La sindicación obligatoria es, por una parte, una especie de impulso por parte del Estado al desarrollo capitalista, que en todas partes y siempre conduce a la organización de la lucha de clases, al crecimiento del número, la diversidad y la importancia de las asociaciones. Y por otra parte, la «asociación» forzosa es una condición previa necesaria para todo control medianamente serio y para todo ahorro del trabajo del pueblo.

La ley alemana obliga, por ejemplo, a los fabricantes de curtidos de una localidad determinada o de todo el Estado a unirse en una asociación, y un representante del Estado entra en la junta directiva de tal asociación con fines de control. Una ley semejante no afecta de manera directa, es decir, por sí misma, en absoluto a las relaciones de propiedad, no quita ni una sola kopek a ningún propietario y no prejuzga aún si el control se ejercerá en formas, orientación y espíritu reaccionario-burocráticos o revolucionario-democráticos.

Tales leyes pueden y deben ser promulgadas entre nosotros inmediatamente, sin perder una sola semana del tiempo precioso, dejando que sea la propia situación social la que determine las formas más concretas de la aplicación de la ley, la rapidez de su ejecución, los métodos de supervisión de su cumplimiento, etc. Para ello, el Estado no necesita aquí ni un aparato especial, ni investigaciones especiales, ni estudios preliminares de ningún tipo para promulgar tal ley; solo se necesita la decisión de romper con ciertos intereses privados de los capitalistas, «no acostumbrados» a semejante intervención, que no quieren perder las superganancias aseguradas, junto con la falta de control, por la administración a la antigua usanza.

No se necesita aparato alguno ni «estadística» alguna (con la que Chernov quería sustituir la iniciativa revolucionaria del campesinado) para promulgar tal ley, pues su aplicación debe ser encomendada a los propios fabricantes o industriales, a las fuerzas sociales existentes, bajo el control también de las fuerzas sociales existentes (es decir, no gubernamentales, no burocráticas), solo que obligatoriamente de los llamados «estamentos inferiores», es decir, de las clases oprimidas y explotadas, que en la historia siempre han resultado ser inconmensurablemente superiores a los explotadores por su capacidad de heroísmo, de autosacrificio y de disciplina solidaria.

Supongamos que tuviéramos un gobierno realmente revolucionario-democrático y que este decretara: todos los fabricantes e industriales de cada rama de la producción, siempre que ocupen, digamos, no menos de dos obreros, están obligados a unirse inmediatamente en asociaciones de distrito y de provincia. La responsabilidad del cumplimiento inexorable de la ley recae, en primer lugar, sobre los fabricantes, directores, miembros de las juntas directivas, grandes accionistas (pues estos son los verdaderos dirigentes de la industria moderna, sus verdaderos amos). Serán considerados como desertores del servicio militar y castigados como tales por eludir el trabajo de aplicación inmediata de la ley, respondiendo con responsabilidad solidaria, todos por uno y uno por todos, con todos sus bienes. Luego, la responsabilidad recae también sobre todos los empleados, igualmente obligados a constituir una sola asociación, y sobre todos los obreros con su sindicato profesional. El objetivo de la «asociación» es el establecimiento de una rendición de cuentas completísima, rigurosísima y detalladísima y, principalmente, la unión de las operaciones de compra de materias primas, de venta de los productos y de ahorro de los medios y fuerzas del pueblo. Este ahorro, al unirse las empresas dispersas en un solo sindicato, alcanza proporciones gigantescas, como enseña la ciencia económica, como muestran los ejemplos de todos los sindicatos, cárteles y trusts. Además, es necesario repetir una vez más que, por sí misma, esta unión en un sindicato no modifica en un ápice las relaciones de propiedad, no quita ni una kopek a ningún propietario. Esta circunstancia hay que subrayarla insistentemente, pues la prensa burguesa «asusta» constantemente a los pequeños y medianos patronos diciendo que los socialistas en general, y los bolcheviques en particular, quieren «expropiarlos»: afirmación a sabiendas mendaz, ya que los socialistas, incluso en plena revolución socialista, no quieren, no pueden y no expropiarán a los pequeños campesinos. Y nosotros hablamos todo el tiempo solo de aquellas medidas más próximas e impostergables que ya se han aplicado en Europa Occidental y que cualquier democracia mínimamente consecuente debería aplicar de inmediato entre nosotros para luchar contra la catástrofe amenazante e inevitable.

Serias dificultades, tanto técnicas como culturales, encontraría la unión en asociaciones de los pequeños y pequeñísimos patronos, debido a la extrema dispersión de sus empresas, al primitivismo técnico, al analfabetismo o la falta de instrucción de los propietarios. Pero precisamente estas empresas podrían ser excluidas de la ley (como ya se ha señalado en nuestro ejemplo hipotético, más arriba), y su no unión, sin hablar ya del retraso de su unión, no podría crear un obstáculo serio, pues el papel del enorme número de pequeñas empresas es insignificante en la suma total de la producción, en su significado para la economía nacional en su conjunto, y además a menudo dependen de un modo u otro de las grandes empresas.

La importancia decisiva la tienen solo las grandes empresas, y aquí los medios y fuerzas técnicas y culturales para la «asociación» existen a la vista; solo falta una iniciativa firme, decidida y despiadadamente severa con respecto a los explotadores por parte del poder revolucionario para poner en marcha estas fuerzas y medios.

Cuanto más pobre es un país en fuerzas con formación técnica y en general en fuerzas intelectuales, tanto más impostergable es la necesidad de decretar lo más rápido y del modo más decidido la unión obligatoria, y comenzar su implantación por las empresas más grandes y grandes, pues precisamente la unión ahorrará fuerzas intelectuales, dará la posibilidad de utilizarlas plenamente y distribuirlas de manera más correcta. Si incluso el campesinado ruso, en sus rincones más remotos, bajo el gobierno zarista, trabajando contra mil obstáculos creados por este, supo después de 1905 dar un gigantesco paso adelante en la creación de todo tipo de asociaciones, es natural que la unión de la gran y mediana industria y del comercio podría ser llevada a cabo en unos meses, si no más rápido, bajo la condición de que un gobierno realmente revolucionario-democrático, apoyándose en la ayuda, la participación, el interés y los beneficios de los «de abajo», de la democracia, de los empleados, de los obreros —llamándolos al control—, ejerciera la coerción para ello.