El camarada Lenin contesta a los oradores anteriores. Señala que la expresión: «Occidente guarda un silencio vergonzoso»{29} es inadmisible en boca de un internacionalista. Sólo un ciego puede no ver la efervescencia que se ha apoderado de las masas obreras en Alemania y en Occidente. Las capas superiores del proletariado alemán, la intelectualidad socialista, allí como en todas partes, se compone en su mayoría de defensistas. Pero las bases proletarias, contra la voluntad de sus dirigentes, están dispuestas a responder a nuestro llamamiento. La feroz disciplina que reina en el ejército y la marina alemanes no ha impedido la acción de los elementos de oposición. Los marineros revolucionarios de la flota alemana, sabiendo de antemano que su intento estaba condenado al fracaso, marcharon heroicamente a una muerte segura, con tal de despertar con su sacrificio el espíritu de insurrección que aún dormita en el pueblo. El grupo «Espartaco»{30} desarrolla cada vez con más intensidad su propaganda revolucionaria. El nombre de Liebknecht, luchador infatigable por los ideales del proletariado, se hace cada día más popular en Alemania.

Creemos en la revolución en Occidente. Sabemos que es inevitable, pero, por supuesto, no se la puede crear por encargo. ¿Acaso en diciembre del año pasado podíamos saber con exactitud lo que sucedería en los días de febrero? ¿Acaso en septiembre sabíamos con certeza que un mes después la democracia revolucionaria en Rusia realizaría la mayor transformación del mundo? Sabíamos que el viejo poder estaba sobre un volcán. Por muchos indicios adivinábamos la gran labor subterránea que se realizaba en las profundidades de la conciencia popular. Sentíamos la electricidad acumulada en el aire. Sabíamos que inevitablemente estallaría en una tormenta purificadora. Pero no podíamos profetizar el día ni la hora de esa tormenta. El mismo cuadro que vimos entre nosotros lo vemos ahora también en Alemania. Allí crece el mismo sordo descontento de las masas populares, que inevitablemente desembocará en formas de movimiento popular. No podemos decretar la revolución, pero sí podemos contribuir a ella. Llevaremos a las trincheras el hermanamiento organizado, ayudaremos a los pueblos de Occidente a iniciar la invencible revolución socialista. El camarada Saks habló luego de decretar el socialismo. Pero ¿acaso el poder actual no llama a las propias masas a crear las mejores formas de vida? El intercambio de productos de la industria manufacturera por pan, el control y la contabilidad rigurosos de la producción: he ahí el comienzo del socialismo. Sí, tendremos una república del trabajo. Quien no quiera trabajar, que no coma.

Además, ¿en qué se manifiesta el aislamiento de nuestro partido? En que se desgajan algunos intelectuales aislados. Pero cada día encontramos más apoyo en el campesinado. Sólo vencerá y mantendrá el poder quien crea en el pueblo, quien se sumerja en el manantial de la viva creación popular.

A continuación, el camarada Lenin propone al CEC la siguiente resolución:

Encargando al Consejo de Comisarios del Pueblo que para la próxima sesión designe las candidaturas de comisarios del pueblo de Interior y de Comercio e Industria, el CEC propone al camarada Kolegáev que ocupe el cargo de comisario del pueblo de Agricultura.

*Pravda* nº 182, 20 (7) de noviembre de 1917, e *Izvestia del CEC* nº 218, 7 de noviembre de 1917.

Se publica según el texto del periódico *Izvestia del CEC*; la resolución sobre la declaración del grupo de comisarios del pueblo, según el texto del libro *Actas de las sesiones del Comité Ejecutivo Central de los Soviets de diputados obreros, soldados, campesinos y cosacos de toda Rusia de la segunda convocatoria*, ed. del CEC, 1918.