El transporte ferroviario está desorganizado de manera increíble y se desorganiza cada vez más. Los ferrocarriles se pararán. Se interrumpirá el suministro de materias primas y carbón a las fábricas. Se interrumpirá el suministro de pan. Los capitalistas sabotean deliberada y constantemente (estropean, paralizan, minan, obstaculizan) la producción, con la esperanza de que una catástrofe sin precedentes sea el hundimiento de la república y la democracia, de los Soviets y de todas las uniones proletarias y campesinas, facilitando el retorno a la monarquía y la restauración del poder absoluto de la burguesía y los terratenientes.

Una catástrofe de proporciones nunca vistas y el hambre son amenazas ineludibles. De esto se ha hablado ya innumerables veces en todos los periódicos. Una cantidad increíble de resoluciones han sido adoptadas tanto por los partidos como por los Soviets de diputados obreros, soldados y campesinos, resoluciones en las que se reconoce que la catástrofe es inevitable, que se aproxima de manera inminente, que es necesaria una lucha desesperada contra ella, que son necesarios «esfuerzos heroicos» del pueblo para prevenir la ruina, y así sucesivamente.

Todo esto se dice. Todo esto se reconoce. Todo esto se ha decidido.

Y no se hace nada.

Han pasado seis meses de revolución. La catástrofe se ha acercado aún más. Se ha llegado al desempleo masivo. ¡Solo pensar que en un país con escasez de mercancías, un país que perece por falta de productos, por falta de brazos, habiendo suficiente cantidad de pan y materias primas, y en semejante país, en semejante momento crítico, ha surgido el desempleo masivo! ¿Qué otra prueba se necesita de que en seis meses de revolución (que algunos llaman grande, pero que hasta ahora sería más justo, quizás, llamar podrida), en una república democrática, con abundancia de uniones, organismos, instituciones que orgullosamente se autodenominan «revolucionario-democráticas», en realidad no se ha hecho absolutamente nada serio contra la catástrofe, contra el hambre? Nos acercamos al colapso cada vez más rápido, pues la guerra no espera, y el desorden que ella crea en todos los aspectos de la vida del pueblo se intensifica cada vez más.

Y sin embargo basta con un poco de atención y reflexión para convencerse de que existen medios para luchar contra la catástrofe y el hambre, de que las medidas de lucha son completamente claras, sencillas, perfectamente realizables, plenamente accesibles a las fuerzas del pueblo, y de que estas medidas no se adoptan únicamente, exclusivamente, porque su realización afectaría las ganancias inauditas de un puñado de terratenientes y capitalistas.

En efecto. Se puede garantizar que no encontrarán ni un solo discurso, ni un solo artículo en un periódico de cualquier tendencia, ni una sola resolución de cualquier asamblea o institución, donde no se reconozca de manera perfectamente clara y definida la medida fundamental y principal de lucha, la medida para prevenir la catástrofe y el hambre. Esta medida es: control, supervisión, contabilidad, regulación por parte del Estado, establecimiento de una correcta distribución de las fuerzas de trabajo en la producción y distribución de los productos, ahorro de las fuerzas del pueblo, eliminación de todo despilfarro innecesario de fuerzas, su economía. Control, supervisión, contabilidad: he aquí la primera palabra en la lucha contra la catástrofe y el hambre. He aquí lo indiscutible y generalmente reconocido. Y he aquí lo que precisamente no se hace por miedo a atentar contra el poder absoluto de los terratenientes y capitalistas, contra sus ganancias desmedidas, inauditas, escandalosas, ganancias que se obtienen con la carestía, con los suministros de guerra (y para la guerra «trabajan» ahora, directa o indirectamente, casi todos), ganancias que todos conocen, todos observan, y sobre las cuales todos se lamentan y exclaman.

Y no se hace absolutamente nada para establecer un control, una contabilidad, una supervisión serios por parte del Estado.