## Informe sobre el momento actual, 24 de abril (7 de mayo)

Nosotros, con mucha mayor precisión que otros partidos, definimos de antemano la línea política que quedó fijada en resoluciones. La vida nos ha deparado una situación completamente nueva. El principal error que cometen los revolucionarios es mirar hacia atrás, hacia las viejas revoluciones. La vida, en cambio, ofrece demasiadas cosas nuevas, que es necesario incorporar a la cadena general de los acontecimientos.

Las fuerzas motrices de la revolución las determinamos nosotros con toda exactitud. Los acontecimientos han justificado nuestras viejas tesis bolcheviques, pero la desgracia es que los camaradas querían seguir siendo «viejos» bolcheviques. El movimiento de masas existía únicamente en el proletariado y el campesinado. La burguesía de Europa occidental siempre estuvo contra la revolución. Esa es la situación a la que estábamos habituados. Resultó de otro modo. La guerra imperialista escindió a la burguesía de Europa, y esto hizo que los capitalistas anglofranceses, movidos por sus fines imperialistas, se convirtieran en partidarios de la revolución rusa. Los capitalistas ingleses tramaron directamente una conspiración con Guchkov, Miliukov y la cúpula del mando del ejército. Los capitalistas anglofranceses se pusieron del lado de la revolución. Los periódicos europeos informan de toda una serie de viajes de emisarios de Inglaterra y Francia para negociar con «revolucionarios» como Guchkov. He aquí un aliado imprevisto de la revolución. Esto llevó a que la revolución resultase como nadie esperaba. Obtuvimos aliados no solo en la persona de la burguesía rusa, sino también en la de los capitalistas anglofranceses. Cuando yo decía esto mismo en una conferencia en el extranjero[44], un menchevique me replicó que no teníamos razón, pues resultaba que la burguesía era necesaria para el éxito de la revolución. Yo le respondí que eso fue «necesario» tan solo para que la revolución venciese en ocho días. Pues Miliukov, ya antes de la revolución, declaró que si la victoria pasaba por la revolución, él estaba contra la victoria. No se pueden olvidar estas palabras de Miliukov.

Así pues, la revolución en su primera etapa se desarrolló como nadie esperaba. Los bolcheviques dieron respuesta a la cuestión de la posibilidad de la «defensa de la patria»: si triunfa la revolución burguesa chovinista (núm. 47 de *Sotsial-Demokrat*), la defensa de la patria es imposible incluso en ese caso[45]. La originalidad de la situación reside en la dualidad de poderes. En el extranjero, adonde no llega ningún periódico más a la izquierda que *Rech* y donde los periódicos burgueses anglofranceses hablan de un Gobierno Provisional omnipotente y del «caos» representado por el Soviet de Diputados Obreros y Soldados, nadie tiene una idea exacta de la dualidad de poderes. Solo sobre el terreno, aquí hemos sabido ya que el Soviet de Diputados Obreros y Soldados entregó el poder al Gobierno Provisional. El Soviet de Diputados Obreros y Soldados es la realización de la dictadura del proletariado y los soldados; entre estos últimos, la mayoría son campesinos. Esta es precisamente la dictadura del proletariado y el campesinado. Pero esta «dictadura» ha llegado a un acuerdo con la burguesía. Aquí es donde hace falta revisar el «viejo» bolchevismo. La situación creada muestra que la dictadura del proletariado y los campesinos se ha entrelazado con el poder de la burguesía. Una situación asombrosamente peculiar. Jamás ha habido revoluciones en las que los representantes del proletariado y el campesinado revolucionarios, estando armados, concertaran una alianza con la burguesía y, teniendo el poder, se lo cedieran a la burguesía. La burguesía tiene en sus manos la fuerza del capital y la fuerza de la organización. Hay que asombrarse incluso de que los obreros resultaran estar suficientemente organizados. La revolución burguesa en Rusia está terminada, en la medida en que el poder ha ido a parar a manos de la burguesía. Aquí los «viejos bolcheviques» refutan: «no está terminada: no hay dictadura del proletariado y el campesinado». Pero el Soviet de Diputados Obreros y Soldados es precisamente esa dictadura.

El movimiento agrario puede ir por dos caminos. Los campesinos arrebatarán la tierra, pero la lucha entre el proletariado rural y el campesino acomodado no estallará. Pero esto es poco probable, pues la lucha de clases no espera. Repetir ahora lo que decíamos en 1905 y no hablar de la lucha de clases en la aldea, es una traición a la causa proletaria.

Ya ahora vemos en las decisiones de varios congresos campesinos la idea de esperar a la Asamblea Constituyente para resolver la cuestión agraria: es la victoria del campesinado acomodado, que se inclina hacia los kadetes. Los campesinos ya toman la tierra. Los socialistas-revolucionarios los retienen, proponiéndoles esperar a la Asamblea Constituyente. Hay que combinar la exigencia de tomar la tierra inmediatamente con la propaganda de la creación de los Soviets de Diputados de Obreros Agrícolas. La revolución democrático-burguesa está terminada. El programa agrario hay que aplicarlo de una manera nueva. La misma lucha de los grandes propietarios contra los pequeños por el poder, que existe ahora aquí, se dará también en la aldea. A los campesinos no les basta solo con la tierra. El número de campesinos sin caballo ha aumentado mucho. La revolución agraria solo nosotros la estamos desarrollando ahora, diciendo a los campesinos que tomen la tierra inmediatamente. Hay que tomar la tierra de manera organizada. Sin dañar los bienes. El movimiento agrario, por consiguiente, es solo una previsión, pero no un hecho. La tarea de los marxistas es explicar a los campesinos la cuestión del programa agrario; hay que trasladar su centro de gravedad al Soviet de Diputados de Obreros Agrícolas. Pero hay que estar preparado para que el campesinado pueda unirse a la burguesía, tal como lo ha hecho el Soviet de Diputados Obreros y Soldados. En consecuencia, el movimiento agrario aún hay que desarrollarlo. El campesinado acomodado se inclinará, naturalmente, hacia la burguesía, hacia el Gobierno Provisional. Puede resultar más a la derecha que Guchkov.

Hasta ahora, la victoria del poder burgués está consumada. La situación económica de los campesinos los separa de los terratenientes. Los campesinos no necesitan derechos sobre la tierra. Necesitan Soviets de Diputados de Obreros Agrícolas. Quienes aconsejan a los campesinos esperar a la Asamblea Constituyente, los engañan.

Nuestra tarea es destacar la línea de clase del pantano pequeñoburgués: la burguesía hace su trabajo magníficamente, dando todo tipo de promesas, pero aplicando de hecho su política de clase.

En los Soviets de Diputados Obreros y Soldados, la correlación es tal que el poder se entrega al Gobierno Provisional, y los propios socialistas se limitan a las «comisiones de contacto». Este gobierno, en verdad, son los mejores hombres de confianza de su clase, pero de todos modos es una clase determinada. La pequeña burguesía se ha rendido por completo a él. Si no separamos la línea proletaria, traicionaremos la causa del proletariado. La burguesía domina o mediante el engaño o mediante la violencia. Ahora dominan la adulación y el engaño, y esto adormece la revolución. Hacen concesiones en lo secundario. En lo principal (la transformación agraria) no hacen nada. Quien no vea que en Rusia, excepto los bolcheviques, hay un defensismo revolucionario compacto, que este ha triunfado en todas partes, no ve los hechos; y semejante defensismo revolucionario es la capitulación de todos los principios socialistas en nombre de los intereses depredadores del gran capital, encubiertos con la frase sobre la «defensa de la patria», la capitulación de la posición ante la pequeña burguesía. Cuando yo hablaba de la masa «honrada» defensista-revolucionaria, no me refería a una categoría moral, sino a una definición de clase. Las clases representadas en los Soviets de Diputados Obreros y Soldados no tienen interés en la guerra de rapiña. En Europa, no es igual. Allí oprimen al pueblo, y a los pacifistas, incluso a los más oportunistas, los persiguen a menudo más que a nosotros, los pravdistas. En nuestro país, en cambio, el Soviet de Diputados Obreros y Soldados aplica su posición defensista-revolucionaria no mediante la violencia, sino mediante la confianza de las masas. Europa es una inmensa prisión militar. El capital domina allí cruelmente. En toda Europa, a la burguesía hay que derrocarla, y no persuadirla. En Rusia, los soldados están armados: ellos mismos se dejaron engañar pacíficamente, aceptando supuestamente solo «defenderse» de Guillermo. Allí, en Europa, no existe el defensismo revolucionario «honrado» como en Rusia, donde el pueblo entregó el poder a la burguesía por su oscuridad, su inercia, su hábito de soportar el palo, por tradición. Steklov, Chjeídze: de palabra son jefes, pero de hecho son cola de la burguesía; pese a sus virtudes, su conocimiento del marxismo, etc., políticamente están muertos. En nuestro país, el poder está en manos de los soldados, que tienen una actitud defensista. La posición objetiva de clase de los capitalistas es una. Ellos guerrean para sí mismos. Los soldados son proletarios y campesinos. Eso es otra cosa. ¿Tienen ellos interés en conquistar Constantinopla? ¡No, sus intereses de clase están contra la guerra! He aquí por qué se les puede ilustrar, persuadir. El quid de la situación política en este momento es saber explicar la verdad a las masas. No se puede considerar que «nos apoyamos» en la masa revolucionaria, etc.; no se puede, mientras no expliquemos a los soldados o a las masas inconscientes el significado de la consigna «¡abajo la guerra!».

¿Qué es el Soviet de Diputados Obreros y Soldados? Su significado de clase es el poder directo. Por supuesto, no tenemos plena libertad política. Pero una libertad como la que hay ahora en Rusia, no existe en ninguna parte. «¡Abajo la guerra!» no significa arrojar el fusil. Significa el traspaso del poder a otra clase. El centro de gravedad de toda la posición actual es explicar esto. El blanquismo consistía en aspirar a la toma del poder apoyándose en una minoría. En nuestro caso es completamente diferente. Nosotros aún somos minoría, somos conscientes de la necesidad de conquistar a la mayoría. Necesitamos, a diferencia de los anarquistas, el Estado para la transición al socialismo. La Comuna de París nos dio el modelo de un Estado del tipo del Soviet de Diputados Obreros: el poder directo de los obreros organizados y armados, la dictadura de los obreros y campesinos. El papel de los Soviets, el significado de semejante dictadura es la violencia organizada contra la contrarrevolución, la salvaguardia de las conquistas de la revolución en interés de la mayoría, apoyándose en la mayoría. La dualidad de poderes no puede existir en el Estado. Los Soviets de Diputados son un tipo de Estado en el que la policía es imposible. Aquí el propio pueblo se gobierna a sí mismo, aquí el retorno a la monarquía es imposible. El ejército y el pueblo deben fusionarse: ¡he aquí la victoria de la libertad! Todos deben poseer armas. Para conservar la libertad, es necesario el armamento general del pueblo: he aquí la esencia de la Comuna. No somos anarquistas que niegan la organización del Estado, es decir, la violencia en general y, en particular, el Estado de los propios obreros organizados y armados, la organización del Estado a través de sus Soviets. La vida ha entrelazado la dictadura del proletariado y el campesinado con la dictadura de la burguesía. La etapa siguiente es la dictadura del proletariado, pero este aún no está suficientemente organizado e ilustrado, hay que ilustrarlo. Se necesitan en todo el Estado Soviets de Diputados Obreros y demás, esto lo exige la vida. No hay otro camino. ¡Esto es precisamente la Comuna de París! El Soviet de Diputados Obreros no es una organización profesional, que es lo que quiere la burguesía. El pueblo lo ve de otro modo y más acertadamente: ve en él el poder. Ve que la vía de salida de la guerra es la victoria de los Soviets de Diputados Obreros. He aquí precisamente el tipo de Estado bajo el cual se puede marchar hacia el socialismo. Que un grupo tome el poder, eso aún es poco. La revolución rusa se ha elevado más: no puede haber otro poder que el Soviet, y la burguesía le teme a esto. Mientras los Soviets no hayan tomado el poder, nosotros no lo tomaremos. A los Soviets debe empujarlos hacia el poder la fuerza viva. De lo contrario, no saldremos de la guerra que libran los capitalistas mediante el engaño al pueblo. Todos los países están al borde de la ruina; hay que ser conscientes de ello; no hay salida fuera de la revolución socialista. El gobierno debe ser derrocado, pero no todos lo entienden correctamente. Si el poder del Gobierno Provisional se apoya en el Soviet de Diputados Obreros, derrocarlo «simplemente» no es posible. Se puede y se debe derrocarlo conquistando la mayoría en los Soviets. O adelante, hacia la omnipotencia de los Soviets de Diputados Obreros y Soldados, o atrás, hacia la guerra imperialista: no hay otro camino. Kautsky negaba la posibilidad de la revolución durante la guerra. La vida ya lo ha refutado.

En cuanto a la estatalización de los bancos y el control sobre ellos, económicamente es posible, económicamente nada lo impide, una vez que el poder esté en manos de los obreros. Es comprensible que, con tales puntos de vista sobre las tareas del proletariado, no se pueda ni hablar de unificación con los «defensistas».

Sobre el nuevo nombre del partido: la palabra «socialdemocracia» es incorrecta, científicamente inexacta, Marx y Engels lo reconocieron en reiteradas ocasiones. Si lo «toleraron» fue porque después de 1871 se daba una situación especial: se requería una preparación lenta de las masas populares, la revolución no estaba a la orden del día. Democracia es también un Estado, y ya la Comuna de París se elevó por encima de ello. Y ahora el mundo entero se halla ante la cuestión práctica de la transición al socialismo. El socialdemócrata Plejánov y los demás socialchovinistas de todo el mundo han traicionado el socialismo. Debemos llamarnos «Partido Comunista».

Camaradas, a propósito de la cuestión del momento actual, de su evaluación, me veo obligado a abarcar un tema extraordinariamente amplio que, por lo que puedo juzgar, se divide en tres partes: primera, la evaluación de la situación política propiamente dicha en nuestro país, en Rusia, la actitud hacia el gobierno y la dualidad de poderes creada; segunda, la actitud hacia la guerra, y tercera, la situación internacional del movimiento obrero que lo ha colocado, hablando a escala mundial, directamente ante la revolución socialista.

Creo que tendré que detenerme solo brevemente en algunos puntos. Por otra parte, he de presentarles un proyecto de resolución sobre todas estas cuestiones, pero con la reserva de que, debido a la extrema escasez de fuerzas entre nosotros, así como a la crisis política que se ha creado aquí, en Petrogrado, no hemos podido no solo discutir la resolución, sino tampoco comunicarla oportunamente a las localidades. Así pues, repito que se trata solo de proyectos preliminares, que facilitan el trabajo en la comisión y permiten concentrarlo en algunas cuestiones más esenciales.

Comienzo por la primera cuestión. Si no me equivoco, la Conferencia de Moscú adoptó la misma resolución que la Conferencia urbana de Petrogrado. (Voces del público: «Con enmiendas».) No he visto esas enmiendas y no puedo juzgar. Pero como la resolución de Petrogrado fue publicada en *Pravda*, si no hay objeciones, puedo considerar que todos la conocen. Presento esta resolución como proyecto a la presente Conferencia de toda Rusia.

La mayoría de los partidos del bloque pequeñoburgués que domina en el Soviet de Petrogrado presenta nuestra política, a diferencia de la suya, como una política de pasos precipitados. Nuestra política se distingue porque exigimos ante todo una caracterización de clase precisa de lo que está ocurriendo. El pecado fundamental del bloque pequeñoburgués consiste en que con frases oculta al pueblo la verdad sobre el carácter de clase del gobierno.

Si los camaradas de Moscú tienen enmiendas, podrían leerlas ahora{144}.

(Lee la resolución de la Conferencia urbana de Petrogrado sobre la actitud hacia el Gobierno Provisional.)

«Reconociendo:

1) que el Gobierno Provisional, por su carácter de clase, es un órgano de dominación de los terratenientes y la burguesía;
2) que tanto él como las clases que representa están indisolublemente ligados, económica y políticamente, al imperialismo ruso y anglofrancés;
3) que incluso el programa por él anunciado lo lleva a cabo solo de forma incompleta y únicamente bajo la presión del proletariado revolucionario y, en parte, de la pequeña burguesía;
4) que las fuerzas organizadoras de la contrarrevolución burguesa y terrateniente, escudándose bajo la bandera del Gobierno Provisional, con la connivencia manifiesta de este último, han iniciado ya el ataque contra la democracia revolucionaria;
5) que el Gobierno Provisional posterga la convocatoria de elecciones a la Asamblea Constituyente, obstaculiza el armamento general del pueblo, se opone al paso de toda la tierra a manos del pueblo, le impone el modo terrateniente de resolver la cuestión agraria, frena la introducción de la jornada laboral de 8 horas, tolera la agitación contrarrevolucionaria (de Guchkov y Cía.) en el ejército, organiza a la cúpula del mando del ejército contra los soldados, etc…»

He leído la primera parte de la resolución, que contiene la caracterización de clase del Gobierno Provisional. Las divergencias con la resolución de los camaradas de Moscú, en la medida en que puede juzgarse por el texto de la resolución, apenas si son sustanciales, pero consideraría incorrecta la caracterización general del gobierno como contrarrevolucionario. Hablando en general, hay que aclarar de qué revolución hablamos. Desde el punto de vista de la revolución burguesa, esto no se puede decir, puesto que ya ha terminado. Desde el punto de vista de la revolución proletario-campesina, decirlo es prematuro, pues no se puede estar seguro de que los campesinos vayan forzosamente más allá de la burguesía, y expresar nuestra seguridad en el campesinado, en particular ahora, cuando este ha virado hacia el imperialismo y el defensismo, es decir, al apoyo a la guerra, es, en mi opinión, infundado. Y ahora ha concertado toda una serie de acuerdos con los kadetes. Por eso considero que este punto de la resolución de los camaradas de Moscú es políticamente incorrecto. Queremos que el campesinado vaya más allá de la burguesía, que tome la tierra de los terratenientes, pero por ahora todavía no se puede decir nada definido sobre su conducta futura.

Evitamos cuidadosamente la expresión «democracia revolucionaria». Cuando se habla del ataque del gobierno, entonces se puede hablar de ello, pero ahora esta frase encubre el máximo engaño, porque es muy difícil separar a las clases que se han fundido en este caos. Nuestra tarea es liberar a aquellos que van a remolque. Para nosotros, los Soviets no son importantes como forma, nos importa qué clases representan esos Soviets. Por eso es necesaria una labor prolongada de esclarecimiento de la conciencia proletaria…

(Continúa leyendo la resolución.)

«…6) que al mismo tiempo este gobierno se apoya en el momento actual en la confianza y, hasta cierto punto, en el acuerdo directo con el Soviet de Diputados Obreros y Soldados de Petrogrado, que agrupa actualmente a la mayoría indiscutible de los obreros y soldados, es decir, del campesinado;
7) que cada paso del Gobierno Provisional, tanto en la política exterior como interior, irá abriendo los ojos no solo a los proletarios de la ciudad y del campo y a los semiproletarios, sino también a amplias capas de la pequeña burguesía sobre el verdadero carácter de este gobierno;

la conferencia resuelve que:

1) para el traspaso de todo el poder estatal a manos de los Soviets de Diputados Obreros y Soldados o de otros órganos que expresen directamente la voluntad del pueblo, es necesaria una labor prolongada de esclarecimiento de la conciencia proletaria de clase y de cohesión de los proletarios de la ciudad y del campo contra las vacilaciones de la pequeña burguesía, pues solo esta labor sirve de garantía real para el avance exitoso de todo el pueblo revolucionario;
2) que para esta actividad es necesaria una labor múltiple dentro de los Soviets de Diputados Obreros y Soldados, el aumento de su número, el fortalecimiento de su fuerza, la cohesión dentro de ellos de los grupos proletarios internacionalistas de nuestro partido;
3) la organización reforzada de sus fuerzas socialdemócratas para llevar a cabo la nueva ola del movimiento revolucionario bajo la bandera de la socialdemocracia revolucionaria».

Aquí está el quid de toda nuestra política. La pequeña burguesía entera vacila ahora y encubre sus vacilaciones con la frase de democracia revolucionaria, y nosotros debemos oponer a esas vacilaciones la línea proletaria. Los contrarrevolucionarios desean hacerla saltar mediante una acción prematura. Nuestras tareas son el aumento del número de los Soviets, el fortalecimiento de sus fuerzas, la cohesión dentro de nuestro partido.

Los camaradas de Moscú añaden en el tercer punto el control. Este control está representado por Chjeídze, Steklov, Tsereteli y otros dirigentes del bloque pequeñoburgués. Control sin poder es una frase vacía. ¿Cómo voy a controlar yo a Inglaterra? Para controlarla, hay que apoderarse de su flota. Comprendo que la masa poco desarrollada de obreros y soldados puede creer ingenua e inconscientemente en el control, pero basta reflexionar sobre los aspectos fundamentales del control para comprender que esa fe es un alejamiento de los principios básicos de la lucha de clases. ¿Qué es el control? Si yo escribo un papelito o una resolución, ellos escribirán una contrarresolución. Para controlar, se necesita tener el poder. Si esto no lo entiende la amplia masa del bloque pequeñoburgués, hay que tener paciencia para explicárselo, pero en ningún caso decirle una mentira. Y si yo oculto esta condición fundamental con el control, digo una mentira y hago el juego a los capitalistas e imperialistas. «Por favor, contrólame tú, que yo tendré los cañones. Aliméntate de control», dicen ellos. Saben que ahora no se le puede negar al pueblo. Control sin poder es una frase pequeñoburguesa que frena la marcha y el desarrollo de la revolución rusa. Por eso me opongo al tercer punto de los camaradas de Moscú.

En cuanto a este peculiar entrelazamiento de dos poderes, cuando el Gobierno Provisional, sin tener en sus manos el poder, los cañones, los soldados y la masa de gente armada, se apoya en los Soviets, los cuales, confiando por ahora en las promesas, llevan una política de apoyo a esas promesas, si ustedes quieren participar en este juego, sufrirán un fracaso. Nuestra tarea es no tomar parte en este juego; continuaremos la labor de explicar al proletariado toda la inconsistencia de esta política, y cada paso de la vida real mostrará cuánta razón tenemos. Ahora somos minoría, las masas aún no nos creen. Sabremos esperar: se pasarán a nuestro lado cuando el gobierno se muestre ante ellas. Las vacilaciones del gobierno pueden apartarlas de él, e irrumpirán hacia nuestro lado, y, teniendo en cuenta la correlación de fuerzas, diremos entonces: ha llegado nuestra hora.

Ahora paso a la cuestión de la guerra, que prácticamente nos unió cuando nos pronunciamos contra el empréstito, cuya actitud mostró de inmediato y con evidencia cómo se dividen las fuerzas políticas. Tal como escribía *Rech*, todos, excepto *Yedinstvo*, vacilan; toda la masa pequeñoburguesa está a favor del empréstito con reservas. Los capitalistas ponen cara agria, se guardan la resolución en el bolsillo con una sonrisa y dicen: «vosotros podéis hablar, pero actuar seguiremos actuando nosotros». En todo el mundo, todos los que votan ahora a favor del empréstito se llaman socialchovinistas.

Pasaré directamente a leer la resolución sobre la guerra. Se divide en tres partes: 1) caracterización de la guerra desde el punto de vista de su significado de clase, 2) el defensismo revolucionario de las masas, cosa que no existe en ningún país, y 3) cómo terminar la guerra.

A muchos, incluido yo personalmente, nos ha tocado intervenir, sobre todo ante los soldados, y creo que si se les explica todo desde el punto de vista de clase, lo más confuso de nuestra posición para ellos es cómo precisamente queremos terminar la guerra, cómo consideramos posible terminarla. En las amplias masas hay multitud de malentendidos, una incomprensión total de nuestra posición, por lo que debemos ser aquí lo más populares posible.

(Lee el proyecto de resolución sobre la guerra.)

«La guerra actual, por parte de ambos grupos de potencias beligerantes, es una guerra imperialista, es decir, una guerra librada por los capitalistas a causa del dominio sobre el mundo, del reparto del botín de los capitalistas, de los mercados ventajosos del capital financiero y bancario, del sojuzgamiento de las nacionalidades débiles.

El traspaso del poder estatal en Rusia de Nicolás II al gobierno de Guchkov, Lvov y otros, al gobierno de los terratenientes y capitalistas, no ha cambiado ni podía cambiar tal carácter de clase y significado de la guerra por parte de Rusia.

De modo particularmente patente se ha puesto de manifiesto el hecho de que el nuevo gobierno libra la misma guerra imperialista, es decir, de conquista y rapiña, en la siguiente circunstancia: el nuevo gobierno no solo no ha publicado los tratados secretos concertados por el ex zar Nicolás II con los gobiernos capitalistas de Inglaterra, Francia, etc., sino que además ha confirmado formalmente dichos tratados. Esto se ha hecho sin consultar en absoluto al pueblo y con el propósito manifiesto de engañarlo, pues es de dominio público que esos tratados secretos del ex zar son tratados de rapiña de principio a fin, que prometen a los capitalistas rusos el saqueo de China, Persia, Turquía, Austria, etc.

Por eso el partido proletario no puede apoyar en modo alguno ni la guerra actual, ni al gobierno actual, ni sus empréstitos, por muy pomposas palabras con que se designen estos empréstitos, sin romper por completo con el internacionalismo, es decir, con la solidaridad fraternal de los obreros de todos los países en la lucha contra el yugo del capital.

Tampoco merece confianza alguna la promesa del gobierno actual de renunciar a las anexiones, es decir, a la conquista de países extranjeros o al mantenimiento forzoso de cualquier nacionalidad dentro de las fronteras de Rusia. Pues, en primer lugar, los capitalistas, entrelazados por miles de hilos del capital bancario ruso y anglofrancés, que defienden los intereses del capital, no pueden renunciar a las anexiones en la presente guerra sin dejar de ser capitalistas, sin renunciar a las ganancias de los miles de millones invertidos en empréstitos, concesiones, empresas militares, etc. En segundo lugar, el nuevo gobierno, tras haber renunciado verbalmente a las anexiones para engañar al pueblo, declaró por boca de Miliukov el 9 de abril de 1917 en Moscú que no renunciaba a las anexiones. En tercer lugar, según ha revelado *Delo Naroda*, periódico en el que participa el ministro Kerenski, Miliukov ni siquiera transmitió al extranjero su declaración sobre la renuncia a las anexiones.

Previniendo al pueblo contra las vanas promesas de los capitalistas, la conferencia declara, por tanto, que hay que distinguir rigurosamente entre la renuncia a las anexiones de palabra y la renuncia a las anexiones de hecho, es decir, la publicación inmediata de todos los tratados secretos y de rapiña, de todos los actos de política exterior, y el comienzo inmediato de la más plena liberación de todas las nacionalidades que la clase de los capitalistas oprime o mantiene atadas por la fuerza a Rusia o en una situación de desigualdad de derechos, continuando la política del ex zar Nicolás II, que cubre de vergüenza a nuestro pueblo».

La segunda mitad de esta parte de la resolución habla de las promesas que hace el gobierno. Tal vez para un marxista esta parte sería superflua, pero para el pueblo es importante. Por eso hay que añadir por qué no creemos en esas promesas, por qué no debemos confiar en el gobierno. Las promesas del gobierno actual de renunciar a la política imperialista no merecen ninguna confianza. Aquí nuestra línea debe consistir no en señalar que exigimos al gobierno la publicación de los tratados. Eso sería una ilusión. Exigir eso a un gobierno de capitalistas sería como exigir la revelación de fraudes comerciales. Si decimos que hay que renunciar a las anexiones y contribuciones de guerra, hay que indicar cómo hacerlo; y si se nos pregunta quién lo hará, diremos que este es, en esencia, un paso revolucionario, y que tal paso solo puede darlo el proletariado revolucionario. De otro modo, serán solo vanas promesas, buenos deseos con los que los capitalistas llevan al pueblo a remolque.

(Continúa leyendo el proyecto de resolución.)

«El llamado “defensismo revolucionario”, que ahora abarca en Rusia a casi todos los partidos populistas (socialistas populares, trudoviques, socialistas-revolucionarios) y al partido oportunista socialdemócrata menchevique (OK, Chjeídze, Tsereteli y otros), así como a la mayoría de los revolucionarios sin partido, representa, por su significado de clase, por un lado, los intereses y el punto de vista de la pequeña burguesía, de los pequeños propietarios, de los campesinos acomodados, que, al igual que los capitalistas, obtienen ganancias de la violencia sobre los pueblos débiles; y, por otro lado, es resultado del engaño de las masas populares por los capitalistas, que no publican los tratados secretos y se limitan a promesas y palabrería.

Hay que reconocer que amplias masas de “defensistas revolucionarios” son honradas, es decir, que realmente no desean anexiones, conquistas ni violencia sobre los pueblos débiles, y que aspiran sinceramente a una paz democrática y no violenta entre todos los países beligerantes. Es necesario reconocer esto porque la posición de clase de los proletarios y semiproletarios de la ciudad y del campo (es decir, de las personas que viven total o parcialmente de la venta de su fuerza de trabajo a los capitalistas) hace que estas clases no estén interesadas en las ganancias de los capitalistas.

Por consiguiente, reconociendo como absolutamente inadmisibles, y que significan de hecho una ruptura total con el internacionalismo y el socialismo, cualesquiera concesiones al “defensismo revolucionario”, la conferencia declara al mismo tiempo que, mientras los capitalistas rusos y su Gobierno Provisional se limiten únicamente a amenazas de violencia contra el pueblo (por ejemplo, la tristemente célebre orden de Guchkov que amenaza con castigos por el desplazamiento arbitrario de los jefes por los soldados), mientras los capitalistas no hayan pasado a la violencia contra los Soviets de diputados obreros, soldados, campesinos, jornaleros, etc., que se organizan libremente y eligen y destituyen libremente a todas y cualesquiera autoridades, nuestro partido predicará el rechazo de la violencia en general, combatiendo contra el profundo y fatal error del “defensismo revolucionario” exclusivamente por medio de la persuasión fraternal, explicando la verdad de que la actitud inconscientemente confiada de las amplias masas hacia el gobierno de los capitalistas, los peores enemigos de la paz y del socialismo, es en este momento en Rusia el principal obstáculo para el rápido fin de la guerra».

Una parte de la pequeña burguesía está interesada en esta política de los capitalistas, no se puede dudar de ello, y por eso es inadmisible que el partido proletario cifre ahora esperanzas en una comunidad de intereses con el campesinado. Luchamos para que el campesinado se pase a nuestro lado, pero él, hasta cierto punto, está conscientemente del lado de los capitalistas.

No cabe duda de que el proletariado y el semiproletariado, como clase, no están interesados en la guerra. Van bajo la influencia de las tradiciones y del engaño. No tienen aún experiencia política. De ahí nuestra tarea: la explicación prolongada. No les hacemos la menor concesión de principios, pero no podemos tratarlos como a socialchovinistas. Estos sectores de la población nunca han sido socialistas, no tienen ni idea del socialismo, apenas están despertando a la vida política. Pero su conciencia crece y se amplía con una rapidez extraordinaria. Hay que saber abordarlos con la explicación, y esta es la tarea más difícil, en particular para un partido que hasta ayer mismo estaba en la clandestinidad.

A algunos les surge la idea de si no habremos renegado de nosotros mismos: pues nosotros propagábamos la transformación de la guerra imperialista en guerra civil, y ahora hablamos contra nosotros mismos. Pero en Rusia la primera guerra civil ha terminado; ahora pasamos a la segunda guerra, entre el imperialismo y el pueblo armado, y en este período de transición, mientras la fuerza armada está en manos de los soldados, mientras Miliukov y Guchkov aún no han empleado la violencia, esta guerra civil se convierte para nosotros en una pacífica, prolongada y paciente propaganda de clase. Si habláramos de guerra civil antes de que la gente haya comprendido su necesidad, entonces, indudablemente, caeríamos en el blanquismo. Estamos por la guerra civil, pero solo cuando la lleve a cabo una clase consciente. Se puede derrocar a quien el pueblo conoce como violento. Pero ahora no hay ningún violento; los cañones y fusiles están en manos de los soldados, no de los capitalistas; los capitalistas no dominan ahora mediante la violencia, sino mediante el engaño, y gritar ahora sobre la violencia no puede hacerse, es un absurdo. Hay que saber situarse en el punto de vista del marxismo, que dice que la transformación de la guerra imperialista en guerra civil se basa en condiciones objetivas, no subjetivas. Por ahora renunciamos a esta consigna, pero solo por ahora. Las armas están ahora en manos de los soldados y obreros, no de los capitalistas. Mientras el gobierno no haya iniciado la guerra, nosotros predicamos pacíficamente.

Al gobierno le convenía que el primer paso imprudente hacia la acción lo diéramos nosotros, a ellos les conviene esto. Sienten rencor porque nuestro partido haya dado la consigna de una manifestación pacífica. A la pequeña burguesía, que ahora espera, no debemos ceder ni un ápice de nuestros principios. No hay error más peligroso para un partido proletario que construir su táctica sobre deseos subjetivos allí donde se necesita organización. Decir que la mayoría está con nosotros, no se puede; en este caso, hace falta desconfianza, desconfianza y desconfianza. Basar en esto la táctica proletaria significa matarla.

El tercer punto se refiere a la cuestión de cómo terminar la guerra. El punto de vista de los marxistas es conocido, pero la dificultad está en cómo transmitirlo a las masas de la forma más clara. No somos pacifistas y no podemos renunciar a la guerra revolucionaria. ¿En qué se diferencia esta última de la guerra capitalista? Ante todo, en qué clase está interesada en ella y qué política lleva en esta guerra la clase interesada… Al hablar ante las masas, hay que darles respuestas concretas. De modo que, primera cuestión: ¿cómo distinguir la guerra revolucionaria de la guerra capitalista? Los hombres de las masas no entienden cuál es la diferencia, que aquí se trata de la diferencia de clases. Debemos no solo hablar teóricamente, sino mostrar prácticamente que libraremos una guerra verdaderamente revolucionaria cuando el poder esté en manos del proletariado. Me parece que este planteamiento de la cuestión da una respuesta más gráfica a la pregunta de qué guerra es y quién la libra.

En *Pravda* se ha publicado el proyecto de un llamamiento a los soldados de todos los países beligerantes[54]. Tenemos información de que en el frente se está produciendo la confraternización, pero es aún semiespontánea. Lo que falta en la confraternización es una idea política clara. Los soldados han sentido instintivamente que hay que actuar desde abajo; su instinto de clase de gente con ánimo revolucionario les ha dictado que solo este es el verdadero camino. Pero esto no basta para la revolución. Queremos dar una respuesta política clara. Para que la guerra pueda terminar, el poder debe pasar a manos de la clase revolucionaria. Yo propondría redactar, en nombre de la conferencia, un llamamiento a los soldados de todos los países beligerantes e imprimir este llamamiento en todos los idiomas. Si en lugar de todas esas frases en boga sobre conferencias de paz, en las que la mitad de los miembros participantes son agentes secretos o directos de los gobiernos imperialistas, difundimos este llamamiento, esto nos llevará a la meta mil veces más rápido que todas las conferencias de paz. No queremos tener tratos con los Plejánov alemanes. Cuando viajábamos en el vagón por Alemania, esos señores socialchovinistas, los Plejánov alemanes, se metían en nuestro vagón, pero nosotros les respondimos que ningún socialista de los suyos entraría, y si entraba, no lo dejaríamos salir sin un gran escándalo. Si nos hubieran dejado entrar, por ejemplo, a Karl Liebknecht, habríamos hablado con él. Cuando lancemos el llamamiento a los trabajadores de todos los países y en él demos nuestra respuesta a la cuestión de cómo terminar la guerra, y cuando los soldados lean nuestra respuesta, que ofrece una salida política de la guerra, entonces la confraternización dará un paso de gigante. Esto es necesario para que la confraternización ascienda del escalón del horror instintivo ante la guerra y pase a una clara conciencia política de cómo salir de esta guerra.

Paso a la tercera cuestión, a saber, la evaluación del momento actual desde el punto de vista de la situación del movimiento obrero internacional y del estado del capitalismo internacional. Desde el punto de vista del marxismo es absurdo detenerse en la situación de un solo país al hablar del imperialismo, cuando los países capitalistas están tan estrechamente vinculados entre sí. Y ahora, durante la guerra, este vínculo es inconmensurablemente más fuerte. Toda la humanidad está envuelta en un sangriento amasijo, del que no es posible salir por separado. Si hay países más y menos desarrollados, la guerra actual los ha ligado a todos con tales hilos entre sí, que la salida de un solo país parece imposible y absurda.

Todos estamos de acuerdo en que el poder debe estar en manos de los Soviets de Diputados Obreros y Soldados. Pero ¿qué pueden y qué deben hacer si el poder pasa a ellos, es decir, si está en manos de los proletarios y semiproletarios? Resulta una situación compleja y difícil. Y si hablamos del traspaso del poder, aquí aparece un peligro que ya jugó un gran papel en las revoluciones anteriores, a saber: la clase revolucionaria toma en sus manos el poder estatal y no sabe qué hacer con él. En la historia de las revoluciones hay ejemplos de revoluciones que fracasaron precisamente en esto. Los Soviets de Diputados Obreros y Soldados, que cubren ahora toda Rusia con su red, están hoy en el centro de toda la revolución; sin embargo, me parece que no han sido suficientemente comprendidos ni estudiados por nosotros. Si toman el poder en sus manos, ya no será un Estado en el sentido habitual de la palabra. Un poder estatal así, que durara mucho tiempo, nunca ha existido en el mundo, pero a él se ha ido aproximando todo el movimiento obrero del mundo. Será precisamente un Estado del tipo de la Comuna de París. Tal poder es una dictadura, es decir, no se apoya en la ley, ni en la voluntad formal de la mayoría, sino directamente, de modo inmediato, en la violencia. La violencia es el instrumento del poder. ¿De qué manera empezarán los Soviets a aplicar este poder? ¿Volverán a la antigua administración por medio de la policía, gobernarán mediante los viejos órganos del poder? En mi opinión, no pueden hacerlo, y en todo caso se alza ante ellos la tarea inmediata de organizar un Estado no burgués. Yo empleé entre los bolcheviques la comparación de este Estado con la Comuna de París, en el sentido de que esta rompió los viejos órganos de gobierno y los sustituyó por órganos completamente nuevos, directos, inmediatos de los obreros. Se me acusa de haber utilizado en el momento actual una palabra que más asusta a los capitalistas, puesto que ellos se pusieron a comentarla como un deseo de implantar directamente el socialismo. Pero yo la empleé solo en el sentido de sustituir los viejos órganos por otros nuevos, proletarios. Marx decía que en esto reside el paso adelante más grande de todo el movimiento proletario mundial{145}. La cuestión de las tareas sociales del proletariado tiene para nosotros una importancia práctica enorme: por un lado, porque ahora estamos vinculados a todos los demás países y no se puede salir de esta madeja: o el proletariado sale todo él en su conjunto, o lo sofocarán; por otro lado, los Soviets de Diputados Obreros y Soldados son un hecho. Nadie duda de que cubren toda Rusia, de que son el poder, y otro poder no puede haber. Si esto es así, debemos representarnos claramente cómo pueden emplear ese poder. Se dice que este poder es igual que en Francia y en América, pero allí no hay nada parecido; un poder tan directo no existe allí.

La resolución sobre el momento actual se divide en tres partes. En la primera se caracteriza la situación objetiva creada por la guerra imperialista, en qué situación ha caído el capitalismo mundial; en la segunda, las condiciones del movimiento proletario internacional, y en la tercera, las tareas de la clase obrera rusa en caso de que el poder pase a sus manos. En la primera parte formulo la conclusión de que durante la guerra el capitalismo se ha desarrollado aún más que antes de la guerra. Se ha apoderado ya de ramas enteras de la producción. Ya en 1891, hace 27 años, cuando los alemanes adoptaron su Programa de Erfurt, Engels decía que no se puede hablar del capitalismo a la manera antigua, como de falta de planificación{146}. Eso ya está anticuado: si hay trusts, ya no hay falta de planificación. En particular en el siglo XX, el desarrollo del capitalismo ha avanzado a pasos de gigante, y la guerra ha hecho lo que no se había hecho en 25 años. La estatalización de la industria ha avanzado no solo en Alemania, sino también en Inglaterra. Del monopolio en general se ha pasado al monopolio de Estado. La situación objetiva ha mostrado que la guerra ha acelerado el desarrollo del capitalismo, y este ha avanzado del capitalismo al imperialismo, del monopolio a la estatalización. Todo esto ha aproximado la revolución socialista y ha creado las condiciones objetivas para ella. Así, la revolución socialista ha sido aproximada por la marcha de la guerra.

Inglaterra era antes de la guerra un país de máxima libertad, cosa que señalan siempre políticos del tipo del partido kadete. La libertad existía allí porque no había movimiento revolucionario. La guerra lo ha reconfigurado todo de golpe. Un país en el que no se recuerda un ejemplo semejante en décadas de que se atentara contra la libertad de la prensa socialista, ha pasado de inmediato a una censura netamente zarista, y todas las cárceles se han llenado de socialistas. Los capitalistas allí han aprendido durante siglos a gobernar al pueblo sin violencia, y si han recurrido a la violencia, significa que han sentido que el movimiento revolucionario crece y que no se puede actuar de otro modo. Cuando señalábamos que Liebknecht representa a la masa, aunque esté solo frente a cien Plejánov alemanes, nos decían que era una utopía, una ilusión. Pero quien haya estado alguna vez en el extranjero en reuniones obreras, ha visto que la simpatía de las masas por Liebknecht es un hecho indudable. Sus más acérrimos enemigos tenían que recurrir a la astucia ante la masa; y si no fingían ser partidarios, en todo caso nadie osaba pronunciarse contra él. Ahora la cosa ha ido aún más lejos. Ahora tenemos huelgas de masas y confraternización en el frente. A este respecto, lanzarse a hacer predicciones sería un gravísimo error, pero que la simpatía hacia la Internacional aumenta y que comienza la efervescencia revolucionaria en el ejército alemán, es de todos modos un hecho que muestra que la revolución está madurando allí.

Ahora bien, ¿cuáles son las tareas del proletariado revolucionario? El principal defecto y el principal error de todos los razonamientos de los socialistas es que la cuestión se plantea de un modo demasiado general: la transición al socialismo. Pero hay que hablar de pasos y medidas concretos. Unos han madurado ya, otros aún no. Ahora vivimos un momento de transición. Hemos destacado con claridad formas que no se parecen a las formas de los Estados burgueses: los Soviets de Diputados Obreros y Soldados, una forma de Estado que no existe ni ha existido en ningún Estado. Es una forma que representa los primeros pasos hacia el socialismo y es inevitable al comienzo de la sociedad socialista. Este es un hecho decisivo. La revolución rusa ha creado los Soviets. En ningún país burgués del mundo hay ni puede haber instituciones estatales semejantes, y ninguna revolución socialista puede operar con otro poder que no sea este. Los Soviets de Diputados Obreros y Soldados deben tomar el poder, no para crear una república burguesa ordinaria ni para una transición directa al socialismo. Esto no puede ser. ¿Para qué, entonces? Deben tomar el poder para dar los primeros pasos concretos hacia esa transición, pasos que se pueden y se deben dar. El miedo es el principal enemigo a este respecto. Hay que predicar a las masas que estos pasos deben darse ahora, de lo contrario el poder de los Soviets de Diputados Obreros y Soldados carecerá de sentido y no dará nada al pueblo.

Intento dar respuesta a la cuestión de qué pasos concretos podemos proponer al pueblo sin entrar en contradicción con nuestras convicciones marxistas.

¿Para qué queremos que el poder pase a manos de los Soviets de Diputados Obreros y Soldados?

La primera medida que deben llevar a cabo es la nacionalización de la tierra. De ella hablan todos los pueblos. Se dice que esta medida es la más utópica y, sin embargo, todos llegan a ella precisamente porque la propiedad territorial rusa es tan caótica que no hay otra salida que deslindar toda la tierra y convertirla en propiedad del Estado. Hay que abolir la propiedad privada de la tierra. Esta es la tarea que se alza ante nosotros, porque la mayoría del pueblo está a favor de ello. Para esto necesitamos los Soviets. Llevar a cabo esta medida con la vieja burocracia estatal es imposible.

Segunda medida. No podemos abogar por «implantar» el socialismo: eso sería el mayor de los disparates. Debemos predicar el socialismo. La mayoría de la población en Rusia son campesinos, pequeños propietarios, que no pueden ni pensar en el socialismo. Pero ¿qué pueden ellos objetar a que en cada aldea haya un banco que les dé la posibilidad de mejorar su economía? Contra eso no pueden decir nada. Debemos propagar estas medidas prácticas entre los campesinos y fortalecer en ellos la conciencia de su necesidad.

Otra cosa es el sindicato de los fabricantes de azúcar, esto es un hecho. Aquí nuestra propuesta debe ser directamente práctica: estos sindicatos ya maduros deben ser transferidos a propiedad del Estado. Si los Soviets quieren tomar el poder, que sea solo para tales fines. No hay otra razón para que lo tomen. La cuestión se plantea así: o el desarrollo ulterior de estos Soviets, o morirán de una muerte sin gloria, como ocurrió en la Comuna de París. Si se necesita una república burguesa, eso pueden hacerlo también los kadetes.

Terminaré con la referencia a un discurso que me causó la mayor impresión. Un minero pronunció un discurso notable en el que, sin emplear ni una sola palabra libresca, contó cómo hicieron la revolución. En su caso, la cuestión no era si tendrían o no presidente, sino que le interesaba la cuestión de que, cuando tomaron las minas, había que proteger los cables para que no se detuviera la producción. Luego surgió la cuestión del pan, del que carecían, y se pusieron de acuerdo sobre cómo conseguirlo. Ese es el verdadero programa de la revolución, no sacado de los libros. Eso es la verdadera conquista del poder sobre el terreno.

La burguesía en ninguna parte se ha configurado tanto como en Petrogrado, y los capitalistas aquí tienen el poder en sus manos, mientras que en las localidades los campesinos, sin plantearse ningún plan socialista, emprenden medidas puramente prácticas. Creo que este programa del movimiento revolucionario es el único que indica con acierto el verdadero camino de la revolución. Nosotros somos partidarios de emprender estas medidas con la mayor circunspección y prudencia, pero hay que aplicarlas, solo en esta dirección hay que mirar hacia adelante, de lo contrario no hay salida. De lo contrario, los Soviets de Diputados Obreros y Soldados serán dispersados y morirán de una muerte sin gloria; y si el poder está realmente en manos del proletariado revolucionario, será solo para marchar hacia adelante. Y marchar hacia adelante significa emprender pasos concretos, y no solo asegurar de palabra la salida de la guerra. El éxito pleno de estos pasos solo es posible con la revolución mundial, si la revolución sofoca la guerra y si los obreros de todos los países la apoyan; por eso la toma del poder es la única medida concreta, la única salida.

*Publicado por primera vez en 1921, en las Obras completas de N. Lenin (V. Uliánov), tomo XIV, parte II.*
*Se publica según la copia mecanografiada del acta.*

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## Informe sobre la cuestión de la guerra

Camaradas, el primer proyecto de resolución sobre la guerra lo leí en la conferencia urbana. A causa de la crisis que ocupó en Petrogrado la atención y las fuerzas de todos los camaradas, no pudimos corregir este proyecto. Pero ayer y hoy la comisión ha trabajado con éxito, y ha sido sometido a cambios, se ha reducido mucho y, en nuestra opinión, ha mejorado.

Quiero decir algunas palabras sobre la estructura de esta resolución. Está dividida en tres partes: la primera parte está dedicada al análisis de clase de la guerra, con el añadido de nuestra actitud de principio: por qué el partido previene contra cualquier confianza en las promesas gubernamentales y contra cualquier tipo de apoyo al Gobierno Provisional. La segunda parte de la resolución está dedicada a la cuestión del defensismo revolucionario, como una corriente de masas extraordinariamente amplia que ha cohesionado ahora contra nosotros a la inmensa mayoría del pueblo. La tarea consiste en cómo definir el significado de clase de este defensismo revolucionario, en qué consiste su esencia, cuál es la correlación real de fuerzas y cómo debemos luchar contra esta corriente. La tercera parte de la resolución aborda la cuestión de cómo terminar la guerra. A esta cuestión práctica, que tiene la máxima importancia para el partido, era necesario responder de modo detallado, y consideramos que hemos logrado dar una respuesta satisfactoria. En una serie de artículos de *Pravda* y de periódicos provinciales (que nos llegan con extrema irregularidad: el correo no funciona y hay que valerse de ocasiones para obtener las hojitas locales para el Comité Central), donde había un gran número de artículos sobre la guerra, se ha puesto de manifiesto la actitud negativa hacia la guerra y hacia la cuestión del empréstito. Creo que la votación contra el empréstito ha resuelto la cuestión de la actitud negativa hacia el defensismo revolucionario. No me es posible detenerme más detalladamente en esto.

«La guerra actual, por parte de ambos grupos de potencias beligerantes, es una guerra imperialista, es decir, una guerra librada por los capitalistas a causa del reparto de los beneficios del dominio sobre el mundo, de los mercados del capital financiero (bancario), del sojuzgamiento de las nacionalidades débiles, etc.».

La primera y fundamental tesis es la cuestión del contenido de la guerra, una cuestión de carácter general y político, una cuestión controvertida que los capitalistas y socialchovinistas eluden cuidadosamente. Por eso debemos situarla en primer lugar y añadir:

«Cada día de guerra enriquece a la burguesía financiera e industrial y arruina y agota las fuerzas del proletariado y del campesinado de todos los países beligerantes, y luego de los neutrales. En Rusia, la prolongación de la guerra, además, entraña el máximo peligro para las conquistas de la revolución y para su desarrollo ulterior.

El traspaso del poder estatal en Rusia al Gobierno Provisional, al gobierno de los terratenientes y capitalistas, no ha cambiado ni podía cambiar tal carácter y significado de la guerra por parte de Rusia».

Esta frase que acabo de leer tiene para nosotros una gran importancia en toda la propaganda y la agitación. ¿Ha cambiado ahora y puede cambiar el carácter de clase de la guerra? Nuestra respuesta se basa en que el poder ha pasado a manos de los terratenientes y capitalistas, del mismo gobierno que preparó esta guerra. A continuación pasamos a uno de los hechos que muestran del modo más palmario el carácter de la guerra. Una cosa es el carácter de clase, que se expresa en toda la política que determinadas clases han llevado durante décadas, y otra es el carácter de clase palmario de la guerra.

«Este hecho se ha puesto de manifiesto de modo particularmente patente en que el nuevo gobierno no solo no ha publicado los tratados secretos concertados por el zar Nicolás II con los gobiernos capitalistas de Inglaterra, Francia, etc., sino que además ha confirmado formalmente, sin consultar al pueblo, dichos tratados secretos, que prometen a los capitalistas rusos el saqueo de China, Persia, Turquía, Austria, etc. Con la ocultación de estos tratados, se engaña al pueblo ruso sobre el verdadero carácter de la guerra».

Así pues, recalco una vez más que señalamos la confirmación particularmente patente del carácter de la guerra. Aunque no hubiera tratados en absoluto, el carácter de la guerra no cambiaría en lo más mínimo, porque el acuerdo entre grupos de capitalistas puede alcanzarse muy a menudo sin tratados de ninguna clase. Pero estos existen, su significado es particularmente patente, y nosotros, para unificar la labor de los agitadores y propagandistas, consideramos particularmente necesario subrayar este hecho y hemos decidido destacar este punto. La atención del pueblo está puesta en este hecho, y debe estarlo, tanto más cuanto que estos tratados fueron concertados entre nosotros por el zar, que ha sido derrocado, de modo que la atención del pueblo debe concentrarse en que la guerra la libran los gobiernos según los tratados concertados por los viejos gobiernos. Creo que aquí se revelan de la forma más prominente las contradicciones entre los intereses de los capitalistas y la voluntad del pueblo, y la tarea de los agitadores, al revelar estas contradicciones, es dirigir hacia ellas la atención del pueblo, tratar de esclarecer la conciencia de las masas, apelando a su conciencia de clase. En cuanto al contenido de los tratados, es tal que no cabe duda de que prometen enormes beneficios a los capitalistas mediante el saqueo de otros países, ya que estos tratados permanecen siempre en todos los países como secretos. No hay ninguna república en el mundo que lleve la política exterior abiertamente. Mientras exista el régimen capitalista, no se puede esperar que los capitalistas abran sus libros de comercio. Al existir la propiedad privada sobre los medios de producción, esta incluye la propiedad privada sobre las acciones y sobre las operaciones financieras. La base principal de la diplomacia actual son precisamente las operaciones financieras, que se reducen al saqueo y sojuzgamiento de las nacionalidades débiles. He aquí, desde nuestro punto de vista, las tesis fundamentales de las que se deriva toda la evaluación de la guerra. De ellas extraemos la conclusión:

«Por eso el partido proletario no puede apoyar ni la guerra actual, ni al gobierno actual, ni sus empréstitos, sin romper por completo con el internacionalismo, es decir, con la solidaridad fraternal de los obreros de todos los países en la lucha contra el yugo del capital».

Esta es nuestra conclusión principal, fundamental, que determina toda nuestra táctica y nos separa de todos los demás partidos, por muy socialistas que se autodenominen. Con esta tesis, que para todos nosotros es indiscutible, queda prejuzgada la cuestión de nuestra actitud hacia todos los demás partidos políticos.

A continuación se habla de que nuestro gobierno ha planteado la cuestión de las promesas de un modo particularmente amplio. En torno a estas promesas se desarrolla una prolongada campaña de los Soviets, que se han enredado en estas promesas y están sometiendo a prueba al pueblo. Por ello consideramos necesario añadir al análisis puramente objetivo de la situación de clase, la evaluación de las promesas, promesas que, por supuesto, para un marxista no tienen de por sí ningún significado. Pero para las amplias masas esto significa mucho, y para la política, aún más. El Soviet de Petrogrado se ha enredado en estas promesas y les da peso, prometiendo su apoyo. He aquí por qué añadimos a este punto la siguiente formulación:

«No merecen confianza alguna las promesas del gobierno actual de renunciar a las anexiones, es decir, a las conquistas de países extranjeros, o al mantenimiento forzoso de cualquier nacionalidad dentro de las fronteras de Rusia».

Dado que la palabra «anexión» es extranjera, le damos una definición política precisa, que ni el partido kd. ni los partidos de los demócratas pequeñoburgueses (populistas y mencheviques) pueden dar. No hay palabras que se empleen de modo tan insensato y desaseado.

«Pues, en primer lugar, los capitalistas, ligados por miles de hilos del capital bancario, no pueden renunciar a las anexiones en la presente guerra sin renunciar a las ganancias de los miles de millones invertidos en empréstitos, concesiones, empresas militares, etc.; en segundo lugar, el nuevo gobierno, tras haber renunciado verbalmente a las anexiones para engañar al pueblo, declaró por boca de Miliukov el 9 de abril de 1917 en Moscú que no renunciaba a las anexiones, y con la nota del 18 de abril y la aclaración de la misma del 22 de abril confirmó el carácter conquistador de su política.

Previniendo al pueblo contra las vanas promesas de los capitalistas, la conferencia declara, por tanto, que hay que distinguir rigurosamente entre la renuncia a las anexiones de palabra y la renuncia a las anexiones de hecho, es decir, la publicación y anulación inmediatas de todos los tratados secretos de rapiña y la concesión inmediata a todas las nacionalidades del derecho a decidir mediante votación libre si desean ser Estados independientes o formar parte de cualquier Estado».

Hemos considerado necesario señalar esto porque la cuestión de la paz sin anexiones es la cuestión fundamental en todas estas discusiones sobre las condiciones de paz. Todos los partidos reconocen que la paz se convertirá en una alternativa y que una paz con anexiones sería una catástrofe inaudita para todos los países. Y ante el pueblo, en un país donde existe la libertad política, no se puede plantear la cuestión de la paz más que como una paz sin anexiones. Por ello hay que pronunciarse por la paz sin anexiones, y lo único que queda es mentir mediante el obscurecimiento del concepto de anexión, o eludir esta cuestión. *Rech* grita, por ejemplo, que la devolución de Curlandia es precisamente la renuncia a las anexiones. Cuando hablé ante el Soviet de Diputados Obreros y Soldados, un soldado me entregó una nota con la pregunta: «¿Debemos combatir para reconquistar Curlandia? ¿Acaso reconquistar Curlandia significa estar a favor de las anexiones?». Tuve que responder afirmativamente[64]. Nosotros estamos en contra de que Alemania pueda anexionarse Curlandia por la fuerza, pero también en contra de que Rusia mantenga Curlandia por la fuerza. Por ejemplo, nuestro gobierno ha emitido un manifiesto sobre la independencia de Polonia, atiborrándolo de frases que no dicen nada. Escribieron que Polonia debe hallarse en una libre alianza militar con Rusia. En estas tres palabras reside únicamente la verdad. Una libre alianza militar de la pequeña Polonia con la enorme Rusia es, de hecho, el sojuzgamiento militar completo de Polonia. Políticamente puede darle libertad, pero sus fronteras serán determinadas por la alianza militar.

Si luchamos para que los capitalistas rusos dominen Curlandia y Polonia en las anteriores fronteras, significa que los capitalistas alemanes tienen derecho a saquear Curlandia. Pueden objetar: juntos hemos saqueado Polonia. Cuando empezamos a despedazar Polonia a finales del siglo XVIII, Prusia era una potencia muy pequeña y débil, y Rusia enorme, y Rusia saqueó más. Ahora nosotros nos hemos hecho más fuertes, y permítannos arrebatar una parte mayor. De ningún modo se puede refutar esta lógica de los capitalistas. Japón en 1863 era un cero comparado con Rusia, y en 1905 vapuleó a Rusia. Alemania en 1863-1873 era un cero comparada con Inglaterra, y ahora es más fuerte que ella. Pueden objetar: éramos débiles cuando nos quitaron Curlandia, ahora nos hemos desarrollado más que ustedes y queremos arrebatársela. No renunciar a las anexiones significa justificar guerras sin fin a causa de la conquista de nacionalidades débiles. La renuncia a las anexiones significa conceder a cada pueblo la libertad de decidir si desea vivir separado o junto con otro. Por supuesto, para ello hay que retirar las tropas. Admitir la menor vacilación en la cuestión de las anexiones significa justificar guerras sin fin. En consecuencia, en este sentido no podíamos admitir vacilación alguna. Nuestra respuesta en relación con las anexiones es la libre decisión de los pueblos. ¿Cómo hacer para que esta libertad política sea también económica? Para ello es necesario el traspaso del poder a manos del proletariado y el derrocamiento del yugo del capital.

Ahora paso a la segunda parte de la resolución.

«El llamado “defensismo revolucionario”, que ahora abarca en Rusia a todos los partidos populistas (socialistas populares, trudoviques, eseristas) y al partido oportunista socialdemócrata menchevique (OK, Chjeídze, Tsereteli y otros), así como a la mayoría de los revolucionarios sin partido, representa, por su significado de clase, por un lado, los intereses y el punto de vista de los campesinos acomodados y de una parte de los pequeños propietarios, los cuales, al igual que los capitalistas, obtienen ganancias de la violencia sobre los pueblos débiles. Por otro lado, el defensismo revolucionario es resultado del engaño de una parte de los proletarios y semiproletarios de la ciudad y del campo por los capitalistas, quienes, por su posición de clase, no están interesados en las ganancias de los capitalistas ni en la guerra imperialista».

Significa que aquí nuestra tarea consiste en determinar de qué capas ha podido surgir y ha surgido el ánimo defensista. Rusia es el país más pequeñoburgués, y las capas superiores de la pequeña burguesía están directamente interesadas en la continuación de esta guerra. El campesinado acomodado, al igual que los capitalistas, obtiene ganancias de ella. Por otro lado, la masa del proletariado y del semiproletariado no está interesada en las anexiones, ya que no recibe ganancias del capital bancario. ¿De qué modo estas clases han podido adoptar el punto de vista del defensismo revolucionario? Tal actitud de estas clases hacia el defensismo revolucionario es resultado de la influencia de la ideología de los capitalistas, lo que en la resolución se expresa con la palabra «engaño». No saben distinguir los intereses de los capitalistas de los intereses del país. De ahí nuestra conclusión:

«La conferencia reconoce como absolutamente inadmisibles, y que significan de hecho una ruptura total con el internacionalismo y el socialismo, cualesquiera concesiones al defensismo revolucionario. En cuanto al ánimo defensista de las amplias masas populares, nuestro partido luchará contra este ánimo mediante la explicación incansable de la verdad de que la actitud inconscientemente confiada hacia el gobierno de los capitalistas es en este momento uno de los principales obstáculos para el rápido fin de la guerra».

Aquí, en estas últimas palabras, se expresa la particularidad que distingue nítidamente a Rusia de todos los demás países capitalistas occidentales y de todas las repúblicas democrático-capitalistas. Pues allí no se puede decir que la confianza de las masas inconscientes sea la causa principal de la continuación de la guerra. Allí las masas están ahora aplastadas por el férreo tornillo de la disciplina militar, y la disciplina es tanto mayor cuanto más democrática es la república, pues en esta última el derecho se apoya en la «voluntad del pueblo». En Rusia, a causa de la revolución, no existe esta disciplina. Las masas eligen libremente a los representantes en los Soviets: un fenómeno que no se puede observar ahora en ningún lugar del mundo. Pero son inconscientemente confiadas, y de ahí un uso determinado de ellas para la lucha. Fuera de las explicaciones, aquí no se puede hacer nada. Las explicaciones deben referirse aquí a las tareas revolucionarias directas y a los modos de acción. Cuando las masas son libres, los intentos de hacer algo en nombre de una minoría, sin explicárselo a las masas, serían un blanquismo absurdo, un simple intento aventurerista. Solo mediante la conquista de la masa —si es que se la puede conquistar—, solo así crearemos un apoyo firme para la victoria de la lucha de clase proletaria.

Paso a la tercera parte de la resolución:

«En cuanto a la cuestión más importante de cómo terminar lo más rápidamente posible, y además con una paz no violenta, sino verdaderamente democrática, esta guerra de los capitalistas, la conferencia reconoce y resuelve:

No se puede terminar esta guerra mediante la negativa de los soldados de un solo lado a continuar la guerra, mediante el simple cese de las acciones militares por una de las partes beligerantes».

Esta idea de semejante terminación de la guerra nos la endosan muy a menudo personas que quieren facilitar la lucha contra el adversario tergiversando sus puntos de vista, procedimiento habitual de los capitalistas, que nos atribuyen una terminación absurda de la guerra mediante una negativa unilateral. Y objetan: «la guerra no se puede terminar clavando el fusil en la tierra», como lo formuló un soldado que es un típico defensista revolucionario. Eso no es una objeción, digo yo. Es la idea anarquista de que se puede terminar la guerra sin cambiar las clases gobernantes; es una idea o bien anarquista, que no tiene significado ni sentido estatal, o vagamente pacifista, que no comprende en absoluto la conexión entre la política y la clase opresora. La guerra es un mal, y la paz un bien… Claro está, esta idea hay que explicarla, popularizarla entre las masas. Y en general, todas nuestras resoluciones se escriben para los sectores dirigentes, para los marxistas, no sirven en modo alguno para la lectura de las masas, pero deben dar una orientación unificadora de toda la política para cualquier propagandista y agitador. Para ello se ha añadido un párrafo más:

«La conferencia protesta una y otra vez contra la vil calumnia difundida por los capitalistas contra nuestro partido, a saber, que simpatizamos con una paz separada con Alemania. Consideramos a los capitalistas alemanes tan bandidos como a los capitalistas rusos, ingleses, franceses, etc., y al emperador Guillermo un bandido coronado, lo mismo que Nicolás II y los monarcas inglés, italiano, rumano y todos los demás».

A propósito de este punto surgieron en la comisión algunas discusiones: por un lado, sobre si en este lugar habíamos pasado a un estilo demasiado popular, y, por otro, sobre si los monarcas inglés, italiano y rumano merecían el honor de ser incluidos aquí. Pero tras detalladas discusiones llegamos al acuerdo unánime de que en el momento actual, cuando nos hemos propuesto refutar las calumnias que *Birzhevié Vedomosti* intentaba difundir en su mayor parte de modo grosero, *Rech* de modo sutil y *Yedinstvo* con alusiones directas contra nosotros, en una cuestión así hay que pronunciarse con la crítica más brillante y tajante de estos conceptos, teniendo en cuenta a las más amplias masas. Y puesto que se nos dice: si consideráis a Guillermo un bandido, ayudadnos a derrocarlo, podemos responder que también todos los demás son bandidos, y contra ellos también hay que luchar, de modo que no hay que olvidar a los reyes de Italia y Rumania, que también los habrá en las filas de nuestros aliados. Estos dos párrafos contienen la recusación contra las calumnias que tienden a reducir el asunto a una riña de pogromo. He aquí por qué debemos pasar luego a la seria cuestión práctica de cómo terminar esta guerra.

«Nuestro partido explicará paciente, pero insistentemente al pueblo la verdad de que las guerras las libran los gobiernos, de que las guerras están siempre indisolublemente ligadas a la política de determinadas clases, de que esta guerra puede terminarla con una paz democrática solo mediante el traspaso de todo el poder estatal, al menos en varios países beligerantes, a manos de la clase de los proletarios y semiproletarios, que es realmente capaz de poner fin a la opresión del capital».

Para un marxista, estas verdades de que las guerras las libran los capitalistas y que están ligadas a sus intereses de clase, son verdades absolutas. Un marxista no necesita detenerse en esto. Pero para las amplias masas, todos los propagandistas y agitadores hábiles deben saber explicar esta verdad sin palabras extranjeras, porque entre nosotros las discusiones suelen convertirse en una riña vacía que no da nada. Y a esto nos acercamos en todas las partes de la resolución. Decimos: para comprender la guerra, hay que preguntar a quién beneficia; para comprender de qué modo terminar la guerra, hay que preguntar a qué clases perjudica. La conexión aquí es clara, y de aquí se deriva la conclusión:

«La clase revolucionaria, tomando en sus manos el poder estatal en Rusia, adoptaría una serie de medidas conducentes a la destrucción del dominio económico de los capitalistas, y medidas conducentes a su plena neutralización política, y propondría de inmediato y abiertamente una paz democrática a todos los pueblos sobre la base de la renuncia total a cualquier tipo de anexiones».

Si hablamos en nombre de la clase revolucionaria, el pueblo tiene derecho a preguntar: ¿bueno, y vosotros, qué haríais en su lugar para terminar la guerra? Esta es una pregunta inevitable. El pueblo nos elige ahora como sus representantes, y debemos dar una respuesta completamente precisa. La clase revolucionaria que tome el poder empezaría por minar el dominio de los capitalistas, y propondría a todos los pueblos condiciones de paz precisas, porque si no se mina el dominio económico de los capitalistas, solo se obtendrán papelitos. Solo una clase victoriosa puede hacer esto, puede llevar al cambio de política.

Repito una vez más: para las masas populares no desarrolladas, esta verdad requiere eslabones intermedios que introduzcan en la cuestión a personas no preparadas. Todo el error y toda la mentira de la literatura popular sobre la guerra consiste en que esta cuestión se elude, se calla al respecto, presentando la cosa como si no hubiera existido lucha de clases, sino como si dos países hubieran vivido amistosamente, y uno hubiera atacado al otro y este se defendiera. Este es un razonamiento vulgar en el que no hay sombra de objetividad, un engaño consciente del pueblo por parte de las personas instruidas. Si logramos abordar esta cuestión, cualquier representante del pueblo captará la esencia; pues una cosa son los intereses de las clases dominantes, y otra los intereses de las clases oprimidas.

¿Qué ocurriría si la clase revolucionaria tomara el poder?

«Estas medidas y esta abierta propuesta de paz crearían la plena confianza de los obreros de los países beligerantes entre sí…»

Ahora no puede haber esa confianza, no la crearemos con las palabras de los manifiestos. Si un pensador dijo que la lengua ha sido dada al hombre para ocultar sus pensamientos, los diplomáticos dicen constantemente: «las conferencias se reúnen para engañar a las masas populares». No solo los capitalistas, sino también los socialistas razonan así. En particular, esto se puede decir de la conferencia convocada por Borgbjerg.

«…y llevarían inevitablemente a insurrecciones del proletariado contra aquellos gobiernos imperialistas que se opusieran a la paz propuesta».

Cuando ahora un gobierno capitalista dice: «estamos por la paz sin anexiones», nadie lo cree. Las masas populares tienen el instinto de las clases oprimidas, que les dice que nada ha cambiado. Solo cuando en un país la política cambie de hecho, aparecerá la confianza y el intento de insurrecciones. Hablamos de «insurrecciones», ya que se trata de todos los países. «En un país se ha producido la revolución, ahora debe producirse en Alemania»: este razonamiento es falso. Se intenta establecer un turno, pero no se puede proceder así. Todos hemos vivido la revolución de 1905, todos hemos podido oír o ver cómo provocó un auge de las ideas revolucionarias en todo el mundo, cosa que Marx dijo siempre. La revolución no se puede hacer ni establecer un turno. No se puede encargar una revolución, la revolución crece. Esto es un charlatanismo puro que ahora en Rusia se aplica particularmente a menudo. Se le dice al pueblo: he aquí, vosotros habéis hecho la revolución en Rusia, ahora le toca el turno al alemán. Si las condiciones objetivas cambian, entonces la insurrección es inevitable. Y en qué turno, en qué momento y con qué éxito, no lo sabemos. Se nos dice: si la clase revolucionaria en Rusia toma el poder en sus manos, y en otros países no hay insurrección, ¿qué hará entonces el partido revolucionario? ¿Cómo proceder entonces? A esta pregunta responde el último punto de nuestra resolución.

«Mientras tanto, mientras la clase revolucionaria en Rusia no haya tomado en sus manos todo el poder estatal, nuestro partido apoyará por todos los medios a aquellos partidos y grupos proletarios en el extranjero que de hecho libran ya durante la guerra una lucha revolucionaria contra sus gobiernos imperialistas y su burguesía».

Esto es todo lo que podemos prometer de inmediato y lo que debemos hacer. La revolución se está gestando en todos los países, pero cuándo y en qué medida, nadie lo sabe. En todos los países hay personas que libran una lucha revolucionaria contra sus gobiernos. A ellos, y solo a ellos, debemos apoyar. Este es el asunto, y todo lo demás es solo mentira. Y añadimos:

«En particular, el partido apoyará la confraternización masiva de los soldados de todos los países beligerantes en el frente, que ha comenzado…».

Esta observación es una réplica a la objeción de Plejánov: «“¿Qué saldrá de eso?” —dice Plejánov—. “Bueno, os confraternizáis, ¿y después? Eso significa la posibilidad de una paz separada en el frente.”» Esto es prestidigitación, no un argumento serio. Queremos la confraternización en todos los frentes y nos preocupamos de ello. Cuando trabajábamos en Suiza, publicamos el texto de un llamamiento en dos idiomas: en una cara en francés y en la otra en alemán, y llamábamos a aquello a lo que conducimos a los soldados rusos. No nos limitamos a la confraternización solo entre Rusia y Alemania, llamamos a la confraternización de todos. Ahora bien, ¿cómo entender la confraternización?

«…esforzándose por convertir esta manifestación espontánea de solidaridad de los oprimidos en un movimiento consciente y lo más organizado posible, hacia el traspaso de todo el poder estatal en todos los países beligerantes a manos del proletariado revolucionario».

Ahora la confraternización es espontánea, y no hay que engañarse a este respecto. Hay que reconocerlo para no inducir al pueblo a error. Los soldados que confraternizan no tienen una idea política clara. Habla el instinto de las gentes oprimidas, que están cansadas, agotadas y dejan de creer a los capitalistas: «mientras vosotros habláis allí de la paz —llevamos ya dos años y medio oyéndolo—, nosotros empezaremos por nuestra cuenta». Este es un instinto de clase acertado. Sin tal instinto, la causa de la revolución sería desesperada. Pues, como sabéis, nadie liberaría a los obreros si ellos mismos no se liberaran. Pero ¿basta este instinto? Con el instinto solo no se llega muy lejos. Por eso es necesario el paso de este instinto a la conciencia.

En el llamamiento «A los soldados de todos los países beligerantes» damos respuesta a la pregunta: ¿en qué debe convertirse esta confraternización? En el traspaso del poder político a manos de los Soviets de Diputados Obreros y Soldados[65]. Claro está que los obreros alemanes llamarán a sus Soviets con otros nombres, no es importante. Pero la cuestión es que reconozcamos como indudablemente acertado que es espontáneo y que no nos limitemos a alentarlo, sino que nos planteemos como tarea convertir este acercamiento espontáneo de los obreros y campesinos vestidos con capotes militares de todos los países en un movimiento consciente cuyo objetivo sea el traspaso del poder en todos los países beligerantes a manos del proletariado revolucionario. Esta tarea es muy difícil, pero también la situación en que el poder de los capitalistas ha colocado a la humanidad es inauditamente difícil y conduce a la humanidad directamente a la ruina. Por eso provocará esa explosión de indignación que es la garantía de la revolución proletaria.

Esta es nuestra resolución, que proponemos a la atención de la conferencia.

*Publicado por primera vez en 1921, en las Obras completas de N. Lenin (V. Uliánov), tomo XIV, parte II.*
*Se publica según la copia mecanografiada del acta.*

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## Informe sobre la cuestión agraria, 28 de abril (11 de mayo)

Camaradas, la cuestión agraria fue discutida por nuestro partido de modo tan detallado ya durante la primera revolución, que creo que la preparación para ella es actualmente suficiente, y una confirmación indirecta de esto es que la sección de la conferencia, compuesta por camaradas íntimamente familiarizados con esta cuestión e interesados en ella, ha coincidido en el proyecto de resolución propuesto sin enmiendas sustanciales. Por tanto, me limito a observaciones muy breves. Dado que el proyecto, distribuido en forma de pruebas, obra en poder de todos los asistentes, no hay necesidad de leerlo íntegramente.

El crecimiento del movimiento agrario en toda Rusia es ahora el hecho más evidente e indiscutible para todos. El programa de nuestro partido, aprobado en el Congreso de Estocolmo en 1908 y propuesto por los mencheviques, resultó refutado ya por el curso de la primera revolución rusa. En este congreso, los mencheviques aprobaron su municipalización, cuya esencia se reduce a lo siguiente: las tierras campesinas, comunales y de hacienda individual, quedan en propiedad de los campesinos. Las tierras de los terratenientes pasan de manos de sus propietarios a manos de los órganos de autogobierno local. Uno de los principales argumentos de los mencheviques a favor de tal programa era que los campesinos nunca comprenderán el paso de la tierra campesina a manos de alguien que no sea el campesinado. Quien haya estudiado las actas del Congreso de Estocolmo recordará que en este argumento insistían especialmente tanto el ponente Máslov como Kóstrin. No hay que olvidar —ahora esto se olvida a menudo— que la cosa tuvo lugar antes de la primera Duma, cuando no había hechos objetivos sobre el carácter del movimiento campesino y sobre su fuerza. Todos sabían que Rusia ardía en el fuego de una revolución agraria, pero cómo estaría organizado el movimiento agrario, cómo sería el movimiento de la revolución campesina, nadie lo sabía. La medida en que este congreso representa la opinión seria y práctica de los propios campesinos, no se podía verificar, y he aquí por qué estos argumentos de los mencheviques desempeñaron tal papel. Poco después de nuestro Congreso de Estocolmo obtuvimos por primera vez una confirmación impresionante de cómo ve esta cuestión la masa campesina. Tanto en la I como en la II Duma, los propios campesinos plantearon el «proyecto de los 104», trudovique. Yo estudié especialmente las firmas bajo este proyecto, me familiaricé detalladamente con las opiniones de los diputados y con la clase a que pertenecen, en qué medida se les puede llamar campesinos. Yo afirmé con plena categorización en aquel libro que la censura zarista quemó y que reeditaré de todos modos, que de estas 104 firmas la inmensa mayoría eran firmas de los propios campesinos. Este proyecto exigía la nacionalización de la tierra. Los campesinos decían que toda la tierra pasaría a manos del Estado.

La cuestión consiste, por tanto, en cómo explicar que, en las Dumas, convocadas dos veces, los representantes de los campesinos de toda Rusia prefirieran la nacionalización a la medida que los mencheviques proponían en ambas Dumas desde el punto de vista de los intereses campesinos. Los mencheviques proponían que los campesinos dejaran sus tierras en su propiedad y que solo la tierra de los terratenientes fuera entregada en manos del pueblo, y los campesinos dijeron que ellos entregaban toda la tierra en manos del pueblo. ¿Cómo explicarlo? Los socialistas-revolucionarios lo explican diciendo que los campesinos rusos, por su espíritu comunitario, simpatizan con la socialización, el principio del trabajo. En toda esta fraseología no hay el menor sentido común, son solo frases. Pero ¿cómo explicarlo? Creo que los campesinos llegaron a esta conclusión porque toda la propiedad territorial rusa, campesina y terrateniente, comunal y de hacienda individual, está impregnada hasta la médula por las condiciones del viejo semiservidumbre, y los campesinos, desde el punto de vista de las condiciones del mercado, debían exigir el paso de la tierra a manos de todo el pueblo. Los campesinos dicen que el enredo de la situación de la vieja vida agraria solo puede ser desenredado mediante la nacionalización. Su punto de vista es burgués: entienden el uso igualitario de la tierra como el arrebatamiento de la tierra a los terratenientes, pero no como la nivelación de los distintos propietarios. La nacionalización significa: poner todas las tierras bajo un nuevo reparto vivo. Este es el mayor proyecto burgués. Ningún campesino ha hablado de nivelación y socialización, pero todos han dicho que esperar más es imposible, que hay que deslindar toda la tierra, es decir, que es imposible en las condiciones del siglo XX llevar la economía al modo antiguo. La reforma de Stolypin ha enredado desde entonces aún más la cuestión de la tierra. He aquí lo que quieren decir los campesinos con la exigencia de la nacionalización. Esto significa: poner todas las tierras en general bajo un nuevo reparto. No debe haber ninguna diversidad de formas de propiedad de la tierra. Aquí no hay en absoluto socialización alguna. Esta exigencia de los campesinos se llama igualitaria porque, como muestra un breve resumen de la estadística de la propiedad territorial de 1905 —por 300 familias campesinas y una terrateniente hay 2000 desiatinas de tierra—, en este sentido es, por supuesto, igualitaria, pero de esto no se sigue que signifique nivelar entre sí todas las pequeñas haciendas. El proyecto de los 104 dice lo contrario.

He aquí lo fundamental que es necesario decir para fundamentar científicamente el punto de vista de que la nacionalización en Rusia, desde el punto de vista democrático-burgués, es necesaria. Pero es necesaria también porque es un golpe gigantesco a la propiedad privada sobre los medios de producción. Pensar que después de la abolición de la propiedad privada sobre la tierra en Rusia todo seguirá como antes, es simplemente un disparate.

A continuación, en el proyecto de resolución se extraen conclusiones y exigencias prácticas. De las pequeñas enmiendas señalo las siguientes: en el punto 1 se dice: «El partido del proletariado apoya con todas sus fuerzas la inmediata y plena confiscación de todas las tierras de los terratenientes…»; en lugar de «apoya» debe ponerse «lucha por…». No consideramos que los campesinos tienen poca tierra y que necesitan más tierra. Ese es un punto de vista corriente; nosotros decimos que la propiedad terrateniente es la base de la opresión que ahoga al campesinado y lo hace atrasado. No se trata de si los campesinos tienen poca tierra o no; ¡abajo el régimen de servidumbre! He aquí el planteamiento de la cuestión desde el punto de vista de la lucha de clase revolucionaria, y no de esos funcionarios que discurren sobre cuánta tierra tienen y según qué normas hay que repartirla. Los puntos 2 y 3 propongo permutarlos, porque para nosotros es importante la iniciativa revolucionaria, y la ley debe ser su resultado. Si esperáis a que la ley se escriba, y vosotros mismos no desarrolláis la energía revolucionaria, no tendréis ni ley ni tierra.

Muy a menudo se objeta contra la nacionalización diciendo que supone un gigantesco aparato burocrático. Es cierto, pero la propiedad del Estado significa que cada campesino es arrendatario de tierra del Estado. El subarriendo se prohíbe. Pero en qué medida el campesino arrienda, qué tierra toma, eso lo decide en su totalidad el órgano democrático correspondiente, y no el burocrático.

En lugar de «batraks» se inserta «obreros agrícolas». Varios camaradas declararon que la palabra «batrak» es ofensiva, se objetó contra esta palabra. Debe ser eliminada.

Hablar ahora de comités o Soviets proletario-campesinos en la solución de la cuestión de la tierra no conviene, porque, como vemos, los campesinos han creado Soviets de diputados soldados, y de este modo ya ha aparecido la separación del proletariado y el campesinado.

Como es sabido, los partidos defensistas pequeñoburgueses están por esperar con la cuestión agraria hasta la Asamblea Constituyente. Nosotros nos pronunciamos por el paso inmediato de la tierra a los campesinos con la máxima organización. Estamos absolutamente en contra de las tomas anárquicas. Vosotros proponéis a los campesinos ponerse de acuerdo con los terratenientes. Nosotros decimos que la tierra hay que tomarla ahora y sembrarla para luchar contra la escasez de pan, para librar al país de la bancarrota que se le viene encima con colosal rapidez. No se pueden aceptar ahora las recetas de Shingariov y de los kadetes, que proponen esperar hasta la Asamblea Constituyente, cuyo plazo es desconocido, o ponerse de acuerdo con los terratenientes sobre el arriendo. Los campesinos ya están tomando la tierra gratuitamente o pagan la cuarta parte del arriendo.

Un camarada ha traído una resolución de una localidad, de la provincia de Penza, en la que se dice que los campesinos toman el inventario de los terratenientes, pero no lo reparten por haciendas, sino que lo convierten en propiedad social. Establecen un determinado turno, una regla, para labrar todas las tierras con este inventario. Recurriendo a estas medidas, se guían por los intereses del aumento de la producción agrícola. Este hecho tiene un significado de principio gigantesco, en contra de los terratenientes y capitalistas que gritan que esto es la anarquía. He aquí si vosotros charláis y gritáis que esto es la anarquía, y los campesinos esperan, entonces sí que habrá verdadera anarquía. Los campesinos muestran que comprenden las condiciones de la economía y el control social mejor que los funcionarios, y lo aplican cien veces mejor. Tal medida, que, por supuesto, para una pequeña aldea es fácilmente realizable, empuja inevitablemente al paso a medidas más amplias. Si el campesino aprende esto, y él ha empezado a aprenderlo, aquí no hace falta la habilidad de los profesores burgueses, ellos mismos llegarán a la conclusión de que el inventario debe ser utilizado no solo para las pequeñas haciendas, sino para el cultivo de toda la tierra. Cómo lo hacen, no es importante: si unen las parcelas para la arada y la siembra en común, no lo sabemos, y no es importante si lo hacen de modo diferente. Lo importante es solo que no tienen, por fortuna, ante ellos esa gran cantidad de intelectuales pequeñoburgueses que se llaman a sí mismos marxistas, socialdemócratas, y con gesto grave enseñan al pueblo que aún no ha llegado el momento de la revolución socialista y que, por tanto, ahora los campesinos no pueden tomar la tierra. Por fortuna, en las aldeas rusas hay pocos señores así. Si los campesinos se limitaran a tomar la tierra por acuerdo con los terratenientes, pero no aplicaran su experiencia de modo colectivo, entonces la bancarrota sería inevitable, y entonces los comités campesinos resultarían un juguete, un juego de tablas. He aquí por qué proponemos añadir al proyecto de resolución el punto 8[66].

Ya que sabemos que los propios campesinos locales han tomado esta iniciativa, nuestro deber, nuestra obligación es decir que apoyamos y recomendamos esta iniciativa. Solo en esto reside la garantía de que la revolución no se limite a medidas de carácter formal, de que la lucha contra la crisis no siga siendo objeto de discusión en cancillerías y papelitos de Shingariov, sino que de hecho, por vía organizada, avancen en la lucha contra la escasez de pan y por el aumento de la producción.

*Publicado por primera vez en 1921, en las Obras completas de N. Lenin (V. Uliánov), tomo XIV, parte II.*
*Se publica según la copia mecanografiada del acta.*

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## Discurso sobre la cuestión nacional, 29 de abril (12 de mayo)

A partir de 1903, cuando nuestro partido adoptó el programa, nos hemos topado cada vez con una oposición desesperada por parte de los camaradas polacos. Si estudiáis las actas del II Congreso, veréis que ya entonces exponían los mismos argumentos que encontramos ahora, y los socialdemócratas polacos se marcharon de ese congreso, al considerar inaceptable para ellos el reconocimiento del derecho de las naciones a la autodeterminación. Y desde entonces, cada vez tropezamos con la misma cuestión. En 1903 el imperialismo ya existía, pero entonces entre los argumentos no se mencionaba el imperialismo; tanto entonces como ahora, la posición de la socialdemocracia polaca sigue siendo un error extraño, monstruoso: estos hombres quieren reducir la posición de nuestro partido a la posición de los chovinistas.

La política de Polonia es plenamente nacional, debido a la larga opresión por Rusia, y todo el pueblo polaco está impregnado hasta la médula de una sola idea: la venganza contra los moscovitas. Nadie ha oprimido tanto a los polacos como el pueblo ruso. El pueblo ruso sirvió en manos de los zares como verdugo de la libertad polaca. No hay pueblo tan impregnado de odio hacia Rusia, no hay pueblo que tan terriblemente deteste a Rusia como los polacos, y de esto resulta un fenómeno extraño. Polonia es un obstáculo para el movimiento socialista debido a la burguesía polaca. Que arda el mundo entero en llamas…, con tal de que Polonia sea libre. Naturalmente, semejante planteamiento de la cuestión es una burla del internacionalismo. Claro está que ahora la violencia impera sobre Polonia, pero que los nacionalistas polacos cuenten con su liberación por Rusia, eso es una traición a la Internacional. Y los nacionalistas polacos han imbuido de tal modo sus puntos de vista al pueblo polaco, que allí se ve así la cosa.

El enorme mérito histórico de los camaradas socialdemócratas polacos es que han enarbolado la consigna del internacionalismo y han dicho: para nosotros, lo más importante es la unión fraternal con el proletariado de todos los demás países, y nunca iremos a una guerra por la liberación de Polonia. En esto reside su mérito, y por eso siempre hemos considerado socialistas solo a estos camaradas socialdemócratas polacos. Los otros son patriotas, los Plejánov polacos. Pero a causa de esta posición original, cuando la gente, para salvar el socialismo, tenía que luchar contra un nacionalismo rabioso y enfermizo, se ha producido un fenómeno extraño: los camaradas vienen a nosotros y nos dicen que debemos renunciar a la libertad de Polonia, a su separación.

¿Por qué nosotros, los granrusos, que oprimimos a un número mayor de naciones que cualquier otro pueblo, debemos renunciar al reconocimiento del derecho a la separación de Polonia, Ucrania, Finlandia? Se nos propone convertirnos en chovinistas, porque con esto facilitaremos la posición de los socialdemócratas en Polonia. No pretendemos la liberación de Polonia, porque el pueblo polaco vive entre dos Estados capaces de luchar. Pero en vez de decir que los obreros polacos deben razonar así: solo siguen siendo demócratas aquellos socialdemócratas que consideran que el pueblo polaco debe ser libre, pues no hay lugar para chovinistas en las filas del partido socialista, los socialdemócratas polacos dicen: precisamente porque encontramos ventajosa la unión con los obreros rusos, estamos contra la separación de Polonia. Están en su pleno derecho. Pero esa gente no quiere entender que para fortalecer el internacionalismo no hace falta repetir unas mismas palabras, sino que en Rusia hay que hacer hincapié en la libertad de separación de las naciones oprimidas, y en Polonia subrayar la libertad de unión. La libertad de unión presupone la libertad de separación. Nosotros, los rusos, debemos subrayar la libertad de separación, y en Polonia, la libertad de unión.

Vemos aquí una serie de sofismas que conducen a una renuncia total al marxismo. El punto de vista del camarada Piatakov es una repetición del punto de vista de Rosa Luxemburg…[67] (ejemplo de Holanda)…[68] Así razona el camarada Piatakov, y así se refuta a sí mismo, pues en teoría está por negar la libertad de separación, y al pueblo le dice: no es socialista quien niega la libertad de separación. Lo que ha dicho aquí el camarada Piatakov es un embrollo increíble. En Europa occidental predominan los países en los que la cuestión nacional está resuelta desde hace muchísimo tiempo. Cuando se dice que la cuestión nacional está resuelta, se tiene en mente a Europa occidental. El camarada Piatakov traslada eso allí donde no corresponde, a Europa oriental, y caemos en una situación ridícula.

¡Pensad qué terrible confusionismo resulta! Pues Finlandia está a nuestro lado. El camarada Piatakov no da una respuesta concreta respecto a ella, y se ha embrollado por completo. En *Rabóchaya Gazeta* leísteis ayer que en Finlandia crece el separatismo. Los finlandeses vienen y dicen que el separatismo está creciendo en su país, porque los kadetes no conceden a Finlandia la plena autonomía. Allí se agudiza una crisis, el descontento con el gobernador general Rodíchev, y *Rabóchaya Gazeta* escribe que los finlandeses deben esperar a la Asamblea Constituyente, ya que allí se alcanzará un acuerdo entre Finlandia y Rusia. ¿Qué significa acuerdo? Los finlandeses deben decir que pueden tener el derecho a una determinada decisión de su suerte a su modo, y el granruso que negara ese derecho será un chovinista. Otra cosa sería si nosotros dijéramos al obrero finlandés: cómo te conviene decidir…[69]

El camarada Piatakov se limita a negar nuestra consigna, diciendo que eso significa no dar una consigna para la revolución socialista, pero él mismo no ha dado la consigna correspondiente. El método de la revolución socialista bajo la consigna «¡fuera las fronteras!» es un completo confusionismo. No hemos podido imprimir el artículo en el que llamé a este punto de vista «economismo imperialista»[70]. ¿Qué significa eso del «método» de la revolución socialista bajo la consigna «¡abajo las fronteras!»? Nosotros sostenemos la necesidad del Estado, y el Estado presupone fronteras. El Estado puede, desde luego, contener un gobierno burgués, pero a nosotros nos hacen falta los Soviets. Pero también para ellos se plantea la cuestión de las fronteras. ¿Qué significa «¡fuera las fronteras!»? Aquí empieza la anarquía… El «método» de la revolución socialista bajo la consigna «¡fuera las fronteras!» es simplemente una confusión. Cuando la revolución socialista madure, cuando se produzca, se extenderá a otros países, y nosotros la ayudaremos, pero cómo, no lo sabemos. «El método de la revolución socialista» es una frase vacía de contenido. En la medida en que quedan restos de cuestiones no resueltas por la revolución burguesa, estamos por resolverlas. Nosotros somos indiferentes, neutrales ante el movimiento separatista. Si Finlandia, si Polonia, Ucrania se separan de Rusia, no hay nada de malo en ello. ¿Qué hay de malo? Quien diga eso es un chovinista. Hay que estar loco para continuar la política del zar Nicolás. Pues Noruega se separó de Suecia… En tiempos, Alejandro I y Napoleón se intercambiaban los pueblos, en tiempos los zares se cambiaban Polonia. ¿Y nosotros vamos a continuar esta táctica de los zares? Eso es una renuncia a la táctica del internacionalismo, eso es chovinismo de la peor calaña. Si Finlandia se separa, ¿qué hay de malo en ello? Entre ambos pueblos, entre el proletariado de Noruega y de Suecia, se fortaleció la confianza mutua después de la separación. Los terratenientes suecos querían ir a la guerra, pero los obreros suecos se opusieron y dijeron: nosotros no iremos a esta guerra. Los finlandeses quieren ahora solo la autonomía. Estamos por que se conceda a Finlandia la plena libertad, entonces la confianza en la democracia rusa se fortalecerá, y precisamente entonces no se separarán, cuando esto se lleve a la práctica. Cuando va allí el señor Rodíchev y regatea sobre la autonomía, a nosotros vienen camaradas finlandeses y nos dicen: necesitamos la autonomía. Y contra ellos se abre fuego de todos los cañones, diciendo: «esperad a la Asamblea Constituyente». Nosotros decimos: «el socialista ruso que niega la libertad de Finlandia es un chovinista».

Nosotros decimos que las fronteras se determinan por la voluntad de la población. ¡Rusia, no te atrevas a guerrear por Curlandia! ¡Alemania, fuera las tropas de Curlandia! He aquí cómo resolvemos la cuestión de la separación. El proletariado no puede recurrir a la violencia, pues no debe obstaculizar la libertad de los pueblos. Entonces será acertada la consigna «¡fuera las fronteras!» cuando la revolución socialista se convierta en realidad, y no en un método, y entonces diremos: camaradas, venid a nosotros…

Cosa muy distinta es la cuestión de la guerra. En caso necesario, no renunciaremos a la guerra revolucionaria. No somos pacifistas… Cuando está entre nosotros Miliukov y envía a Rodíchev a Finlandia, que allí regatea desvergonzadamente con el pueblo finlandés, decimos: ¡no, pueblo ruso, no te atrevas a violentar a Finlandia! No puede ser libre un pueblo que oprime a otros pueblos{156}. En la resolución sobre Borgbjerg decimos: retirad las tropas y conceded a la nación decidir la cuestión de modo independiente. Si mañana el Soviet toma el poder en sus manos, esto no será un «método de revolución socialista», sino que diremos entonces: Alemania, ¡fuera las tropas de Polonia! Rusia, ¡fuera las tropas de Armenia! De lo contrario, será un engaño.

De su oprimida Polonia, el camarada Dzerzhinski nos dice que allí todos son chovinistas. Pero ¿por qué ninguno de los polacos ha dicho ni una palabra de cómo proceder con Finlandia, cómo proceder con Ucrania? Llevamos discutiendo tanto sobre esto desde 1903, que resulta difícil hablar de ello. A donde quieras, allí ve… Quien no se sitúe en este punto de vista, es anexionista, es chovinista. Queremos la unión fraternal de todos los pueblos. Si hay una República Ucraniana y una República Rusa, entre ellas habrá más vínculos, más confianza. Si los ucranianos ven que nosotros tenemos una república de Soviets, no se separarán, y si tenemos una república de Miliukov, se separarán. Cuando el camarada Piatakov, en plena contradicción con sus puntos de vista, dijo: estamos contra el mantenimiento forzoso dentro de las fronteras, esto es precisamente el reconocimiento del derecho de las naciones a la autodeterminación. No queremos en absoluto que el mujik de Jivá viva bajo el kan de Jivá. Con el desarrollo de nuestra revolución influiremos sobre las masas oprimidas. La agitación dentro de la masa oprimida debe plantearse solo así.

Pero todo socialista ruso que no reconozca la libertad de Finlandia y de Ucrania, se deslizará hacia el chovinismo. Y con ningún sofisma ni con referencias a su «método» se justificarán jamás.

*Publicado por primera vez en 1921, en las Obras completas de N. Lenin (V. Uliánov), tomo XIV, parte II.*
*Se publica según la copia mecanografiada del acta.*

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## Intervención sobre la visita a Estocolmo

El propio camarada Zinóviev ha reconocido que nuestra visita a Estocolmo será la última y que estaremos allí con fines informativos.

Cuando Grimm convocaba a la conferencia, yo no fui, pues veía que no se puede hablar con gente que está por el socialchovinismo. Decimos: «ninguna participación con los socialchovinistas». Vamos y nos dirigimos a la parte izquierdista de Zimmerwald. Grimm tenía tanto el derecho moral como el formal de escribir la resolución de hoy. Su derecho se apoyaba en Kautsky en Alemania, en Longuet en Francia. Formalmente, la cosa está así: Grimm ha publicado: «disolveremos nuestro buró tan pronto como el buró de Huysmans se reúna». Cuando dijimos que en Zimmerwald no se tomó tal decisión, él estuvo de acuerdo, pero declaró que «la mayoría lo ve así», y esto era verdad.

En cuanto a la visita: «se dará información, nos pondremos en contacto con la izquierda de Zimmerwald». Contar con que atraeremos a alguien más, hay pocas esperanzas. No hay que hacerse ilusiones: primero, la visita no se realizará; segundo, será la última; tercero, atraer a elementos que quieren romper con los socialchovinistas, técnicamente no podemos. Pero que el camarada Noguín haga la primera visita, y el camarada Zinóviev la última a Estocolmo. Por mi parte, el legítimo deseo es que la experiencia con la última visita se haga lo más rápido y exitosamente posible.

*Publicado por primera vez en 1925, en el libro «Las Conferencias urbana de Petrogrado y de toda Rusia del POSDR(b) en abril de 1917».*
*Se publica según la copia manuscrita del acta.*