No me referiré al carácter general de la declaración. El gobierno que vuestro Congreso cree podrá introducir enmiendas también en los puntos no esenciales.

Me pronunciaré resueltamente contra el carácter ultimátum de nuestra exigencia de paz. El ultimátum puede resultar funesto para toda nuestra causa. No podemos exigir que una desviación insignificante de nuestras exigencias dé pie a los gobiernos imperialistas para decir que fue imposible entablar negociaciones de paz debido a nuestra intransigencia.

Difundiremos nuestra proclama por todas partes, todos la conocerán. Será imposible ocultar las condiciones planteadas por nuestro gobierno obrero y campesino.

Es imposible ocultar nuestra revolución obrera y campesina, que ha derrocado al gobierno de los banqueros y los terratenientes.

Si recurrimos al ultimátum, los gobiernos pueden no responder; con nuestra redacción, se verán obligados a responder. Que todos sepan lo que piensan sus gobiernos. No queremos secretos. Queremos que el gobierno esté siempre bajo el control de la opinión pública de su país.

¿Qué dirá un campesino de alguna provincia remota si, debido a nuestro ultimátum, no sabe qué quiere el otro gobierno? Dirá: camaradas, ¿por qué habéis excluido la posibilidad de propuestas de toda clase de condiciones de paz? Yo las discutiría, las examinaría, y luego daría instrucciones a mis representantes en la Asamblea Constituyente sobre cómo proceder. Estoy dispuesto a luchar por la vía revolucionaria por condiciones justas si los gobiernos no acceden, pero pueden darse condiciones para algunos países que yo esté dispuesto a proponer a esos gobiernos que sigan luchando ellos mismos. La realización plena de nuestras ideas depende únicamente del derrocamiento de todo el régimen capitalista. Esto es lo que puede decirnos el campesino, y nos acusará de excesiva intransigencia y en nimiedades, cuando lo principal para nosotros es revelar toda la vileza, toda la infamia de la burguesía y de sus verdugos coronados y no coronados, puestos al frente de los gobiernos.

No debemos ni podemos dar a los gobiernos la posibilidad de escudarse en nuestra intransigencia y ocultar a los pueblos por qué los envían a la carnicería. Es una gota, pero no debemos ni podemos renunciar a esa gota que horada la piedra de la dominación burguesa. El ultimátum facilitará la posición de nuestros adversarios. Nosotros, en cambio, mostraremos al pueblo todas las condiciones. Pondremos a todos los gobiernos ante nuestras condiciones, y que ellos respondan a sus pueblos. Someteremos todas las propuestas de paz a la decisión de la Asamblea Constituyente.

Hay todavía un punto, camaradas, al que debéis prestar la mayor atención. Los tratados secretos deben ser publicados. Deben ser derogadas las cláusulas sobre anexiones e indemnizaciones. Hay cláusulas de distinto tipo, camaradas: los gobiernos rapaces no sólo pactaban sobre rapiñas, sino que entre esos acuerdos incluían también acuerdos económicos y otras cláusulas sobre relaciones de buena vecindad.

No nos atamos a los tratados. No permitiremos que los tratados nos aten. Rechazamos todas las cláusulas sobre rapiñas y violencias, pero todas aquellas donde se estipulan condiciones de buena vecindad y acuerdos económicos las acogeremos cordialmente, no podemos rechazarlas. Proponemos un armisticio por un plazo de tres meses; elegimos un plazo largo porque los pueblos están agotados, los pueblos ansían descansar de esta sangrienta carnicería que dura ya cuatro años. Debemos comprender que es necesario que los pueblos discutan las condiciones de paz, que expresen su voluntad, con la participación del parlamento, y para ello ha de concederse un plazo. Por eso exigimos un armisticio prolongado, para que el ejército en las trincheras descanse de esta pesadilla de incesantes asesinatos; pero no rechazamos propuestas de un armisticio más corto, las examinaremos y deberemos aceptarlas incluso si nos ofrecen un armisticio de un mes o de un mes y medio. Nuestra propuesta de armisticio tampoco debe tener carácter de ultimátum, pues no daremos a nuestros enemigos la posibilidad de ocultar toda la verdad a los pueblos, escudándose en nuestra intransigencia. No debe ser un ultimátum, porque es criminal el gobierno que no desea el armisticio. Si no damos carácter de ultimátum a nuestra propuesta de armisticio, obligaremos con ello a los gobiernos a aparecer como criminales ante los ojos del pueblo, y con tales criminales los pueblos no andarán con miramientos. Se nos objeta que la ausencia de ultimátum mostrará nuestra impotencia, pero ya es hora de desechar toda la falsedad burguesa en los discursos sobre la fuerza del pueblo. La fuerza, según la concepción burguesa, es cuando las masas marchan ciegamente a la carnicería obedeciendo la orden de los gobiernos imperialistas. La burguesía sólo reconoce fuerte a un Estado cuando éste puede, con todo el poder del aparato gubernamental, lanzar a las masas adonde quieran los gobernantes burgueses. Nuestro concepto de la fuerza es distinto. Según nuestra concepción, el Estado es fuerte por la conciencia de las masas. Es fuerte cuando las masas lo saben todo, pueden juzgar de todo y emprenden todo de manera consciente. No tenemos por qué temer decir la verdad sobre el cansancio, pues ¿qué Estado no está cansado hoy, qué pueblo no habla abiertamente de ello? Tomemos Italia, donde sobre la base de este cansancio se desarrolló un prolongado movimiento revolucionario que exigía el cese de la carnicería. ¿Acaso en Alemania no tienen lugar manifestaciones masivas de obreros en las que se lanzan consignas sobre el fin de la guerra? ¿Acaso no fue el cansancio lo que provocó aquella insurrección de la flota alemana, tan despiadadamente aplastada por el verdugo Guillermo y sus lacayos? Si fenómenos así son posibles en un país tan disciplinado como Alemania, donde se empieza a hablar del cansancio y del cese de la guerra, nada tenemos que temer si decimos abiertamente lo mismo, porque es la verdad, una verdad igualmente cierta tanto para nosotros como para todos los países beligerantes e incluso para los no beligerantes.