Camaradas, permítanme, a modo de introducción al examen de la cuestión de la guerra, recordar dos pasajes del llamamiento a todos los países, publicado el 14 de marzo por el Soviet de Diputados Obreros y Soldados de Petrogrado. «Ha llegado la hora —decía este llamamiento— de iniciar una lucha decidida contra las aspiraciones de conquista de los gobiernos de todos los países; ha llegado la hora de que los pueblos tomen en sus manos la solución del problema de la guerra y la paz». El otro pasaje del llamamiento, dirigido a los proletarios de la coalición austro-alemana, dice: «negaos a servir de instrumento de conquista y de violencia en manos de reyes, terratenientes y banqueros». He aquí los dos pasajes que se repiten, en formulaciones diversas, en decenas, centenas y aun diría que en millares de resoluciones de los obreros y campesinos de Rusia.

Estos dos pasajes, a mi juicio, muestran del mejor modo la situación contradictoria, irremediablemente embrollada, en la que, debido a la política actual de los mencheviques y populistas, han caído los obreros y campesinos revolucionarios. Por un lado, están a favor del apoyo a la guerra; por otro, pertenecen a representantes de clases que no están interesadas en las aspiraciones de conquista de los gobiernos de todos los países, y no pueden dejar de decirlo. Esta psicología e ideología, por confusa que sea, está en casi todos los obreros y campesinos extraordinariamente arraigada. Es la conciencia de que la guerra se hace a causa de las aspiraciones de conquista de los gobiernos de todos los países. Pero junto a esto hay una comprensión sumamente confusa, o incluso una incomprensión, de que el gobierno, cualquiera que sea la forma de gobierno, expresa los intereses de clases determinadas; de que, por tanto, contraponer el gobierno y el pueblo, como lo hace la primera cita que he traído a colación, es una grandísima confusión teórica, una grandísima impotencia política, es condenarse a sí mismos y a toda su política al estado y el comportamiento más vacilantes e inestables. Y del mismo modo, las palabras finales de la segunda cita que he leído, ese magnífico llamamiento: «negaos a servir de instrumento de conquista y de violencia en manos de reyes, terratenientes y banqueros», es espléndido, pero con los propios también, porque si vosotros, obreros y campesinos rusos, os dirigís a los obreros y campesinos de Austria y Alemania, cuyos gobiernos y clases gobernantes libran una guerra tan rapaz y de rapiña como la de los capitalistas y banqueros rusos, como la de los ingleses y franceses, si les decís: «negaos a servir de instrumento en manos de vuestros banqueros», pero metéis a vuestros propios banqueros en el ministerio y los sentáis con ministros socialistas, convertís todos vuestros llamamientos en nada, refutáis de hecho toda vuestra política. De hecho, es como si no hubieran existido vuestros excelentes anhelos o deseos, pues ayudáis a librar por parte de Rusia la misma guerra imperialista, la misma guerra de conquista. Entráis en contradicción con las masas que representáis, porque esas masas jamás se pondrán en el punto de vista de los capitalistas, abiertamente expresado por Miliukov, Maklakov y otros, los cuales dicen: «no hay idea más criminal que la de que la guerra se hace en interés del capital».

Yo no sé si esta idea es criminal; no dudo de que, desde el punto de vista de quienes hoy subsisten a medias y mañana quizá ya no existan, esta idea es criminal, pero es la única justa, es la única que expresa nuestra comprensión de esta guerra, es la única que expresa los intereses de las clases oprimidas, como lucha contra los opresores; y cuando decimos que la guerra es capitalista, de conquista, no hay que hacerse ilusiones: no hay aquí ni sombra de que los crímenes de individuos particulares, de reyes particulares, hayan podido provocar semejante guerra.

El imperialismo es una etapa determinada del desarrollo del capital mundial; el capitalismo, preparado durante decenios, se ha reducido a que un pequeño grupito de países gigantescamente ricos —no son más de cuatro: Inglaterra, Francia, Alemania y América— ha acumulado tal cantidad de riquezas, que se miden por centenares de miles de millones, ha acumulado tal poder en manos de los grandes bancos y de los grandes capitalistas —unas cuantas, dos o media docena, a lo sumo, en cada uno de esos países—, un poder tan gigantesco que ha abarcado el mundo entero, que se ha repartido literalmente todo el globo terráqueo en el sentido territorial, en el sentido de las colonias. Las colonias de estas potencias se han encontrado unas con otras en todos los países del globo. Estos Estados se lo han repartido entre sí también económicamente, porque no hay un pedazo de tierra en el globo donde no hayan penetrado las concesiones, donde no hayan penetrado los hilos del capital financiero. He aquí las bases de las anexiones. Las anexiones no son un invento, no han surgido porque personas amantes de la libertad se convirtieran de pronto en reaccionarios. Las anexiones no son otra cosa que la expresión política y la forma política de esa dominación de los bancos gigantescos, la cual ha brotado del capitalismo inevitablemente, sin culpa de nadie, porque las acciones son la base de los bancos, y la acumulación de acciones es la base del imperialismo. Y los grandes bancos, que dominan el mundo entero con centenares de miles de millones de capital y que unen ramas enteras de la industria con las uniones de capitalistas y monopolistas, he ahí lo que es el imperialismo, el cual ha escindido el mundo entero en tres grupos de depredadores gigantescamente ricos.

Al frente de un primer grupo, el que está más cerca de nosotros en Europa, está Inglaterra; al frente de los otros dos, Alemania y América; los demás cómplices se ven obligados a ayudar mientras subsistan las relaciones capitalistas. Por eso, si os representáis claramente esta esencia del asunto, que instintivamente toda persona oprimida consciente, que instintivamente la gran mayoría de los obreros y campesinos rusos consciente, si os la representáis con claridad, comprenderéis cuán risibles son las ideas de luchar contra la guerra con palabras, manifiestos, proclamas, congresos socialistas. Son risibles porque, por muchas declaraciones de éstas que lancéis, por muchas revoluciones políticas que hagáis —habéis derrocado en Rusia a Nikolái Románov, hasta cierto punto os habéis convertido en república; Rusia ha dado un paso gigantesco hacia adelante, casi ha alcanzado de golpe a Francia, que en otras condiciones tardó cien años en ello y siguió siendo un país capitalista—, los bancos siguen en la omnipotencia. Siguen los capitalistas. Si ellos han cedido, también cedieron en 1905, pero ¿acaso eso los quebrantó? Si para los rusos esto es nuevo, en Europa cada revolución ha mostrado que, con cada ascenso de la ola revolucionaria, los obreros consiguen algo más, pero el poder de los capitalistas sigue siendo el poder. La lucha contra la guerra imperialista no es posible más que como lucha de las clases revolucionarias contra las clases dominantes a escala mundial. No se trata de los terratenientes en general, aunque en Rusia hay terratenientes y desempeñan en Rusia un papel más grande que en ningún otro país, pero no es la clase que ha creado el imperialismo. Es la clase de los capitalistas, encabezada por los más grandes magnates financieros y bancarios, y mientras no se derroque a esta clase —que domina sobre los proletarios oprimidos y sus aliados, los campesinos más pobres, los semiproletarios, como se los llama en nuestro programa—, mientras no se la derroque, no hay salida de esta guerra. Y alimentar ilusiones de que podéis, con proclamas y llamamientos a otros pueblos, unir a los trabajadores de todos los países, sólo puede hacerse desde un limitado punto de vista ruso, que desconoce cómo la prensa de Europa occidental, donde los obreros y campesinos están acostumbrados a las revoluciones políticas, las han visto por decenas, cómo se ríe de semejantes frases y llamamientos. Ellos no saben que en Rusia se ha alzado realmente una masa de obreros que, absolutamente en su masa, cree sinceramente y condena las aspiraciones de conquista de los capitalistas de todos los países y desea la liberación de los pueblos de los banqueros. Pero ellos, los europeos, no entienden por qué vosotros, que tenéis organizaciones como ningún pueblo del mundo tiene, como los Soviets de diputados obreros, campesinos y soldados, que están armados, enviáis a vuestros socialistas al ministerio. Con todo, entregáis el poder a esos banqueros. En el extranjero os acusan no sólo de ingenuidad —eso aún no sería nada, los europeos han olvidado entender la ingenuidad en política, han olvidado que en Rusia hay decenas de millones de personas que por primera vez despiertan a la vida, que en Rusia no saben qué es la ligazón de las clases con el gobierno, qué es la ligazón del gobierno con la guerra. La guerra es la continuación de la política burguesa y nada más. La clase que domina determina la política también en la guerra. La guerra es de un extremo a otro política, la continuación de la realización por esas clases de los mismos objetivos por otro camino. Por eso, cuando escribís en vuestros llamamientos de obreros y campesinos: «derrocad a vuestros banqueros», todo obrero consciente en los países europeos o se ríe de vosotros o llora con amargura y se dice: «¿qué podemos hacer, si allí derrocaron a un idiota y monstruo semisalvaje, como los que nosotros quitamos de en medio hace tiempo —en eso está todo nuestro crimen—, y ahora sostienen con sus ministros «casi socialistas» a los banqueros rusos?!». Los banqueros permanecen en el poder, llevan la política exterior mediante la guerra imperialista, apoyando íntegramente los tratados que en Rusia fueron concertados por Nicolás II. En nuestro país esto es especialmente patente. Todas las bases de la política exterior imperialista rusa están predeterminadas no por los capitalistas actuales, sino por el gobierno anterior con Nikolái Románov, a quien nosotros derrocamos. Él concertó esos tratados, se mantienen secretos, los capitalistas no pueden publicarlos, porque son capitalistas. Pero ni un solo obrero ni campesino puede comprender esta confusión, porque se dice: si llamamos a derrocar a los capitalistas de otros países, entonces, ante todo, abajo con nuestros banqueros; de lo contrario, nadie nos creerá y nadie nos tomará en serio, dirán de nosotros: sois unos ingenuos salvajes rusos, que escribís palabras excelentes en sí mismas, pero sin contenido político, o pensarán algo peor: que sois hipócritas. Cosas tales podéis encontrarlas en la prensa extranjera, si pasara libremente a Rusia a través de la frontera con todos los matices, y no fuera retenida en Torneo por las autoridades inglesas y francesas. Con una simple selección de citas de periódicos extranjeros os convenceríais de la clamorosa contradicción en que incurrís, os convenceríais de cuán increíblemente risible y errónea es esa idea de luchar contra esta guerra con conferencias socialistas y acuerdos con los socialistas en los congresos. Si el imperialismo fuera culpa o crimen de personas particulares, entonces el socialismo podría seguir siendo socialismo. El imperialismo es la última etapa del desarrollo del capitalismo, cuando éste ha llegado a repartirse todo el mundo y dos grupos gigantescos se han enzarzado en una lucha a muerte. O sirves a uno o sirves a otro, o derrocas a ambos grupos; no hay otro camino. Cuando os excusáis de la paz separada diciendo que no queremos servir al imperialismo alemán —esto es absolutamente cierto, y por eso también nosotros estamos contra la paz separada. Pero vosotros, de hecho, a pesar vuestro, seguís sirviendo al imperialismo anglo-francés con las mismas aspiraciones de conquista y rapiña, que los capitalistas rusos, con ayuda de Nikolái Románov, han plasmado en tratados. No conocemos el texto de esos tratados, pero todo aquel que haya seguido la literatura política, que haya hojeado siquiera un libro sobre economía y diplomacia, conoce el contenido de esos tratados. E incluso Miliukov, según recuerdo, escribió en sus libros acerca de esos tratados y de las promesas de que se despojará a Galitzia, se despojará a los estrechos, a Armenia, se conservarán las viejas anexiones y se obtendrá un montón de otras. Todo esto lo saben, pero los tratados se siguen ocultando, y nos dicen que, si los anuláis, eso significa la ruptura con los aliados.

En cuanto a la paz separada, ya he dicho que para nosotros no puede haber paz separada, y según la resolución de nuestro partido no hay ni sombra de duda de que la rechazamos, como todo acuerdo con los capitalistas. Para nosotros, la paz separada es un acuerdo con los bandidos alemanes, porque ellos saquean lo mismo que los demás. Pero la misma paz separada es un acuerdo con el capital ruso en el Gobierno Provisional ruso. Los tratados zaristas han quedado, también saquean y oprimen a otros pueblos. Cuando dicen: «paz sin anexiones ni contribuciones», como debe decir todo obrero y campesino ruso, porque la vida se lo enseña, porque no está interesado en las ganancias bancarias, porque quiere vivir, yo les respondo que en esta consigna vuestros líderes del actual Soviet de diputados obreros y soldados, de los partidos populista y menchevique, se han embrollado. En sus «Izvestia» han dicho que esto significa status quo, es decir, la situación de antes de la guerra: volver a lo que había antes de la guerra. ¿Acaso no es ésta una paz capitalista? ¡Y además, qué paz capitalista! Si lanzáis tal consigna, sabed que el curso de los acontecimientos puede llevar a vuestros partidos al poder —durante la revolución es posible—, tendréis que hacer lo que decís, y si proponéis una paz sin anexiones ahora, los alemanes la aceptarán y los ingleses no, porque los capitalistas ingleses no han perdido ni una pulgada de tierra, mientras han saqueado en todos los rincones del mundo. Los alemanes han saqueado mucho, pero también han perdido mucho, y no sólo han perdido mucho, sino que tienen delante a América, el enemigo más gigantesco. Si vosotros, que proponéis la paz sin anexiones, entendéis por ella el status quo, os deslizáis hacia que de vuestra propuesta resulte una paz separada con los capitalistas, porque si proponéis eso, los capitalistas alemanes, viendo ante sí a América e Italia, con las cuales antes concertaron tratados, dirán: «sí, aceptaremos esa paz sin anexiones. Para nosotros no es una derrota, para nosotros es una victoria frente a América e Italia». Objetivamente os deslizáis hacia esa paz separada con los capitalistas de la que nos acusáis, porque en vuestra política, de hecho, en vuestros pasos prácticos, no rompéis de principio con los banqueros —como representantes de la dominación imperialista en el mundo entero— a los que en el Gobierno Provisional vosotros y vuestros ministros «socialistas» apoyáis.

Con esto os creáis esa situación contradictoria y vacilante en la cual las masas no os entienden así. Las masas, que no están interesadas en las anexiones, dicen: no queremos guerrear por ningún capitalista. Cuando nos dicen que semejante política puede ser cesada mediante congresos y acuerdos de los socialistas de todos los países, nosotros decimos: si el imperialismo fuera obra de criminales aislados —pase; pero el imperialismo es el desarrollo del capitalismo mundial, con el cual está ligado el movimiento obrero.

La victoria del imperialismo es el comienzo de la inevitable, ineluctable escisión de los socialistas en dos campos en todos los países. Quien ahora sigue hablando de los socialistas como de algo único, como de algo que puede ser único, se engaña a sí mismo y a los demás. Todo el curso de la guerra, los dos años y medio de guerra, han provocado esta escisión, desde que el Manifiesto de Basilea, suscrito por unanimidad, dijo que esta guerra se basa en el capitalismo imperialista. En él, en el Manifiesto de Basilea, no hay ni una palabra sobre la «defensa de la patria». No se podía escribir otro manifiesto antes de la guerra, como ahora ningún socialista propondrá escribir un manifiesto sobre la «defensa de la patria» en la guerra entre Japón y América, cuando no toca el pellejo propio, ni a los capitalistas propios ni a los ministros propios. ¡Escribid una resolución para los congresos internacionales! Sabéis que la guerra entre Japón y América ya está lista, se ha preparado durante decenios, no es casual; la táctica no depende de quién dispare primero. Eso es risible. Sabéis perfectamente que el capitalismo japonés y el americano son igualmente bandidescos. De «defensa de la patria» se hablará por ambos bandos; eso será o criminal o una espantosa debilidad, provocada por la «defensa» de los intereses de nuestros enemigos capitalistas. He aquí por qué decimos que el socialismo se ha escindido sin vuelta atrás. Los socialistas han abandonado por completo el socialismo, precisamente los que se han pasado al lado de su gobierno o de sus banqueros, de sus capitalistas, por más que se excusen de ello, por más que los condenen. La cuestión no está en la condena. Pero a veces la condena de que los alemanes apoyan a sus capitalistas encubre la defensa del mismo «pecado» por parte de los rusos. Si acusáis a los socialchovinistas alemanes, es decir, a personas que de palabra son socialistas —quizá muchos de ellos lo sean en el fondo—, y de hecho chovinistas, de hecho defienden no al pueblo alemán, sino a los sucios, egoístas y bandidescos capitalistas alemanes, ¡entonces no defendáis a los capitalistas ingleses, franceses y rusos! Los socialchovinistas alemanes no son peores que los que en nuestro ministerio continúan la misma política de tratados secretos y rapiña, y la encubren con buenos e inocentes deseos, en los que hay muchas cosas buenas, en los que desde el punto de vista de las masas reconozco la más absoluta sinceridad, pero en los que no reconozco ni puedo reconocer ni una sola palabra de verdad política. ¡Eso es sólo vuestro deseo, pero la guerra sigue siendo la misma guerra imperialista y por los mismos tratados secretos! ¡Llamáis a otros pueblos a derrocar a los banqueros, pero apoyáis a los vuestros! Al hablar de la paz, no habéis dicho qué paz. Sobre la paz sobre la base del status quo nadie nos ha respondido, cuando hemos señalado esta clamorosa contradicción. En vuestra resolución, en la que hablaréis de paz sin anexiones, no podréis decir que eso no es el status quo. No podéis decir que eso es el status quo, es decir, la restauración de la situación de antes de la guerra. Entonces, ¿qué? ¿Quitar a Inglaterra las colonias alemanas? ¡Probáis con acuerdos de paz! Todo el mundo se reirá de vosotros. ¡Probad a quitar a Japón los despojados Kiao-Chao y las islas del Pacífico sin revolución!

Os habéis enredado en contradicciones sin salida. Y cuando nosotros decimos: «sin anexiones», decimos que para nosotros esta consigna es sólo una parte subordinada de la lucha contra el imperialismo mundial. Nosotros decimos que queremos liberar a todos los pueblos y empezar por los nuestros. Vosotros habláis de guerra contra las anexiones y de paz sin anexiones, pero en Rusia seguís en el interior una política de anexiones. Esto es algo inaudito. Vosotros y vuestro gobierno, vuestros nuevos ministros, de hecho seguís con Finlandia y con Ucrania una política de anexiones. Os metéis con el congreso ucraniano, prohibís sus reuniones a través de vuestros ministros{108}. ¿Acaso esto no es anexión? Es una política que representa un ultraje contra los derechos de una nacionalidad que sufrió torturas por parte de los zares porque sus hijos quieren hablar en su lengua materna. Esto significa tener miedo a las repúblicas separadas. Desde el punto de vista de los obreros y campesinos, eso no es temible. Dejad que Rusia sea una unión de repúblicas libres. Para impedir eso, las masas obreras y campesinas no guerrearán. Que todos los pueblos sean liberados; ante todo, que sean liberadas todas las nacionalidades con las que hacéis la revolución en Rusia. Sin ese paso, os condenáis a que de palabra seáis «democracia revolucionaria» y de hecho toda vuestra política sea contrarrevolucionaria.

Vuestra política exterior es antidemocrática y contrarrevolucionaria, y una política revolucionaria puede poneros en la situación de necesidad de una guerra revolucionaria. Pero esto no es obligatorio. Sobre este punto se han detenido mucho tanto el ponente como la prensa en los últimos tiempos. Yo quisiera detenerme mucho en este punto.

¿Cómo concebimos, pues, prácticamente la salida de esta guerra? Nosotros decimos: la salida de esta guerra está sólo en la revolución. Apoyad la revolución de las clases oprimidas por los capitalistas, derrocad a la clase de los capitalistas en vuestro país y dad así ejemplo a los demás países. Sólo en esto está el socialismo. Sólo en esto está la lucha contra la guerra. Todo lo demás son promesas o frases, o inocentes buenos deseos. En todos los países del mundo el socialismo se ha escindido. Vosotros seguís embrollándoos, tratando con los socialistas que apoyan a su gobierno, y olvidáis que en Inglaterra y Alemania los verdaderos socialistas, los que expresan el socialismo de las masas, han quedado aislados y están en las cárceles. Pero ellos solos expresan los intereses del movimiento proletario. Pero, ¿y si en Rusia la clase oprimida llegara al poder? Cuando nos dicen: ¿cómo vais a salir solos de la guerra?, respondemos: salir solo es imposible. Cada resolución de nuestro partido, cada discurso de nuestro orador de mítines dice que es un disparate que se pueda salir solo de esta guerra. Centenares de millones de personas, centenares de miles de millones de capital han enredado esta guerra. De ella no hay otro modo de salir que mediante el paso del poder a la clase revolucionaria, que de hecho está obligada a romper los hilos imperialistas, es decir, financieros, bancarios y anexionistas. Mientras esto no se haga de hecho, no se ha hecho nada. El golpe de Estado se ha limitado a que, en lugar del zarismo y del imperialismo, habéis obtenido casi una república imperialista de cabo a rabo, que incluso en la persona de los representantes de los obreros y campesinos revolucionarios no sabe tratar democráticamente con Finlandia y con Ucrania, es decir, sin temer la separación.

Cuando dicen que aspiramos a la paz separada, eso no es verdad. Decimos: ninguna paz separada, con ningún capitalista, y ante todo con los rusos. Pero el Gobierno Provisional tiene una paz separada con los capitalistas rusos. ¡Abajo esa paz separada! (Aplausos.) No reconocemos ninguna paz separada con los capitalistas alemanes y no entablaremos ninguna negociación, pero tampoco paz separada alguna con los imperialistas ingleses y franceses. Nos dicen que romper con ellos significa entrar en un acuerdo con los imperialistas alemanes. No es verdad, hay que romper con ellos inmediatamente, porque es una alianza de rapiña. Dicen que no se pueden publicar los tratados, porque eso sería entregar a la vergüenza a todo nuestro gobierno, a toda nuestra política, ante los ojos de cada obrero y cada campesino. Si esos tratados se publicaran y se dijera claramente en las asambleas a los obreros rusos y a los campesinos rusos, en especial en cada aldea perdida: he aquí por qué combates ahora, por los estrechos, por conservar Armenia, entonces cualquiera diría: no queremos semejante guerra. (El presidente: «Su tiempo ha terminado». Voces: «¡Que siga!». «Otros diez minutos». Voces: «¡Que siga!».)

Digo que es falso ese contraponer: «o con los imperialistas ingleses, o con los alemanes». Si hay paz con los alemanes, significa guerra con los ingleses, y viceversa. Esta contraposición conviene a quienes no rompen con sus capitalistas y banqueros, quienes admiten cualquier tipo de alianza con ellos. A nosotros no nos conviene. Nosotros hablamos de defender la alianza con la clase oprimida, con los pueblos oprimidos. Permaneced fieles a esa alianza; entonces seréis democracia revolucionaria. Esa tarea no es fácil. Esa tarea no permite olvidar que, en ciertas condiciones, no podremos prescindir de la guerra revolucionaria. Ninguna clase revolucionaria puede renunciar a la guerra revolucionaria, porque de otro modo se condena a un pacifismo ridículo. No somos tolstoianos. Si la clase revolucionaria toma el poder, si en su Estado no quedan anexiones, si no hay poder de los bancos y del gran capital —cosa nada fácil en Rusia—, entonces tal clase librará una guerra revolucionaria no de palabra, sino de hecho. Renunciar a esta guerra no se puede. Eso significa caer en el tolstoísmo, en el filisteísmo, olvidar toda la ciencia del marxismo, la experiencia de todas las revoluciones europeas.

No se puede borrar a Rusia sola de la guerra. Pero le crecen aliados gigantescos que ahora mismo no os creen, precisamente porque vuestra posición es contradictoria o ingenua, precisamente porque a otros pueblos les aconsejáis: «abajo las anexiones», y vosotros mismos las introducís. A otros pueblos les decís: derrocad a los banqueros, pero a los vuestros no los derrocáis. Probad otra política. Publicad los tratados y entregadlos a la vergüenza ante cada obrero y campesino y en las asambleas. Decid: ninguna paz con los capitalistas alemanes y ruptura completa con los capitalistas anglo-franceses. Que los ingleses se vayan de Turquía y no guerreen por Bagdad. Que se vayan de la India y de Egipto. No queremos guerrear para que se conserven los botines saqueados, como tampoco emplearemos ni un solo átomo de nuestra energía para que los bandidos alemanes conserven su botín. Si hacéis esto —y vosotros sólo lo habéis dicho, en política no se cree en las palabras, y hacen bien en no creer—, si no sólo lo decís, sino que lo hacéis, entonces los aliados que ahora hay se manifestarán. Mirad el estado de ánimo de todo obrero y campesino oprimido: simpatizan y se asombran de que seáis tan débiles que, teniendo las armas, dejéis a los banqueros. Vuestros aliados son los obreros oprimidos de todos los países. Ocurrirá lo que la revolución de 1905 mostró en la práctica. Cuando comenzó, era terriblemente débil. ¿Y cuál fue su resultado internacional? ¿Cómo de esa política se definió la política exterior de la revolución rusa en la historia de 1905? Ahora lleváis la política exterior de la revolución rusa enteramente con los capitalistas. Pero 1905 mostró cuál debe ser la política exterior de la revolución rusa. Es un hecho indudable que, después del 17 de octubre de 1905, en Viena y Praga comenzaron masivas agitaciones callejeras y la construcción de barricadas. Después de 1905, vino 1908 en Turquía, 1909 en Persia y 1910 en China. Si vosotros llamáis realmente a la democracia revolucionaria, a la clase obrera, a los oprimidos, y no transigís con los capitalistas, entonces vuestros aliados no serán las clases opresoras, sino las oprimidas, no serán las nacionalidades en las que hoy predominan temporalmente las clases opresoras, sino las nacionalidades que ahora son desgarradas. Aquí se nos recuerda el frente alemán, en el cual ninguno de nosotros ha propuesto transformación alguna, excepto la libre difusión de nuestros llamamientos, que están escritos de un lado en ruso y del otro en alemán. Allí se dice: los capitalistas de ambos países son bandidos. Eliminarlos es sólo un paso hacia la paz. Pero hay otros frentes. En el frente turco tenemos un ejército, cuyo número desconozco. Supongamos que allí hay aproximadamente 3 millones. Si ese ejército, que ahora se mantiene en Armenia y comete anexiones que vosotros toleráis, predicando a otros pueblos la paz sin anexiones, aunque tenéis la fuerza y el poder, si ese ejército se pasara a ese programa, si hiciera de Armenia una república armenia independiente y le diera el dinero que nos quitan los financieros de Inglaterra y Francia, sería mejor.

Se dice que no podemos prescindir del apoyo financiero de Inglaterra y Francia. Pero ese apoyo «sostiene» como la cuerda sostiene al ahorcado. Que la clase revolucionaria rusa diga: ¡abajo ese apoyo, yo no reconozco las deudas contraídas con los capitalistas franceses e ingleses, llamo a la insurrección de todos contra los capitalistas! ¡Ninguna paz con los capitalistas alemanes y ninguna alianza con los ingleses y franceses! Si esta política se llevara a la práctica, nuestro ejército turco podría liberarse y regresar a otros frentes, porque todos los pueblos de Asia verían que el pueblo ruso no proclama de palabra solamente la paz sin anexiones sobre la base de la autodeterminación de las naciones, sino que los obreros y campesinos rusos de hecho se ponen al frente de todas las nacionalidades oprimidas, que la lucha contra el imperialismo para ellos no es un vacío deseo ni una frase ministerial de aparato, sino el interés vital de la revolución.

Nuestra situación es tal que la guerra revolucionaria puede amenazarnos, pero no necesariamente tendrá lugar, porque los imperialistas ingleses difícilmente podrán hacer la guerra contra nosotros si vosotros os dirigís a los pueblos que rodean toda Rusia con vuestro ejemplo práctico. Demostrad que liberáis la república armenia, que concertáis acuerdos con los Soviets de diputados obreros y campesinos en cada país, que estáis por la república libre; entonces la política exterior de la revolución rusa se volvería de hecho revolucionaria, de hecho democrática. Ahora lo es sólo de palabra, de hecho es contrarrevolucionaria, porque estáis atados al imperialismo anglo-francés y no queréis decirlo abiertamente, teméis reconocerlo. Sería mejor que en lugar de ese llamamiento a «derrocar a los banqueros ajenos», dijerais al pueblo ruso, a los obreros y campesinos, directamente: «somos demasiado débiles, no podemos sacudirnos el yugo de los imperialistas anglo-franceses, somos sus esclavos, por eso guerreamos». Sería una verdad amarga, tendría un significado revolucionario, de hecho impulsaría el acercamiento del fin de esta guerra de rapiña. Esto significa mil veces más que el acuerdo con los socialchovinistas franceses e ingleses, que la convocatoria de congresos a los que ellos acudirán, que la continuación de esta política, cuando de hecho teméis romper con los imperialistas de un país, permaneciendo aliados del otro. Podéis apoyaros en las clases oprimidas de los países europeos, en los pueblos oprimidos de los países más débiles, a los que Rusia oprimió bajo los zares, a los que oprime ahora como a Armenia; apoyándoos en ellos, podéis dar libertad, ayudando a sus comités obreros y campesinos, os pondríais al frente de todas las clases oprimidas, de todos los pueblos oprimidos en la guerra contra el imperialismo alemán y contra el imperialismo inglés, los cuales no pueden unirse contra vosotros porque están en una lucha a muerte uno contra otro, porque se encuentran en una situación irremediablemente difícil, de modo que la política exterior de la revolución rusa, una alianza sincera, en los hechos, con las clases oprimidas, con los pueblos oprimidos, puede tener éxito, ¡99 probabilidades de cada 100 de que lo tenga!

Hace poco, en el periódico moscovita de nuestro partido, encontramos una carta de un campesino que expone nuestro programa. Me permitiré terminar mi discurso con una breve cita de esa carta, que expresa cómo comprendió el campesino nuestro programa. Esa carta apareció en el núm. 59 del periódico moscovita de nuestro partido «Sotsial-Demokrat»{109} y fue reproducida en el núm. 68 de «Pravda»: «Hay que apretar más a la burguesía, para que reviente por todas las costuras. Entonces la guerra terminará. Pero si no apretamos con bastante fuerza a la burguesía, será malo». (Aplausos.)

«Pravda» núms. 95, 96 y 97; 13 (30 de junio), 14 (1 de julio) y 15 (2 de julio) de 1917.

Se publica según el texto del periódico «Pravda», cotejado con la versión taquigráfica corregida por V. I. Lenin.