La Internacional de Zimmerwald adoptó desde el principio una posición vacilante, «kautskiana», «centrista», lo que obligó a la izquierda de Zimmerwald a deslindarse de inmediato, a aislarse y a presentar su propio manifiesto (publicado en Suiza en ruso, alemán y francés).

El principal defecto de la Internacional de Zimmerwald —causa de su bancarrota (pues ya ha sufrido una bancarrota ideológico-política)— son las vacilaciones, la indecisión en la cuestión fundamental que prácticamente lo determina todo: la ruptura completa con el socialchovinismo y con la vieja Internacional socialchovinista, encabezada por Vandervelde, Huysmans en La Haya (Holanda), etc.

Entre nosotros aún no se sabe que la mayoría de Zimmerwald es precisamente kautskiana. Y, sin embargo, este es un hecho fundamental que no se puede dejar de tener en cuenta y que en Europa Occidental es ya de dominio público. Incluso un chovinista, un chovinista alemán extremo como Heilmann, redactor del archichovinista *Chemnitzer Zeitung* y colaborador de la archichovinista *Die Glocke*{103} de Parvus —(por supuesto, «socialdemócrata» y furibundo partidario de la «unidad» de la socialdemocracia)—, se ha visto obligado a reconocer en la prensa que el centro o «kautskianismo» y la mayoría de Zimmerwald son una misma cosa.

Y a finales de 1916 y comienzos de 1917 este hecho quedó definitivamente confirmado. A pesar de la condena del socialpacifismo por el Manifiesto de Kienthal, toda la derecha de Zimmerwald, toda la mayoría de Zimmerwald, se ha deslizado hacia el socialpacifismo: Kautsky y Cía., en una serie de intervenciones en enero y febrero de 1917; Bourderon y Merrheim en Francia, votando unánimemente con los socialchovinistas por las resoluciones pacifistas del partido socialista (diciembre de 1916){104} y de la «Confederación General del Trabajo» (es decir, la organización nacional de los sindicatos profesionales franceses, también en diciembre de 1916); Turati y Cía. en Italia, donde todo el partido ha adoptado una posición socialpacifista, y personalmente Turati «resbaló» (y no por casualidad, claro está) hasta frases nacionalistas que embellecen la guerra imperialista, en un discurso del 17 de diciembre de 1916.

El presidente de Zimmerwald y Kienthal, Robert Grimm, en enero de 1917 se alió con los socialchovinistas de su partido (Greulich, Pflüger, Gustav Müller y otros) contra los internacionalistas de hecho.

En dos reuniones de los zimmerwaldianos de distintos países, en enero y febrero de 1917, esta conducta ambigua y doble de la mayoría de Zimmerwald fue estigmatizada formalmente por los internacionalistas de izquierda de varios países: Münzenberg, secretario de la organización internacional de la juventud y redactor del excelente periódico internacionalista *La Internacional de la Juventud*{105}; Zinóviev, representante del Comité Central de nuestro partido; K. Radek, del partido socialdemócrata polaco («Dirección Regional»); Hartstein, socialdemócrata alemán, miembro del «grupo Espartaco».

Al proletariado ruso se le ha dado mucho; en ningún lugar del mundo ha logrado todavía la clase obrera desplegar una energía revolucionaria como en Rusia. Pero a quien mucho se le da, mucho se le reclamará.

No se puede tolerar por más tiempo el pantano de Zimmerwald. No se puede, por culpa de los «kautskianos» de Zimmerwald, seguir en una semivinculación con la Internacional chovinista de los Plejánov y los Scheidemann. Hay que romper con esa Internacional de inmediato. Hay que permanecer en Zimmerwald solo a efectos de información.

Debemos fundar nosotros, precisamente ahora, sin demora, una Internacional nueva, revolucionaria, proletaria; o, más exactamente, no debemos temer reconocer a voz en cuello que ya está fundada y actúa.

Esta es la Internacional de aquellos «internacionalistas de hecho» que he enumerado exactamente más arriba. Ellos, y solo ellos, son los representantes de las masas revolucionario-internacionalistas, y no los corruptores de las masas.

Si son pocos estos socialistas, que cada obrero ruso se pregunte: ¿eran muchos los revolucionarios conscientes en Rusia en vísperas de la revolución de febrero y marzo de 1917?

La cuestión no estriba en el número, sino en la expresión correcta de las ideas y la política del proletariado realmente revolucionario. La esencia no está en la «proclamación» del internacionalismo, sino en saber ser, incluso en los tiempos más difíciles, internacionalista de hecho.

No nos engañemos con la esperanza de acuerdos y congresos internacionales. Las relaciones internacionales, mientras dura la guerra imperialista, están atenazadas por las férreas tenazas de la dictadura militar burguesa imperialista. Si incluso el «republicano» Miliukov, obligado a tolerar el gobierno colateral del Soviet de diputados obreros, impidió en abril de 1917 la entrada a Rusia del socialista suizo, secretario del partido, internacionalista, participante en Zimmerwald y Kienthal, Fritz Platten, pese a estar casado con una rusa, viajar a casa de los parientes de su esposa, pese a haber participado en la revolución de 1905 en Riga, haber estado por ello en una cárcel rusa, haber depositado una fianza ante el gobierno zarista para su liberación y querer recuperar dicha fianza... si el «republicano» Miliukov pudo hacer esto en Rusia en abril de 1917, se puede juzgar lo que valen las promesas y los ofrecimientos, las frases y las declaraciones sobre la paz sin anexiones, etc., por parte de la burguesía.

¿Y la detención de Trotski por el gobierno inglés? ¿Y la no salida de Mártov desde Suiza, y las esperanzas de atraer a Mártov a Inglaterra, donde le espera la suerte de Trotski?

No nos hagamos ilusiones. No debemos autoengañarnos.

«Esperar» congresos o conferencias internacionales significa ser un traidor al internacionalismo, una vez demostrado que incluso desde Estocolmo no dejan venir hasta nosotros ni a los socialistas fieles al internacionalismo, ni siquiera recibir cartas suyas, pese a la plena posibilidad —y a la plena ferocidad de la censura militar.

No hay que «esperar», sino fundar la tercera Internacional: nuestro partido debe hacerlo de inmediato; y cientos de socialistas en las cárceles de Alemania e Inglaterra suspirarán con alivio; miles y miles de obreros alemanes, que ahora organizan huelgas y manifestaciones que atemorizan al canalla y bandido de Guillermo, leerán en hojas ilegales sobre nuestra decisión, sobre nuestra fraternal confianza a Karl Liebknecht y solo a él, sobre nuestra decisión de luchar también ahora contra el «defensismo revolucionario»; lo leerán y se fortalecerán en su internacionalismo revolucionario.

A quien mucho se le da, mucho se le reclamará. No hay país en el mundo donde ahora exista tanta libertad como en Rusia. Aprovechemos esta libertad no para predicar el apoyo a la burguesía o al «defensismo revolucionario» burgués, sino para la audaz y honesta fundación, proletaria y liebknechtiana, de la tercera Internacional, una Internacional hostil sin vuelta atrás tanto a los traidores —los socialchovinistas— como a las gentes vacilantes del «centro».

18. Sobre el hecho de que no se puede ni hablar de la unificación de los socialdemócratas en Rusia, no vale la pena gastar muchas palabras después de lo dicho anteriormente.

Es mejor quedarse los dos, como Liebknecht —y eso significa quedarse con el proletariado revolucionario—, que admitir aunque sea por un minuto la idea de la unificación con el partido del OK, con Chjeidze y Tsereteli, que toleran el bloque con Potrésov en *Rabóchaya Gazeta*, que votan por el empréstito en el Comité Ejecutivo del Soviet de diputados obreros{106}, que se han deslizado hacia el «defensismo».

Dejad que los muertos entierren a sus muertos.

Quien quiera ayudar a los vacilantes debe empezar por dejar de vacilar él mismo.