En nombre del Consejo de Comisarios del Pueblo, el camarada Lenin saluda, en la persona del congreso, al ejército de marineros, que se ha mostrado como un luchador de vanguardia por la emancipación de las clases trabajadoras.

A continuación, el camarada Lenin pasa a caracterizar el momento actual. Tras señalar que la política del gobierno conciliador de Kerenski, que no se orientaba a resolver las necesidades de las amplias masas populares y que se basaba en el principio de preservar en la más absoluta integridad los intereses de la burguesía, los intereses de la clase de los opresores, debía conducir inevitablemente al desmoronamiento de dicho gobierno, el orador prosigue:

–Pero junto al Gobierno Provisional existían los Soviets de diputados obreros y soldados, que fueron producto de la creación revolucionaria del pueblo insurrecto y que, cada vez más, lograron cohesionar en torno a sí a capas más amplias de las masas trabajadoras. Sólo gracias a los Soviets se logró en Rusia lo que no se había logrado en ninguna de las revoluciones europeas: el pueblo erigió y dio sustento a un gobierno auténticamente popular. Ante las masas oprimidas se alzó una tarea sumamente difícil: construir su propio Estado. Ustedes ven con qué fuerza se ha abatido sobre nosotros la resistencia de la burguesía, cómo intentan socavar nuestra actividad mediante el sabotaje, qué torrentes de mentiras y calumnias vierten sobre nosotros con cualquier motivo y sin él.

Nos colman de acusaciones diciendo que actuamos con terror y violencia, pero nosotros afrontamos esas embestidas con calma. Nosotros decimos: no somos anarquistas, somos partidarios del Estado. Sí, pero el Estado capitalista debe ser destruido, el poder capitalista debe ser aniquilado. Nuestra tarea es construir un nuevo Estado, un Estado socialista. Trabajaremos incansablemente en esta dirección, y ningún obstáculo nos atemorizará ni nos detendrá. Ya las primeras medidas del nuevo gobierno han dado prueba de ello. Pero el paso al nuevo régimen es un proceso extraordinariamente complejo, y para facilitarlo es indispensable un poder estatal firme. Hasta ahora, el poder se hallaba en manos de los monarcas y de los testaferros de la burguesía. Todos sus esfuerzos, toda su política estaban dirigidos a someter a las masas populares. Nosotros, en cambio, decimos: sí, hace falta un poder firme, hacen falta la violencia y la coerción, pero las dirigiremos contra el puñado de capitalistas, contra la clase burguesa. Por nuestra parte, siempre adoptaremos medidas de coerción en respuesta a los intentos –intentos insensatos y sin esperanza– de resistirse al poder soviético. Y en todos esos casos, la responsabilidad recaerá sobre quienes se resisten.

Pasando luego al tema de la creación de un aparato estatal que, en interés del pueblo, debe verse desprovisto de todo burocratismo y debe crear el más amplio cauce para que se manifiesten todas las fuerzas creadoras del país, el camarada Lenin dice:

–La burguesía y los círculos intelectuales burgueses de la población sabotean por todos los medios el poder popular. Las masas trabajadoras no pueden depositar esperanzas en nadie más que en sí mismas. Sin duda, las tareas que el pueblo tiene ante sí son inconmensurablemente difíciles y grandiosas. Pero es necesario creer en las propias fuerzas, es necesario que todo lo que ha despertado en el pueblo y es capaz de crear, se incorpore a las organizaciones que existen y que las masas trabajadoras seguirán construyendo. Las masas están inermes si permanecen dispersas; son fuertes si están cohesionadas. Las masas creyeron en sus fuerzas y, sin dejarse confundir por el hostigamiento de la burguesía, comenzaron a emprender la labor independiente de administrar el Estado. En los primeros pasos pueden surgir dificultades, puede manifestarse una preparación insuficiente. Pero es preciso aprender en la práctica a dirigir el país, aprender lo que antes constituía el monopolio de la burguesía. En este sentido, en la flota vemos un brillante modelo de las posibilidades creadoras de las masas trabajadoras; en este sentido, la flota se ha mostrado como un destacamento de vanguardia.

A continuación, el camarada Lenin, pasando a dilucidar las cuestiones más importantes del momento actual –las cuestiones de la tierra, de la política obrera, del problema nacional y de la paz–, se detiene con detalle en cada una de ellas.

El Segundo Congreso Panruso de los Soviets de diputados obreros y soldados adoptó el decreto sobre la tierra, en el que los bolcheviques reproducimos íntegramente los principios indicados en los mandatos campesinos. En esto se ha manifestado una desviación del programa de los socialdemócratas, pues los mandatos corresponden al espíritu del programa de los socialistas revolucionarios, pero ello mismo sirve como prueba de que el poder popular no quiso imponer su voluntad al pueblo, sino que se esforzó por salir a su encuentro.

Sea cual fuere el modo en que se resuelva la cuestión de la tierra, sea cual fuere el programa que sirva de base para el traspaso de la tierra a los campesinos, esto no constituirá un obstáculo para la sólida alianza de los campesinos y los obreros. Lo único importante es que, si los campesinos llevan siglos luchando tenazmente por la abolición de la propiedad sobre la tierra, ésta debe ser abolida.

Tras señalar a continuación que la cuestión de la tierra está estrechamente ligada a la cuestión de la industria y que, junto a la revolución agraria, debe producirse una transformación radical de las relaciones capitalistas, el orador subraya la extraordinaria importancia de una sólida alianza entre obreros y campesinos.

El desarrollo de la revolución rusa ha demostrado que la política de rastrero conciliabulismo con los terratenientes y los capitalistas estalló como una pompa de jabón. Debe predominar la voluntad de la mayoría; esa voluntad de la mayoría será llevada a cabo por la alianza de los trabajadores, por una coalición honesta de obreros y campesinos basada en los intereses comunes. Los partidos cambian y desaparecen, pero los trabajadores permanecen, y el orador exhorta a preocuparse ante todo por la solidez de esta alianza.

Que la flota, dice, consagre todas sus fuerzas a que esta alianza sea el fundamento de la vida estatal; si esta alianza es fuerte, nada podrá quebrantar la causa del tránsito al socialismo.

Al abordar el problema nacional, dice el camarada Lenin, cabe señalar la composición particularmente abigarrada de las nacionalidades en Rusia, en la que los grandes rusos constituyen sólo alrededor del 40 por ciento, mientras que la mayoría restante pertenece a otras nacionalidades. Bajo el zarismo, la opresión nacional hacia estas últimas, inaudita por su crueldad y su absurdidad, acumuló en los pueblos carentes de derechos un odio profundísimo hacia los monarcas. Nada tiene de sorprendente que ese odio hacia quienes prohibían incluso el uso de la lengua materna y condenaban al analfabetismo a las masas populares se trasladara también a todos los grandes rusos. Se pensaba que los grandes rusos querían, como privilegiados, conservar para sí las ventajas que Nicolás II y Kerenski preservaban santamente para ellos.

Nos dicen que Rusia se fragmentará, que se descompondrá en distintas repúblicas, pero no tenemos por qué temerlo. Por muchas repúblicas independientes que haya, no las temeremos. Para nosotros, lo importante no es por dónde pasa la frontera estatal, sino que se mantenga la alianza entre los trabajadores de todas las naciones para la lucha contra la burguesía de cualquier nación que sea. (Tormentosos aplausos.)

Si la burguesía finlandesa compra armas a los alemanes para dirigirlas contra sus propios obreros, nosotros proponemos a estos últimos la alianza con los trabajadores rusos. Dejemos que la burguesía emprenda indignas y lamentables rencillas y regateos por las fronteras; en cambio, los obreros de todos los países y de todas las naciones no se separarán sobre ese suelo infame. (Tormentosos aplausos.)

Estamos ahora –usaré una palabra fea– "conquistando" Finlandia, pero no como lo hacen los depredadores internacionales capitalistas. La conquistamos al conceder a Finlandia la plena libertad de vivir en unión con nosotros o con otros, garantizando un apoyo total a los trabajadores de todas las nacionalidades contra la burguesía de todos los países. Esta alianza no se basa en tratados, sino en la solidaridad entre los explotados contra los explotadores.

Ahora observamos un movimiento nacional en Ucrania y decimos: estamos incondicionalmente a favor de la libertad plena e ilimitada del pueblo ucraniano. Debemos derribar ese viejo pasado, sanguinario y sucio, en el que la Rusia de los capitalistas opresores hacía el papel de verdugo de otros pueblos. Borraremos ese pasado, no dejaremos piedra sobre piedra de él. (Tormentosos aplausos.)

Diremos a los ucranianos: como ucranianos, pueden organizar su vida como quieran. Pero tenderemos una mano fraternal a los obreros ucranianos y les diremos: junto con ustedes lucharemos contra su burguesía y la nuestra. Sólo la alianza socialista de los trabajadores de todos los países eliminará todo terreno para la hostilidad y las rencillas nacionales. (Tormentosos aplausos.)

Pasaré a la cuestión de la guerra. Hemos emprendido una lucha resuelta contra la guerra provocada por el choque entre los depredadores a causa del botín. Todos los partidos han hablado hasta ahora de esta lucha, pero no fueron más allá de las palabras y la hipocresía. Ahora, la lucha por la paz ha comenzado. Esta lucha es difícil. Quien pensó que alcanzar la paz era fácil, que bastaba con insinuar la paz y la burguesía nos la serviría en bandeja, es una persona completamente ingenua. Quien atribuyó esta idea a los bolcheviques, engañaba. Los capitalistas se han enzarzado en una lucha a muerte para repartirse el botín. Es claro: matar la guerra significa vencer al capital, y en ese sentido el poder soviético ha iniciado la lucha. Hemos publicado y seguiremos publicando los tratados secretos. Ninguna maldad y ninguna calumnia nos detendrá en este camino. Los señores burgueses se enfurecen porque el pueblo ve por qué lo empujaban a la carnicería. Asustan al país con la perspectiva de una nueva guerra en la que Rusia quedaría aislada. Pero no nos detendrá el odio rabioso que la burguesía manifiesta contra nosotros, contra nuestro movimiento hacia la paz. ¡Que intente llevar a los pueblos, al cuarto año de guerra, unos contra otros! No lo conseguirá. No sólo entre nosotros, sino en todos los países beligerantes está madurando la lucha contra sus propios gobiernos imperialistas. Incluso en Alemania, a la que los imperialistas intentaron durante decenios convertir en un campamento militar, donde todo el aparato gubernamental está orientado a cercenar de raíz la menor manifestación de indignación popular, incluso allí se ha llegado a un levantamiento abierto en la flota. Hay que saber cuán inauditamente grande es la arbitrariedad policial en Alemania para comprender la importancia que tiene este levantamiento. Pero la revolución no se encarga; la revolución surge como consecuencia de la explosión de la indignación de las masas populares. Si resultó tan fácil despachar a la pandilla de personas lastimosas y enajenadas como los Románov y Rasputín, en cambio es inconmensurablemente más difícil luchar contra la clique organizada y fuerte de los imperialistas coronados y no coronados alemanes. Pero es posible y necesario trabajar codo a codo con la clase revolucionaria de los trabajadores de todos los países. Y el gobierno soviético emprendió este camino cuando publicó los tratados secretos y demostró que los gobernantes de todos los países son bandidos. Esto es propaganda no de palabra, sino de hecho. (Tormentosos aplausos.)

Abordando, para concluir, la cuestión de las negociaciones de paz, el orador dijo:

–Cuando los alemanes respondieron con evasivas a nuestra exigencia de no trasladar tropas al frente occidental y al italiano, interrumpimos tras ello las negociaciones y las reanudaremos algún tiempo después. Y cuando informemos de esto abiertamente a todo el mundo, no habrá ni un solo obrero alemán que no sepa que no fue por nuestra culpa que se interrumpieron las negociaciones de paz. Ahora bien, si llegara a darse el caso de que la clase obrera alemana marchara al unísono con su gobierno de imperialistas depredadores, y nos viéramos ante la necesidad de continuar la guerra, entonces el pueblo ruso, que supo verter su sangre sin murmurar, sin saber por qué ni en nombre de qué fines cumplía la voluntad del gobierno que lo ahogaba, sin duda alguna, marcharía a la lucha con energía decuplicada, con heroísmo decuplicado, porque se trataría entonces de la lucha por el socialismo, por la libertad contra la cual la burguesía internacional dirigiría sus bayonetas. Pero nosotros creemos en la solidaridad internacional de las masas trabajadoras, que vencerán todos los obstáculos y todas las trabas en el camino de la lucha por el socialismo. (Tormentosos aplausos.)

«Izvestia del Comité Ejecutivo Central», nº 235, 25 de noviembre de 1917.

Se imprime según el texto del periódico «Izvestia del Comité Ejecutivo Central», cotejado con el ejemplar mecanografiado de la transcripción protocolar.