La guerra obligó a todos los Estados beligerantes y a muchos neutrales a pasar a la regulación del consumo. La cartilla de pan apareció en el mundo, se convirtió en un fenómeno habitual y arrastró consigo otras cartillas. Rusia no se quedó al margen y también introdujo las cartillas de pan.

Pero precisamente con este ejemplo podemos, quizás, comparar del modo más evidente los métodos reaccionario-burocráticos de lucha contra la catástrofe, que se esfuerzan por limitarse a un mínimo de transformaciones, con los métodos revolucionario-democráticos que, para merecer su nombre, deben plantear como su tarea directa la ruptura violenta con lo viejo caduco y la máxima aceleración posible del movimiento hacia adelante.

La cartilla de pan, ese ejemplo típico de la regulación del consumo en los Estados capitalistas modernos, se plantea como tarea y realiza (en el mejor de los casos realiza) una sola cosa: distribuir la cantidad disponible de pan para que alcance a todos. Se introduce un máximo de consumo de lejos no para todos, sino solo para los principales productos «populares». Y eso es todo. No se ocupan de nada más. Calculan burocráticamente las existencias disponibles de pan, las dividen por cabeza, establecen una norma, la introducen y se limitan a eso. Los artículos de lujo no se tocan, porque «de todos modos» hay pocos y «de todos modos» son tan caros que son inaccesibles para «el pueblo». Por eso en todos los países beligerantes, sin excepción alguna, incluso en Alemania, que, al parecer sin suscitar discusiones, puede considerarse el modelo de la regulación del consumo más pulcra, más pedante y más rigurosa, incluso en Alemania vemos la constante evasión por parte de los ricos de cualesquiera «normas» de consumo. Esto también lo saben «todos», de esto también hablan «todos» con una sonrisita, y en la prensa socialista –y a veces incluso burguesa– alemana, pese a las ferocidades de la censura cuartelario-rigurosa alemana, aparecen constantemente notas e informaciones sobre el «menú» de los ricachones, sobre la obtención de pan blanco en cualquier cantidad por los ricos en tal o cual balneario (bajo la apariencia de enfermos lo visitan todos… los que tienen mucho dinero), sobre la sustitución por parte de los ricos de los productos populares por artículos de lujo refinados y escasos.

El Estado capitalista reaccionario, que teme socavar los fundamentos del capitalismo, los fundamentos de la esclavitud asalariada, los fundamentos del dominio económico de los ricos, teme desarrollar la iniciativa propia de los obreros y de los trabajadores en general, teme «avivar» sus exigencias; a tal Estado no le hace falta nada excepto la cartilla de pan. Tal Estado no pierde de vista ni por un minuto, ni en uno solo de sus pasos, el objetivo reaccionario: fortalecer el capitalismo, no permitir que lo socaven, limitar la «regulación de la vida económica» en general, y la regulación del consumo en particular, solo a aquellas medidas que son incondicionalmente necesarias para alimentar al pueblo, sin atentar en modo alguno contra una regulación efectiva del consumo en el sentido del control sobre los ricos, en el sentido de imponerles a ellos, mejor situados, privilegiados, saciados y sobrealimentados en tiempos de paz, mayores cargas en tiempos de guerra.

La solución reaccionario-burocrática de la tarea planteada a los pueblos por la guerra se limita a la cartilla de pan, a la distribución por igual de los productos «populares» absolutamente necesarios para la alimentación, sin apartarse ni un ápice del burocratismo y el reaccionarismo, precisamente del objetivo: no elevar la iniciativa propia de los pobres, del proletariado, de la masa del pueblo («demos»), no permitir el control de su parte sobre los ricos, dejar muchas rendijas para que los ricos se recompensen con artículos de lujo. Y en todos los países, repetimos, incluso en Alemania –de Rusia no hay ni que hablar–, se han dejado masas de rendijas, «el pueblo llano» pasa hambre, mientras los ricos viajan a los balnearios, complementan la magra norma estatal con toda clase de «suplementos» externos y no se dejan controlar.

En Rusia, que acaba de hacer una revolución contra el zarismo en nombre de la libertad y la igualdad, en Rusia, convertida de inmediato en república democrática por sus instituciones políticas fácticas, salta especialmente a la vista del pueblo, provoca especialmente descontento, irritación, exasperación e indignación de las masas el hecho de que todos ven la facilidad con que los ricos evaden las «cartillas de pan». Esta facilidad es especialmente grande. «Bajo cuerda» y por un precio especialmente alto, especialmente «mediante conexiones» (que solo tienen los ricos), obtienen de todo y en grandes cantidades. El pueblo pasa hambre. La regulación del consumo se limita a los marcos más estrechos, burocrático-reaccionarios. De parte del gobierno no hay ni sombra de intención, ni sombra de preocupación por situar esta regulación sobre bases verdaderamente revolucionario-democráticas.

De las colas sufren «todos», pero… ¡pero los ricos envían a la servidumbre a hacer cola e incluso contratan para ello sirvientes especiales! ¡Ahí tienen el «democratismo»!

Una política revolucionario-democrática en tiempos de las calamidades inauditas que vive el país, para luchar contra la catástrofe que se avecina, no se limitaría a las cartillas de pan, sino que les añadiría, en primer lugar, la unificación obligatoria de toda la población en sociedades de consumo, pues sin tal unificación el control sobre el consumo no puede realizarse plenamente; en segundo lugar, el servicio laboral obligatorio para los ricos, de modo que sirvieran gratuitamente a estas sociedades de consumo con trabajo de secretaría y otros similares; en tercer lugar, el reparto por igual entre la población de verdaderamente todos los productos de consumo, para que las cargas de la guerra se distribuyeran realmente de manera equitativa; en cuarto lugar, la organización de un control tal que el consumo de los ricos fuera controlado precisamente por las clases pobres de la población.

La creación de un democratismo efectivo en este terreno, la manifestación de un revolucionarismo auténtico en la organización del control precisamente por las clases más necesitadas del pueblo, sería el mayor impulso para la tensión de cada fuerza intelectual disponible, para el desarrollo de la energía realmente revolucionaria de todo el pueblo. Ahora, en cambio, los ministros de la Rusia republicana y revolucionario-democrática, exactamente igual que sus colegas en todos los demás países imperialistas, pronuncian palabras grandilocuentes sobre «el trabajo común en beneficio del pueblo», sobre «la tensión de todas las fuerzas», pero precisamente el pueblo ve, siente y palpa la hipocresía de estas palabras.

Resulta un estancamiento en el mismo lugar y un crecimiento incontenible de la descomposición, la aproximación de la catástrofe, porque a la manera de Kornílov, a la manera de Hindenburg, según el modelo imperialista general, nuestro gobierno no puede introducir una servidumbre penal militar para los obreros – las tradiciones, los recuerdos, las huellas, los hábitos y las instituciones de la revolución están aún demasiado vivos en el pueblo–; y dar pasos verdaderamente serios por el camino revolucionario-democrático nuestro gobierno no quiere, porque está completamente empapado y atado de arriba abajo por relaciones de dependencia de la burguesía, de «coalición» con ella, por el temor de tocar sus privilegios fácticos.