Si tomamos al escritor N. Sujánov, de «Nóvaya Zhizn», seguramente todos estarán de acuerdo en que no es el peor, sino uno de los mejores representantes de la democracia pequeñoburguesa. Tiene una sincera inclinación hacia el internacionalismo, demostrada por él en los momentos más difíciles, en plena reacción zarista y chovinismo. Posee conocimientos y el deseo de analizar de manera independiente las cuestiones serias, lo cual ha demostrado con su larga evolución desde el eserismo hacia el marxismo revolucionario.

Tanto más característico es que incluso estas personas puedan, en los momentos más decisivos de la revolución, sobre sus cuestiones fundamentales, ofrecer al lector juicios tan ligeros como el siguiente:

«...Por muchas conquistas revolucionarias que hayamos perdido en las últimas semanas, una de ellas, y quizás la más importante, sigue en vigor: el gobierno y su política pueden sostenerse únicamente por la voluntad de la mayoría soviética. Toda la influencia de la democracia revolucionaria ha sido cedida por ella por propia voluntad; los órganos democráticos podrían recuperarla aún con toda facilidad; y con una debida comprensión de las exigencias del momento podrían sin dificultad encauzar debidamente la política del Gobierno Provisional» («Nóvaya Zhizn», nº 106, del 20 de agosto).

En estas palabras se encierra la mentira más ligera, la más monstruosa, sobre la cuestión más importante de la revolución, y precisamente esa mentira que con mayor frecuencia se ha difundido en los más diversos países en el seno de la democracia pequeñoburguesa y que más revoluciones ha echado a perder.

Cuando se reflexiona sobre la suma de ilusiones pequeñoburguesas que contiene el razonamiento citado, involuntariamente viene a la cabeza la idea de que los ciudadanos de «Nóvaya Zhizn» no es en absoluto casual que se sienten en el congreso «de unificación»{64} junto con los ministros, los socialistas «ministeriales», junto con Tsereteli y Skóbelev, junto con los miembros del gobierno camaradas Kerenski, Kornílov y Cía. No es casual en absoluto. Tienen realmente una base ideológica común: una confianza pequeñoburguesa, absurda, adoptada sin crítica del medio filisteo, en los buenos deseos. Pues precisamente de esa confianza está impregnado todo el razonamiento de Sujánov, así como toda la actividad de aquellos mencheviques defensistas que actúan de buena fe. En esta confianza pequeñoburguesa está la raíz del mal de nuestra revolución.

Seguramente Sujánov suscribiría con ambas manos la exigencia que el marxismo plantea a toda política seria, a saber: que en su base se sitúen, se tomen como fundamento, hechos que permitan una verificación objetiva exacta. Intentemos abordar la afirmación de Sujánov en la cita anterior desde el punto de vista de esta exigencia.

¿Qué hechos están en la base de esta afirmación? ¿Con qué podría Sujánov demostrar que el gobierno «puede sostenerse únicamente por la voluntad» de los Soviets, que a estos les es «completamente fácil» «recuperar toda su influencia», que podrían sin «dificultad» cambiar la política del Gobierno Provisional?

Sujánov podría remitirse, en primer lugar, a su impresión general, a la «evidencia» de la fuerza de los Soviets, a la comparecencia de Kerenski ante el Soviet, a las palabras amables de tal o cual ministro, etc. Esto sería, por supuesto, una prueba ya del todo mala, mejor dicho, el reconocimiento de la total ausencia de pruebas, de la total ausencia de hechos objetivos.

En segundo lugar, Sujánov podría remitirse al hecho objetivo de que la gigantesca mayoría de las resoluciones de obreros, soldados y campesinos se pronuncia decididamente por los Soviets y por su apoyo. Estas resoluciones, se dirá, demuestran la voluntad de la mayoría del pueblo.

Este razonamiento es tan habitual en el medio filisteo como el primero. Pero es completamente insostenible.

En todas las revoluciones, la voluntad de la mayoría de los obreros y campesinos, es decir, sin duda la voluntad de la mayoría de la población, estaba a favor de la democracia. Y sin embargo, la enorme mayoría de las revoluciones ha terminado con la derrota de la democracia.

Teniendo en cuenta esta experiencia de la mayoría de las revoluciones y en particular la revolución de 1848 (la más parecida a nuestra revolución actual), Marx se burlaba despiadadamente de los demócratas pequeñoburgueses que pretendían vencer mediante resoluciones y la referencia a la voluntad de la mayoría del pueblo.

Nuestra propia experiencia lo confirma aún más palmariamente. En la primavera de 1906, sin duda, la mayoría de las resoluciones de obreros y campesinos estaba a favor de la primera Duma. La mayoría del pueblo, sin duda, la apoyaba. Y sin embargo, el zar logró disolverla, porque el ascenso de las clases revolucionarias (huelgas obreras y agitaciones campesinas en la primavera de 1906) resultó demasiado débil para una nueva revolución.

Reflexionemos sobre la experiencia de la actual revolución. Tanto en marzo-abril como en julio-agosto de 1917, la mayoría de las resoluciones estaba a favor de los Soviets, la mayoría del pueblo estaba a favor de los Soviets. Y sin embargo, todos y cada uno ven, saben, sienten que en marzo-abril la revolución marchaba hacia adelante, y en julio-agosto marcha hacia atrás. Así pues, la referencia a la mayoría del pueblo aún no resuelve nada en las cuestiones concretas de la revolución.

Esa sola referencia, como prueba, es precisamente un ejemplo de ilusión pequeñoburguesa, la falta de deseo de reconocer que en la revolución hay que vencer a las clases hostiles, hay que derrocar el poder estatal que las defiende, y para ello no basta «la voluntad de la mayoría del pueblo», sino que es necesaria la fuerza de las clases revolucionarias, que quieren y son capaces de luchar, y además una fuerza tal que en el momento decisivo y en el lugar decisivo aplaste la fuerza enemiga.

Cuántas veces ha ocurrido en las revoluciones que una fuerza pequeña, pero bien organizada, armada y centralizada de las clases dominantes, terratenientes y burguesía, ha aplastado por partes la fuerza de la «mayoría del pueblo», mal organizada, mal armada, fragmentada.

Sustituir las cuestiones concretas de la lucha de clases en el momento de su agravación particular por la revolución con referencias «generales» a la «voluntad del pueblo» sería propio solo del más obtuso pequeñoburgués.

En tercer lugar, Sujánov en el razonamiento citado aduce un «argumento», también bastante común en el medio filisteo. Se remite a que «toda la influencia de la democracia revolucionaria ha sido cedida por ella por propia voluntad». De ahí parece deducirse que lo cedido «por propia voluntad» es fácil de recuperar...

Un razonamiento que no vale para nada. Ante todo, la devolución de lo cedido voluntariamente presupone el «consentimiento voluntario» de quien recibió la cesión. De ello se deduce que tal consentimiento voluntario existe. ¿Quién recibió la «cesión»? ¿Quién se ha aprovechado de la «influencia» cedida por la «democracia revolucionaria»?

Es sumamente característico que Sujánov haya soslayado por completo esta cuestión, fundamental para todo político que no carezca de cabeza... Pues en esto está el quid, la esencia del asunto: en manos de quién está de hecho lo que «ha cedido voluntariamente» la «democracia» (perdón por la expresión) «revolucionaria».

Precisamente esta esencia del asunto es la que Sujánov soslaya, como la soslayan todos los mencheviques y eseristas, todos los demócratas pequeñoburgueses en general.

Pasemos adelante. Tal vez, en la vida infantil, la «cesión voluntaria» indica la facilidad de devolución: si Katia ha cedido voluntariamente la pelota a Masha, es posible que «recuperarla» sea «completamente fácil». Pero trasladar estos conceptos a la política, a la lucha de clases, no lo harán muchos, a excepción del intelectual ruso.

En política, la cesión voluntaria de «influencia» demuestra tal impotencia del que cede, tal flojedad, tal falta de carácter, tal blandura, que de ello, en general, solo se puede «deducir» una cosa: quien cede voluntariamente la influencia, es «digno» de que le arrebaten no solo la influencia, sino también el derecho a la existencia. O, en otras palabras, el hecho de la cesión voluntaria de influencia, en sí mismo, «demuestra» únicamente la inevitabilidad de que quien recibió esa influencia cedida voluntariamente arrebate al cedente incluso sus derechos.

Si la «democracia revolucionaria» ha cedido voluntariamente la influencia, significa que no era una democracia revolucionaria, sino una democracia pequeñoburguesa y vil, cobarde, que no se ha librado del servilismo, a la cual (precisamente después de esta cesión) podrán disolver sus enemigos o simplemente reducirla a la nada, dejar que muera también «por propia voluntad», del mismo modo que «por propia voluntad» cedió la influencia.

Considerar las acciones de los partidos políticos como un capricho significa renunciar a todo estudio de la política. Y una acción tal como la «cesión voluntaria de la influencia» por dos partidos enormes, que según todos los informes, comunicaciones y datos objetivos electorales tienen la mayoría en el pueblo, una acción tal hay que explicarla. No puede ser casual. No puede no estar en relación con la determinada situación económica de alguna gran clase del pueblo. No puede no estar en relación con la historia del desarrollo de estos partidos.

El razonamiento de Sujánov es notablemente típico de miles y miles de razonamientos filisteos homogéneos porque se basa, en esencia, en el concepto de buena voluntad («propia voluntad»), ignorando la historia de los partidos examinados. Sujánov simplemente ha tachado de su examen esta historia, ha olvidado que las cesiones voluntarias de influencia comenzaron, en realidad, el 28 de febrero, cuando el Soviet expresó su confianza a Kerenski y aprobó el «acuerdo» con el Gobierno Provisional. Y el 6 de mayo fue una cesión de influencia directamente en proporciones gigantescas. Tomado en su conjunto, tenemos ante nosotros un fenómeno de una claridad evidente: los partidos eserista y menchevique se colocaron de inmediato en un plano inclinado y fueron rodando cuesta abajo con rapidez cada vez mayor. Después del 3-5 de julio, rodaron del todo al hoyo.

Y ahora decir: la cesión se ha hecho por propia voluntad, «completamente fácil» es hacer dar media vuelta a los grandes partidos políticos, «sin dificultad» se les puede impulsar a tomar una dirección opuesta a la suya durante muchos años (y durante muchos meses de revolución), «completamente fácil» es salir del hoyo y trepar hacia arriba por el plano inclinado, ¿acaso no es esto el colmo de la ligereza?

Finalmente, en cuarto lugar, Sujánov podría remitirse, en defensa de su opinión, a que los obreros y soldados que expresan su confianza al Soviet están armados y que por ello les es «completamente fácil» recuperar toda su influencia. Pero precisamente en este punto, que es quizás el más importante, la cosa marcha especialmente mal en los razonamientos filisteos reproducidos por el escritor de «Nóvaya Zhizn».

Para ser lo más concreto posible, comparemos el 20-21 de abril con el 3-5 de julio.

El 20 de abril estalla la indignación de las masas contra el gobierno. Un regimiento armado sale a la calle de Petrogrado y va a detener al gobierno. La detención no llega a producirse. Pero el gobierno ve claramente que no tiene en quién apoyarse. No hay tropas a su favor. Derrocar un gobierno así es realmente «completamente fácil», y el gobierno plantea un ultimátum al Soviet: o me voy yo, o me apoyan ustedes.

El 4 de julio, una explosión similar de indignación de las masas, explosión que todos los partidos contenían, pero que estalló a pesar de todas las contenciones. Una manifestación armada antigubernamental similar. Pero la gigantesca diferencia está en lo siguiente: los dirigentes eseristas y mencheviques, enredados y desvinculados del pueblo, ya el 3 de julio acuerdan con la burguesía llamar a las tropas de Kaledín a Petrogrado. ¡Ahí está el quid!

Kaledín, con franqueza de soldado, lo dijo en la Conferencia de Moscú: ¡si ustedes mismos, ministros socialistas, nos llamaron «a nosotros» el 3 de julio en su ayuda!... Nadie se atrevió a refutar a Kaledín en la Conferencia de Moscú, porque dijo la verdad. Kaledín se burló de los mencheviques y eseristas, que se vieron obligados a callar. Un general cosaco les escupió en la cara, y ellos se limpiaron y dijeron: «¡rocío de Dios!»

Los periódicos burgueses reprodujeron estas palabras de Kaledín, mientras que «Rabóchaya Gazeta» menchevique y «Delo Naroda» eserista ocultaron a los lectores esta importantísima declaración política hecha en la Conferencia de Moscú.

Resultó que el gobierno recibió por primera vez tropas especialmente de Kaledín, mientras que las tropas decididas, verdaderamente revolucionarias, y los obreros fueron desarmados. He aquí el hecho fundamental que Sujánov «completamente fácil» ha soslayado y olvidado, pero que sigue siendo un hecho. Y es un hecho decisivo para esta fase de la revolución, para la primera revolución.

El poder pasó en el lugar decisivo en el frente, y luego en el ejército, a manos de los Kaledín. Es un hecho. Las tropas más activas entre las hostiles a ellos han sido desarmadas. Que los Kaledín no utilicen el poder de inmediato para establecer la dictadura completa, en absoluto refuta que el poder esté en sus manos. ¿Acaso el zar después de diciembre de 1905 no tenía el poder? ¿Y acaso las circunstancias no le obligaron a usar el poder con tanta cautela que convocó dos Dumas antes de tomar todo el poder, es decir, antes de realizar el golpe de Estado?{65}

Al poder hay que juzgarlo por los hechos, no por las palabras. Los hechos del gobierno desde el 5 de julio demuestran que el poder está en manos de los Kaledín, que lenta pero firmemente avanzan cada vez más, recibiendo diariamente «cesiones» y «cesioncitas»: hoy la impunidad de los cadetes (junkers) que destrozan «Pravda», matan a los pravdistas, practican detenciones arbitrarias; mañana la ley sobre el cierre de periódicos, también la ley sobre la disolución de asambleas y congresos, sobre la expulsión al extranjero sin juicio, sobre la cárcel por ofensa a los «embajadores amigos», sobre trabajos forzados por atentar contra el gobierno, sobre la introducción de la pena de muerte en el frente, y así sucesivamente.

Los Kaledín no son tontos. ¿Para qué ir obligatoriamente a empellones, a tontas y a locas, arriesgándose a sufrir un fracaso, cuando diariamente reciben por partes precisamente lo que necesitan? ¡Y los tontuelos Skóbelev y Tsereteli, Chernov y Avkséntiev, Dan y Líber gritan: «¡triunfo de la democracia! ¡victoria!» a cada paso adelante de los Kaledín, viendo una «victoria» en el hecho de que los Kaledín, los Kornílov y los Kerenski no se los tragan de inmediato!!

La raíz del mal está precisamente en que la masa pequeñoburguesa, por su propia situación económica, está predispuesta a una sorprendente confianza e inconsciencia, en que todavía está medio dormida y en sueños masculla: ¡«completamente fácil» es recuperar lo cedido voluntariamente! ¡Vayan ustedes a recuperarlo, tómenlo voluntariamente de los Kaledín y los Kornílov!

La raíz del mal está en que la publicística «democrática» apoya esta ilusión soñolienta, pequeñoburguesa, obtusa, servil, en lugar de combatirla.

Si se miran las cosas como debe mirar un historiador de la política en general, y un marxista en particular, es decir, examinando los acontecimientos en su conexión, se vuelve completamente claro que un viraje decisivo ahora no solo no es «fácil», sino que, por el contrario, es absolutamente imposible sin una nueva revolución.

No toco aquí en absoluto la cuestión de si tal revolución es deseable, no examino en absoluto si puede producirse pacífica y legalmente (en la historia, en general, ha habido ejemplos de revoluciones pacíficas y legales). Solo constato la imposibilidad histórica de un viraje decisivo sin una nueva revolución.

Pues el poder ya está en otras manos, ya no en las de la «democracia revolucionaria»; el poder ya ha sido tomado y consolidado. Y el comportamiento de los partidos eserista y menchevique no es casual, es producto de la situación económica de la pequeña burguesía y resultado de una larga cadena de acontecimientos políticos, desde el 28 de febrero al 6 de mayo, del 6 de mayo al 9 de junio, del 9 de junio al 18 y 19 de junio (la ofensiva), etc. Aquí se requiere un viraje tanto en toda la situación del poder, como en toda su composición, en todas las condiciones de actividad de los grandes partidos y en la «aspiración» de la clase que los nutre. Tales virajes son históricamente impensables sin una nueva revolución.

En lugar de aclarar al pueblo todas las condiciones históricas principales de una nueva revolución, sus premisas económicas y políticas, sus tareas políticas, la correlación de clases correspondiente a ella, etc., en lugar de ello, Sujánov y una gran multitud de demócratas pequeñoburgueses adormecen al pueblo con el juego de las «bagatelas», autotranquilizándose con que «nosotros sin dificultad lo recuperaremos todo», «completamente fácil», con que «la importantísima» conquista revolucionaria «sigue en vigor» y demás sandeces ligeras, ignorantes, directamente criminales.

Los síntomas de un profundo viraje social están a la vista. Señalan con precisión la dirección del trabajo. Entre el proletariado, un claro declive de la influencia de eseristas y mencheviques, un claro crecimiento de la influencia de los bolcheviques. Por cierto, incluso las elecciones del 20 de agosto dieron un aumento de la proporción de bolcheviques, en comparación con las elecciones de junio en las mismas Dumas de distrito de Petrogrado{66}, ¡y esto a pesar de la llegada de «las tropas de Kaledín a Petrogrado»!

Entre la democracia pequeñoburguesa, que no puede dejar de vacilar entre la burguesía y el proletariado, un indicador objetivo del viraje son el fortalecimiento, la consolidación y el desarrollo de las corrientes revolucionarias internacionalistas: Mártox y otros entre los mencheviques, Spiridónova, Kamkov y otros entre los eseristas. Ni que decir tiene que el hambre que se avecina, la ruina, las derrotas militares son capaces de acelerar extraordinariamente este viraje hacia el paso del poder al proletariado, apoyado por el campesinado pobre.