La revolución rusa en la primera etapa de su desarrollo entregó el poder a la burguesía imperialista y creó, junto a este poder, los Soviets de diputados, en los que la mayoría pertenecía a la democracia pequeñoburguesa. La segunda etapa de la revolución (6 de mayo) apartó formalmente del poder a los cínicamente francos representantes del imperialismo Miliukov y Guchkov, y convirtió de hecho a los partidos mayoritarios en los Soviets en partidos gubernamentales. Nuestro partido permaneció, tanto antes como después del 6 de mayo, en la situación de minoría opositora. Esto era inevitable, pues somos el partido del proletariado socialista, que se sitúa en el terreno del internacionalismo. El proletariado socialista que mantiene una posición internacionalista durante la guerra imperialista no puede dejar de estar en la oposición a todo poder que sostenga esta guerra, ya sea un poder monárquico, republicano o el poder de los “socialistas” defensistas. Y el partido del proletariado socialista inevitablemente agrupará en torno a sí a masas cada vez mayores de la población, arruinada por la guerra que se prolonga y que deja de confiar en los “socialistas” atados al servicio del imperialismo, del mismo modo que antes dejó de confiar en los imperialistas de pura cepa. La lucha contra nuestro partido comenzó, por eso, desde los primeros días de la revolución. Y por muy viles y repugnantes formas que adopte la lucha de los señores kadetes y plejanovistas contra el partido del proletariado, su esencia es clara. Es la misma lucha que los imperialistas y los scheidemannianos libraron contra Liebknecht y F. Adler (a ambos, por cierto, los declararon “locos” en el órgano central de los “socialistas” alemanes, sin hablar ya de la prensa burguesa, que tachaba a estos camaradas simplemente de “traidores” que trabajaban para Inglaterra). Es la lucha de toda la sociedad burguesa, incluida aquí también la democracia pequeñoburguesa, por muy r-r-revolucionaria que sea, contra el proletariado socialista e internacionalista.

En Rusia, esta lucha ha llegado a la fase en que los imperialistas intentan –por mano de los líderes de la democracia pequeñoburguesa, los Tsereteli, los Chernov, etc.– acabar de un golpe brusco y decisivo con la fuerza creciente del partido proletario. Y, como pretexto para este golpe decisivo, el ministro Tsereteli ha encontrado un método ya repetidamente utilizado por las contrarrevoluciones: la acusación de conspiración. Esta acusación es solo un pretexto. La esencia del asunto reside en la necesidad, para la democracia pequeñoburguesa, que marcha a remolque de los imperialistas rusos y aliados, de terminar de una vez por todas con los socialistas internacionalistas. Consideran maduro el momento para el golpe. Azorados, atemorizados, bajo el látigo de sus amos, se han decidido: ahora o nunca.

El proletariado socialista y nuestro partido deben conservar toda su sangre fría, mostrar la máxima firmeza y vigilancia: que los futuros Cavaignacs empiecen primero. Y sobre su llegada ya advirtió nuestro partido en su conferencia. El proletariado de Petrogrado no les dará la posibilidad de eludir su responsabilidad. Sabrá esperar, acumulando sus fuerzas y preparándose para la resistencia, cuando estos señores se decidan a pasar de las palabras a los hechos.

«Pravda» núm. 80, 26 (13) de junio de 1917.

Se imprime según el texto del periódico «Pravda»