La revolución del 25 de Octubre ha mostrado la extraordinaria madurez política del proletariado, que ha revelado su capacidad de resistir firmemente a la burguesía. Pero para la victoria completa del socialismo se requiere una organización colosal, impregnada de la conciencia de que el proletariado debe convertirse en la clase dominante.

Ante el proletariado se alzan las tareas de la transformación socialista del régimen estatal, pues toda solución intermedia, por fácil que sea aducir argumentos en su favor, resulta insignificante, ya que la situación económica y productiva del país ha llegado a un punto en que no se pueden admitir soluciones intermedias. En nuestra gigantesca lucha contra el imperialismo y el capitalismo no queda lugar para las medias tintas.

La cuestión es: vencer o ser vencidos.

Los obreros deben comprender esto, y lo comprenden; así lo demuestra claramente el hecho de que rechazan las soluciones intermedias y de compromiso. Cuanto más profunda es la revolución, más trabajadores activos se requieren para llevar a cabo la obra de sustituir el capitalismo por el aparato del socialismo. Para ello, incluso sin sabotaje, la fuerza de la pequeña burguesía es insuficiente. Sólo desde las profundidades de las masas populares, mediante su propia iniciativa, puede lograrse esta tarea. Por eso, en este momento no hay que pensar en mejorar la propia situación ahora mismo, sino en convertirse en la clase dominante. No se puede esperar que el proletariado del campo tome conciencia clara y firme de sus intereses. Esto sólo puede hacerlo la clase obrera, y cada proletario, consciente de la gran perspectiva, debe sentirse dirigente y conducir tras de sí a las masas.

El proletariado debe convertirse en la clase dominante en el sentido de dirigir a todos los trabajadores y ser la clase políticamente dominante.

Hay que combatir el prejuicio de que sólo la burguesía puede administrar el Estado. La administración del Estado debe tomarla en sus manos el proletariado.

Los capitalistas hacen cuanto pueden por dificultar las tareas de la clase obrera. Y cada organización obrera —los sindicatos, los comités de fábrica, etc.— deberá librar una batalla decisiva en el plano económico. La burguesía todo lo echa a perder, lo sabotea todo, para hacer fracasar la revolución obrera. Y las tareas de organización de la producción recaen enteramente sobre la clase obrera. Rompamos de una vez para siempre con el prejuicio de que los asuntos del Estado, la administración de los bancos y de las fábricas son una tarea imposible para los obreros. Pero todo esto sólo puede resolverse mediante un enorme trabajo organizativo cotidiano.

Es necesario organizar el intercambio de productos, implantar un sistema de registro y control: éstas son tareas de la clase obrera, y los conocimientos para llevarlas a cabo se los ha dado su vida en las fábricas.

Que cada comité de fábrica se sienta no sólo ocupado en los asuntos de su fábrica, sino también como una célula organizativa para la construcción de toda la vida estatal.

Es fácil dictar un decreto sobre la abolición de la propiedad privada, pero aplicarlo a la vida deben y pueden hacerlo sólo los propios obreros. Que haya errores: son los errores de una clase nueva en la creación de una nueva vida.

Un plan concreto para la organización de la vida económica no existe ni puede existir.

Nadie puede darlo. Y hacerlo puede la masa desde abajo, mediante la experiencia. Por supuesto se darán indicaciones y se trazarán caminos, pero hay que empezar de inmediato tanto desde arriba como desde abajo.

Los Soviets deben convertirse en órganos que regulen toda la producción de Rusia, pero para que no se conviertan en estados mayores sin tropas, es necesario el trabajo en las bases...[15]

La masa obrera debe emprender la organización del control y de la producción a escala estatal amplia. La garantía del éxito no reside en la organización de individuos, sino en la organización de toda la masa trabajadora, y si lo logramos y ponemos en marcha la vida económica, todo lo que se nos opone caerá automáticamente eliminado.

«Pravda» nº 208, 20 (7) de diciembre de 1917, y «Soldatskaya Pravda» nº 104, 14 de diciembre de 1917.

Se publica según el texto del periódico «Soldatskaya Pravda».