La cuestión del aumento de los precios fijos del pan tiene también otra faceta. Este aumento significa un nuevo incremento caótico de la emisión de papel moneda, un nuevo paso adelante en el proceso de agudización de la carestía, el agravamiento del desorden financiero y la aproximación de la quiebra financiera. Todos reconocen que la emisión de papel moneda es la peor forma de empréstito forzoso, que empeora la situación con mayor fuerza precisamente de los obreros, de la parte más pobre de la población, y que es el mal principal de la desorganización financiera.

¡Y es precisamente a esta medida a la que recurre el gobierno de Kérenski, apoyado por los eseristas y mencheviques!

Para una lucha seria contra el desorden financiero y la inevitable quiebra financiera no hay otro camino que la ruptura revolucionaria con los intereses del capital y la organización de un control verdaderamente democrático, es decir, "desde abajo", un control de los obreros y de los campesinos más pobres sobre los capitalistas, el camino del cual habla toda nuestra exposición precedente.

La descomunal emisión de papel moneda fomenta la especulación, permite a los capitalistas amasar millones con ella y crea enormes dificultades para la tan necesaria expansión de la producción, pues la carestía de los materiales, las máquinas, etc., se intensifica y avanza a saltos. ¿Cómo ayudar a la causa, cuando las riquezas adquiridas por los ricos mediante la especulación se ocultan?

Se puede introducir un impuesto sobre la renta con tasas progresivas y muy elevadas para los ingresos grandes y muy grandes. Nuestro gobierno, siguiendo a otros gobiernos imperialistas, lo ha introducido. Pero sigue siendo en gran medida una ficción, letra muerta, porque, en primer lugar, el valor del dinero cae cada vez más rápido y, en segundo lugar, la ocultación de ingresos es tanto mayor cuanto más provienen estos de la especulación y cuanto más protegido está el secreto comercial.

Para hacer que el impuesto sea efectivo y no ficticio, se necesita un control efectivo, que no se quede en el papel. Y el control sobre los capitalistas es imposible si sigue siendo burocrático, pues la burocracia misma está ligada y entrelazada con mil hilos a la burguesía. Por eso, en los Estados imperialistas de Europa occidental, tanto en las monarquías como en las repúblicas, el saneamiento financiero se logra solo al precio de instaurar un "servicio de trabajo obligatorio" que crea para los obreros una penitenciaría militar o una esclavitud militar.

El control reaccionario-burocrático: he aquí el único medio que conocen los Estados imperialistas, sin excluir a las repúblicas democráticas, Francia y América, para cargar el peso de la guerra sobre el proletariado y las masas trabajadoras.

La contradicción fundamental de la política de nuestro gobierno consiste precisamente en que se ve obligado a aplicar —para no pelearse con la burguesía, para no romper la "coalición" con ella— un control reaccionario-burocrático, llamándolo "revolucionario-democrático", engañando al pueblo a cada paso, irritando y exasperando a las masas que acaban de derrocar al zarismo.

En cambio, precisamente las medidas revolucionario-democráticas, al unir en uniones a las clases oprimidas, a los obreros y campesinos, a las masas, darían la posibilidad de establecer el control más efectivo sobre los ricos y la lucha más exitosa contra la ocultación de ingresos.

Se intenta fomentar la circulación de cheques para luchar contra la emisión excesiva de papel moneda. Para los pobres, esta medida no tiene importancia, pues la gente humilde vive al día, completa su "ciclo económico" en una semana, devolviendo a los capitalistas los escasos céntimos que logra ganar. Para los ricos, la circulación de cheques podría tener una importancia enorme; permitiría al Estado, especialmente en combinación con medidas como la nacionalización de los bancos y la abolición del secreto comercial, controlar efectivamente los ingresos de los capitalistas, gravarlos efectivamente con impuestos, "democratizar" realmente (y al mismo tiempo sanear) el sistema financiero.

Pero el obstáculo aquí es precisamente el miedo a vulnerar los privilegios de la burguesía, a romper la "coalición" con ella. Pues sin medidas verdaderamente revolucionarias, sin la más seria coacción, los capitalistas no se someterán a ningún control, no abrirán sus presupuestos, no entregarán "bajo cuenta" del Estado democrático sus reservas de billetes.

Los obreros y campesinos, unidos en uniones, nacionalizando los bancos, introduciendo la circulación de cheques como obligatoria por ley para todas las personas ricas, aboliendo el secreto comercial, estableciendo la confiscación de bienes por ocultación de ingresos, etc., podrían con extraordinaria facilidad hacer el control tanto efectivo como universal, un control precisamente sobre los ricos, un control que devolviera al erario los billetes que emite de manos de quienes los tienen, de quienes los esconden.

Para ello se necesita la dictadura revolucionaria de la democracia, encabezada por el proletariado revolucionario; es decir, para esto la democracia debe hacerse revolucionaria de hecho. Esta es la clave del asunto. Esto es lo que no quieren nuestros eseristas y mencheviques, que engañan al pueblo con la bandera de la "democracia revolucionaria" y apoyan de hecho la política reaccionaria-burocrática de la burguesía, la cual, como siempre, se guía por la regla: "après nous le déluge" (¡después de nosotros, el diluvio!).

No solemos notar hasta qué punto han calado en nosotros los hábitos y prejuicios antidemocráticos acerca de la "santidad" de la propiedad burguesa. Cuando un ingeniero o un banquero publica los ingresos y gastos del obrero, los datos sobre su salario y la productividad de su trabajo, esto se considera archilegal y justo. A nadie se le ocurre ver en ello un atentado contra la "vida privada" del obrero, una "inquisición o delación" del ingeniero. El trabajo y el salario de los obreros asalariados son considerados por la sociedad burguesa como un libro abierto, donde cada burgués tiene derecho a mirar siempre, a desenmascarar tal o cual "lujo" del obrero, tal o cual supuesta "pereza" suya, etc.

¿Y el control inverso? ¿Qué pasaría si los sindicatos de empleados, oficinistas, sirvientes fueran llamados por el Estado democrático a verificar los ingresos y gastos de los capitalistas, a publicar los datos al respecto, a ayudar al gobierno en la lucha contra la ocultación de ingresos?

¡Qué aullido salvaje levantaría la burguesía contra la "inquisición", contra las "delaciones"! Cuando los "señores" controlan a la servidumbre, los capitalistas a los obreros, esto se considera en el orden de las cosas; la vida privada del trabajador y del explotado no se considera inviolable; la burguesía tiene derecho a pedir cuentas a cada "esclavo asalariado", a hacer públicos siempre sus ingresos y gastos. En cambio, ¡la tentativa de los oprimidos de controlar al opresor, de sacar a la luz sus ingresos y gastos, de desenmascarar su lujo, aunque sea en tiempo de guerra, cuando este lujo provoca el hambre directa y la muerte de los ejércitos en el frente, oh, no, la burguesía no permitirá la "inquisición" ni las "delaciones"!

La cuestión se reduce siempre a lo mismo: la dominación de la burguesía es incompatible con el democratismo verdadero, verdaderamente revolucionario. En el siglo XX, en un país capitalista, no se puede ser demócrata revolucionario si se teme marchar hacia el socialismo.