Cuando Skóbelev, con un gesto ministerial, se explayó en su discurso y llegó a hablar de tomar el 100 por ciento de las ganancias a los capitalistas, tuvimos ante nosotros un ejemplo de frase efectista. Con tales frases se engaña constantemente al pueblo en las repúblicas parlamentarias burguesas.

Pero aquí hay algo peor que una frase. «Si el capital quiere conservar el modo burgués de gestión económica, que trabaje sin ganancias para no perder la clientela», dijo Skóbelev. Esto suena como una amenaza «terrible» a los capitalistas, pero en realidad es un intento (probablemente inconsciente por parte de Skóbelev y, seguramente, consciente por parte de los capitalistas) de defender la omnipotencia del capital, sacrificando temporalmente la ganancia.

Los obreros toman «demasiado» —razonan los capitalistas—, carguemos sobre ellos la responsabilidad, sin darles ni poder ni posibilidad de disponer efectivamente de toda la producción. Quedémonos nosotros, los capitalistas, temporalmente sin ganancias, pero, «conservando el modo burgués de gestión económica, sin perder la clientela», aceleraremos la quiebra de este estado intermedio de la industria, lo desorganizaremos de todas las formas, echándole la culpa a los obreros.

Que ese es el cálculo de los capitalistas lo demuestran los hechos. Los industriales del carbón en el sur precisamente desorganizan la producción, «conscientemente la descuidan y desorganizan» (véase «Nóvaya Zhizn» del 16 de mayo, resumen de las declaraciones de la delegación obrera{62}). El cuadro es claro: «Rech» miente por dos, echándole la culpa a los obreros. Los industriales del carbón «conscientemente desorganizan la producción». Skóbelev canta como un ruiseñor: «si el capital quiere conservar el modo burgués de gestión económica, que trabaje sin ganancias». ¡El cuadro es claro!

A los capitalistas y a los funcionarios les conviene hacer «promesas desmedidas», desviando la atención del pueblo de lo principal, a saber: del paso del control efectivo a manos efectivamente obreras.

Los obreros deben rechazar la fraseología, las promesas, las declaraciones, el proyectismo de los funcionarios del centro, dispuestos a ponerse a redactar los planes más efectistas, reglamentos, estatutos, normativas. ¡Abajo toda esa mentira! ¡Abajo esa alharaca de proyectismo burocrático y burgués, que ha fracasado estrepitosamente en todas partes! ¡Abajo esa manera de echar tierra al asunto! Los obreros deben exigir la realización inmediata y efectiva del control, y además obligatoriamente por medio de los propios obreros.

Esto es lo principal para el éxito de la causa, de la causa de salvarse de la catástrofe. Si esto falta, todo lo demás es un engaño. Si esto se da, no tendremos prisa alguna en «tomar el 100 por ciento de las ganancias». Podemos y debemos ser más moderados, pasar gradualmente a una imposición más justa, separaremos a los pequeños accionistas de los accionistas ricos, tomaremos muy poco de los primeros, tomaremos muchísimo (pero no necesariamente todo) sólo de los segundos. El número de los más grandes accionistas es insignificante; su papel, así como la suma total de su riqueza, es enorme. Sin miedo a equivocarse, se puede decir que si se confecciona una lista de los cinco o incluso tres mil (y tal vez incluso mil) hombres más ricos de Rusia, o se siguen (mediante el control desde abajo, por parte de los empleados de bancos, sindicatos y demás) todos los hilos y conexiones de su capital financiero, de sus vínculos bancarios, quedará al descubierto todo el nudo de la dominación del capital, toda la principal masa de riqueza acumulada a costa del trabajo ajeno, todas las raíces realmente importantes del «control» sobre la producción social y la distribución de los productos.

Precisamente este control hay que entregarlo a los obreros. Precisamente este nudo, estas raíces, el interés del capital exige ocultarlas al pueblo. Mejor consentiremos en ceder temporalmente «toda» la ganancia o el 99 % de los ingresos, que descubrir al pueblo estas raíces de nuestro poder: así razona la clase de los capitalistas y su servidor inconsciente, el funcionario.

En ningún caso renunciaremos a nuestro derecho y a nuestra exigencia: descubrir al pueblo precisamente la fortaleza principal del capital financiero, precisamente ponerla bajo el control obrero: así razona y razonará el obrero consciente. Y de la justeza de este último razonamiento cada día irá convenciéndose una masa cada vez mayor de los pobres, una mayoría cada vez más considerable del pueblo, un número cada vez mayor de personas sinceras en general, que buscan de buena fe la salvación de la catástrofe.

Hay que tomar precisamente la fortaleza principal del capital financiero, sin esto todas las frases y proyectos de salvación de la catástrofe son un puro engaño. Y a los capitalistas aislados, e incluso a la mayoría de los capitalistas, el proletariado no sólo no se propone «desnudarlos» (como «se asustaba» Shulguín a sí mismo y a los suyos), no sólo no se propone privarlos de «todo», sino que, al contrario, se propone aplicarlos a una labor útil y honrosa, bajo el control de los propios obreros.

La labor más útil y más necesaria para el pueblo en el momento de la aproximación de la catástrofe inevitable es la labor organizativa. Los milagros de la organización proletaria: he aquí nuestra consigna ahora, y más aún será nuestra consigna y exigencia cuando el proletariado esté en el poder. Ni instaurar el servicio laboral obligatorio universal, absolutamente necesario, ni realizar un control medianamente serio sobre los bancos, sobre los sindicatos, sobre la producción y la distribución de los productos, es en modo alguno posible sin la organización de las masas.

Por eso hay que comenzar, y comenzar de inmediato, por la milicia obrera, para proceder firme y hábilmente, con la debida gradualidad, a organizar una milicia de todo el pueblo, a sustituir la policía y el ejército permanente por el armamento universal del pueblo. Por eso hay que promover de todas las capas del pueblo, de todas las clases, sin excluir en lo más mínimo a los capitalistas, que ahora tienen más experiencia pertinente, a los organizadores talentosos. Tales talentos abundan en el pueblo. Tales fuerzas en el campesinado y en el proletariado yacen dormidas, sin hallar aplicación. Hay que promoverlas desde abajo, mediante la práctica, con la hábil eliminación de las «colas» en tal o cual distrito, con la organización diestra de los comités de casa, la unificación de los sirvientes domésticos, el establecimiento de una hacienda modélica en el campo, la correcta organización de tal o cual fábrica que haya pasado a manos obreras, etcétera, etcétera. Promoviéndolas desde abajo, mediante la práctica, verificando su talento en los hechos, hay que ir situando a todos ellos como «ministros», no en el viejo sentido, no en el sentido de recompensa con una cartera, sino en el sentido del cargo de instructor de todo el pueblo, organizador itinerante, auxiliar en la tarea de implantar en todas partes el más estricto orden, la mayor economía del trabajo humano, la más rigurosa disciplina de camaradas.

He aquí lo que el partido del proletariado debe predicar al pueblo para salvarlo de la catástrofe. He aquí lo que debe realizar parcialmente ya ahora, allí donde obtiene el poder en localidades aisladas. He aquí lo que debe realizar plenamente cuando obtenga el poder en el Estado.

«Pravda» núms. 58 y 59, 29 y 30 (16 y 17) de mayo de 1917.

Se publica según el texto del periódico «Pravda»