Hubo un tiempo en que Plejánov fue socialista, uno de los más destacados representantes del socialismo revolucionario.

En aquel tiempo —por desgracia, irrevocablemente hundido en la eternidad— Plejánov se pronunció sobre una de las cuestiones que tienen una importancia cardinal justamente para la época que hoy vivimos.

Fue en 1903, cuando la socialdemocracia rusa elaboraba su programa en su segundo congreso del partido.

En las actas de este congreso se ha conservado la siguiente página profundamente instructiva, como escrita especialmente para el día de hoy:

«Posadovski. Las declaraciones hechas aquí en pro y en contra de las enmiendas me parecen no una disputa por detalles, sino una divergencia seria; indudablemente, no coincidimos en la siguiente cuestión fundamental: ¿es necesario subordinar nuestra política futura a unos u otros principios democráticos básicos, reconociendo en ellos un valor absoluto, o bien todos los principios democráticos deben subordinarse exclusivamente a las ventajas de nuestro partido? Me pronuncio decididamente por esto último. No hay nada entre los principios democráticos que no debamos subordinar a las ventajas de nuestro partido. (Exclamación: “¿Y la inviolabilidad de la persona?”) ¡Sí! ¡Y la inviolabilidad de la persona! Como partido revolucionario que aspira a su fin último —la revolución social—, debemos considerar los principios democráticos exclusivamente desde el punto de vista de la realización más rápida de este fin, desde el punto de vista de la ventaja de nuestro partido. Si tal o cual exigencia nos resulta desventajosa, no la implantaremos.

Por eso me pronuncio contra las enmiendas presentadas, por cuanto podrían limitar en el futuro la libertad de nuestra acción.

Plejánov. Me adhiero plenamente a las palabras del camarada Posadovski. Cada principio democrático dado debe ser examinado no en sí mismo, en su abstracción, sino en su relación con aquel principio que puede ser llamado principio fundamental de la democracia, a saber, el principio que dice que salus populi suprema lex. Traducido al lenguaje del revolucionario, esto significa que el éxito de la revolución es la ley suprema. Y si por el éxito de la revolución fuera necesario restringir temporalmente la acción de tal o cual principio democrático, sería criminal detenerse ante tal restricción. Como opinión personal mía, diré que incluso el principio del sufragio universal debe ser considerado desde el punto de vista del principio fundamental de la democracia que he señalado. Hipotéticamente, se puede pensar en un caso en que nosotros, los socialdemócratas, nos pronunciaríamos contra el sufragio universal. La burguesía de las repúblicas italianas privó en otro tiempo de derechos políticos a las personas pertenecientes a la nobleza. El proletariado revolucionario podría restringir los derechos políticos de las clases superiores, del mismo modo que las clases superiores restringieron en otro tiempo sus derechos políticos. Sobre la conveniencia de tal medida se podría juzgar únicamente desde el punto de vista de la regla: salus revolutionis suprema lex. Y en este mismo punto de vista deberíamos situarnos también en la cuestión de la duración de los parlamentos. Si en un arrebato de entusiasmo revolucionario el pueblo eligiera un parlamento muy bueno —una especie de chambre introuvable (cámara incomparable)—, entonces deberíamos esforzarnos por hacerlo un parlamento largo; y si las elecciones resultaran desafortunadas, entonces deberíamos esforzarnos por disolverlo no al cabo de dos años, sino, si es posible, a las dos semanas» (Actas del segundo congreso del partido, pp. 168-169).

A los enemigos del socialismo se les puede privar temporalmente no solo de la inviolabilidad de la persona, no solo de la libertad de prensa, sino también del sufragio universal. Un parlamento malo hay que esforzarse por “disolverlo” en dos semanas. La utilidad de la revolución, la utilidad de la clase obrera: he ahí la ley suprema. Así razonaba Plejánov cuando era socialista. Así razonaba entonces, junto con Plejánov, la inmensa mayoría de los actuales mencheviques, que gritan ahora sobre el “terror bolchevique”.

La “utilidad de la revolución” exige hoy una lucha severa contra los saboteadores, los organizadores de las insurrecciones de los cadetes, los periódicos que viven a costa de los banqueros. Cuando el poder soviético emprende el camino de esta lucha, los señores “socialistas” del campo menchevique y socialrevolucionario gritan desde todas las azoteas sobre la inadmisibilidad de la guerra civil y del terror.

Cuando vuestro Kerenski restableció la pena de muerte en el frente, ¿aquello no era terror, señores?

Cuando vuestro ministerio de coalición, por manos de los Kornilov, fusilaba regimientos enteros por insuficiente entusiasmo en la guerra, ¿aquello no era guerra civil, señores?

Cuando solo en la cárcel de Minsk vuestros Kerenski y Avkséntiev encerraron a 3.000 soldados por “agitación perniciosa”, ¿aquello no era terror, señores?

Cuando vosotros asfixiabais los periódicos obreros, ¿aquello no era terror, señores?

La diferencia estriba únicamente en que los Kerenski, Avkséntiev y Liberdanes, juntos y en amor y compaña con los Kornilov y Sávinkov, practicaban el terror contra los obreros, soldados y campesinos en interés de un puñado de terratenientes y banqueros, mientras que el poder soviético aplica medidas enérgicas contra los terratenientes, los merodeadores y sus servidores, en interés de los obreros, soldados y campesinos.

«Pravda» núm. 221, 4 de enero de 1918 (22 de diciembre de 1917) e «Izvestia del CEC» núm. 259, 23 de diciembre de 1917.

Publicado según el texto del periódico «Pravda», cotejado con el texto del periódico «Izvestia del CEC»

Primera página del manuscrito de V. I. Lenin «Del diario de un publicista (Temas para elaborar)». Fines de diciembre de 1917.