Precisamente aquí está la clave de todo control. Precisamente aquí está el punto más sensible del capital, que esquilma al pueblo y sabotea la producción. Precisamente por eso los eseristas y mencheviques temen tocar este punto.

El argumento habitual de los capitalistas, repetido sin reflexión por la pequeña burguesía, consiste en que la economía capitalista no admite en absoluto la abolición del secreto comercial, ya que la propiedad privada sobre los medios de producción y la dependencia de las distintas unidades económicas respecto al mercado hacen necesaria la "sagrada inviolabilidad" de los libros de comercio y de las transacciones comerciales, incluyendo, por supuesto, las bancarias.

Quienes repiten de una forma u otra este argumento u otros similares se dejan engañar y engañan ellos mismos al pueblo, cerrando los ojos ante dos hechos fundamentales, importantísimos y de sobra conocidos de la vida económica moderna. Primer hecho: el gran capitalismo, es decir, las características de la economía de los bancos, sindicatos, grandes fábricas, etc. Segundo hecho: la guerra.

Precisamente el gran capitalismo moderno, que se está convirtiendo por doquier en capitalismo monopolista, elimina toda sombra de razonabilidad del secreto comercial, lo convierte en hipocresía y exclusivamente en un instrumento para ocultar los fraudes financieros y las increíbles ganancias del gran capital. La gran economía capitalista, por su propia naturaleza técnica, es una economía socializada, es decir, trabaja para millones de personas y une con sus operaciones, directa e indirectamente, a cientos, miles y decenas de miles de familias. ¡No se parece en nada a la economía del pequeño artesano o del campesino medio, que no llevan ningún libro de comercio y a quienes, por tanto, la abolición del secreto comercial no afecta!

En la gran empresa, las operaciones son conocidas de todas formas por cientos y más personas. La ley que protege el secreto comercial no sirve aquí a las necesidades de la producción o del intercambio, sino a la especulación y al lucro en su forma más descarada, al fraude directo que, como se sabe, adquiere una difusión especial en las sociedades anónimas y se disfraza con particular habilidad mediante informes y balances combinados de manera que engañen al público.

Si el secreto comercial es inevitable en la pequeña producción mercantil, es decir, entre los pequeños campesinos y artesanos, donde la producción misma no está socializada, está dispersa, fragmentada, en la gran economía capitalista, la protección de este secreto es la protección de los privilegios y ganancias de literalmente un puñado de personas frente a todo el pueblo. Esto ya está reconocido por la ley en la medida en que se ha introducido la publicación de los informes de las sociedades anónimas, pero este control –ya aplicado en todos los países avanzados, y también en Rusia– es precisamente un control reaccionario-burocrático, que no abre los ojos al pueblo, que no permite conocer toda la verdad sobre las operaciones de las sociedades anónimas.

Para actuar de manera revolucionario-democrática, habría que promulgar de inmediato otra ley: que aboliera el secreto comercial, que exigiera de las grandes empresas y de los ricos los informes más completos, que otorgara a cualquier grupo de ciudadanos que alcance una cifra democrática sólida (digamos, 1.000 o 10.000 electores) el derecho a examinar todos los documentos de cualquier gran empresa. Tal medida es plena y fácilmente realizable mediante un simple decreto; solo ella desplegaría la iniciativa popular de control a través de los sindicatos de empleados, a través de los sindicatos obreros, a través de todos los partidos políticos; solo ella haría el control serio y democrático.

Añádase a esto la guerra. La inmensa mayoría de las empresas comerciales e industriales trabaja ahora no para el "mercado libre", sino para el erario, para la guerra. Ya dije por eso en Pravda que quienes nos objetan con argumentos sobre la imposibilidad de instaurar el socialismo mienten, y mienten tres veces, pues no se trata de instaurar el socialismo ahora, de inmediato, de hoy a mañana, sino de desenmascarar el robo al erario[9].

La economía capitalista "para la guerra" (es decir, la economía vinculada directa o indirectamente con los suministros militares) es un robo al erario sistemático y legalizado, y los señores kadetes, junto con los mencheviques y eseristas que se oponen a la abolición del secreto comercial, no son más que cómplices y encubridores del robo al erario.

La guerra le cuesta ahora a Rusia 50 millones de rublos al día. Estos 50 millones diarios van a parar en su mayor parte a los proveedores militares. De estos 50 millones, por lo menos 5 millones diarios, y más probablemente 10 millones o más, constituyen los "ingresos sin pecado" de los capitalistas y de los funcionarios que están en contubernio con ellos. Las empresas y bancos especialmente grandes, que prestan dinero para las operaciones de suministros militares, obtienen aquí ganancias inauditas, se enriquecen precisamente mediante el robo al erario, pues no se puede llamar de otra manera a este engaño y despojo del pueblo "con motivo" de las calamidades de la guerra, "con motivo" de la muerte de cientos de miles y millones de personas.

Sobre estas escandalosas ganancias en los suministros, sobre las "cartas de garantía" ocultadas por los bancos, sobre quién se enriquece con la creciente carestía, "todos" lo saben, se habla de ello con sonrisitas en la "sociedad", hay no pocos datos precisos y concretos al respecto incluso en la prensa burguesa, que por regla general silencia los hechos "desagradables" y elude las cuestiones "delicadas". Todos lo saben, y todos callan, todos lo toleran, todos se resignan al gobierno, que habla elocuentemente de "control" y "regulación"!!

Los demócratas revolucionarios, si fueran realmente revolucionarios y demócratas, promulgarían de inmediato una ley que aboliera el secreto comercial, que obligara a rendir cuentas a los proveedores y comerciantes, que les prohibiera abandonar su actividad sin permiso de la autoridad, que introdujera la confiscación de bienes y el fusilamiento[10] por la ocultación y el engaño al pueblo, que organizara la verificación y el control desde abajo, democráticamente, por parte del propio pueblo, de los sindicatos de empleados, obreros, consumidores, etc.

Nuestros eseristas y mencheviques merecen plenamente el nombre de demócratas amedrentados, pues en esta cuestión repiten lo que dicen todos los pequeñoburgueses amedrentados, a saber: que los capitalistas "huirán" si se aplican medidas "demasiado severas", que sin los capitalistas "nosotros" no podremos arreglárnoslas, que "quizás se ofendan" también los millonarios anglo-franceses, que después de todo nos "apoyan", y cosas por el estilo. Cualquiera diría que los bolcheviques proponen algo nunca visto en la historia de la humanidad, jamás ensayado, "utópico", cuando en realidad ya hace 125 años, en Francia, hubo hombres que eran verdaderamente "demócratas revolucionarios", verdaderamente convencidos del carácter justo y defensivo de la guerra por su parte, que se apoyaban realmente en las masas populares, sinceramente convencidas de lo mismo; estos hombres supieron establecer un control revolucionario sobre los ricos y alcanzar resultados ante los cuales se inclinaba el mundo entero. Y en los últimos 125 años, el desarrollo del capitalismo, al crear bancos, sindicatos, ferrocarriles y demás, ha facilitado y simplificado cien veces las medidas de control verdaderamente democrático por parte de los obreros y campesinos sobre los explotadores, los terratenientes y los capitalistas.

En esencia, toda la cuestión del control se reduce a quién controla a quién, es decir, qué clase es la controladora y qué clase es la controlada. Entre nosotros, hasta ahora, en la Rusia republicana, con la participación de los "órganos competentes" de la supuesta democracia revolucionaria, se reconoce y se mantiene como controladores a los terratenientes y capitalistas. El resultado inevitable es el saqueo de los capitalistas que provoca la indignación general del pueblo, y la desorganización que los capitalistas mantienen artificialmente. Hay que pasar de manera resuelta, irrevocable, sin temer romper con lo viejo, sin temer construir audazmente lo nuevo, al control de los terratenientes y capitalistas por parte de los obreros y campesinos. Y esto es lo que nuestros eseristas y mencheviques temen más que al fuego.