época 
precapitalista. La cultura capitalista ha creado la gran producción, 
fábricas, ferrocarriles, el correo y el teléfono, 
etc., y sobre esta base, una enorme mayoría de las 
funciones del antiguo "Poder del Estado" se han 
simplificado tanto y pueden reducirse a operaciones tan sencillísimas 
de registro, contabilidad y control, que estas funciones son 
totalmente asequibles a todos los que saben leer y escribir, 
que pueden ejecutarse en absoluto por el "salario corriente 
de un obrero", que se las puede (y se las debe) despojar 
de toda sombra de algo privilegiado y "jerárquico".

La completa elegibilidad y la amovibilidad en cualquier momento 
de todos los funcionarios sin excepción; la reducción 
de su sueldo a los límites del "salario corriente 
de un obrero": estas medidas democráticas, sencillas 
y "evidentes por sí mismas", al mismo tiempo 
que unifican en absoluto los intereses de los obreros y de 
la mayoría de

los campesinos, sirven de puente que conduce del capitalismo 
al socialismo. Estas medidas atañen a la reorganización 
del Estado, a la reorganización puramente política 
de la sociedad, pero es evidente que sólo adquieren 
su pleno sentido e importancia en conexión con la "expropiación 
de los expropiadores" ya en realización o en

preparación, es decir, con la transformación 
de la propiedad privada capitalista sobre los medios de producción 
en propiedad social.

"Al suprimir las dos mayores partidas de gastos, el ejército 
y la burocracia, la Comuna -- escribe Marx -- convirtió 
en realidad la consigna de todas las revoluciones burguesas: 
un gobierno barato".

Entre los campesinos, al igual que en las demás capas 
de la pequeña burguesía, sólo "prospera", 
sólo "se abre paso" en sentido burgués, 
es decir, se convierten en gentes acomodadas, en burgueses 
o en funcionarios con una situación garantizada y privilegiada, 
una minoría insignificante. La inmensa mayoría 
de los campesinos de

todos los países capitalistas en que existe una masa 
campesina (y estos países capitalistas forman la mayoría), 
se halla oprimida por el gobierno y ansía derrocarlo, 
ansía un gobierno "barato". Esto puede realizarlo 
sólo el proletariado, y, al realizarlo, da al mismo 
tiempo un paso hacia la transformación socialista del 
Estado.

3. 
LA ABOLICION DEL PARLAMENTARISMO

"La Comuna -- escribió Marx -- debía ser, 
no una corporación parlamentaria, sino una corporación 
de trabajo, legislativa y ejecutiva al mismo tiempo. . ."

". . . En vez de decidir una vez cada tres o cada seis 
años qué miembros de la clase dominante han 
de representar y aplastar [ver-und zertreten ] al pueblo en 
el parlamento, el sufragio universal debía servir al 
pueblo, organizado en comunas, de igual modo que el sufragio 
individual sirve a los patronos para encontrar obreros, inspectores 
y contables con destino a sus empresas".

Esta notable crítica del parlamentarismo, trazada en 
1871, figura también hoy, gracias al predominio del 
socialchovinismo y del oportunismo, entre las "palabras 
olvidadas" del marxismo. Los ministros y parlamentarios 
profesionales, los traidores al proletariado y los "mercachifles" 
socialistas de nuestros días han dejado integramente 
a los anarquistas la crítica del parlamentarismo, y 
sobre esta base asombrosamente juiciosa han declarado toda 
crítica del parlamentarismo ¡¡como "anarquismo"!! 
No tiene nada de extraño que el proletariado de los 
países parlamentarios "adelantados", asqueado 
de "socialistas" como los Scheidemann, David, Legien, 
Sembat, Renaudel, Henderson, Vandervelde, Stauning, Branting, 
Bissolati y Cía., haya puesto cada vez más sus 
simpatías en el anarcosindicalismo, a pesar de que 
éste es hermano carnal del oportunismo.

Pero para Marx la dialéctica revolucionaria no fue 
nunca esa vacua frase de moda, esa bagatela en que la han 
convertido Plejánov, Kautsky y otros. Marx sabía 
romper

implacablemente con el anarquismo por su incapacidad para 
aprovecharse hasta del "establo" del parlamentarismo 
burgués -- sobre todo cuando se sabe que no se está

ante situaciones revolucionarias --, pero, al mismo tiempo, 
sabía también hacer una crítica auténticamente 
revolucionario-proletaria del parlamentarismo.

Decidir una vez cada cierto número de años qué 
miembros de la clase dominante han de oprimir y aplastar al 
pueblo en el parlamento: he aquí la verdadera esencia 
del

parlamentarismo burgués, no sólo en las monarquías 
constitucionales parlamentarias, sino también en las 
repúblicas más democráticas.

Pero si planteamos la cuestión del Estado, si enfocamos 
el parlamentarismo como una de las instituciones del Estado, 
desde el punto de vista de las tareas del

proletariado en este terreno, ¿dónde está 
entonces la salida del parlamentarismo? ¿Cómo 
es posible prescindir de él?

Hay que decir, una y otra vez, que ]as enseñanzas de 
Marx, basadas en la experiencia de la Comuna, están 
tan olvidadas, que para el "socialdemócrata" 
moderno (léase: para los actuales traidores al socialismo) 
es sencillamente incomprensible otra crítica del parlamentarismo 
que no sea la anarquista o la reaccionaria.

La salida del parlamentarismo no está, naturalmente, 
en la abolición de las instituciones representativas 
y de la elegibilidad, sino en transformar las instituciones 
representativas de lugares de charlatanería en corporaciones 
"de trabajo".

"La Comuna debía ser, no una corporación 
parlamentaria, sino una corporación de trabajo, legislativa 
y ejecutiva al mismo tiempo".

"No una corporación parlamentaria, sino una corporación 
de trabajo": ¡este tiro va derecho al corazón 
de los parlamentarios modernos y de los "perrillos falderos" 
parlamentarios de la socialdemocracia! Fijaos en cualquier 
país parlamentario, de Norteamérica a Suiza, 
de Francia a Inglaterra, Noruega, etc.: la verdadera labor 
"de

Estado" se hace entre bastidores y la ejecutan los ministerios, 
las oficinas, los Estados Mayores. En los parlamentos no se 
hace más que charlar, con la finalidad especial de 
embaucar al "vulgo". Y tan cierto es esto, que hasta 
en la república rusa, república democráticoburguesa, 
antes de haber conseguido crear un verdadero parlamento, se 
han puesto de manifiesto en seguida todos estos pecados del 
parlamentarismo. Héroes del filisteísmo podrido 
como los Skóbelev y los Tsereteli, los Chernov y los 
Avkséntiev se las han arreglado para envilecer hasta 
a los Soviets, según el patrón del más 
sórdido parlamentarismo burgués, convirtiéndolos 
en vacuos lugares de charlatanería.

En los Soviets, los señores ministros "socialistas" 
engañan a los ingenuos aldeanos con frases y con resoluciones. 
En el gobierno, se desarrolla un rigodón permanente, 
de una parte para "cebar" con puestecitos bien retribuidos 
y honrosos al mayor número posible de socialrevolucionarios 
y mencheviques, y, de otra parte, para "distraer la

atención" del pueblo. ¡Mientras tanto, en 
las oficinas y en los Estados Mayores "se desarrolla" 
la labor "del Estado"!

El "Dielo Naroda", órgano del partido gobernante 
de los "socialistas revolucionarios", reconocía 
no hace mucho en un editorial -- con esa sinceridad inimitable 
de las gentes de la "buena sociedad" en la que "todos" 
ejercen la prostitución política -- que hasta 
en los ministerios regentados por "socialistas" 
(¡perdonad la expresión!), que hasta en estos 
ministerios ¡subsiste sustancialmente todo el viejo 
aparato burocrático, funcionando a la antigua y saboteando 
con absoluta "libertad" las iniciativas

revolucionarias! Y aunque no tuviésemos esta confesión, 
¿acaso la historia real de la participación 
de los socialrevolucionarios y los mencheviques en el gobierno 
no

demuestra esto? Lo único que hay de característico 
en esto es que los señores Chernov, Rusánov, 
Sensínov y demás redactores del "Dielo 
Naroda", asociados en el

ministerio con los kadetes, han perdido el pudor hasta tal 
punto, que no se avergüenzan de contar públicamente, 
sin rubor, como si se tratase de una pequeñez, ¡¡que 
en "sus" ministerios todo está igual que 
antes!! Para engañar a los campesinos ingenuos, frases 
revolucionario-democráticas, y para "complacer" 
a los capitalistas, el laberinto burocrático-oficinesco: 
he ahí la esencia de la "honorable" coalición.

La Comuna sustituye el parlamentarismo venal y podrido de 
la sociedad burguesa por instituciones en las que la libertad 
de crítica y de examen no degenera en engaño,

pues aquí los parlamentarios tienen que trabajar ellos 
mismos, tienen que ejecutar ellos mismos sus leyes, tienen 
que comprobar ellos mismos los resultados, tienen que responder 
directamente ante sus electores. Las instituciones representativas 
continúan, pero desaparece el parlamentarismo como 

sistema especial, como división

del trabajo legislativo y ejecutivo, como situación 
privilegiada para los diputados. Sin instituciones representativas 
no puede concebirse la democracia, ni aun la democracia proletaria; 
sin parlamentarismo, sí puede y debe concebirse, si 
la crítica de la sociedad burguesa no es para nosotros 
una frase vacua, si la aspiración de derrocar la dominación 
de la burguesía es en nosotros una aspiración 
seria y sincera y no una frase "electoral" para 
cazar los votos de los obreros, como es en los labios de los 
mencheviques y los socialrevolucionarios, como es en los labios 
de los Scheidemann y Legien, los Sembat y Vandervelde.

Es sobremanera instructivo que, al hablar de las funciones 
de aquella burocracia que necesita también la Comuna 
y la democracia proletaria, Marx tome como punto de

comparación a los empleados de "cualquier otro 
patrono", es decir, una empresa capitalista corriente, 
con "obreros, inspectores y contables".

En Marx no hay ni rastro de utopismo, en el sentido de que 
invente y fantasee sobre la "nueva" sociedad. No, 
Marx estudia como un proceso histórico-natural cómo 
nace la nueva sociedad d e la antigua, estudia las formas 
de transición de la antigua a la nueva sociedad. Toma 
la experiencia real del movimiento proletario de masas y se

esfuerza en sacar las enseñanzas prácticas de 
ella. "Aprende" de la Comuna, como todos los grandes 
pensadores revolucionarios no temieron aprender de la experiencia

de los grandes movimientos de la clase oprimida, no dirigiéndoles 
nunca "sermones" pedantescos (por el estilo del 
"no se debía haber empuñado las armas", 
de Plejánov, o de la frase de Tsereteli: "una 
clase debe saber moderarse").

No cabe hablar de la abolición repentina de la burocracia, 
en todas partes y hasta sus últimas raíces. 
Esto es una utopía. Pero el destruir de golpe la antigua 
máquina

burocrática y comenzar a construir inmediatamente otra 
nueva, que permita ir

El capitalismo simplifica las funciones de la administración 
del "Estado", permite desterrar la "administración 
burocrática" y reducirlo todo a una organización 
de los

proletarios (como clase dominante) que toma a su servicio, 
en nombre de toda la sociedad, a "obreros, inspectores 
y contables".

Nosotros no somos utopistas. No "soñamos" 
en cómo podrá prescindirse de golpe de todo 
gobierno, de toda subordinación, estos sueños 
anarquistas, basados en la

incomprensión de las tareas de la dictadura del proletariado, 
son fundamentalmente ajenos al marxismo y, de hecho, sólo 
sirven para aplazar la revolución socialista hasta 
el momento en que los hombres sean distintos. No, nosotros 
queremos la revolución socialista con hombres como 
los de hoy, con hombres que no puedan arreglárselas 
sin subordinación, sin control, sin "inspectores 
y contables".

Pero a quien hay que someterse es a la vanguardia armada de 
todos los explotados y trabajadores: al proletariado. La "administración 
burocrática" específica de los

funcionarios del Estado, puede y debe comenzar a sustituirse 
inmediatamente, de la noche a la mañana, por las simples 
funciones de "inspectores y contables", funciones 
que ya hoy son plenamente accesibles al nivel de desarrollo 
de los habitantes de las ciudades y que pueden ser perfectamente 
desempeñadas por el "salario de un obrero".

Organizaremos 
la gran producción nosotros mismos, los obreros, partiendo 
de lo que ha sido creado ya por el capitalismo, basándonos 
en nuestra propia experiencia

obrera, estableciendo una disciplina rigurosísima, 
férrea, mantenida por el Poder estatal de los obreros 
armados; reduciremos a los funcionarios del Estado a ser simples 
ejecutores de nuestras directivas, "inspectores y contables" 
responsables, amovibles y modestamente retribuidos (en unión, 
naturalmente, de técnicos de todas clases, de todos 
los tipos y grados): he ahí nuestra tarea proletaria, 
he ahí por dónde se puede y se debe empezar 
al llevar a cabo la revolución proletaria. Este comienzo, 
sobre la base de la gran producción, conduce por sí 
mismo a la "extinción" gradual de toda burocracia, 
a la creación gradual de un orden -- orden sin comillas, 
orden que no

se parecerá en nalda a la esclavitud asalariada --, 
de un orden en que las funciones de inspección y de 
contabilidad, cada vez más simplificadas, se ejecutarán 
por todos

siguiendo un turno, acabarán por convertirse en costumbre, 
y, por fin, desaparecerán como funciones especiales 
de una capa especial de la sociedad.

Un ingenioso socialdemócrata alemán de la década 
del 70 del siglo pasado, dijo que el correo era un modelo 
de economía socialista. Esto es muy exacto. Hoy, el 
correo es una empresa organizada según el patrón 
de un monopolio capitalista de Estado. El imperialismo va 
convirtiendo poco a poco todos los trusts en organizaciones 
de este tipo. En ellos vemos esa misma burocracia burguesa, 
entronizada sobre los "simples" trabajadores, agobiados 
de trabajo y hambrientos. Pero el mecanismo de la gestión 
social está ya preparado en estas organizaciones. No 
hay más que derrocar a los capitalistas, destruir, 
por la mano férrea de los obreros armados, la resistencia 
de estos explotadores, romper la máquina burocrática 
del Estado moderno, y tendremos ante nosotros un mecanismo 
de alta perfección técnica, libre del "parásito" 
y

perfectamente susceptible de ser puesto en marcha por los 
mismos obreros unidos, dando ocupación a técnicos, 
inspectores y contables y retribuyendo el trabajo de todos 
éstos, como el de todos los funcionarios del "Estado" 
en general, con el salario de un obrero. He aquí una 
tarea concreta, una tarea práctica que es ya inmediatamente 
realizable con respecto a todos los trusts, que libera a los 
trabajadores de la explotación y que tiene en cuenta 
la experiencia ya iniciada prácticamente (sobre todo 
en el terreno de la organización del Estado) por la 
Comuna.

Organizar toda la economía nacional como lo está 
el correo para que los técnicos, los inspectores, los 
contables y todos los funcionarios en general perciban sueldos 
que no sean superiores al "salario de un obrero", 
bajo el control y la dirección del proletariado armado: 
he ahí nuestro objetivo inmediato. He ahí el 
Estado que nosotros

necesitamos y la base económica sobre la que este Estado 
tiene que descansar. He ahí lo que darán la 
abolición del parlamentarismo y la conservación 
de las instituciones representativas, he ahí lo que 
librará a las clases trabajadoras de la prostitución 
de estas instituciones por la burguesía.

4. 
ORGANIZACION DE LA UNIDAD DE LA NACION

". . . En el breve esbozo de organización nacional 
que la Comuna no tuvo tiempo de desarrollar, se dice claramente 
que la Comuna debía ser. . . la forma política 
hasta de

la aldea más pequeña del país". 
. . Las comunas elegirían la "delegación 
nacional" de París.

". . . Las pocas, pero importantes funciones que aun 
quedarían entonces al gobierno central no se suprimirían, 
como falseando conscientemente la verdad se ha dicho, sino 
que serían desempeñadas por funcionarios comunales, 
es decir, rigurosamente responsables. . ."

". . . No se trataba de destruir la unidad de la nación, 
sino por el contrario, de organizarla mediante un régimen 
comunal. La unidad de la nación debía convertirse 
en

una realidad mediante la destrucción de aquel Poder 
del Estado que pretendía ser la encarnación 
de esta unidad, pero quería ser independiente de la 
nación y estar situado por encima de ella. De hecho, 
este Poder del Estado no era más que una excrescencia 
parasitaria en el cuerpo de la nación. . ." "La 
tarea consistía en amputar los órganos puramente 
represivos del viejo Poder estatal y arrancar sus legítimas 
funciones de manos de una autoridad que pretende colocarse 
sobre la sociedad, para restituirlas a los servidores responsables 
de ésta".

Hasta qué punto los oportunistas de la socialdemocracia 
actual no han comprendido -- tal vez fuera más exacto 
decir que no han querido comprender -- estos razonamientos 
de Marx, lo revela mejor que nada el libro herostráticamente 
célebre del renegado Bernstein: "Las premisas 
del socialismo y las tareas de la socialdemocracia". 
Refiriéndose precisamente a las citadas palabras de 
Marx, Bernstein escribía que en ellas se desarrolla 
un programa "que, por su contenido político,

presenta, en todos sus rasgos esenciales, la mayor semejanza 
con el federalismo de Proudhon. . . Pese a todas las demás 
diferencias que separan a Marx y al 'pequeñoburgués' 
Proudhon [Bernstein pone esta palabra entre comillas, queriendo 
darle una intención irónica], en estos puntos 
el curso de las ideas es el más afín que

cabe en ambos". Naturalmente, prosigue Bernstein, que 
la importancia de las municipalidades va en aumento, pero 
"a mí me parece dudo so que esta abolición 
[Auflösung -- literalmente: disolución] de los 
Estados modernos y la transformación completa [Umwandlung 
: cambio radical] de su organización, tal como Marx 
y Proudhon la describen (formación de la Asamblea Nacional 
con delegados de las asambleas provinciales o regionales, 
integradas a su vez por delegados de las comunas), tendría 
que ser la obra inicial de la democracia, desapareciendo, 
por tanto, todas las formas anteriores de las representaciones 
nacionales" (Bernstein "Las premisas del socialismo", 
págs. 134 y 136, edición alemana de 1899).

Esto es sencillamente monstruoso: ¡Confundir las concepciones 
de Marx sobre la "destrucción del Poder estatal, 
del parásito", con el federalismo de Proudhonl 
Pero esto

no es casual, pues al oportunista no se le pasa siquiera por 
las mientes pensar que aquí Marx no habla en manera 
alguna del federalismo por oposición al centralismo,

sino de la destrucción de la antigua máquina 
burguesa del Estado, existente en todos los países 
burgueses.

Al oportunista sólo se le viene a las mientes lo que 
ve en torno suyo, en medio del filisteísmo mezquino 
y del estancamiento "reformista", a saber: ¡sólo 
las "municipalidades"!

El oportunista ha perdido la costumbre del pensar siquiera 
en la revolución del proletariado.

Esto es ridículo. Pero lo curioso es que nadie haya 
contendido con Bernstein acerca de este punto. Bernstein fue 
refutado por muchos, especialmente por Plejánov en 
la

literatura rusa y por Kautsky en la europea, pero ni uno ni 
otro han hablado de esta tergiversación de Marx por 
Bernstein.

El oportunista se ha desacostumbrado hasta tal punto de pensar 
en revolucionario y de reflexionar acerca de la revolución, 
que atribuye a Marx el "federalismo", confundiéndole 
con el fundador del anarquismo, Proudhon. Y Kautsky y Plejánov, 
que quieren pasar por marxistas ortodoxos y defender la doctrina 
del marxismo revolucionario, ¡guardan silencio acerca 
de esto! Nos encontramos aquí con una de las raíces 
de ese extraordinario bastardeamiento de las ideas acerca 
de la diferencia entre marxismo y anarquismo, que es característico 
tanto de los kautskianos como de los oportunistas y del que 
habremos de hablar todavía más.

En los citados pasajes de Marx sobre la experiencia de la 
Comuna, no hay ni rastro de federalismo. Marx coincide con 
Proudhon precisamente en algo que no ve el

oportunista Bernstein. Marx discrepa de Proudhon precisamente 
en aquello en que Bernstein ve una afinidad.

Marx coincide con Proudhon en que ambos abogan por la "destrucción" 
de la máquina moderna del Estado. Esta coincidencia 
del marxismo con el anarquismo (tanto

con el de Proudhon como con el de Bakunin) no quieren verla 
ni los oportunistas ni los kautskianos, pues ambos han desertado 
del marxismo en este punto.

Marx discrepa de Proudhon y de Bakunin precisamente en la 
cuestión del federalismo (para no hablar siquiera de 
la dictadura del proletariado). El federalismo es una derivación 
de principio de las concepciones pequeñoburguesas del 
anarquismo.

Marx es centralista. En los pasajes suyos citados más 
arriba, no se contiene la menor desviación del centralismo. 
¡Sólo quienes se hallen poseídos de la 
"fe supersticiosa" del filisteo en el Estado pueden 
confundir la destrucción de la máquina del Estado 
burgués con la destrucción del centralismo! 

Y bien, si el proletariado y los campesinos pobres toman en 
sus manos el Poder del Estado, se organizan de un modo absolutamente 
libre en comunas y unifican la acción de todas las 
comunas para dirigir los golpes contra el capital, para aplastar 
la resistencia de los capitalistas, para entregar a toda la 
nación, a toda la sociedad, la

propiedad privada sobre los ferrocarriles, las fábricas, 
la tierra, etc., ¿acaso esto no será el centralismo? 
¿Acaso esto no será el más consecuente 
centralismo democrático, y además un centralismo 
proletario?

A Bernstein no le cabe, sencillamente, en la cabeza que sea 
posible un centralismo voluntario, una unión voluntaria 
de las comunas en la nación, una fusión voluntaria 
de

las comunas proletarias para aplastar la dominación 
burguesa y la máquina burguesa del Estado. Para Bernstein, 
como para todo filisteo, el centralismo es algo que sólo

puede venir de arriba, que sólo puede ser impuesto 
y mantenido por la burocracia y el militarismo.

Marx subraya intencionadamente, como previendo la posibilidad 
de que sus ideas fuesen tergiversadas, que el acusar a la 
Comuna de querer destruir la unidad de la nación, de 
querer suprimir el Poder central, es una falsedad consciente. 
Marx usa intencionadamente la expresión "organizar 
la unidad de la nación", para contraponer el

centralismo consciente, democrático, proletario, al 
centralismo burgués, militar, burocrático.

Pero . . . no hay peor sordo que el que no quiere oir. Y los 
oportunistas de la socialdemocracia actual no quieren, en 
efecto, oir hablar de la destrucción del Poder del 
Estado, de la eliminación del parásito.

5. 
LA DESTRUCCION DEL ESTADO PARASITO

Hemos citado ya, y vamos a completarlas aquí, las palabras 
de Marx relativas a este punto.

"Generalmente, las nuevas creaciones históricas 
están destinadas a que se las tome por una reproducción 
de las formas viejas, y aun ya caducas, de vida social con 
las

cuales las nuevas instituciones presentan cierta semejanza. 
Así, también esta nueva Comuna, que viene a 
destruir [bricht -- romper] el Poder estatal moderno, ha sido

considerada como una resurrección de las Comunas medievales. 
. . , como una federación de pequeños Estados, 
con arreglo al sueño de Montesquieu y los girondinos.

. . , como una forma exagerada de la vieja lucha contra el 
excesivo centralismo. . ."

". . . Por el contrario, el régimen comunal habría 
devuelto al organismo social todas las fuerzas que hasta entonces 
venía devorando el 'Estado', parásito que se 
nutre a

expensas de la sociedad y entorpece su libre movimiento. Con 
este solo hecho habría iniciado la regeneración 
de Francia. . ."

". . . El régimen comunal habría colocado 
a los productores rurales bajo la dirección ideológica 
de las capitales de sus provincias y les habría ofrecido 
aquí, en los obreros

de la ciudad, los representantes naturales de sus intereses. 
La sola existencia de la Comuna implicaba, como algo evidente, 
un régimen de autonomía local, pero no ya

como contrapeso a un Poder del Estado que ahora sería 
superfluo. . ."

"Destrucción del Poder estatal", que era 
una "excrescencia parasitaria", su "amputación", 
su "aplastamiento", el "Poder del Estado que 
ahora sería superfluo": he aquí cómo 
se expresa Marx al hablar del Estado, valorando y analizando 
la experiencia de la Comuna.

Todo esto fue escrito hace poco menos de medio siglo, pero 
hoy hay que proceder a verdaderas excavaciones para llevar 
a la conciencia de las grandes masas un marxismo no falseado. 
Las conclusiones deducidas de la observación de la 
última gran revolución vivida por Marx fueron 
dadas al olvido precisamente al llegar el momento de las siguientes 
grandes revoluciones del proletariado.

". . . La variedad de interpretaciones a que ha sido 
sometida la Comuna y la variedad de intereses que han encontrado 
su expresión en ella demuestran que era una forma política 
perfectamente flexible, a diferencia de las formas anteriores 
de gobierno, que habían sido todas esencialmente represivas. 
He aquí su verdadero secreto: la Comuna era en esencia 
el gobierno de la clase obrera, fruto de la lucha de la clase 
productora contra la clase apropiadora, la forma política, 
descubierta, al fin, bajo la cual podía llevarse a 
cabo la emancipación económica del trabajo. 
. ."

"Sin esta última condición el régimen 
comunal habría sido una imposibilidad y una impostura". 
. .

Los utopistas habíanse dedicado a "descubrir" 
las formas políticas bajo las cuales debía producirse 
la transformación socialista de la sociedad. Los anarquistas 
se

desentendían del problema de las formas políticas 
en general. Los oportunistas de la socialdemocracia actual 
tomaron las formas políticas burguesas del Estado democrático 
parlamentario como el límite del que no podía 
pasarse y se rompieron la frente de tanto prosternarse ante 
este "modelo", considerando como anarquismo toda 
aspiración a romper estas formas.

Marx dedujo de toda la historia del socialismo y de las luchas 
políticas que el Estado deberá desaparecer y 
que la forma transitoria para su desaparición (la forma 
de

transición del Estado al no Estado) será "el 
proletariado organizado como clase dominante". Pero Marx 
no se proponía descubrir las formas políticas 
de este futuro. Se

limitó a la investigación precisa de la historia 
francesa, a su análisis y a la conclusión a 
que llevó el año 1851: se avecina la destrucción 
de la máquina del Estado burgués.

Y cuando estalló el movimiento revolucionario de masas 
del proletariado, Marx, a pesar del revés sufrido por 
este movimiento, a pesar de su fugacidad y de su patente

debilidad, se puso a estudiar qué formas había 
revelado.

La Comuna es la forma, "descubierta, al fin", por 
la revolución proletaria, bajo la cual puede lograrse 
la emancipación económica del trabajo.

La Comuna es el primer intento de la revolución proletaria 
de destruir la máquina del Estado burgués, y 
la forma política, "descubierta, al fin", 
que puede y debe sustituir

a lo destruido.

Más adelante, en el curso de nuestra exposición, 
veremos que las revoluciones rusas de 1905 y 1917 prosiguen, 
en otras circunstancias, bajo condiciones diferentes, la obra 
de la Comuna, y confirman el genial análisis histórico 
de Marx.

Capitulo 
IV - CONTINUACION. 
ACLARACIONES COMPLEMENTARIAS DE ENGELS

Marx dejó 
sentadas las tesis fundamentales sobre la cuestión 
de la significación de la experiencia de la Comuna. 
Engels volvió repetidas veces sobre este tema, aclarando 
el análisis y las conclusiones de Marx e iluminando 
a veces otros aspectos de la cuestión con tal fuerza 
y relieve, que es necesario detenerse especialmente en estasaclaraciones.

### 1. "LA CUESTION DE LA VIVIENDA"

En su obra sobre la cuestión de la vivienda (1872), 
Engels pone ya a contribución la experiencia de la 
Comuna, deteniéndose varias veces en las tareas de 
la revolución

respecto al Estado. Es interesante ver cómo, sobre 
un tema concreto, se ponen de relieve, de una parte, los rasgos 
de coincidencia entre el Estado proletario y el Estado

actual -- rasgos que nos dan la base para hablar de Estado 
en ambos casos --, y, de otra parte, los rasgos de diferencia 
o la transición hacia la destrucción del Estado.

"¿Cómo, pues, resolver la cuestión 
de la vivienda? En la sociedad actual, exactamente lo mismo 
que otra cuestión social cualquiera: por la nivelación 
económica gradual de la oferta y la demanda, solución 
que reproduce constantemente la cuestión y que, por 
tanto, no es tal solución. La forma en que una revolución 
social resolvería esta cuestión no depende solamente 
de las circunstancias de tiempo y lugar, sino que, además, 
se relaciona con cuestiones de gran alcance, entre las cuales 
figura, como

una de las más esenciales, la supresión del 
contraste entre la ciudad y el campo. Como nosotros no nos 
ocupamos en construir ningún sistema utópico 
para la organización de la sociedad del futuro, sería 
más que ocioso detenerse en esto. Lo cierto, sin embargo, 
es que ya hoy existen en las grandes ciudades edificios suficientes 
para remediar en seguida, si se les diese un empleo racional, 
toda verdadera 'escasez de vivienda': Esto sólo puede 
lograrse, naturalmente, expropiando a los actuales poseedores 
y alojando en sus casas a los obreros que carecen de vivienda 
o a los que viven hacinados en la suya. Y tan pronto como 
el proletariado conquiste el Poder político, esta medida, 
impuesta por los intereses del bien público, será 
de tan fácil ejecución como lo son hoy las otras 
expropiaciones y las requisas de viviendas que lleva a cabo 
el Estado actual" (página 22 de la edición 
alemana de 1887).

Aquí Engels no analiza el cambio de forma del Poder 
estatal, sino sólo el contenido de sus actividades. 
La expropiación y la requisa de viviendas son efectuadas 
también

por orden del Estado actual. Desde el punto de vista formal, 
también el Estado proletario "ordenará" 
requisar viviendas y expropiar edificios. Pero es evidente 
que el

antiguo aparato ejecutivo, la burocracia, vinculada con la 
burguesía, sería sencillamente inservible para 
llevar a la práctica las órdenes del Estado 
proletario. 

". . . Hay que hacer constar que la 'apropiación 
efectiva' de todos los instrumentos de trabajo, la ocupación 
de toda la industria por el pueblo trabajador, es precisamente

lo contrario del 'rescate' proudhoniano. En éste, es 
cada obrero el que pasa a ser propietario de su vivienda, 
de su campo, de su instrumento de trabajo; en la primera,

en cambio, es el 'pueblo trabajador' el que pasa a ser propietario 
colectivo de los edificios, de las fábricas y de los 
instrumentos de trabajo, y es poco probable que su

disfrute se conceda, sin indemnización de los gastos, 
a los individuos o a las sociedades, por lo menos durante 
el período de transición. Exactamente lo mismo 
que

la abolición de la propiedad territorial no implica 
la abolición de la renta del suelo, sino su transferencia 
a la sociedad, aunque sea con ciertas modificaciones. La apropiación 
efectiva de todos los instrumentos de trabajo por el pueblo 
trabajador no excluye, por tanto, en modo alguno, la conservación 
de los alquileres y arrendamientos" (ídem, pág. 
68).

La cuestión esbozada en este pasaje, a saber: la cuestión 
de las bases económicas de la extinción del 
Estado, será examinada por nosotros en el capítulo 
siguiente.

Engels se expresa con extremada cautela, diciendo que "es 
poco probable" que el Estado proletario conceda gratis 
las viviendas, "por lo menos durante el período 
de

transición". El arrendamiento de viviendas de 
propiedad de todo el pueblo a distintas familias mediante 
un alquiler supone el cobro de estos alquileres, un cierto 
control y

una determinada regulación para el reparto de las viviendas. 
Todo esto exige una cierta forma de Estado, pero no reclama 
en modo alguno un aparato militar y

burocrático especial, con funcionarios que disfruten 
de una situación privilegiada. La transición 
a un estado de cosas en que sea posible asignar las viviendas 
gratuitamente se halla vinculada a la "extinción" 
completa del Estado.

Hablando de cómo los blanquistas, después de 
la Comuna y bajo la acción de su experiencia, se pasaron 
al campo de los principios marxistas, Engels formula de

pasada esta posición en los términos siguientes:

". . . Necesidad de la acción política 
del proletariado y de su dictadura, como paso hacia la supresión 
de las clases y, con ellas, del Estado. . ." (pág. 
55).

Algunos aficionados a la crítica literal o ciertos 
"exterminadores" burgueses del marxismo encontrarán 
quizá una contradicción entre este reconocimiento 
de la

"supresión del Estado" y la negación 
de semejante fórmula, por anarquista, en el pasaje 
del "Anti-Dühring" citado más arriba. 
No tendría nada de extraño que los

oportunistas clasificasen también a Engels entre los 
"anarquistas", ya que hoy se va generalizando cada 
vez más entre los socialchovinistas la tendencia de 
acusar a los

internacionalistas de anarquismo.

Que a la par con la supresión de las clases se producirá 
también la supresión del Estado, lo ha sostenido 
siempre el marxismo. El tan conocido pasaje del "Anti-Dühring"

acerca de la "extinción del Estado" no acusa 
a los anarquistas simplemente de abogar por la supresión 
del Estado, sino de predicar la posibilidad de suprimir el 
Estado "de la noche a la mañana".

Como la doctrina "socialdemócrata" hoy imperante 
ha tergiversado completamente la actitud del marxismo ante 
el anarquismo en lo tocante a la cuestión de la

destrucción del Estado, será muy útil 
recordar aquí una polémica de Marx y Engels 
con los anarquistas.

### 2. POLEMICA CON LOS ANARQUISTAS

Esta polémica tuvo lugar en el año 1873. Marx 
y Engels escribieron para un almanaque socialista italiano 
unos artículos contra los proudhonianos, "autonomistas"

o "antiautoritarios", artículos que no fueron 
publicados en traducción alemana hasta 1913, en la 
revista "Neue Zeit".

"Si la lucha política de la clase obrera -- escribió 
Marx, ridiculizando a los anarquistas y su negación 
de la política -- asume formas revolucionarias, si 
los obreros

sustituyen la dictadura de la clase burguesa con su dictadura 
revolucionaria, cometen un terrible delito de leso principio, 
porque para satisfacer sus míseras necesidades

materiales de cada día, para vencer la resistencia 
de la burguesía, dan al Estado una forma revolucionaria 
y transitoria en vez de deponer las armas y abolirlo. . ." 
("Neue

Zeit", 1913-1914, año 32, t. I, pág. 40).

¡He ahí contra qué "abolición" 
del Estado se manifestaba, exclusivamente, Marx, al refutar 
a los anarquistas! No era, ni mucho menos, contra el hecho 
de que el Estado

desaparezca con la desaparición de las clases o sea 
suprimido al suprimirse éstas, sino contra el hecho 
de que los obreros renuncien al empleo de las armas, a la 
violencia organizada, es decir, al Estado, llamado a servir 
para "vencer la resistencia de la burguesía".

Marx subraya intencionadamente -- para que no se tergiverse 
el verdadero sentido de su lucha contra el anarquismo -- la 
"forma revolucionaria y transitoria " del Estado

que el proletariado necesita. El proletariado sólo 
necesita el Estado temporalmente.

Nosotros 
no discrepamos en modo alguno de los anarquistas en cuanto 
al problema de la abolición del Estado, como meta final. 
Lo que afirmamos es que, para alcanzar esta meta, es necesario 
el empleo temporal de las armas, de los medios, de los métodos 
del Poder del Estado contra los explotadores, como para destruir 
las clases es

necesaria la dictadura temporal de la clase oprimida. Marx 
elige contra los anarquistas el planteamiento más tajante 
y más claro del problema: después de derrocar 
el yugo de los capitalistas, ¿deberán los obreros 
"deponer las armas" o emplearlas contra los capitalistas 
para vencer su resistencia? Y el empleo sistemático 
de las armas por una clase contra otra clase, ¿qué 
es sino una "forma transitoria" de Estado?

Que cada socialdemócrata se pregunte si es así 
como él ha planteado la cuestión del Estado 
en su polémica con los anarquistas, si es así 
como ha planteado esta cuestión la inmensa mayoría 
de los partidos socialistas oficiales de la II Internacional.

Engels expone estos pensamientos de un modo todavía 
más detallado y más popular. Ridiculiza, ante 
todo, el embrollo de pensamientos de los proudhonianos,

quienes se llamaban "antiautoritarios", es decir, 
negaban toda autoridad, toda subordinación, todo Poder. 
Tomad una fábrica, un ferrocarril, un barco en alta 
mar,

dice Engels: ¿acaso no es evidente que sin una cierta 
subordinación y, por consiguiente, sin una cierta autoridad 
o Poder será imposible el funcionamiento de

ninguna de estas complicadas empresas técnicas, basadas 
en el empleo de máquinas y en la cooperación 
de muchas personas con arreglo a un plan?

". . . Cuando opongo parecidos argumentos a los mas furiosos 
antiautoritarios -- dice Engels -- no pueden responderme más 
que esto: ¡Ah! Eso es verdad, pero aquí no

se trata de una autoridad de que investimos a nuestros delegados, 
sino de un encargo determinado '. Esta gente cree poder cambiar 
la cosa con cambiarle el nombre. . ."

Habiendo puesto así de manifiesto que la autoridad 
y la autonomía son conceptos relativos, que su radio 
de aplicación cambia con las distintas fases del desarrollo 
social, que es absurdo aceptar estos conceptos como algo absoluto, 
y después de añadir que el campo de la aplicación 
de las máquinas y de la gran industria se ensancha 
cada vez más, Engels pasa de las consideraciones generales 
sobre la autoridad al problema del Estado.

". . . Si los autonomistas -- escribe -- se limitaran 
a decir que la organización social futura tolerará 
la autoridad únicamente en los límites fijados 
inevitablemente por las 

condiciones de la producción, sería posible 
entenderse con ellos. Pero se muestran ciegos con referencia 
a todos los hechos que hacen necesaria la autoridad y luchan

apasionadamente contra esta palabra. 

¿Por qué los antiautoritarios no se limitan 
a gritar contra la autoridad política, contra el Estado? 
Todos los socialistas están de acuerdo en que el Estado 
y, junto con él, la autoridad política desaparecerán 
como consecuencia de la futura revolución social, es 
decir, que las funciones públicas perderán su 
carácter político y se convertirán en 
funciones puramente aclministrativas, destinadas a velar por 
los intereses sociales.

Pero los antiautoritarios exigen que el Estado político 
sea abolido de un golpe, antes de que sean abolidas las relaciones 
sociales que han dado origen al mismo: exigen que el primer 
acto de la revolución social sea la abolición 
de la autoridad.

¿Es que dichos señores han visto alguna vez 
una revolución? Indudablemente, no hay nada más 
autoritario que una revolución. La revolución 
es un acto durante el cual

una parte de la población impone su voluntad a la otra 
mediante los fusiles, las bayonetas, los cañones, esto 
es, mediante elementos extraordinariamente autoritarios.

El partido triunfante se ve obligado a mantener su dominación 
por medio del temor que dichas armas infunden a los reaccionarios. 
Si la Comuna de París no se hubiera

apoyado en la autoridad del pueblo armado contra la burguesía, 
¿habría subsistido más de un día? 
¿No tenemos más bien, por el contrario, el derecho 
de censurar a la

Comuna por no haberse servido suficientemente de dicha autoridad? 
Así, pues, una de dos: o los antiautoritarios no saben 
lo que dicen, y en este caso no hacen más que sembrar 
la confusión, o lo saben y, en este caso, traicionan 
la causa del proletariado.

Tanto en uno como en otro caso sirven únicamente a 
la reacción" (pág. 39).

En este pasaje se abordan cuestiones que conviene examinar 
en conexión con el tema de la correlación entre 
la política y la economía en el período 
de extinción del

Estado (tema tratado en el capítulo siguiente). Son 
cuestiones tales como la de la transformación de las 
funciones públicas, de funciones políticas en 
funciones

simplemente administrativas, y la del "Estado político". 
Esta última expresión, especialmente expuesta 
a provocar equívocos, apunta al proceso de la extinción 
del

Estado: al llegar a una cierta fase de su extinción, 
puede calificarse al Estado moribundo de Estado no político.

También en este pasaje de Engels la parte más 
notable es el planteamiento de la cuestión contra los 
anarquistas. Los socialdemócratas que pretenden ser 
discípulos de

Engels han discutido millones de veces con los anarquistas 
desde 1873, pero han discutido precisamente n o como pueden 
y deben discutir los marxistas. El concepto

anarquista de la abolición del Estado es confuso y 
no revolucionario : así es como plantea la cuestión 
Engels. En efecto, los anarquistas no quieren ver la revolución 
en

su nacimiento y en su des arrollo, en sus tareas específicas 
con relación a la violencia, a la autoridad, al Poder 
y al Estado.

La crítica corriente del anarquismo en los socialdemócratas 
de nuestros días ha degenerado en la más pura 
vulgaridad pequeñoburguesa: "¡nosotros reconocemos 
el

Estado; los anarquistas, no!" Se comprende que semejante 
vulgaridad tenga por fuerza que repugnar a obreros un poco 
reflexivos y revolucionarios. Engels se expresa

de otro modo: subraya que todos los socialistas reconocen 
la desaparición del Estado como consecuencia de la 
revolución socialista. Luego, plantea concretamente 
el

problema de la revolución, precisamente el problema 
que los socialdemócratas suelen soslayar en su oportunismo, 
cediendo, por decirlo así, la exclusiva de su "estudio" 
a los anarquistas, y, al plantear este problema, Engels agarra 
al toro por los cuernos: ¿no hubiera debido la Comuna 
emplear más abundantemente el Poder revolucionario 
del Estado, es decir, del proletariado armado, organizado 
como clase dominante?

Por lo general, la socialdemocracia oficial imperante elude 
la cuestión de las tareas concretas del proletariado 
en la revolución, bien con simples burlas de filisteo, 
bien, en el mejor de los casos, con la frase sofística 
evasiva de "¡ya veremos!" Y los anarquistas 
tenían derecho a decir de esta socialdemocracia que 
traicionaba su misión de educar revolucionariamente 
a los obreros. Engels se vale de la experiencia de la última 
revolución proletaria, precisamente, para estudiar 
del modo más concreto qué es lo que debe hacer 
el proletariado y cómo, tanto con relación a 
los Bancos como en lo que respecta al Estado.

### 3. UNA CARTA A BEBEL

Uno de los pasajes más notables, si no el más 
notable de las obras de Marx y Engels respecto a la cuestión 
del Estado, es el siguiente, de una carta de Engels a Bebel 
de 18-28 de marzo de 1875. Carta que -- dicho entre paréntesis 
-- fue publicada por vez primera, que nosotros sepamos, por 
Bebel en el segundo tomo de sus memorias ("De mi vida"), 
que vieron la luz en 1911, es decir, 36 años después 
de escrita y enviada aquella carta.

Engels escribió a Bebel criticando aquel mismo proyecto 
de programa de Gotha, que Marx criticó en su célebre 
carta a Bracke. Y, por lo que se refiere especialmente a la 
cuestión del Estado, le decía lo siguiente:

"El Estado popular libre se ha convertido en el Estado 
libre. Gramaticalmente hablando, un Estado libre es un Estado 
que es libre respecto a sus ciudadanos, es

decir, un Estado con un gobierno despótico. Habría 
que abandonar toda esa charlatanería acerca del Estado, 
sobre todo después de la Comuna, que no era ya un

Estado en el verdadero sentido de la palabra. Los anarquistas 
nos han echado en cara más de la cuenta eso del 'Estado 
popular', a pesar de que ya la obra de Marx contra Proudhon 
y luego el 'Manifiesto Comunista' dicen expresamente que, 
con la implantación del régimen social socialista, 
el Estado se disolverá por sí mismo [sich

auflöst ] y desaparecerá. Siendo el Estado una 
institución meramente transitoria, que se utiliza en 
la lucha, en la revolución, para someter por la violencia 
a sus adversarios, es un absurdo hablar de un Estado libre 
del pueblo: mientras el proletariado necesite todavía 
del Estado, no lo necesitará en interés de la 
libertad, sino para someter a sus adversarios, y tan pronto 
como pueda hablarse de libertad, el Estado como tal dejará 
de existir. Por eso nosotros propondríamos decir siempre, 
en vez de la palabra Estado, la palabra 'Comunidad' [Gemeinwesen 
], una buena y antigua palabra alemana que equivale a la palabra 
francesa 'Commune'" (pág. 322 del texto alemán).

Hay que tener en cuenta que esta carta se refiere al programa 
del Partido, criticado por Marx en una carta escrita solamente 
varias semanas después de aquélla (carta de 
Marx de 5 de mayo de 1875), y que Engels vivía por 
aquel entonces en Londres, con Marx. Por eso, al decir en 
las últimas líneas de la carta "nosotros", 
Engels,

indudablemente, en su nombre y en el de Marx propone al jefe 
del Partido obrero alemán borrar del programa la palabra 
"Estado" y sustituirla por la palabra

"Comunidad ".

¡Qué bramidos sobre "anarquismo" lanzarían 
los cabecillas del "marxismo" de hoy, un "marxismo" 
falsificado para uso de oportunistas, si se les propusiese 
semejante

corrección en su programa! 

Que bramen cuanto quieran. La burguesía les elogiará 
por ello.

Pero nosotros continuaremos nuestra obra. Cuando revisemos 
el programa de nuestro Partido, deberemos tomar en consideración, 
sin falta, el consejo de Engels y

Marx, para acercarnos más a la verdad, para restaurar 
el marxismo, purificándolo de tergiversaciones, para 
orientar más certeramente la lucha de la clase obrera 
por su

liberación. Entre los bolcheviques no habrá, 
probablemente, quien se oponga al consejo de Engels y Marx. 
La dificultad estará solamente, si acaso, en el término. 
En

alemán, hay dos palabras para expresar la idea de "comunidad", 
de las cuales Engels eligió la que no indica una comunidad 
por separado, sino el conjunto de ellas, el

sistema de comunas. En ruso, no existe una palabra semejante, 
y tal vez tendremos que emplear la palabra francesa "commune", 
aunque esto tenga también sus

inconvenientes.

"La Comuna no era ya un Estado en el verdadero sentido 
de la palabra": he aquí la afirmación más 
importante de Engels, desde el punto de vista teórico. 
Después de lo

que dejamos expuesto más arriba, esta afirmación 
es absolutamente lógica. La Comuna había dejado 
de ser un Estado, toda vez que su papel no era reprimir a 
la

mayoría de la población, sino a la minoría 
(a los explotadores); había roto la máquina 
del Estado burgués; en vez de una fuerza especial para 
la represión, entró en escena la población 
misma. Todo esto era renunciar al Estado en su sentido estricto. 
Y si la Comuna se hubiera consolidado, habrían ido 
"extinguiéndose" en ella por sí mismas 
las huellas del Estado, no habría sido necesario "suprimir" 
sus instituciones: éstas habrían dejado de funcionar 
a medida que no tuviesen nada que hacer.

"Los anarquistas nos han echado en cara más de 
la cuenta eso del 'Estado popular'". Al decir esto, Engels 
se refiere, principalmente, a Bakunin y a sus ataques

contra los socialdemócratas alemanes. Engels reconoce 
que estos ataques son justos en tanto en cuanto el "Estado 
popular" es un absurdo y un concepto tan divergente del 
socialismo como lo es el "Estado popular libre". 
Engels se esfuerza en corregir la lucha de los socialdemócratas 
alemanes contra los anarquistas, en hacer de esta lucha una 
lucha ajustada a los principios, en depurar esta lucha de 
los prejuicios oportunistas relativos al "Estado". 
¡Trabajo perdido! La carta de Engels se pasó 
36 años en el fondo de un cajón. Y más 
abajo veremos que, aun después de publicada esta carta, 
Kautsky sigue repitiendo tenazmente, en el fondo, los mismos 
errores contra los que precavía Engels.

Bebel contestó a Engels el 21 de septimbre de 1875, 
en una carta en la que escribía, entre otras cosas, 
que estaba "completamente de acuerdo" con sus juicios

acerca del proyecto de programa y que había reprochado 
a Liebknecht su transigencia (pág. 334 de la edición 
alemana de las memorias de Bebel, tomo II). Pero si abrimos 
el folleto de Bebel titulado "Nuestros objetivos", 
nos encontramos en él con consideraciones absolutamente 
falsas acerca del Estado:

"El Estado debe convertirse de un Estado basado en la 
dominación de clase en un Estado popular " ("Nuestros 
objetivos", edición alemana de 1886, pág. 
14).

¡Así aparece impreso en la novena (¡novena!) 
edición del folleto de Bebel! No es de extrañar 
que esta repetición tan obstinada de los juicios oportunistas 
sobre el Estado

haya sido asimilada por la socialdemocracia alemana, sobre 
todo cuando las explicaciones revolucionarias de Engels se 
mantenían ocultas y las circunstancias todas

de la vida diaria la habían "desacostumbrado" 
para mucho tiempo de la acción revolucionaria.

4. CRITICA DEL PROYECTO DEL PROGRAMA DE ERFURT

La crítica del proyecto del programa de Erfurt, enviada 
por Engels a Kautsky el 29 de junio de 1891 y publicada sólo 
después de pasados diez años en la revista "Neue

Zeit", no puede pasarse por alto en un análisis 
de la doctrina del marxismo sobre el Estado, pues este documento 
se consagra de modo principal a criticar precisamente las 
concepciones oportunistas de la socialdemocracia en la cuestión 
de la organización del Estado.

Señalaremos de paso que Engels hace también, 
en punto a los problemas económicos, una indicación 
importantísima, que demuestra cuán atentamente 
y con

qué profundidad seguía los cambios que se iban 
produciendo en el capitalismo moderno y cómo ello le 
permitía prever hasta cierto punto las tareas de nuestra 
época,

de la época imperialista. He aquí la indicación 
a que nos referimos: a propósito de las palabras "falta 
de planificación" (Planlosigkeit ), empleadas 
en el proyecto de programa para caracterizar al capitalismo, 
Engels escribe:

"Si pasamos de las sociedades anónimas a los trusts, 
que dominan y monopolizan ramas industriales enteras, vemos 
que aquí terminan no sólo la producción 
privada,

sino también la falta de planificación" 
("Neue Zeit", año 20, t. I, 1901-1902, pág. 
8). 

En estas palabras se destaca lo más fundamental en 
la valoración teórica del capitalismo moderno, 
es decir, del imperialismo, a saber: que el capitalismo se

convierte en un capitalismo monopolista. Conviene subrayar 
esto, pues el error más generalizado está en 
la afirmación reformista-burguesa de que el capitalismo

monopolista o monopolista de Estado no es ya capitalismo, 
puede llamarse ya "socialismo de Estado", y otras 
cosas por el estilo. Naturalmente, los trusts no

entrañan, no han entrañado hasta hoy ni pueden 
entrañar una completa sujeción a planes. Pero 
en tanto trazan planes, en tanto los magnates del capital 
calculan de

antemano el volumen de la producción en un plano nacional 
o incluso en un plano internacional, en tanto regulan la producción 
con arreglo a planes, seguimos

moviéndonos, a pesar de todo, dentro del capitalismo, 
aunque en una nueva fase suya, pero que no deja, indudablemente, 
de ser capitalismo. La "proximidad" de tal

capitalismo al socialismo debe ser, para los verdaderos representantes 
del proletariado, un argumento a favor de la cercanía, 
de la facilidad, de la viabilidad y de

la urgencia de la revolución socialista, pero no, en 
modo alguno, un argumento para mantener una actitud de tolerancia 
ante los que niegan esta revolución y ante los que

encubren las lacras del capitalismo, como hacen todos los 
reformistas.

Pero volvamos a la cuestión del Estado. De tres clases 
son las indicaciones especialmente valiosas que hace aquí 
Engels: en primer lugar, las que se refieren a la

cuestión de la República; en segundo lugar, 
las que afectan a las relaciones entre la cuestión 
nacional y la estructura del Estado; en tercer lugar, las 
que se refieren al

régimen de autonomía local.

Por lo que se refiere a la República, Engels hacía 
de esto el centro de gravedad de su crítica del proyecto 
del programa de Erfurt. Y, si tenemos en cuenta la significación

adquirida por el programa de Erfurt en toda la socialdemocracia 
internacional y cómo este programa se convirtió 
en modelo para toda la II Internacional, podremos decir sin 
exageración que Engels critica aquí el oportunismo 
de toda la II Internacional.

"Las reivindicaciones políticas del proyecto -- 
escribe Engels -- adolecen de un gran defecto. No se contiene 
en él [subrayado por Engels] lo que en realidad se 
debía haber dicho".

Y más adelante se aclara que la Constitución 
alemana está, en rigor, calcada sobre la Constitución 
más reaccionaria de 18so; que el Reichstag no es, según 
la expresión de Guillermo Liebknecht, más que 
la "hoja de parra del absolutismo", y que el pretender 
llevar a cabo la "transformación de todos los 
instrumentos de trabajo en propiedad común" a 
base de una Constitución en la que son legalizados 
los pequeños Estados y la federación de los 
pequeños Estados alemanes, es un "absurdo evidente".

"Tocar esto es peligroso", añade Engels, 
que sabe perfectamente que en Alemania no se puede incluir 
legalmente en el programa la reivindicación de la República. 
No

obstante, Engels no se contenta sencillamente con esta evidente 
consideración, que satisface a "todos". Engels 
prosigue: "Y, sin embargo, no hay más remedio 
que

abordar la cosa de un modo o de otro. Hasta qué punto 
es esto necesario, lo demuestra el oportunismo, que está 
difundiéndose [einreissende ] precisamente ahora

en una gran parte de la prensa socialdemócrata. Por 
miedo a que se renueve la ley contra los socialistas, o por 
el recuerdo de diversas manifestaciones hechas

prematuramente bajo el imperio de aquella ley, se quiere que 
el Partido reconozca ahora que el orden legal vigente en Alemania 
es suficiente para realizar todas las

reivindicaciones de aquél por la vía pacífica. 
. ."

Engels destaca en primer plano el hecho fundamental de que 
los socialdemócratas alemanes obraban por miedo a que 
se renovase la ley de excepción, y califica esto, sin 
rodeos, de oportunismo, declarando como completamente absurdos 
los sueños acerca de una vía "pacífica", 
precisamente por no existir en Alemania ni República 
ni

libertades. Engels es lo bastante cauto para no atarse las 
manos. Reconoce que en países con República 
o con una gran libertad "cabe imaginarse" (¡solamente

"imaginarse"!) un desarrollo pacífico hacia 
el socialismo, pero en Alemania, repite:

". . . En Alemania, donde el gobierno es casi omnipotente 
y el Reichstag y todas las demás instituciones representativas 
carecen de poder efectivo, el proclamar en

Alemania algo semejante, y además sin necesidad alguna, 
significa quitarle al absolutismo la hoja de parra y colocarse 
uno mismo a cubrir la desnudez ajena. . ."

Y, en efecto, la inmensa mayoría de los jefes oficiales 
del Partido Socialdemócrata alemán, partido 
que "archivó" estas indicaciones, resultaron 
ser encubridores del

absolutismo.

". . . Semejante política sólo sirve para 
poner en el camino falso al propio partido.

Se hace pasar a primer plano las cuestiones políticas 
generales, abstractas, y de este modo se oculta las cuestiones 
concretas más inmediatas, aquellas que se ponen por 
sí mismas al orden del día al surgir los primeros 
grandes acontecimientos, en la primera crisis política. 
Y lo único que con esto se consigue es que, al llegar 
el momento decisivo, el partido se sienta de pronto desconcertado, 
que reinen en él la confusión y el desacuerdo 
acerca de las cuestiones decisivas, por no haber discutido 
nunca estas cuestiones. . .

Este olvido en que se deja las grandes, las fundamentales 
consideraciones en aras de los intereses momentáneos 
del día, esto de perseguir éxitos pasajeros 
y de luchar

por ellos sin fijarse en las consecuencias ulteriores, esto 
de sacrificar el porvenir del movimiento por su presente, 
podrá hacerse por motivos 'honrados', pero es y seguirá

siendo oportunismo, y el oportunismo 'honrado' es quizá 
el más peligroso de todos. . .

Si hay algo indudable es que nuestro partido y la clase obrera 
sólo pueden llegar al Poder bajo la forma política 
de la República democrática. Esta es, incluso, 
la forma

específica para la dictadura del proletariado, como 
lo ha puesto ya de relieve la gran Revolución francesa. 
. ."

Engels repite aquí, en una forma especialmente plástica, 
aquella idea fundamental que va como hilo de engarce a través 
de todas las obras de Marx, a saber: que la

República democrática es el acceso más 
próximo a la dictadura del proletariado. Pues esta 
República, que no suprime ni mucho menos la dominación 
del capital ni,

consiguientemente, la opresión de las masas ni la lucha 
de clases, lleva inevitablemente a un ensanchamiento, a un 
despliegue, a una patentización y a una agudización 
tales de esta lucha, que, tan pronto como surge la posibilidad 
de satisfacer los intereses vitales de las masas oprimidas, 
esta posibilidad se realiza, inevitable y exclusivamente, 
en la dictadura del proletariado, en la dirección de 
estas masas por el proletariado. Para toda la II Internacional, 
éstas son también "palabras olvidadas" 
del marxismo, y este olvido se reveló de un modo extraordinariamente 
nítido en la historia del partido menchevique durante 
el primer medio año de la revolución rusa de 
1917.

Respecto a la cuestión de la República federativa, 
en conexión con la composición nacional de la 
población escribía Engels:

"¿Qué es lo que debe ocupar el puesto de 
la actual Alemania?" [con su Constitución monárquico-reaccionaria 
y su sistema igualmente reaccionario de subdivisión 
en

pequeños Estados, que eterniza la particularidad del 
"prusianismo", en vez de disolverla en una Alemania 
formando un todo]. "A mi juicio, el proletariado sólo 
puede

emplear la forma de la República única e indivisible. 
La República federativa es todavía hoy, en conjunto, 
una necesidad en el territorio gigantesco de los Estados Unidos, 
si bien en las regiones del Este se ha convertido ya en un 
obstáculo. Representaría un progreso en Inglaterra, 
donde cuatro naciones pueblan las dos islas y donde, a pesar 
de no haber más que un parlamento, coexisten tres sistemas 
de legislación. En la pequeña Suiza, se ha convertido 
ya desde hace largo tiempo en un obstáculo, y si allí 
se puede todavía tolerar la República federativa, 
es debido únicamente a que Suiza se contenta con ser 
un miembro puramente pasivo en el sistema de los Estados europeos.

Para Alemania, un régimen federalista al modo del de 
Suiza significaría un enorme retroceso. Hay dos puntos 
que distinguen a un Estado federal de un Estado unitario, 
a

saber: que cada Estado que forma parte de la unión 
tiene su propia legislación civil y criminal y su propia 
organización judicial, y que además de cada 
parlamento particular existe una Cámara federal en 
la que vota como tal cada cantón, sea grande o pequeño". 
En Alemania, el Estado federal es el tránsito hacia 
un Estado completamente unitario, y la "revolución 
desde arriba" de 1866 y 1870 no debe ser revocada, sino 
completada mediante un "movimiento desde abajo".

Engels no sólo no revela indiferencia en cuanto a la 
cuestión de las formas de Estado, sino que, por el 
contrario, se esfuerza en analizar con escrupulosidad

extraordinaria precisa mente las formas de transición, 
para determinar, con arreglo a las particularidades históricas 
concretas de cada caso, de qué y hacia qué es 
transición la forma transitoria de que se trata.

Engels, como Marx, defiende, desde el punto de vista del proletariado 
y de la revolución proletaria, el centralismo democrático, 
la República única e indivisible.

Considera la República federativa, bien como excepción 
y como obstáculo para el desarrollo, bien como transición 
de la monarquía a la República centralista, 
como un

"progreso", en determinadas circunstancias especiales. 
Y entre estas circunstancias especiales se destaca la cuestión 
nacional.

En Engels como en Marx, a pesar de su crítica implacable 
del carácter reaccionario de los pequeños Estados 
y del encubrimiento de este carácter reaccionario por 
la

cuestión nacional en determinados casos concretos, 
no se encuentra en ninguna de sus obras ni rastro de tendencia 
a eludir la cuestión nacional, tendencia de que suelen 
pecar frecuentemente los marxistas holandeses y polacos al 
partir de la lucha legítima contra el nacionalismo 
filisteamente estrecho de "sus" pequeños 
Estados.

Hasta en Inglaterra, donde las condiciones geográficas, 
la comunidad de idioma y la historia de muchos siglos parece 
que debían haber "liquidado" la cuestión 
nacional en las distintas pequeñas divisiones territoriales 
del país; incluso aquí tiene en cuenta Engels 
el hecho claro de que la cuestión nacional no ha sido 
superada aún, razón por la cual reconoce que 
la República federativa representa "un progreso". 
Se sobreentiende que en esto no hay ni rastro de renuncia 
a la crítica de los defectos de la República 
federativa ni a la propaganda y a la lucha más decidida 
en pro de la República unitaria, centralista-democrática.

Pero Engels no concibe en modo alguno el centralismo democrático 
en el sentido burocrático con que emplean este concepto 
los ideólogos burgueses y pequeñoburgueses, 
incluyendo entre éstos a los anarquistas. Para Engels, 
el centralismo no excluye, ni mucho menos, esa amplia autonomía 
local que, en la defensa voluntaria de la unidad del Estado 
por las "comunas" y las regiones, elimina en absoluto 
todo burocratismo y toda manía de "ordenar" 
desde arriba.

"Así, pues, República unitaria -- escribe 
Engels, desarrollando las ideas programáticas del marxismo 
sobre el Estado --, pero no en el sentido de la República 
francesa actual, que no es más que el imperio sin emperador 
fundado en 1798. De 1792 a 1798, todo departamento francés, 
toda comuna [Gemeinde ] poseía completa autonomía, 
según el modelo norteamericano, y eso es lo que debemos 
tener también nosotros. Norteamérica y la primera 
República francesa nos demostraron, y hoy Canadá, 
Australia y otras colonias inglesas nos lo demuestran aún, 
cómo hay que organizar la autonomía y cómo 
se puede prescindir de la burocracia.

Y esta autonomía provincial y municipal es mucho más 
libre que, por ejemplo, el federalismo suizo, donde el cantón 
goza, ciertamente, de gran independencia respecto

a la federación [es decir, respecto al Estado federativo 
en conjunto], pero también respecto al distrito y al 
municipio. Los gobiernos cantonales nombran jefes de policía

de distrito y prefectos, cosa absolutamente desconocida en 
los países de habla inglesa y a lo que en el futuro 
también nosotros debemos oponernos decididamente, así 
como a los consejeros provinciales y gubernamentales prusianos" 
[los comisarios, los jefes de policía, los gobernadores, 
y en general, todos los funcionarios nombrados desde arriba].

De acuerdo con esto, Engels propone que el punto del programa 
sobre la autonomía se formule del modo siguiente:

"Completa autonomía para la provincia, distrito 
y municipio con funcionarios elegidos por sufragio universal. 
Supresión de todas las autoridades locales y provinciales 
nombradas por el Estado".

En "Pravda", suspendida por el gobierno de Kerenski 
y otros ministros "socialistas" (núm. 68, 
del 28 de mayo de 1917), hube de señalar ya cómo, 
en este punto -- bien

entendido que no es, ni mucho menos, solamente en éste 
--, nuestros representantes seudosocialistas de una seudodemocracia 
seudorrevolucionaria se han desviado

escandalosamente del democratismo. Se comprende que hombres 
que se han vinculado por una "coalición" 
a la burguesía imperialista hayan permanecido sordos 
a

estas indicaciones.

Es sobremanera importante señalar que Engels, con hechos 
a la vista, basándose en los ejemplos más precisos, 
refuta el prejuicio extraordinariamente extendido, sobre

todo en la democracia pequeñoburguesa, de que la República 
federativa implica incuestionablemente mayor libertad que 
la República centralista. Esto es falso. Los

hechos citados por Engels con referencia a la República 
centralista francesa de 1792 a 1798 y a la República 
federativa suiza desmienten este prejuicio. La República

centralista realmente democrática dio mayor libertad 
que la República federativa. O dicho en otros términos: 
la mayor libertad local, provincial, etc., que se conoce en 
la

historia la ha dado la República centralista y no la 
República federativa.

Nuestra propaganda y agitación de partido no ha consagrado 
ni consagra suficiente atención a este hecho, ni en 
general a toda la cuestión de la República federativa 
y

centralista y a la de la autonomía local.

### 5. PROLOGO DE 1891 A "LA GUERRA CIVIL" DE MARX

En el prólogo a la tercera edición de "La 
guerra civil en Francia" -- este prólogo lleva 
la fecha de 18 de marzo de 1891 y fue publicado por vez primera 
en la revista "Neue

Zeit" --, Engels, a la par que hace de paso algunas interesantes 
observaciones acerca de cuestiones relacionadas con la actitud 
hacia el Estado, traza, con notable relieve, un resumen de 
las enseñanzas de la Comuna. Este resumen, enriquecido 
por toda la experiencia del período de veinte años 
que separaba a su autor de la Comuna y dirigido especialmente 
contra la "fe supersticiosa en el Estado", tan difundida 
en Alemania, puede ser llamado con justicia la última 
palabra del marxismo respecto a la cuestión que estamos 
examinando.

"En Francia -- señala Engels --, los obreros, 
después de cada revolución, estaban armados"; 
"por eso el desarme de los obreros era el primer mandamiento 
de los

burgueses que se hallaban al frente del Estado. De aquí 
el que, después de cada revolución ganada por 
los obreros, se llevara a cabo una nueva lucha que acababa 
con

la derrota de estos. . ."

El balance de la experiencia de las revoluciones burguesas 
es tan corto como expresivo. El quid de la cuestión 
entre otras cosas también en lo que afecta a la

cuestión del Estado (¿tiene la clase oprimida 
armas? ), aparece enfocado aquí de un modo admirable. 
Este quid de la cuestión es precisamente el que eluden 
con mayor

frecuencia lo mismo los profesores influidos por la ideología 
burguesa que los demócratas pequeñoburgueses. 
En la revolución rusa de 1917, correspondió 
al "menchevique" y "también marxista" 
Tsereteli el honor (un honor a lo Cavaignac) de descubrir 
este secreto de las revoluciones burguesas. En su discurso 
"histórico" del 11 de junio, a Tsereteli 
se le escapó el secreto de la decisión de la 
burguesia de desarmar a los obreros de Petrogrado, presentando, 
naturalmente, esta decisión ¡como suya y como 
necesidad "del Estado" en general!

El histórico discurso de Tsereteli del 11 de junio 
será, naturalmente, para todo historiador de la revolución 
de 1917, una de las pruebas más palpables de cómo 
el bloque de socialrevolucionarios y mencheviques, acaudillado 
por el señor Tsereteli, se pasó al lado de la 
burguesía contra el proletariado revolucionario.

Otra de las observaciones incidentales de Engels, relacionada 
también con la cuestión del Estado, se refiere 
a la religión. Es sabido que la socialdemocracia alemana, 
a medida que se hundía en la charca, haciéndose 
más y más oportunista, derivaba cada vez con 
mayor frecuencia a una torcida interpretación filistea 
de la célebre fórmula que declara la religión 
"asunto de incumbencia privada". En efecto, esta 
fórmula se interpretaba como si la cuestión 
de la religión fuese un asunto de incumbencia privada 
¡¡también para el Partido del proletariado 
revolucionario!! Contra esta traición completa al programa 
revolucionario del proletariado se levantó Engels, 
que en 1891 sólo podía observar los gérmenes 
más tenues de oportunismo en su Partido, y que, por 
tanto, se expresaba con la mayor cautela:

"Como los miembros de la Comuna eran todos, casi sin 
excepción, obreros o representantes reconocidos de 
Ios obreros, sus acuerdos se distinguían por un carácter 
marcadamente proletario. Una parte de sus decretos eran reformas 
que la burguesía republicana no se había atrevido 
a implantar por vil cobardía y que echaban los

cimientos indispensables para la libre acción de la 
clase obrera, como, por ejemplo, la implantación del 
principio de que, con respecto al Estado, la religión 
es un asunto de incumbencia puramente privada; otros iban 
encaminados a salvaguardar directamente los intereses de la 
clase obrera, y en parte socavaban profundamente el viejo 
orden social. . ."

Engels subraya intencionadamente las palabras "con respecto 
al Estado", asestando con ello un golpe certero al oportunismo 
alemán, que declaraba la religión un asunto

de incumbencia privada con respecto al Partido y con ello 
rebajaba el Partido del proletariado revolucionario al nivel 
del más vulgar filisteísmo "librepensador",

dispuesto a tolerar el aconfesionalismo, pero que renuncia 
a la tarea del Partido de luchar contra el opio religioso 
que embrutece al pueblo.

El futuro historiador de la socialdemocracia alemana, al investigar 
las raíces de su vergonzosa bancarrota en 1914, encontrará 
no pocos materiales interesantes sobre

esta cuestión, comenzando por las evasivas declaraciones 
que se contienen en los artículos del jefe ideológico 
del Partido, Kautsky, en las que se abre de par en par las

puertas al oportunismo, y acabando por la actitud del Partido 
ante el "Los-von-der- Kirche-Bewegung" (movimiento 
en pro de la separación de los particulares de la Iglesia), 
en 1913.

Pero volvamos a cómo Engels, veinte años después 
de la Comuna, resumió sus enseñanzas para el 
proletariado militante.

He aquí las enseñanzas que Engels destaca en 
primer plano:

". . . Precisamente la fuerza opresora del antiguo gobierno 
centralista: el ejército, la policía política 
y la burocracia, que Napoleón había creado en 
1798 y que desde

entonces había sido heredada por todos los nuevos gobiernos 
como un instrumento grato, empleándolo contra sus enemigos; 
precisamente esta fuerza debía ser

derrumbada en toda Francia, como había sido derrumbada 
ya en París.

La Comuna tuvo que reconocer desde el primer momento que la 
clase obrera, al llegar al Poder, no puede seguir gobernando 
con la vieja máquina del Estado; que,

para no perder de nuevo su dominación recién 
conquistada, la clase obrera tiene, de una parte, que barrer 
toda la vieja máquina represiva utilizada hasta entonces 
contra

ella, y, de otra parte, precaverse contra sus propios diputados 
y funcionarios, declarándolos a todos, sin excepción 
revocables en cualquier momento. . ."

Engels subraya una y otra vez que no sólo bajo la monarquía, 
sino también bajo la República democrática, 
el Estado sigue siendo Estado, es decir, conserva su rasgo

característico fundamental: convertir a sus funcionarios, 
"servidores de la sociedad", órganos de ella, 
en señores situados por encima de ella.

". . . Contra esta transformación del Estado y 
de los órganos del Estado de servidores de la sociedad 
en señores situados por encima de la sociedad,

transformación inevitable en todos los Estados anteriores, 
empleó la Comuna dos remedios infalibles. En primer 
lugar, cubrió todos los cargos administrativos, judiciales

y de enseñanza por elección, mediante sufragio 
universal, concediendo a los electores el derecho a revocar 
en todo momento a sus elegidos. En segundo lugar, todos los

funcionarios, altos y bajos, sólo estaban retribuidos 
como los demás obreros. El sueldo máximo abonado 
por la Comuna no excedía de 6.000 francos. Con este 
sistema se ponía una barrera eficaz al arribismo y 
la caza de cargos, y esto aun sin contar los mandatos imperativos 
que introdujo la Comuna para los diputados a los organismos

representativos. . ."

Engels llega aquí a este interesante límite 
en que la democracia consecuente se transforma, de una parte, 
en socialismo y, de otra parte, reclama el socialismo, pues

para destruir el Estado es necesario transformar las funciones 
de la administración del Estado en operaciones de control 
y registro tan sencillas, que sean accesibles a la inmensa 
mayoría de la población, primero, y a toda la 
población, sin distinción, después. Y 
la supresión completa del arribismo exige que los cargos 
"honoríficos" del 

Estado, aunque sean sin ingresos, n o puedan servir de trampolín 
para pasar a puestos altamente retribuidos en los Bancos y 
en las sociedades anónimas, como

ocurre constantemente hoy hasta en los países capitalistas 
más libres.

Pero Engels no incurre en el error en que incurren, por ejemplo, 
algunos marxistas en lo tocante a la cuestión del derecho 
de las naciones a la autodeterminación,

creyendo que bajo el capitalismo este derecho es imposible, 
y, bajo el socialismo, superfluo. Semejante argumentación, 
que quiere pasar por ingeniosa, pero que en

realidad es falsa, podría repetirse a propósito 
de cualquier institución democrática, y a propósito 
también de los sueldos modestos de los funcionarios, 
pues un democratismo llevado hasta sus últimas consecuencias 
es imposible bajo el capitalismo, y, bajo el socialismo, toda 
democracia se extingue.

Esto es un sofisma parecido a aquel viejo chiste de si una 
persona comienza a quedarse calva cuando se le cae un pelo.

El desarrollo de la democracia hasta sus últimas consecuencias, 
la indagación de las formas de este desarrollo, su 
comprobación en la práctica, etc.: todo esto 
forma parte integrante de las tareas de la lucha por la revolución 
social. Por separado, ningún democratismo da como resultante 
el socialismo, pero, en la práctica, el democratismo 
no se toma nunca "por separado", sino que se toma 
siempre "en bloque", influyendo también sobre 
la economía, acelerando su transformación y 
cayendo él mismo bajo la influencia del desarrollo 
económico, etc. Tal es la dialéctica de la historia 
viva Engels prosigue:

". . . En el capítulo tercero de 'La guerra civil' 
se describe con todo detalle esta labor encaminada a hacer 
saltar [Sprengung ] el viejo Poder estatal y sustituirlo por 
otro

nuevo realmente democrático. Sin embargo, era necesario 
detenerse a examinar aquí brevemente algunos de los 
rasgos de esta sustitución, por ser precisamente en

Alemania donde la fe supersticiosa en el Estado se ha trasplantado 
del campo filosófico a la conciencia general de la 
burguesía e incluso a la de muchos obreros Según 
la concepción filosófica, el Estado es la 'realización 
de la idea', o sea, traducido al lenguaje filosófico, 
el reino de Dios sobre la tierra, el campo en que se hacen 
o deben

hacerse realidad la eterna verdad y la eterna justicia. De 
aquí nace una veneración supersticiosa del Estado 
y de todo lo que con él se relaciona, veneración 
supersticiosa

que va arraigando en las conciencias con tanta mayor facilidad 
cuanto que la gente se acostumbra ya desde la infancia a pensar 
que los asuntos e intereses comunes a toda la sociedad no 
pueden gestionarse ni salvaguardarse de otro modo que como 
se ha venido haciendo hasta aquí, es decir, por medio 
del Estado y de sus funcionarios

retribuidos con buenos puestos. Y se cree haber dado un paso 
enormemente audaz con librarse de la fe en la monarquía 
hereditaria y entusiasmarse por la República

democrática. En realidad, el Estado no es más 
que una máquina para la opresión de una clase 
por otra, lo mismo en la República democrática 
que bajo la monarquía; y en el mejor de los casos, 
un mal que se transmite hereditariamente al proletariado que 
haya triunfado en su lucha por la dominación de clase. 
El proletariado victorioso, lo

mismo que lo hizo la Comuna, no podrá por menos de 
amputar inmediatamente los lados peores de este mal, entretanto 
que una generación futura, educada en

condiciones sociales nuevas y libres, pueda deshacerse de 
todo ese trasto viejo del Estado".

Engels prevenía a los alemanes para que, en caso de 
sustitución de la monarquía por la República, 
no olvidasen los fundamentos del socialismo sobre la cuestión 
del

Estado en general. Hoy, sus advertencias parecen una lección 
directa a los señores Tsereteli y Chernov, que en su 
práctica "coalicionista" ¡revelan una 
fe supersticiosa en el Estado y una veneración supersticiosa 
por él!

Dos observaciones más. 1) Si Engels dice que bajo la 
República democrática el Estado sigue siendo, 
"lo mismo" que bajo la monarquía, "una 
máquina para la opresión

de una clase por otra", esto no significa, en modo alguno, 
que la forma de opresión sea indiferente para el proletariado, 
como "enseñan" algunos anarquistas. Una forma

de lucha de clases y de opresión de clase más 
amplia, más libre, más abierta facilita en proporciones 
gigantescas la misión del proletariado en la lucha 
por la destrucción de las clases en general.

2) La cuestión de por qué solamente una nueva 
generación estará en condiciones de deshacerse 
en absoluto de todo este trasto viejo del Estado, es una cuestión

relacionada con la superación de la democracia, que 
pasamos a examinar. 

6. 
ENGELS, SOBRE LA SUPERACION DE LA DEMOCRACIA

Engels se expresó acerca de esto en relación 
con la cuestión de la inexactitud científica 
de la denominación de "socialdemócrata".

En el prólogo a la edición de sus artículos 
de la década de 1870 sobre diversos temas, predominantemente 
de carácter "internacional" [Internationales 
aus dem

Volksstaat ], prólogo fechado el 3 de enero de 1894, 
es decir, escrito año y medio antes de morir Engels, 
éste escribía que en todos los artículos 
se emplea la palabra

"comunista" y no la de "socialdemócrata", 
pues por aquel entonces socialdemócratas se llamaban 
los proudhonistas en Francia y los lassalleanos en Alemania.

". . . Para Marx y para mí -- prosigue Engels 
-- era, por tanto, sencillamente imposible emplear, para denominar 
nuestro punto de vista especial, una expresión tan

elástica. En la actualidad, la cosa se presenta de 
otro modo, y esta palabra ['socialdemócrata'] puede, 
tal vez, pasar [mag passieren ], aunque sigue siendo

inadecuada [unpassend ] para un partido cuyo programa económico 
no es un simple programa socialista en general, sino un programa 
directamente comunista, y cuya

meta política final es la superación total del 
Estado y, por consiguiente, también de la democracia. 
Pero los nombres de los verdaderos [subrayado por Engels] 
partidos

políticos nunca son absolutamente adecuados; el partido 
se desarrolla y el nombre queda".

El dialéctico Engels, en el ocaso de su existencia, 
sigue siendo fiel a la dialéctica.

Marx y yo -- nos dice -- teníamos un hermoso nombre, 
un nombre científicamente exacto, para el partido, 
pero no teníamos un verdadero partido, es decir, un 
Partido

proletario de masas. Hoy (a fines del siglo XIX), existe un 
verdadero partido, pero su nombre es científicamente 
inexacto. No importa, "puede pasar": ¡lo importante 
es que

el Partido se desarrolle, lo que importa es que el Partido 
no desconozca la inexactitud científica de su nombre 
y que éste no le impida desarrollarse en la dirección 
certera!

Tal vez haya algún bromista que quiera consolarnos 
también a nosotros, los bolcheviques, a la manera de 
Engels: nosotros tenemos un verdadero partido, que se

desarrolla excelentemente; puede "pasar", por tanto, 
también una palabra tan sin sentido, tan monstruosa, 
como la palabra "bolchevique", que no expresa

absolutamente nada, fuera de la circunstancia puramente accidental 
de que en el Congreso de Bruselas-Londres de 1903 tuvimos 
nosotros la mayoría . . . Tal vez hoy,

en que las persecuciones de julio y de agosto contra nuestro 
Partido por parte de los republicanos y de la filistea democracia 
"revolucionaria" han rodeado la palabra

"bolchevique" de honor ante todo el pueblo, y en 
que, además, esas persecuciones han marcado un progreso 
tan enorme, un progreso histórico de nuestro Partido 
en su

desarrollo real, tal vez hoy, yo también dudaría, 
en cuanto a mi propuesta de abril de cambiar el nombre de 
nuestro Partido. Tal vez propondría a mis camaradas 
una

"transacción": llamarnos Partido Comunista 
y dejar entre paréntesis la palabra bolchevique. . 
.

Pero la cuestión del nombre del Partido es incomparablemente 
menos importante que la cuestión de la posición 
del proletariado revolucionario con respecto al Estado.

En las consideraciones corrientes acerca del Estado, se comete 
constantemente el error contra el que precave aquí 
Engels y que nosotros hemos señalado de paso en

nuestra anterior exposición, a saber: se olvida constantemente 
que la destrucción del Estado es también la 
destrucción de la democracia, que la extinción 
del Estado implica la extinción de la democracia.

A primera vista, esta afirmación parece extraordinariamente 
extraña e incomprensible; tal vez en alguien surja 
incluso el temor de si esperamos el advenimiento de una organización 
social en que no se acate el principio de la subordinación 
de la minoría a la mayoría, ya que la democracia 
es, precisamente, el reconocimiento de este principio. 

No. La democracia n o es idéntica a la subordinación 
de la minoría a la mayoría.

Democracia es el Estado que reconoce la subordinación 
de la minoría a la mayoría, es decir, una organización 
llamada a ejercer la violencia sistemática de una clase 
contra otra, de una parte de la población contra otra.

Nosotros nos proponemos como meta final la destrucción 
del Estado, es decir, de toda violencia organizada y sistemática, 
de toda violencia contra los hombres en

general. No esperamos el advenimiento de un orden social en 
el que no se acate el principio de la subordinación 
de la minoría a la mayoría. Pero, aspirando 
al socialismo, estamos persuadidos de que éste se convertirá 
gradualmente en comunismo, y en relación con esto desaparecerá 
toda necesidad de violencia sobre los hombres en general, 
toda necesidad de subordinación de unos hombres a otros, 
de una parte de la población a otra, pues los hombres 
se habituarán a observar las reglas elementales de 
la convivencia social sin violencia y sin subordinación.

Para subrayar este elemento del hábito es para lo que 
Engels habla de una nueva generación que, "educada 
en condiciones sociales nuevas y libres, pueda deshacerse

de todo este trasto viejo del Estado", de todo Estado, 
inclusive el Estado democráticorepublicano.

Para explicar esto, es necesario analizar la cuestión 
de las bases económicas de la extinción del 
Estado.

Capitulo 
V - LAS BASES ECONOMICAS DE LA EXTINCION DEL ESTADO

La explicación 
más detallada de esta cuestión nos la da Marx 
en su "Crítica del Programa de Gotha" (carta 
a Bracke, de 5 de mayo de 1875, que no fue publicada

hasta 1891, en la revista "Neue Zeit", IX, 1, y 
de la que se publicó en ruso una edición aparte). 
La parte polémica de esta notable obra, consistente 
en la crítica del

lassalleanismo, ha dejado en la sombra, por decirlo así, 
su parte positiva, a saber: su análisis de la conexión 
existente entre el desarrollo del comunismo y la extinción 
del Estado.

### 1. PLANTEAMIENTO DE LA CUESTION POR MARX

Comparando superficialmente la carta de Marx a Bracke, de 
5 de mayo de 1875, con la carta de Engels a Bebel, de 28 de 
marzo de 1875 examinada más arriba, podría

parecer que Marx es mucho más "partidario del 
Estado" que Engels, y que entre las concepciones de ambos 
escritores acerca del Estado media una diferencia muy

considerable.

Engels aconseja a Bebel lanzar por la borda toda la charlatanería 
sobre el Estado y borrar completamente del programa la palabra 
Estado, sustituyéndola por la palabra

"comunidad". Engels llega incluso a declarar que 
la Comuna no era ya un Estado, en el sentido estricto de la 
palabra. En cambio, Marx habla incluso del "Estado futuro 
de la sociedad comunista", es decir, reconoce, al parecer, 
la necesidad del Estado hasta bajo el comunismo.

Pero semejante modo de concebir sería radicalmente 
falso. Examinándolo más atentamente, vemos que 
las concepciones de Marx y Engels sobre el Estado y su

extinción coinciden en absoluto, y que la citada expresión 
de Marx se refiere precisamente al Estado en extinción.

Es evidente que no puede hablarse de determinar el momento 
de la "extinción" futura del Estado, tanto 
más cuanto que se trata, como es sabido, de un proceso 
largo.

La aparente diferencia entre Marx y Engels se explica por 
la diferencia de los temas por ellos tratados, de las tareas 
por ellos perseguidas. Engels se proponía la tarea 
de

mostrar a Bebel de un modo palmario y tajante, a grandes rasgos, 
todo el absurdo de los prejuicios corrientes (compartidos 
también, en grado considerable, por Lassalle)

acerca del Estado. Marx sólo toca de paso esta cuestión, 
interesándose por otro tema: el desarrollo de la sociedad 
comunista.

Toda la teoría de Marx es la aplicación de la 
teoría del desarrollo — en su forma más 
consecuente, más completa, más profunda y más 
rica de contenido — al capitalismo moderno. Era natural 
que a Marx se le plantease, por tanto, la cuestión 
de aplicar esta teoría también a la inminente 
bancarrota del capitalismo y al desarrollo futuro del comunismo 
futuro.

Ahora bien, ¿a base de qué datos se puede plantear 
la cuestión del desarrollo futuro del comunismo futuro?

A base del hecho de que el comunismo procede del capitalismo, 
se desarrolla históricamente del capitalismo, es el 
resultado de la acción de una fuerza social

engendrada por el capitalismo. En Marx no encontramos ni rastro 
de intento de construir utopías, de hacer conjeturas 
en el aire respecto a cosas que no es posible

conocer. Marx plantea la cuestión del comunismo como 
el naturalista plantearía, por ejemplo, la cuestión 
del desarrollo de una nueva especie biológica, sabiendo 
que ha

surgido de tal y tal modo y se modifica en tal y tal dirección 
determinada.

Marx descarta, ante todo, la confusión que el programa 
de Gotha siembra en la cuestión de las relaciones entre 
el Estado y la sociedad.

"La sociedad actual —escribe Marx — es la sociedad 
capitalista, que existe en todos los países civilizados, 
más o menos libre de aditamentos medievales, más 
o menos modificada por las particularidades del desarrollo 
histórico de cada país, más o menos desarrollada. 
Por el contrario, el 'Estado actual' cambia con las fronteras 
de cada país.

En el imperio prusiano-alemán es completamente distinto 
que en Suiza, en Inglaterra es completamente distinto que 
en los Estados Unidos. El 'Estado actual' es, por tanto, una 
ficción.

Sin embargo, pese a su abigarrada diversidad de formas, los 
diversos Estados de los diversos países civilizados 
tienen todos algo de común: que reposan sobre el terreno 
de la sociedad burguesa moderna, más o menos desarrollada 
en el sentido capitalista.

Tienen, por tanto, ciertas características esenciales 
comunes. En este sentido cabe hablar del 'Estado actual' por 
oposición al del porvenir, en el que su raíz 
de hoy, la

sociedad burguesa, se extinguirá.

Y cabe la pregunta: ¿qué transformación 
sufrirá el Estado en la sociedad comunista?

Dicho en otros términos: ¿qué funciones 
sociales quedarán entonces en pie, análogas 
a las funciones actuales del Estado? Esta pregunta sólo 
puede contestarse

científicamente, y por mucho que se combine la palabra 
'pueblo' con la palabra 'Estado', no nos acercaremos lo más 
mínimo a la solución del problema. . ."

Poniendo en ridículo, como vemos, toda la charlatanería 
sobre el "Estado del pueblo", Marx traza el planteamiento 
del problema y en cierto modo nos advierte que,

para resolverlo científicamente, sólo se puede 
operar con datos científicos sólidamente establecidos.

Y lo primero que ha sido establecido con absoluta precisión 
por toda la teoría de la evolución y por toda 
la ciencia en general —y lo que olvidaron los utopistas 
y olvidan

los oportunistas de hoy, que temen a la revolución 
socialista— es el hecho de que, históricamente, 
tiene que haber, sin ningún género de duda, 
una fase especial o una

etapa especial de transición del capitalismo al comunismo.

### 2. LA TRANSICION DEL CAPITALISMO AL COMUNISMO

". . . Entre la sociedad capitalista y la sociedad comunista 
— prosigue Marx — media el período de la 
transformación revolucionaria de la primera en la segunda. 
A este

período corresponde también un período 
político de transición, y el Estado de este 
período no puede ser otro que la dictadura revolucionaria 
del proletariado".

Esta conclusión de Marx se basa en el análisis 
del papel que el proletariado desempeña en la sociedad 
capitalista actual, en los datos sobre el desarrollo de esta

sociedad y en el carácter irreconciliable de los intereses 
antagónicos del proletariado y de la burguesía.

Antes, la cuestión planteábase así: para 
conseguir su liberación, el proletariado debe derrocar 
a la burguesía, conquistar el Poder político 
e instaurar su dictadura

revolucionaria.

Ahora, la cuestión se plantea de un modo algo distinto: 
la transición de la sociedad capitalista, que se desenvuelve 
hacia el comunismo, a la sociedad comunista, es

imposible sin un "período político de transición", 
y el Estado de este período no puede ser otro que la 
dictadura revolucionaria del proletariado.

Ahora bien, ¿cuál es la actitud de esta dictadura 
hacia la democracia?

Veíamos que el "Manifiesto Comunista" coloca 
sencillamente, a la par el uno del otro, dos conceptos: el 
de la "transformación del proletariado en clase 
dominante" y el

de "la conquista de la democracia". Sobre la base 
de todo lo arriba expuesto, se puede determinar con más 
precisión cómo se transforma la democracia en 
la transición del capitalismo al comunismo.

En la sociedad capitalista, bajo las condiciones del desarrollo 
más favorable de esta sociedad, tenemos en la República 
democrática un democratismo más o menos

completo. Pero este democratismo se halla siempre comprimido 
dentro de los estrechos marcos de la explotación capitalista 
y es siempre, en esencia, por esta razón, un democratismo 
para la minoría, sólo para las clases poseedoras, 
sólo para los ricos. La libertad de la sociedad capitalista 
sigue siendo, y es siempre, poco más o menos, lo que 
era la libertad en las antiguas repúblicas de Grecia: 
libertad para los esclavistas. En virtud de las condiciones 
de la explotación capitalista, los esclavos

asalariados modernos viven tan agobiados por la penuria y 
la miseria, que "no están para democracias", 
"no están para política", y en el 
curso corriente y pacífico de los

acontecimientos, la mayoría de la población 
queda al margen de toda participación en la vida político-social.

Alemania es tal vez el país que confirma con mayor 
evidencia la exactitud de esta afirmación, precisamente 
porque en dicho Estado la legalidad constitucional se mantuvo 
durante un tiempo asombrosamente largo y persistente, casi 
medio siglo (1871-1914), y durante este tiempo la socialdemocracia 
supo hacer muchísimo más

que en los otros países para "utilizar la legalidad" 
y organizar en partido político a una parte más 
considerable de los obreros que en ningún otro país 
del mundo.

Pues bien, ¿a cuánto asciende esta parte de 
los esclavos asalariados políticamente conscientes 
y activos, con ser la más elevada de cuantas encontramos 
en la sociedad capitalista? ¡De 15 millones de obreros 
asalariados, el partido socialdemócrata cuenta con 
un millón de miembros! ¡De 15 millones de obreros, 
hay tres millones

sindicalmente organizados!

Democracia para una minoría insignificante, democracia 
para los ricos: he ahí el democratismo de la sociedad 
capitalista. Si nos fijamos más de cerca en el mecanismo 
de la democracia capitalista, veremos siempre y en todas partes, 
hasta en los "pequeños", en los aparentemente 
pequeños, detalles del derecho de sufragio (requisito 
de residencia, exclusión de la mujer, etc.), en la 
técnica de las instituciones representativas, en los 
obstáculos reales que se oponen al derecho de reunión 
(¡los edificios públicos no son para los "de 
abajo"!), en la organización puramente capitalista 
de la prensa diaria, etc., etc., en todas partes veremos restricción 
tras restricción puesta al democratismo. Estas restricciones, 
excepciones, exclusiones y trabas para los pobres parecen 
insignificantes sobre todo para el que jamás ha sufrido 
la penuria ni

se ha puesto en contacto con las clases oprimidas en su vida 
de masas (que es lo que les ocurre a las nueve décimas 
partes, si no al noventa y nueve por ciento de los

publicistas y políticos burgueses), pero en conjunto 
estas restricciones excluyen, eliminan a los pobres de la 
política, de su participación activa en la democracia.

Marx puso de relieve magníficamente esta esencia de 
la democracia capitalista, al decir, en su análisis 
de la experiencia de la Comuna, que a los oprimidos se les

autoriza para decidir una vez cada varios años ¡qué 
miembros de la clase opresora han de representarlos y aplastarlos 
en el parlamento!

Pero, partiendo de esta democracia capitalista —inevitablemente 
estrecha, que repudia por debajo de cuerda a los pobres y 
que es, por tanto, una democracia

profundamente hipócrita y mentirosa— el desarrollo 
progresivo, no discurre de un modo sencillo, directo y tranquilo 
"hacia una democracia cada vez mayor", como

quieren hacernos creer los profesores liberales y los oportunistas 
pequeñoburgueses.

No, el desarrollo progresivo, es decir, el desarrollo hacia 
el comunismo pasa a través de la dictadura del proletariado, 
y no puede ser de otro modo, porque el proletariado

es el único que puede, y sólo por este camino, 
romper la resistencia de los explotadores capitalistas.

Pero la dictadura del proletariado, es decir, la organización 
de la vanguardia de los oprimidos en clase dominante para 
aplastar a los opresores, no puede conducir tan

sólo a la simple ampliación de la democracia. 
A la par con la enorme ampliación del democratismo, 
que por vez primr ra se convierte en un democratismo para 
los pobres, en un democratismo para el pueblo, y no en un 
democratismo para los ricos, la dictadura del proletariado 
implica una serie de restricciones puestas a la libertad de 
los opresores, de los explotadores, de los capitalistas. Debemos 
reprimir a éstos, para liberar a la humanidad de la 
esclavitud asalariada, hay que vencer por la fuerza su resistencia, 
y es evidente que allí donde hay represión, 
donde hay violencia no hay libertad ni hay democracia.

Engels expresaba magníficamente esto en la carta a 
Bebel, al decir, como recordará el lector, que "mientras 
el proletariado necesite todavía del Estado, no lo 
necesitará en interés de la libertad, sino para 
someter a sus adversarios, y tan pronto como pueda hablarse 
de libertad, el Estado como tal dejará de existir".

Democracia para la mayoría gigantesca del pueblo y 
represión por la fuerza, es decir, exclusión 
de la democracia, para los explotadores, para los opresores 
del

pueblo: he ahí la modificación que sufrirá 
la democracia en la transición del capitalismo al comunismo.

Sólo en la sociedad comunista, cuando se haya roto 
ya definitivamente la resistencia de los capitalistas, cuando 
hayan desaparecido los capitalistas, cuando no

haya clases (es decir, cuando no haya diferencias entre los 
miembros de la sociedad por su relación hacia los medios 
sociales de producción), sólo entonces "desaparecerá 
el Estado y podrá hablarse de libertad ". Sólo 
entonces será posible y se hará realidad una 
democracia verdaderamente completa, una democracia que verdaderamente 
no implique ninguna restricción. Y sólo entonces 
la democracia comenzará a extinguirse, por la sencilla 
razón de que los hombres, liberados de la esclavitud 
capitalista, de los innumerables horrores, bestialidades, 
absurdos y vilezas de la explotación capitalista, se 
habituarán poco a poco a la observación de las 
reglas elementales de convivencia, conocidas a lo largo de 
los siglos y repetidas desde hace miles de años en 
todos los preceptos, a observarlas sin violencia, sin coacción, 
sin subordinación, sin ese aparato especial de coacción 
que se llama Estado.

La expresión "el Estado se extingue" está 
muy bien elegida, pues señala el carácter gradual 
del proceso y su espontaneidad. Sólo la fuerza de la 
costumbre puede ejercer y ejercerá indudablemente esa 
influencia, pues en torno a nosotros observamos millones de 
veces con qué facilidad se habitúan los hombres 
a guardar las reglas de convivencia necesarias si no hay explotación, 
si no hay nada que indigne a los hombres y provoque protestas 
y sublevaciones, creando la necesidad de la represión.

Por tanto, en la sociedad capitalista tenemos una democracia 
amputada, mezquina, falsa, una democracia solamente para los 
ricos, para la minoría. La dictadura del

proletariado, el período de transición hacia 
el comunismo, aportará por primera vez la democracia 
para el pueblo, para la mayoría, a la par con la necesaria 
represión de la

minoría, de los explotadores. Sólo el comunismo 
puede aportar una democracia verdaderamente completa, y cuanto 
más completa sea, antes dejará de ser necesaria

y se extinguirá por sí misma.

Dicho en otros términos: bajo el capitalismo, tenemos 
un Estado en el sentido estricto de la palabra, una máquina 
especial para la represión de una clase por otra, y,

además, de la mayoría por la minoría. 
Se comprende que para que pueda prosperar una empresa como 
la represión sistemática de la mayoría 
de los explotados por una

minoría de explotadores, haga falta una crueldad extraordinaria, 
una represión bestial, hagan falta mares de sangre, 
a través de los cuales marcha precisamente la

humanidad en estado de esclavitud, de servidumbre, de trabajo 
asalariado.

Ahora bien, en la transición del capitalismo al comunismo, 
la represión es todavía necesaria, pero ya es 
la represión de una minoría de explotadores 
por la mayoría de

los explotados. Es necesario todavía un aparato especial, 
una máquina especial para la represión, el "Estado", 
pero éste es ya un Estado de transición, no 
es ya un Estado en el sentido estricto de la palabra, pues 
la represión de una minoría de explotadores 
por la mayoría de los esclavos asalariados de ayer 
es algo tan relativamente fácil, sencillo y natural, 
que costará muchísima menos sangre que la represión 
de las sublevaciones de los esclavos, de los siervos y de 
los obreros asalariados, que costará mucho menos a 
la humanidad. Y este Estado es compatible con la extensión 
de la democracia a una mayoría tan aplastante de la 
población, que la necesidad de una máquina especial 
para la represión comienza a desaparecer. Como es natural, 
los explotadores no pueden reprimir al pueblo sin una máquina 
complicadísima que les permita cumplir este cometido, 
pero el pueblo puede reprimir a los explotadores con una "máquina" 
muy sencilla, casi sin "máquina", sin aparato 
especial, por la simple organización de las masas armadas 
(como los Soviets de Diputados Obreros y Soldados, digamos, 
adelantándonos un poco).

Finalmente, sólo el comunismo suprime en absoluto la 
necesidad del Estado, pues bajo el comunismo no hay nadie 
a quien reprimir, "nadie" en el sentido de clase, 
en el

sentido de una lucha sistemática contra determinada 
parte de la población. Nosotros no somos utopistas 
y no negamos, en modo alguno, que es posible e inevitable 
que

algunos individuos cometan excesos, como tampoco negamos la 
necesidad de reprimir tales excesos. Poro, en primer lugar, 
para esto no hace falta una máquina especial, un aparato 
especial de represión, esto lo hará el mismo 
pueblo armado, con la misma sencillez y facilidad con que 
un grupo cualquiera de personas civilizadas, incluso en la 
sociedad actual, separa a los que se están peleando 
o impide que se maltrate a una mujer. Y, en segundo lugar, 
sabemos que la causa social más importante de los excesos, 
consistentes en la infracción de las reglas de convivencia, 
es la explotación de las masas, la penuria y la miseria 
de éstas. Al suprimirse esta causa fundamental, los 
excesos comenzarán inevitablemente a "extinguirse 
". No sabemos con qué rapidez y gradación, 
pero sabemos que se extinguirán. Y, con ellos, se extinguirá 
también el Estado.

Marx, sin dejarse llevar al terreno de las utopías, 
determinó en detalle lo que es posible determinar ahora 
respecto a este porvenir, a saber: la diferencia entre las

fases (grados o etapas) inferior y superior de la sociedad 
comunista.

### 3. PRIMERA FASE DE LA SOCIEDAD COMUNISTA

En la "Crítica del Programa de Gotha", Marx 
refuta minuciosamente la idea lassalleana de que, bajo el 
socialismo, el obrero recibirá el "producto íntegro 
o completo del trabajo". Marx demuestra que de todo el 
trabajo social de toda la sociedad habrá que descontar 
un fondo de reserva, otro fondo para ampliar la producción, 
para reponer las máquinas "gastadas", etc., 
y, además, de los artículos de consumo, un fondo 
para los gastos de administración, escuelas, hospitales, 
asilos para ancianos, etc.

En vez de emplear la frase nebulosa, confusa y general de 
Lassalle ("dar al obrero el producto íntegro del 
trabajo"), Marx establece un cálculo sobrio de 
cómo precisamente la sociedad socialista se verá 
obligada a administrar. Marx aborda el análisis concreto 
de las condiciones de vida de esta sociedad en que no existirá 
el capitalismo, y dice:

"De lo que aquí [en el examen del programa del 
partido obrero] se trata no es de una sociedad comunista que 
se ha desarrollado sobre su propia base, sino de una que

acaba de salir precisamente de la sociedad capitalista y que, 
por tanto, presenta todavía en todos sus aspectos, 
en el económico, en el moral y en el intelectual, el 
sello

de la vieja sociedad de cuya entraña procede".

Esta sociedad comunista, que acaba de salir de la entraña 
del capitalismo al mundo de Dios y que lleva en todos sus 
aspectos el sello de la sociedad antigua, es la que

Marx llama "primera" fase o fase inferior de la 
sociedad comunista.

Los medios de producción han dejado de ser ya propiedad 
privada de los individuos.

Los medios de producción pertenecen a toda la sociedad. 
Cada miembro de la sociedad, al ejecutar una cierta parte 
del trabajo socialmente necesario, obtiene de la

sociedad un certificado acreditativo de haber realizado tal 
o cual cantidad de trabajo.

Por este certificado recibe de los almacenes sociales de artículos 
de consumo la cantidad correspondiente de productos. Deducida 
la cantidad de trabajo que pasa al

fondo social, cada obrero, por tanto, recibe de la sociedad 
lo que entrega a ésta.

Reina, al parecer, la "igualdad".

Pero cuando Lassalle, refiriéndose a este orden social 
(al que se suele dar el nombre de socialismo, pero que Marx 
denomina la primera fase del comunismo), dice que esto es 
una "distribución justa", que es "el 
derecho igual de cada uno al producto igual del trabajo", 
Lassalle se equivoca, y Marx pone al descubierto su error.

"Aquí —dice Marx— tenemos realmente 
un 'derecho igual', pero esto es todavía 'un derecho 
burgués', que, como todo derecho, presupone la desigualdad.

Todo derecho significa la aplicación de un rasero i 
g u a l a hombres distintos, a hombres que en realidad no 
son idénticos, no son iguales entre sí; por 
tanto, el

'derecho igual' es una infracción de la igualdad y 
una injusticia". En efecto, cada cual obtiene, si ejecuta 
una parte de trabajo social igual que el otro, la misma parte 
de

producción social (después de hechas las deducciones 
indicadas).

Sin embargo, los hombres no son todos iguales, unos son más 
fuertes y otros más débiles, unos son casados 
y otros solteros, unos tienen más hijos que otros, 
etc.

". . . A igual trabajo —concluye Marx— y, por 
consiguiente, a igual participación en el fondo social 
de consumo, unos obtienen de hecho más que otros, unos 
son más

ricos que otros, etc. Para evitar todos estos inconvenientes, 
el derecho tendría que ser no igual, sino desigual. 
. ."

Consiguientemente, la primera fase del comunismo no puede 
proporcionar todavía justicia ni igualdad: subsisten 
las diferencias de riqueza, diferencias injustas; pero no

será posible ya la explotación del hombre por 
el hombre, puesto que no será posible apoderarse, a 
título de propiedad privada, de los medios de producción, 
de las

fábricas, las máquinas, la tierra, etc. Pulverizando 
la frase confusa y pequeñoburguesa de Lassalle sobre 
la "igualdad" y la "justicia" en general, 
Marx muestra el curso de

desarrollo de la sociedad comunista, que en sus comienzos 
se verá obligada a destruir solamente aquella "injusticia" 
que consiste en que los medios de producción sean

usurpados por individuos aislados, pero que no estará 
en condiciones de destruir de golpe también la otra 
injusticia, consistente en la distribución de los artículos 
de

consumo "según el trabajo" (y no según 
las necesidades).

Los economistas vulgares, incluyendo entre ellos a los profesores 
burgueses, entre los que se cuenta también "nuestro" 
Tugán, reprochan constantemente a los socialistas el 
olvidarse de la desigualdad de los hombres y el "soñar" 
con destruir esta desigualdad. Este reproche sólo demuestra, 
como vemos, la extrema ignorancia de los señores ideólogos 
burgueses.

Marx no solo tiene en cuenta del modo más preciso la 
inevitable desigualdad de los hombres, sino que tiene también 
en cuenta que el solo paso de los medios de

producción a propiedad común de toda la sociedad 
(el "socialismo", en el sentido corriente de la 
palabra) no suprime los defectos de la distribución 
y la desigualdad del

"derecho burgués", el cual sigue imperando, 
por cuanto los productos son distribuidos "según 
el trabajo".

". . . Pero estos defectos —prosigue Marx— 
son inevitables en la primera fase de la sociedad comunista, 
tal y como brota de la sociedad capitalista, tras largos dolores

para su alumbramiento. El derecho no puede ser nunca superior 
a la estructura económica y al desarrollo cultural 
de la sociedad por ella condicionado. . ."

Así, pues, en la primera fase de la sociedad comunista 
(a la que suele darse el nombre de socialismo) el "derecho 
burgués" no se suprime completamente, sino sólo

parcialmente, sólo en la medida de la transformación 
económica ya alcanzada, es decir, sólo en lo 
que se refiere a los medios de producción. El "derecho 
burgués"

reconoce la propiedad privada de los individuos sobre los 
medios de producción. El socialismo los convierte en 
propiedad común. En este sentido —y sólo 
en este

sentido— desaparece el "derecho burgués".

Sin embargo, este derecho persiste en otro de sus aspectos, 
persiste como regulador de la distribución de los productos 
y de la distribución del trabajo entre los miembros 
de la sociedad. "El que no trabaja, no come": este 
principio socialista es ya una realidad; "a igual cantidad 
de trabajo, igual cantidad de productos": también 
es ya una realidad este principio socialista. Sin embargo, 
esto no es todavía el comunismo, ni suprime todavía 
el "derecho burgués", que da una cantidad 
igual de productos a hombres que no son iguales y por una 
cantidad desigual (desigual de hecho) de trabajo.

Esto es un "defecto", dice Marx, pero un defecto 
inevitable en la primera fase del comunismo, pues, sin caer 
en utopismo, no se puede pensar que, al derrocar el

capitalismo, los hombres aprenderán a trabajar inmediatamente 
para la sociedad sin sujeción a ninguna norma de derecho 
; además, la abolición del capitalismo no sienta 
de repente tampoco las premisas económicas para este 
cambio.

Otras normas, fuera de las del "derecho burgués", 
no existen. Y, por tanto, persiste todavía la necesidad 
del Estado, que, velando por la propiedad común sobre 
los medios de producción, vele por la igualdad del 
trabajo y por la igualdad en la distribución de los 
productos.

El Estado se extingue en tanto que ya no hay capitalistas, 
que ya no hay clases y que, por lo mismo, no cabe reprimir 
a ninguna clase.

Pero el Estado no se ha extinguido todavía del todo, 
pues persiste aún la protección del "derecho 
burgués", que sanciona la desigualdad de hecho. 
Para que el Estado se

extinga completamente, hace falta el comunismo completo.

### 4. LA FASE SUPERIOR DE LA SOCIEDAD COMUNISTA

Marx prosigue:

". . . En la fase superior de la sociedad comunista cuando 
haya desaparecido la subordinación esclavizadora de 
los individuos a la división del trabajo, y con ella, 
por

tanto, el contraste entre el trabajo intelectual y el trabajo 
manual, cuando el trabajo no sea solamente un medio de vida, 
sino la primera necesidad de la vida; cuando, con

el desarrollo múltiple de los individuos, crezcan también 
las fuerzas productivas y fluyan con todo su caudal los manantiales 
de la riqueza colectiva; sólo entonces podrá 
rebasarse totalmente el estrecho horizonte del derecho burgués 
y la sociedad podrá escribir en sus banderas 'de cada 
uno, según su capacidad; a cada uno, según sus

necesidades'".

Sólo ahora podemos apreciar toda la justeza de la observación 
de Engels, cuando se burlaba implacablemente de la absurda 
asociación de las palabras "libertad" y

"Estado". Mientras existe el Estado, no existe libertad. 
Cuando haya libertad, no habrá Estado.

La base económica para la extinción completa 
del Estado es ese elevado desarrollo del comunismo en que 
desaparecerá el contraste entre el trabajo intelectual 
y el

trabajo manual, desapareciendo, por consiguiente, una de las 
fuentes más importantes de la desigualdad social moderna, 
fuente de desigualdad que no se puede suprimir en modo alguno, 
de repente, por el solo paso de los medios de producción 
a propiedad social, por la sola expropiación de los 
capitalistas.

Esta expropiación dará la posibilidad de desarrollar 
en proporciones gigantescas las fuerzas productivas. Y, viendo 
cómo ya hoy el capitalismo entorpece increíblemente

este desarrollo y cuánto podríamos avanzar a 
base de la técnica actual, ya lograda, tenemos derecho 
a decir, con la más absoluta convicción, que 
la expropiación de los

capitalistas imprimirá inevitablemente un desarrollo 
gigantesco a las fuerzas productivas de la sociedad humana. 
Lo que no sabemos ni podemos saber es la rapidez con que avanzará 
este desarrollo, la rapidez con que discurrirá hasta 
romper con la división del trabajo, hasta suprimir 
el contraste entre el trabajo intelectual y el trabajo manual, 
hasta convertir el trabajo "en la primera necesidad de 
la vida".

Por eso, tenemos derecho a hablar sólo de la extinción 
inevitable del Estado, subrayando la prolongación de 
este proceso, su supeditación a la rapidez con que 
se

desarrolle la fase superior del comunismo, y dejando completamente 
en pie la cuestión de los plazos o de las formas concretas 
de la extinción, pues no tenemos datos para poder resolver 
estas cuestiones.

El Estado podrá extinguirse por completo cuando la 
sociedad ponga en práctica la regla: "de cada 
uno, según su capacidad; a cada uno, según sus 
necesidades"; es

decir, cuando los hombres estén ya tan habituados a 
guardar las reglas fundamentales de la convivencia y cuando 

su trabajo sea tan productivo, que trabajen

voluntariamente según sus capacidades. El "estrecho 
horizonte del derecho burgués", que obliga a calcular, 
con el rigor de un Shylock, para no trabajar ni media hora 
más que otro y para no percibir menos salario que otro, 
este estrecho horizonte quedará entonces rebasado. 
La distribución de los productos no obligará 
a la sociedad a regular la cantidad de los artículos 
que cada cual reciba; todo hombre podrá tomar libremente 
lo que cumpla a "sus necesidades".

Desde el punto de vista burgués, es fácil presentar 
como una "pura utopía" semejante régimen 
social y burlarse diciendo que los socialistas prometen a 
todos el derecho a obtener de la sociedad, sin el menor control 
del trabajo rendido por cada ciudadano, la cantidad que deseen 
de trufas de automóviles, de pianos, etc. Con estas

burlas siguen contentándose todavía hoy la mayoría 
de los "sabios" burgueses, que sólo demuestran 
con ello su ignorancia y su defensa interesada del capitalismo.

Su ignorancia, pues a ningún socialista se le ha pasado 
por las mientes "prometer" la llegada de la fase 
superior de desarrollo del comunismo, y el pronóstico 
de los

grandes socialistas de que esta fase ha de advenir, presupone 
una productividad del trabajo que no es la actual y hombres 
que no sean los actuales filisteos, capaces de

dilapidar "a tontas y a locas" la riqueza social 
y de pedir lo imposible, como los seminaristas de Pomialovski.

Mientras llega la fase "superior" del comunismo, 
los socialistas exigen el más riguroso control por 
parte de la sociedad y por parte del Estado sobre la medida 
de trabajo y la medida de consumo, pero este control sólo 
debe comenzar con la expropiación de los capitalistas, 
con el control de los obreros sobre los capitalistas, y no 
debe llevarse a cabo por un Estado de burócratas, sino 
por el Estado de los obreros armados. 

La defensa interesada del capitalismo por los ideólogos 
burgueses (y sus acólitos por el estilo de señores 
como los Tsereteli, los Chernov y Cía.) consiste precisamente

en suplantar por discusiones y charlas sobre un remoto porvenir 
la cuestión más candente y más actual 
de la política de hoy : la expropiación de los 
capitalistas, la

transformación de todos los ciudadanos en trabajadores 
y empleados de un gran "consorcio" único, 
a saber, de todo el Estado, y la subordinación completa 
de todo el

trabajo de todo este consorcio a un Estado realmente democrático, 
el Estado de los Soviets de Diputados Obreros y Soldados.

En el fondo, cuando los sabios profesores, y tras ellos los 
filisteos, y tras ellos señores como los Tsereteli 
y los Chernov, hablan de utopías descabelladas, de 
las

promesas demagógicas de los bolcheviques, de la imposibilidad 
de "implantar" el socialismo, se refieren precisamente 
a la etapa o fase superior del comunismo, que no

sólo no ha prometido nadie, sino que nadie ha pensado 
en "implantar", pues, en general, no se puede "implantar".

Y aquí llegamos a la cuestión de la diferencia 
científica existente entre el socialismo y el comunismo, 
cuestión a la que Engels aludió en el pasaje 
citado más arriba sobre la inexactitud de la denominación 
de "socialdemócrata". Políticamente, 
la diferencia entre la primera fase o fase inferior y la fase 
superior del comunismo llegará a ser, con el tiempo, 
probablemente enorme; pero hoy, bajo el capitalismo, sería 
ridículo hacer resaltar esta diferencia, que sólo 
tal vez algunos anarquistas pueden destacar en primer plano 
(si es que entre los anarquistas quedan todavía hombres 
que no han aprendido nada después de la conversión 
"plejanovista" de los Kropotkin, los Grave, los 
Cornelissen y otras "lumbreras" del anarquismo en 
socialchovinistas o en anarquistas de trincheras, como los 
ha calificado Gue, uno de los pocos anarquistas que no han 
perdido el honor y la conciencia).

Pero la diferencia científica entre el socialismo y 
el comunismo es clara. A lo que se acostumbra a denominar 
socialismo, Marx lo llamaba la "primera" fase o 
la fase inferior de la sociedad comunista. En tanto que los 
medios de producción se convierten en propiedad común, 
puede emplearse la palabra "comunismo", siempre 
y cuando que no se pierda de vista que éste no es el 
comunismo completo. La gran significación de la explicación 
de Marx está en que también aquí aplica 
consecuentemente la dialéctica materialista, la teoría 
del desarrollo, considerando el comunismo como algo que se 
desarrolla del capitalismo. En vez de definiciones escolásticas 
y artificiales, "imaginadas", y de disputas estériles 
sobre palabras (qué es el socialismo, que es el comunismo), 
Marx traza un análisis de lo que podríamos llamar 
las fases de madurez económica del comunismo.

En su primera fase, en su primer grado, el comunismo no puede 
presentar todavía una madurez económica completa, 
no puede aparecer todavía completamente libre de

las tradiciones o de las huellas del capitalismo. De aquí 
un fenómeno tan interesante como la subsistencia del 
"estrecho horizonte del derecho burgués " 
bajo el comunismo, en su primera fase. El derecho burgués 
respecto a la distribución de los artículos 
de consumo presupone también inevitablemente, como 
es natural, un Estado burgués, pues el derecho no es 
nada sin un aparato capaz de obligar a respetar las normas 
de aquel.

De donde se deduce que bajo el comunismo no sólo subsiste 
durante un cierto tiempo el derecho burgués, sino que 
¡subsiste incluso el Estado burgués, sin burguesía! 

Esto podrá parecer una paradoja o un simple juego dialéctico 
de la inteligencia, que es de lo que acusan frecuentemente 
a los marxistas gentes que no se han impuesto ni el menor 
esfuerzo para estudiar el contenido extraordinariamente profundo 
del marxismo. 

En realidad, la vida nos muestra a cada paso los vestigios 
de lo viejo en lo nuevo, tanto en la naturaleza como en la 
sociedad. Y Marx no trasplantó caprichosamente al

comunismo un trocito de "derecho burgués", 
sino que tomó lo que es económica y políticamente 
inevitable en una sociedad que brota de la entraña 
del capitalismo.

La democracia tiene una enorme importancia en la lucha de 
la clase obrera contra los capitalistas por su liberación. 
Pero la democracia no es, en modo alguno, un límite

insuperable, sino solamente una de las etapas en el camino 
del feudalismo al capitalismo y del capitalismo al comunismo.

Democracia significa igualdad. Se comprende la gran importancia 
que encierra la lucha del proletariado por la igualdad y la 
consigna de la igualdad, si ésta se interpreta

exactamente, en el sentido de destrucción de las clases. 
Pero democracia significa solamente igualdad formal. E inmediatamente 
después de realizada la igualdad de

todos los miembros de la sociedad con respecto a la posesión 
de los medios de producción, es decir, la igualdad 
de trabajo y la igualdad de salario, surgirá

inevitablemente ante la humanidad la cuestión de seguir 
adelante, de pasar de la igualdad formal a la igualdad de 
hecho, es decir, a la aplicación de la regla: "de 
cada

uno, según su capacidad; a cada uno, según sus 
necesidades". A través de qué etapas, por 
medio de qué medidas prácticas llegará 
la humanidad a este elevado objetivo, es cosa que no sabemos 
ni podemos saber. Pero lo importante es comprender claramente 
cuán infinitamente mentirosa es la idea burguesa corriente 
que presenta al socialismo como algo muerto, rígido 
e inmutable, cuando en realidad solamente con el socialismo 
comienza un movimiento rápido y auténtico de 
progreso en todos los aspectos de la vida social e individual, 
un movimiento verdaderamente de masas en el que toma parte, 
primero, la mayoría de la población, y luego 
la población entera.

La democracia es una forma de Estado, una de las variedades 
del Estado. Y, consiguientemente, representa, como todo Estado, 
la aplicación organizada y sistemática de la 
violencia sobre los hombres. Esto, de una parte. Pero, de 
otra, la democracia significa el reconocimiento formal de 
la igualdad entre los ciudadanos, el derecho igual de todos 
a determinar el régimen del Estado y a gobernar el 
Estado. Y esto, a su vez, se halla relacionado con que, al 
llegar a un cierto grado de desarrollo de la democracia, ésta, 
en primer lugar, cohesiona al proletariado, la clase revolucionaria 
frente al capitalismo, y le da la posibilidad de destruir, 
de hacer añicos, de barrer de la

faz de la tierra la máquina del Estado burgués, 
incluso la del Estado burgués republicano, el ejército 
permanente, la policía, la burocracia, y de sustituirla 
por una

máquina más democrática, pero todavía 
estatal, bajo la forma de las masas obreras armadas, como 
paso hacia la participación de todo el pueblo en las 
milicias.

Aquí "la cantidad se transforma en calidad": 
esta fase de democratismo se sale ya del marco de la sociedad 
burguesa, es ya el comienzo de su transformación socialista.

Si todos intervienen realmente en la dirección del 
Estado, el capitalismo no podrá ya sostenerse. Y, a 
su vez, el des arrollo del capitalismo crea las premisas para 
que

"todos" realmente puedan intervenir en la dirección 
del Estado. Entre estas premisas se cuenta la instrucción 
general, conseguida ya por una serie de países capitalistas

más adelantados, y además la "formación 
y la educación de la disciplina" de millones de 
obreros por el grande y complejo aparato socializado del correo, 
de los ferrocarriles, de las grandes fábricas, de las 
grandes empresas comerciales, de los bancos, etc., etc.

Existiendo estas premisas económicas, es perfectamente 
posible pasar inmediatamente, de la noche a la mañana, 
después de derrocar a los capitalistas y a

los burócratas, a sustituirlos en la obra del control 
sobre la producción y la distribución, en la 
obra del registro del trabajo y de los productos por los obreros 
armados, por todo el pueblo armado. (No hay que confundir 
la cuestión del control y del registro con la cuestión 
del personal científico de ingenieros, agrónomos, 
etc.: estos señores trabajan hoy subordinados a los 
capitalistas y trabajarán todavía mejor mañana, 
subordinados a los obreros armados.)

Registro y control: he aquí lo principal, lo que hace 
falta para "poner en marcha" y para que funcione 
bien la primera fase de la sociedad comunista. Aquí, 
todos los

ciudadanos se convierten en empleados a sueldo del Estado, 
que no es otra cosa que los obreros armados. Todos los ciudadanos 
pasan a ser empleados y obreros de un solo "consorcio" 
de todo el pueblo, del Estado. De lo que se trata es de que 
trabajen por igual, de que guarden bien la medida de su trabajo 
y de que ganen igual salario. El capitalismo ha simplificado 
extraordinariamente el registro de esto, el control sobre 
esto, lo ha reducido a operaciones extremadamente simples 
de inspección y anotación, accesibles a cualquiera 
que sepa leer y escribir y para las cuales basta con conocer 
las cuatro reglas aritméticas y con extender los recibos 
correspondientes.

Cuando la mayoría del pueblo comience a llevar por 
su cuenta y en todas partes este registro, este control sobre 
los capitalistas (que entonces se convertirán en empleados) 
y sobre los señores intelectualillos que conservan 
sus hábitos capitalistas, este control será 
realmente un control universal, general, del pueblo entero, 
y nadie podrá rehuirlo, pues "no habrá 
escapatoria posible".

Toda la sociedad será una sola oficina y una sola fábrica, 
con trabajo igual y salario igual.

Pero esta disciplina "fabril", que el proletariado, 
después de triunfar sobre los capitalistas y de derrocar 
a los explotadores, hará extensiva a toda la sociedad, 
no es,

en modo alguno, nuestro ideal, ni nuestra meta final, sino 
sólo un escalón necesario para limpiar radicalmente 
la sociedad de la bajeza y de la infamia de la explotación

capitalista y para seguir avanzando.

A partir del momento en que todos los miembros de la sociedad, 
o por lo menos la inmensa mayoría de ellos, hayan aprendido 
a dirigir ellos mismos el Estado, hayan

tomado ellos mismos este asunto en sus manos, hayan "puesto 
en marcha" el control sobre la minoría insignificante 
de capitalistas, sobre los señoritos que quieran seguir 
conservando sus hábitos capitalistas y sobre obreros 
profundamente corrompidos por el capitalismo, a partir de 
este momento comenzará a desaparecer la necesidad de 
todo gobierno en general. Cuanto más completa sea la 
democracia, más cercano estará el momento en 
que deje de ser necesaria. Cuanto más democrático 
sea el "Estado" formado por obreros armados y que 
"no será ya un Estado en el sentido estricto de 
la palabra", más rápidamente comenzará 
a extinguirse todo Estado.

Pues cuando todos hayan aprendido a dirigir y dirijan en realidad 
por su cuenta la producción social, a llevar por su 
cuenta el registro y el control de los haraganes, de

los señoritos, de los gandules y de toda esta ralea 
de "guardianes de las tradiciones del capitalismo", 
entonces el escapar a este control y a este registro hecho 
por todo el pueblo será inevitablemente algo tan inaudito 
y difícil, una excepción tan extraordinariamente 
rara, provocará probablemente una sanción tan 
rápida y tan

severa (pues los obreros armados son hombres de realidades 
y no intelectualillos sentimentales, y será muy difícil 
que dejen que nadie juegue con ellos), que la necesidad de 
observar las reglas nada complicadas y fundamentales de toda 
con vivencia humana se convertirá muy pronto en una 
costumbre.

Y entonces quedarán abiertas de par en par las puertas 
para pasar de la primera fase de la sociedad comunista a la 
fase superior y, a la vez, a la extinción completa 
del

Estado.

Capitulo 
VI - EL 
ENVILECIMIENTO DEL MARXISMO POR LOS OPORTUNISTAS

La cuestión 
de las relaciones entre el Estado y la revolución social 
y entre ésta y el Estado, como en general la cuestión 
de la revolución, ha preocupado muy poco a los

más conocidos teóricos y publicistas de la II 
Internacional (1889-1914). Pero lo más característico, 
en este proceso de desarrollo gradual del oportunismo, que 
llevó a la

bancarrota de la II Internacional en 1914, es que incluso 
cuando abordaban de lleno esta cuestión se esforzaban 
en eludirla o no la advertían.

En términos generales, puede decirse que de esta actitud 
evasiva ante la cuestión de las relaciones entre la 
revolución proletaria y el Estado, actitud evasiva 
favorable

para el oportunismo y de la que se nutría éste, 
surgió la tergiversación del marxismo y su completo 
envilecimiento.

Fijémonos, para caracterizar, aunque sea brevemente, 
este proceso lamentable, en los teóricos más 
destacados del marxismo, en Plejánov y Kautsky.

### 1. LA POLEMICA DE PLEJANOV CON LOS ANARQUISTAS

Plejánov consagró a la cuestión de las 
relaciones entre el anarquismo y el socialismo un folleto 
especial, titulado "Anarquismo y socialismo", publicado 
en alemán en 1894.

Plejánov se las ingenió para tratar este tema 
eludiendo en absoluto el punto más actual y más 
candente, y el más esencial en el terreno político, 
de la lucha contra el

anarquismo: ¡precisamente las relaciones entre la revolución 
y el Estado y la cuestión del Estado en general! En 
su folleto descuellan dos partes. Una, histórico-literaria, 
con valiosos materiales referentes a la historia de las ideas 
de Stirner, Proudhon, etc. Otra, filistea, con torpes razonamientos 
en torno al tema de que un anarquista no se distingue de un 
bandido.

La combinación de estos temas es en extremo curiosa 
y característica de toda la actuación de Plejánov 
en vísperas de la revolución y en el transcurso 
del período

revolucionario en Rusia: en efecto, en los años de 
1905 a 1917, Plejanov se reveló como un semidoctrinario 
y un semifilisteo que en política marchaba a la zaga 
de la

burguesía.

Hemos visto cómo Marx y Engels, polemizando con los 
anarquistas, aclaraban muy escrupulosamente sus puntos de 
vista acerca de la actitud de la revolución hacia el

Estado. Al editar en 1891 la "Crítica del Programa 
de Gotha", de Marx, Engels escribió:

"Nosotros [es decir, Engels y Marx] nos encontrábamos 
entonces —pasados apenas dos años desde el Congreso 
de La Haya de la [Primera] Internacional— en pleno

apogeo de la lucha contra Bakunin y sus anarquistas".

En efecto, los anarquistas intentaban reivindicar como "suya", 
por decirlo así, la Comuna de París, como una 
confirmación de su doctrina, sin comprender, en absoluto,

las enseñanzas de la Comuna y el análisis de 
estas enseñanzas hecho por Marx. El anarquismo no ha 
aportado nada que se acerque siquiera a la verdad en punto 
a estas cuestiones políticas concretas: ¿hay 
que destruir la vieja máquina del Estado? ¿Y 
con qué sustituirla?

Pero hablar de "anarquismo y socialismo", eludiendo 
toda la cuestión acerca del Estado, no advirtiendo 
todo el desarrollo del marxismo antes y después de 
la Comuna,

significaba inevitablemente deslizarse hacia el oportunismo 
pues no hay nada, precisamente, que tanto interese al oportunismo 
como el no plantear en modo alguno

las dos cuestiones que acabamos de señalar. Esto es 
ya una victoria del oportunismo.

### 2. LA POLEMICA DE KAUTSKY CON LOS OPORTUNISTAS

Al ruso se ha traducido, sin duda alguna, una cantidad incomparablemente 
mayor de obras de Kautsky que a ningún otro idioma. 
No en vano algunos socialdemócratas

alemanes bromean diciendo que a Kautsky se le lee más 
en Rusia que en Alemania.

(Dicho sea entre paréntesis: esta broma encierra un 
sentido histórico más profundo de lo que sospechan 
sus autores. Los obreros rusos, que en 1905 sentían 
una apetencia extraordinariamente grande, nunca vista, por 
las mejores obras de la mejor literatura socialdemócrata 
del mundo, y a quienes se suministró una cantidad jamás 
vista en otros países de traducciones y ediciones de 
estas obras, trasplantaban, por decirlo así, con ritmo 
acelerado, al terreno joven de nuestro movimiento proletario 
la formidable experiencia del país vecino, más 
adelantado).

A Kautsky se le conoce especialmente entre nosotros, aparte 
de por su exposición popular del marxismo, por su polémica 
contra los oportunistas, a la cabeza de los

cuales figuraba Bernstein. Lo que apenas se conoce es un hecho 
que no puede silenciarse cuando se propone uno la tarea de 
investigar cómo Kautsky ha caído en esa

confusión y en esa defensa increíblemente vergonzosas 
del socialchovinismo durante la profundísima crisis 
de los años 1914-1915. Es, precisamente, el hecho de 
que antes de enfrentarse contra los más destacados 
representantes del oportunismo en Francia (Millerand y Jaurés) 
y en Alemania (Bernstein), Kautsky dio pruebas de grandísimas 
vacilaciones. La revista marxista "Sariá", 
que se editó en Stuttgart en 1901-1902 y que defendía 
las concepciones revolucionario-proletarias, viose obligada 
a polemizar con Kautsky y a calificar de "elástica" 
la resolución presentada por él en el Congreso 
socialista internacional de París en el año 
1900, resolución evasiva, que se quedaba a mitad de 
camino y adoptaba ante los oportunistas una actitud conciliadora. 
Y en alemán han sido publicadas cartas de Kautsky que 
revelan las vacilaciones no menores que le asaltaron antes 
de lanzarse a la campaña contra Bernstein.

Pero aun encierra una significación mucho mayor la 
circunstancia de que en su misma polémica con los oportunistas, 
en su planteamiento de la cuestión y en su modo

de tratarla, advertimos hoy, cuando estudiamos la historia 
de la más reciente traición contra el marxismo 
cometida por Kautsky, una propensión sistemática 
al oportunismo en lo que toca precisamente a la cuestión 
del Estado.

Tomemos la primera obra importante de Kautsky contra el oportunismo, 
su libro "Bernstein y el programa socialdemócrata". 
Kautsky refuta con todo detalle a

Bernstein. Pero he aquí una cosa característica. 
En sus herostráticamente célebres "Premisas 
del socialismo", Bernstein acusa al marxismo de "blanquismo 
" (acusación que desde entonces para acá 
han venido repitiendo miles de veces los oportunistas y los 
burgueses liberales en Rusia contra los representantes del 
marxismo revolucionario, los bolcheviques). Aquí Bernstein 
se detiene especialmente en "La Guerra civil en Francia", 
de Marx, e intenta —muy poco afortunadamente, como hemos 
visto— identificar el punto de vista de Marx sobre las 
enseñanzas de la Comuna con el punto de vista de Proudhon. 
Bernstein consagra una atención especial a aquella 
conclusión de Marx que éste subrayó en 
su prólogo de 1872 al "Manifiesto Comunista" 
y que dice asi: "La clase obrera no puede limitarse a 
tomar simplemente posesión de la máquina estatal 
existente y a ponerla en marcha para sus propios fines".

A Bernstein le "gustó" tanto esta sentencia, 
que la repitió nada menos que tres veces en su libro, 
interpretándola en el sentido más tergiversado 
y oportunista.

Marx quiere decir, como hemos visto, que la clase obrera debe 
destruir, romper, hacer saltar (Sprengung : hacer estallar, 
es la expresión que emplea Engels) toda la

máquina del Estado. Pues bien: Bernstein presenta la 
cosa como si Marx precaviese a la clase obrera, con estas 
palabras, contra el revolucionarismo excesivo en la conquista 
del Poder.

No cabe imaginarse un falseamiento más grosero ni más 
escandaloso del pensamiento de Marx.

Ahora bien, ¿qué hizo Kautsky en su minuciosa 
refutación de la bernsteiniada? 

Rehuyó el analizar en toda su profundidad la tergiversación 
del marxismo por el oportunismo en este punto. Adujo el pasaje, 
citado por nosotros más arriba, del

prólogo de Engels a "La guerra civil" de 
Marx, diciendo que, según éste, la clase obrera 
no puede tomar simplemente posesión de la máquina 
del Estado existente, pero que en general si puede tomar posesión 
de ella, y nada más. Kautsky no dice ni una palabra 
de que Bernstein atribuye a Marx exactamente lo contrario 
del verdadero

pensamiento de éste, ni dice que, desde 1852, Marx 
destacó como misión de la revolución 
proletaria el "destruir" la máquina del Estado.

¡Resulta, pues, que en Kautsky quedaba esfumada la diferencia 
más esencial entre el marxismo y el oportunismo en 
punto a la cuestión de las tareas de la revolución

proletaria!

"La solución de la cuestión acerca del 
problema de la dictadura proletaria —escribía 
Kautsky "contra " Bernstein— es cosa que podemos 
dejar con completa tranquilidad al porvenir" (pág. 
172 de la edición alemana).

Esto no es una polémica contra Bernstein, sino que 
es, en el fondo, una concesión hecha a éste, 
una entrega de posiciones al oportunismo, pues, por el momento, 
nada

hay que tanto interese a los oportunistas como el "dejar 
con completa tranquilidad al porvenir" todas las cuestiones 
cardinales sobre las tareas de la revolución proletaria.

Desde 1852 hasta 1891, a lo largo de cuarenta años, 
Marx y Engels enseñaron al proletariado que debía 
destruir la máquina del Estado. Pero Kautsky, en 1899, 
ante la

traición completa de los oportunistas contra el marxismo 
en este punto, sustituye la cuestión de si es necesario 
destruir o no esta máquina por la cuestión de 
las formas

concretas que ha de revestir la destrucción, y va a 
refugiarse bajo las alas de la verdad filistea "indiscutible" 
(y estéril) ¡¡de que estas formas concretas 
no podemos conocerlas de antemano!!

Entre Marx y Kautsky media un abismo, en su actitud ante la 
tarea del Partido proletario de preparar a la clase obrera 
para la revolución.

Tomemos una obra posterior, más madura, de Kautsky 
consagrada también en gran parte a refutar los errores 
del oportunismo: su folleto "La revolución social". 
El autor

toma aquí como tema especial la cuestión de 
la "revolución proletaria" y del "régimen 
proletario". El autor nos suministra muchas cosas muy 
valiosas, pero soslaya

precisamente la cuestión del Estado. En este folleto 
se habla constantemente de la conquista del Poder del Estado, 
y sólo de esto; es decir, se elige una fórmula 
que es

una concesión hecha al oportunismo, toda vez que éste 
admite la conquista del Poder sin destruir la máquina 
del Estado. Precisamente aquello que en 1872 Marx

consideraba como "anticuado" en el programa del 
"Manifiesto Comunista" es lo que Kautsky resucita 
en 1902.

En ese folleto se consagra un apartado especial a las "formas 
y armas de la revolución social". Aquí 
se habla de la huelga política de masas, de la guerra 
civil, de

esos "medios de fuerza del gran Estado moderno que son 
la burocracia y el ejército", pero no se dice 
ni una palabra de lo que ya enseñó a los obreros 
la Comuna.

Evidentemente, Engels sabía lo que hacía cuando 
prevenía, especialmente a los socialistas alemanes, 
contra la "veneración supersticiosa" del 
Estado.

Kautsky presenta la cosa así: el proletariado triunfante 
"convertirá en realidad el programa democrático", 
y expone los puntos de éste. Ni una palabra se nos 
dice

acerca de lo que el año 1871 aportó como nuevo 
en punto a la cuestión de la sustitución de 
la democracia burguesa por la democracia proletaria. Kautsky 
se

contenta con banalidades tan "sólidamente" 
sonoras como ésta:

"Es de por sí evidente que no alcanzaremos la 
dominación bajo las condiciones actuales. La misma 
revolución presupone largas y profundas luchas que 
cambiarán ya

nuestra actual estructura política y social".

No hay duda de que esto es algo "de por sí evidente", 
tan "evidente" como la verdad de que los caballos 
comen avena y de que el Volga desemboca en el mar

Caspio. Sólo es de lamentar que con frases vacuas y 
ampulosas sobre las "profundas" luchas se eluda 
la cuestión vital para el proletariado revolucionario, 
de saber en qué se revela la "profundidad" 
de su revolución respecto al Estado, respecto a la 
democracia, a diferencia de las revoluciones anteriores, de 
las revoluciones no proletarias. 

Al eludir esta cuestión, Kautsky de hecho hace una 
concesión, en un punto tan esencial como éste, 
al oportunismo, al que había declarado una guerra tan 
terrible de

palabre, subrayando la importancia de la "idea de la 
revolución" (pero ¿vale algo esta "idea", 
cuando se teme hacer entre los obreros propaganda de las enseñanzas

concretas de la revolución?), o diciendo: "el 
idealismo revolucionario, ante todo", o manifestando 
que los obreros ingleses no son ahora "apenas más 
que

pequeñoburgueses".

"En una sociedad socialista —escribe Kautsky— 
pueden coexistir las más diversas formas de empresas: 
la burocrática [??], la tradeunionista, la cooperativa, 
la

individual. . ." "Hay, por ejemplo, empresas que 
no pueden desenvolverse sin una organización burocrática 
[??] como ocurre con los ferrocarriles. Aquí la organización

democrática puede revestir la forma siguiente: los 
obreros eligen delegados, que constituyen una especie de parlamento 
llamado a establecer el régimen de trabajo y a

fiscalizar la administración del aparato burocrático. 
Otras empresas pueden entregarse a la administración 
de los sindicatos; otras, en fin, pueden ser organizadas sobre 
el principio del cooperativismo" (págs. 148 y 
115 de la traducción rusa, editada en Ginebra en 1903).

Estas consideraciones son falsas y representan un retroceso 
respecto a lo expuesto por Marx y Engels en la década 
del 70, sobre el ejemplo de las enseñanzas de la

Comuna.

Desde el punto de vista de la pretendida necesidad de una 
organización "burocrática", los ferrocarriles 
no se distinguen absolutamente en nada de todas las

empresas de la gran industria mecánica en general, 
de cualquier fábrica, de un gran almacén, de 
las grandes empresas agrícolas capitalistas. En todas 
las empresas de

esta índole, la técnica impone incondicionalmente 
una disciplina rigurosísima, la mayor puntualidad en 
la ejecución del trabajo asignado a cada uno, a riesgo 
de paralizar toda la empresa o de deteriorar el mecanismo 
o los productos. En todas estas empresas, los obreros procederán, 
naturalmente, a "elegir delegados, que constituirán 
una especie de parlamento ".

Pero todo el quid del asunto está precisamente en que 
esta "especie de parlamento" no será un parlamento 
en el sentido de las instituciones parlamentarias burguesas.

Todo el quid del asunto está en que esta "especie 
de parlamento" no se limitará a "establecer 
el régimen de trabajo y a fiscalizar la administración 
del aparato burocrático", como se figura Kautsky, 
cuyo pensamiento no se sale del marco del parlamentarismo 
burgués. En la sociedad socialista, esta "especie 
de parlamento" de

diputados obreros tendrá como misión, naturalmente, 
"establecer el régimen de trabajo y fiscalizar 
la administración" del "aparato", pero 
este aparato no será un

aparato "burocrático". Los obreros, después 
de conquistar el Poder político, destruirán 
el viejo aparato burocrático, lo desmontarán 
hasta en sus cimientos, no dejarán de él piedra 
sobre piedra, lo sustituirán por otro nuevo, formado 
por los mismos obreros y empleados, c o n t r e cuya transformación 
en burócratas serán tomadas

inmediatamente las medidas analizadas con todo detalle por 
Marx y Engels: 1) No sólo elegibilidad, sino amovilidad 
en todo momento; 2) sueldo no superior al salario de un obrero; 
3) se pasará inmediatamente a que todos desempeñen 
funciones de control y de inspección, a que todos sean 
"burócratas" durante algún tiempo, 
para que, de este modo, n a d i e pueda convertirse en "burócrata".

Kautsky no se paró, en absoluto, a meditar las palabras 
de Marx: "la Comuna era, no una corporación parlamentaria, 
sino una corporación de trabajo, que dictaba leyes 
y

al mismo tiempo las ejecutaba".

Kautsky no comprendió, en absoluto, la diferencia entre 
el parlamentarismo burgués, que asocia la democracia 
(no para el pueblo ) al burocratismo (contra el

pueblo ), y el democratismo proletario, que toma inmediatamente 
medidas para cortar de raíz el burocratismo y que estará 
en condiciones de llevar estas medidas hasta el final, hasta 
la completa destrucción del burocratismo, hasta la 
implantación completa de la democracia para el pueblo.

Kautsky revela aquí la misma "veneración 
supersticiosa" hacia el Estado, la misma "fe supersticiosa" 
en el burocratismo.

Pasemos a la última y la mejor obra de Kautsky contra 
los oportunistas, a su folleto titulado "El camino del 
Poder" (inédita, según creemos, en Rusia, 
ya que se publicó en pleno apogeo de la reacción 
en nuestro país, en 1909). Este folleto representa 
un gran paso adelante, ya que en él no se habla de 
un programa revolucionario en general, como en el folleto 
de 1899 contra Bernstein, no se habla de las tareas de la 
revolución social, desglosándolas del momento 
en que ésta estalla, como en el folleto "La revolución 
social", de 1902, sino de las condiciones concretas que 
nos obligan a reconocer que comienza la "era de las revoluciones".

En este folleto, el autor señala de un modo definido 
la agudización de las contradicciones de clase en general 
y el imperialismo, que desempeña un papel

singularmente grande en este sentido. Después del "período 
revolucionario de 1789 a 1871" en la Europa occidental, 
por el año 1905 comienza un período análogo 
para el

Oriente. La guerra mundial se avecina con amenazante celeridad. 
"El proletariado no puede hablar ya de una revolución 
prematura".

"Hemos entrado en un período revolucionario". 
"La era revolucionaria comienza".

Estas manifestaciones son absolutamente claras. Este folleto 
de Kautsky debe servir de medida para comparar lo que la socialdemocracia 
alemana prometía ser antes de la guerra imperialista 
y lo bajo que cayó (sin excluir al mismo Kautsky) al 
estallar la guerra. "La situación actual —escribía 
Kautsky, en el citado folleto— encierra el peligro de 
que a nosotros (es decir, a la socialdemocracia alemana) se 
nos pueda tomar fácilmente por más moderados 
de lo que somos en realidad". ¡En realidad, el 
partido socialdemócrata alemán resultó 
ser incomparablemente más moderado y más oportunista 
de lo que parecía!

Ante estas manifestaciones tan definidas de Kautsky a propósito 
de la era ya iniciada de las revoluciones, es tanto más 
característico que, en un folleto consagrado

según sus propias palabras a analizar precisamente 
la cuestión de la "revolución politica 
", se eluda absolutamente una vez más la cuestión 
del Estado.

De la suma de estas omisiones de la cuestión, de estos 
silencios y de estas evasivas, resultó inevitablemente 
ese paso completo al oportunismo del que

hablaremos en seguida.

Es como si la socialdemocracia alemana, en la persona de Kautsky, 
declarase:

Mantengo mis concepciones revolucionarias (1899). Reconozco, 
en particular, el carácter inevitable de la revolución 
social del proletariado (1902). Reconozco que ha

comenzado la nueva era de las revoluciones (1909). Pero, a 
pesar de todo esto, retrocedo con respecto a lo que dijo Marx 
ya en 1852, tan pronto como se plantea la

cuestión de las tareas de la revolución proletaria 
en relación con el Estado (1912).

Así, en efecto, se planteó de un modo tajante 
la cuestión en la polémica de Kautsky con Pannekoek.

### 3. LA POLEMICA DE KAUTSKY CON PANNEKOEK

Pannekoek se levantó contra Kautsky como uno de los 
representantes de aquella tendencia "radical de izquierda" 
que contaba en sus filas a Rosa Luxemburgo, a Carlos

Rádek y a otros, y que, defendiendo la táctica 
revolucionaria, abrigaban unánimemente la convicción 
de que Kautsky se pasaba a la posición del "centro", 
el

cual, vuelto de espaldas a los principios, vacilaba entre 
el marxismo y el oportunismo.

Que esta apreciación era exacta vino a demostrarlo 
plenamente la guerra, cuando la corriente del "centro" 
(erróneamente denominada marxista) o del "kautskismo" 
se

reveló en toda su repugnante miseria.

En el artículo "Las acciones de masas y la revolución" 
("Neue Zeit", 1912, XXX, 2), en el que se toca la 
cuestión del Estado, Pannekoek caracterizaba la posición 
de

Kautsky como una posición de "radicalismo pasivo", 
como la "teoría de esperar sin actuar". "Kautsky 
no quiere ver el proceso de la revolución" (pág. 
616). Planteando la

cuestión en estos términos, Pannekoek abordaba 
el tema que nos interesa aquí, o sea el de las tareas 
de la revolución proletaria respecto al Estado.

"La lucha del proletariado —escribía— 
no es sencillamente una lucha contra la burguesía por 
el Poder del Estado, sino una lucha contra el Poder del Estado. 
. . El

contenido de la revolución proletaria es la destrucción 
y eliminación [literalmente:

disolución, Auflösung ] de los medios de fuerza 
del Estado por los medios de fuerza del proletariado. . . 
La lucha cesa únicamente cuando se produce, como resultado 
final, la destrucción completa de la organización 
estatal. La organización de la mayoría demuestra 
su superioridad al destruir la organización de la minoría 
dominante" (pág. 548).

La formulación que da a sus pensamientos Pannekoek 
adolece de defectos muy grandes. Pero, a pesar de todo, la 
idea está clara, y es interesante ver cómo Kautsky

la refuta.

"Hasta aquí —escribe Kautsky— la diferencia 
entre los socialdemócratas y los anarquistas consistía 
en que los primeros quedan conquistar el Poder del Estado, 
y los

segundos, destruirlo. Pannekoek quiere las dos cosas" 
(pág. 724).

Si en Pannekoek la exposición adolece de falta de claridad 
y no es lo bastante concreta (para no hablar aquí de 
otros defectos de su artículo, que no interesan al

tema de que tratamos), Kautsky, en cambio, toma precisamente 
la esencia de principio de la cuestión sugerida por 
Pannekoek y en esta cuestión cardinal y de principio

Kautsky abandona entera mente la posición del marxismo 
y se pasa con armas y bagajes al oportunismo. La diferencia 
entre los socialdemócratas y los anarquistas

aparece definida en él de un modo completamente falso, 
y el marxismo se ve definitivamente tergiversado y envilecido.

La diferencia entre los marxistas y los anarquistas consiste 
en lo siguiente: 1) En que los primeros, proponiéndose 
como fin la destrucción completa del Estado,

reconocen que este fin sólo puede alcanzarse después 
que la revolución socialista haya destruido las clases, 
como resultado de la instauración del socialismo, que 
conduce a la extinción del Estado; mientras que los 
segundos quieren destruir completamente el Estado de la noche 
a la mañana, sin comprender las condiciones bajo las 
que puede lograrse esta destrucción. 2) En que ]os 
primeros reconocen la necesidad de que el proletariado, después 
de conquistar el Poder político, destruya completamente 
la vieja máquina del Estado, sustituyéndola 
por otra nueva, formada por la organización de los 
obreros armados, según el tipo de la Comuna; mientras 
que los segundos, abogando por la destrucción de la 
máquina del Estado, tienen una idea absolutamente confusa 
respecto al punto de con qué ha de sustituir esa máquina 
el proletariado y cómo éste ha de emplear el 
Poder revolucionario; los anarquistas niegan incluso el empleo 
del Poder estatal por el proletariado revolucionario, su dictadura 
revolucionaria. 3) En que los primeros exigen que el proletariado 
se prepare para la revolución utilizando el Estado 
moderno, mientras que los anarquistas niegan esto.

En esta controversia, es precisamente Pannekoek quien representa 
al marxismo contra Kautsky, pues precisamente Marx nos enseñó 
que el proletariado no puede

limitarse sencillamente a conquistar el Poder del Estado, 
en el sentido de pasar a nuevas manos el viejo aparato estatal, 
sino que debe destruir, romper este aparato y

sustituirlo por otro nuevo.

Kautsky se pasa del marxismo al oportunismo, pues en él 
desaparece en absoluto precisamente esta destrucción 
de la máquina del Estado, completamente inaceptable

para los oportunistas, y se les deja a éstos un portillo 
abierto, en el sentido de interpretar la "conquista" 
como una simple adquisición de la mayoría.

Para encubrir su tergiversación del marxismo, Kautsky 
procede como un buen exégeta de los evangelios: nos 
dispara una "cita" del propio Marx. En 1850 Marx 
había

escrito acerca de la necesidad de una "resuelta centralización 
de la fuerza en manos del Poder del Estado". Y Kautsky 
pregunta, triunfal: ¿Acaso pretende Pannekoek

destruir el "centralismo"?

Este es ya, sencillamente, un juego de manos, parecido a la 
identificación que hace Bernstein del marxismo y del 
proudhonismo en sus puntos de vista sobre el

federalismo que él opone al centralismo.

La "cita" tomada por Kautsky es totalmente inadecuada 
al caso. El centralismo cabe tanto en la vieja como en la 
nueva máquina del Estado. Si los obreros unen

voluntariamente sus fuerzas armadas, esto será centralismo, 
pero un centralismo basado en la "completa destrucción" 
del aparato centralista del Estado, del ejército

permanente, de la policía, de la burocracia. Kautsky 
se comporta en absoluto como un estafador, al eludir los pasajes 
perfectamente conocidos de Marx y Engels sobre la Comuna y 
destacando una cita que no guarda ninguna relación 
con el asunto.

"¿Acaso quiere Pannekoek abolir las funciones 
estatales de los funcionarios? -- prosigue Kautsky --. Pero 
ni en el Partido ni en los sindicatos, y no digamos en la

administración pública, podemos prescindir de 
funcionarios. Nuestro programa no pide la supresión 
de los funcionarios del Estado, sino la elección de 
los funcionarios por el pueblo. . . De lo que en esta discusión 
se trata no es de saber qué estructura presentará 
el aparato administrativo del 'Estado del porvenir', sino 
de saber si -nuestra

lucha política destruirá [literalmente: disolverá, 
auflöst ] el Poder del Estado antes de haberlo conquistado 
nosotros [subrayado por Kautsky]. ¿Qué ministerio, 
con sus

funcionarios, podría suprimirse?" Y se enumeran 
los ministerios de Instrucción, de Justicia, de Hacienda, 
de Guerra. "No, con nuestra lucha política contra 
el gobierno no

eliminaremos ninguno de los actuales ministerios . . . Lo 
repito, para prevenir equívocos: aquí no se 
trata de la forma que dará al 'Estado del porvenir' 
la socialdemocracia triunfante, sino de la que quiere dar 
al Estado actual nuestra oposición" (pág. 
725).

Esto es una superchería manifiesta. Pannekoek había 
planteado precisamente la cuestión de la revolución. 
Así se dice con toda claridad en el título de 
su artículo y en

los pasajes citados. Al saltar a la cuestión de la 
"oposición", Kautsky suplanta precisamente 
el punto de vista revolucio nario por el punto de vista oportunista. 
La

cosa aparece, en él, planteada así: ahora estamos 
en la oposición; después de la conquista del 
Poder, ya veremos. ¡La revolución desaparece! 
Esto era precisamente lo

que exigían los oportunistas.

Aquí no se trata de la oposición ni de la lucha 
política en general, sino precisamente de la revolución. 
La revolución consiste en que el proletariado destruye 
el "aparato

administrativo" y todo el aparato del Estado, sustituyéndolo 
por otro nuevo, formado por los obreros armados. Kautsky revela 
una "veneración supersticiosa" de los

"ministerios", pero ¿por qué estos 
ministerios no han de poder sustituirse, supongamos, por comisiones 
de especialistas adjuntas a los Soviets soberanos y

todopoderosos de Diputados Obreros y Soldados?

La esencia de la cuestión no está, ni mucho 
menos, en saber si han de seguir los "ministerios" 
o si ha de haber "comisiones de especialistas" o 
cualesquiera otras

instituciones; esto es completamente secundario. La esencia 
de la cuestión está en si se mantiene la vieja 
máquina del Estado (enlazada por miles de hilos a la 
burguesía y empapada hasta el tuétano de rutina 
y de inercia), o si se la destruye, sustituyéndola 
por otra nueva. La revolución debe consistir, no en 
que la nueva clase mande y gobierne con ayuda de la vieja 
máquina del Estado, sino en que destruya esta máquina 
y mande, gobierne con ayuda de otra nueva : este pensamiento 
fundamental del marxismo se esfuma en Kautsky, o bien éste 
no lo ha comprendido en absoluto.

La pregunta que hace a propósito de los funcionarios 
demuestra palpablemente que no ha comprendido las enseñanzas 
de la Comuna, ni la doctrina de Marx. "Ni en el

Partido ni en los sindicatos podemos prescindir de funcionarios' 
. . .

No podemos prescindir de funcionarios bajo el capitalismo, 
bajo la dominación de la burguesía. El proletariado 
está oprimido, las masas trabajadoras están 
esclavizadas

por el capitalismo. Bajo el capitalismo, la democracia se 
ve coartada, cohibida, truncada, mutilada por todo el ambiente 
de la esclavitud asalariada, por la penuria y la

miseria de las masas. Por esto, y solamente por esto, los 
funcionarios de nuestras organizaciones políticas y 
sindicales se corrompen (o, para decirlo más exactamente,

tienden a corromperse) bajo el ambiente del capitalismo y 
muestran la tendencia a convertirse en burócratas, 
es decir, en personas privilegiadas, divorciadas de las

masas, situadas por encima de las masas.

En esto reside la esencia del burocratismo, y mientras los 
capitalistas no sean expropiados, mientras no se derribe a 
la burguesía, será inevitable una cierta burocratización" 
incluso de los funcionarios proletarios.

Kautsky presenta la cosa así: puesto que sigue habiendo 
funcionarios electivos, esto quiere decir que bajo el socialismo 
sigue habiendo también burócratas, Ique sigue

habiendo burocracia! Y esto es precisamente lo que es falso. 
Precisamente sobre el ejemplo de la Comuna, Marx puso de manifiesto 
que bajo el socialismo los funcionarios dejan de ser "burócratas", 
dejan de ser "funcionarios", dejan de serlo a medida 
que se implanta, además de la elegibilidad, la amovilidad 
en todo momento, y, además de esto, los sueldos equiparados 
al salario medio de un obrero, y, además de esto, la 
sustitución de las instituciones parlamentarias por 
"instituciones de trabajo, es decir, que dictan leyes 
y las ejecutan".

En el fondo, toda la argumentación de Kautsky contra 
Pannekoek, y especialmente su notable argumento de que tampoco 
en las organizaciones sindicales y del Partido

podemos prescindir de funcionarios, revelan la repetición 
por parte de Kautsky de los viejos "argumentos" 
de Bernstein contra el marxismo en general. En su libro de

renegado "Las premisas del socialismo", Bernstein 
combate las ideas de la democracia "primitiva", 
lo que él llama "democratismo doctrinario": 
mandatos imperativos,

funcionarios sin sueldo, una representación central 
impotente, etc. Como prueba de que este democratismo "primitivo" 
es inconsistente, Bernstein se refiere a la

experiencia de las tradeuniones inglesas, en la interpretación 
de los esposos Webb.

Según ellos, en los setenta años que llevan 
de existencia, las tradeuniones, que se han desarrollado, 
a su decir, "en completa libertad" (página 
137 de la edición alemana), se han convencido precisamente 
de la inutilidad del democratismo primitivo y han sustituido 
éste por el democratismo corriente: por el parlamentarismo, 
combinado con el burocratismo.

En realidad, las tradeuniones no se han desarrollado "en 
completa libertad", sino en completa esclavitud capitalista, 
bajo la cual es lógico que "no pueda prescindirse" 
de

una serie de concesiones a los males imperantes, a la violencia, 
a la falsedad, a la exclusión de los pobres de los 
asuntos de la "alta" administración. Bajo 
el socialismo,

revive inevitablemente mucho de la democracia "primitiva", 
pues por primera vez en la historia de las sociedades civilizadas 
la masa de la población se eleva para intervenir por 
cuenta propia no sólo en votaciones y en elecciones, 
sino también en la labor diaria de la administración. 
Bajo el socialismo, t o d o s intervendrán por turno 
en la dirección y se habituarán rápidamente 
a que ninguno dirija.

Con su genial inteligencia crítico-analítica, 
Marx vio en las medidas prácticas de la Comuna aquel 
viraje que temen y no quieren reconocer los oportunistas por 
cobardía,

por no querer romper irrevocablemente con la burguesía, 
y que los anarquistas no quieren ver, o por precipitación 
o por incomprensión de las condiciones en que se

producen las transformaciones sociales de masas en general, 
"No hay ni que pensar en destruir la vieja máquina 
del Estado, pues ¿cómo vamos a arreglárnoslas 
sin

ministerios y sin burócratas?", razona el oportunista, 
infestado de filisteísmo hasta el tuétano y 
que, en el fondo no sólo no cree en la revolución, 
en la capacidad creadora de la revolución, sino que 
la teme como a la muerte (como la temen nuestros mencheviques 
y socialrevolucionarios).

"Sólo hay que pensar en destruir la vieja máquina 
del Estado, no hay por qué ahondar en las enseñanzas 
concretas de las anteriores revoluciones proletarias ni

analizar con qué y cómo sustituir lo destruido", 
razonan los anarquistas (los mejores anarquistas, naturalmente, 
no los que van a la zaga de la burguesía tras los señores

Kropotkin y Cía.); de donde resulta, en los anarquistas, 
la táctica de la desesperación, y no la táctica 
de una labor revolucionaria sobre objetivos concretos, implacable 
y

audaz, y que al mismo tiempo, tenga en cuenta las condiciones 
prácticas del movimiento de masas.

Marx nos enseña a evitar ambos errores, nos enseña 
a ser de una intrepidez sin límites en la destrucción 
de toda la vieja máquina del Estado, pero al mismo 
tiempo

nos enseña a plantear la cuestión de un modo 
concreto: la Comuna pudo en unas cuantas semanas comenzar 
a construir una nueva máquina, una máquina proletaria 
de

Estado, implantando de este modo las medidas señaladas 
para ampliar el democratismo y desarraigar el burocratismo. 
Aprendamos de los comuneros la

intrepidez revolucionaria, veamos en sus medidas prácticas 
un esbozo de las medidas prácticamente urgentes e inmediatamente 
aplicables, y entonces, siguiendo este

camino, llegaremos a la destrucción completa del burocratismo.

La 
posibilidad de esta destrucción está garantizada 
por el hecho de que el socialismo reduce la jornada de trabajo, 
eleva a las masas a una nueva vida, coloca a la mayoría 
te la población en condiciones que permiten a todos, 
sin excepción, ejercer las "funciones del Estado", 
y esto conduce a la extinción completa de todo Estado 
en general.

". . . La tarea de la huelga general -- prosigue Kautsky 
-- no puede ser nunca la de destruir el Poder del Estado, 
sino simplemente la de obligar a un gobierno a ceder en

un determinado punto o la de sustituir un gobierno hostil 
al proletariado por otro dispuesto a hacerle concesiones [entgegenkommende 
]. . . Pero jamás, ni en modo

alguno, puede esto [es decir, la victoria del proletariado 
sobre un gobierno hostil] conducir a la destrucción 
del Poder del Estado, sino pura y simplemente a un cierto

desplazamiento [Verschiébung ] de la relación 
de fuerzas dentro del Poder del Estado.

Y la meta de nuestra lucha política sigue siendo, con 
esto, la que ha sido hasta aquí:

conquistar el Poder del Estado ganando la mayoría en 
el parlamento y hacer del parlamento el dueño del gobierno" 
(págs. 726, 721, 732).

Esto es ya el más puro y el más vil oportunismo, 
es ya renunciar de hecho a la revolución acatándola 
de palabra. El pensamiento de Kautsky no va más allá 
de "un gobierno dispuesto a hacer concesiones al proletariado", 
lo que significa un paso atrás hacia el filisteísmo, 
en comparación con el año 1847, en que el "Manifiesto 
Comunista" proclamaba la "organización del 
proletariado en clase dominante".

Kautsky tendrá que realizar la "unidad", 
tan preferida por él, con los Scheidemann, los Plejánov, 
los Vandervelde, todos los cuales están de acuerdo 
en luchar por un

gobierno "dispuesto a hacer concesiones al proletariado".

Pero nosotros iremos a la ruptura con estos traidores al socialismo 
y lucharemos por la destrucción de toda la vieja máquina 
del Estado, para que el mismo proletariado

armado sea el gobierno. Son "dos cosas muy distintas".

Kautsky quedará en la grata compañía 
de los Legien y los David, los Plejánov, los Pótresov, 
los Tsereteli y los Chernov, que están completamente 
de acuerdo en luchar

por "un desplazamiento de la relación de fuerzas 
dentro del Poder del Estado", por "ganar la mayoría 
en el parlamento y hacer del parlamento el dueño del 
gobierno",

nobilísimo fin en el que todo es aceptable para los 
oportunistas, todo permanece en el marco de la república 
parlamentaria burguesa. Pero nosotros iremos a la ruptura 
con los oportunistas; y todo el proletariado consciente estará 
con nosotros en la lucha, no por "el desplazamiento de 
la relación de fuerzas", sino por el derrocamiento 
de la burguesía, por la destrucción del parlamentarismo 
burgués, por una República democrática 
del tipo de la Comuna o una República de los Soviets 
de Diputados

Obreros y Soldados, por la dictadura revolucionaria del proletariado.

Más a la derecha que Kautsky están situadas, 
en el socialismo internacional, corrientes como la de los 
"Cuadernos mensuales socialistas" en Alemania (Legien,

David, Kolb y muchos otros, incluyendo a los escandinavos 
Stauning y Branting~, los jauresistas y Vandervelde en Francia 
y Bélgica, Turati, Treves y otros representantes del 
ala derecha del partido italiano, los fabianos y los "independientes" 
("Partido Laborista Independiente", que en realidad 
ha estado siempre bajo la dependencia de los liberales) en 
Inglaterra, etc. Todos estos señores, que desempeñan 
un papel enorme, no pocas veces predominante, en la labor 
parlamentaria y en la labor publicitaria del partido, niegan 
francamente la dictadura del proletariado y practican un oportunismo 
descarado. Para estos señores, la "dictadura" 
del proletariado

¡¡"contradice" la democracia!! No se 
distinguen sustancialmente en nada serio de los demócratas 
pequeñoburgueses.

Si tenemos en cuenta esta circunstancia, tenemos derecho a 
llegar a la conclusión de que la Segunda Internacional, 
en la aplastante mayoría de sus representantes

ofíciales, ila caído de lleno en el oportunismo. 
La experiencia de la Comuna no ka sido solamente olvidada, 
sino tergiversada. No sólo no se inculcó a las 
masas obreras que se acerca el día en que deberán 
levantarse y destruir la vieja máquina del Estado, 
sustituyéndola por una nueva y convirtiendo así 
su dominación política en base para la transformación 
socialista de la sociedad, sino que se les inculcó 
todo lo contrario y se presentó la "conquista 
del Poder" de tal modo, que se dejaban miles de portillos 
abiertos al oportunismo.

La tergiversación y el silenciamiento de la cuestión 
de la actitud de la revolución proletaria hacia el 
Estado no podían por menos de desempeñar un 
enorme papel en el

momento en que los Estados, con su aparato militar reforzado 
a consecuencia de la rivalidad imperialista, se convertían 
en monstruos guerreros, que devoraban a millones de hombres 
para dirimir el litigio de quién había de dominar 
el mundo: sí Inglaterra o Alemania, si uno u otro capital 
financiero.

Capitulo 
VII - LA EXPERIENCIA DE 
LAS REVOLUCIONES RUSAS DE 1905 Y 1917

El tema 
indicado en el título de este capítulo es tan 
enormemente vasto, que sobre él podrían y deberían 
escribirse tomos enteros. En este folleto, habremos de limitarnos, 
como es lógico, a las enseñanzas más 
importantes de la experiencia que guardan una relación 
directa con las tareas del proletariado en la revolución 
con respecto al Poder del Estado.

(Aqui se interrumpe el manuscrito)

PALABRAS 
FINALES A LA PRIMERA EDICION

Este folleto 
fue escrito en los meses de agosto y septiembre de 1917. Tenía 
ya trazado el plan del capítulo siguiente, del VII: 
"La experiencia de las revoluciones rusas

de 1905 y 1917". Pero, fuera del título, no me 
fue posible escribir ni una sola línea de este capítulo: 
vino a "estorbarme" la crisis política, la 
víspera de la Revolución de

Octubre de 1917. De "estorbos" así no tiene 
uno más que alegrarse. Pero la redacción de 
la segunda parte del folleto (dedicada a "La experiencia 
de las revoluciones rusas de 1905 y 1917") habrá 
que aplazarla seguramente por mucho tiempo; es más 
agradable y más provechoso vivir la "experiencia 
de la revolución" que escribir acerca de ella.

El Autor

Petrogrado, 30 de noviembre de 1917.