Se produce un sabotaje generalizado, sistemático, constante de todo control, supervisión y registro, de todos los intentos del Estado por instaurarlo. Y se necesita una ingenuidad increíble para no comprender —y una hipocresía redoblada para fingir que no se comprende— de dónde proviene y con qué medios se lleva a cabo este sabotaje. Pues este sabotaje de los banqueros y los capitalistas, esta voladura por ellos de todo control, supervisión y registro, se adapta a las formas estatales de la república democrática, se adapta a la existencia de instituciones “revolucionario-democráticas”. Los señores capitalistas han asimilado magníficamente aquella verdad que todos los partidarios del socialismo científico reconocen de palabra, pero que los mencheviques y socialrevolucionarios se apresuraron a olvidar en cuanto sus amigos ocuparon los cargos de ministros, viceministros, etc. Esta verdad es precisamente que la esencia económica de la explotación capitalista no se ve afectada en lo más mínimo por la sustitución de las formas monárquicas de gobierno por las republicano-democráticas y que, en consecuencia, a la inversa: solo hace falta cambiar la forma de la lucha por la inviolabilidad y santidad de la ganancia capitalista para defenderla bajo la república democrática con el mismo éxito que se defendía bajo la monarquía autocrática.

El sabotaje moderno, novísimo, republicano-democrático de todo control, registro y supervisión consiste en que los capitalistas reconocen de palabra “ardorosamente” el “principio” del control y su necesidad (al igual que todos los mencheviques y socialrevolucionarios, por supuesto), pero solo insisten en la introducción “gradual”, planificada, “estatalmente ordenada” de este control. En realidad, con estas palabritas bienintencionadas se encubre la voladura del control, su reducción a la nada, a una ficción, un juego al control, dilaciones de toda medida práctica y seriamente efectiva, la creación de instituciones de control inusitadamente complejas, abigarradas, burocrático-muertas, que dependen por completo de los capitalistas y no hacen ni pueden hacer absolutamente nada.

Para no ser infundado, remitámonos a testigos de los mencheviques y socialrevolucionarios, es decir, precisamente aquellas personas que tuvieron la mayoría en los Soviets durante el primer semestre de la revolución, que participaron en el “gobierno de coalición” y que son, por tanto, políticamente responsables ante los obreros y campesinos rusos de su connivencia con los capitalistas, de la voladura por estos de todo control.

En el órgano oficial de la más alta de las llamadas instituciones “plenipotenciarias” (¡no es broma!) de la democracia “revolucionaria”, en las “Izvestia del CEC” (es decir, del Comité Ejecutivo Central del Congreso Panruso de los Soviets de Diputados Obreros, Soldados y Campesinos), en el n.º 164 del 7 de septiembre de 1917, se publicó una resolución del organismo especial creado por esos mismos mencheviques y socialrevolucionarios y que se halla en sus manos sobre cuestiones de control. Este organismo especial es la “Sección Económica” del Comité Ejecutivo Central. Su resolución reconoce oficialmente como un hecho la “total inactividad de los órganos centrales de regulación de la vida económica creados junto al gobierno”.

¿Verdad que no cabe imaginar un testimonio más elocuente del fracaso de la política menchevique y socialrevolucionaria, firmado por las manos de los propios mencheviques y socialrevolucionarios?

Ya en tiempos del zarismo se reconoció la necesidad de regular la vida económica y se crearon algunos organismos para ello. Pero bajo el zarismo la ruina crecía y crecía, alcanzando proporciones monstruosas. La tarea del gobierno republicano y revolucionario reconocida fue la adopción inmediata de medidas serias y decisivas para eliminar la ruina. Cuando se formó el gobierno “de coalición” con participación de los mencheviques y socialrevolucionarios, en su solemnísima declaración a toda la nación del 6 de mayo se hizo la promesa y se asumió la obligación de instaurar el control estatal y la regulación. Y Tsereteli y los Chernov, así como todos los líderes mencheviques y socialrevolucionarios, juraban y perjuraban que no solo eran responsables ante el gobierno, sino que los “órganos plenipotenciarios de la democracia revolucionaria” que estaban en sus manos vigilaban de hecho la labor del gobierno y la fiscalizaban.

Han pasado cuatro meses desde el 6 de mayo, cuatro largos meses en los que Rusia ha sepultado a cientos de miles de soldados en una absurda “ofensiva” imperialista, en los que la ruina y la catástrofe avanzaban a pasos agigantados, en los que el verano ofrecía una posibilidad excepcional de hacer mucho en lo relativo al transporte fluvial, a la agricultura, a las prospecciones mineras, etc., etc., —y al cabo de cuatro meses los mencheviques y socialrevolucionarios se ven forzados a reconocer oficialmente ¡la “total inactividad” de los órganos de control creados junto al gobierno!

¡Y estos mencheviques y socialrevolucionarios, con el serio semblante de hombres de Estado, parlotean ahora (escribimos estas líneas justo en vísperas de la Conferencia Democrática del 12 de septiembre{76}) acerca de que se puede ayudar a la causa sustituyendo la coalición con los kadetes por una coalición con los comerciantes e industriales Kit-Kítychi, Riabushinski, Búblikov, Teréshchenko y Cía.!

Cabe preguntarse: ¿cómo explicar esta asombrosa ceguera de los mencheviques y socialrevolucionarios? ¿Hay que considerarlos criaturas de Estado que, por suma insensatez e ingenuidad, no saben lo que hacen y se engañan de buena fe? ¿O acaso la abundancia de cargos ocupados de ministros, viceministros, gobernadores generales, comisarios y similares tiene la propiedad de engendrar una especial ceguera “política”?