El señor Tsereteli es uno de los ministros «socialistas» más locuaces y uno de los líderes de la pequeña burguesía. Cuesta trabajo obligarse a leer hasta el final sus innumerables discursos, hasta tal punto son carentes de contenido y vulgares estos discursos verdaderamente «ministeriales», que no dicen absolutamente nada, no comprometen a nada, no tienen absolutamente ninguna importancia seria. Lo que hace particularmente insoportables estas elocuentes «intervenciones» (las cuales, precisamente por su vacuidad, debían convertir a Tsereteli en el favorito de la burguesía) es la infinita vanidad del orador, y a menudo resulta difícil decidir si es una estupidez fuera de lo común o un cinismo político mercantil lo que se oculta bajo frases alisadas, pulidas y melosas.

Cuanto más carente de contenido es el discurso de Tsereteli, con tanta mayor energía hay que subrayar el suceso completamente inverosímil, excepcional, que le ocurrió a este orador en la sesión plenaria del Soviet de Petrogrado el 18 de agosto{54}. Inverosímil, pero es un hecho: a Tsereteli se le escapó una palabra simple, clara, sensata, veraz. Se le escapó una palabra que expresa verazmente una profunda y seria verdad política, que no tiene un significado casual, sino que caracteriza toda la situación política contemporánea en sus rasgos esenciales, fundamentales, en sus bases.

Tsereteli dijo, según el informe de *Rech* (el lector recuerda, por supuesto, que Tsereteli se oponía a la resolución sobre la abolición de la pena de muerte):

«...Ninguna resolución de ustedes ayudará. Aquí no se necesitan resoluciones de papel, sino hechos reales...».

Lo que es verdad, es verdad. Las palabras sensatas son agradables de escuchar...

Por supuesto, con esta verdad Tsereteli se golpea ante todo y sobre todo a sí mismo. Pues precisamente él, como uno de los más destacados líderes del Soviet, contribuyó a la prostitución de esta institución, a su reducción al papel lamentable de una especie de asamblea liberal, que deja como herencia al mundo un archivo de buenos deseos ejemplarmente impotentes. Quién sino Tsereteli, que hizo pasar por el Soviet, castrado por eseristas y mencheviques, centenares de «resoluciones de papel», tendría el menor derecho, cuando se llegó a la adopción de una resolución que lo golpea dolorosamente a él mismo, a gritar sobre las «resoluciones de papel». Tsereteli se colocó en la situación particularmente ridícula de un parlamentario que más que nadie se ocupó de las resoluciones «parlamentarias», más que nadie ensalzó hasta el cielo su importancia, más que nadie se afanó por ellas, y cuando recibió una resolución en su contra, se puso a gritar a voz en cuello «están verdes las uvas», en realidad, la resolución es de papel.

Y sin embargo la verdad, aunque dicha por un hombre falso, aunque en un tono falso, sigue siendo verdad.

La resolución es de papel no por la razón por la que la declaró de papel el ex ministro Tsereteli, quien supone que para la defensa de la revolución (¡no es broma!) es necesaria la pena de muerte. La resolución es de papel porque en ella se repite la fórmula estereotipada, aprendida de memoria desde marzo de 1917 y repetida sin sentido: «El Soviet exige del Gobierno Provisional». Se han acostumbrado a «exigir» y repiten por costumbre, sin notar que la situación ha cambiado, la fuerza se ha ido, y la «exigencia» que no se apoya en la fuerza es ridícula.

Más aún, la «exigencia» repetida estereotipadamente infunde a las masas la ilusión de que la situación no ha cambiado, de que el Soviet es una fuerza, de que, al declarar la «exigencia», el Soviet ha hecho algo y puede irse a dormir el sueño del «revolucionario» (disculpen...) «demócrata» que ha cumplido con su deber.

Otro lector, tal vez, preguntará: ¿acaso no debían los bolcheviques, partidarios de la sobriedad política, del cálculo de fuerzas, enemigos de la frase, votar a favor de la resolución?

No. Había que votar a favor, ya que en un parágrafo de la resolución (§ 3) se contiene una idea excelente, correcta (fundamental, principal, decisiva): que la pena de muerte es un arma contra las masas (otra cosa sería si se tratara de un arma contra los terratenientes y capitalistas). Había que votar a favor, aunque los pequeñoburgueses eseristas estropearon el texto de Mártov y en lugar de la referencia a los objetivos «imperialistas ajenos a los intereses del pueblo» insertaron una frase incondicionalmente mentirosa, que engaña al pueblo, que embellece la guerra rapaz, sobre la «defensa de la patria y la revolución».

Había que votar a favor, haciendo constar nuestro desacuerdo con puntos particulares y haciendo una declaración: ¡obreros! No penséis que el Soviet está en condiciones ahora de exigir algo al Gobierno Provisional. No cedáis a las ilusiones. Sabed que el Soviet ya no está en condiciones de exigir, y el gobierno actual es completamente prisionero de la burguesía contrarrevolucionaria. Reflexionad más seriamente sobre esta amarga verdad. Nadie podía impedir a los miembros del Soviet votar a favor, haciendo en una u otra forma tales reservas.

Y entonces la resolución habría dejado de ser «de papel».

Y entonces habríamos sorteado la pregunta provocadora de Tsereteli, que preguntaba a los miembros del Soviet si querían «derrocar» al Gobierno Provisional, exactamente igual, literalmente igual que como Kátkov preguntaba a los liberales bajo Alejandro III si querían «derrocar» la autocracia. Habríamos respondido al ex ministro: amable ciudadano, usted acaba de promulgar una ley de trabajos forzados contra aquellos que «atentan» o incluso solo intentan «derrocar» al gobierno (formado por acuerdo de los terratenientes y capitalistas con los traidores pequeñoburgueses de la democracia). Comprendemos perfectamente que todos los burgueses lo alabarían aún más a usted si «encausara» a algunos bolcheviques bajo esta agradable (para usted) ley. Pero no se sorprenda si no nos proponemos como tarea facilitarle a usted la búsqueda de casos de aplicación de esta «agradable» ley.

Como el sol en una pequeña gota de agua, se reflejó en el incidente del 18 de agosto todo el régimen político de Rusia. Un gobierno bonapartista, la pena de muerte, la ley de trabajos forzados, el endulzamiento de estas cosas «agradables» (para los provocadores) con frases completamente iguales a las que prodigaba Luis Napoleón: sobre la igualdad, la fraternidad, la libertad, el honor y la dignidad de la patria, sobre las tradiciones de la gran revolución, sobre la represión de la anarquía.

Melosos, hasta el empalago melosos ministros pequeñoburgueses y ex ministros, que se golpean el pecho, asegurando que tienen alma, que la están destruyendo al introducir y aplicar contra las masas la pena de muerte, que lloran al hacerlo —una edición mejorada de aquel «pedagogo» de los años 60 del siglo pasado, que seguía los preceptos de Pirogov y azotaba no simplemente, no de manera habitual, no a la vieja usanza, sino regando con una lágrima filantrópica al hijo del pequeño burgués «legalmente» y «justamente» sometido al castigo.

Los campesinos, engañados por sus líderes pequeñoburgueses y que continúan creyendo que del matrimonio del bloque de eseristas y mencheviques con la burguesía puede nacer... la abolición de la propiedad privada de la tierra sin indemnización.

Los obreros... bueno, sobre lo que piensan los obreros, guardaremos silencio mientras el «humanitario» Tsereteli no derogue la nueva ley de trabajos forzados.

*Rabochi* № 2, 8 de septiembre (26 de agosto) de 1917.

Se publica según el texto del periódico *Rabochi*.