«Dien» no ha comprendido en absoluto este editorial, en el que precisamente un historiador apareció junto a un burgués enfurecido contrarrevolucionario. «Dien» extrae del editorial «la firme intención determinada de los cadetes de salir del gobierno de coalición».

Eso son tonterías. Los cadetes amenazan para intimidar a Tsereteli y los Chernov. Esto no es serio.

Lo serio e interesante es cómo, desde el punto de vista de un historiador, el editorialista de «Rech» planteó el 18 de junio la cuestión del poder.

«Si — escribió — con la composición anterior del gobierno era posible al menos cierta dirección del curso de la revolución rusa, ahora, al parecer, está condenada a desarrollarse según las leyes espontáneas de todas las revoluciones... La cuestión de la inconveniencia de la existencia ulterior de una combinación gubernamental que no se ha justificado se plantea ya no solo por los bolcheviques» (¡nótese: no solo por los bolcheviques!)... «y no solo por la mayoría del Soviet... La cuestión debe ser planteada también por los propios ministros capitalistas».

Es un reconocimiento correcto del historiador de que no solo los bolcheviques, sino toda la correlación de clases, toda la vida de la sociedad ha puesto en el orden del día la cuestión de «la inconveniencia de la existencia ulterior de una combinación gubernamental que no se ha justificado». Las vacilaciones: tal es la realidad. La ofensiva: una posible salida hacia la victoria de la burguesía imperialista. ¿Otra salida posible?

El historiador en «Rech» responde a esta última pregunta:

«Tomando 'todo el poder', los Soviets pronto se convencerán de que tienen muy poco poder. Y deberán compensar la falta de poder con procedimientos jóvenes turcos o jacobinos probados en la historia... ¿Querrán, planteando de nuevo toda la cuestión, descender al jacobinismo y al terror, o intentarán lavarse las manos? He aquí la cuestión actual que debe resolverse en los próximos días».

El historiador tiene razón. En los próximos días o no, pero pronto debe resolverse precisamente esta cuestión. O la ofensiva, el viraje hacia la contrarrevolución, el éxito (¿por mucho tiempo?) de la causa de la burguesía imperialista, el «lavarse las manos» de Chernov y Tsereteli.

O bien: el «jacobinismo». Los historiadores de la burguesía ven en el jacobinismo una caída («descender»). Los historiadores del proletariado ven en el jacobinismo uno de los más altos ascensos de la clase oprimida en la lucha por la liberación. Los jacobinos dieron a Francia los mejores ejemplos de revolución democrática y de rechazo a la coalición de monarcas contra la república. La victoria completa no estaba destinada a ser conquistada por los jacobinos, principalmente porque la Francia del siglo XVIII estaba rodeada en el continente por países demasiado atrasados y porque en la propia Francia no existían las bases materiales para el socialismo, no había bancos, sindicatos de capitalistas, industria maquinizada, ferrocarriles.

El «jacobinismo» en Europa o en la frontera de Europa y Asia en el siglo XX sería la dominación de la clase revolucionaria, el proletariado, que, apoyado por el campesinado más pobre y basándose en la existencia de bases materiales para el movimiento hacia el socialismo, podría no solo ofrecer todo lo grande, inerradicable, inolvidable que dieron los jacobinos del siglo XVIII, sino también conducir, a escala mundial, a la victoria duradera de los trabajadores.

A la burguesía le es propio odiar el jacobinismo. A la pequeña burguesía le es propio temerlo. Los obreros conscientes y los trabajadores creen en el paso del poder a la clase revolucionaria, oprimida, pues en esto consiste la esencia del jacobinismo, la única salida de la crisis, la liberación de la ruina y de la guerra.

«Pravda» n.° 90, 7 de julio (24 de junio) de 1917.

Se publica según el texto del periódico «Pravda».