Un procedimiento de la prensa burguesa resulta siempre, en todos los países, el más difundido y «sin error» eficaz. Miente, arma ruido, grita, repite la mentira: «algo quedará».

«Lenin arma ruido en el palacio de Kschessínskaia, arma ruido a más no poder», escribe «Rech». «Lenin habla desde el tejado en el mitin del Modern», escriben varios periódicos.

Y todo es mentira. Lenin no estuvo en el mitin del Modern. Lenin no armó ruido alguno, pues solo presentó un informe ante bolcheviques y mencheviques y escribió una serie de pequeños artículos en el pequeño periódico «Pravda».

Quienes arman ruido son los capitalistas y la prensa de los capitalistas, ellos son los que «arman ruido a más no poder», esforzándose por gritar más, por impedir que se escuche la verdad, por ahogarlo todo en un torrente de injurias y vociferaciones, por estorbar una explicación seria.

He ahí la esencia de la intentona de los capitalistas en este momento, así como de esos desdichados socialistas que se han pasado enteramente al lado de los capitalistas, como el señor Plejánov.

Hoy, en su editorial, «Rech» grita otra vez, con aire especialmente «importante para el Estado», contra la «prédica de la anarquía», y al hacerlo se refuta a sí misma con particular claridad, para todo aquel que reflexione sobre lo leído y lo escuchado.

«…La gran revolución ha barrido toda la vieja organización del poder…». Falso. No toda, ni mucho menos. «Solo puede restaurarla un cambio radical en la psicología popular (en el sentido amplio), o, mejor dicho, esa nueva psicología que reconoce la necesidad del poder y la obligatoriedad de la sumisión».

He aquí, evidente, una mentira manifiesta, la manifiesta alianza de la mentira de los capitalistas con los señores Plejánov, Cherevanin y Cía., que gritan sobre la anarquía.

Tanto en la ciencia como en el lenguaje práctico y corriente es indiscutible que se llama anarquismo a la negación del Estado durante el período de transición del capitalismo al socialismo.

Que el socialismo conduce a la «extinción» del Estado lo enseña el marxismo; quienes se han unido en la mentira, los Miliukóv, los Plejánov, los Cherevanin, etc., no pueden ignorarlo.

¿Acaso los pravdistas [los de «Pravda»] o Lenin niegan la necesidad del Estado ahora? ¿La necesidad de la «organización del poder»? ¿La «obligatoriedad de sumisión a él»?

Toda persona instruida, excepto la alianza de los mentirosos, sabe perfectamente que no.

Con más que meridiana claridad han dicho y repetido tanto «Pravda» como Lenin que todos nosotros estamos incondicionalmente a favor de la necesidad del Estado y de la organización del poder, no solo en el momento actual, sino también para el posterior momento histórico de transición del capitalismo al socialismo.

Solo la alianza de la mentira puede negarlo o no verlo.

La cuestión estriba en qué «organización del poder» proponemos al pueblo.

No la vieja organización del poder, no la policía, no la burocracia, no el ejército permanente, sino una nueva: los Soviets de diputados obreros, soldados, campesinos, etc.

Tales Soviets ya existen, ya han sido engendrados por la revolución, ya han sido reconocidos como semipoder por todos, incluso por el gobierno de los capitalistas.

Y hemos dicho, con más que meridiana claridad, que esos Soviets son la única forma posible de gobierno revolucionario.

¿Qué puede haber menos equívoco que esto?

Si es «la única posible», eso significa que hay que actuar solo mediante la explicación, mientras nadie haya recurrido a la violencia contra las masas.

La «necesidad del poder y la obligatoriedad de la sumisión» ha sido reconocida por todos los pravdistas y la predican al pueblo.

Los Miliukóv, los Plejánov, los Cherevanin y Cía. mienten para ocultar al pueblo la verdad; mienten para silenciar lo principal: la cuestión del carácter clasista de tal o cual organización del poder.

Ahí está la esencia.

El capitalista llama «anarquía» a los Soviets de diputados obreros, etc., porque esa organización del poder no sujeta de antemano e incondicionalmente al pueblo con el yugo de los capitalistas, sino que da libertad y orden junto con la posibilidad de un tránsito pacífico y gradual hacia el socialismo.

De esto, y solo de esto, están descontentos, indignados, enfurecidos los capitalistas. De ahí la alianza de la mentira. De ahí los mares de calumnias y el aullido de la furia.

De ahí la agitación pogromista, velada, que se oculta tras insinuaciones y que lleva a cabo «Rech» en el editorial mencionado, llamando a la «reacción», a abandonar la «indiferencia», la «pasividad», etc.

Si la mayoría del pueblo los apoya, señores, si es sólida su alianza con los Soviets (en los cuales la mayoría ahora no es nuestra: lo hemos dicho con claridad), ¿qué temen, señores, por qué mienten?

Nosotros solo queremos explicar a los obreros y a los campesinos más pobres los errores de su táctica. Reconocemos a los Soviets como único poder posible. Predicamos la necesidad del poder y la obligatoriedad de someterse a él.

¿Qué temen, pues? ¿Por qué mienten?

Temen precisamente la verdad. Mienten para sofocar con pogromos, calumnia, violencia y suciedad la posibilidad de que se explique la verdad.

Algunos de nuestros adversarios ya lo ven. Lean hoy «Dielo Naroda» {117}, órgano del partido socialrevolucionario, órgano en el que participa el ministro Kérenski.

Este órgano escribe sobre Plejánov, el más fiel aliado de «Rússkaya Volia» y «Rech»: «…tales palabras, tal método de lucha estamos acostumbrados a ver en las páginas de “Rússkaya Volia”. Y verlas en artículos de socialistas, en conciencia limpia, es pesado y doloroso…».

Así escriben nuestros adversarios.

Así escriben demócratas en quienes ha despertado la conciencia de demócrata.

Avergonzar a los Miliukóv, Plejánov, Cherevanin es empresa sin esperanza, pero si incluso el periódico en el que participa el ministro Kérenski se aparta con repugnancia de los procedimientos de Plejánov, rabiosamente chovinistas, calumniosamente sucios y que apestan a pogromo, entonces podemos decir:

Gente muerta son los héroes de tales procedimientos.

Escrito el 13 (26) de abril de 1917.

Publicado el 14 de abril de 1917 en el periódico «Pravda» núm. 32.

Reproducido según el texto del periódico.