1\. Discurso sobre la cuestión de la prensa

El camarada Karelin nos aseguraba que el camino que él emprende conduce al socialismo. Pero ir así hacia el socialismo significa ir hacia atrás. Trotski tenía razón: en nombre de la libertad de prensa se organizó la insurrección de los junkers, se declaró la guerra en Petrogrado y Moscú. Esta vez, los socialistas-revolucionarios no actuaron como socialistas ni como revolucionarios. Durante esta semana, todos los telégrafos estuvieron en manos de Kérenski. El Vikzhel estaba de su parte. Pero no tenían tropas. Resultó que el ejército está con nosotros. Un grupo insignificante inició la guerra civil. No ha terminado. Hacia Moscú avanzan los kaledinistas, hacia Petersburgo, los guardias de choque. Nosotros no queremos la guerra civil. Nuestras tropas mostraron gran paciencia. Esperaron, no dispararon, y al principio los guardias de choque mataron a tres de los nuestros. Con Krasnov se aplicaron medidas suaves. Sólo fue sometido a arresto domiciliario. Estamos contra la guerra civil. Si, a pesar de ello, continúa, ¿qué debemos hacer? Trotski tenía razón al preguntar en nombre de quién hablan ustedes. Le preguntamos a Krasnov si respondía por Kaledin en el sentido de que éste no continuaría la guerra. Respondió, naturalmente, que no podía. Entonces, ¿cómo vamos a cesar las medidas de persecución contra un enemigo que no ha cesado en sus acciones hostiles?

Cuando se nos propongan condiciones de paz, iremos a las negociaciones. Pero, por ahora, nos proponen la paz quienes no dependen de ella. Son solo buenas palabras. Pues «Rech»{25} es el órgano de los kaledinistas. Admitimos plenamente la sinceridad de los eseristas, pero a sus espaldas están, no obstante, Kaledin y Miliukov.

Cuanto más firmes sean ustedes, soldados y obreros, más alcanzaremos. De lo contrario, nos dirán: «no son aún fuertes si liberan a Miliukov». Ya antes declaramos que cerraríamos los periódicos burgueses si tomábamos el poder en nuestras manos. Tolerar la existencia de esos periódicos significa dejar de ser socialista. Quien dice: «abran los periódicos burgueses» no comprende que marchamos a toda marcha hacia el socialismo. Y ciertamente, se cerraron los periódicos zaristas después de que el zarismo fue derrocado. Ahora hemos derrocado el yugo de la burguesía. La revolución social no la inventamos nosotros, la proclamaron los miembros del Congreso de los Soviets, nadie protestó, todos aceptaron el decreto en el que se proclamó. La burguesía proclamó la libertad, la igualdad y la fraternidad. Los obreros dicen: «no es esto lo que necesitamos». Nos dicen: «estamos retrocediendo». No, camaradas, los eseristas han ido hacia atrás, hacia Kérenski. Nos dicen que en nuestra resolución hay algo nuevo. Por supuesto, damos algo nuevo, porque vamos hacia el socialismo. Cuando los eseristas intervenían en la I y II Duma, también se les acogía con burlas por decir cosas nuevas.

Los anuncios privados deben ser declarados monopolio. Los miembros del sindicato de impresores miran las cosas desde el punto de vista del pedazo de pan. Se lo daremos, pero en otra forma. No podemos dar a la burguesía la posibilidad de calumniarnos. Hay que nombrar inmediatamente una comisión para investigar la dependencia de los periódicos burgueses de los bancos. ¿Qué libertad necesitan esos periódicos? ¿Acaso la libertad de comprar montones de papel y contratar montones de escribas a sueldo? Debemos alejarnos de esa libertad de prensa que depende del capital. Esta cuestión tiene una importancia de principio. Si vamos hacia la revolución social, no podemos añadir a las bombas de Kaledin las bombas de la mentira.

Nuestro proyecto de ley tiene, por supuesto, deficiencias. Pero los Soviets lo aplicarán en todas partes de acuerdo con las condiciones de cada lugar. No somos burócratas y no queremos aplicar todo al pie de la letra, como en las viejas oficinas. Recuerdo cómo decían los eseristas: cuán infinitamente poco saben en el campo. Ellos obtienen todo del «Rússkoie Slovo»{26}. Y aquí somos culpables de haber dejado los periódicos en manos de la burguesía. Hay que ir adelante, hacia la nueva sociedad, y tratar a los periódicos burgueses tal como tratábamos a los de las centurias negras en febrero-marzo.

2\. Respuesta a la interpelación de los eseristas de izquierda

Con la respuesta a la interpelación presentada por los eseristas de izquierda interviene el camarada Lenin{27}. Recuerda que en los primeros días de la revolución, los bolcheviques propusieron a los representantes de los eseristas de izquierda entrar en el nuevo gobierno, pero la colaboración con los bolcheviques fue rechazada por la propia fracción de los eseristas de izquierda, que no quisieron compartir con sus vecinos de la izquierda la responsabilidad en aquellos días difíciles y críticos.

El nuevo poder no podía contar en su actividad con todos los obstáculos que pudieran interponerse en su camino si se observaban estrictamente todas las formalidades. El momento era demasiado serio y no admitía demora. No se podía perder tiempo en suavizar asperezas que, dando solo un pulimento externo, nada cambiaban en la esencia de las nuevas medidas. Y es que el propio Segundo Congreso de los Soviets de toda Rusia, desechando todas las dificultades formales, adoptó en una sola gran sesión dos leyes de importancia mundial. Que desde el punto de vista de la sociedad burguesa estas leyes adolezcan de defectos formales, pero el poder está en manos de los Soviets, que pueden introducir las correcciones necesarias. La criminal inacción del gobierno de Kérenski llevó al país y a la revolución al borde del abismo; la demora es en verdad semejante a la muerte, y al promulgar leyes que van al encuentro de los anhelos y esperanzas de las amplias masas populares, el nuevo poder coloca jalones en la vía del desarrollo de nuevas formas de vida. Los Soviets locales, de acuerdo con las condiciones de lugar y tiempo, pueden modificar, ampliar y complementar las disposiciones básicas que crea el gobierno. La viva creación de las masas: he ahí el factor fundamental de la nueva vida social. Que los obreros emprendan la creación del control obrero en sus fábricas y talleres, que abastezcan al campo de productos manufacturados, que los intercambien por pan. Ni un solo artículo, ni una sola libra de pan debe quedar fuera de la contabilidad, pues el socialismo es, ante todo, contabilidad. El socialismo no se crea por decretos desde arriba. A su espíritu le es ajeno el automatismo estatal-burocrático; el socialismo vivo, creador, es obra de las propias masas populares.

3\. Intervenciones sobre la interpelación de los eseristas de izquierda

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Lenin se detiene en las acusaciones concretas formuladas contra el Consejo de Comisarios del Pueblo. El Consejo de Comisarios del Pueblo se enteró de la orden de Muraviov{28} solo por los periódicos, ya que al comandante en jefe se le ha concedido el derecho de emitir con su propia autoridad las órdenes que no admiten demora. En vista de que esta orden no contenía nada contrario al espíritu del nuevo poder, pero en su redacción podía dar lugar a malentendidos indeseables, el Comité Ejecutivo Central la derogó. Además, ustedes critican el decreto sobre la tierra. Pero este decreto va al encuentro de las demandas del pueblo. Ustedes nos reprochan el esquematismo. Pero, ¿dónde están sus proyectos, enmiendas, resoluciones? ¿Dónde están los frutos de su creación legislativa? Eran libres de crear. Pero no los vemos. Dicen que somos extremistas, y bien, ¿quiénes son ustedes? Apologistas de la obstrucción parlamentaria, de lo que antes se llamaba leguleyería. Si están descontentos, convoquen un nuevo congreso, actúen, pero no hablen de la descomposición del poder. El poder pertenece a nuestro partido, que se apoya en la confianza de las amplias masas populares. Que unos cuantos camaradas nuestros se hayan situado en una plataforma que nada tiene de común con el bolchevismo. Pero las masas obreras de Moscú no seguirán a Ríkov ni a Noguin. El camarada Proshián decía que en Finlandia, donde los eseristas de izquierda estaban en contacto con la masa, consideraban necesaria la más estrecha colaboración de toda el ala izquierda del socialismo revolucionario. Si aquí los eseristas de izquierda no se unen a nosotros, con ello solo muestran que les ha alcanzado la misma suerte que a sus predecesores, los defensistas. Se han desvinculado del pueblo.

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Lenin y Trotski, refiriéndose al ejemplo de los congresos del partido y a la necesidad de someterse a la disciplina de partido, declaran que participarán en la votación.

4\. Discurso y resolución con motivo de la declaración de un grupo de comisarios del pueblo sobre su dimisión del Consejo de Comisarios del Pueblo

El camarada Lenin refuta a los oradores anteriores. Señala que la expresión: «Occidente guarda un silencio vergonzoso»{29} es inadmisible en boca de un internacionalista. Solo un ciego puede no ver la efervescencia que ha prendido en las masas obreras de Alemania y de Occidente. Las cúpulas del proletariado alemán, la intelectualidad socialista allí, como en todas partes, está en su mayoría compuesta por defensistas. Pero las bases proletarias, contra la voluntad de sus cúpulas, están dispuestas a responder a nuestro llamado. La feroz disciplina que reina en el ejército y la flota alemanes no ha impedido la acción de los elementos de oposición. Los marinos revolucionarios de la flota alemana, sabiendo de antemano que su intento estaba condenado al fracaso, marcharon heroicamente a una muerte segura, con tal de despertar con su sacrificio el espíritu de insurrección que aún dormita en el pueblo. El grupo «Espartaco»{30} desarrolla cada vez con más intensidad su propaganda revolucionaria. El nombre de Liebknecht, incansable luchador por los ideales del proletariado, se hace cada día más popular en Alemania.

Creemos en la revolución en Occidente. Sabemos que es inevitable, pero, naturalmente, no se la puede crear por encargo. ¿Acaso en diciembre del año pasado podíamos saber con exactitud los venideros días de febrero? ¿Acaso en septiembre sabíamos con certeza que un mes después la democracia revolucionaria en Rusia realizaría la mayor revolución del mundo? Sabíamos que el viejo poder estaba sobre un volcán. Por muchos indicios adivinábamos aquel gran trabajo subterráneo que se operaba en las profundidades de la conciencia popular. Sentíamos en el aire la electricidad acumulada. Sabíamos que estallaría inevitablemente en una tormenta purificadora. Pero profetizar el día y la hora de esa tormenta no podíamos. El mismo cuadro que en nuestro país vemos ahora en Alemania. También allí madura ese mismo sordo descontento de las masas populares, que inevitablemente desembocará en formas de movimiento popular. Decretar la revolución no podemos, pero podemos contribuir a ella. Realizaremos en las trincheras fraternizaciones organizadas, ayudaremos a los pueblos de Occidente a iniciar la invencible revolución socialista. El camarada Saks habló además de decretar el socialismo. Pero, ¿acaso el poder actual no llama a las propias masas a la creación de las mejores formas de vida? El intercambio de productos de la industria transformadora por pan, el control estricto y la contabilidad de la producción: he ahí el comienzo del socialismo. Sí, tendremos una república del trabajo. Quien no quiera trabajar, que no coma.

Además, ¿en qué se manifiesta el aislamiento de nuestro partido? En que se separan intelectuales aislados. Pero cada día encontramos más apoyo en el campesinado. Solo vencerá y conservará el poder quien cree en el pueblo, quien se sumerja en el manantial de la viva creación popular.

A continuación, el camarada Lenin propone al Comité Ejecutivo Central la siguiente resolución:

Encomendando al Consejo de Comisarios del Pueblo que proponga para la próxima sesión las candidaturas de los comisarios del pueblo para el Interior y para Comercio e Industria, el Comité Ejecutivo Central propone al camarada Kolegáiev que ocupe el puesto de comisario del pueblo de Agricultura.

«Pravda» n.º 182, 20 (7) de noviembre de 1917 y «Izvestia del CEC» n.º 218, 7 de noviembre de 1917.

Se publica según el texto del periódico «Izvestia del CEC»; la resolución sobre la declaración del grupo de comisarios del pueblo, según el texto del libro «Protocolos de las sesiones del CEC de los Soviets de Diputados Obreros, Soldados, Campesinos y Cosacos de la II convocatoria», ed. del CEC, 1918.