Debemos repetir que somos marxistas y tomamos como base el *Manifiesto Comunista*, desfigurado y traicionado por la socialdemocracia en dos puntos principales: 1) los obreros no tienen patria: «la defensa de la patria» en la guerra imperialista es una traición al socialismo; 2) la doctrina del marxismo sobre el Estado ha sido desfigurada por la II Internacional.

El nombre «socialdemocracia» es científicamente falso, como lo mostró Marx reiteradamente, entre otros textos, en la *Crítica del Programa de Gotha* de 1875, y Engels lo repitió de forma más popular en 1894{107}. Del capitalismo la humanidad puede pasar directamente solo al socialismo, es decir, a la posesión común de los medios de producción y a la distribución de los productos según el trabajo de cada cual. Nuestro partido mira más lejos: el socialismo debe, inevitablemente, transformarse de manera gradual en comunismo, en cuya bandera figura: «de cada cual según su capacidad, a cada cual según sus necesidades».

Este es mi primer argumento.

Segundo: la segunda parte del nombre de nuestro partido (socialdemócratas) es también científicamente incorrecta. La democracia es una de las formas de Estado. Mientras que nosotros, los marxistas, somos adversarios de todo Estado.

Los líderes de la II Internacional (1889–1914), el señor Plejánov, Kautsky y otros como ellos, vulgarizaron y desfiguraron el marxismo.

El marxismo se diferencia del anarquismo en que reconoce la necesidad del Estado para la transición al socialismo, – pero (y en esto consiste su diferencia con Kautsky y Cía.) no de un Estado como la república democrática burguesa parlamentaria habitual, sino de un Estado como la Comuna de París de 1871, como los Soviets de diputados obreros de 1905 y 1917.

Mi tercer argumento: la vida ha creado, la revolución ha creado ya en la práctica entre nosotros, aunque en una forma débil, embrionaria, precisamente este nuevo «Estado», que ya no es un Estado en el sentido propio de la palabra.

Esto ya es una cuestión de práctica de las masas, y no solo una teoría de los líderes.

El Estado en el sentido propio es el mando sobre las masas por parte de destacamentos de hombres armados, separados del pueblo.

Nuestro nuevo Estado naciente es también un Estado, pues necesitamos destacamentos de hombres armados, necesitamos el orden más riguroso, necesitamos la supresión despiadada mediante la violencia de todo intento de contrarrevolución, tanto zarista como guchkovista-burguesa.

Pero nuestro nuevo Estado naciente ya no es un Estado en el sentido propio de la palabra, pues en una serie de lugares de Rusia esos destacamentos de hombres armados son la masa misma, todo el pueblo, y no alguien situado por encima de él, separado de él, privilegiado y prácticamente inamovible.

No hay que mirar hacia atrás, sino hacia adelante, no a esa democracia de tipo burgués habitual, que consolidaba la dominación de la burguesía mediante los viejos órganos monárquicos de administración: la policía, el ejército, la burocracia.

Hay que mirar hacia adelante, hacia la nueva democracia naciente, que ya está dejando de ser democracia, pues la democracia es la dominación del pueblo, y el propio pueblo armado no puede dominarse a sí mismo.

La palabra democracia no solo es científicamente incorrecta cuando se aplica al partido comunista. Ahora, después de marzo de 1917, es una venda puesta sobre los ojos del pueblo revolucionario, que le impide construir con libertad, audacia y por propia iniciativa lo nuevo: los Soviets de diputados obreros, campesinos y de todo otro tipo, como el único poder en el «Estado», como el heraldo de la «extinción» de todo Estado.

Mi cuarto argumento: hay que tener en cuenta la situación mundial objetiva del socialismo.

No es la misma que en 1871–1914, cuando Marx y Engels aceptaban conscientemente el término incorrecto y oportunista de «socialdemocracia». Porque entonces, tras la derrota de la Comuna de París, la historia puso a la orden del día una labor lenta de organización y educación. No había otra. Los anarquistas estaban (y siguen estando) radicalmente equivocados no solo en teoría, sino también en lo económico y en lo político. Los anarquistas valoraron erróneamente el momento, no comprendieron la situación mundial: el obrero de Inglaterra corrompido por las ganancias imperialistas, la Comuna de París derrotada, el movimiento nacional burgués en Alemania que acababa de vencer (en 1871), la Rusia semifeudal sumida en un sueño secular.

Marx y Engels valoraron correctamente el momento, comprendieron la situación internacional, comprendieron las tareas de un lento acercamiento al inicio de la revolución social.

Pues bien, comprendamos también nosotros las tareas y las particularidades de la nueva época. No imitemos a esos malos marxistas de los que Marx decía: «yo sembré dragones y coseché pulgas»{108}.

La necesidad objetiva del capitalismo, que se ha transformado en imperialismo, engendró la guerra imperialista. La guerra ha llevado a toda la humanidad al borde del abismo, de la ruina de toda la cultura, del embrutecimiento y de la muerte de millones y millones de personas sin número.

No hay salida, salvo la revolución del proletariado.

Y en semejante momento, cuando esta revolución empieza, cuando da sus primeros pasos, tímidos, inseguros, inconscientes y demasiado confiados hacia la burguesía, – en semejante momento, la mayoría (es la verdad, es un hecho) de los líderes «socialdemócratas», de los parlamentarios «socialdemócratas», de los periódicos «socialdemócratas» – pues esos son precisamente los órganos de influencia sobre las masas –, la mayoría de ellos han traicionado al socialismo, se han pasado al lado de «su» burguesía nacional.

Las masas están confundidas, desorientadas, engañadas por esos líderes.

¡Y nosotros vamos a alentar ese engaño, a facilitarlo, aferrados a esa vieja y anticuada denominación, que está tan podrida como podrida está la II Internacional!

Aunque «muchos» obreros entienden la socialdemocracia con honestidad. Ya es hora de aprender a distinguir lo subjetivo de lo objetivo.

Subjetivamente, esos obreros socialdemócratas son los líderes más fieles de las masas proletarias.

Pero la situación mundial objetiva es tal que la vieja denominación de nuestro partido facilita el engaño de las masas, frena el movimiento hacia adelante, pues a cada paso, en cada periódico, en cada fracción parlamentaria, la masa ve a líderes, es decir, a personas cuyas palabras resuenan más fuerte, cuyos hechos se ven más lejos, – y todos ellos son «también-socialdemócratas», todos ellos están «por la unidad» con los traidores al socialismo, con los socialchovinistas, todos ellos presentan al cobro los viejos pagarés emitidos por la «socialdemocracia»…

¿Y los argumentos en contra? «… Los confundirán con los anarquistas-comunistas…»

¿Por qué no tememos que se nos confunda con los socialnacionales y los socialliberales, con los radicales-socialistas, el partido burgués más avanzado y más hábil en el engaño burgués de las masas en la república francesa? «… Las masas se han acostumbrado, los obreros han «tomado cariño» a su partido socialdemócrata…»

Ese es el único argumento, pero es un argumento que echa por la borda la ciencia del marxismo, las tareas del mañana de la revolución, la situación objetiva del socialismo mundial, la vergonzosa bancarrota de la II Internacional y el daño a la causa práctica causado por las bandadas de «también-socialdemócratas» que rodean al proletariado.

Es un argumento de la rutina, un argumento del letargo, un argumento de la inercia.

Pero nosotros queremos reconstruir el mundo. Queremos poner fin a la guerra mundial imperialista, que ha arrastrado a cientos de millones de personas, que ha enredado los intereses de cientos y cientos de miles de millones de capital, y que no puede terminarse con una paz verdaderamente democrática sin la más grande revolución proletaria de la historia de la humanidad.

Y tenemos miedo de nosotros mismos. Nos aferramos a la camisa «habitual», «querida» y sucia…

Es hora de quitarse la camisa sucia, es hora de ponerse ropa limpia.

Petrogrado. 10 de abril de 1917.