Los enfurecidos, los rabiosos, los iracundos, rechinando los dientes e inundando a nuestro partido de un continuo aguacero de injurias y palabrotas pogromistas, no nos acusan de nada directamente, sino que «insinúan».

¿Insinúan qué?

Solo una cosa se puede insinuar: que los bolcheviques querían dar un golpe de Estado, que son unos Catilinas, y por eso son monstruos y engendros merecedores del linchamiento.

Nuestros enemigos no se atreven a decir abiertamente esta estupidez, y por eso se ven obligados a «insinuar» y a enfurecerse con «verbalismo». Pues esta acusación es estúpida en extremo: ¡un golpe de Estado por medio de una manifestación pacífica, decidida el jueves y convocada para el sábado, publicándose el anuncio el sábado por la mañana! Vamos, señores, ¿a quién piensan sorprender otorgándonos el favor de sus insinuantes necedades?

«La exigencia del derrocamiento del Gobierno Provisional», dice la resolución del congreso de los Soviets. Expulsar a una parte de los ministros del Gobierno Provisional (una de las consignas en los estandartes previstos rezaba: ¡abajo los miembros burgueses del gobierno!) ¿es un golpe de Estado?

Entonces, ¿por qué nadie ha intentado, e incluso nadie ha amenazado con procesar judicialmente, el estandarte de «todo el poder para el Soviet», que ha salido incontables veces a las calles de Piter?

Los enfurecidos se asustaron de sí mismos.

Un gobierno que sabe que toda su composición se apoya en la voluntad de la mayoría del pueblo no puede temer las manifestaciones anunciadas de antemano.

No las prohibirá.

Solo quien sabe que no tiene la mayoría, que no cuenta con el consentimiento popular de las masas, es capaz de enfurecerse de manera tan salvaje, de lanzar tales insinuaciones en artículos rabiosos.

«Pravda» n.º 79, 24 (11) de junio de 1917.

Se publica según el texto del periódico «Pravda».