Camaradas, en el breve lapso de tiempo que se me ha concedido, podré detenerme, y creo que es lo más conveniente, únicamente en las cuestiones fundamentales de principio planteadas por el ponente del Comité Ejecutivo y por los oradores que le han seguido.

La primera cuestión, y la fundamental, que se nos ha planteado es: ¿dónde estamos?, ¿qué son esos Soviets que ahora se han congregado en el Congreso de toda Rusia?, ¿qué es eso de la democracia revolucionaria de la que tanto y tan desmedidamente se habla aquí, para encubrir su total incomprensión y su más completa renuncia a ella? Porque hablar de democracia revolucionaria ante el Congreso de los Soviets de toda Rusia y silenciar el carácter de esta institución, su composición de clase, su papel en la revolución, no decir ni una palabra al respecto y al mismo tiempo pretender el título de demócratas, es extraño. Nos pintan un programa de república parlamentaria burguesa, como las que ha habido en toda Europa Occidental, nos pintan un programa de reformas, reconocido ahora por todos los gobiernos burgueses, incluido el nuestro, y nos hablan, a la vez, de democracia revolucionaria. ¿Ante quién hablan? Ante los Soviets. Y yo les pregunto: ¿existe en Europa algún país burgués, democrático, republicano, donde exista algo parecido a estos Soviets? Deben responder que no. En ninguna parte existe ni puede existir una institución semejante, porque una de dos: o el gobierno burgués con esos «planes» de reformas que nos pintan y que decenas de veces se han propuesto en todos los países y han quedado en el papel, o esa institución a la que ahora se apela, ese nuevo tipo de «gobierno» creado por la revolución, que sólo tiene ejemplos en la historia de los más grandes ascensos de las revoluciones, por ejemplo, en 1792 en Francia, en 1871 también allí, en 1905 en Rusia. Los Soviets son una institución que no existe en ningún Estado burgués-parlamentario de tipo habitual y que no puede existir al lado de un gobierno burgués. Es ese nuevo tipo de Estado, más democrático, que nosotros hemos denominado en nuestras resoluciones de partido república democrática campesino-proletaria, en la que el único poder pertenecería a los Soviets de diputados obreros y soldados. En vano se piensa que ésta es una cuestión teórica; en vano se intenta presentar el asunto como si pudiera eludirse; en vano se objeta que ahora existen instituciones de uno u otro género precisamente junto con los Soviets de diputados obreros y soldados. Sí, existen juntos. Pero precisamente esto engendra una cantidad inaudita de malentendidos, conflictos y fricciones. Precisamente esto provoca el paso de la revolución rusa de su primer ascenso, de su primer movimiento hacia adelante, a su estancamiento y a esos pasos atrás que ahora vemos en nuestro gobierno de coalición, en toda la política interior y exterior, en relación con la preparación de la ofensiva imperialista.

Una de dos: o un gobierno burgués habitual —y entonces los Soviets campesinos, obreros, soldados y demás no hacen falta, entonces serán o disueltos por los generales, por los generales contrarrevolucionarios que tienen al ejército en sus manos, sin prestar ninguna atención a la oratoria del ministro Kerenski, o morirán de una muerte sin gloria. No hay otro camino para estas instituciones, que no pueden retroceder ni permanecer en el mismo lugar, sino que sólo pueden existir avanzando. He ahí ese tipo de Estado que no ha sido inventado por los rusos, que ha sido engendrado por la revolución, pues de otro modo la revolución no puede vencer. En el seno del Soviet de toda Rusia son inevitables las fricciones, la lucha de los partidos por el poder. Pero esto será la superación de los posibles errores e ilusiones mediante la propia experiencia política de las masas (ruido), y no mediante los informes que hacen los ministros, remitiéndose a lo que ayer dijeron, mañana escribirán y pasado mañana prometerán. Esto es ridículo, camaradas, desde el punto de vista de esa institución que ha creado la revolución rusa y ante la cual se plantea ahora la cuestión: ser o no ser. Los Soviets no pueden seguir existiendo como existen ahora. ¡Que personas adultas, obreros y campesinos, se reúnan, aprueben resoluciones y escuchen informes que no pueden ser sometidos a ninguna comprobación documental! Semejante tipo de instituciones es una transición hacia esa república que creará un poder firme, sin policía, sin ejército permanente, no de palabra, sino de hecho; ese poder que en Europa Occidental todavía no puede existir; ese poder sin el cual no puede haber victoria de la revolución rusa en el sentido de la victoria sobre los terratenientes, en el sentido de la victoria sobre el imperialismo.

Sin este poder no se puede hablar siquiera de que nosotros alcancemos semejante victoria, y cuanto más penetramos en ese programa que aquí nos aconsejan y en los hechos ante los que nos encontramos, tanto más flagrante aparece la contradicción fundamental. Se nos dice, como dijo el ponente y otros oradores, que el primer Gobierno Provisional era malo. Y entonces, cuando los bolcheviques, los desdichados bolcheviques, decían: «ningún apoyo, ninguna confianza a ese gobierno», ¡cuántas acusaciones de «anarquismo» nos llovieron! Ahora todos dicen que el gobierno anterior era malo, pero ¿y el gobierno de coalición, con ministros casi socialistas, en qué se distingue del anterior? ¿No basta ya de discursos sobre programas, sobre proyectos, no basta ya, no es hora de pasar a los hechos? Ya ha pasado un mes desde que el 6 de mayo se formó el gobierno de coalición. Miren los hechos, miren la devastación que existe en Rusia y en todos los países envueltos en la guerra imperialista. ¿A qué se debe la devastación? A la rapiña de los capitalistas. He ahí la verdadera anarquía. Y esto según las confesiones publicadas no por nuestro periódico, no por uno bolchevique, ¡Dios nos libre!, sino por el ministerial «Rabóchaya Gazeta»: ¡los precios industriales de los suministros de carbón fueron elevados por el gobierno «revolucionario»! Y el gobierno de coalición no ha cambiado nada a este respecto. Nos dicen: ¿se puede acaso introducir el socialismo en Rusia, realizar en general transformaciones radicales de golpe? Todo eso son vanas evasivas, camaradas. La doctrina de Marx y Engels, como ellos siempre explicaron, consiste en lo siguiente: «nuestra doctrina no es un dogma, sino una guía para la acción»{100}. Capitalismo puro, que pase a socialismo puro, no existe en ninguna parte del mundo ni puede existir durante la guerra, sino que hay algo intermedio, algo nuevo, inaudito, porque perecen centenares de millones de hombres, envueltos en la guerra criminal entre capitalistas. La cuestión no es prometer reformas —eso son palabras vacías—, la cuestión es dar ese paso que ahora necesitamos.

Si quieren remitirse a la democracia «revolucionaria», distingan este concepto del de democracia reformista bajo un ministerio capitalista, porque, al fin y al cabo, ya es hora de pasar de las frases sobre la «democracia revolucionaria», de las felicitaciones mutuas con la «democracia revolucionaria», a la caracterización de clase, tal como nos enseñó el marxismo y, en general, el socialismo científico. Lo que nos proponen es un paso a la democracia reformista bajo un ministerio capitalista. Puede que esto sea magnífico desde el punto de vista de los modelos habituales de Europa Occidental. Pero ahora toda una serie de países está al borde de la perdición, y esas medidas prácticas que supuestamente son tan complejas que es difícil introducirlas, que hay que elaborarlas especialmente, como decía el orador anterior, el ciudadano ministro de Correos y Telégrafos, esas medidas son completamente claras. Él decía que en Rusia no hay ningún partido político que haya expresado su disposición a tomar el poder íntegramente en sus manos. Yo respondo: «¡Sí lo hay! Ningún partido puede renunciar a ello, y nuestro partido no renuncia: en cualquier momento está dispuesto a tomar el poder íntegramente». (Aplausos, risas.) Pueden reírse cuanto quieran, pero si el ciudadano ministro nos plantea esta cuestión junto al partido de derecha, recibirá la respuesta apropiada. Ningún partido puede renunciar a ello. Y mientras exista la libertad, mientras las amenazas de detención y envío a Siberia —amenazas de los contrarrevolucionarios, en colegiación con los cuales se encuentran nuestros ministros casi socialistas— sean sólo amenazas, en un momento así, todo partido dice: concédannos su confianza y nosotros les daremos nuestro programa.

Nuestra conferencia del 29 de abril dio ese programa{101}. Lamentablemente, no lo toman en cuenta ni se guían por él. Al parecer, es necesario explicarlo de manera popular. Intentaré dar al ciudadano ministro de Correos y Telégrafos una explicación popular de nuestra resolución, de nuestro programa. Nuestro programa respecto a la crisis económica consiste en exigir inmediatamente —para ello no se necesita ninguna dilación— la publicación de todas esas inauditas ganancias, que alcanzan el 500-800%, que los capitalistas obtienen, no como capitalistas en un mercado libre, en el capitalismo «puro», sino por los suministros de guerra. Ahí es precisamente donde el control obrero es necesario y posible. He ahí la medida que ustedes, si se llaman democracia «revolucionaria», deben realizar en nombre del Soviet y que puede ser realizada de hoy a mañana. Esto no es socialismo. Es abrir los ojos al pueblo ante esa verdadera anarquía y ese verdadero juego con el imperialismo, juego con el patrimonio del pueblo, con centenares de miles de vidas que mañana perecerán porque continuamos estrangulando a Grecia. Publiquen las ganancias de los señores capitalistas, detengan a 50 o 100 de los más grandes millonarios. Basta con tenerlos unas semanas, aunque sea en las mismas condiciones de privilegio en que se tiene a Nikolái Románov, con el simple objetivo de obligarlos a revelar los hilos, las artimañas engañosas, la suciedad, la codicia, que también bajo el nuevo gobierno cuestan al país miles y millones cada día. He ahí la causa fundamental de la anarquía y la devastación; he ahí por qué decimos: todo ha quedado como antes, el ministerio de coalición no ha cambiado nada, sólo ha añadido un montón de declaraciones, de pomposas proclamas. Por muy sinceras que sean las personas, por muy sinceramente que deseen el bien a los trabajadores, la cosa no ha cambiado: la misma clase sigue en el poder. La política que se lleva a cabo no es una política democrática.

Nos hablan de la «democratización del poder central y local». ¿Acaso no saben que estas palabras son una novedad sólo para Rusia? ¿Que en otros países, decenas de ministros casi socialistas se dirigieron al país con promesas semejantes? ¿Qué significan, cuando ante nosotros está un hecho vivo y concreto: la población local elige el poder, y el abecé de la democracia se infringe con la pretensión del centro de nombrar o confirmar los poderes locales? El saqueo del patrimonio del pueblo por los capitalistas continúa. La guerra imperialista continúa. Y a nosotros nos prometen reformas, reformas y reformas, que en general no pueden ser realizadas dentro de estos marcos, porque la guerra todo lo supedita, todo lo determina. ¿Por qué no están de acuerdo con quienes dicen que la guerra no se hace por las ganancias de los capitalistas? ¿Cuál es el criterio? Ante todo, qué clase está en el poder, qué clase continúa siendo la dueña, qué clase continúa amasando centenares de miles de millones en operaciones bancarias y financieras. Es la misma clase capitalista, y por eso la guerra sigue siendo imperialista. Ni el primer Gobierno Provisional ni el gobierno con ministros casi socialistas cambiaron nada: los tratados secretos siguen siendo secretos, Rusia combate por los estrechos, para continuar la política de Liájov en Persia, etc.

Yo sé que ustedes no quieren esto, que la mayoría de ustedes no lo quiere y que los ministros no lo quieren, porque no se puede querer, ya que es una matanza de centenares de millones de personas. Pero tomen esa ofensiva de la que tanto hablan ahora los Miliukov y los Maklakov. Ellos entienden perfectamente de qué se trata; saben que está vinculada a la cuestión del poder, a la cuestión de la revolución. Nos dicen que hay que distinguir las cuestiones políticas de las estratégicas. Es ridículo plantear siquiera semejante cuestión. Los kadetes comprenden perfectamente que se plantea una cuestión política.

Que la lucha revolucionaria por la paz desde abajo, ya iniciada, pudiera conducir a una paz por separado, es una calumnia. Nuestro primer paso, que daríamos si tuviésemos el poder: detener a los más grandes capitalistas, cortar todos los hilos de sus intrigas. Sin esto, todas las frases sobre la paz sin anexiones ni contribuciones son palabras vacías. Nuestro segundo paso sería declarar a los pueblos, por separado de los gobiernos, que consideramos a todos los capitalistas unos bandidos, tanto a Tereshchenko, que no es en nada mejor que Miliukov, sólo que es un poco más tonto, como a los capitalistas franceses e ingleses, y a todos.

Sus propias «Izvestia» se han enredado y, en lugar de la paz sin anexiones ni contribuciones, proponen dejar el status quo[18]. No, nosotros no entendemos así la paz «sin anexiones». Y aquí se acerca más a la verdad incluso el Congreso Campesino, que habla de república «federativa»{102} y con ello expresa la idea de que la república rusa no quiere oprimir a ningún pueblo, ni a la manera nueva ni a la antigua, no quiere vivir con ningún pueblo, ni con Finlandia, ni con Ucrania, a los que tanto hostiga el ministro de la Guerra, con los que se crean conflictos inadmisibles e intolerables, no quiere vivir sobre la base de la violencia. Queremos una república rusa única e indivisible con un poder firme; pero un poder firme lo da el consentimiento voluntario de los pueblos. «Democracia revolucionaria» son grandes palabras, pero se aplican a un gobierno que, con mezquinos reparos, complica la cuestión con Ucrania y Finlandia, que ni siquiera han deseado separarse, sino que sólo dicen: ¡no aplacen hasta la Asamblea Constituyente la aplicación del abecé de la democracia!

No se puede concertar una paz sin anexiones ni contribuciones mientras no renuncien a sus propias anexiones. Esto es ridículo, es un juego, del que se ríe en Europa cada obrero, que dice: de palabra son elocuentes, llaman a los pueblos a derrocar a los banqueros, pero a sus propios banqueros los envían al ministerio. Deténganlos, desenmascaren sus artimañas, descubran los hilos: eso no lo hacen, aunque tienen organizaciones de poder a las que no se puede resistir. Han vivido los años 1905 y 1917, saben que la revolución no se hace por encargo, que las revoluciones en otros países se hicieron por la sangrienta y penosa vía de las insurrecciones, pero en Rusia no hay grupo, no hay clase que pueda resistirse al poder de los Soviets. En Rusia esta revolución es posible, como excepción, como revolución pacífica. Que esta revolución proponga hoy o mañana la paz a todos los pueblos, rompiendo con todas las clases capitalistas, y en el más breve plazo se obtendrá el consentimiento de Francia y de Alemania en la persona de sus pueblos, porque esos países se hunden, porque la situación de Alemania es desesperada, porque no puede salvarse, y porque Francia...

(El presidente: «Se le ha agotado el tiempo».)

Termino en medio minuto... (Ruido, peticiones desde los asientos de que continúe, protestas, aplausos.)

(El presidente: «Informo al Congreso que el presídium propone prolongar el tiempo de la intervención del orador. ¿Quién se opone? La mayoría está a favor de prolongar la intervención».)

Me detuve en que si en Rusia la democracia revolucionaria fuera democracia no de palabra, sino de hecho, pasaría al movimiento de la revolución hacia adelante, y no al acuerdo con los capitalistas, no a las conversaciones sobre la paz sin anexiones ni contribuciones, sino a la supresión de las anexiones en Rusia y a la declaración directa de que considera criminal y bandidesca toda anexión. Entonces sería posible evitar la ofensiva imperialista que amenaza con la muerte a miles y millones de personas por el reparto de Persia y los Balcanes. Entonces se abriría el camino hacia la paz, un camino no sencillo —no decimos eso—, un camino que no excluye una guerra verdaderamente revolucionaria.

No planteamos esta cuestión como la plantea Bázarov hoy en «Nóvaya Zhizn»{103}; decimos solamente que Rusia está en unas condiciones tales que, al final de la guerra imperialista, sus tareas son más fáciles de lo que podría parecer. Y está en unas condiciones geográficas tales que las potencias que se arriesgaran a apoyarse en el capital y sus intereses rapaces y a alzarse contra la clase obrera rusa y el semiproletariado que a ella se adhiere, es decir, el campesinado más pobre, si se decidieran a ello, sería para ellas una tarea sumamente difícil. Alemania está al borde de la perdición y, tras la intervención de América, que desea devorar a México y que mañana, probablemente, entrará en lucha con Japón, tras esta intervención, la situación de Alemania es desesperada: será aniquilada. Francia, que geográficamente está situada de tal modo que sufre más que todos y su agotamiento alcanza el máximo, este país, que pasa menos hambre que Alemania, ha perdido inconmensurablemente más material humano que Alemania. Y he aquí que si diéramos el primer paso comenzando por frenar las ganancias de los capitalistas rusos y quitándoles toda posibilidad de embolsarse centenares de millones de ganancias, si propusiéramos a todos los pueblos la paz contra los capitalistas de todos los países, con la declaración directa de que no entablamos conversaciones ni relaciones con los capitalistas alemanes ni con quienes, directa o indirectamente, los apañan o se enredan con ellos, que nos negamos a hablar con los capitalistas franceses e ingleses, entonces saldríamos a acusarlos ante los obreros. No considerarían una victoria el hecho de que se otorgue un pasaporte a MacDonald{104}, que nunca ha llevado a cabo una lucha revolucionaria contra el capital y a quien dejan pasar porque no ha expresado ni las ideas, ni los principios, ni la práctica, ni la experiencia de esa lucha revolucionaria contra los capitalistas ingleses, por la cual nuestro camarada Maclean y centenares de otros socialistas ingleses están en prisión, y por la cual está encarcelado nuestro camarada Liebknecht, que está en presidio por haber dicho: «¡Soldados alemanes, disparad contra vuestro káiser!».

¿No sería más justo enviar a los capitalistas-imperialistas al mismo presidio que la mayoría de los miembros del Gobierno Provisional, en la tercera Duma —no sé, por cierto, cuál es por su número, si la tercera o la cuarta—, especialmente recreada para esto, nos prepara y promete a diario, y sobre lo cual los nuevos proyectos de ley del ministerio de Justicia ya están redactando? Maclean y Liebknecht, he ahí los nombres de los socialistas que llevan a la práctica la idea de la lucha revolucionaria contra el imperialismo. He ahí lo que hay que decir a todos los gobiernos para luchar por la paz, hay que acusarlos ante los pueblos. Entonces pondrán en una situación embarazosa a todos los gobiernos imperialistas. Y ahora ustedes se han embarazado al dirigirse al pueblo con el llamamiento por la paz del 14 de marzo{105}, diciendo: «derrocad a vuestros zares, a vuestros reyes y a vuestros banqueros», mientras que nosotros, teniendo en las manos una organización inaudita, rica por su número, por su experiencia, por su fuerza material, como el Soviet de diputados obreros y soldados, nosotros concertamos un bloque con nuestros banqueros, constituimos un gobierno de coalición, casi socialista, y escribimos proyectos de reformas que en Europa se han escrito durante decenas y decenas de años. Allí, en Europa, se ríen de semejante tipo de lucha por la paz. Allí sólo la entenderán cuando los Soviets tomen el poder y actúen revolucionariamente.

Sólo un país en el mundo puede dar pasos hacia el cese de la guerra imperialista ahora, a escala de clase, contra los capitalistas, sin una revolución sangrienta; sólo un país, y ese país es Rusia. Y seguirá siéndolo mientras exista el Soviet de diputados obreros y soldados. No podrá coexistir por mucho tiempo junto al Gobierno Provisional de tipo habitual. Y seguirá como hasta ahora sólo mientras no se realice este paso a la ofensiva. El paso a la ofensiva es un viraje de toda la política de la revolución rusa, es decir, el paso de la espera, de la preparación de la paz mediante la insurrección revolucionaria desde abajo, a la reanudación de la guerra. El paso de la confraternización en un frente a la confraternización en todos los frentes, de la confraternización espontánea, cuando la gente intercambiaba un mendrugo de pan con el hambriento proletario alemán por una navajita, por lo cual les amenazan con presidio, a la confraternización consciente: he ahí el camino que se esbozaba.

Cuando tomemos el poder en nuestras manos, entonces frenaremos a los capitalistas, y entonces no será esa guerra que se libra ahora, porque la guerra está determinada por la clase que la hace, y no por lo que está escrito en los papelotes. En los papelotes se puede escribir cualquier cosa. Pero mientras la clase de los capitalistas esté representada por una mayoría en el gobierno, escriban lo que escriban, por muy elocuentes que sean, cualquiera que sea la composición de ministros casi socialistas que tengan, la guerra sigue siendo imperialista. Todos lo saben y todos lo ven. Y he aquí que el ejemplo de Albania, el ejemplo de Grecia, de Persia{106} lo ha mostrado de manera tan clara y evidente, que me sorprende por qué todos atacan nuestra declaración escrita sobre la ofensiva{107} ¡y nadie dice ni una palabra sobre los ejemplos concretos! Prometer proyectos es fácil, pero las medidas concretas siempre se postergan. Escribir una declaración sobre la paz sin anexiones es fácil, pero el ejemplo de Albania, Grecia, Persia ocurrió después del ministerio de coalición. Sobre ellos escribió «Delo Naroda», órgano no de nuestro partido, sino un órgano gubernamental, órgano de los ministros, que se somete a burla a la democracia rusa, que se estrangula a Grecia. Y el mismo Miliukov, al que ustedes presentan como Dios sabe quién —es un miembro de filas de su partido—, Tereshchenko no se diferencia en nada de él, escribió que sobre Grecia presionaba la diplomacia aliada. La guerra sigue siendo imperialista y, por más que deseen la paz, por muy sinceramente que simpaticen con los trabajadores y por muy sincero que sea su deseo de paz, —estoy plenamente convencido de que no puede dejar de ser sincero en las masas—, son impotentes, porque no se puede terminar la guerra más que desarrollando ulteriormente la revolución. Cuando en Rusia comenzó la revolución, comenzó también la lucha revolucionaria desde abajo por la paz. Si ustedes tomaran el poder en sus manos, si el poder pasara a las organizaciones revolucionarias para la lucha contra los capitalistas rusos, entonces los trabajadores de otros países les creerían, entonces podrían proponer la paz. Entonces nuestra paz estaría asegurada, al menos, por dos lados, por parte de dos pueblos que se desangran y cuya causa es desesperada, por parte de Alemania y Francia. Y si entonces las circunstancias nos pusieran en situación de guerra revolucionaria, —nadie lo sabe, no renunciamos a ello—, entonces diríamos: «no somos pacifistas, no renunciamos a la guerra si la clase revolucionaria está en el poder, si realmente ha apartado a los capitalistas de toda influencia en la dirección de los asuntos, en el aumento de esa devastación que les permite amasar centenares de millones». El poder revolucionario explicaría y diría a todos los pueblos, sin excepción, que todos los pueblos deben ser libres, que así como el pueblo alemán no se atreve a combatir para retener Alsacia y Lorena, así tampoco el pueblo francés se atreve a combatir por sus colonias. Pues, si Francia combate por sus colonias, Rusia tiene Jiva y Bujará, que son también algo así como colonias, y entonces comenzaría el reparto de las colonias. ¿Y cómo repartirlas, según qué norma? Según la fuerza. Y la fuerza ha cambiado, la situación de los capitalistas es tal que no hay otra salida que la guerra. Cuando ustedes tomen el poder revolucionario, tendrán un camino revolucionario hacia la paz: dirigirse a los pueblos con un llamamiento revolucionario, explicar la táctica con su ejemplo. Entonces se abrirá ante ustedes el camino hacia una paz conquistada por vía revolucionaria, con la grandísima probabilidad de que eviten la muerte de centenares de miles de personas. Entonces podrán estar seguros de que los pueblos alemán y francés se pronunciarán a favor de ustedes. Y los capitalistas ingleses, americanos y japoneses, incluso si quisieran la guerra contra la clase obrera revolucionaria, —cuyas fuerzas se decuplicarán cuando los capitalistas sean frenados, apartados y el control pase a manos de la clase obrera—, incluso si los capitalistas americanos, ingleses y japoneses quisieran la guerra, 99 de cada 100 que no podrán hacerla. Bastará con que declaren que no son pacifistas, que defenderán su república, su democracia obrera, proletaria, contra los capitalistas alemanes, franceses y otros; esto bastará para que la paz quede asegurada.

He ahí por qué concedíamos a nuestra declaración sobre la ofensiva una importancia tan cardinal. Ha llegado el momento del viraje en toda la historia de la revolución rusa. La revolución rusa comenzó ayudada por la burguesía imperialista de Inglaterra, que pensaba que Rusia era algo así como China o la India. En lugar de ello, junto al gobierno, en el que ahora hay una mayoría de terratenientes y capitalistas, surgieron los Soviets, una institución representativa inaudita, nunca vista en el mundo por su fuerza, que ustedes están matando con su participación en el ministerio de coalición de la burguesía. En lugar de ello, la revolución rusa hizo que la lucha revolucionaria desde abajo contra el gobierno capitalista empezara a encontrar en todas partes, en todos los países, una simpatía tres veces mayor. La cuestión se plantea así: avanzar o retroceder. En un período revolucionario no se puede permanecer en el mismo lugar. He ahí por qué la ofensiva es un viraje de toda la revolución rusa, no en el significado estratégico de la ofensiva, sino en el político, en el económico. La ofensiva ahora es la continuación de la carnicería imperialista y de la muerte de centenares de miles, de millones de personas, —objetivamente, independientemente de la voluntad o la conciencia de uno u otro ministro—, por el estrangulamiento de Persia y otros pueblos débiles. El paso del poder al proletariado revolucionario, con el apoyo del campesinado más pobre, es el paso a la lucha revolucionaria por la paz en las formas más seguras, más indoloras que conoce la humanidad, el paso a que el poder y la victoria de los obreros revolucionarios estén asegurados tanto en Rusia como en todo el mundo. (Aplausos de una parte de la sala.)

«Pravda» núms. 82 y 83, 28 (15) y 29 (16) de junio de 1917.

Se publica según el texto del periódico «Pravda», cotejado con la versión taquigráfica corregida por V. I. Lenin.

# Discurso sobre la guerra. 9 (22) de junio

Camaradas, permítanme que, a modo de introducción al análisis de la cuestión de la guerra, recuerde dos pasajes del llamamiento a todos los países, publicado el 14 de marzo por el Soviet de Petrogrado de diputados obreros y soldados. «Ha llegado la hora —se decía en ese llamamiento— de iniciar la lucha decidida contra las aspiraciones de conquista de los gobiernos de todos los países; ha llegado la hora de que los pueblos tomen en sus manos la decisión de la cuestión de la guerra y la paz». Otro pasaje del llamamiento, dirigido a los proletarios de la coalición austro-alemana, dice: «¡Negaos a servir de instrumento de conquista y violencia en manos de reyes, terratenientes y banqueros!». He ahí esos dos pasajes que, en distintas formulaciones, se repiten en decenas, centenares, pienso incluso que en miles de resoluciones de los obreros y campesinos de Rusia.

Estos dos pasajes, en mi convicción, muestran del mejor modo la situación contradictoria, irremediablemente enmarañada, en la que, debido a la actual política de los mencheviques y los narodnikis, han caído los obreros y campesinos revolucionarios. Por un lado, apoyan la guerra; por otro lado, pertenecen a los representantes de clases que no están interesadas en las aspiraciones de conquista de los gobiernos de todos los países, y no pueden dejar de decirlo. Esta psicología e ideología, por confusa que sea, está inculcada de un modo extraordinariamente profundo en casi todos los obreros y campesinos. Es la conciencia de que la guerra se hace por las aspiraciones de conquista de los gobiernos de todos los países. Pero al lado de esto, hay una comprensión sumamente confusa, o incluso una incomprensión, de que el gobierno, cualquiera que sea su forma de régimen, expresa los intereses de clases determinadas; de que, por consiguiente, contraponer el gobierno y el pueblo, como lo hace la primera cita que he dado, es la mayor confusión teórica, la mayor impotencia política, es la condena de uno mismo y de toda su política a la posición y la conducta más vacilantes e inestables. Y exactamente igual: las palabras finales de la segunda cita que he leído, ese excelente llamamiento: «¡Negaos a servir de instrumento de conquista y violencia en manos de reyes, terratenientes y banqueros!», son magníficas, pero también de los propios, porque si ustedes, obreros y campesinos rusos, se dirigen a los obreros y campesinos de Austria y Alemania, cuyos gobiernos y clases dominantes libran una guerra tan bandidesca y depredadora como los capitalistas y banqueros rusos, como los ingleses y franceses, —si ustedes dicen: «negaos a servir de instrumento en manos de sus banqueros», y a sus propios banqueros los meten en el ministerio y los sientan junto a ministros socialistas, convierten todos sus llamamientos en nada, desmienten de hecho toda su política. De hecho, es como si no hubieran existido sus excelentes aspiraciones o deseos, pues ustedes ayudan a librar, por parte de Rusia, la misma guerra imperialista, la misma guerra de conquista. Entran en contradicción con las masas que representan, porque esas masas nunca se pondrán en el punto de vista de los capitalistas, expresado abiertamente por Miliukov, Maklakov y otros, que dicen: «no hay idea más criminal que la de que la guerra se hace en interés del capital».

No sé si esta idea es criminal; no dudo de que, desde el punto de vista de quienes hoy semi-existen, y mañana quizá ya no existan, esta idea es criminal, pero es la única correcta, es la única que expresa nuestra comprensión de esta guerra, la única que expresa los intereses de las clases oprimidas, como lucha contra los opresores; y cuando decimos que la guerra es capitalista, de conquista, no hay que hacerse ilusiones: aquí no hay ni sombra de que los crímenes de personas aisladas, de reyes aislados, pudieran haber provocado semejante guerra.

El imperialismo es una etapa determinada en el desarrollo del capital mundial; el capitalismo, preparado durante decenios, se redujo a que un pequeño grupo de países gigantescamente ricos —no son más de cuatro: Inglaterra, Francia, Alemania y América— acumularon tales cantidades de riqueza, medidas en centenares de miles de millones, concentraron tal fuerza en manos de los grandes bancos y de los grandes capitalistas —un par o media docena, como máximo, en cada uno de estos países—, una fuerza tan gigantesca que abarcó el mundo entero, que literalmente se repartió todo el globo terráqueo en el sentido territorial, en el sentido de las colonias. Las colonias de estas potencias chocaron entre sí en todos los países del globo terráqueo. Estos Estados se lo repartieron también económicamente, porque no hay pedazo de tierra en el mundo adonde no hayan penetrado las concesiones, no hayan penetrado los hilos del capital financiero. He ahí las bases de las anexiones. Las anexiones no son un invento, no surgieron porque la gente, de amantes de la libertad, se transformara súbitamente en reaccionaria. Las anexiones no son sino la expresión política y la forma política de esa dominación de los bancos gigantescos, que brotó del capitalismo inevitablemente, sin culpa de nadie, porque las acciones son la base de los bancos, y la acumulación de acciones es la base del imperialismo. Y los grandes bancos, que dominan el mundo entero con centenares de miles de millones de capital y unen ramas enteras de la industria con las uniones de capitalistas y monopolistas: he aquí lo que es el imperialismo, que ha escindido el mundo entero en tres grupos de depredadores gigantescamente ricos.

Al frente de uno, el primer grupo, que en Europa está más cerca de nosotros, se halla Inglaterra; al frente de los otros dos, Alemania y América; los demás cómplices se ven obligados a ayudar mientras se mantengan las relaciones capitalistas. Por eso, si se representan claramente esta esencia del asunto, que instintivamente todo hombre oprimido percibe, que instintivamente la inmensa mayoría de todos los obreros y campesinos rusos percibe, si se la representan claramente, comprenderán cuán risibles son las ideas de lucha contra la guerra mediante palabras, manifiestos, proclamas, congresos socialistas. Son risibles porque, por muchas de esas declaraciones que emitan, por muchas conmociones políticas que hagan —ustedes derrocaron a Nikolái Románov en Rusia, hasta cierto punto se han convertido en república; Rusia dio un paso gigantesco hacia adelante, quizá alcanzó casi de golpe a Francia, que en otras condiciones tardó cien años en ello y siguió siendo un país capitalista—, los bancos siguen siendo omnipotentes. Siguen en pie los capitalistas. Si se han replegado, también se replegaron en 1905, pero ¿acaso eso los minó? Si para los rusos esto es una novedad, en Europa cada revolución mostró que, con cada ascenso de la ola revolucionaria, los obreros consiguen algo más, pero el poder de los capitalistas sigue siendo el poder. La lucha contra la guerra imperialista es imposible más que como lucha de las clases revolucionarias contra las clases dominantes a escala mundial. No son los terratenientes en general, aunque en Rusia hay terratenientes y desempeñan en Rusia un papel mayor que en ninguna otra parte en otros países, pero no es esa clase la que ha creado el imperialismo. Es la clase de los capitalistas, encabezada por los más grandes magnates financieros y bancos, y mientras esta clase —que domina a los proletarios oprimidos y a sus aliados, los campesinos más pobres, los semiproletarios, como se les llama en nuestro programa—, mientras esta clase no sea derrocada, no hay salida a esta guerra. Y abrigar ilusiones acerca de que ustedes pueden, mediante proclamas, mediante llamamientos a otros pueblos, unir a los trabajadores de todos los países, sólo es posible desde un limitado punto de vista ruso, que ignora cómo la prensa de Europa Occidental, donde los obreros y campesinos están acostumbrados a las conmociones políticas, han visto decenas de ellas, cómo se ríe de semejantes frases y llamamientos. No saben que en Rusia se ha alzado realmente una masa de obreros que, en su masa, creen absolutamente con sinceridad y condenan las aspiraciones de conquista de los capitalistas de todos los países y desean la liberación de los pueblos de los banqueros. Pero ellos, los europeos, no comprenden por qué ustedes, que tienen organizaciones que ningún pueblo del mundo tiene, como los Soviets de diputados obreros, campesinos y soldados, que están armados, envían a sus socialistas como ministros. Aun así, entregan el poder a esos banqueros. En el extranjero se les acusa no sólo de ingenuidad —eso aún sería nada: los europeos han desaprendido a comprender la ingenuidad en política, han desaprendido a comprender que en Rusia hay decenas de millones de personas que por primera vez despiertan a la vida, que en Rusia no se conoce lo que es la vinculación de las clases con el gobierno, lo que es la vinculación del gobierno con la guerra. La guerra es la continuación de la política burguesa, y nada más. La clase que domina determina la política también en la guerra. La guerra es de cabo a rabo política, la continuación de la realización de esos mismos fines por otra vía por parte de esas clases. Por eso, cuando ustedes escriben en sus llamamientos a los obreros y campesinos: «derrocad a sus banqueros», todo obrero consciente en un país europeo, o se ríe de ustedes, o llora con amargura y se dice: «¿qué podemos hacer nosotros, si allí derrocaron a un monarca idiota y salvaje, de esos que nosotros quitamos de en medio hace mucho tiempo —en eso está todo nuestro crimen—, y ahora apoyan, con sus ministros “casi socialistas”, a los banqueros rusos?!». Los banqueros siguen en el poder, llevan a cabo una política exterior mediante la guerra imperialista, apoyando enteramente los tratados concertados en Rusia por Nikolái II. En nuestro país esto es especialmente patente. Todas las bases de la política exterior imperialista rusa están predeterminadas no por los capitalistas actuales, sino por el anterior gobierno con Nikolái Románov, a quien derrocamos. Él concertó esos tratados, siguen siendo secretos, los capitalistas no pueden publicarlos, porque son capitalistas. Pero ningún obrero ni campesino puede comprender esta confusión, porque se dice: si invitamos a derrocar a los capitalistas en otros países, entonces, ante todo, ¡abajo a nuestros banqueros!, si no, nadie nos creerá y nadie nos tomará en serio, dirán de nosotros: son ingenuos salvajes rusos que escriben palabras, excelentes en sí mismas, pero carentes de contenido político, o pensarán algo peor aún: que son hipócritas. Cosas así pueden encontrar en la prensa extranjera, si pasara libremente a Rusia a través de la frontera con todos sus matices, y no fuera retenida en Tornio por las autoridades inglesas y francesas. Con sólo una selección de citas de los periódicos extranjeros se convencerían de en qué flagrante contradicción caen, se convencerían de cuán increíblemente ridícula y errónea es esa idea de luchar contra esta guerra mediante conferencias socialistas, mediante acuerdos con los socialistas en congresos. Si el imperialismo fuera culpa o crimen de personas aisladas, entonces el socialismo podría seguir siendo socialismo. El imperialismo es la última etapa en el desarrollo del capitalismo, cuando ha llegado a tal punto que se ha repartido todo el mundo y dos grupos gigantescos se han trabado en un combate a muerte. O se sirve a uno, o se sirve al otro, o se derroca a ambos grupos; no hay de ninguna otra salida. Cuando ustedes se excusan de la paz por separado diciendo que no quieren servir al imperialismo alemán —eso es completamente cierto, por eso también nosotros estamos en contra de la paz por separado—. Pero ustedes, de hecho, al margen de su voluntad, continúan sirviendo al imperialismo anglo-francés con las mismas aspiraciones de conquista y depredación que también los capitalistas rusos, con la ayuda de Nikolái Románov, han plasmado en tratados. No conocemos el texto de esos tratados, pero cualquiera que haya seguido la literatura política, que haya hojeado aunque sea un solo libro sobre economía y diplomacia, conoce el contenido de esos tratados. Además, Miliukov, por lo que recuerdo, escribió en sus libros sobre esos tratados y promesas: que despojarán Galitzia, despojarán los estrechos, Armenia, conservarán las anexiones antiguas y obtendrán un montón de otras. Todo el mundo lo sabe, pero los tratados continúan ocultándose, y nos dicen: si los anulan, eso significa la ruptura con los aliados.

Sobre la cuestión de la paz por separado ya he dicho que para nosotros no puede haber paz por separado, y según la resolución de nuestro partido, no hay ni sombra de duda de que la rechazamos, como todo acuerdo con los capitalistas. Para nosotros, la paz por separado es un acuerdo con los bandidos alemanes, porque saquean igual que los otros. Pero una paz por separado semejante es el acuerdo con el capital ruso en el Gobierno Provisional ruso. Los tratados zaristas han quedado, ellos también saquean y estrangulan a otros pueblos. Cuando se dice: «paz sin anexiones ni contribuciones», como debe decirlo todo obrero y campesino ruso, porque la vida se lo enseña, porque no está interesado en las ganancias bancarias, porque quiere vivir, yo les respondo que en esta consigna sus líderes del actual Soviet de diputados obreros y soldados, de los partidos de los narodnikis y mencheviques, se han enredado. En sus «Izvestia» han dicho que eso significa status quo, es decir, la situación de antes de la guerra: volver a lo que había antes de la guerra. ¿Acaso no es ésa una paz capitalista? ¡Y además, qué paz capitalista! Si lanzan esa consigna, sepan que el curso de los acontecimientos puede poner a sus partidos en el poder —durante la revolución eso es posible—; deberán hacer lo que dicen, y si proponen la paz sin anexiones ahora, los alemanes la aceptarán, y los ingleses no, porque los capitalistas ingleses no han perdido ni una pulgada de tierra, y han saqueado en todos los extremos del mundo. Los alemanes han saqueado mucho, pero también han perdido mucho, y no sólo han perdido mucho, sino que tienen ante sí a América, el enemigo más gigantesco. Si ustedes, que proponen la paz sin anexiones, entienden por ello el status quo, se deslizan hacia el hecho de que de su propuesta resulta una paz por separado con los capitalistas, porque si proponen esto, los capitalistas alemanes, viendo ante sí a América e Italia, con las que antes concertaron tratados, dirán: «sí, aceptaremos esta paz sin anexiones. Para nosotros no es una derrota, para nosotros es una victoria contra América e Italia». Objetivamente, se deslizan hacia esa paz por separado con los capitalistas de la que ustedes nos acusan, porque no rompen de principio, en su política, de hecho, en sus pasos prácticos, con los banqueros, como exponentes de la dominación imperialista en todo el mundo, a los que en el Gobierno Provisional ustedes y sus ministros «socialistas» apoyan.

Con ello crean esa situación contradictoria y vacilante en la que las masas no los entienden así. Las masas, que no están interesadas en las anexiones, dicen: nosotros no queremos combatir por ningún capitalista. Cuando nos dicen que semejante tipo de política puede ser terminada mediante congresos y acuerdos de los socialistas de todos los países, nosotros decimos: si el imperialismo fuera obra de criminales aislados, tal vez; pero el imperialismo es el desarrollo del capitalismo mundial, con el que está vinculado el movimiento obrero.

La victoria del imperialismo es el comienzo de la inevitable, ineludible escisión de los socialistas en dos campos en todos los países. Quien ahora sigue hablando de los socialistas como de un todo, como de algo que puede ser un todo, se engaña a sí mismo y a los demás. Todo el curso de la guerra, los dos años y medio de guerra, han provocado esta escisión, desde que el Manifiesto de Basilea, que fue firmado por unanimidad, dijo que esta guerra se basa en el terreno del capitalismo imperialista. En él, en el Manifiesto de Basilea, no hay ni una sola palabra sobre la «defensa de la patria». No se podía escribir otro manifiesto antes de la guerra, como ahora ningún socialista propondría escribir un manifiesto sobre la «defensa de la patria» en una guerra entre Japón y América, cuando no se trata de su propio pellejo, no de sus propios capitalistas ni de sus propios ministros. ¡Escriban una resolución para los congresos internacionales! Ustedes saben que la guerra entre Japón y América ya está preparada, ha sido preparada durante decenios, no es casual; la táctica no depende de quién dispare primero. Eso es ridículo. Saben perfectamente que el capitalismo japonés y el americano son igualmente bandidescos. De «defensa de la patria» se hablará por ambas partes; esto será o criminal, o una debilidad terrible, provocada por la «defensa» de los intereses de nuestros enemigos capitalistas. He ahí por qué decimos que el socialismo se ha escindido de manera irrevocable. Los socialistas se han apartado enteramente del socialismo, precisamente aquellos que se pasaron al lado de su gobierno o de sus banqueros, de sus capitalistas, por más que se excusen de ellos, por más que los condenen. La cosa no está en la condena. Pero a veces la condena del hecho de que los alemanes apoyan a sus capitalistas, ¡encubre la defensa del mismo «pecado» por parte de los rusos! Si acusan a los socialchovinistas alemanes, es decir, a personas que de palabra son socialistas —quizás muchos de ellos lo son en el alma—, y de hecho son chovinistas, de hecho no defienden al pueblo alemán, sino que defienden a los sucios, codiciosos y bandidescos capitalistas alemanes, entonces no defiendan a los capitalistas ingleses, franceses y rusos. Los socialchovinistas alemanes no son peores que los que en nuestro ministerio continúan la misma política de tratados secretos, de saqueo, y la encubren con buenos deseos inocentes, en los que hay mucho de bueno, en los que, desde el punto de vista de las masas, yo reconozco la absoluta sinceridad, pero en los que no reconozco ni puedo reconocer ni una sola palabra de verdad política. ¡Eso es sólo su deseo, mientras que la guerra sigue siendo la misma guerra imperialista y por los mismos tratados secretos! ¡Ustedes llaman a otros pueblos a derrocar a los banqueros, pero apoyan a los suyos! Hablando de la paz, no dijeron qué paz. Sobre la paz sobre la base del status quo, nadie nos respondió cuando señalamos esta flagrante contradicción. Ustedes no podrán decir en su resolución, en la que hablarán de la paz sin anexiones, que eso no es el status quo. No pueden decir que es el status quo, es decir, el restablecimiento de la situación de antes de la guerra. Entonces, ¿qué significa? ¿Quitar a Inglaterra las colonias alemanas? ¡Inténtenlo mediante acuerdos pacíficos! Todo el mundo se reirá de ustedes. ¡Intenten quitar a Japón, sin revolución, las robadas Kiao-Chao y las islas del Océano Pacífico!

Se han enredado en contradicciones sin salida. Y cuando nosotros decimos: «sin anexiones», decimos que para nosotros esta consigna es sólo una parte subordinada de la lucha contra el imperialismo mundial. Decimos que queremos liberar a todos los pueblos y empezar por los nuestros. Ustedes hablan de la guerra contra las anexiones y de la paz sin anexiones, y en Rusia continúan en el interior una política de anexiones. Esto es algo inaudito. Ustedes y su gobierno, sus nuevos ministros, de hecho continúan con Finlandia y Ucrania una política de anexiones. Ustedes hostigan al congreso ucraniano, prohíben sus reuniones a través de sus ministros{108}. ¿No es esto una anexión? Es una política que representa un ultraje a los derechos de una nacionalidad que ha sufrido tormentos de los zares porque sus hijos quieren hablar en su lengua materna. Esto significa temer a las repúblicas separadas. Desde el punto de vista de los obreros y campesinos, esto no es terrible. Que Rusia sea una unión de repúblicas libres. Para impedirlo, las masas obreras y campesinas no combatirán. Que todo pueblo sea liberado; ante todo, que sean liberadas todas las nacionalidades con las que hacen la revolución en Rusia. Sin este paso, se condenan a ser de palabra «democracia revolucionaria», y de hecho, toda su política es contrarrevolucionaria.

Su política exterior es antidemocrática y contrarrevolucionaria, pero una política revolucionaria puede ponerlos en la situación de necesidad de una guerra revolucionaria. Pero eso no es obligatorio. Sobre este punto se han detenido mucho tanto el ponente como la prensa en los últimos tiempos. Yo desearía mucho detenerme en este punto.

Entonces, ¿cómo nos representamos prácticamente la salida de esta guerra? Nosotros decimos: la salida de esta guerra sólo está en la revolución. Apoyen la revolución de las clases oprimidas por los capitalistas, derroquen a la clase capitalista en su propio país y con ello den ejemplo a otros países. Sólo en esto está el socialismo. Sólo en esto está la lucha contra la guerra. Todo lo demás son promesas o frases, o inocentes buenos deseos. En todos los países del mundo, el socialismo se ha escindido. Ustedes continúan enredándose, tratando con esos socialistas que apoyan a su gobierno, y olvidan que en Inglaterra y Alemania los verdaderos socialistas, que expresan el socialismo de las masas, han quedado como individuos aislados y están en prisión. Pero ellos son los únicos que expresan los intereses del movimiento proletario. ¿Y si en Rusia la clase oprimida se encontrara en el poder? Cuando nos dicen: ¿cómo van a salir solos de la guerra?, respondemos: salir solos es imposible. Cada resolución de nuestro partido, cada discurso de nuestro orador en los mítines dice que es un absurdo salir solos de esta guerra. Centenares de millones de personas, centenares de miles de millones de capital ha enmarañado esta guerra. De ella no hay otro medio de salir que mediante el paso del poder a la clase revolucionaria, que de hecho está obligada a romper los hilos del imperialismo, es decir, los financieros, bancarios y anexionistas. Mientras esto no se haga de hecho, no se ha hecho nada. La conmoción se limitó a que, en lugar del zarismo y el imperialismo, obtuvieron una república casi imperialista de cabo a rabo, que incluso en la persona de los representantes de los obreros y campesinos revolucionarios no sabe comportarse democráticamente con Finlandia y con Ucrania, es decir, sin temer la separación.

Cuando se dice que nosotros tendemos a la paz por separado, eso no es cierto. Nosotros decimos: ninguna paz por separado con ningún capitalista, ante todo con los rusos. Y en el Gobierno Provisional hay una paz por separado con los capitalistas rusos. ¡Abajo esa paz por separado! (Aplausos.) No reconocemos ninguna paz por separado con los capitalistas alemanes y no entraremos en ninguna negociación, pero tampoco ninguna paz por separado con los imperialistas ingleses y franceses. Nos dicen que romper con ellos significa entrar en un acuerdo con los imperialistas alemanes. No es cierto, hay que romper con ellos inmediatamente, porque ésta es una alianza de saqueo. Dicen que no se pueden publicar los tratados, porque eso sería entregar al oprobio a todo nuestro gobierno, a toda nuestra política, ante los ojos de cada obrero y cada campesino. Si esos tratados se publicaran y se dijeran claramente en las reuniones a los obreros rusos y a los campesinos rusos, en especial en cada aldeúca perdida: he aquí por qué combates ahora, por los estrechos, por conservar Armenia, entonces cualquiera diría: no queremos una guerra así. (El presidente: «Se le ha pasado el tiempo». Voces: «Pedimos que continúe».) Diez minutos más. (Voces: «Pedimos que continúe».)

Digo que no es correcta esa contraposición: «o con los imperialistas ingleses, o con los alemanes». Si la paz es con los alemanes, entonces significa guerra con los ingleses, y al revés. Esta contraposición conviene a quienes no rompen con sus capitalistas y banqueros, que admiten cualquier tipo de alianza con ellos. No conviene a nosotros. Hablamos de defender la alianza con la clase oprimida, con los pueblos oprimidos. Permanezcan fieles a esa alianza: entonces serán una democracia revolucionaria. Esta tarea no es fácil. Esta tarea no permite olvidar que, en determinadas condiciones, no podremos prescindir de una guerra revolucionaria. Ninguna clase revolucionaria puede renunciar a la guerra revolucionaria, porque de lo contrario se condena a un ridículo pacifismo. No somos tolstoianos. Si la clase revolucionaria toma el poder, si en su Estado no quedan anexiones, si no hay poder de los bancos y del gran capital, lo que no es fácil en Rusia, entonces esa clase llevará a cabo una guerra revolucionaria no de palabra, sino de hecho. No se puede renunciar a esta guerra. Eso significa caer en el tolstoismo, en el filisteísmo, olvidar toda la ciencia del marxismo, la experiencia de todas las revoluciones europeas.

A Rusia no se la puede borrar sola de la guerra. Pero le crecen aliados gigantescos que ahora no le creen precisamente porque su posición es contradictoria o ingenua, precisamente porque ustedes aconsejan a los otros pueblos: «¡abajo las anexiones!», y las introducen en casa. A los otros pueblos les dicen: derrocad a los banqueros, y a los suyos no los derrocan. Intenten otra política. Publiquen los tratados y entréguenlos al oprobio ante cada obrero y campesino en las reuniones. Digan: ninguna paz con los capitalistas alemanes, y ruptura total con los capitalistas anglo-franceses. Que los ingleses se larguen de Turquía y no combatan por Bagdad. Que se larguen de la India y de Egipto. No queremos combatir para que se conserven los botines saqueados, así como no emplearemos ni un solo átomo de nuestra energía para que los bandidos alemanes conserven su botín. Si hacen esto —y ustedes sólo lo han dicho—, en política no se cree en las palabras y se hace bien en no creerlas; si no sólo lo dicen, sino que lo hacen, entonces esos aliados que ahora existen se manifestarán. Miren el estado de ánimo de todo obrero y campesino oprimido: simpatizan y se lamentan de que sean tan débiles, de que, teniendo armas, dejen a los banqueros. Sus aliados son los obreros oprimidos de todos los países. Ocurrirá lo que la revolución de 1905 mostró de hecho. Cuando empezó, era terriblemente débil. ¿Y cuál fue su resultado internacional? ¿Cómo se definió la política exterior de la revolución rusa a partir de esta política, de la historia de 1905? Ahora ustedes llevan a cabo la política exterior de la revolución rusa enteramente con los capitalistas. Pero 1905 mostró cómo debe ser la política exterior de la revolución rusa. Es un hecho indudable que, después del 17 de octubre de 1905, en Viena y Praga comenzaron disturbios callejeros masivos y la construcción de barricadas. Después de 1905, llegó el año 1908 en Turquía, 1909 en Persia y 1910 en China. Si llaman a una democracia verdaderamente revolucionaria, a la clase obrera, a los oprimidos, y no se avienen a pactar con los capitalistas, entonces sus aliados serán, no las clases opresoras, sino las oprimidas; no las nacionalidades en las que ahora predominan temporalmente las clases opresoras, sino las nacionalidades que ahora son despedazadas. Aquí nos recuerdan el frente alemán, en el que ninguno de nosotros ha propuesto transformación alguna, salvo la libre difusión de nuestros llamamientos, que están escritos, de un lado, en ruso y, de otro, en alemán. Allí se dice: los capitalistas de ambos países son bandidos. Eliminarlos es sólo un paso hacia la paz. Pero hay otros frentes. En el frente turco está nuestro ejército, cuya cifra desconozco. Supongamos que, aproximadamente, hay allí 3 millones. Si ese ejército, que ahora está en Armenia y comete anexiones, que ustedes toleran, predicando a los otros pueblos la paz sin anexiones, aunque tienen fuerza y poder, si ese ejército se pasara a este programa, si hiciera de Armenia una república armenia independiente, y el dinero que nos cobran los financiistas de Inglaterra y Francia se lo dieran a ellos, sería mejor.

Dicen que no podemos prescindir del apoyo financiero de Inglaterra y Francia. Pero ese apoyo «sostiene» como la cuerda sostiene al ahorcado. Que la clase revolucionaria rusa diga: ¡abajo ese apoyo! No reconozco las deudas contraídas con los capitalistas franceses e ingleses; ¡llamo a la insurrección de todos contra los capitalistas! ¡Ninguna paz con los capitalistas alemanes, y ninguna alianza con los ingleses y franceses! Si esta política se lleva a cabo de hecho, entonces nuestro ejército turco podría liberarse y volver a otros frentes, porque todos los pueblos de Asia verían que el pueblo ruso no proclama de palabra solamente la paz sin anexiones sobre la base de la autodeterminación de las naciones, sino que el obrero y el campesino ruso se ponen de hecho a la cabeza de todos los pueblos oprimidos, que la lucha contra el imperialismo no es para él un deseo vacío ni una frase ministerial de aparato, sino el interés vital de la revolución.

Nuestra situación es tal que la guerra revolucionaria puede amenazarnos, pero no es obligatorio que tenga lugar, porque los imperialistas ingleses difícilmente podrán hacer la guerra contra nosotros si ustedes se dirigen a los pueblos que rodean toda Rusia con su ejemplo práctico. Demuestren que liberan la república armenia, que entran en acuerdo con los Soviets de diputados obreros y campesinos en cada país, que están por la república libre; entonces la política exterior de la revolución rusa se volvería de hecho revolucionaria, de hecho democrática. Ahora lo es sólo de palabra, de hecho es contrarrevolucionaria, porque están atados al imperialismo anglo-francés y no quieren decirlo abiertamente, temen reconocerlo. Sería mejor si, en lugar de ese llamamiento a «derrocar a los banqueros ajenos», dijeran al pueblo ruso, a los obreros y campesinos, directamente: «somos demasiado débiles, no podemos sacudirnos el yugo de los imperialistas anglo-franceses, somos sus esclavos, por eso combatimos». Ésta sería una verdad amarga, tendría un significado revolucionario, haría avanzar de hecho el acercamiento al fin de esta guerra de rapiña. Esto significa mil veces más que el acuerdo con los socialchovinistas franceses e ingleses, que la convocatoria de congresos a los que ellos asistirán, que la continuación de esta política cuando de hecho temen romper con los imperialistas de un país, permaneciendo aliados de otros. Pueden apoyarse en las clases oprimidas de los países europeos, en los pueblos oprimidos de los países más débiles, a los que Rusia ha oprimido bajo los zares, a los que oprime, como ahora a Armenia; apoyándose en ellos, pueden dar libertad, ayudando a sus comités obreros y campesinos; se pondrían a la cabeza de todas las clases oprimidas, de todos los pueblos oprimidos en la guerra contra el imperialismo alemán y contra el imperialismo inglés, que no pueden unirse contra ustedes porque están en un combate a muerte entre sí, porque se encuentran en una situación irremediablemente difícil, mientras que la política exterior de la revolución rusa, la alianza sincera de hecho con las clases oprimidas, con los pueblos oprimidos, puede tener éxito, ¡99 posibilidades de 100 de que lo tenga!

Recientemente, en el periódico moscovita de nuestro partido, encontramos una carta de un campesino, exponiendo nuestro programa. Me permitiré terminar mi discurso con una breve cita de esa carta, que expresa cómo entendió el campesino nuestro programa. Esa carta se publicó en el núm. 59 del periódico moscovita de nuestro partido «Sotsial-Demokrat»{109} y se reimprimió en el núm. 68 de «Pravda»: «Hay que presionar más a la burguesía, para que reviente por todas las costuras. Entonces se acabará la guerra. Pero si no presionamos con fuerza a la burguesía, malo será». (Aplausos.)

«Pravda» núms. 95, 96 y 97; 13 de julio (30 de junio), 14 (1) y 15 (2) de julio de 1917.

Se publica según el texto del periódico «Pravda», cotejado con la versión taquigráfica corregida por V. I. Lenin.