¡Camaradas! El tiempo que estamos atravesando es tan crítico, los acontecimientos se precipitan con una rapidez tan increíble, que un publicista, situado por voluntad del destino algo al margen del cauce principal de la historia, corre el riesgo de llegar siempre tarde o de no estar informado, sobre todo si sus escritos ven la luz con retraso. Consciente de ello por entero, me veo obligado, no obstante, a dirigirme a los bolcheviques con esta carta, incluso a riesgo de que no llegue a aparecer nunca en la prensa, pues las vacilaciones contra las que considero mi deber alzarme con toda energía son inauditas y pueden ejercer un efecto funesto sobre el partido, sobre el movimiento del proletariado internacional, sobre la revolución. En cuanto al peligro de llegar tarde, para prevenirlo señalaré con qué informaciones cuento y de qué fecha son.

Sólo el lunes 16 de octubre, por la mañana, pude ver a un camarada que participó la víspera en una importantísima reunión bolchevique en Petrogrado y me informó detalladamente de los debates. Se discutía precisamente la cuestión de la insurrección, la misma que es objeto de discusión en los periódicos dominicales de todas las tendencias. En la reunión estaban presentes todos los más influyentes de entre todos los sectores del trabajo bolchevique en la capital. Y sólo una ínfima minoría de la reunión, concretamente dos camaradas en total, adoptó una actitud negativa. Los argumentos con que estos camaradas se presentaron son tan endebles, estos argumentos constituyen una manifestación tan asombrosa de confusión, de acobardamiento y de la bancarrota de todas las ideas fundamentales del bolchevismo y del internacionalismo revolucionario proletario, que no es fácil hallar una explicación para vacilaciones tan vergonzosas. Pero el hecho consta, y como el partido revolucionario no tiene derecho a tolerar vacilaciones en una cuestión tan seria, como esa pareja de camaradas que han perdido sus principios puede sembrar cierta confusión, es necesario analizar sus argumentos, desenmascarar sus vacilaciones, mostrar hasta qué punto son vergonzosas. Las líneas que siguen serán un intento de cumplir esta tarea.

«…No tenemos mayoría en el pueblo, sin esta condición la insurrección es desesperada…»

Las gentes capaces de decir esto, o son falseadores de la verdad, o pedantes que desean, pase lo que pase, sin tener en absoluto en cuenta la situación real de la revolución, obtener de antemano garantías de que en todo el país el partido de los bolcheviques ha obtenido exactamente la mitad de los votos más uno. Garantías tales, la historia no las ha dado nunca en ninguna revolución y es absolutamente incapaz de darlas. Plantear una exigencia semejante es burlarse de los oyentes y nada más que encubrir la propia huida de la realidad.

Puesto que la realidad nos muestra con toda evidencia que, precisamente después de las jornadas de julio, la mayoría del pueblo comenzó a pasarse rápidamente al lado de los bolcheviques. Lo demostraron las elecciones del 20 de agosto en Petrogrado, aún antes de la *kornílovschina*, cuando el porcentaje de votos bolcheviques subió del 20% al 33% en la ciudad sin los suburbios, y después las elecciones de septiembre a las dumas de distrito de Moscú, cuando el porcentaje de votos bolcheviques subió del 11% al 49 1/3% (un camarada moscovita a quien vi el otro día me dijo que la cifra exacta es 51%). Lo demostraron las reelecciones de los Soviets. Lo demostró el hecho de que la mayoría de los Soviets campesinos, en contra de su Soviet Central «avkséntievista», se haya pronunciado contra la coalición. Estar contra la coalición significa de hecho ir con los bolcheviques. Además, los informes del frente señalan cada vez con más frecuencia y más claridad que la masa de soldados, a pesar de las pérfidas calumnias y ataques de los jefes socialrevolucionarios-mencheviques, de los oficiales, diputados, etc., etc., se pasa cada vez con más decisión al lado de los bolcheviques.

Finalmente, el hecho más relevante de la vida contemporánea en Rusia es la insurrección campesina. He ahí el paso del pueblo al lado de los bolcheviques mostrado objetivamente, no con palabras, sino con hechos. Pues, por mucho que mienta la prensa burguesa y sus lastimosos corifeos de la «vacilante» *Nóvaya Zhizn* y Compañía, vociferando sobre pogromos y anarquía, el hecho consta. El movimiento campesino en la provincia de Tambov {124} fue una insurrección tanto en el sentido físico como en el político, una insurrección que dio resultados políticos tan espléndidos como, en primer lugar, el acuerdo de entregar las tierras a los campesinos. ¡No en vano toda la chusma socialrevolucionaria amedrentada por la insurrección, incluido *Delo Naroda*, vocifera ahora sobre la necesidad de entregar las tierras a los campesinos! He ahí la justeza del bolchevismo y su éxito demostrados con hechos. Ha resultado imposible «aleccionar» a los bonapartistas y a sus lacayos en el preparlamento de otro modo que no fuera mediante la insurrección.

Esto es un hecho. Los hechos son algo testarudo. Y un «argumento» fáctico semejante en favor de la insurrección es más fuerte que mil evasivas «pesimistas» de un político confundido y amedrentado.

Si la insurrección campesina no fuera un acontecimiento de importancia política nacional, los lacayos socialrevolucionarios del preparlamento no vociferarían sobre la necesidad de entregar la tierra a los campesinos.

Otra espléndida consecuencia política y revolucionaria de la insurrección campesina, señalada ya en *Rabochi Put*, es el acarreo de trigo a las estaciones ferroviarias de la provincia de Tambov. He ahí otro «argumento» para ustedes, señores confundidos, argumento en favor de la insurrección como único medio para salvar al país del hambre y de la crisis de proporciones inauditas que ya están llamando a la puerta. Mientras los traidores socialrevolucionarios-mencheviques al pueblo rezongan, amenazan, redactan resoluciones, prometen saciar a los hambrientos con la convocatoria de la Asamblea Constituyente, el pueblo, a la manera bolchevique, procede a resolver la cuestión del trigo con la insurrección contra los terratenientes, los capitalistas y los acaparadores.

Y los espléndidos frutos de tal (la única real) solución de la cuestión del trigo se ha visto obligada a reconocerlos la prensa burguesa, incluso *Rússkaya Volia*, que ha publicado la información de que las estaciones ferroviarias de la provincia de Tambov han resultado abarrotadas de trigo… ¡Después de que los campesinos se sublevaran!!

No, dudar ahora de que la mayoría del pueblo va y seguirá a los bolcheviques significa vacilar vergonzosamente y, de hecho, tirar por la borda todos los principios de la revolucionariedad proletaria, abjurar por completo del bolchevismo.

«…No somos suficientemente fuertes para tomar el poder, y la burguesía no es suficientemente fuerte para hacer fracasar la Asamblea Constituyente…»

La primera parte de este argumento es un simple refrito del argumento anterior. No gana en fuerza ni en capacidad de convencer si se expresa la propia confusión y el propio acobardamiento ante la burguesía con pesimismo respecto a los obreros, con optimismo respecto a la burguesía. Si los *yunkers* y los cosacos dicen que lucharán hasta la última gota de sangre contra los bolcheviques, eso merece plena confianza; pero si los obreros y los soldados en centenares de asambleas expresan plena confianza a los bolcheviques y confirman su disposición a defender con el pecho el paso del poder a los Soviets, entonces es «oportuno» recordar que una cosa es votar y otra cosa luchar.

Claro está que si se razona así, la insurrección queda «refutada». Sólo cabe preguntarse: ¿en qué se diferencia este «pesimismo» orientado y dirigido de forma tan peculiar del paso político al lado de la burguesía?

Contemplen los hechos, recuerden las declaraciones mil veces repetidas por los bolcheviques que «olvidan» nuestros pesimistas. Hemos dicho miles de veces que los Soviets de diputados obreros y soldados son una fuerza, que son la vanguardia de la revolución, que pueden tomar el poder. Hemos reprochado miles de veces a los mencheviques y socialrevolucionarios su fraseología hueca sobre los «órganos plenipotenciarios de la democracia» y, al mismo tiempo, su miedo a tomar el poder en manos de los Soviets.

¿Y qué demostró la *kornílovschina*? Demostró que los Soviets son realmente una fuerza.

¡Y después de que esto ha sido demostrado por la experiencia, por los hechos, tiremos por la borda el bolchevismo, abjuremos de nosotros mismos y digamos: no somos suficientemente fuertes (aunque tengamos a ambos Soviets capitalinos y la mayoría de los Soviets provinciales del lado de los bolcheviques)!!! ¿Acaso no son éstas vacilaciones vergonzosas? En esencia, nuestros «pesimistas» tiran por la borda la consigna «todo el poder a los Soviets», por miedo a confesarlo.

¿Cómo se puede demostrar que la burguesía no es suficientemente fuerte para hacer fracasar la Asamblea Constituyente?

Si los Soviets no son capaces de derrocar a la burguesía, entonces, significa que ésta es suficientemente fuerte para hacer fracasar la Asamblea Constituyente, pues no hay nadie más que pueda impedírselo. Creer en las promesas de Kérenski y Compañía, creer en las resoluciones del lacayuno preparlamento, ¿es acaso digno de un miembro del partido proletario y de un revolucionario?

La burguesía no sólo es capaz de hacer fracasar la Asamblea Constituyente si el gobierno actual no es derrocado, sino que puede lograr este resultado también de manera indirecta, entregando Petrogrado a los alemanes, abriendo el frente, intensificando los lockouts, saboteando el acarreo de trigo. Está demostrado con hechos que la burguesía ya ha hecho todo esto por partes. Por consiguiente, es capaz de hacerlo también en su conjunto si los obreros y los soldados no la derrocan.

«…Los Soviets deben ser un revólver colocado en la sien del gobierno con la exigencia de convocar la Asamblea Constituyente y renunciar a las tentativas kornilovistas…»

¡A esto ha llegado uno de los dos tristes pesimistas!

Se ha visto obligado a llegar a esto, ya que el rechazo de la insurrección es el rechazo de la consigna «todo el poder a los Soviets».

Por supuesto, las consignas «no son un santuario», no hay discusión. Pero ¿por qué nadie planteó la cuestión de cambiar esta consigna (como planteé yo esta cuestión después de las jornadas de julio[37])? ¿Por qué tienen miedo de decirlo abiertamente, aunque desde septiembre se discute en el partido la cuestión de la insurrección, inevitable en adelante para hacer realidad la consigna: «todo el poder a los Soviets»?

Nuestros tristes pesimistas no podrán zafarse nunca de esto. El rechazo de la insurrección es el rechazo del traspaso del poder a los Soviets y la «transferencia» de todas las esperanzas y expectativas a la bondadosa burguesía, que ha «prometido» convocar la Asamblea Constituyente.

¿Acaso es difícil comprender que, con el poder en manos de los Soviets, la Asamblea Constituyente está garantizada y su éxito está garantizado? Esto los bolcheviques lo han dicho miles de veces. Nadie ha intentado refutarlo jamás. Todos reconocieron este «tipo combinado», pero colar ahora, bajo la palabrita «tipo combinado», el rechazo del traspaso del poder a los Soviets, colarlo a escondidas, con miedo de renunciar abiertamente a nuestra consigna, ¿qué es esto? ¿Es posible encontrar para caracterizarlo expresiones parlamentarias?

A nuestro pesimista le respondieron certeramente: «¿un revólver sin bala?». Si es así, entonces esto es un paso directo hacia los Liberdanes, que mil veces declararon a los Soviets «revólver» y mil veces engañaron al pueblo, pues los Soviets, bajo su dominación, resultaron ser un cero.

Y si el revólver es «con bala», entonces esto equivale a la preparación técnica de la insurrección, pues hay que conseguir la bala, cargar el revólver, y además una sola bala será insuficiente.

O el paso hacia los Liberdanes y el rechazo abierto de la consigna «todo el poder a los Soviets», o la insurrección. No hay término medio.

«…La burguesía no puede entregar Petrogrado a los alemanes, aunque Rodzianko lo quiera, porque quienes luchan no son los burgueses, sino nuestros heroicos marineros…»

Este argumento se reduce de nuevo a ese «optimismo» respecto a la burguesía que fatalmente manifiestan a cada paso los pesimistas en cuanto a las fuerzas revolucionarias y la capacidad del proletariado.

Luchan los heroicos marineros, pero esto no impidió que dos almirantes se escabulleran antes de la toma de Ezel.

Esto es un hecho. Los hechos son algo testarudo. Los hechos demuestran que los almirantes son capaces de traicionar no peor que Kornílov. Y que el Estado Mayor no ha sido reformado, que el personal de mando es kornilovista, esto es un hecho indiscutible.

Si los kornilovistas (con Kérenski a la cabeza, pues él también es kornilovista) quieren entregar Petrogrado, pueden hacerlo de dos maneras e incluso de «tres».

En primer lugar, pueden, mediante la traición del personal de mando kornilovista, abrir el frente norte terrestre.

En segundo lugar, pueden «ponerse de acuerdo» sobre la libertad de acción de toda la flota alemana, que es más fuerte que la nuestra, ponerse de acuerdo tanto con los imperialistas alemanes como con los ingleses. Además, los «almirantes escabullidos» pudieron entregar los planos a los alemanes.

En tercer lugar, mediante lockouts y el sabotaje del suministro de trigo, pueden llevar a nuestras tropas a la desesperación total y a la impotencia.

Ninguno de estos tres caminos puede negarse. Los hechos han demostrado que el partido burgués-cosaco de Rusia ya ha llamado a estas tres puertas, ha intentado abrirlas.

¿En consecuencia? En consecuencia, no tenemos derecho a esperar a que la burguesía ahogue la revolución.

Que los «deseos» de Rodzianko no son una pamplina, está demostrado por la experiencia. Rodzianko es un hombre de hechos. Tras Rodzianko está el capital. Esto es indiscutible. El capital es una fuerza enorme mientras el proletariado no haya conquistado el poder. La política del capital la ha aplicado Rodzianko con fe y verdad durante décadas.

¿En consecuencia? En consecuencia, vacilar sobre la cuestión de la insurrección, como único medio de salvar la revolución, significa caer en esa credulidad cobarde hacia la burguesía, mitad liberdaniana, socialrevolucionaria-menchevique, mitad inconscientemente «mujikil», contra la cual los bolcheviques han luchado en mayor grado.

O cruzarse los inútiles brazos sobre el pecho vacío y esperar, jurando «fe» en la Asamblea Constituyente, mientras Rodzianko y Compañía entregan Petrogrado y ahogan la revolución, o la insurrección. No hay término medio.

Incluso la convocatoria de la Asamblea Constituyente, tomada por separado, no cambia nada aquí, pues con ninguna «asamblea constituyente», con ninguna votación de una asamblea, aunque sea archisoberana, se puede resolver el hambre, ni se puede hacer ceder a Guillermo. Tanto la convocatoria de la Asamblea Constituyente como su éxito dependen del paso del poder a los Soviets; esta vieja verdad bolchevique es confirmada por la realidad de manera cada vez más visible y cada vez más cruda.

«…Cada día somos más fuertes, podemos entrar como una oposición fuerte en la Asamblea Constituyente, ¿para qué jugárnoslo todo a una carta…»

Argumento de filisteo que ha «leído» que la Asamblea Constituyente se convoca, y se tranquiliza confiadamente por el camino más legal, más leal, más constitucional.

Sólo es una lástima que ni la cuestión del hambre ni la cuestión de la entrega de Petrogrado puedan resolverse esperando la Asamblea Constituyente. Esta «minucia» la olvidan las gentes ingenuas, o confundidas, o que se han dejado amedrentar.

El hambre no espera. La insurrección campesina no esperó. La guerra no espera. Los almirantes escabullidos no esperaron.

¿Acaso porque nosotros, los bolcheviques, proclamemos fe en la convocatoria de la Asamblea Constituyente, el hambre accederá a esperar? ¿Los almirantes escabullidos accederán a esperar? ¿Los Maklákov y los Rodzianko accederán a cesar los lockouts, el sabotaje del acarreo de trigo, los pactos secretos con los imperialistas ingleses y alemanes?

Así es como resulta en el caso de los héroes de las «ilusiones constitucionales» y del cretinismo parlamentario. La vida viva desaparece, queda sólo el papelito sobre la convocatoria de la Asamblea Constituyente, quedan sólo las elecciones.

¡Y las gentes ciegas se asombran todavía de que el pueblo hambriento y los soldados traicionados por los generales y almirantes se muestren indiferentes ante las elecciones! ¡Oh, sabios!

«…Ahora, ¡si los kornilovistas volvieran a empezar, entonces ya les enseñaríamos! Pero empezar nosotros, ¿para qué arriesgarnos?…»

Esto es extraordinariamente convincente y extraordinariamente revolucionario. La historia no se repite, pero si volvemos la espalda a ella y, contemplando la primera *kornílovschina*, seguimos machacando: «ahora, si los kornilovistas empezaran»; si hacemos esto, ¡qué excelente estrategia revolucionaria! ¡Cómo se parece al «quizá y tal vez»! Quizá los kornilovistas vuelvan a empezar en mal momento. ¿No es así, qué fuerte «argumento»? ¿Qué seria fundamentación de la política proletaria?

¿Y si los kornilovistas de la segunda llamada han aprendido alguna lección? ¿Y si esperen a que lleguen los motines del hambre, a la ruptura del frente, a la entrega de Petrogrado, sin empezar hasta entonces? ¿Qué pasará entonces?

¡Se nos propone construir la táctica del partido proletario sobre la posible repetición por parte de los kornilovistas de uno de sus viejos errores!

Olvidemos todo lo que los bolcheviques han demostrado y probado cientos de veces, lo que ha demostrado la historia semestral de nuestra revolución, concretamente: que no hay salida, objetivamente no hay ni puede haber, fuera de la dictadura de los kornilovistas o la dictadura del proletariado; olvidemos esto, abjuremos de todo esto, ¡y esperemos! ¿Esperar qué? Esperar un milagro: concretamente, que el curso tormentoso y catastrófico de los acontecimientos desde el 20 de abril hasta el 29 de agosto sea sustituido (con motivo del alargamiento de la guerra y del crecimiento de la hambruna) por la convocatoria de la Asamblea Constituyente pacífica, tranquila, llana, legal, y por el cumplimiento de sus legítimas decisiones. ¡Ésta es la táctica «marxista»! ¡Esperen, hambrientos, Kérenski ha prometido convocar la Asamblea Constituyente!

«…En la situación internacional no hay propiamente nada que nos obligue a actuar inmediatamente; más bien perjudicaríamos la causa de la revolución socialista en Occidente si nos dejamos fusilar…»

Este argumento es realmente magnífico: ¡ni el «propio» Scheidemann, ni el «propio» Renaudel habrían sabido «operar» con más habilidad con la simpatía de los obreros por el éxito de la revolución socialista internacional!

piensen solamente: los alemanes, en condiciones diabólicamente difíciles, teniendo a un solo Liebknecht (y eso, en trabajos forzados), sin periódicos, sin libertad de reunión, sin Soviets, con la increíble hostilidad de todas las clases de la población, hasta del último campesino acomodado, hacia la idea del internacionalismo, con la magnífica organización de la gran, mediana y pequeña burguesía imperialista, los alemanes, es decir, los revolucionarios internacionalistas alemanes, los obreros vestidos con chaquetas de marinero, organizaron una insurrección en la flota, con probabilidades quizá de una entre cien.

Y nosotros, teniendo decenas de periódicos, libertad de reunión, teniendo la mayoría en los Soviets, nosotros, los internacionalistas proletarios mejor situados del mundo entero, nosotros rehusaremos apoyar a los revolucionarios alemanes con nuestra insurrección. Razonaremos como los Scheidemann y los Renaudel: lo más razonable es no insurreccionarse, porque si nos fusilan, el mundo perderá a tan magníficos, a tan razonables, a tan ideales internacionalistas.

Demostremos nuestra cordura. Aprobemos una resolución de solidaridad con los insurrectos alemanes y rechacemos la insurrección en Rusia. Éste será un verdadero y razonable internacionalismo. ¡Y qué rápido florecerá el internacionalismo mundial si en todas partes triunfa esta misma sabia política!

La guerra ha atormentado, ha desgarrado a los obreros de todos los países hasta el extremo. Las explosiones en Italia, y en Alemania, y en Austria se hacen cada vez más frecuentes. Sólo nosotros tenemos Soviets de diputados obreros y soldados. En lugar de atacar a los conspiradores y quebrar sus filas con la victoria de los Soviets de diputados obreros y soldados, aguardaremos la Asamblea Constituyente, donde, mediante votaciones, se vencerá todas las conspiraciones internacionales, si Kérenski y Rodzianko convocan concienzudamente la Asamblea Constituyente. ¿Tenemos acaso derecho a dudar de la concienzudez de Kérenski y Rodzianko?

«…Pero contra nosotros está "todo" el mundo. Estamos aislados; tanto el CEC, como los mencheviques internacionalistas, como los de *Nóvaya Zhizn* y los socialrevolucionarios de izquierda han lanzado y lanzarán proclamas contra nosotros…»

Argumento fuertísimo. Hasta ahora hemos golpeado sin piedad a los vacilantes por sus vacilaciones. Con esto hemos ganado la simpatía del pueblo. Con esto hemos conquistado los Soviets, sin los cuales la insurrección no habría podido ser segura, rápida, certera. Ahora aprovechemos los Soviets conquistados para pasarnos nosotros también al campo de los vacilantes. ¡Qué hermosa carrera del bolchevismo!

Toda la esencia de la política de los Liberdanes y los Chernov, así como de los «izquierdistas» entre los socialrevolucionarios y mencheviques, consiste en las vacilaciones. Como indicadores de que las masas se izquierdizan, los socialrevolucionarios de izquierda y los mencheviques internacionalistas tienen una enorme importancia política. Dos hechos tales como el paso de cerca del 40% tanto entre los mencheviques como entre los socialrevolucionarios al campo de la izquierda, por un lado, y la insurrección campesina, por otro, están en una conexión indudable y evidente.

Pero precisamente el carácter de esta conexión desenmascara todo el abismo de falta de carácter de aquellos que ahora han dado en lloriquear por el hecho de que el CEC, ya corrompido en vida, o los vacilantes socialrevolucionarios de izquierda y compañía se hayan pronunciado contra nosotros. Porque estas vacilaciones de los jefes pequeñoburgueses, los Mártov, los Kamkov, los Sujánov y compañía, hay que cotejarlas con la insurrección de los campesinos. Ésta es una confrontación política real. ¿Con quién ir? ¿Con aquellas vacilantes pandillas de jefes petrogradenses, que indirectamente han expresado el izquierdismo de las masas y que a cada viraje político lloriqueaban vergonzosamente, vacilaban, corrían a pedir perdón a los Liberdanes y Avkséntiev y compañía, o con esas masas izquierdizadas?

Así, y sólo así, se plantea la cuestión.

Con motivo de la traición a la insurrección campesina por parte de los Mártov, Kamkov, Sujánov, se nos propone a nosotros, partido obrero de los internacionalistas revolucionarios, que la traicionemos también. A esto se reduce la política de los «cabeceos» hacia los socialrevolucionarios de izquierda y los mencheviques internacionalistas.

Y nosotros hemos dicho: para ayudar a los vacilantes, hay que dejar de vacilar uno mismo. Esos «simpáticos» demócratas pequeñoburgueses de izquierda, ¡vacilaron y estuvieron a favor de la coalición! Los hemos llevado finalmente tras nosotros por el hecho de no vacilar nosotros mismos. Y la vida nos ha confirmado.

Con sus vacilaciones, estos señores han arruinado siempre la revolución. Sólo nosotros la hemos salvado. ¿Y ahora nos acobardaremos, cuando el hambre llama a las puertas de Petrogrado y Rodzianko y compañía preparan su entrega?!

«…Pero no tenemos siquiera vínculos firmes con los ferroviarios y los empleados de correos. Sus representantes oficiales son los Plansón. ¿Y se puede vencer sin correos y sin ferrocarriles?…»

Sí, sí, los Plansón aquí, los Liberdanes allá. ¿Qué confianza les han otorgado las masas? ¿No hemos demostrado siempre nosotros que estos jefes traicionan a las masas? ¿No se han vuelto las masas de estos jefes hacia nosotros, tanto en las elecciones en Moscú como en las elecciones a los Soviets? ¿Acaso la masa de ferroviarios y de empleados de correos no pasa hambre, no está en huelga contra el gobierno de Kérenski y compañía?

«¿Y acaso antes del 28 de febrero teníamos vínculos con estos sindicatos?», preguntó un camarada al «pesimista». Éste respondió señalando la incomparabilidad de ambas revoluciones. Pero esta indicación sólo refuerza la posición de quien formuló la pregunta. Porque precisamente los bolcheviques han hablado miles de veces (y no lo han hecho para olvidarlo en vísperas del momento decisivo) de la larga preparación de la revolución proletaria contra la burguesía. Precisamente por la separación de los elementos proletarios de la masa respecto de las cúpulas pequeñoburguesas y burguesas se caracteriza la vida política y económica de los sindicatos de correos y telégrafos y del ferroviario. La cuestión no estriba en absoluto en haberse provisto necesariamente de antemano de «vínculos» con uno y otro sindicato, la cuestión está en que sólo la victoria de la insurrección proletaria y campesina puede satisfacer a las masas en los ejércitos de ferroviarios y empleados de correos y telégrafos.

«…En Petrogrado hay trigo para dos o tres días. ¿Podemos nosotros dar trigo a los insurrectos?…»

Una de las mil observaciones escépticas (los escépticos siempre pueden «dudar» y no hay modo de refutarlos más que con la experiencia), de esas observaciones que cargan la culpa de la cabeza enferma a la sana.

Precisamente los Rodzianko y compañía, precisamente la burguesía preparan el hambre y especulan con ahogar la revolución mediante el hambre. No hay ni puede haber otra salvación contra el hambre que la insurrección de los campesinos contra los terratenientes en el campo y la victoria de los obreros sobre los capitalistas en la ciudad y en el centro. De otro modo, ni obtener trigo de los ricos, ni sacarlo, a despecho de su sabotaje, ni quebrar la resistencia de los empleados sobornados y de los capitalistas que se lucran, ni crear un control estricto es imposible. Esto lo ha demostrado precisamente la historia de las instituciones de abastecimiento y de los tormentos del abastecimiento de la «democracia», que millones de veces se quejó del sabotaje de los capitalistas, lloriqueó, imploró.

No hay fuerza en el mundo, salvo la fuerza de la victoriosa revolución proletaria, para pasar de las quejas, ruegos y lágrimas a la acción revolucionaria. Y cuanto más se aplace la revolución proletaria, cuanto más la aplacen los acontecimientos o las vacilaciones de los vacilantes y confundidos, más víctimas costará, más difícil será organizar el acarreo y la distribución del trigo.

La dilación en la insurrección es como la muerte: he aquí lo que hay que responder a aquellos que tienen el triste «valor» de contemplar el crecimiento de la ruina, la proximidad del hambre y disuadir a los obreros de la insurrección (es decir, aconsejarles que esperen, que sigan confiando en la burguesía).

«…En la situación en el frente tampoco hay aún peligro. Si incluso los soldados mismos concluyen un armisticio, eso no es todavía una desgracia…»

Pero los soldados no concluirán un armisticio. Para eso hace falta un poder estatal, que no puede obtenerse sin insurrección. Los soldados simplemente huirán. De esto hablan los informes del frente. No se puede esperar, sin correr el riesgo de contribuir al acuerdo de Rodzianko con Guillermo y a la ruina total con la fuga general de los soldados, si éstos (ya cercanos a la desesperación) llegan a la desesperación completa y lo abandonan todo a su suerte.

«…Y si tomamos el poder y no obtenemos ni armisticio ni paz democrática, los soldados pueden no aceptar una guerra revolucionaria. ¿Qué hacer entonces?»

Argumento que obliga a recordar el dicho: un tonto puede hacer diez veces más preguntas que las que diez sabios pueden resolver.

Nunca hemos negado las dificultades del poder en tiempos de guerra imperialista, pero no por ello hemos dejado de predicar siempre la dictadura del proletariado y del campesinado pobre. ¿Acaso abjuraremos de ello cuando ha llegado el momento de actuar?

Siempre hemos dicho que la dictadura del proletariado en un solo país creará cambios gigantescos tanto en la situación internacional, como en la economía del país, como en la situación del ejército y en su estado de ánimo, y ¿«olvidaremos» ahora todo esto, dejándonos amedrentar por las «dificultades» de la revolución?

«…Según transmiten todos, en las masas no hay ánimo de lanzarse a la calle. Entre los indicios que justifican el pesimismo figura también la difusión extremadamente acrecentada de la prensa pogromista y de las centurias negras…»

Cuando la gente se deja amedrentar por la burguesía, entonces, naturalmente, todos los objetos y fenómenos se tiñen para ellos de color amarillo. En primer lugar, sustituyen el criterio marxista del movimiento por un criterio intelectualoide-impresionista; en lugar del balance político del desarrollo de la lucha de clases y de la marcha de los acontecimientos en todo el país en su conjunto, en la situación internacional en su conjunto, ponen las impresiones subjetivas sobre el estado de ánimo; de que la línea firme del partido, su decisión inquebrantable también es un factor del estado de ánimo, especialmente en los momentos revolucionarios más agudos, de esto, naturalmente, se olvidan «oportunamente». A veces le es muy «oportuno» a la gente olvidar que los dirigentes responsables, con sus vacilaciones y su tendencia a quemar aquello que ayer adoraban, introducen las vacilaciones más indecorosas también en el estado de ánimo de ciertos sectores de la masa.

En segundo lugar, y esto es lo principal en este momento, al hablar del estado de ánimo de las masas, las gentes sin carácter olvidan añadir,

que «todos» lo transmiten como concentrado y expectante;

que «todos» están de acuerdo en que, a la llamada de los Soviets y para defender los Soviets, los obreros saldrán como un solo hombre;

que «todos» están de acuerdo en que hay un fuerte descontento entre los obreros por la indecisión de los centros en la cuestión del «combate último y decisivo», cuya inevitabilidad es claramente consciente;

que «todos» caracterizan unánimemente el estado de ánimo de las masas más amplias como cercano a la desesperación, y señalan el hecho del crecimiento del anarquismo precisamente sobre este terreno;

que «todos» reconocen también que entre los obreros conscientes hay una decidida renuencia a salir a la calle sólo para manifestaciones, sólo para una lucha parcial, pues en el aire flota la proximidad no de una batalla parcial, sino general, y la desesperanza de las huelgas aisladas, de las manifestaciones, de las presiones ha sido experimentada y plenamente consciente.

Y así sucesivamente.

Si abordamos esta caracterización del estado de ánimo de las masas desde el punto de vista de todo el desarrollo de la lucha de clases y política y de toda la marcha de los acontecimientos durante el medio año de nuestra revolución, nos resultará claro cómo tergiversan la cuestión las gentes amedrentadas por la burguesía. La cuestión no se presenta en absoluto como antes del 20-21 de abril, del 9 de junio, del 3 de julio, pues entonces había una excitación espontánea, que nosotros, como partido, o no captábamos (20 de abril), o conteníamos y encauzábamos en una manifestación pacífica (9 de junio y 3 de julio). Porque sabíamos bien entonces que los Soviets todavía no eran nuestros, que los campesinos aún creían en el camino liberdaniano-chernovista, y no en el camino bolchevique (la insurrección), que, por consiguiente, no podía haber una mayoría del pueblo detrás de nosotros, que, por consiguiente, la insurrección era prematura.

Entonces, en la mayoría de los obreros conscientes, la cuestión del último combate decisivo no se planteaba en absoluto; no hay ni un solo colegio entre los colegios del partido en general que hubiera planteado esta cuestión. Y en la masa poco consciente y muy amplia no había ni concentración, ni decisión de desesperación, sino precisamente una excitación espontánea con la ingenua esperanza de, simplemente con una «salida», simplemente con una manifestación, «influir» en los Kérenski y en la burguesía.

Para la insurrección no se necesita esto, sino la decisión consciente, firme e inquebrantable de los conscientes de batirse hasta el fin, esto por un lado. Y por otro lado, se necesita un estado de ánimo concentradamente desesperado de las masas amplias, que sienten que con medias tintas ya no se puede salvar nada, que «influir» no se influye de ningún modo, que los hambrientos «lo arrasarán todo, lo destrozarán todo, incluso de manera anarquista», si los bolcheviques no saben dirigirlas en el combate decisivo.

Precisamente a esta combinación de la concentración de los conscientes, aleccionada por la experiencia, y del estado de ánimo de odio cercano a la desesperación hacia los lockoutistas y capitalistas en las masas más amplias, ha llevado de hecho el desarrollo de la revolución tanto a los obreros como al campesinado.

Precisamente sobre este terreno se explica también el «éxito» de los canallas de la prensa de las centurias negras que se mimetizan bajo el bolchevismo. Que los centurionegristas se regocijen malignamente ante la proximidad del combate decisivo entre la burguesía y el proletariado, esto ha sucedido siempre, esto se ha observado en todas las revoluciones sin excepción, esto es absolutamente inevitable. Y si uno se deja amedrentar por esta circunstancia, entonces hay que renunciar no sólo a la insurrección, sino también a la revolución proletaria en general. Pues no puede haber en la sociedad capitalista un crecimiento de esa revolución que no vaya acompañado por el regocijo maligno de la centuria negra y sus esperanzas de sacar tajada.

Los obreros conscientes saben perfectamente que la centuria negra y la burguesía actúan mano a mano y que la victoria decisiva de los obreros (en la cual los pequeñoburgueses no creen, a la cual los capitalistas temen, que los centurionegristas, a veces por regocijo maligno, desean, convencidos de que los bolcheviques no retendrán el poder), que esta victoria aplastará hasta el fin a la centuria negra, que el poder los bolcheviques sabrán retenerlo firmemente y para el mayor provecho de toda la humanidad atormentada y desgarrada por la guerra.

En efecto, ¿quién, que no haya perdido el juicio, puede dudar de que los Rodzianko y los Suvórin actúan juntos? ¿de que entre ellos están repartidos los papeles?

¿Acaso no han demostrado los hechos que Kérenski actúa a indicación de Rodzianko, y la «Imprenta del Estado de la República Rusa» (¡no es broma!) imprime a expensas del erario los discursos centurionegristas de los centurionegristas de la «Duma de Estado»? ¿Acaso este hecho no lo desenmascararon incluso los lacayos que sirven a su «hombrecillo» de *Delo Naroda*? ¿Acaso no ha demostrado la experiencia de todas las elecciones el pleno apoyo de *Nóvoe Vremia*, periódico venal, periódico dirigido por los «intereses» terratenientes-zaristas, a las listas kadetes?

¿Acaso no leímos ayer que el capital comercial-industrial (sin partido, por supuesto, oh, naturalmente, sin partido, porque los Vijliáyev y los Rakitnikov, los Gvózdev y los Nikitin coaligan no con los kadetes, ¡Dios nos libre!, sino con círculos comerciales-industriales sin partido) ¡ha desembolsado 300.000 rublos a los kadetes!

Toda la prensa de las centurias negras, si se miran las cosas desde un punto de vista de clase y no sentimental, es una filial de la firma «Riabuschinski, Miliukov y Cía.». El capital se compra, por un lado, a los Miliukov, Zaslavski, Potresov y demás, y por otro lado, a los centurionegristas.

No puede haber ningún otro medio de acabar con esta monstruosísima intoxicación del pueblo con el veneno de la barata infección centurionegrista, salvo la victoria del proletariado.

¿Y es posible asombrarse de que la muchedumbre atormentada y desgarrada por el hambre y la prolongación de la guerra «se agarre» al veneno centurionegrista? ¿Es concebible una sociedad capitalista en vísperas del derrumbe sin desesperación en el seno de las masas oprimidas? ¿Y puede la desesperación de las masas, entre las cuales hay no poca ignorancia, no expresarse en una venta acrecentada de todo tipo de veneno?

No, no tiene salida la posición de aquellos que, hablando del estado de ánimo de las masas, cargan sobre las masas su propia falta de carácter personal. Las masas se dividen en las que aguardan conscientemente, en las que están inconscientemente dispuestas a caer en la desesperación, pero las masas de oprimidos y hambrientos no carecen de carácter.

«…El partido marxista, por otra parte, no puede reducir la cuestión de la insurrección a una cuestión de conspiración militar…»

El marxismo es una doctrina extraordinariamente profunda y multilateral. No es de extrañar, por tanto, que fragmentos de citas de Marx, –sobre todo si se aducen citas fuera de lugar–, se puedan encontrar siempre entre los «argumentos» de aquellos que rompen con el marxismo. La conspiración militar es blanquismo si no la organiza el partido de una clase determinada, si sus organizadores no han tenido en cuenta el momento político en general y el internacional en particular, si de parte de ese partido no está la simpatía de la mayoría del pueblo, demostrada por hechos objetivos, si el desarrollo de los acontecimientos de la revolución no ha llevado a la refutación práctica de las ilusiones conciliadoras de la pequeña burguesía, si no se ha conquistado a la mayoría de los órganos reconocidos «plenipotenciarios» o que se han mostrado de otro modo de la lucha revolucionaria del tipo de los «Soviets», si en el ejército (dado el caso de que la cosa ocurra durante una guerra) no hay un estado de ánimo plenamente maduro contra el gobierno que prolonga una guerra injusta contra la voluntad del pueblo, si las consignas de la insurrección (como «todo el poder a los Soviets», «la tierra para los campesinos», «la propuesta inmediata de paz democrática a todos los pueblos beligerantes, en relación con la inmediata abolición de los tratados secretos y la diplomacia secreta», etc.) no han adquirido la más amplia notoriedad y popularidad, si los obreros de vanguardia no están seguros de la situación desesperada de las masas y del apoyo del campo, apoyo demostrado por un serio movimiento campesino, o por una insurrección contra los terratenientes y el gobierno que los defiende, si la situación económica del país no inspira serias esperanzas de una resolución favorable de la crisis por medios pacíficos y parlamentarios.

¿Quizá es suficiente?

En mi folleto: *¿Retendrán los bolcheviques el poder estatal?* (espero que salga a la luz dentro de unos días) cité una cita de Marx, referente realmente a la cuestión de la insurrección y que define los indicios de la insurrección como «arte»[38].

Estoy dispuesto a apostar que si se propusiera abrir la boca a esos charlatanes que vociferan ahora en Rusia contra la conspiración militar, y se les emplazara a explicar la diferencia entre el «arte» de la insurrección armada y la condenable conspiración militar, o bien repetirían lo dicho más arriba, o bien se cubrirían de vergüenza y provocarían la risa general de los obreros. ¡Inténtenlo, estimados también-marxistas! ¡Cantennos una cancioncilla contra la «conspiración militar»!

Posdata

Las líneas anteriores ya estaban escritas cuando recibí a las 8 de la tarde del martes los periódicos matutinos de Petrogrado con el artículo del Sr. V. Bazárov en *Nóvaya Zhizn*. El Sr. V. Bazárov afirma que «está circulando por la ciudad una hoja manuscrita que se pronuncia en nombre de dos destacados bolcheviques contra la acción».

Si esto es cierto, ruego a los camaradas a cuyas manos esta carta no pueda llegar antes del mediodía del miércoles que la impriman lo antes posible.

Fue escrita no para la prensa, sino únicamente para una conversación con los miembros del partido por correspondencia. Pero si personajes que no pertenecen al partido y mil veces escarnecidos por él por su despreciable falta de carácter, héroes de *Nóvaya Zhizn* (que anteayer votaron por los bolcheviques, ayer por los mencheviques y casi los unificaron en el mundialmente famoso congreso de unificación), si semejantes sujetos reciben una hoja de miembros de nuestro partido que hacen agitación contra la insurrección, entonces no se puede callar. Hay que hacer agitación también en favor de la insurrección. Que los anónimos salgan definitivamente a la luz del día y reciban el castigo merecido por sus vergonzosas vacilaciones, al menos en forma de burlas de todos los obreros conscientes. Dispongo sólo de una hora de tiempo antes de enviar la presente carta a Petrogrado, y por eso sólo en dos palabras señalaré un «procedimiento» de los tristes héroes del descerebrado «novozhiznismo». El Sr. V. Bazárov intenta polemizar con el camarada Riazánov, que ha dicho, y dicho mil veces con razón, que «la insurrección la preparan todos aquellos que crean en las masas un estado de ánimo de desesperación e indiferentismo».

El triste héroe de la triste causa «objeta»:

«¿Acaso la desesperación y el indiferentismo han vencido alguna vez?».

¡Oh, despreciables tontitos de *Nóvaya Zhizn*! ¿Acaso conocen ellos ejemplos en la historia de insurrecciones en que las masas de las clases oprimidas hayan vencido en un combate desesperado sin que los largos sufrimientos y la extrema agudización de las crisis de todo tipo las hayan llevado a la desesperación? ¿Sin que a esas masas las invadiera el indiferentismo (la indiferencia) hacia diferentes lacayunos preparlamentos, hacia el vacuo juego a la revolución, hacia la reducción por los Liberdanes de los Soviets, de órganos de poder e insurrección, al papel de vacuos parloteaderos?

¿O acaso los despreciables tontitos de *Nóvaya Zhizn* han descubierto en las masas indiferencia… hacia la cuestión del pan? ¿hacia la prolongación de la guerra? ¿hacia la tierra para los campesinos?

Escrito el 17 (30) de octubre de 1917.

Publicado el 1, 2 y 3 de noviembre (19, 20 y 21 de octubre) de 1917 en el periódico *Rabochi Put* núms. 40, 41 y 42.

Se publica según el texto del periódico.