Camaradas, en el breve espacio de tiempo que se me ha concedido, podré detenerme, y creo que es lo más conveniente, sólo en las cuestiones principales de principio planteadas por el ponente del Comité Ejecutivo y por los oradores siguientes.

La primera cuestión, la fundamental, que se nos ha planteado es la de saber dónde estamos: qué son esos Soviets que se han reunido ahora en el Congreso de toda Rusia, qué es esa democracia revolucionaria de la que tanto se habla aquí, sin medida, para disimular su total incomprensión y su más completa renuncia a ella. Porque hablar de democracia revolucionaria ante el Congreso de los Soviets de toda Rusia y disimular el carácter de esta institución, su composición de clase, su papel en la revolución, no decir ni una palabra de ello y, al mismo tiempo, pretender el título de demócratas, es extraño. Nos pintan un programa de república parlamentaria burguesa, como las ha habido en toda Europa Occidental; nos pintan un programa de reformas, reconocidas ahora por todos los gobiernos burgueses, incluido el nuestro, y nos hablan, al mismo tiempo, de democracia revolucionaria. ¿Ante quién hablan? Ante los Soviets. Y yo os pregunto: ¿existe en Europa algún país burgués, democrático, republicano, donde exista algo parecido a estos Soviets? Debéis responder que no. En ninguna parte existe ni puede existir una institución semejante, porque una de dos: o el gobierno burgués con esos «planes» de reformas que nos pintan y que decenas de veces se han propuesto en todos los países y han quedado sobre el papel, o esa institución a la que ahora se apela, ese nuevo tipo de «gobierno» creado por la revolución, que sólo tiene ejemplos en la historia de los más grandes ascensos de las revoluciones, por ejemplo, en 1792 en Francia, en 1871 en el mismo país, en 1905 en Rusia. Los Soviets son una institución que no existe en ningún Estado del tipo burgués parlamentario corriente y que no puede existir al lado de un gobierno burgués. Son ese nuevo tipo de Estado, más democrático, que nosotros hemos llamado en nuestras resoluciones de partido república democrática campesino-proletaria, en la que el único poder pertenecería a los Soviets de diputados obreros y soldados. En vano se piensa que ésta es una cuestión teórica; en vano se intenta presentar el asunto como si se pudiera eludir; en vano se alega que ahora existen juntas instituciones de uno u otro tipo precisamente con los Soviets de diputados obreros y soldados. Sí, existen juntas. Pero precisamente esto engendra una cantidad inaudita de malentendidos, conflictos y fricciones. Precisamente esto hace que la revolución rusa pase de su primer ascenso, de su primer movimiento hacia adelante, a su estancamiento y a esos pasos atrás que ahora vemos en nuestro gobierno de coalición, en toda la política interior y exterior, en relación con la ofensiva imperialista que se prepara.

Una de dos: o el gobierno burgués corriente —y entonces los Soviets campesinos, obreros, soldados y demás no son necesarios, entonces serán disueltos por esos generales, por los generales contrarrevolucionarios que tienen el ejército en sus manos, sin prestar ninguna atención a la oratoria del ministro Kerenski, o morirán de una muerte sin gloria. No hay otro camino para estas instituciones, que no pueden ni ir hacia atrás ni permanecer en el mismo lugar, sino que sólo pueden existir yendo hacia adelante. Éste es el tipo de Estado que no ha sido inventado por los rusos, que ha sido promovido por la revolución, pues de otro modo la revolución no puede vencer. En el seno del Soviet de toda Rusia son inevitables las fricciones, la lucha de los partidos por el poder. Pero esto será la superación de los posibles errores e ilusiones mediante la propia experiencia política de las masas (ruido), y no por esos informes que hacen los ministros, refiriéndose a lo que dijeron ayer, escribirán mañana y prometerán pasado mañana. Esto es ridículo, camaradas, desde el punto de vista de la institución que ha creado la revolución rusa y ante la cual se plantea ahora la cuestión: ser o no ser. Los Soviets no pueden seguir existiendo tal como existen ahora. ¡Hombres adultos, obreros y campesinos, deben reunirse, adoptar resoluciones y escuchar informes que no pueden ser sometidos a ninguna verificación documental! Este tipo de instituciones es una transición hacia esa república que creará un poder firme, sin policía, sin ejército permanente, no de palabra, sino de hecho; ese poder que en Europa Occidental aún no puede existir; ese poder sin el cual no puede haber victoria de la revolución rusa, en el sentido de victoria sobre los terratenientes, en el sentido de victoria sobre el imperialismo.

Sin este poder, no se puede ni hablar de que nosotros mismos alcancemos semejante victoria, y cuanto más profundizamos en el programa que aquí nos aconsejan y en los hechos que se nos presentan, tanto más flagrante se alza la contradicción fundamental. Se nos dice, como dijeron el ponente y otros oradores, que el primer Gobierno Provisional era malo. Y entonces, cuando los bolcheviques, ¡los desdichados bolcheviques!, decían: «ningún apoyo, ninguna confianza a este gobierno», ¡cuántas acusaciones de «anarquismo» llovían sobre nosotros! Ahora todos dicen que el gobierno anterior era malo, pero, el gobierno de coalición con ministros casi socialistas, ¿en qué se diferencia del anterior? ¿No bastan ya las conversaciones sobre programas, sobre proyectos, no bastan ya, no es hora de pasar a los hechos? Ya ha pasado un mes desde que el 6 de mayo se formó el gobierno de coalición. Mirad los hechos, mirad la ruina que existe en Rusia y en todos los países arrastrados a la guerra imperialista. ¿A qué se debe la ruina? Al saqueo de los capitalistas. Ahí está la verdadera anarquía. Y esto, según las confesiones publicadas no por nuestro periódico, no por ningún periódico bolchevique —¡Dios nos libre!—, sino por «Rábocahia Gazeta», el periódico ministerial: ¡los precios industriales de los suministros de carbón fueron elevados por el gobierno «revolucionario»! Y el gobierno de coalición no ha cambiado nada a este respecto. Se nos dice: ¿es posible introducir el socialismo en Rusia, en general, realizar transformaciones radicales de golpe? Todo esto son vanos subterfugios, camaradas. La doctrina de Marx y Engels, como ellos siempre explicaron, consiste en esto: «nuestra doctrina no es un dogma, sino una guía para la acción»{100}. En ninguna parte del mundo hay ni puede haber, durante la guerra, capitalismo puro que pase a socialismo puro, sino algo intermedio, algo nuevo, inaudito, porque están pereciendo cientos de millones de personas arrastradas a la guerra criminal entre capitalistas. No se trata de prometer reformas —eso son palabras vacías—, se trata de dar el paso que ahora necesitamos.

Si queréis referiros a la democracia «revolucionaria», distinguid este concepto de la democracia reformista bajo un ministerio capitalista, porque, por fin, es hora de pasar de las frases sobre la «democracia revolucionaria», de las felicitaciones mutuas con la «democracia revolucionaria», a la caracterización de clase, cosa que nos enseñaron el marxismo y, en general, el socialismo científico. Lo que se nos propone es un tránsito a la democracia reformista bajo un ministerio capitalista. Esto quizá sea magnífico desde el punto de vista de los modelos corrientes de Europa Occidental. Pero ahora toda una serie de países están al borde de la ruina, y esas medidas prácticas que supuestamente son tan complejas, que es difícil introducirlas, que es necesario elaborarlas especialmente, como decía el orador anterior, el ciudadano ministro de Correos y Telégrafos, esas medidas son perfectamente claras. Él decía que en Rusia no hay un partido político que haya expresado su disposición a tomar enteramente el poder en sus manos. Yo respondo: «¡Lo hay! Ningún partido puede renunciar a ello, y nuestro partido no renuncia: en cualquier momento está dispuesto a tomar enteramente el poder». (Aplausos, risas.) Podéis reíros cuanto queráis, pero si el ciudadano ministro nos plantea esta cuestión junto al partido de derecha, recibirá la respuesta adecuada. Ningún partido puede renunciar a ello. Y en el momento en que existe la libertad, en que las amenazas de arresto y deportación a Siberia —amenazas de los contrarrevolucionarios, en cuyo colegio se encuentran nuestros ministros casi socialistas— no son más que amenazas, en tal momento todo partido dice: concedednos la confianza y os daremos nuestro programa.

Nuestra Conferencia del 29 de abril dio ese programa{101}. Lamentablemente, no se cuenta con él ni se guían por él. Al parecer, se requiere explicarlo popularmente. Intentaré dar al ciudadano ministro de Correos y Telégrafos una explicación popular de nuestra resolución, de nuestro programa. Nuestro programa respecto a la crisis económica consiste en exigir inmediatamente —no se necesita ninguna dilación— la publicación de todas esas ganancias inauditas, que alcanzan el 500-800 por ciento, que los capitalistas obtienen, no como capitalistas en el mercado libre, en el capitalismo «puro», sino gracias a los suministros de guerra. Ahí es realmente donde el control obrero es necesario y posible. Ésa es la medida que vosotros, si os llamáis democracia «revolucionaria», debéis realizar en nombre del Soviet y que puede ser realizada de hoy a mañana. Esto no es socialismo. Es abrir los ojos al pueblo sobre la verdadera anarquía y el verdadero juego con el imperialismo, juego con el patrimonio del pueblo, con cientos de miles de vidas que mañana perecerán porque seguimos estrangulando a Grecia. Publicad las ganancias de los señores capitalistas, arrestad a 50 o 100 de los más grandes millonarios. Basta con tenerlos algunas semanas, aunque sea en las mismas condiciones de privilegio en que se mantiene a Nikolái Románov, con el simple objetivo de obligarlos a revelar los hilos, las maniobras fraudulentas, la suciedad, la codicia que, también bajo el nuevo gobierno, cuestan a nuestro país miles y millones diarios. Ésa es la causa principal de la anarquía y la ruina, ésa es la razón por la que decimos: todo ha quedado como antes, el ministerio de coalición no ha cambiado nada, sólo ha añadido un montón de declaraciones, de manifestaciones pomposas. Por muy sinceras que sean las personas, por muy sinceramente que deseen el bien de los trabajadores, el asunto no ha cambiado: la misma clase sigue en el poder. La política que se lleva a cabo no es una política democrática.

Se nos habla de la «democratización del poder central y local». ¿Acaso no sabéis que estas palabras son una novedad sólo para Rusia? ¿Que en otros países decenas de ministros casi socialistas se dirigían al país con semejantes promesas? ¿Qué significan cuando tenemos ante nosotros un hecho vivo y concreto: la población local elige el poder, y el abecé de la democracia es violado por la pretensión del centro de nombrar o confirmar a los poderes locales? El saqueo del patrimonio del pueblo por los capitalistas continúa. La guerra imperialista continúa. Y a nosotros nos prometen reformas, reformas y reformas, que en general no pueden ser realizadas dentro de estos marcos, porque la guerra todo lo suprime, todo lo determina. ¿Por qué no estáis de acuerdo con quienes dicen que la guerra no se libra a causa de las ganancias de los capitalistas? ¿Cuál es el criterio? Ante todo, ¿qué clase está en el poder, qué clase sigue siendo el amo, qué clase sigue acumulando cientos de miles de millones en operaciones bancarias y financieras? La misma clase capitalista de siempre, y por eso la guerra sigue siendo imperialista. Tanto el primer Gobierno Provisional como el gobierno con ministros casi socialistas no cambiaron nada: los tratados secretos siguen siendo secretos, Rusia combate por los estrechos, por continuar la política de Liájov en Persia, etc.

Sé que vosotros no queréis esto, que la mayoría de vosotros no quiere esto, y que los ministros no quieren esto, porque no se puede querer, ya que es una matanza de cientos de millones de personas. Pero tomad esa ofensiva de la que tanto hablan ahora los Miliukov y los Maklakov. Ellos entienden perfectamente de qué se trata; saben que esto está relacionado con la cuestión del poder, con la cuestión de la revolución. Se nos dice que hay que distinguir las cuestiones políticas de las estratégicas. Es ridículo siquiera plantear semejante cuestión. Los kadetes comprenden perfectamente que se plantea una cuestión política.

Que la lucha revolucionaria por la paz desde abajo que ha comenzado podría conducir a una paz por separado es una calumnia. Nuestro primer paso, que realizaríamos si tuviéramos el poder, sería: arrestar a los capitalistas más grandes, cortar todos los hilos de sus intrigas. Sin esto, todas las frases sobre la paz sin anexiones ni contribuciones son palabras huecas. Nuestro segundo paso sería declarar a los pueblos, separadamente de los gobiernos, que consideramos a todos los capitalistas unos bandidos, tanto a Teréshchenko, que no es en absoluto mejor que Miliukov, sólo que es un poco más tonto, como a los capitalistas franceses e ingleses y a todos.

Vuestras propias «Izvestia» se han enredado y, en lugar de la paz sin anexiones ni contribuciones, proponen mantener el statu quo[18]. No, nosotros no entendemos así la paz «sin anexiones». Y aquí se acerca más a la verdad incluso el Congreso Campesino, que habla de república «federativa»{102} y con ello expresa la idea de que la república rusa no quiere oprimir a ningún pueblo ni a la manera nueva ni a la vieja, no quiere vivir sobre la base de la violencia con ningún pueblo, ni con Finlandia ni con Ucrania, a los que tanto molesta el ministro de Guerra, con los que se crean conflictos inadmisibles e intolerables. Queremos una república rusa única e indivisible con un poder firme, pero el poder firme se da por el consentimiento voluntario de los pueblos. «Democracia revolucionaria» son palabras grandes, pero se aplican a un gobierno que con mezquinas vejaciones complica la cuestión con Ucrania y Finlandia, que ni siquiera han deseado separarse, sino que sólo dicen: ¡no aplacéis hasta la Asamblea Constituyente la aplicación del abecé de la democracia!

La paz sin anexiones ni contribuciones no puede ser concertada mientras no renunciéis a vuestras propias anexiones. Si no, es ridículo, es un juego del que se ríe en Europa cada obrero: dice que de palabra son elocuentes, llaman a los pueblos a derrocar a los banqueros, pero ellos mismos mandan a sus banqueros nacionales al ministerio. Arrestadlos, descubrid sus maniobras, conoced los hilos: no hacéis esto, aunque tenéis organizaciones de poder a las que no se puede resistir. Habéis vivido los años 1905 y 1917, sabéis que la revolución no se hace por encargo, que las revoluciones en otros países se hicieron por el cruento y duro camino de las insurrecciones, y en Rusia no hay ningún grupo, ninguna clase que pueda resistirse al poder de los Soviets. En Rusia, esta revolución es posible, como excepción, como revolución pacífica. Propón la paz esta revolución hoy o mañana a todos los pueblos, mediante la ruptura con todas las clases capitalistas, y en el más breve tiempo, tanto de Francia como de Alemania, en la persona de sus pueblos, se obtendrá el consentimiento, porque estos países se hunden, porque la situación de Alemania es desesperada, porque no puede salvarse, y porque Francia...

(El presidente: «Se ha agotado su tiempo».)

Termino en medio minuto... (Ruido, peticiones desde la sala de que continúe, protestas, aplausos.)

(El presidente: «Comunico al Congreso que el presídium propone prolongar el tiempo de la intervención del orador. ¿Quién se opone? La mayoría, a favor de la prolongación de la intervención».)

Me detuve en que si en Rusia la democracia revolucionaria fuera democracia no de palabra, sino de hecho, pasaría a impulsar la revolución hacia adelante, y no al acuerdo con los capitalistas, no a las conversaciones sobre la paz sin anexiones ni contribuciones, sino a la supresión de las anexiones en Rusia y a la declaración directa de que considera toda anexión como criminal y bandidesca. Entonces sería posible evitar la ofensiva imperialista, que amenaza con la muerte a miles y millones de personas a causa del reparto de Persia, de los Balcanes. Entonces quedaría abierto el camino hacia la paz, un camino no sencillo —no decimos eso—, un camino que no excluye una guerra verdaderamente revolucionaria.

Nosotros no planteamos esta cuestión como la plantea Bazárov hoy en «Nóvaia Zhizn»{103}; decimos sólo que Rusia está colocada en condiciones tales que, al final de la guerra imperialista, sus tareas son más fáciles de lo que podría parecer. Y está colocada en condiciones geográficas tales que aquellas potencias que se arriesgaran a apoyarse en el capital y sus intereses rapaces y a sublevarse contra la clase obrera rusa y el semiproletariado que se adhiere a ella, es decir, el campesinado más pobre, si se decidieran a ello, sería para ellas una tarea sumamente difícil. Alemania está al borde de la ruina, y después de la intervención de América, que desea devorar a México y que mañana, probablemente, entrará en lucha con Japón, después de esta intervención, la situación de Alemania es desesperada: la aniquilarán. Francia, que geográficamente está colocada de tal modo que sufre más que todos y su agotamiento alcanza el máximo, este país, que padece menos hambre que Alemania, ha perdido inconmensurablemente más material humano que Alemania. Y he aquí que si desde el primer paso se empezara por frenar las ganancias de los capitalistas rusos y quitárseles toda posibilidad de embolsarse cientos de millones de ganancias, si se propusiera a todos los pueblos la paz contra los capitalistas de todos los países con la declaración directa de que con los capitalistas alemanes y con aquellos que, aunque sea directa o indirectamente, los consienten o se enredan con ellos, no entablamos conversaciones ni relaciones de ningún tipo, que os negáis a hablar con los capitalistas franceses e ingleses, entonces os presentaríais para acusarlos ante los obreros. No consideraríais como una victoria la concesión del pasaporte a MacDonald{104}, que nunca ha llevado a cabo una lucha revolucionaria contra el capital y a quien se le permite el paso porque no expresó ni las ideas, ni los principios, ni la práctica, ni la experiencia de esa lucha revolucionaria contra los capitalistas ingleses por la que nuestro camarada MacLean y cientos de otros socialistas ingleses están en prisión, y por la que está en prisión nuestro camarada Liebknecht, que está en presidio por haber dicho: «¡soldados alemanes, disparad contra vuestro káiser!».

¿No sería más correcto mandar a los capitalistas imperialistas a ese mismo presidio que la mayoría de los miembros del Gobierno Provisional, en la tercera Duma especialmente recreada para ello —no sé, por cierto, cuál es por su número, la tercera o la cuarta—, nos prepara y promete a diario, y sobre lo cual ya redacta nuevos proyectos de ley del ministerio de Justicia? MacLean y Liebknecht, ésos son los nombres de los socialistas que llevan a la práctica la idea de la lucha revolucionaria contra el imperialismo. Eso es lo que hay que decir a todos los gobiernos para luchar por la paz; hay que acusarlos ante los pueblos. Entonces pondréis en una situación embarazosa a todos los gobiernos imperialistas. Y ahora vosotros mismos os habéis embarazado, cuando os dirigisteis al pueblo con el llamamiento por la paz del 14 de marzo{105}, diciendo: «derrocad a vuestros zares, a vuestros reyes y a vuestros banqueros», en el momento en que nosotros, teniendo en las manos una organización inaudita, rica por su número, por su experiencia, por su fuerza material, como el Soviet de diputados obreros y soldados, nosotros pactamos un bloque con nuestros banqueros, instituimos un gobierno de coalición, casi socialista, y redactamos proyectos de reformas que en Europa se redactaban desde hacía decenas y decenas de años. Allí, en Europa, se ríen de semejante tipo de lucha por la paz. Allí la comprenderán sólo cuando los Soviets tomen el poder y actúen revolucionariamente.

Sólo un país en el mundo puede dar pasos hacia el cese de la guerra imperialista ahora, a escala de clase, contra los capitalistas, sin una revolución sangrienta, sólo un país, y ese país es Rusia. Y lo seguirá siendo mientras exista el Soviet de diputados obreros y soldados. No podrá existir mucho tiempo al lado del Gobierno Provisional de tipo corriente. Y seguirá como hasta ahora sólo mientras no se realice ese paso a la ofensiva. El paso a la ofensiva es un viraje de toda la política de la revolución rusa, es decir, el paso de la expectativa, de la preparación de la paz mediante la insurrección revolucionaria desde abajo, a la reanudación de la guerra. El paso del hermanamiento en un frente al hermanamiento en todos los frentes, del hermanamiento espontáneo, cuando las personas intercambiaban un mendrugo de pan con el hambriento proletario alemán por una navaja, por lo que se les amenaza con presidio, al hermanamiento consciente: ése es el camino que se perfilaba.

Cuando tomemos el poder en nuestras manos, entonces frenaremos a los capitalistas, y entonces ésta no será la guerra que se libra ahora, porque la guerra está determinada por la clase que la libra, y no por lo que está escrito en los papelitos. En los papelitos se puede escribir cualquier cosa. Pero mientras la clase capitalista esté representada en el gobierno por una mayoría, escribáis lo que escribáis, por muy elocuentes que seáis, cualquiera que sea la composición de ministros casi socialistas que tengáis, la guerra seguirá siendo imperialista. Esto lo saben todos y todos lo ven. Y he aquí que el ejemplo de Albania, el ejemplo de Grecia, de Persia{106} lo ha mostrado de manera tan clara y evidente, que me sorprende por qué todos atacan nuestra declaración escrita sobre la ofensiva{107} ¡y nadie dice una palabra sobre los ejemplos concretos! Prometer proyectos es fácil, pero las medidas concretas se aplazan siempre. Redactar una declaración sobre la paz sin anexiones es fácil, pero el ejemplo de Albania, Grecia, Persia ocurrió después del ministerio de coalición. Sobre ellos escribió «Dielo Naroda», órgano no de nuestro partido, sino órgano gubernamental, órgano de los ministros, que con esta burla se somete a la democracia rusa, que a Grecia se la estrangula. Y el mismo Miliukov, a quien representáis como Dios sabe quién —es un miembro de filas de su partido—, Teréshchenko no se diferencia en nada de él, escribía que sobre Grecia presionaba la diplomacia aliada. La guerra sigue siendo imperialista y, por mucho que deseéis la paz, por muy sincera que sea vuestra simpatía por los trabajadores y por muy sincero que sea vuestro deseo de paz —estoy plenamente convencido de que no puede dejar de ser sincero en la masa—, sois impotentes porque la guerra no se puede terminar más que con el desarrollo ulterior de la revolución. Cuando comenzó la revolución en Rusia, comenzó también la lucha revolucionaria desde abajo por la paz. Si hubierais tomado el poder en vuestras manos, si el poder hubiera pasado a las organizaciones revolucionarias para la lucha contra los capitalistas rusos, entonces los trabajadores de otros países os habrían creído, entonces podríais haber propuesto la paz. Entonces nuestra paz estaría asegurada, al menos, por dos lados, por parte de dos pueblos que se desangran y cuya causa es desesperada, por parte de Alemania y Francia. Y si entonces las circunstancias nos hubieran colocado en la situación de una guerra revolucionaria —eso nadie lo sabe, no renunciamos a ello—, entonces habríamos dicho: «no somos pacifistas, no renunciamos a la guerra si la clase revolucionaria está en el poder, si realmente ha eliminado a los capitalistas de toda influencia sobre la dirección del asunto, sobre el aumento de esa ruina que les permite acumular cientos de millones». El poder revolucionario explicaría y diría a todos los pueblos, sin excepción, que todos los pueblos deben ser libres, que así como el pueblo alemán no se atreve a guerrear para retener Alsacia y Lorena, tampoco el pueblo francés se atreve a guerrear por sus colonias. Porque si Francia guerrea por sus colonias, Rusia tiene Jiva y Bujará, que también son algo parecido a colonias, y entonces comenzará el reparto de las colonias. ¿Y cómo repartirlas, según qué norma? Según la fuerza. Y la fuerza ha cambiado, la situación de los capitalistas es tal que no hay otra salida que la guerra. Cuando toméis el poder revolucionario, tendréis un camino revolucionario hacia la paz: la apelación a los pueblos con un llamamiento revolucionario, la explicación de la táctica con vuestro ejemplo. Entonces se abrirá ante vosotros el camino hacia la paz conquistada por vía revolucionaria, con la mayor probabilidad de que evitaréis la muerte de cientos de miles de personas. Entonces podréis estar seguros de que los pueblos alemán y francés se pronunciarán por vosotros. Y los capitalistas ingleses, americanos y japoneses, aunque quisieran la guerra contra la clase obrera revolucionaria —cuyas fuerzas se decuplicarán cuando los capitalistas sean frenados, eliminados, y el control pase a manos de la clase obrera—, aunque los capitalistas americanos, ingleses y japoneses quisieran la guerra, hay un 99 por ciento de probabilidades sobre 100 de que no podrán librarla. Bastará con que declaréis que no sois pacifistas, que defenderéis vuestra república, obrera, proletaria, y la democracia de los capitalistas alemanes, franceses y otros, bastará esto para que la paz esté asegurada.

He aquí por qué concedíamos a nuestra declaración sobre la ofensiva una importancia tan capital. Ha llegado la hora del viraje en toda la historia de la revolución rusa. La revolución rusa comenzó con la ayuda de la burguesía imperialista de Inglaterra, que pensaba que Rusia era algo parecido a China o la India. En lugar de ello, junto al gobierno, en el que ahora hay una mayoría de terratenientes y capitalistas, surgieron los Soviets, una institución representativa inaudita, nunca vista en el mundo por su fuerza, que vosotros estáis matando con la participación en el ministerio de coalición con la burguesía. En lugar de ello, la revolución rusa ha hecho que la lucha revolucionaria desde abajo contra el gobierno capitalista empiece a encontrar por doquier, en todos los países, una simpatía tres veces mayor. La cuestión se plantea así: ir hacia adelante o hacia atrás. En tiempo de revolución no se puede permanecer en el mismo lugar. He aquí por qué la ofensiva es un viraje de toda la revolución rusa, no en el significado estratégico de la ofensiva, sino en el político y económico. La ofensiva ahora es la continuación de la carnicería imperialista y de la muerte de cientos de miles, de millones de personas —objetivamente, independientemente de la voluntad o la conciencia de tal o cual ministro—, por el estrangulamiento de Persia y otros pueblos débiles. El paso del poder al proletariado revolucionario, con el apoyo del campesinado más pobre, es el paso a la lucha revolucionaria por la paz en las formas más aseguradas, más indoloras que conoce la humanidad; el paso a que el poder y la victoria para los trabajadores revolucionarios estén asegurados tanto en Rusia como en todo el mundo. (Aplausos de una parte de la sala.)

«Pravda» núms. 82 y 83, 28 (15) y 29 (16) de junio de 1917.

Se publica según el texto del periódico «Pravda», cotejado con la estenografía corregida por V. I. Lenin.