I.

«…respecto a Grecia, no hay diferencia alguna en esencia entre los gobiernos aliados».

Sí, esto está claro, y no es en absoluto «ética», como piensan los eseristas, sino la más pura política. Un ataque de bandidaje: he ahí en lo que participáis, ciudadanos eseristas, ciudadanos mencheviques, con vuestra participación en el gobierno. El ataque de bandidaje es un hecho; la «presión de la diplomacia aliada» —de toda la aliada, y por tanto también de la rusa— se ejercía, evidentemente, también después de la entrada en el ministerio de Chernov y Tsereteli y Cía.

¿Y las plataformas de «paz sin anexiones»? ¿Y las «exigencias» de la «democracia revolucionaria» al nuevo gobierno? ¿Y las declaraciones? ¿Acaso no está aún claro que todas esas plataformas, declaraciones, promesas, manifestaciones, juramentos, promesas juradas y demás — son pura burla del pueblo?

¡De vosotros mismos os reís, señores eseristas y mencheviques! ¡De vuestra propia política de confianza en los capitalistas y en el gobierno de los capitalistas! ¡De vuestro propio papel de elocuentes, grandilocuentes servidores del capitalismo y del imperialismo, investidos con el título ministerial!

II.

LA ALIANZA PARA DETENER LA REVOLUCIÓN.

[19 (6) de junio de 1917]

No todo el mundo comprende que el nuevo gobierno de coalición es precisamente este tipo de alianza de los capitalistas con los dirigentes de los populistas y mencheviques. Es posible que los propios ministros pertenecientes a estos últimos partidos no lo comprendan. Y sin embargo, es un hecho.

Este hecho se reveló con especial claridad el domingo 4 de junio, cuando por la mañana aparecieron en la prensa los informes sobre los discursos de Miliukov y Maklakov en la reunión de los contrarrevolucionarios de la tercera Duma (la llamada, por tradición de Nicolás Románov y Stolypin el Verdugo, «Duma de Estado»), y por la tarde, en el Congreso Panruso de los Soviets de Diputados Soldados y Obreros, los ministros Tsereteli y otros pronunciaban sus discursos en defensa del gobierno, en defensa de la política de ofensiva.

Miliukov y Maklakov, como todos los dirigentes de los capitalistas y de la contrarrevolución que algo valen, son hombres de acción, que comprenden magníficamente el sentido de la lucha de clases, cuando se trata de su propia clase. Por eso plantearon la cuestión de la ofensiva con toda claridad, sin perder ni un minuto en la vacua charla sobre la ofensiva desde el punto de vista estratégico, charla con la que Tsereteli se engañaba a sí mismo y a los demás.

No, los kadetes saben dónde aprieta el zapato. Saben que la cuestión de la ofensiva no es en absoluto planteada por la vida actualmente como cuestión estratégica, sino como cuestión política, como cuestión del viraje de toda la revolución rusa. Precisamente como cuestión política la plantearon los kadetes y la «Duma de Estado», tal como la habían planteado ya el sábado por la noche, en su declaración escrita al presidium del congreso de los soviets, los bolcheviques y los internacionalistas en general.

«El destino de Rusia está en sus manos —proclamó el conocido partidario de Stolypin el Verdugo, Maklakov— y este destino se decidirá muy pronto» (¡cierto! ¡cierto!). «Si realmente logramos avanzar y llevar la guerra no solo con resoluciones, no solo con discursos en mítines y banderas paseadas por la ciudad, sino llevar la guerra tan en serio como la llevábamos antes» (¡escuchad! ¡escuchad! son las palabras históricas del dirigente de los capitalistas: «¡como la llevábamos antes!»), «entonces llegará rápidamente el completo saneamiento de Rusia».

Son palabras notables que hay que aprender de memoria y meditar muchas veces. Son notables porque dicen la verdad de clase. La repitió, de forma ligeramente distinta, también Miliukov, quien reprochó al Soviet de Petrogrado: «¿por qué en su declaración no se dice nada sobre la ofensiva?», y subrayó que los imperialistas italianos plantearon «una modesta» (¡ironía del señor Miliukov!) «pregunta: ¿van a atacar o no? Y a esta pregunta tampoco recibieron» (del Soviet de Petrogrado) «una respuesta concreta». Maklakov expresó con ello «su profundo respeto» hacia Kerenski, y Miliukov lo explicó: «Temo mucho —dijo Miliukov— que lo que ha organizado nuestro» (¡cierto! nuestro, es decir, ¡en manos de los capitalistas!) «ministro de la guerra, sea otra vez desorganizado desde aquí, y que hayamos dejado pasar el último momento en que, a la pregunta de nuestros aliados de si atacamos o no, todavía podemos» (¡nótese ese «todavía»!) «dar una respuesta satisfactoria tanto para nosotros como para ellos». «Tanto para nosotros como para ellos»: ¡tanto para los imperialistas rusos como para los anglo-franceses y demás! La ofensiva «todavía puede» «satisfacerlos», es decir, ayudar a terminar de estrangular a Persia, Albania, Grecia, Mesopotamia, a conservar todo el botín saqueado a los alemanes y arrebatar el botín saqueado por los bandidos alemanes. He ahí la esencia. He ahí la verdad de clase sobre el significado político de la ofensiva. Satisfacer los apetitos de los imperialistas de Rusia, Inglaterra, etc., prolongar la guerra imperialista, de conquista, seguir el camino no de la paz sin anexiones (ese camino solo es posible con la continuación de la revolución), sino de la guerra en aras de las anexiones. Tal es la esencia de la ofensiva desde el punto de vista de la política exterior. Y Maklakov, en la frase histórica arriba citada, definió esa esencia desde el punto de vista de la política interior. «El completo saneamiento de Rusia» en boca de Maklakov significa la victoria completa de la contrarrevolución. Quien no haya olvidado los magníficos discursos de Maklakov en la época de 1905 y de 1907-1913, habrá recibido de casi todos sus discursos la confirmación de esta valoración.

Llevar la guerra «como la llevábamos antes», ¡«nosotros», es decir, los capitalistas con el zar a la cabeza! Llevar esta guerra de los imperialistas significa «sanear a Rusia», es decir, asegurar la victoria de los capitalistas y terratenientes. Esta es la verdad de clase.

La ofensiva, cualesquiera que sean sus posibles resultados desde el punto de vista militar, significa políticamente el fortalecimiento del espíritu del imperialismo, de los estados de ánimo imperialistas, del entusiasmo por el imperialismo, el fortalecimiento del viejo estado mayor del ejército, no renovado («llevar la guerra como la llevábamos antes»), el fortalecimiento de las posiciones fundamentales de la contrarrevolución.

Con total independencia de que lo deseen o no, de que lo comprendan o no, Tsereteli y Kerenski, Skóbelev y Chernov —no como personas, sino como dirigentes de los partidos populistas y mencheviques— han apoyado a la contrarrevolución, se han pasado —en este momento decisivo— a su lado, han tomado posición dentro de la alianza para detener la revolución y continuar la guerra «como la llevábamos antes».

No hay que engañarse al respecto.

III.

LA POLÍTICA EXTERIOR DE LA REVOLUCIÓN RUSA.

27 (14) de junio de 1917

No hay idea más errónea y más nociva que la de separar la política exterior de la interior. Precisamente durante la guerra, la monstruosa falsedad de tal separación se vuelve aún más monstruosa. Y por parte de la burguesía se hace todo lo posible y lo imposible para inculcar y sostener esta idea. El desconocimiento de las masas de la población sobre la política exterior es inconmensurablemente más extendido que la ignorancia en el terreno de la interior. El «secreto» de las relaciones diplomáticas se observa sagradamente en los países capitalistas más libres, en las repúblicas más democráticas. El engaño de las masas populares está artísticamente elaborado en relación con los «asuntos» de política exterior, y a nuestra revolución le está costando muy caro este engaño. Millones de ejemplares de periódicos burgueses esparcen por doquier el veneno del engaño.

Con uno u otro de los dos grupos gigantescamente ricos y gigantescamente fuertes de depredadores imperialistas: así plantea la cuestión fundamental de la política exterior contemporánea la realidad capitalista. Así plantea esta cuestión la clase de los capitalistas. Así plantea la cuestión, como es natural, también la amplia masa pequeñoburguesa, que conserva los viejos puntos de vista y prejuicios capitalistas.

Para aquel cuyo pensamiento no rebasa los límites de las relaciones capitalistas, es incomprensible que la clase obrera, si es consciente, no pueda estar ni por uno ni por otro grupo de depredadores imperialistas. Por el contrario, para el obrero son incomprensibles las acusaciones de inclinación a una paz por separado con los alemanes, o de servir de hecho a tal paz, dirigidas contra los socialistas que han permanecido fieles a la unión fraternal de los obreros de todos los países contra los capitalistas de todos los países. En ningún caso tales socialistas (y, por consiguiente, también los bolcheviques entre ellos) pueden aceptar ninguna paz por separado entre los capitalistas. Ni paz por separado con los capitalistas alemanes, ni alianza con los capitalistas anglo-franceses: he ahí la base de la política exterior del proletariado consciente.

Al sublevarse contra este programa, al temer la ruptura con «Inglaterra y Francia», nuestros mencheviques y eseristas llevan a la práctica el programa capitalista de política exterior, saliendo del paso adornando dicho programa con las flores de una elocuencia inocente, como la «revisión de los tratados», las declaraciones en favor de la «paz sin anexiones», etc. Todos estos buenos deseos están condenados a quedarse en palabras vacías, porque la realidad capitalista pone la cuestión a las claras: o se subordinan a los imperialistas de uno de los grupos, o emprenden la lucha revolucionaria contra todo imperialismo.