«Cuando llegue el verdadero Cavaignac, lucharemos junto con vosotros, en las mismas filas», escribía en el número 80, dirigiéndonos a nosotros, *Rabóchaya Gazeta*, órgano del mismo partido menchevique, uno de cuyos miembros, el ministro Tsereteli, llegó en su tristemente célebre discurso a la amenaza de desarmar a los obreros de Petrogrado.

La citada sentencia de *Rabóchaya Gazeta* pone de relieve con particular nitidez los errores fundamentales de ambos partidos gobernantes en Rusia, el menchevique y el eserista, y por ello merece atención. «Buscáis a Cavaignac a destiempo o en un lugar inadecuado», tal es el sentido de los razonamientos del órgano ministerial.

Recordemos el papel de clase de Cavaignac. En febrero de 1848 fue derrocada la monarquía en Francia. Los republicanos burgueses están en el poder. Estos, al igual que nuestros kadetes, quieren el «orden», llamando así a la restauración y consolidación de los instrumentos monárquicos de opresión de las masas: la policía, el ejército permanente, la burocracia privilegiada. Ellos, al igual que nuestros kadetes, quieren poner fin a la revolución, odiando al proletariado revolucionario con sus aspiraciones «sociales» (es decir, socialistas), entonces aún muy confusas. Ellos, al igual que nuestros kadetes, mostraron una hostilidad implacable hacia la política de extender la revolución francesa a toda Europa, hacia la política de convertirla en una revolución proletaria mundial. Ellos, al igual que nuestros kadetes, utilizaron hábilmente el «socialismo» pequeñoburgués de Louis Blanc, tomándolo como ministro, convirtiéndolo de dirigente de los obreros socialistas, como él quería ser, en un apéndice, en un lacayo de la burguesía.

Tales eran los intereses de clase, la posición y la política de la clase dominante.

Otra fuerza social fundamental era la pequeña burguesía, vacilante, atemorizada por el fantasma rojo, que cedía a los gritos contra los «anarquistas». En sus aspiraciones, soñadora y fraseológicamente «socialista», que gustosamente se autodenominaba «democracia socialista» (¡incluso este mismo término lo adoptan ahora los eseristas junto con los mencheviques!), la pequeña burguesía temía confiar en la dirección del proletariado revolucionario, sin comprender que ese temor la condenaba a confiar en la burguesía. Pues en una sociedad de encarnizada lucha de clases entre la burguesía y el proletariado, sobre todo cuando esta lucha se agudiza inevitablemente con la revolución, no puede haber una línea «intermedia». Y toda la esencia de la posición de clase y de las aspiraciones de la pequeña burguesía consiste en querer lo imposible, en aspirar a lo imposible, es decir, justamente a esa «línea intermedia».

La tercera fuerza de clase decisiva era el proletariado, que no aspiraba a la «conciliación» con la burguesía, sino a la victoria sobre ella, al desarrollo intrépido de la revolución hacia adelante, y además a escala internacional.

Tal era la base histórica objetiva que engendró a Cavaignac. Las vacilaciones de la pequeña burguesía la «apartaron» del papel de protagonista activo y, aprovechando su miedo a confiar en los proletarios, el kadete francés, el general Cavaignac, procedió al desarme de los obreros de París, a su fusilamiento masivo.

La revolución terminó con este fusilamiento histórico; la pequeña burguesía, numéricamente predominante, fue y siguió siendo una cola políticamente impotente de la burguesía, y tres años después se restauró en Francia la monarquía cesarista en una forma particularmente abyecta.

El histórico discurso de Tsereteli del 11 de junio, claramente inspirado por los Cavaignac kadetes (quizás sugerido directamente por los ministros burgueses, quizás indirectamente insinuado por la prensa burguesa y la opinión pública burguesa, esta diferencia no importa), ese histórico discurso es notable y constituye un discurso histórico precisamente porque Tsereteli, con una ingenuidad inimitable, desveló la «enfermedad secreta» de toda la pequeña burguesía, tanto eserista como menchevique. Esta «enfermedad secreta» consiste, primero, en la total incapacidad para una política independiente; segundo, en el miedo a confiar en el proletariado revolucionario y a apoyar su política independiente de manera abnegada; tercero, en el inevitable deslizamiento de ahí hacia la subordinación a los kadetes o a la burguesía en general (es decir, a la subordinación a los Cavaignac).

He aquí la esencia. No es Tsereteli o Chernov personalmente, y ni siquiera Kerenski, quien está llamado a desempeñar el papel de Cavaignac —para eso se encontrarán otras personas que dirán en el momento oportuno a los Louis Blanc rusos: «apartaos»—, sino que Tsereteli y los Chernov son los dirigentes de una política pequeñoburguesa que hace posible y necesario el surgimiento de los Cavaignac.

«Cuando llegue el verdadero Cavaignac, estaremos con vosotros»: ¡una promesa magnífica, una intención espléndida! Lástima que revele la incomprensión de la lucha de clases típica de la pequeña burguesía sentimental o temerosa. Porque Cavaignac no es una casualidad, su «llegada» no es un momento aislado. Cavaignac es un representante de clase (de la burguesía contrarrevolucionaria), un ejecutor de su política. ¡Y precisamente a esta clase, a esta política, la estáis apoyando ya ahora, señores eseristas y mencheviques! A esta clase y a su política le estáis dando, teniendo en este momento una mayoría manifiesta en el país, el predominio en el gobierno, es decir, una base extraordinaria para trabajar.

En efecto. En el Congreso campesino de toda Rusia reinaron casi por completo los eseristas. En el Congreso de los Soviets de diputados obreros y soldados de toda Rusia, una enorme mayoría está a favor del bloque de eseristas y mencheviques. Lo mismo ocurre en las elecciones a las Dumas de distrito de Petrogrado. El hecho es evidente: los eseristas y los mencheviques son ahora el partido gobernante. ¡Y este partido gobernante entrega voluntariamente el poder (la mayoría en el gobierno) al partido de los Cavaignac!

Si hubiera un pantano, ya aparecerían los demonios. Si hay una pequeña burguesía inestable, vacilante, temerosa del desarrollo de la revolución, la aparición de los Cavaignac está garantizada.

Hay ahora en Rusia muchas cosas que diferencian nuestra revolución de la revolución francesa de 1848: la guerra imperialista, la vecindad de países más avanzados (y no más atrasados, como en el caso de Francia entonces), el movimiento agrario y nacional. Pero todo esto sólo puede cambiar la forma de la actuación de los Cavaignac, el momento, los pretextos externos, etc. Todo esto no puede cambiar la esencia del asunto, pues la esencia reside en la correlación de clases.

De palabra, también Louis Blanc estaba tan lejos de Cavaignac como el cielo de la tierra. Promesas de «luchar en las mismas filas» junto con los obreros revolucionarios contra los contrarrevolucionarios burgueses dio Louis Blanc un sinnúmero. Y al mismo tiempo, ningún historiador marxista, ningún socialista se atreverá a dudar de que fue precisamente la debilidad, la inestabilidad y la credulidad hacia la burguesía de los Louis Blanc lo que engendró a Cavaignac, lo que le dio el éxito.

Depende exclusivamente de la firmeza y la vigilancia, de la fuerza de los obreros revolucionarios de Rusia el que la victoria o la derrota aguarden a los Cavaignac rusos, inevitablemente engendrados por el espíritu contrarrevolucionario de la burguesía rusa, encabezada por los kadetes, y por la inestabilidad, el temor y las vacilaciones de los partidos pequeñoburgueses eserista y menchevique.

*Pravda* n.º 83, 29 (16) de junio de 1917.

Se publica según el texto del periódico *Pravda*.