La ofensiva es la reanudación de la guerra imperialista. Nada esencial ha cambiado en la relación mutua de las dos gigantescas alianzas de capitalistas que guerrean entre sí. Rusia, incluso después de la revolución del 27 de febrero, siguió bajo el dominio omnipotente de los capitalistas, ligados por la alianza y los anteriores tratados secretos zaristas con el capital imperialista anglo-francés. Tanto la economía como la política de la guerra que continúa son las mismas de antes: el mismo capital bancario imperialista domina en la vida económica; los mismos tratados secretos, la misma política exterior de alianzas de un grupo de imperialistas contra otro grupo de imperialistas.

Las frases de los mencheviques y eseristas fueron y siguen siendo frases, que en la práctica solo embellecen azucaradamente la reanudación de la guerra imperialista, la cual, con toda naturalidad, encuentra un aullido entusiasta de aprobación entre todos los contrarrevolucionarios, toda la burguesía y Plejánov, «que se apresura como un gallito tras la prensa burguesa», según se expresa el «Rabóchaya Gazeta» menchevique, apresurándose ella misma como un gallito tras toda la jauría de socialchovinistas.

Solo que no hay que olvidar los rasgos distintivos singulares de esta, la actual, reanudación de la guerra imperialista. La reanudación comenzó tras tres meses de vacilaciones, cuando las masas obreras y campesinas condenaban miles de veces la guerra de conquista (al mismo tiempo que, en la práctica, seguían apoyando al gobierno de la burguesía conquistadora y rapaz en Rusia). Las masas vacilaban, como si se dispusieran a cumplir en su propia casa aquel consejo que en la proclama a los pueblos del mundo entero del 14 de marzo se daba a los pueblos extranjeros: «negaos a servir de instrumento de conquista y violencia en manos de los banqueros». Mientras que en casa, en la Rusia «revolucionario-democrática», las masas en la práctica siguieron siendo precisamente un instrumento de conquista y violencia «en manos de los banqueros».

La singularidad de tal situación consiste en que ha sido creada, bajo una libertad comparativamente muy grande de organización de las masas, por los partidos eseristas y mencheviques. Precisamente estos partidos han conquistado la mayoría en este momento: el Congreso Panruso de los Soviets y el Consejo Campesino Panruso lo han demostrado de manera indiscutible.

Precisamente estos partidos son ahora responsables de la política de Rusia.

Precisamente estos partidos son responsables de la reanudación de la guerra imperialista, de los nuevos centenares de miles de víctimas, sacrificadas de hecho para el «vencimiento» de unos capitalistas por otros capitalistas, de la nueva agudización de la ruina, que se deriva inevitablemente de la ofensiva.

Hemos tenido ante nosotros, en su forma más pura, el autoengaño de las masas pequeñoburguesas y su engaño por la burguesía con ayuda de los eseristas y mencheviques. De palabra, ambos partidos son la «democracia revolucionaria». En la práctica, ellos, precisamente ellos, han entregado el destino del pueblo a la burguesía contrarrevolucionaria, a los kadetes; precisamente ellos se han apartado de la revolución hacia la continuación de la guerra imperialista, se han apartado de la democracia hacia las «concesiones» a los kadetes tanto en la cuestión del poder (tómese al menos la «confirmación» desde arriba de las autoridades elegidas por la población local) como en la cuestión de la tierra (la renuncia tanto de mencheviques como de eseristas a su propio programa: el apoyo a las acciones revolucionarias del campesinado hasta la confiscación de las tierras terratenientes), y en la cuestión nacional (la defensa del antidemocratismo kadete respecto a Ucrania y Finlandia).

Las masas pequeñoburguesas no pueden dejar de vacilar entre la burguesía y el proletariado. Así ocurrió en todos los países, particularmente en los años 1789-1871. Así están las cosas también en Rusia. Los mencheviques y eseristas han conducido a las masas a la subordinación a la política de los burgueses contrarrevolucionarios.

Esta es la esencia de la situación. Este es el significado de la ofensiva. Esta es la singularidad: no la violencia, sino la confianza en los eseristas y mencheviques ha desviado al pueblo del camino.

¿Por mucho tiempo?

No por mucho. Las masas aprenderán por su propia experiencia. La triste experiencia de la nueva (ahora iniciada) etapa de la guerra, de la nueva ruina agudizada por la ofensiva, conducirá inevitablemente al desastre político de los partidos eseristas y mencheviques. La tarea del partido proletario es, en primer término, ayudar a las masas a tomar conciencia y valorar correctamente esta experiencia, a prepararse correctamente para este gran desastre, que mostrará a las masas a su verdadero guía: el proletariado urbano organizado.

«Pravda» núm. 88, 5 de julio (22 de junio) de 1917.

Se imprime según el texto del periódico «Pravda»