Las viejas fórmulas tradicionales (dictadura del proletariado y del campesinado) ya no satisfacen las nuevas condiciones. La dictadura democrático-revolucionaria se ha realizado, pero no en la forma que habíamos previsto: entrelazada con la dictadura de la burguesía imperialista. La guerra imperialista ha barajado todas las cartas, convirtiendo a los feroces enemigos de la revolución –los capitalistas anglofranceses– en auxiliares de la revolución para la victoria (lo mismo sucedió con las altas esferas del mando del ejército y la burguesía contrarrevolucionaria).

Esta coyuntura excepcional en la historia ha provocado una dictadura doble: la dictadura de la burguesía y la dictadura de la democracia revolucionaria. Jamás el pueblo había ido tan a la zaga de la burguesía en el aspecto organizativo; en Rusia el pueblo ha creado su propio poder organizado, sin alcanzar al mismo tiempo la independencia política. De ahí el doble poder, la actitud inconsciente y confiada de la mayoría pequeñoburguesa de las masas de soldados y de una parte de los obreros hacia el Gobierno Provisional, la subordinación voluntaria de la democracia revolucionaria a la dictadura burguesa. La particularidad del momento consiste en que la formación de una mayoría sólida y consciente a favor de la política proletaria (todas las demás corrientes políticas se han pasado íntegramente a las posiciones de la pequeña burguesía) se ve obstaculizada por la falta de conciencia de las masas. La democracia revolucionaria es una aglomeración de elementos de lo más heterogéneos (¡por su situación de clase y por sus intereses, que no son en absoluto lo mismo!). Su diferenciación es inevitable: en el campo, entre los campesinos acomodados, consolidados por la ley del 9 de noviembre, y los campesinos pobres, que poseen un solo caballo o carecen de él; en la ciudad, entre las capas que gravitan hacia la clase obrera y los pequeños propietarios; la separación de los proletarios y semiproletarios de la pequeña burguesía es inevitable, pero es posible que la cohesión de los elementos propietarios del bloque revolucionario llegue a prevalecer sobre la organización de las masas en torno a las consignas proletarias. Por eso no está excluido que el poder permanezca en manos de la burguesía y que el paso del poder a los Soviets de diputados obreros y soldados no se produzca. Conclusión: la tarea que tenemos ante nosotros no es el derrocamiento del Gobierno Provisional –que se sostiene sobre la confianza de las masas pequeñoburguesas y de una parte de las masas obreras–, sino la explicación minuciosa de las tareas de clase y la organización.