La resolución del último Congreso de los Soviets (el de Moscú) plantea como primera tarea del momento la creación de una «organización sólida» y el aumento de la disciplina[22]. Este tipo de resoluciones son ahora votadas y firmadas con gusto por todos, pero no se suele reflexionar en que su realización en la vida exige coerción —y coerción precisamente en forma de dictadura—. Y, sin embargo, sería la mayor de las estupideces y la más absurda de las utopías suponer que sin coerción y sin dictadura es posible el paso del capitalismo al socialismo. La teoría de Marx se alzó hace mucho tiempo y con absoluta precisión contra esa necedad pequeñoburguesa-democrática y anarquista. Y la Rusia de 1917-1918 confirma la teoría de Marx a este respecto con tal claridad, evidencia y contundencia que solo quienes son irremediablemente obtusos o se han empeñado tercamente en apartar la vista de la verdad pueden persistir en el error. O la dictadura de Kornílov (si lo tomamos como tipo ruso del Cavaignac burgués), o la dictadura del proletariado: no cabe hablar de otra salida para un país que realiza un desarrollo extraordinariamente rápido con virajes extraordinariamente bruscos y en medio de la desesperante ruina creada por la más atroz de las guerras. Todas las soluciones intermedias son o un engaño al pueblo por parte de la burguesía, que no puede decir la verdad, no puede decir que necesita a Kornílov, o la estupidez de los demócratas pequeñoburgueses como Chernov, Tsereteli y Mártov con su charlatanería sobre la unidad de la democracia, la dictadura de la democracia, el frente democrático general y demás desatinos. A quien ni siquiera la marcha de la revolución rusa de 1917-1918 le ha enseñado que las soluciones intermedias son imposibles, hay que perderle la cuenta.

Por otro lado, no es difícil convencerse de que, en toda transición del capitalismo al socialismo, la dictadura es necesaria por dos razones principales o en dos direcciones principales. En primer lugar, no se puede vencer y extirpar el capitalismo sin aplastar sin piedad la resistencia de los explotadores, que no pueden ser despojados de inmediato de su riqueza, de sus ventajas en organización y en conocimiento y, por consiguiente, durante un período bastante prolongado intentarán inevitablemente derribar el odiado poder de los pobres. En segundo lugar, toda gran revolución, y en particular la socialista, incluso si no existiera una guerra exterior, es impensable sin una guerra interior, es decir, una guerra civil, que significa una ruina aún mayor que la guerra exterior, que significa miles y millones de casos de vacilación y de cambios de un bando al otro, que significa un estado de enorme incertidumbre, desequilibrio y caos. Y, por supuesto, todos los elementos de descomposición de la vieja sociedad, inevitablemente muy numerosos y vinculados en su mayoría a la pequeña burguesía (pues toda guerra y toda crisis la arruinan y la aniquilan en primer lugar), no pueden menos que «manifestarse» en medio de una conmoción tan profunda. Y los elementos de descomposición no pueden «manifestarse» sino mediante el aumento de los crímenes, el vandalismo, el soborno, la especulación y todo género de tropelías. Para hacer frente a esto, hace falta tiempo y una mano de hierro.

No ha habido en la historia ni una sola gran revolución en la que el pueblo no lo haya sentido instintivamente y no haya mostrado una firmeza salvadora, fusilando a los ladrones en el lugar del delito. La desgracia de las revoluciones anteriores consistía en que el entusiasmo revolucionario de las masas, que sostenía su tensión y les daba la fuerza para aplicar el aplastamiento implacable de los elementos de descomposición, no duraba mucho. La causa social, es decir, de clase, de esa falta de solidez del entusiasmo revolucionario de las masas era la debilidad del proletariado, única clase capaz (si es suficientemente numerosa, consciente y disciplinada) de atraer hacia sí a la mayoría de los trabajadores y explotados (a la mayoría de los pobres, dicho en términos más simples y populares) y de retener el poder durante un tiempo suficientemente largo para aplastar por completo tanto a todos los explotadores como a todos los elementos de descomposición.

Esta experiencia histórica de todas las revoluciones, esta lección histórico-universal —económica y política— la resumió Marx, ofreciendo una fórmula breve, tajante, precisa y brillante: dictadura del proletariado. Y que la revolución rusa ha abordado correctamente la realización de esta tarea histórico-universal lo ha demostrado la marcha triunfal de la organización soviética a través de todos los pueblos y lenguas de Rusia. Porque el poder soviético no es otra cosa que la forma organizativa de la dictadura del proletariado, la dictadura de la clase de vanguardia, que eleva hacia una nueva democracia, hacia la participación autónoma en la gestión del Estado, a decenas y decenas de millones de trabajadores y explotados, los cuales aprenden por su propia experiencia a ver en la vanguardia disciplinada y consciente del proletariado a su más seguro dirigente.

Pero dictadura es una palabra grande. Y las grandes palabras no se pueden echar en saco roto. Dictadura es un poder férreo, revolucionariamente audaz y rápido, implacable en el aplastamiento tanto de los explotadores como de los maleantes. Y nuestro poder es desmedidamente blando, y a menudo se parece más a la gelatina que al hierro. No hay que olvidar ni por un minuto que el elemento burgués y pequeñoburgués lucha contra el poder soviético de dos maneras: por un lado, actuando desde fuera, con los métodos de Sávinkov, Gots, Gueguechkori, Kornílov, mediante conspiraciones e insurrecciones, su sucio reflejo «ideológico», torrentes de mentiras y calumnias en la prensa de los kadetes, de los socialistas revolucionarios de derecha y de los mencheviques; por otro lado, este elemento actúa desde dentro, utilizando cualquier elemento de descomposición, cualquier debilidad, para el soborno, para reforzar la indisciplina, el relajamiento, el caos. Cuanto más nos acercamos al aplastamiento militar completo de la burguesía, tanto más peligroso se vuelve para nosotros el elemento de la anarquicidad pequeñoburguesa. Y la lucha contra este elemento no puede librarse solo con propaganda y agitación, solo con la organización de la emulación, solo con la selección de organizadores; hay que librarla también con la coerción.

A medida que la tarea fundamental del poder no es ya el aplastamiento militar, sino la administración, la manifestación típica del aplastamiento y la coerción pasará a ser no el fusilamiento en el acto, sino el tribunal. Y en este sentido, las masas revolucionarias, después del 25 de octubre de 1917, emprendieron el camino correcto y demostraron la vitalidad de la revolución, empezando a organizar sus propios tribunales, obreros y campesinos, antes incluso de que hubiera decreto alguno sobre la disolución del aparato judicial burocrático-burgués. Pero nuestros tribunales revolucionarios y populares son desmedidamente, increíblemente débiles. Se percibe que no se ha quebrado aún definitivamente la visión popular heredada del yugo de los terratenientes y la burguesía sobre el tribunal como algo estatalmente ajeno. No hay suficiente conciencia de que el tribunal es un órgano de incorporación precisamente de los pobres, de todos ellos sin excepción, a la administración del Estado (pues la actividad judicial es una de las funciones de la administración del Estado); de que el tribunal es un órgano del poder del proletariado y de los campesinos más pobres; de que el tribunal es un instrumento de educación para la disciplina. No hay suficiente conciencia de ese hecho simple y evidente de que, si las principales desgracias de Rusia son el hambre y el desempleo, no se pueden vencer esas calamidades con ningún arrebato, sino solo con una organización y una disciplina integrales, totales, de todo el pueblo, para aumentar la producción de pan para las personas y de pan para la industria (combustible), para transportarlo a tiempo y distribuirlo correctamente; que, por lo tanto, es culpable de los tormentos del hambre y del desempleo todo aquel que quebranta la disciplina laboral en cualquier fábrica, en cualquier explotación, en cualquier asunto; que a los culpables de esto hay que saber encontrarlos, entregarlos a los tribunales y castigarlos sin piedad. El elemento pequeñoburgués, contra el cual nos toca librar ahora la lucha más tenaz, se manifiesta precisamente en que es débil la conciencia del vínculo económico-nacional y político entre el hambre y el desempleo y la relajación de todos y cada uno en materia de organización y disciplina; en que se mantiene firme la mentalidad del pequeño propietario: «a mí, que me toque arrancar lo más posible, y luego, aunque se hunda el mundo».

En el ramo ferroviario, que quizá encarna del modo más patente las conexiones económicas del organismo creado por el gran capitalismo, esta lucha entre el elemento pequeñoburgués del relajamiento y la organización proletaria se manifiesta de forma especialmente destacada. El elemento «administrativo» suministra saboteadores y coimeadores en gran abundancia; el elemento proletario, en su mejor parte, lucha por la disciplina; pero entre uno y otro elemento hay, por supuesto, muchos vacilantes, «débiles», incapaces de resistirse a la «tentación» de la especulación, el soborno, la ganancia personal, comprada al precio de echar a perder todo el aparato, de cuyo funcionamiento correcto depende la victoria sobre el hambre y el desempleo.

Es característica la lucha que se ha desplegado sobre este terreno en torno al último decreto sobre la gestión de los ferrocarriles, el decreto que concede poderes dictatoriales (o poderes «ilimitados») a determinados dirigentes{71}. Los representantes conscientes (y en su mayoría, probablemente inconscientes) del relajamiento pequeñoburgués querían ver, en la concesión a determinadas personas de poderes «ilimitados» (es decir, dictatoriales), un retroceso respecto al principio de la colegialidad y del democratismo y de los principios del poder soviético. Entre los socialistas revolucionarios de izquierda se desarrolló aquí y allá una agitación francamente vandálica —es decir, que apelaba a los malos instintos y al afán pequeño propietario de «arrebatar»— contra el decreto sobre el dictatorialismo. La cuestión cobró realmente una importancia gigantesca: en primer lugar, una cuestión de principio: si es en general compatible el nombramiento de personas investidas de poderes ilimitados de dictadores con los fundamentos cardinales del poder soviético; en segundo lugar, en qué relación se encuentra este caso —este precedente, si se quiere— con las tareas particulares del poder en el momento concreto dado. Y en una y otra cuestión hay que detenerse con mucha atención.

Que la dictadura de las personas individuales ha sido con mucha frecuencia en la historia de los movimientos revolucionarios la expresión, el portador, el conducto de la dictadura de las clases revolucionarias, lo demuestra la experiencia irrefutable de la historia. Con el democratismo burgués, la dictadura de las personas individuales era indudablemente compatible. Pero en este punto los detractores burgueses del poder soviético, así como sus corifeos pequeñoburgueses, muestran siempre juegos de manos: por un lado, declaran que el poder soviético es simplemente algo absurdo, anárquico, salvaje, soslayando cuidadosamente todos nuestros paralelos históricos y demostraciones teóricas de que los Soviets son la forma superior del democratismo, más aún: el inicio de la forma socialista del democratismo; por otro lado, nos exigen un democratismo más elevado que el burgués y dicen: con vuestro democratismo soviético bolchevique (es decir, no burgués, sino socialista), la dictadura personal es absolutamente incompatible.

Razonamientos de lo más deplorables. Si no somos anarquistas, debemos aceptar la necesidad del Estado, es decir, de la coerción para el tránsito del capitalismo al socialismo. La forma de la coerción está determinada por el grado de desarrollo de la clase revolucionaria dada, luego por circunstancias especiales como, por ejemplo, la herencia de una guerra larga y reaccionaria, y luego por las formas de resistencia de la burguesía y de la pequeña burguesía. Por consiguiente, no hay en absoluto ninguna contradicción de principio entre el democratismo soviético (es decir, socialista) y la aplicación del poder dictatorial de las personas individuales. La diferencia entre la dictadura proletaria y la dictadura burguesa consiste en que la primera dirige sus golpes contra la minoría explotadora en interés de la mayoría explotada, y además en que la primera es ejercida —también a través de personas individuales— no solo por las masas de trabajadores y explotados, sino también por organizaciones construidas de modo que despierten y eleven precisamente a esas masas hacia la creación histórica (las organizaciones soviéticas pertenecen a este tipo de organizaciones).

En cuanto a la segunda cuestión, sobre la significación del poder dictatorial unipersonal desde el punto de vista de las tareas específicas del momento dado, hay que decir que toda gran industria maquinizada —es decir, precisamente la fuente y el fundamento material y productivo del socialismo— exige una unidad de voluntad absoluta y rigurosísima que dirija el trabajo conjunto de cientos, miles y decenas de miles de personas. Tanto técnica como económica e históricamente, esta necesidad es evidente y siempre fue reconocida como condición suya por todos los que han reflexionado sobre el socialismo. Pero ¿cómo se puede asegurar la unidad de voluntad más rigurosa? Mediante la subordinación de la voluntad de miles a la voluntad de uno.

Esta subordinación puede, si existe una conciencia y una disciplina ideales entre los participantes del trabajo común, recordar más a la dirección suave de un director de orquesta. Puede adquirir formas agudas de dictatorialismo si no hay una disciplina y una conciencia ideales. Pero, de un modo u otro, la subordinación incondicional a una voluntad única es absolutamente necesaria para el éxito de los procesos de trabajo organizados según el tipo de la gran industria maquinizada. Para los ferrocarriles, es doble y triplemente necesaria. Y precisamente este paso de una tarea política a otra, que por su apariencia no se le parece en nada, constituye toda la originalidad del momento que vivimos. La revolución acaba de romper los grilletes más viejos, más sólidos, más pesados, a los que las masas se sometían bajo el látigo. Eso fue ayer. Hoy, esa misma revolución, y precisamente en interés de su desarrollo y fortalecimiento, precisamente en interés del socialismo, exige la obediencia incondicional de las masas a la voluntad única de los dirigentes del proceso de trabajo. Es comprensible que semejante transición sea impensable de golpe. Es comprensible que solo sea realizable al precio de los mayores choques, conmociones, retrocesos a lo viejo y de una gigantesca tensión de energía de la vanguardia proletaria que conduce al pueblo hacia lo nuevo. En esto no piensan quienes caen en la histeria filistea de «Nóvaya Zhizn» o «Vperiod»{72}, «Delo Naroda» o «Nash Vek»{73}.

Tómese la psicología del representante medio, común, de la masa trabajadora y explotada, y compárese esa psicología con las condiciones objetivas y materiales de su vida social. Antes de la Revolución de Octubre, no había visto aún en la práctica que las clases poseedoras y explotadoras sacrificaran realmente algo serio para ellos ni cedieran realmente en su favor. No había visto aún que se les diera la tierra y la libertad prometidas tantas veces, que se les diera la paz, que se cediera en los intereses de la «grandeza imperial» y de los tratados secretos imperialistas, que se cediera en el capital y las ganancias. Esto lo vio solo después del 25 de octubre de 1917, cuando él mismo lo tomó por la fuerza y por la fuerza tuvo que defender lo tomado de los Kerenski, Gots, Gueguechkori, Dútov, Kornílov. Es comprensible que, durante cierto tiempo, toda su atención, todos sus pensamientos, todas las fuerzas de su alma estén dirigidas únicamente a respirar, a enderezarse, a desplegarse, a tomar los bienes inmediatos de la vida que pueden tomarse y que no le daban los explotadores derrocados. Es comprensible que sea necesario cierto tiempo para que el representante común de la masa no solo vea por sí mismo, no solo se convenza, sino que sienta que así, simplemente «tomar», arrebatar, arrancar, no se puede, que eso conduce a la agravación de la ruina, a la perdición, al regreso de los Kornílov. El correspondiente viraje en las condiciones de vida (y, por consiguiente, en la psicología) de la masa trabajadora común apenas está comenzando. Y toda nuestra tarea, la tarea del partido de los comunistas (bolcheviques), que es el expresador consciente del anhelo de liberación de los explotados, consiste en tomar conciencia de este viraje, comprender su necesidad, ponernos al frente de la masa agotada y que busca fatigadamente una salida, conducirla por el camino correcto, por el camino de la disciplina laboral, por el camino de la concordancia entre las tareas de «mitinear» sobre las condiciones del trabajo y las tareas de la obediencia incondicional a la voluntad del dirigente soviético, del dictador, durante el trabajo.

Del «mitineo» se ríen, y aún más a menudo silban con saña a su costa los burgueses, los mencheviques, los novozhiznentsi, viendo solo caos, desorganización, explosiones de egoísmo pequeñopropietario. Pero sin el mitineo, la masa de los oprimidos jamás habría podido pasar de la disciplina impuesta por los explotadores a una disciplina consciente y voluntaria. El mitineo es precisamente el democratismo auténtico de los trabajadores, su enderezamiento, su despertar a una nueva vida, sus primeros pasos en el terreno que ellos mismos han limpiado de alimañas (explotadores, imperialistas, terratenientes, capitalistas) y que ellos mismos quieren aprender a organizar a su modo, para sí, sobre las bases de su propio poder, soviético, no ajeno, no señorial, no burgués. Fue necesaria precisamente la victoria de Octubre de los trabajadores sobre los explotadores, fue necesaria toda una etapa histórica de discusión inicial, por los propios trabajadores, de las nuevas condiciones de vida y de las nuevas tareas, para que se hiciera posible un paso firme hacia formas superiores de disciplina laboral, hacia la asimilación consciente de la idea de la necesidad de la dictadura del proletariado, hacia la obediencia incondicional a las disposiciones unipersonales de los representantes del poder soviético durante el trabajo.

Esta transición ha comenzado ahora.

Hemos resuelto con éxito la primera tarea de la revolución, hemos visto cómo las masas trabajadoras elaboraron en sí mismas la condición fundamental de su éxito: la unificación de los esfuerzos contra los explotadores para derrocarlos. Etapas como octubre de 1905, febrero y octubre de 1917 tienen una significación histórico-universal.

Hemos resuelto con éxito la segunda tarea de la revolución: despertar y elevar precisamente a esas «capas bajas» sociales que los explotadores habían empujado hacia abajo y que solo después del 25 de octubre de 1917 obtuvieron toda la libertad para derrocarlos y empezar a mirar a su alrededor y a organizarse a su modo. El mitineo precisamente de la masa trabajadora más oprimida y agobiada, la menos preparada, su paso al lado de los bolcheviques, la implantación por ella en todas partes y por doquier de su organización soviética: he aquí la segunda gran etapa de la revolución.

Comienza la tercera. Hay que consolidar lo que nosotros mismos hemos conquistado, lo que nosotros mismos hemos decretado, legitimado, discutido, esbozado: consolidarlo en las formas sólidas de la disciplina laboral cotidiana. Esta es la tarea más difícil, pero también la más fructífera, porque solo su solución nos dará regímenes socialistas. Hay que aprender a unir juntos el democratismo mitinero de las masas trabajadoras, tormentoso, que late con el desborde primaveral, que se sale de todos los cauces, con la disciplina férrea durante el trabajo, con la obediencia incondicional a la voluntad de una sola persona, del dirigente soviético, durante el trabajo.

Aún no hemos aprendido esto.

Lo aprenderemos.

La restauración de la explotación burguesa nos amenazó ayer en la persona de los Kornílov, Gots, Dútov, Gueguechkori, Bogáievski. Los derrotamos. Esta restauración, esta misma restauración nos amenaza hoy en otra forma, bajo la forma del elemento del relajamiento y el anarquismo pequeñoburgués, del espíritu pequeñopropietario del «yo en mi casa, y a los demás que les den», bajo la forma de los ataques e incursiones cotidianos, menudos, pero por eso mismo numerosos, de este elemento contra la disciplina proletaria. Debemos derrotar este elemento de anarquía pequeñoburguesa, y lo derrotaremos.