Todas las medidas de lucha contra la catástrofe que hemos descrito reforzarían extraordinariamente, como ya hemos señalado, la capacidad defensiva o, en otras palabras, la potencia militar del país. Esto, por un lado. Y, por otro lado, estas medidas no pueden llevarse a la práctica sin transformar la guerra de conquista en una guerra justa, sin transformar la guerra librada por los capitalistas en interés de los capitalistas en una guerra librada por el proletariado en interés de todos los trabajadores y explotados.

En efecto. La nacionalización de los bancos y de los sindicatos, en combinación con la abolición del secreto comercial y el control obrero sobre los capitalistas, significaría no solo un gigantesco ahorro de trabajo popular, la posibilidad de economizar fuerzas y medios, sino que significaría también una mejora de la situación de las masas trabajadoras de la población, de su mayoría. En la guerra moderna, como todos saben, la organización económica tiene una importancia decisiva. En Rusia hay suficiente pan, carbón, petróleo, hierro: en este sentido, nuestra situación es mejor que la de cualquiera de los países europeos beligerantes. Y, al luchar contra la ruina con los medios indicados, atrayendo a esta lucha la iniciativa de las masas, mejorando su situación, implantando la nacionalización de los bancos y de los sindicatos, Rusia utilizaría su revolución y su democratismo para elevar a todo el país a un nivel inconmensurablemente más alto de organización económica.

Si en lugar de la «coalición» con la burguesía, que frena todas las medidas de control y sabotea la producción, los eseristas y mencheviques hubieran realizado en abril el traspaso del poder a los Soviets y hubieran dirigido sus fuerzas no al juego del «salto ministerial», no al usufructo burocrático, junto a los kadetes, de puestos de ministros, viceministros, etc., etc., sino a la dirección de los obreros y campesinos en su control sobre los capitalistas, en su guerra contra los capitalistas, entonces Rusia sería hoy un país en plena transformación económica, con la tierra en manos de los campesinos, con la nacionalización de los bancos; es decir, sería en esa medida (y estas son bases económicas sumamente importantes de la vida moderna) superior a todos los demás países capitalistas.

La capacidad defensiva, la potencia militar de un país con los bancos nacionalizados es superior a la de un país con bancos que permanecen en manos privadas. La potencia militar de un país campesino, con la tierra en manos de los comités campesinos, es superior a la de un país con terratenencia latifundista.

Se alude constantemente al heroico patriotismo y a los milagros de valor militar de los franceses en 1792-1793. Pero se olvidan las condiciones materiales, histórico-económicas, que fueron las únicas que hicieron posibles esos milagros. Una represión verdaderamente revolucionaria del caduco feudalismo, el paso de todo el país, y además con una rapidez, decisión, energía y abnegación auténticamente democrático-revolucionarias, a un modo de producción más elevado, a la libre posesión campesina de la tierra: he aquí las condiciones materiales, económicas, que con «milagrosa» rapidez salvaron a Francia, regenerando y renovando su base económica.

El ejemplo de Francia nos dice una cosa, y solo una: para hacer a Rusia capaz de defenderse, para lograr también en ella los «milagros» de heroísmo de masas, es preciso barrer con implacabilidad «jacobina» todo lo viejo y renovar, regenerar a Rusia económicamente. Y esto no se puede hacer en el siglo XX con solo barrer el zarismo (Francia no se limitó a esto hace 125 años). Esto no se puede hacer ni siquiera con la sola destrucción revolucionaria de la terratenencia latifundista (¡y ni esto hicimos, porque los eseristas y mencheviques traicionaron al campesinado!), con la sola entrega de la tierra al campesinado. Pues vivimos en el siglo XX, y el dominio sobre la tierra, sin el dominio sobre los bancos, no es capaz de introducir la regeneración, la renovación en la vida del pueblo.

La renovación material, productiva, de Francia a finales del siglo XVIII, estuvo vinculada a la renovación política y espiritual, a la dictadura de la democracia revolucionaria y del proletariado revolucionario (del cual la democracia no se deslindaba y con el que aún estaba casi fundida), a la guerra implacable declarada a todo lo reaccionario. Todo el pueblo, y en particular las masas, es decir, las clases oprimidas, estaban poseídos por un entusiasmo revolucionario sin límites; todos consideraban la guerra como justa, defensiva, y de hecho lo era. La Francia revolucionaria se defendía de la Europa reaccionario-monárquica. No en 1792-1793, sino muchos años después, tras la victoria de la reacción en el interior del país, la dictadura contrarrevolucionaria de Napoleón convirtió las guerras de Francia de defensivas en guerras de conquista.

¿Y en Rusia? Continuamos librando una guerra imperialista, en interés de los capitalistas, en alianza con los imperialistas, en concordancia con los tratados secretos que el zar concertó con los capitalistas de Inglaterra, etc., prometiendo en esos tratados a los capitalistas rusos el saqueo de países ajenos, Constantinopla, Lvov, Armenia, etc.

La guerra sigue siendo injusta, reaccionaria, de conquista por parte de Rusia, mientras esta no haya propuesto una paz justa y no haya roto con el imperialismo. El carácter social de la guerra, su verdadero significado, no se determina por el lugar donde están estacionadas las tropas enemigas (como piensan los eseristas y mencheviques, descendiendo a la vulgaridad del mujik ignorante). Este carácter se determina por la política que la guerra continúa («la guerra es la continuación de la política»), por la clase que la libra y para qué fines.

No se puede conducir a las masas a una guerra de rapiña, en virtud de tratados secretos, y esperar su entusiasmo. La clase avanzada de la Rusia revolucionaria, el proletariado, tiene una conciencia cada vez más clara del carácter criminal de la guerra, y la burguesía no solo no ha podido disuadir de esto a las masas, sino que, al contrario, la conciencia del carácter criminal de la guerra crece. ¡El proletariado de ambas capitales se ha vuelto definitivamente internacionalista en Rusia!

¡Cómo hablar aquí de entusiasmo de masas por la guerra!

Una cosa está indisolublemente ligada a la otra: la política interior con la exterior. No se puede hacer al país capaz de defenderse sin el mayor heroísmo del pueblo, que lleva a cabo audaz y decididamente grandes transformaciones económicas. Y no se puede suscitar heroísmo en las masas sin romper con el imperialismo, sin proponer a todos los pueblos una paz democrática, sin transformar así la guerra de conquista, de rapiña, criminal, en una guerra justa, defensiva, revolucionaria.

Solo una ruptura abnegada y consecuente con los capitalistas, tanto en la política interior como en la exterior, está en condiciones de salvar nuestra revolución y nuestro país, atenazado en el férreo torno del imperialismo.