Escrito el 6–8 (19–21) de octubre de 1917.

Publicado en octubre de 1917 en la revista *Prosveshchenie* nº 1–2. Firmado: N. Lenin.

Se publica según el texto de la revista.

En el orden del día del congreso extraordinario del partido, el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia (bolchevique), convocado por el Comité Central para el 17 de octubre, figura la revisión del programa del partido. Ya la Conferencia del 24 al 29 de abril{114} aprobó una resolución sobre la necesidad de la revisión, señalando en 8 puntos su orientación[^1]. Luego, en Petrogrado[^2] y Moscú[^3] aparecieron sendos folletos dedicados a la revisión, y en el número 4 de la revista moscovita *Spartak*, del 10 de agosto, apareció un artículo del camarada N. I. Bujarin dedicado a este tema.

Examinemos las consideraciones de los camaradas de Moscú.

## I

La cuestión fundamental en la revisión del programa del partido es, para los bolcheviques, que están todos de acuerdo en que hay que dar «una valoración del imperialismo y de la época de las guerras imperialistas en relación con la revolución socialista que se avecina» (§ 1 de la resolución de la Conferencia del 24 al 29 de abril): la cuestión del método de elaboración del nuevo programa. ¿Completar el viejo programa con una caracterización del imperialismo (opinión que defendí yo en el folleto de Petrogrado) o rehacer todo el texto del viejo programa? (Esta es la opinión expuesta por la sección constituida en la Conferencia de Abril, y la defienden los camaradas de Moscú.) Así se plantea, ante todo, la cuestión para nuestro partido.

Tenemos dos proyectos: uno, propuesto por mí, que completa el viejo programa con una caracterización del imperialismo[^4]. El otro, propuesto por el camarada V. Sokolnikov y basado en las observaciones de una comisión de tres personas (elegida por la sección constituida en la Conferencia de Abril), reelabora toda la parte general del programa.

A mí también me tocó expresar la opinión (en el mencionado folleto, pág. 11[^5]) sobre la incorrección teórica del plan de reelaboración que la sección había esbozado. Veamos ahora la ejecución de este plan en el proyecto del camarada Sokolnikov.

El camarada Sokolnikov dividió la parte general de nuestro programa en 10 partes, asignando a cada parte o cada párrafo un número separado (véanse las págs. 11–18 del folleto de Moscú). Nos atendremos a esta numeración también nosotros, para facilitar al lector la localización del lugar correspondiente.

El primer párrafo del programa actual consta de dos frases. La primera dice que el movimiento obrero se ha hecho internacional en virtud del desarrollo del intercambio. La segunda, que la socialdemocracia rusa se considera uno de los destacamentos del ejército mundial del proletariado. (Más adelante, en el segundo párrafo, se habla del objetivo final común de todos los socialdemócratas.)

El camarada S. deja sin modificar la segunda frase, y sustituye la primera por una nueva, añadiendo a la indicación sobre el desarrollo del intercambio la «exportación de capitales» y el paso de la lucha del proletariado a la «revolución socialista mundial».

Se produce de inmediato una falta de lógica, una mezcla de temas, una confusión de dos tipos de construcción del programa. Una de dos: o empezar con una caracterización del imperialismo en su conjunto –y entonces no se puede arrancar una sola «exportación de capitales», y entonces no se puede dejar a la antigua, como hace el camarada S., el análisis de la «marcha del desarrollo» de la sociedad burguesa en el segundo párrafo–, o bien dejar sin modificar el tipo de construcción del programa, es decir, explicar primero por qué nuestro movimiento se ha hecho internacional, cuál es su objetivo final común, cómo conduce a él la «marcha del desarrollo» de la sociedad burguesa.

Para mostrar de forma más gráfica la falta de lógica, la inconsecuencia de la construcción del programa en el camarada S., citemos íntegramente el comienzo del viejo programa:

«El desarrollo del intercambio ha establecido una conexión tan estrecha entre todos los pueblos del mundo civilizado, que el gran movimiento emancipador del proletariado tenía que hacerse, y hace ya tiempo que se ha hecho, internacional».

El camarada S. no está satisfecho aquí con dos circunstancias: 1) al hablar del desarrollo del intercambio, el programa describe un «período de desarrollo» anticuado; 2) al lado de la palabra «civilizado», el camarada S. pone un signo de exclamación y observa que «la estrecha conexión entre la metrópoli y la colonia» no está «prevista» entre nosotros.

«El proteccionismo, las guerras arancelarias, las guerras imperialistas, ¿romperán la conexión del movimiento proletario?», pregunta el camarada S., y responde: «Si creemos al texto de nuestro programa, la romperán, pues rompen la conexión establecida por el intercambio».

La crítica es harto extraña. Ni el proteccionismo ni la guerra arancelaria «rompen» el intercambio, sino que solo lo modifican temporalmente o lo interrumpen en un lugar, continuándolo en otro. El intercambio no ha sido roto por la presente guerra, solo se ha dificultado en unos lugares, se ha desplazado a otros lugares, ha permanecido como conexión mundial. La prueba más palmaria de ello son los tipos de cambio. Esto, en primer lugar. En segundo lugar, en el proyecto del camarada S. leemos: «el desarrollo de las fuerzas productivas, que ha involucrado, sobre la base del intercambio mercantil y de la exportación de capitales, a todos los pueblos en la economía mundial», etc. La guerra imperialista también interrumpe (en un lugar, por un tiempo) la exportación de capitales, igual que el intercambio; por tanto, la «crítica» del camarada S. se vuelve contra él mismo.

En tercer lugar, de lo que se trataba (en el viejo programa) era de por qué el movimiento obrero «hace ya tiempo que se ha hecho» internacional. Es indiscutible que se hizo tal antes de la exportación de capitales, como estadio superior del capitalismo.

Resultado: el camarada S. ha insertado un pedacito de la definición del imperialismo (exportación de capitales) claramente fuera de lugar.

Además, las palabras «mundo civilizado» no le gustan al camarada S., pues, en su opinión, insinúan algo pacífico, armonioso, que olvida las colonias.

Todo lo contrario. Al hablar del «mundo civilizado», el programa señala la falta de armonía, la existencia de países no civilizados (esto es un hecho), mientras que en el proyecto del camarada S. resulta mucho más armonioso, pues se habla simplemente de «la involucración de todos los pueblos en la economía mundial» ¡¡como si todos los pueblos estuvieran involucrados de manera uniforme en la economía mundial!! ¡Como si no existieran relaciones de servidumbre entre los pueblos «civilizados» y los no civilizados precisamente sobre la base de la «involucración en la economía mundial»!

En el camarada S. se ha producido, lisa y llanamente, un empeoramiento del viejo programa en ambos temas abordados por él. En su texto, el carácter internacional queda subrayado de forma más débil. Para nosotros es muy importante señalar que surgió hace mucho tiempo, mucho antes de la época del capital financiero. Y en la cuestión de la relación con las colonias, resulta más «armonismo». Y el hecho indiscutible de que el movimiento obrero abarca por ahora, lamentablemente, solo los países civilizados, no nos corresponde en absoluto silenciarlo.

De buen grado estaría dispuesto a coincidir con el camarada S. si él exigiera una indicación más clara sobre la explotación de las colonias. Este es, en efecto, un componente importante del concepto de imperialismo. Pero precisamente en el primer párrafo propuesto por el camarada S., no hay ni una sola alusión a ello. En él, los distintos componentes del concepto de imperialismo están dispersos por diferentes lugares, en detrimento tanto de la consecuencia como de la claridad.

Ahora veremos cómo sufre todo el proyecto del camarada S. de esta dispersión y de esta inconsecuencia.

## II

Que el lector dirija una mirada general a la conexión y secuencia de los temas en los distintos párrafos del viejo programa (párrafos según la numeración del camarada S.):

1\) El movimiento obrero se ha hecho internacional hace ya tiempo. Nosotros somos uno de sus destacamentos.

2\) El objetivo final del movimiento está determinado por la marcha del desarrollo de la sociedad burguesa. Punto de partida: la propiedad privada sobre los medios de producción y la desposesión de los proletarios.

3\) Crecimiento del capitalismo. Desplazamiento de los pequeños productores.

4\) Crecimiento de la explotación (trabajo femenino, ejército de reserva, etc.).

5\) Crisis.

6\) Progreso técnico y crecimiento de la desigualdad.

7\) Crecimiento de la lucha de los proletarios. Condiciones materiales para la sustitución del capitalismo por el socialismo.

8\) Revolución social del proletariado.

9\) Su condición: la dictadura del proletariado.

10\) Tarea del partido: dirigir la lucha del proletariado por la revolución social. Yo añado aún un tema:

11\) El capitalismo ha madurado hasta tal estadio superior (imperialismo), que ahora ha comenzado la era de la revolución proletaria.

Compárese con esto la disposición de los temas —no de las correcciones particulares del texto, sino precisamente de los temas— en el proyecto del camarada S., así como los temas de sus adiciones sobre el imperialismo:

1\) El movimiento obrero es internacional. Nosotros somos uno de sus destacamentos. (Insertado: exportación de capitales, economía mundial, paso de la lucha a la revolución mundial, es decir, insertado un pedacito de la definición del imperialismo.)

2\) El objetivo final del movimiento está determinado por la marcha del desarrollo de la sociedad burguesa. Punto de partida: la propiedad privada sobre los medios de producción y la desposesión de los proletarios. (Insertado en el medio: bancos y sindicatos todopoderosos, uniones monopolistas mundiales, es decir, insertado otro pedacito de la definición del imperialismo.)

3\) Crecimiento del capitalismo. Desplazamiento de los pequeños productores.

4\) Crecimiento de la explotación (trabajo femenino, ejército de reserva, obreros extranjeros, etc.).

5\) Crisis y guerras. Insertado otro pedacito de la definición del imperialismo: «intentos de reparto del mundo»; otra vez repetidas las uniones monopolistas y la exportación de capital; al lado de la palabra capital financiero, añadida entre paréntesis una aclaración: «producto de la fusión del capital bancario con el industrial».

6\) Progreso técnico y crecimiento de la desigualdad. Insertado otro pedacito de la definición del imperialismo: carestía, militarismo. Otra vez repetidas las uniones monopolistas.

7\) Crecimiento de la lucha de los proletarios. Condiciones materiales para la sustitución del capitalismo por el socialismo. En el medio, una inserción que repite una vez más: «capitalismo monopolista» y señala la preparación por los bancos y sindicatos del aparato de regulación social, etc.

8\) Revolución social del proletariado. (Inserción de que esta acabará con la dominación del capital financiero.)

9\) La dictadura del proletariado como su condición.

10\) Tarea del partido: dirigir la lucha del proletariado por la revolución social. (En el medio, una inserción de que esta última se coloca a la orden del día.)

Me parece que de esta comparación queda claro que el carácter «mecánico» de las adiciones (que temían algunos camaradas) se ha dado precisamente en el proyecto del camarada S. Distintos pedacitos de la definición del imperialismo están dispersos por diferentes puntos de manera completamente inconsecuente, como un mosaico. No se obtiene una representación general e integral del imperialismo. Hay un exceso de repeticiones. Se ha conservado la vieja trama. Se ha conservado el viejo plan general del programa: mostrar que el «objetivo final» del movimiento «está determinado» por el carácter de la sociedad burguesa contemporánea y por la marcha de su desarrollo. Pero precisamente la «marcha del desarrollo» no ha resultado, sino que se obtienen fragmentos de definiciones del imperialismo, incrustados la mayoría de las veces fuera de lugar.

Tomemos el segundo párrafo. En él, el camarada S. ha dejado sin modificar el comienzo y el final; el comienzo habla de que los medios de producción pertenecen a un pequeño número de personas, y el final, de que la mayoría de la población son proletarios y semiproletarios. En el medio, el camarada S. inserta una frase especial sobre que «en el último cuarto de siglo, la disposición directa o indirecta de la producción organizada capitalísticamente ha pasado a manos de los todopoderosos» bancos, trusts, etc.

¡Esto se dice antes de que esté expuesto lo del desplazamiento de las pequeñas explotaciones por las grandes! Pues esto se expone solo en el tercer párrafo. Pero los trusts son la manifestación suprema y más tardía precisamente de este proceso de desplazamiento de las pequeñas explotaciones por las grandes. ¿Es concebible hablar primero de la aparición de los trusts y luego del desplazamiento de las pequeñas explotaciones por las grandes? ¿Acaso no se vulnera con ello la secuencia lógica? Pues ¿de dónde han salido los trusts? ¿Acaso no resulta una incorrección teórica? ¿Cómo y por qué «pasó» a sus manos la disposición? Esto no se puede entender sin haberse aclarado primero el desplazamiento de las pequeñas explotaciones por las grandes.

Tomemos el tercer párrafo. Su tema es el desplazamiento de las pequeñas empresas por las grandes. Y aquí el camarada S. deja el comienzo (sobre que la importancia de las grandes empresas aumenta) y el final (los pequeños productores son desplazados), y en el medio añade que las grandes empresas «se funden en organismos gigantescos que unen toda una serie de fases sucesivas de la producción y la circulación». Pero esta inserción está dedicada ya a otro tema: precisamente, la concentración de los medios de producción y la socialización del trabajo por el capitalismo, la creación de las condiciones materiales para la sustitución del capitalismo por el socialismo. En el viejo programa, este tema está desarrollado solo en el séptimo párrafo.

El camarada S. conserva este plan general. Él también habla de las condiciones materiales para la sustitución del capitalismo por el socialismo solo en el 7º párrafo. ¡Él también conserva en este 7º párrafo la indicación sobre la concentración de los medios de producción y sobre la socialización del trabajo!

Ha resultado que un fragmento de la indicación sobre la concentración está insertado varios parágrafos antes del parágrafo general, de conjunto, íntegro, dedicado a la concentración especialmente. Esto es el colmo de la falta de lógica y solo es capaz de dificultar la comprensión de nuestro programa por las amplias masas.

## III

El quinto párrafo del programa, que habla de las crisis, es «sometido a una reelaboración general» por el camarada S. Él encuentra que el viejo programa, «en aras de la popularidad, peca teóricamente» y «se desvía de la teoría de las crisis de Marx».

El camarada S. considera que la palabra «superproducción», empleada en el viejo programa, se pone «como base de la explicación» de las crisis y que «semejante punto de vista se corresponde más bien con la teoría de Rodbertus, que partía en la explicación de las crisis del consumo insuficiente de la clase obrera».

Hasta qué punto son desafortunadas estas búsquedas de herejía teórica por el camarada S., hasta qué punto está traído por los pelos aquí Rodbertus, es fácil de ver comparando el viejo texto con el nuevo, propuesto por el camarada S.

En el viejo texto, después de la indicación (en el párrafo 4º) sobre el «progreso técnico», sobre el aumento del nivel de explotación de los obreros, sobre la disminución relativa de la necesidad de obreros, se dice: «Tal estado de cosas en el interior de los países burgueses, etc., hace cada vez más difícil la venta de las mercancías producidas en cantidad constantemente creciente. La superproducción, que se manifiesta en crisis... y períodos de estancamiento... es una consecuencia inevitable...».

Está claro que aquí la superproducción no se pone en absoluto como «base de la explicación», sino que solo se describe el origen de las crisis y de los períodos de estancamiento. En el proyecto del camarada S. leemos:

«El desarrollo de las fuerzas productivas, que se realiza en estas formas contradictorias –en las que las condiciones de producción entran en colisión con las condiciones de consumo, las condiciones de realización del capital con las condiciones de su acumulación–, dirigido únicamente por la persecución de la ganancia, tiene como consecuencia inevitable agudas crisis industriales y depresiones, que significan la paralización de la venta de las mercancías producidas anárquicamente en cantidad constantemente creciente».

El camarada S. ha dicho lo mismo, pues la «paralización de la venta» de las mercancías producidas en «cantidad creciente» es precisamente la superproducción. En vano el camarada S. teme esta palabra, en la que no hay ninguna inexactitud. En vano el camarada S. escribe que en lugar de «superproducción» se puede «con igual e incluso mayor derecho poner aquí subproducción» (pág. 15 del folleto de Moscú).

¡Intente usted llamar «subproducción» a la «paralización de la venta de las mercancías», «producidas en cantidad constantemente creciente»! No lo conseguirá de ninguna manera.

El rodbertusianismo no consiste en absoluto en el uso de la palabra «superproducción» (que es la única que describe con precisión una de las contradicciones más profundas del capitalismo), sino en la explicación de las crisis solo por el consumo insuficiente de la clase obrera. Pero el viejo programa no deduce las crisis de esto. Se remite a «tal estado de cosas en el interior de los países burgueses», que antes, en el párrafo anterior, ha sido precisamente señalado y que consiste en el «progreso técnico» y en la «disminución relativa de la necesidad de trabajo vivo de los obreros». Junto a esto, el viejo programa habla de la «competencia que se agudiza en el mercado mundial».

Aquí está dicho precisamente lo fundamental sobre la colisión de las condiciones de acumulación con las condiciones de realización, y dicho de manera mucho más clara. La teoría no está aquí «modificada», como piensa erróneamente el camarada S., «en aras de la popularidad», sino expuesta de manera clara y popular; esto es un mérito.

Sobre las crisis, por supuesto, se pueden escribir tomos, se puede dar un análisis más concreto de las condiciones de acumulación, decir sobre el papel de los medios de producción, sobre el intercambio de la plusvalía y el capital variable en medios de producción por capital constante en artículos de consumo, sobre la desvalorización del capital constante por los nuevos inventos, y así sucesivamente, y así sucesivamente. ¡Pero esto es precisamente lo que tampoco intenta dar el camarada S.! Su pretendida corrección del programa consiste solo en lo siguiente:

1\) Conservando el plan de transición del párrafo 4º al 5º, de la indicación sobre el progreso técnico, etc., a las crisis, ha debilitado la conexión entre ambos párrafos, quitando las palabras: «tal estado de cosas».

2\) Ha añadido frases de sonoridad teórica sobre la colisión de las condiciones de producción con las condiciones de consumo y de las condiciones de realización con las condiciones de acumulación, frases en las que no hay inexactitud, pero que no aportan una idea nueva, pues el párrafo anterior dice lo fundamental precisamente a este respecto de forma más clara.

3\) Añade la «persecución de la ganancia», expresión poco adecuada para un programa, usada aquí, quizá, precisamente «en aras de la popularidad», pues la misma idea está expresada varias veces tanto con palabras sobre las «condiciones de realización» como con palabras sobre la producción «mercantil», etc.

4\) Sustituye «estancamiento» por «depresión»; sustitución desafortunada.

5\) Añade la palabra «anárquicamente» al viejo texto («mercancías producidas anárquicamente en cantidad constantemente creciente»). Esta adición es teóricamente incorrecta, pues precisamente la «anarquía» o la «ausencia de planificación», si tomamos la expresión usada en el proyecto del Programa de Erfurt y rebatida por Engels, no caracteriza a los trusts[^6].

Al camarada S. le ha salido esto:

«...Las mercancías son producidas anárquicamente en cantidad constantemente creciente. Los intentos de las uniones capitalistas (trusts, etc.) de eliminar las crisis limitando la producción sufren un fracaso», etc.

Pero las mercancías son producidas por los trusts no anárquicamente, sino según un cálculo. Los trusts no solo «limitan» la producción. Intentos de eliminar las crisis no los hacen; tales «intentos» por parte de los trusts no pueden existir. Al camarada S. le ha salido una serie de imprecisiones. Habría que decir: aunque los trusts producen mercancías no anárquicamente, sino según un cálculo, las crisis siguen siendo ineliminables en virtud de las propiedades del capitalismo arriba indicadas, que se conservan también bajo los trusts. Y si los trusts, en los períodos de mayor auge y especulación, limitan la producción en el sentido de «no excederse», con ello, en el mejor de los casos, preservan las empresas más grandes, pero las crisis sobrevienen pese a todo.

Resumiendo todo lo dicho sobre la cuestión de las crisis, llegamos a la conclusión de que el proyecto del camarada S. no aporta una mejora del viejo programa. Al contrario, el nuevo proyecto contiene imprecisiones. La necesidad de corregir el viejo ha quedado sin demostrar.

## IV

En la cuestión de las guerras de carácter imperialista, el proyecto del camarada S. peca de incorrección teórica en dos aspectos.

En primer lugar, no da una valoración de la presente guerra, de la guerra actual. Dice que la época imperialista engendra guerras imperialistas. Esto es cierto, y decirlo en el programa, por supuesto, era necesario. Pero esto no basta. Es necesario, además, decir que precisamente la actual guerra de 1914–1917 es una guerra imperialista. El grupo alemán «Spartak», en sus «Tesis» publicadas en alemán en 1915, planteó la afirmación de que en la era del imperialismo no puede haber guerras nacionales{115}. Esta es una afirmación claramente incorrecta, pues el imperialismo agudiza la opresión de las naciones, y a consecuencia de ello no solo son posibles y probables, sino directamente inevitables, las insurrecciones nacionales y las guerras nacionales (los intentos de establecer una distinción entre insurrecciones y guerras estarían condenados al fracaso).

El marxismo exige una valoración incondicionalmente precisa, sobre la base de datos concretos, de cada guerra por separado. Eludir la cuestión de la guerra actual mediante razonamientos generales es teóricamente incorrecto y prácticamente inadmisible, porque tras ello se esconden los oportunistas, creándose una escapatoria: en general, el imperialismo es la época de las guerras imperialistas, pero esta guerra no fue del todo imperialista (así razonaba, por ejemplo, Kautsky).

En segundo lugar, el camarada S. vincula «crisis y guerras» juntas, como una especie de acompañante bifronte del capitalismo en general y del novísimo en particular. En las págs. 20–21 del folleto de Moscú, en el proyecto del camarada S., esta unión de crisis y guerras está repetida tres veces. Aquí la cuestión no está solo en lo indeseable de las repeticiones en un programa. Aquí la cuestión está en la incorrección de principio.

Las crisis, precisamente en la forma de superproducción o «paralización de la venta de las mercancías» –si el camarada S. destierra la palabra superproducción–, son un fenómeno exclusivamente propio del capitalismo. Las guerras, en cambio, son propias tanto del sistema esclavista como del feudal de economía. Las guerras imperialistas también las hubo sobre la base de la esclavitud (la guerra de Roma con Cartago fue por ambas partes una guerra imperialista), y en la Edad Media, y en la época del capitalismo comercial. Toda guerra en la que ambas partes beligerantes oprimen a países o nacionalidades ajenas, luchando por el reparto del botín, por «quién oprime o saquea más», no puede dejar de llamarse imperialista.

Si decimos que solo el novísimo capitalismo, solo el imperialismo trajo consigo las guerras imperialistas, esto es justo, porque la fase precedente del capitalismo, la fase de la libre competencia o la fase del capitalismo premonopolista, se caracterizaba predominantemente por guerras nacionales en Europa Occidental. Pero si decimos que en la fase precedente no hubo en absoluto guerras imperialistas, eso será ya incorrecto, será un olvido de las «guerras coloniales», también imperialistas. Esto, en primer lugar.

Y, en segundo lugar, resulta incorrecta precisamente la unión de crisis y guerras, porque son fenómenos de un orden completamente distinto, de distinto origen histórico, de distinto significado de clase. Por ejemplo, no se puede decir, como dice en su proyecto el camarada S.: «Y las crisis y las guerras, a su vez, arruinan aún más a los pequeños productores, aumentan aún más la dependencia del trabajo asalariado respecto al capital...». Porque son posibles guerras en interés de la emancipación del trabajo asalariado respecto al capital, en el curso de la lucha de los trabajadores asalariados contra la clase de los capitalistas, son posibles guerras no solo reaccionario-imperialistas, sino también revolucionarias. «La guerra es la continuación de la política» de tal o cual clase; y en toda sociedad de clases, tanto en la esclavista, como en la feudal, como en la capitalista, hubo guerras que continuaban la política de las clases opresoras, y también hubo guerras que continuaban la política de las clases oprimidas. Por la misma razón no se puede decir, como dice el camarada S., que «las crisis y las guerras muestran que el sistema capitalista, de forma de desarrollo de las fuerzas productivas, se transforma en su freno».

Que la presente guerra imperialista, por su carácter reaccionario y por su pesada carga, revolucioniza a las masas y acelera la revolución, esto es cierto, esto hay que decirlo. Y sobre las guerras imperialistas en general, como típicas de la época del imperialismo, esto será cierto y se puede decir. Pero no se puede decir eso de todas las «guerras» en general, y además de ningún modo se pueden vincular crisis y guerras.

## V

Ahora tenemos que hacer balance sobre aquella cuestión principalísima que, por decisión unánime de todos los bolcheviques, debe ante todo encontrar esclarecimiento y valoración en el nuevo programa. Esta es la cuestión del imperialismo. El camarada Sokolnikov sostiene que es más conveniente dar este esclarecimiento y esta valoración, por así decirlo, en forma dispersa, repartiendo los distintos rasgos del imperialismo entre los diferentes parágrafos del programa; yo pienso que es más conveniente hacerlo en un parágrafo especial o en una parte especial del programa, reuniendo todo lo que hay que decir sobre el imperialismo. Los miembros del partido tienen ahora ante sus ojos ambos proyectos, y en el congreso se tomará una decisión. Pero estamos plenamente de acuerdo con el camarada Sokolnikov en cuanto a que sobre el imperialismo hay que hablar, y queda examinar si hay discrepancias respecto a cómo se debe esclarecer y valorar el imperialismo.

Comparemos los dos proyectos de nuevo programa desde este punto de vista. En mi proyecto están tomados cinco rasgos distintivos principales del imperialismo: 1) uniones monopolistas de capitalistas; 2) fusión del capital bancario con el industrial; 3) exportación de capital a países extranjeros; 4) reparto territorial del mundo, reparto ya consumado; 5) reparto del mundo por los trusts económicamente internacionales. (En mi folleto: «El imperialismo, fase superior del capitalismo», aparecido después que los «Materiales para la revisión del programa del partido», se aducen estos cinco rasgos distintivos del imperialismo en la página 85[^7].) En el proyecto del camarada Sokolnikov encontramos, en esencia, esos mismos cinco rasgos fundamentales, de modo que una coincidencia de principio sobre la cuestión del imperialismo se establece, al parecer, en nuestro partido de forma muy completa, como era de esperar, pues la agitación práctica de nuestro partido sobre esta cuestión, tanto oral como impresa, ha revelado hace ya tiempo, desde el mismo comienzo de la revolución, una completa unanimidad de todos los bolcheviques en esta cuestión cardinal.

Queda por examinar cuáles son las diferencias de formulación en la definición y caracterización del imperialismo entre ambos proyectos. Ambos proyectos contienen una indicación concreta sobre desde qué momento se puede, propiamente, hablar de la transformación del capitalismo en imperialismo, y difícilmente se puede discutir contra la necesidad de tal indicación en interés de la precisión y de la exactitud histórica de toda la valoración del desarrollo económico. El camarada S. dice: «en el último cuarto de siglo»; en el mío se dice: «aproximadamente desde comienzos del siglo XX». En el citado folleto sobre el imperialismo se aducen (por ejemplo, en las págs. 10–11[^8]) testimonios de un economista que estudia especialmente los cárteles y sindicatos, de que el punto de viraje en Europa hacia la victoria completa de los cárteles fue la crisis de 1900–1903. Por eso, me parece que será más exacto decir: «aproximadamente desde comienzos del siglo XX», que «en el último cuarto de siglo». Esto será más correcto también porque tanto ese especialista que acabo de señalar, como en general los economistas europeos, operan la mayoría de las veces con datos alemanes, y Alemania se adelantó a otros países en el proceso de formación de los cárteles.

Además. Sobre los monopolios, en mi proyecto se dice: «las uniones monopolistas de capitalistas han adquirido una importancia decisiva». En el proyecto del camarada S., las indicaciones sobre las uniones monopolistas están repetidas varias veces, pero de todas esas indicaciones solo una se distingue por una relativa precisión, a saber, la siguiente:

«...En el último cuarto de siglo, la disposición directa o indirecta de la producción organizada capitalísticamente ha pasado a manos de los todopoderosos, conectados entre sí, bancos, trusts y sindicatos, que han formado uniones monopolistas mundiales, dirigidas por un puñado de magnates del capital financiero».

Me parece que aquí hay demasiada «agitación», es decir, se ha insertado en el programa «en aras de la popularidad» algo que no tiene cabida en él. En los artículos de periódico, en los discursos, en los folletos populares, la «agitación» es necesaria, pero el programa del partido debe distinguirse por la precisión económica y no dar nada superfluo. Que las uniones monopolistas han adquirido una «importancia decisiva», esto, me parece, es lo más exacto, y con ello queda dicho todo. Mientras tanto, en el párrafo citado del proyecto del camarada S. no solo hay mucho superfluo, sino que también es teóricamente dudosa la expresión: «disposición de la producción organizada capitalísticamente». ¿Solo de la organizada capitalísticamente? No. Esto es demasiado débil. También la producción a sabiendas no organizada capitalísticamente: los pequeños artesanos, los campesinos, los pequeños productores de algodón en las colonias, etc., etc., han caído bajo la dependencia de los bancos y, en general, del capital financiero. Si hablamos del «capitalismo mundial» en general (y solo de él se puede hablar aquí, sin incurrir en inexactitud), entonces, al decir: «importancia decisiva» han adquirido las uniones monopolistas, no excluimos a ningún productor de la subordinación a esta importancia decisiva. Limitar la influencia de las uniones monopolistas a la «producción organizada capitalísticamente» es incorrecto.

Además, sobre el papel de los bancos, en el proyecto del camarada S. está dicho una y misma cosa dos veces: una vez en el párrafo recién citado, otra vez en el párrafo sobre las crisis y las guerras, donde se da la definición: «capital financiero (producto de la fusión del capital bancario con el industrial)». En mi proyecto se dice: «el capital bancario de enorme concentración se ha fusionado con el industrial». Decir esto una vez en el programa es suficiente.

El tercer rasgo: «la exportación de capital a países extranjeros se ha desarrollado en proporciones muy grandes» (así está dicho en mi proyecto). En el proyecto del camarada S. encontramos una vez una simple indicación sobre la «exportación de capitales», una segunda vez, en un contexto completamente distinto, se habla de «nuevos países que son... campo de aplicación del capital exportado, que busca superganancias». Es difícil reconocer aquí como correcta la indicación sobre las superganancias y sobre los nuevos países, porque la exportación de capital se desarrolló también de Alemania a Italia, de Francia a Suiza, etc. El capital empezó a ser exportado bajo el imperialismo también a viejos países, y no solo en aras de superganancias. Lo que es cierto respecto a los nuevos países, no es cierto respecto a la exportación de capital en general.

El cuarto rasgo: lo que Hilferding llamó la «lucha por el territorio económico». Esta denominación no es exacta, porque no expresa la principal diferencia del imperialismo contemporáneo respecto a las anteriores formas de lucha por el territorio económico. Por tal territorio luchó también la Roma antigua, lucharon también los Estados europeos de los siglos XVI–XVIII conquistando colonias, y la vieja Rusia conquistando Siberia, etc., etc. El rasgo distintivo del imperialismo contemporáneo consiste en que (como se dice en mi proyecto de programa) «todo el mundo está ya repartido territorialmente entre los países más ricos», es decir, el reparto de la tierra entre los Estados está consumado. Precisamente de esta circunstancia se deriva la particular agudeza de la lucha por el reparto del mundo, la particular agudeza de las colisiones que conduce a las guerras.

En el proyecto del camarada S. esto está expresado de forma muy prolija y, teóricamente, difícilmente correcta. Citaré ahora su formulación, pero como une en una misma cosa también la cuestión del reparto económico del mundo, es necesario tocar primero también este último, quinto, rasgo del imperialismo. En mi proyecto está formulado así:

«...Ha comenzado el reparto del mundo económico entre trusts internacionales». Los datos de la economía política y de la estadística no permiten decir más. Este reparto del mundo es un proceso muy importante, pero apenas ha comenzado. Las guerras imperialistas se derivan de este reparto del mundo, del reparto, una vez que el reparto territorial está consumado, es decir, no quedan tierras «libres» para la conquista sin guerras con el rival.

Veamos ahora la formulación del camarada S.:

«Pero el ámbito de dominio de las relaciones capitalistas se extiende incesantemente también hacia fuera, mediante su traslado a nuevos países, que son para las uniones monopolistas de capitalistas mercados de mercancías, proveedores de materias primas y campo de aplicación del capital exportado, que busca superganancias. Las ingentes masas de plusvalía acumulada, que se hallan a disposición del capital financiero (producto de la fusión del capital bancario con el industrial), son lanzadas al mercado mundial. La rivalidad de las poderosas uniones de capitalistas, organizadas nacionalmente, y a veces internacionalmente, por el dominio en el mercado, por la posesión o el control sobre los territorios de los países más débiles, es decir, por el derecho preferente a oprimirlos despiadadamente, conduce inevitablemente a intentos de reparto de todo el mundo entre los Estados capitalistas más ricos, a guerras imperialistas, que engendran calamidades universales, ruina y embrutecimiento».

Aquí hay excesiva abundancia de palabras, que encubren una serie de incorrecciones teóricas. No se puede hablar de «intentos» de reparto del mundo, porque el mundo ya está repartido. La guerra de 1914–1917 no es un «intento de reparto» del mundo, sino una lucha por el nuevo reparto de un mundo ya repartido. La guerra se hizo inevitable para el capitalismo porque varios años antes de ella el imperialismo había repartido el mundo según las viejas, por así decir, medidas de fuerza, «corregidas» por la guerra; la lucha por las colonias (por los «nuevos países»), y la lucha por «la posesión de territorios de países más débiles», todo esto existía ya antes del imperialismo. Característico del imperialismo contemporáneo es otra cosa: precisamente, que toda la tierra resultó estar ocupada a comienzos del siglo XX por uno u otro Estado, repartida. Solo por eso el nuevo reparto del «dominio sobre el mundo» no pudo, sobre la base del capitalismo, producirse sino al precio de una guerra mundial. «Uniones de capitalistas organizadas internacionalmente» también las hubo antes del imperialismo: toda sociedad anónima con participación de capitalistas de distintos países es una «unión de capitalistas organizada internacionalmente».

Para el imperialismo es característico otra cosa, que antes, hasta el siglo XX, no existía, a saber: el reparto económico del mundo entre trusts internacionales, el reparto de los países por contrato entre ellos, como zonas de venta. Esto es precisamente lo que no está expresado en el proyecto del camarada S., de modo que la fuerza del imperialismo está representada más débilmente de lo que es.

Por último, es teóricamente incorrecto hablar del lanzamiento al mercado mundial de masas de plusvalía acumulada. Esto se asemeja a la teoría de la realización de Proudhon, según la cual los capitalistas pueden realizar fácilmente tanto el capital constante como el capital variable, pero se encuentran en dificultades al realizar la plusvalía. En realidad, los capitalistas no pueden realizar sin dificultades y sin crisis no solo la plusvalía, sino también el capital variable y el capital constante. Al mercado se lanzan masas de mercancías que son no solo valor acumulado, sino también valor que reproduce el capital variable y el capital constante. Por ejemplo, al mercado mundial se lanzan masas de raíles o de hierro que deben realizarse mediante el intercambio por artículos de consumo de los obreros o por otros medios de producción (madera, petróleo, etc.).

## VI

Concluyendo con esto el análisis del proyecto del camarada Sokolnikov, debemos señalar de forma especial una adición muy valiosa que él propone y que, en mi opinión, habría que aceptar e incluso ampliar. A saber: él propone añadir en el párrafo que habla del progreso técnico y del crecimiento del uso del trabajo femenino e infantil: (aplicar) «así como el trabajo de obreros extranjeros no cualificados, importados de países atrasados». Esta es una adición valiosa y necesaria. Precisamente para el imperialismo es especialmente característica esta explotación del trabajo de obreros peor remunerados de países atrasados. Precisamente en ella se basa, en cierto grado, el parasitismo de los países imperialistas ricos, que sobornan también a una parte de sus propios obreros con una paga más alta, a la par que practican una explotación desmesurada y descarada del trabajo de los obreros extranjeros «baratos». Las palabras «peor remunerados» habría que añadirlas, así como las palabras: «y a menudo privados de derechos», pues los explotadores de los países «civilizados» se aprovechan siempre de que los obreros extranjeros importados están privados de derechos. Esto se observa constantemente no solo en Alemania respecto a los obreros rusos, es decir, llegados de Rusia, sino también en Suiza respecto a los italianos, en Francia respecto a los españoles e italianos, etc.

Quizá sería conveniente subrayar con más fuerza y expresar de manera más gráfica en el programa la destacada posición de un puñado de países imperialistas riquísimos, que se enriquecen parasitariamente mediante el saqueo de las colonias y de las naciones débiles. Esta es una particularidad sumamente importante del imperialismo, que, entre otras cosas, facilita en cierto grado el surgimiento de movimientos revolucionarios profundos en los países sometidos al saqueo imperialista, a los que amenaza el reparto y el estrangulamiento por los gigantes imperialistas (como Rusia), y, a la inversa, dificulta en cierto grado el surgimiento de movimientos revolucionarios profundos en los países que saquean imperialistamente muchas colonias y países extranjeros, haciendo así partícipe a una parte muy grande (comparativamente) de su población del reparto del botín imperialista.

Propondría, por tanto, insertar, aunque sea en aquel lugar de mi proyecto donde se da la caracterización del socialchovinismo (pág. 22 del folleto[^9]), una indicación sobre esta explotación por los países más ricos de una serie de otros países. El lugar correspondiente del proyecto quedaría así (señalo en cursiva las nuevas adiciones):

«Una deformación de este tipo es, por un lado, la corriente del socialchovinismo, socialismo de palabra, chovinismo de hecho, encubrimiento bajo la consigna de “defensa de la patria” de la defensa de los intereses rapaces de “su” burguesía nacional en la guerra imperialista, así como de la defensa de la posición privilegiada de los ciudadanos de la nación rica, que obtiene ingresos enormes del saqueo de las colonias y de las naciones débiles. Una deformación de este tipo es, por otro lado, la corriente, igualmente amplia e internacional, del “centro”, etc.».

La adición de las palabras «en la guerra imperialista» es necesaria en aras de una mayor precisión: la «defensa de la patria» no es otra cosa que la consigna de justificación de la guerra, de reconocimiento de su legitimidad, de su justicia. Las guerras son de distintos tipos. También son posibles las guerras revolucionarias. Por eso hay que decir con plena precisión que aquí se trata precisamente de la guerra imperialista. Esto se sobreentiende, pero para evitar tergiversaciones, para que no se sobreentienda, sino que se diga directa y claramente.

## VII

De la parte general o teórica del programa pasamos al programa mínimo. Aquí nos encontramos de inmediato con una propuesta, «muy radical» en apariencia, y muy inconsistente, de los camaradas N. Bujarin y V. Smirnov, de eliminar por completo el programa mínimo. Que la división, dicen, en programa máximo y programa mínimo «ha envejecido», ¿para qué esa división si se trata del paso al socialismo? Nada de programa mínimo, directamente un programa de medidas de transición al socialismo.

Así reza la propuesta de los dos camaradas mencionados, quienes, sin embargo, por alguna razón no se decidieron a proponer el correspondiente proyecto (aunque la inclusión en el orden del día del próximo congreso del partido de la revisión del programa del partido obligaba directamente a estos camaradas a elaborar dicho proyecto). Es posible que los autores de la propuesta, aparentemente «radical», se hayan detenido indecisos... Sea como fuere, hay que examinar su opinión.

La guerra y la destrucción obligan a todos los países a ir del capitalismo monopolista al capitalismo monopolista de Estado. Esta es la situación objetiva. Pero en un entorno de revolución, durante la revolución, el capitalismo monopolista de Estado se transforma directamente en socialismo. No se puede avanzar durante la revolución sin ir hacia el socialismo: esta es la situación objetiva creada por la guerra y la revolución. Esto lo tuvo en cuenta nuestra Conferencia de Abril, al plantear las consignas de «república de los Soviets» (forma política de la dictadura del proletariado) y de nacionalización de los bancos y de los sindicatos (medida fundamental de transición al socialismo). Hasta ahora todos los bolcheviques están de acuerdo entre sí y son unánimes. Pero los camaradas V. Smirnov y N. Bujarin quieren ir más allá, eliminando por completo el programa mínimo. Esto significaría actuar en contra del sabio consejo del sabio proverbio que reza:

«No te alabes al ir a la batalla, sino al volver de la batalla».

Vamos a la batalla, es decir, luchamos por la conquista del poder político por nuestro partido. Este poder sería la dictadura del proletariado y del campesinado más pobre. Al tomar este poder, no solo no tememos salir de los límites del régimen burgués, sino que, al contrario, decimos clara, directa, precisamente y a voz en grito que saldremos de esos límites, que iremos sin temor hacia el socialismo y que he aquí por qué camino va nuestro camino: a través de la república de los Soviets, a través de la nacionalización de los bancos y de los sindicatos, el control obrero, el servicio de trabajo obligatorio universal, la nacionalización de la tierra, la confiscación del inventario de los terratenientes, etc., etc. En este sentido, un programa de medidas de transición al socialismo, lo hemos dado.

Pero no debemos alabarnos al ir a la batalla, no debemos eliminar el programa mínimo, porque ello equivaldría a una jactancia vacía: no queremos «exigir nada a la burguesía», sino realizarlo nosotros mismos, no queremos trabajar en pequeñas cosas dentro del marco del régimen burgués.

Esto sería una jactancia vacía, pues primero hay que conquistar el poder, y todavía no lo hemos conquistado. Primero hay que llevar a la práctica las medidas de transición al socialismo, conducir nuestra revolución hasta la victoria de la revolución socialista mundial, y luego ya, «al volver de la batalla», se puede y se debe eliminar por innecesario el programa mínimo.

¿Se puede ahora garantizar que ya no es necesario? Por supuesto que no, por la sencilla razón de que todavía no hemos conquistado el poder, no hemos realizado el socialismo y ni siquiera hemos llegado aún al comienzo de la revolución socialista mundial.

Hay que ir firme, audazmente, sin vacilaciones, hacia este objetivo, pero es ridículo declararlo ya alcanzado cuando a todas luces aún no está alcanzado. Eliminar de una vez el programa mínimo equivale a declarar, a proclamar (a alardear, dicho llanamente) «que ya hemos vencido».

No, queridos camaradas, todavía no hemos vencido.

No sabemos si venceremos mañana, o un poco más tarde. (Personalmente me inclino a pensar que mañana –escribo esto el 6 de octubre de 1917– y que podemos retrasarnos con la toma del poder, pero aun así mañana es mañana, no hoy.) No sabemos cuán pronto, después de nuestra victoria, llegará la revolución a Occidente. No sabemos si no habrá aún períodos temporales de reacción y victoria de la contrarrevolución después de nuestra victoria –nada de esto es imposible–, y por eso construiremos, cuando venzamos, una «triple línea de trincheras» contra tal posibilidad.

Nada de esto lo sabemos ni podemos saberlo. Nadie puede saberlo. Y por eso es ridículo eliminar el programa mínimo, que es necesario mientras aún vivimos en el marco del régimen burgués, mientras aún no hemos destruido esos marcos, no hemos realizado lo fundamental para el paso al socialismo, no hemos derrotado al enemigo (la burguesía) y, una vez derrotado, no lo hemos aniquilado. Todo esto será y será, quizá, mucho más rápidamente de lo que a muchos les parece (yo personalmente pienso que esto debe comenzar mañana), pero esto todavía no se ha dado.

Tomemos el programa mínimo en el terreno político. Este programa está calculado para una república burguesa. Nosotros añadimos que no nos limitamos a sus marcos, sino que luchamos de inmediato por un tipo más elevado de república, la república de los Soviets. Esto debemos hacerlo. A la nueva república debemos ir con abnegada audacia y decisión, e iremos hacia ella, estoy seguro, precisamente así. Pero el programa mínimo no se puede eliminar de ninguna manera, porque, en primer lugar, la república de los Soviets aún no existe; en segundo lugar, no está excluida la posibilidad de «intentos de restauración»; hay que pasarlos primero y vencerlos; en tercer lugar, son posibles, en la transición de lo viejo a lo nuevo, «tipos combinados» temporales (como justamente señaló *Rabochi Put* hace unos días), por ejemplo, la república de los Soviets y la Asamblea Constituyente. Superemos primero todo esto, y luego tendremos tiempo de eliminar el programa mínimo.

Lo mismo en el terreno económico. Todos estamos de acuerdo en que el temor a ir hacia el socialismo es la mayor bajeza y una traición a la causa del proletariado. Todos estamos de acuerdo en que entre los primeros pasos fundamentales en este camino deben figurar medidas como la nacionalización de los bancos y de los sindicatos. Realicemos primero estas y otras medidas similares, y después se verá. Después se verá mejor, porque nuestro horizonte lo ampliará de manera inconmensurable la experiencia práctica, que vale un millón de veces más que los mejores programas. Es posible, e incluso probable, e incluso indudable, que tampoco aquí se pueda prescindir de «tipos combinados» de transición; por ejemplo, las pequeñas explotaciones con uno o dos obreros asalariados no podremos ni nacionalizarlas de inmediato, ni siquiera someterlas a un verdadero control obrero. Que su papel sea insignificante, que estén atadas de pies y manos por la nacionalización de los bancos y de los trusts, todo eso es cierto, pero mientras existan aunque sean pequeños rincones de relaciones burguesas, ¿para qué eliminar el programa mínimo? Como marxistas que marchan audazmente hacia la más grande revolución del mundo y al mismo tiempo toman en cuenta sobriamente los hechos, no tenemos derecho a eliminar el programa mínimo.

Eliminándolo ahora, demostraríamos con ello que, aún sin haber tenido tiempo de vencer, ya hemos perdido la cabeza. Y no debemos perderla ni antes de la victoria, ni durante la victoria, ni después de la victoria, porque, perdiendo la cabeza, lo perderemos todo.

En cuanto a las propuestas concretas, el camarada N. Bujarin, en esencia, no ha dicho nada, pues no ha hecho sino repetir lo dicho hace ya tiempo sobre la nacionalización de los bancos y de los sindicatos. El camarada V. Smirnov ha dado en su artículo una enumeración sumamente interesante e instructiva de transformaciones ejemplares que se reducen a la regulación de la producción y del consumo de productos. Esto, en forma general, ya figura en mi proyecto, por ejemplo, figura allí a continuación el «y otras similares». Ir ahora más allá, lanzarse a la concreción de medidas aisladas, me parece que no es conveniente. Después de las medidas fundamentales de nuevo tipo, después de la nacionalización de los bancos, después del inicio del control obrero, muchas cosas se verán más claras, y la experiencia sugerirá una masa de novedades, porque será la experiencia de millones, la experiencia de la construcción de un nuevo orden económico con la participación consciente de millones. Por supuesto, en artículos, folletos, discursos, esbozar lo nuevo, plantear planes, valorarlos, elaborar la experiencia local y parcial de distintos Soviets o comités de abastecimiento, etc., todo esto es un trabajo muy útil. Pero introducir en el programa una excesiva detallización es prematuro e incluso puede perjudicar, atándonos las manos en los detalles. Y las manos hay que tenerlas libres, para crear con más fuerza lo nuevo cuando entremos plenamente en el nuevo camino.

## VIII

En el artículo del camarada Bujarin se aborda aún otra cuestión en la que conviene detenerse.

«...La cuestión de la revisión de nuestro programa del partido debe estar vinculada a la cuestión de la elaboración de un programa único para el partido internacional del proletariado».

Esto no está dicho con total claridad. Si se entiende en el sentido de que el autor nos aconseja no adoptar un nuevo programa, aplazando este asunto hasta la creación de un programa internacional único, el programa de la III Internacional, entonces contra tal opinión habría que alzarse del modo más decidido. Porque una postergación por semejante razón (yo creo que no existen otras razones para la postergación; por ejemplo, nadie ha exigido postergarlo por una preparación insuficiente de nuestros materiales del partido para la revisión) equivaldría a demorar por nuestra parte la creación de la III Internacional. La creación de la III Internacional no se puede, por supuesto, entender de manera formal. Mientras no haya vencido la revolución proletaria al menos en un país o mientras no haya terminado la guerra, es imposible esperar un avance rápido y exitoso de la causa de la convocatoria de una gran conferencia de partidos revolucionario-internacionalistas de distintos países, de su acuerdo en cuanto a la aprobación formal de un nuevo programa. Mientras tanto, hay que impulsar la causa mediante la iniciativa de aquellos partidos que hoy están colocados en mejores condiciones que otros y pueden dar el primer paso, sin considerarlo en absoluto, por supuesto, el último paso, sin contraponer en modo alguno, a toda costa, su programa a otros programas «de izquierda» (es decir, revolucionario-internacionalistas), sino yendo precisamente hacia la elaboración de un programa común. Fuera de Rusia no hay hoy en ningún país del mundo donde haya una libertad relativa de congresos para los internacionalistas y donde haya tantos camaradas bien informados en las corrientes y programas internacionales como en nuestro partido. He aquí por qué hay que tomar obligatoriamente la iniciativa. Es nuestro deber directo, como internacionalistas.

Al parecer, así es precisamente como ve las cosas el camarada Bujarin, pues al comienzo de su artículo dice que «el congreso del partido recién concluido (escrito en agosto) ha reconocido como necesaria la reelaboración del programa» y que «para este fin se convocará un congreso especial»; de estas palabras se puede concluir que el camarada Bujarin no tiene nada en contra de la adopción de un nuevo programa en este congreso.

Si esto es así, entonces sobre la cuestión abordada se establece una total unanimidad. Difícilmente se encontrará alguien que estuviera en contra de que nuestro congreso, tras adoptar el nuevo programa, exprese el deseo de crear un programa único común de la III Internacional, emprendiendo para ello ciertos pasos, como acelerar la conferencia de las izquierdas, publicar una recopilación en varios idiomas, formar una comisión para reunir materiales sobre lo que otros países han hecho para «auscultar» (según la acertada expresión del camarada Bujarin) el camino hacia un nuevo programa (los tribunistas en Holanda{116}, las izquierdas en Alemania. El camarada Bujarin ya ha mencionado la «Liga de Propaganda Socialista» en América{117}; se podría señalar también el «Partido Obrero Socialista» americano{118} y su planteamiento de la cuestión de la sustitución del «Estado político por la democracia industrial»).

Luego, una indicación del camarada Bujarin sobre una insuficiencia en mi proyecto debo reconocerla como absolutamente justa. El camarada B. cita aquel lugar de este proyecto (en la pág. 23 del folleto[^10]) donde se habla del momento que atraviesa Rusia, del Gobierno Provisional de los capitalistas, etc. El camarada Bujarin tiene razón al criticar este lugar y decir que hay que trasladarlo a una resolución táctica o a una plataforma. Propongo, por tanto, o bien eliminar por completo todo el último párrafo de la página 23, o bien redactarlo de la siguiente manera:

«Aspirando a crear una organización estatal que asegure del mejor modo posible tanto el desarrollo económico y los derechos del pueblo en general, como la posibilidad de un tránsito lo más indoloro posible hacia el socialismo en particular, el partido del proletariado no puede limitarse», etc.

Por último, sobre un punto debo responder aquí a una cuestión surgida entre algunos camaradas, pero no planteada, que yo sepa, en la prensa. Se trata del § 9 del programa político, sobre el derecho de las naciones a la autodeterminación. El punto consta de dos partes: la primera da una nueva formulación del derecho a la autodeterminación, la segunda contiene no una reivindicación, sino una declaración. La cuestión que se me ha planteado consiste en si es pertinente aquí una declaración. En términos generales, las declaraciones no tienen cabida en un programa, pero la excepción de la regla, en mi opinión, es aquí necesaria. En lugar de la palabra autodeterminación, que ha dado pie tantas veces a tergiversaciones, pongo un concepto absolutamente exacto: «derecho a la separación libre». Después de la experiencia de medio año de revolución en 1917, difícilmente se puede discutir que el partido del proletariado revolucionario de Rusia, el partido que trabaja en lengua gran-rusa, está obligado a reconocer el derecho a la separación. Una vez conquistado el poder, reconoceríamos sin falta e inmediatamente este derecho tanto a Finlandia, como a Ucrania, como a Armenia, como a toda nacionalidad oprimida por el zarismo (y por la burguesía gran-rusa). Pero nosotros, por nuestra parte, no queremos en absoluto la separación. Queremos un Estado lo más grande posible, una unión lo más estrecha posible, del mayor número posible de naciones que viven en vecindad con los gran-rusos; queremos esto en interés de la democracia y del socialismo, en interés de atraer a la lucha del proletariado al mayor número posible de trabajadores de las distintas naciones. Queremos la unidad revolucionario-proletaria, la unión, no la división. Queremos la unión revolucionaria, por eso no planteamos la consigna de unificación de todos y cada uno de los Estados en general, porque en el orden del día la revolución social coloca la unificación solo de los Estados que han pasado y están pasando al socialismo, de las colonias que se liberan, etc. Queremos la unión libre, y por eso estamos obligados a reconocer la libertad de separación (sin libertad de separación, la unión no puede llamarse libre). Estamos tanto más obligados a reconocer la libertad de separación cuanto que el zarismo y la burguesía gran-rusa, con su opresión, han dejado en las naciones vecinas una oscuridad de rencor y desconfianza hacia los gran-rusos en general, y esta desconfianza hay que disiparla con hechos, no con palabras.

Pero nosotros queremos la unión, y esto hay que decirlo, esto es tan importante decirlo en el programa de un partido de un Estado multinacional, que por ello es necesario apartarse de lo habitual, es necesario dar lugar a una declaración. Queremos que la república del pueblo ruso (yo no tendría inconveniente en decir incluso: gran-ruso, porque esto es más correcto) atraiga hacia sí a otras naciones, pero ¿con qué? No con la violencia, sino exclusivamente con un acuerdo voluntario. De lo contrario, se vulnera la unidad y la unión fraternal de los obreros de todos los países. A diferencia de los demócratas burgueses, nosotros planteamos la consigna no de la hermandad de los pueblos, sino de la hermandad de los obreros de todas las nacionalidades, pues no confiamos en la burguesía de ningún país, la consideramos enemiga.

He aquí por qué es necesario admitir aquí una excepción de la regla e insertar en el § 9 una declaración de principios.

## IX

Las líneas precedentes ya estaban escritas cuando salió el número 31 de *Rabochi Put* con el artículo del camarada Y. Larin «Las reivindicaciones obreras de nuestro programa». No podemos sino saludar este artículo como inicio de la discusión de los proyectos de programa por nuestro Órgano Central. El camarada Larin se detiene especialmente en la sección del programa en la que a mí no me tocó trabajar, y cuyo proyecto existe solo en la redacción de la «subsección de protección del trabajo», subsección constituida en la Conferencia del 24 al 29 de abril de 1917. El camarada Larin propone una serie de complementos, a mi juicio plenamente aceptables, pero que, lamentablemente, no siempre han sido editados por él con precisión.

Me parece desafortunada la formulación de un punto en el camarada Larin: «la distribución correcta (¿?) de las fuerzas de trabajo sobre la base (¿?) del autogobierno democrático (¿?) de los obreros en materia de disposición (¿?) de sus personas (¿?)». En mi opinión, esto es peor que la formulación de la subsección: «las bolsas de trabajo deben ser organizaciones proletarias de clase», etc. (véase la pág. 15 de los «Materiales»). Luego, sobre la cuestión del salario mínimo, el camarada Larin debería haber elaborado de manera más detallada y formulado con precisión su propuesta, poniéndola en relación con la historia de las concepciones de Marx y del marxismo sobre este punto.

Además, sobre la cuestión de la parte política y agraria del programa, el camarada Larin encuentra necesaria una «redacción más cuidadosa». Hay que desear que nuestra prensa del partido empiece a discutir de inmediato también las cuestiones de redacción de tal o cual reivindicación, sin aplazarlo en absoluto hasta el congreso, pues, en primer lugar, de lo contrario no tendremos un congreso bien preparado y, en segundo lugar, todo aquel que haya tenido ocasión de trabajar en programas y resoluciones sabe con cuánta frecuencia la cuidadosa elaboración de la redacción de un determinado punto revela y elimina imprecisiones de principio o discrepancias.

Por último, sobre la cuestión de la parte económico-financiera del programa, el camarada Larin escribe que «en su lugar hay casi un espacio vacío, no se menciona siquiera la anulación de los empréstitos de guerra y de las deudas del Estado del zarismo» (¿solo del zarismo?), «la lucha contra la utilización fiscal de los monopolios del Estado, etc.». Es sumamente deseable que el camarada Larin no aplace hasta el congreso sus propuestas concretas, sino que las plantee de inmediato, pues de lo contrario la preparación resultará poco seria. Sobre la cuestión de la anulación de las deudas del Estado (y, por supuesto, no solo del zarismo, sino también de la burguesía) hay que meditar cuidadosamente la cuestión de los pequeños suscriptores, y sobre la cuestión de la «lucha contra la utilización fiscal de los monopolios del Estado» hay que meditar la situación con el monopolio de la producción de artículos de lujo y la conexión del punto proyectado con la reivindicación del programa sobre la supresión de todos los impuestos indirectos.

Repito: para una preparación seria del programa, para que trabaje en él realmente todo el partido, es necesario ponerse manos a la obra de inmediato a todos los interesados y publicar tanto las consideraciones como los proyectos exactos de puntos ya redactados que contengan complementos o modificaciones.

[^1]: Véase el presente tomo, págs. 59–60. Ed.
[^2]: Véase el presente tomo, págs. 61–82. Ed.
[^3]: Materiales para la revisión del programa del partido, bajo la redacción de N. Lenin, Petrogrado, 1917. Ed.
[^4]: Esta cita y las siguientes corresponden al folleto citado. Ed.
[^5]: Véase V. I. Lenin. Obras Completas, 5ª ed. en ruso, t. 33, págs. 68–69. Ed.
[^6]: Aquí y en otros pasajes de este capítulo se cita mi folleto: El imperialismo, fase superior del capitalismo. Ed.
[^7]: Ídem. Ed.
[^8]: Véase el presente tomo, pág. 82. Ed.
[^9]: Véase el presente tomo, pág. 82. Ed.
[^10]: Ídem. Ed.