La resolución del Congreso condenando a nuestro partido, publicada hoy en los periódicos, será sin duda confrontada por todo obrero y soldado consciente con nuestra declaración partidaria ante el Congreso de los Soviets de toda Rusia, declaración leída el día 11 y publicada hoy en *Pravda*{118}.

Lo contradictorio de la posición de los líderes del Congreso se puso de manifiesto en su resolución y ha quedado al descubierto en nuestra declaración de manera particularmente clara.

«La base del éxito y la fuerza de la revolución rusa es la unidad de toda la democracia revolucionaria: los obreros, los soldados y el campesinado», reza el primer y más importante punto de la resolución del Congreso. Y, por supuesto, este punto sería indiscutiblemente acertado si por «unidad» se entendiera aquí la unidad de la lucha contra la contrarrevolución. Pero, ¿qué hacer si una parte de los «obreros, soldados y campesinado», a través de sus líderes, se bloquea, se une con la contrarrevolución? ¿Acaso no está claro que esa parte de la «democracia» de hecho deja de ser «revolucionaria»?

Probablemente los populistas (eseristas) y los mencheviques se indignarán ante la sola admisión por nuestra parte de la idea de que sea posible, de que sea concebible una «unión» de tal o cual parte de los «obreros, soldados y campesinado» con la contrarrevolución.

A quienes pretendieran, con una indignación de ese tipo, emborronar nuestros argumentos y silenciar la esencia del asunto, les responderemos con una simple remisión al punto 3 de esa misma resolución: «... crece la resistencia de las capas contrarrevolucionarias de las clases poseedoras». ¡Esta sí que es una consideración práctica! Esto sí que sería totalmente cierto si se dijera: la burguesía o los capitalistas y terratenientes (en lugar de «clases poseedoras», a las que también pertenece el sector acomodado de la pequeña burguesía).

Es indudable que la resistencia de la burguesía crece.

Pero, precisamente, ¡en manos de la burguesía se encuentra la mayoría del Gobierno Provisional, con el que están unidos —no solo en un sentido político general, sino también organizativamente, en una misma institución, en el ministerio— los líderes de los eseristas y mencheviques!

Ese es el quid de la posición contradictoria de los líderes del Soviet, esa es la fuente fundamental de la vacilación de toda su política: están en alianza con la burguesía a través del gobierno, están subordinados en el gobierno a la mayoría de ministros de la burguesía — ¡y al mismo tiempo se ven obligados a reconocer que «crece la resistencia de las capas contrarrevolucionarias de las clases poseedoras»!

Es evidente que, en tal estado de cosas, el partido del proletariado revolucionario puede reconocer la «unidad» de la aludida democracia «revolucionaria» (de palabra, pero no de hecho) solo «en la medida en que» lo sea. Estamos por la unidad con ella en la medida en que luche contra la contrarrevolución. No estamos por la unidad con ella en la medida en que se une con la contrarrevolución.

La vida ha puesto a la orden del día precisamente el problema de la «creciente resistencia» de la burguesía contrarrevolucionaria: eludir esta cuestión principal y de fondo con frases generales sobre la «unidad o la coordinación de acciones de la democracia revolucionaria», emborronando la unidad o coordinación de una parte de ella con la contrarrevolución, es ilógico, es insensato.

De ahí se desprende que, por razones de principio, caen por sí solas todas las disquisiciones en la resolución del Congreso sobre la condena de nuestra manifestación por ser «secreta», sobre la admisibilidad de las acciones y manifestaciones masivas solo con conocimiento o consentimiento de los Soviets. Estas disquisiciones no tienen significado alguno. El partido proletario no las reconocerá jamás, como ya se dijo en nuestra declaración al Congreso de toda Rusia. Porque toda manifestación, siempre que sea pacífica, no es más que agitación, y prohibir la agitación o imponer la unidad de la agitación es imposible.

Formalmente la resolución es aún más débil. Para prohibir o prescribir, hay que ser poder en el Estado. Lleguen a serlo, señores actuales líderes del Soviet —estamos a favor de ello, aunque sean nuestros adversarios—, y entonces tendrán derecho a prohibir o prescribir. Mientras no tengan el poder estatal general, mientras toleren sobre ustedes el poder de 10 ministros de la burguesía, están enredados en su propia debilidad e indecisión.

No se puede salir del paso con frases sobre una «voluntad claramente expresada», etc.: la voluntad, si es estatal, debe estar expresada como ley, establecida por el poder; de lo contrario, la palabra «voluntad» es una vacua vibración del aire, un sonido hueco. Y en cuanto ustedes, señores, pensaran en la ley, no podrían dejar de recordar que la constitución de las repúblicas libres no puede prohibir manifestaciones pacíficas ni acciones masivas de cualquier tipo de cualquier partido, de cualquier grupo.

La contradicción de la posición ha engendrado una completa extrañeza de las ideas revolucionarias —de las ideas sobre la lucha contra la contrarrevolución— con las ideas estatales (constitucionales), con las ideas jurídicas en general. Cuando los salvajes insultos contra nuestro partido cesaron, ¡no quedó nada, absolutamente nada!

Después de los salvajes insultos contra nuestra iniciativa de realizar la manifestación... la convocatoria de una manifestación... una semana más tarde.

*Pravda* núm. 81, 27 (14) de junio de 1917.

Se imprime según el texto del periódico *Pravda*.