En nuestros días, solo los perezosos no juran por el internacionalismo; incluso los chovinistas defensistas, incluso los señores Plejánov y Potrésov, incluso Kérenski se llaman a sí mismos internacionalistas. Tanto más perentoria es la obligación del partido proletario de contraponer, con toda claridad, precisión y determinación, el internacionalismo de hecho al internacionalismo de palabra.

Los meros llamamientos a los obreros de todos los países, las vacuas declaraciones de fidelidad al internacionalismo, los intentos de establecer directa o indirectamente un «turno» en las acciones del proletariado revolucionario de los distintos países beligerantes, los esfuerzos por concertar «acuerdos» entre los socialistas de los países en guerra acerca de la lucha revolucionaria, el ajetreo con congresos socialistas para una campaña en favor de la paz, etc., etc., todo esto, por su significado objetivo, por muy sinceros que sean los autores de tales ideas, de tales intentos o de tales planes, no es más que fraseología, en el mejor de los casos: ingenuos y bondadosos deseos, válidos únicamente para encubrir el engaño de las masas por los chovinistas. Y los socialchovinistas franceses, los más hábiles y experimentados en las artes de la estafa parlamentaria, batieron hace ya mucho el récord en materia de frases pacifistas e internacionalistas inauditamente grandilocuentes y sonoras, unidas a una traición inauditamente cínica al socialismo y a la Internacional, mediante su entrada en ministerios que conducen una guerra imperialista, votando los créditos o los empréstitos (como en los últimos días hicieron Chjeídze, Skóbelev, Tsereteli y Steklov en Rusia), oponiéndose a la lucha revolucionaria en su propio país, etc., etc.

Las buenas personas olvidan a menudo el entorno brutal y feroz de la guerra imperialista mundial. Este entorno no tolera frases; se burla de los deseos inocentes y almibarados.

El internacionalismo de hecho es uno, y solo uno: el trabajo abnegado por desarrollar el movimiento revolucionario y la lucha revolucionaria en el propio país, el apoyo (con propaganda, simpatía y medios materiales) de esa misma lucha, de esa misma línea, y solo de ella, en todos los países sin excepción.

Todo lo demás es engaño y manilovismo.

El movimiento socialista y obrero internacional, durante los más de dos años de guerra en todos los países, ha gestado tres corrientes, y quien se aparte del terreno real que supone reconocer estas tres corrientes, analizarlas y luchar consecuentemente por la corriente internacionalista de hecho, se condena a la impotencia, al desamparo y al error.

Tales corrientes son:

1) Los socialchovinistas, es decir, socialistas de palabra, chovinistas de hecho: son quienes reconocen la «defensa de la patria» en la guerra imperialista (y, ante todo, en la presente guerra imperialista).

Estas personas son nuestros enemigos de clase. Se han pasado al lado de la burguesía.

Así es la mayoría de los jefes oficiales de la socialdemocracia oficial en todos los países. Los señores Plejánov y Cía. en Rusia, los Scheidemann en Alemania, Renaudel, Guesde, Sembat en Francia, Bissolati y Cía. en Italia, Hyndman, los fabianos y los «laboristas» (jefes del «Partido Laborista») en Inglaterra, Branting y Cía. en Suecia, Troelstra y su partido en Holanda, Stauning y su partido en Dinamarca, Victor Berger y demás «defensores de la patria» en América, etc., etc.

2) La segunda corriente, el llamado «centro», está formada por personas que vacilan entre los socialchovinistas y los internacionalistas de hecho.

El «centro» jura y perjura que son marxistas, internacionalistas, que están por la paz, por toda clase de «presiones» sobre los gobiernos, por toda clase de «exigencias» a su gobierno para que «manifieste la voluntad popular de paz», por todas las campañas imaginables en favor de la paz, por la paz sin anexiones, etc., etc., y por la paz con los socialchovinistas. El «centro» está por la «unidad», el centro es adversario de la escisión.

El «centro» es el reino de la bondadosa frase pequeñoburguesa, del internacionalismo de palabra, del oportunismo cobarde y el servilismo ante los socialchovinistas de hecho.

La clave del problema reside en que el «centro» no está convencido de la necesidad de la revolución contra sus propios gobiernos, no la predica, no desarrolla una lucha revolucionaria abnegada, inventa los pretextos más vulgares —y que suenan archi-«marxistas»— para eludirla.

Los socialchovinistas son nuestros enemigos de clase, burgueses en el seno del movimiento obrero. Representan a aquella capa, a aquellos grupos y estratos de obreros objetivamente sobornados por la burguesía (mejor salario, puestos honoríficos, etc.) que ayudan a su burguesía a saquear y estrangular a los pueblos pequeños y débiles, a luchar por el reparto del botín capitalista.

El «centro» son hombres de rutina, corroídos por la podrida legalidad, corrompidos por el ambiente del parlamentarismo, etc., funcionarios acostumbrados a puestos tranquilos y al trabajo «sosegado». Histórica y económicamente, no representan una capa especial, sino el tránsito de una etapa ya superada del movimiento obrero —la etapa de 1871-1914, que dio muchas cosas valiosas, sobre todo el arte, necesario para el proletariado, del trabajo organizativo lento, perseverante, sistemático, en amplia y amplísima escala— a una etapa nueva, que se ha hecho objetivamente necesaria desde la primera guerra imperialista mundial, la cual abrió la era de la revolución social.

El principal jefe y representante del «centro» es Karl Kautsky, la más conspicua autoridad de la II Internacional (1889-1914), modelo del completo fracaso del marxismo, de una falta de carácter inaudita, de las oscilaciones y traiciones más lamentables desde agosto de 1914. La corriente del «centro»: Kautsky, Haase, Ledebour, la llamada «Comunidad de Trabajo o Laborista» en el Reichstag; en Francia: Longuet, Pressemane y los llamados «minoritaires» (mencheviques) en general; en Inglaterra: Philip Snowden, Ramsay MacDonald y muchos otros jefes del «Partido Laborista Independiente» y, en parte, del Partido Socialista Británico; Morris Hillquit y muchos otros en América; Turati, Treves, Modigliani y similares en Italia; Robert Grimm, etc. en Suiza; Victor Adler y Cía. en Austria; la fracción OK, Axelrod, Mártox, Chjeídze, Tsereteli, etc. en Rusia, y así en otros países.

Es comprensible que, a veces, algunos individuos pasen, sin percatarse, de la posición socialchovinista a la del «centro» y viceversa. Todo marxista sabe que las clases se diferencian unas de otras a pesar del libre tránsito de individuos de una clase a otra; del mismo modo, las corrientes de la vida política se diferencian unas de otras a pesar del libre paso de individuos de una a otra, a pesar de los intentos y los esfuerzos por fusionar las corrientes.

3) La tercera corriente, los internacionalistas de hecho, está representada del modo más cabal por la «Izquierda de Zimmerwald» (reproducimos en el apéndice su manifiesto de septiembre de 1915 para que los lectores puedan conocer de primera mano el nacimiento de esta corriente).

Su principal rasgo distintivo: ruptura total tanto con el socialchovinismo como con el «centro». Lucha revolucionaria abnegada contra su propio gobierno imperialista y su propia burguesía imperialista. Principio: «el principal enemigo está en el propio país». Lucha implacable contra la almibarada fraseología socialpacifista (socialpacifista: socialista de palabra, pacifista burgués de hecho; los pacifistas burgueses sueñan con una paz perpetua sin derrocar el yugo ni la dominación del capital) y contra toda clase de pretextos encaminados a negar la posibilidad, la pertinencia o la oportunidad de la lucha revolucionaria del proletariado y de la revolución proletaria y socialista en relación con la presente guerra.

Los representantes más destacados de esta corriente son: en Alemania, el «Grupo Espartaco» o «Grupo de la Internacional», al que pertenece Karl Liebknecht. Karl Liebknecht es el representante más célebre de esta corriente y de la nueva, auténtica, Internacional proletaria.

Karl Liebknecht llamó a los obreros y soldados de Alemania a volver las armas contra su propio gobierno. Karl Liebknecht lo hizo abiertamente desde la tribuna del parlamento (el Reichstag). Después se dirigió a la Potsdamer Platz, una de las mayores plazas de Berlín, con proclamas impresas ilegalmente, a una manifestación con el llamamiento de «¡abajo el gobierno!». Fue detenido y condenado a trabajos forzados. Ahora está en una prisión de trabajos forzados en Alemania, como también cientos, si no miles, de verdaderos socialistas alemanes están en prisión por luchar contra la guerra.

Karl Liebknecht libró una lucha implacable en discursos y cartas no solo contra sus Plejánov, sus Potrésov (los Scheidemann, Legien, David y Cía.), sino también contra sus hombres del centro, sus Chjeídze, sus Tsereteli (contra Kautsky, Haase, Ledebour y Cía.).

Karl Liebknecht, junto con su amigo Otto Rühle, solo dos de entre ciento diez diputados, rompieron la disciplina, destruyeron la «unidad» con el «centro» y los chovinistas, se enfrentaron a todos. Un solo Liebknecht representa el socialismo, la causa proletaria, la revolución proletaria. El resto de la socialdemocracia alemana, según la acertada expresión de Rosa Luxemburg (también miembro y una de los jefes del «Grupo Espartaco»), es un cadáver putrefacto.

Otro grupo de internacionalistas de hecho en Alemania es el del periódico de Bremen «Arbeiterpolitik».

En Francia, los más cercanos a los internacionalistas de hecho son Loriot y sus amigos (Bourderon y Merrheim se deslizaron hacia el socialpacifismo), así como el francés Henri Guilbeaux, que edita en Ginebra la revista «Demain»; en Inglaterra, el periódico «The Trade-Unionist» y una parte de los miembros del Partido Socialista Británico y del Partido Laborista Independiente (por ejemplo, Williams Russell, que llamó abiertamente a escindirse de los jefes que traicionaron el socialismo), el maestro popular escocés y socialista Maclean, condenado por el gobierno burgués de Inglaterra a trabajos forzados por su lucha revolucionaria contra la guerra; centenares de socialistas ingleses están en prisión por los mismos delitos. Ellos, y solo ellos, son internacionalistas de hecho; en América, el «Partido Socialista del Trabajo» y aquellos elementos del oportunista «Partido Socialista» que comenzaron a publicar en enero de 1917 el periódico «The Internationalist»; en Holanda, el partido de los «tribunistas», que editan el periódico «De Tribune» (Pannekoek, Herman Gorter, Wijnkoop, Henriette Roland Holst, que era de centro en Zimmerwald y ahora ha pasado a nosotros); en Suecia, el partido de los jóvenes o de izquierda, con jefes como Lindhagen, Ture Nerman, Carlsson, Ström, Z. Höglund, quien participó personalmente en Zimmerwald en la fundación de la «Izquierda de Zimmerwald» y ahora ha sido condenado a prisión por su lucha revolucionaria contra la guerra; en Dinamarca, Trier y sus amigos, que abandonaron el partido «socialdemócrata» danés, convertido ya en plenamente burgués, con el ministro Stauning a la cabeza; en Bulgaria, los «tesniakí»; en Italia, los más cercanos son el secretario del partido, Costantino Lazzari, y el redactor del órgano central «Avanti!», Serrati; en Polonia, Radek, Ganetski y otros jefes de la socialdemocracia unida por la «Dirección Regional»; Rosa Luxemburg, Tyszka y otros jefes de la socialdemocracia unida por la «Dirección General»; en Suiza, los izquierdistas que redactaron la motivación del «referéndum» (enero de 1917) para luchar contra los socialchovinistas y el «centro» de su país, y que en el congreso cantonal socialista de Zúrich, en Töss, el 11 de febrero de 1917, presentaron una resolución de principios revolucionaria contra la guerra; en Austria, los jóvenes amigos de Friedrich Adler, por la izquierda, que actuaron en parte en el club «Karl Marx» de Viena, club cerrado hoy por el reaccionario gobierno austriaco, que persigue a Friedrich Adler por su heroico, aunque poco meditado, disparo contra un ministro, etc., etc.

La cuestión no reside en los matices, que también los hay entre los izquierdistas. La cuestión reside en la corriente. Todo el quid está en que no es fácil ser internacionalista de hecho en la época de la horrorosa guerra imperialista. Tales personas son pocas, pero solo en ellas reside todo el futuro del socialismo, solo ellas son jefes de las masas, y no corruptores de las masas.

La diferencia entre reformistas y revolucionarios, entre los socialdemócratas y entre los socialistas en general, tenía necesariamente que experimentar un cambio con la necesidad objetiva en el contexto de la guerra imperialista. Quien se limita a «exigencias» a los gobiernos burgueses de concertar la paz o de «manifestar la voluntad popular de paz», etc., en realidad se desliza hacia las reformas. Pues la cuestión de la guerra, objetivamente, solo se plantea de manera revolucionaria.

No hay salida de la guerra hacia una paz democrática y no violenta, hacia la liberación de los pueblos de la servidumbre de los milmillonarios intereses a los señores capitalistas que se han enriquecido con la «guerra»; no hay salida fuera de la revolución del proletariado.

Se puede y se debe exigir a los gobiernos burgueses las más diversas reformas, pero no se puede, sin caer en el manilovismo y en el reformismo, exigir a estas personas y clases, enredadas por miles de hilos del capital imperialista, que rompan esos hilos; y sin esa ruptura, todas las conversaciones sobre la guerra contra la guerra son frases vacías y engañosas.

Los «kautskyanos», el «centro», son revolucionarios de palabra, reformistas de hecho; son internacionalistas de palabra, auxiliares del socialchovinismo de hecho.