RESPUESTA DE LENIN AL SR. HERMANN FERNAU
[No antes del 5 — no después del 23 de diciembre de 1917 (18 de diciembre de 1917 — 5 de enero de 1918)]

En la carta abierta publicada en el *Le Journal de Genève* el 18 de diciembre, usted intenta encontrar una contradicción entre el llamamiento del Consejo de Comisarios del Pueblo de Rusia a las masas trabajadoras de los Estados beligerantes y las negociaciones que este sostiene con los gobiernos y la casta militar de Alemania y Austria-Hungría.

Usted cita nuestras palabras: «El gobierno de la revolución victoriosa no necesita el reconocimiento de los profesionales de la diplomacia capitalista. Pero preguntamos a los pueblos: ¿expresa la diplomacia reaccionaria sus pensamientos y aspiraciones? ¿Consienten los pueblos en permitir que la diplomacia deje escapar la gran oportunidad de paz abierta por la revolución rusa?» Y usted las comenta de la siguiente manera:

«“Preguntamos a los pueblos” significa: debemos rechazar la respuesta que nos darían todos los monarcas, ministros, diplomáticos, no elegidos ni autorizados por los pueblos.» Luego usted me informa amablemente de que la cuestión de la guerra y la paz no la decide el pueblo alemán, sino su emperador, que la voluntad del pueblo alemán en estos asuntos nunca ha sido tenida en cuenta, etc., etc. Permítame decirle que ya lo sabía. Y sabía que lo mismo ocurre en todos los países beligerantes. Da igual que en ellos exista alguna apariencia de elecciones, control parlamentario, etc., o no. Esto lo conocemos bien, y por eso prevemos en el artículo más importante de nuestra futura constitución la posibilidad de que los electores revoquen a cualquier representante cuyas acciones contradigan el mandato que se le ha confiado. Lord Bryce 2, quien, por supuesto, conoce bien este tema, escribió que en Inglaterra, «madre de todos los parlamentos», los asuntos estatales más importantes son manejados en realidad por una docena de personas irresponsables. Al régimen puramente monárquico se le puede reconocer el mérito de que, al menos, es sincero.

Sí, preguntamos a los pueblos si quieren «seguir prolongando esta matanza sin sentido ni objetivo, yendo ciegamente al encuentro de la ruina de toda la cultura europea». No se dice «cultura», señor Fernau, sino «civilización»: permítame darle esta indicación sobre la lengua francesa a cambio de la lección de derecho público que usted me ofrece. Sí, quisiéramos salvar la civilización, y por eso nos dirigimos a todos los pueblos.

Pero los pueblos no nos responden, porque sus gobiernos, monárquicos o seudodemocráticos, no les conceden la palabra; quisiéramos salvar a nuestro pueblo, que perece por la guerra, para el cual la paz es absolutamente necesaria. ¿Exige usted que, si otros pueblos aún se dejan destruir, el nuestro haga lo mismo por espíritu de solidaridad? ¿Entiende usted el honor como lo entendían los japoneses de la época feudal: el ofendido se abría el vientre con un sable y el ofensor debía hacer lo mismo si no quería ser despreciado como un cobarde?

Usted me dice, dirigiéndose a mí personalmente como si yo fuera un monarca: «¡Usted pregunta a los pueblos, señor Lenin! Le responden el conde Hertling 3, el secretario de Estado Kühlmann 4, el conde Czernin 5, el ministro von Seidler 6. Tomar a estos señores por auténticos y responsables representantes de los pueblos significaría traicionar manifiestamente todos sus principios democráticos. ¿Por qué no exige usted previamente una consulta popular a los alemanes, a quienes plantearía la pregunta: debe permanecer en el emperador alemán el derecho supremo de concluir la paz y declarar la guerra?»

Pero, señor Fernau, se lo ruego, tenga en cuenta las relaciones reales. Ante todo, necesitamos la paz. Propusimos a todos concluir la paz. Dos gobiernos la concluyen con nosotros: ¿cree usted que esto ocurre contra la voluntad de sus pueblos? Y si los otros gobiernos no quieren ni oír hablar de ella, ¿qué podemos hacer nosotros? ¿Proponer que consulten a sus pueblos o dirigirnos a estos pueblos con un llamamiento para que tomen sus propios asuntos en sus manos? Pero ya lo hemos hecho. ¿Exigir? ¿Pero con qué medios contamos para plantear exigencia alguna?

Usted sabe tan bien como yo que la situación de guerra, con los terribles medios de represión que pone en manos de los gobiernos, es un obstáculo casi insuperable para la revolución democrática que usted desea tanto como yo. Los rusos pudieron derrocar al zarismo solo cuando la guerra alcanzó un cierto — ¿cómo se dice en su idioma? — *abflauen* 1, al parecer. Y el señor Clemenceau 7 teme sobre todo para su poder lo que él llama derrotismo. Usted dice con toda razón que la derrota de los alemanes sería beneficiosa para su pueblo. ¡Pero en ese caso sería nefasta para los vencedores! Usted reconoce muy amablemente en mí una «lógica implacable». No me obligue a decir que usted quiere la derrota de los alemanes en interés del pueblo alemán, porque usted es alemán, *gerade weil ich ein Deutscher bin* 2, ¿no es ese, acaso, el título de uno de sus libros 8? Y que usted querría la victoria de los rusos porque le importa muy poco el bienestar del pueblo ruso. Eso no sería humano, señor Fernau.

*Wir sind ja alle Gottesgeschöpfe* 3, dijo su gran Heine 9. Estamos de acuerdo con usted, y queremos para todos la derrota del militarismo, es decir, la paz, la alegría. *Alle Menschen werden Brüder, wo dein sanfter Flügel weilt* 4, dijo su gran Schiller 10. En cuanto a la guerra, las combinaciones de la diplomacia, la oligarquía seudodemocrática, etc., *Mich langeweilt's, denn kaum ist's abgetan, So fangen sie von vorne wieder an;... Sie streiten sich, so heisst's, um Freiheitsrechte; Genau besehn, sind's Knechte gegen Knechte* 5 — dijo su gran Goethe 11.

Con esto tenemos suficiente, y dejamos de guerrear. Y otros hacen o harán como nosotros. Poco a poco, unos tras otros: Rumanía, Portugal, ¿quién sigue? No lo sé, y usted tampoco. Lamento que no se quisiera concluir una paz universal hace un año, en el momento en que todos los ejércitos, en mayor o menor medida, resultaron derrotados, y todos los pueblos podrían haberse beneficiado simultáneamente de los bienes que, como usted y yo coincidimos, acompañan a la derrota. Usted quizá conoce nuestro proverbio: la salud sale a libras y entra a onzas. Así también la paz: para romper las alianzas en 1914 bastaron unos pocos días; ¿cuánto tiempo hará falta ahora para salir del apuro? ¿Quién puede decirlo? En todo caso, alguien debe empezar; el ejemplo es contagioso.

El militarismo ha subsistido hasta ahora porque cada cual se declaraba dispuesto al desarme si el vecino se desarmaba; desaparecerá cuando alguna de las potencias se desarme primero, y las demás (tarde o temprano) sigan su ejemplo 12. Lea, señor Fernau, los estatutos de la Liga Pacifista fundada recientemente entre nuestros vecinos escandinavos: exige ante todo el desarme en la propia Escandinavia, sin esperar el desarme de otros. Y lea también, o relea, en el «Cuento de Iván el Tonto» de Tolstói 13 la historia del zar cuyos soldados, al no encontrar resistencia alguna del pueblo conquistado, sienten repugnancia por una guerra tan completamente unilateral y regresan a su patria a labrar sus campos. He aquí la realidad del mañana, señor Fernau: trabaje con nosotros para su éxito, no abrume su mente vigorosa con quimeras de un pasado sangriento, cuyas huellas desaparecerán pronto si todas las personas honradas ponen de su parte.

Suyo afectísimo, Lenin

1 *abflauen* — amainar, disminuir.
2 *gerade weil ich ein Deutscher bin* — precisamente porque soy alemán.
3 *Wir sind ja alle Gottesgeschöpfe* — Después de todo, todos somos criaturas de Dios.
4 *Alle Menschen werden Brüder, wo dein sanfter Flügel weilt* — Todos los hombres serán hermanos, donde se posa tu ala suave.
5 *Mich langeweilt's, denn kaum ist's abgetan, So fangen sie von vorne wieder an;... Sie streiten sich, so heisst's, um Freiheitsrechte; Genau besehn, sind's Knechte gegen Knechte* — Me aburre, pues apenas termina, vuelven a empezar;... Discuten, se dice, por derechos de libertad; vistos de cerca, son siervos contra siervos.